Bueno, antes que nada y como siempre que inicio un capitulo de cualquiera de mis historias he de pedir disculpas por el largo tiempo de abandono. Tengo que admitir que he padecido de lo que llaman el bloqueo del escritor (yo escritora, si ¬¬) , aparte de que he tenido unos días horribles, no sé qué tan bueno sea este capítulo pero el único consuelo que puedo ofrecer es que falta relativamente poco para llegar a la parte del inicio, aunque después de esta pasan muchas cosas más.

Sé que el fic fluye lentamente por los POV de los dos protagonistas pero no puedo evitar relatar el fic así, la razón es porque quiero que vean el punto de vista de Edward dentro de toda esta historia, sé que bien podría solo hacerla a la imagen y pensamientos de Bella pero me parece interesante no solo seguir el cambio en la vida de Bella sino también en la de él, para que nos demos cuenta, en su momento, cuantas oportunidades tuvo de amar a Bella y cuantas de esas oportunidades rechazó por su ceguera por el dinero. De todas maneras ustedes, quienes me leen, tienen la última palabra, si quieren que escriba todo el fic solo desde el punto de vista de Bella así sea, si quieren que continúe como ahora no tengo ningún problema.

También quiero darles las gracias por su maravillosa paciencia y por el esfuerzo enorme de esperar a una escritora incumplida como yo, puedo prometer, como siempre, que no abandonaré mis historias, sin embargo, como también siempre reitero, no se con cuanta frecuencia dado el bloqueo y también por la cantidad de trabajo y cosas que tengo que hacer. Espero que sigan ahí como siempre y a los que se cansen de esperarme los comprendo, no es agradable esperar tanto. Los aprecio mucho a todos y espero que este capítulo sea de su agrado. Intentaré poner lo mejor de mí para continuar. Un Gran abrazo y nos leemos cuando pueda.

Gracias por sus mensajes.

Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.

Isabella Swan

25 de Agosto de 2007

Después de estar un rato en la ventana con Edward él me pidió que lo dejara solo, accedí con la condición de que me llamara en caso de que necesitara algo a lo cual no se opuso. Antes de salir hizo llamar a Laurent para que me mostrara la que iba a ser mi habitación y para que acomodara mis cosas en ella, también le dijo que debía ir conmigo en la mañana a recoger el resto de mis pertenencias. No había exagerado cuando me imaginé el tamaño de la habitación que sería asignada para mí cuando la vi. Seguramente cabrían diez Isabellas y tal vez más en un dormitorio de ese tamaño de manera cómoda, pero preferí no hacer ningún comentario.

Mis cosas, lo cual implicaba el pequeño morral que había llevado a la clínica, se encontraba encima de la cama, recordé el pedido de Edward a Laurent pero pensé que mis cosas apenas serian suficientes para siquiera llenar un rincón de esa habitación. Intenté razonar un poco acerca de esa imposición por parte de Edward, la mayoría de esos pensamientos estaban relacionados con lo poco que estaba quedando de esa independencia que había disfrutado por un tiempo. Prácticamente me estaba llevando a vivir con él, quería que me instalara en su casa y por cómo me lo había dicho quería que fuera de manera permanente. Me daba la ligerísima impresión de que no estaba tomando en cuenta mis decisiones pero mirara por donde lo mirara no había decisiones que tomar. Los temidos cambios estaban comenzando a darse y no podía objetarlos ya que, muy aparte de la paga y de vivir sin pagar una renta, me gustaban, principalmente porque podía estar cerca de ese hombre que se había robado mi corazón y que, si no me equivocaba, me iba a robar muchas cosas más.

Nunca había habido algo como esto en mi vida y aunque me costara acostumbrarme lo iba a aprovechar al máximo. Laurent cerró la puerta de la habitación y yo caminé lentamente hacia la cama. La habitación tenía el mismo espacio y diseño que la de Edward, solo que sin escritorio ni computadora. El guardarropa era esencialmente el mismo y la cama estaba centrada con los mismos doseles que la de él, la diferencia radicaba en el color de la pintura, exclusivamente femenina de color rosa pastel y blanco.

Saqué la poca ropa que había conseguido llevar y el neceser, la acomodé en el gigantesco guardarropa igual de grande y más alto que yo. Olía a madera de bosque y me hizo pensar en jardines gigantescos. Cuando terminé, lo cual no me llevo ni diez minutos, llevé el neceser, que contenía todos mis objetos de aseo, hacia el baño cuya puerta se perfilaba en el fondo entreabierto. Cuando la traspasé el tamaño del baño me abrumó, había una ventana mediana con un vidrio opaco para que pudiera entrar la luz pero nadie pudiera ver lo que había dentro, la pared era de azulejos, conservados , como pude darme cuenta cuando los vi de cerca y con colores exuberantemente combinados. Darse un baño relajante en ese cuarto de baño debía ser excepcional especialmente cuando pude ver el tamaño de la bañera. Le pediría a Edward que me dejara usarlo de esa manera alguna vez. Dejé el neceser sobre el amplio mesón que se extendía desde el lavamanos y miré hacia las labradas llaves de la bañera, eran simplemente exquisitas de formas elegantes y de color bronce. Me acerqué a ellas y alargué la mano consciente de que nunca había tocado algo como eso en mi vida. Me devolví a la habitación y me senté en la cómoda cama que se hundió suavemente contra mi peso, no me quedó nada más que admirar el entorno que me rodeaba.

Mis pensamientos me llevaron tan lejos que cuando fui consciente del tiempo la luz solar había comenzado a desvanecerse en la ventana. No podía quedarme esperando que llegara la noche ya que se suponía que había ido allá a ser parte de la cocina y de cuidadora de Edward. Me puse de pie y salí de la habitación en busca de las escaleras. Me guié por lo que recordaba pero no sabía en donde estaba la cocina. Caminé sigilosamente procurando no alterar a nadie con mi presencia. Finalmente la encontré, había una puerta en la esquina derecha del comedor, una puerta tan labrada como todas las de la casa. La abrí lentamente para no asustar a quien se hallara ahí, había una mujer vestida de negro, la misma que había recibido mi maletín y la maleta de Edward cuando habíamos llegado. Ella se dio la vuelta y me miró sorprendida, estaba frente a la estufa y parecía estar removiendo algo, había frustración en su rostro.

– Si señorita, ¿en que puedo servirle…? –

Su mirada tenia pintas amables a pesar de la frustración que había descubierto antes, la impresión que me había dado al principio, de que era algo severa, parecía ser incorrecta.

– Eh...– no sabía cómo ofrecerle mi ayuda en la cocina ya que nunca lo había hecho, lo de ofrecer ayuda, sentía que tal vez se pudiera sentir ofendida por mi petición, podía llegar a pensar que estaba interfiriendo en su trabajo o tal vez en robárselo. Había aprendido a ser un poco precavida con los pensamientos de la gente especialmente teniendo a una compañera de trabajo como Jessica por tanto tiempo, pero me obligué a hablarle ya que de ninguna manera me iba a quedar con los brazos cruzados mientras ella lo hacía todo. – Vengo… ¿puedo ayudarle con la cena? –

La mujer se quedó mirándome como si no me hubiera entendido bien, pero cuando me respondió me di cuenta de que había sido clara.

– No se preocupe, señorita, se hacer esto – Ahí estaba, un deje de irritación. Maldición.

– No tengo la menor duda, pero…– Bueno aquí iba yo – Pero una de las razones por las que estoy aquí es para… participar en la cocina siempre que sea posible, aparte de cuidar a Ed.…al señor Cullen. Sé de cocina, me he pasado la mitad de mi vida en ellas y podría ayudarle con lo que usted necesitara, lo que sea – me referí a Edward de esa manera porque no quería granjearme algún tipo de prejuicio por parte de esta mujer, entre mas aliados encontrara era mejor para mi estado mental.

– ¿Sabe de repostería?– me pregunto escéptica – Yo no sé nada… –

– Sí, sé de repostería – afirmé.

– ¿Y de cremas?– volvió a preguntarme solo que el escepticismo desapareció de su voz.

– Si señora – respondí sin molestarme.

La mujer dejó lo que estaba removiendo y señaló un libro que parecía ser de cocina y que estaba en el mesón del centro. Lo reconocí dado que era una edición que Emmerald había tenido que adquirir en sus clases de cocina.

– No logro hacer que la crema de tomates se vuelva consistente –

Sonreí un poco procurando no mostrar nada en mi expresión, aun desconfiaba de lo que la mujer pudiera pensar de mi. Me acerqué a ella y muy lentamente, sin mirar el libro dado que me lo sabía de memoria, le dije cual era la cantidad de tomate que debía aplicar, también le dije que podía espesarla o bien usando harina de trigo o con papas hervidas y vueltas papilla, también le di los concejos que no estaban en el libro sobre el numero de especias y la sazón especial que se podía llevar a cabo con esa preparación. Muy pronto comenzamos a congeniar y de un momento a otro comenzó a pedirme instrucciones para el resto de los platos de una manera muy amable, se las di encantada de poder ser útil. Estaba demasiado acostumbrada a la patanería de Jessica y este cambio me aliviaba demasiado. En medio de la animada charla me dijo que se llamaba Victoria y era la esposa de Laurent.

Juntas terminamos de preparar los restantes alimentos que conformaban la cena, empanadas de salmón con salsa tártara, ensalada cesar, crema de tomate y hiervas y un delicioso coctel de naranja y fresa.

Ella suspiró cuando terminamos mirándome sorprendida, estábamos vigilando el tiempo de cocción de las empanadas que estaban en el horno.

– No sabía que fuera tan experta, señorita, a su edad no pareciera ser alguien versado en el asunto –

– La juventud no tiene que ver cuando se usa la inteligencia – no me consideraba inteligente en muchos campos pero en los de la cocina podía incluso darme aires de chef.

En ese momento el teléfono color beige que estaba plegado al lado de la gigantesca nevera sonó suavemente, Victoria se adelantó a levantarlo.

– Señor…– miró en mi dirección y dijo – Si, se encuentra conmigo…claro señor, enseguida se lo comunicaré – colgó el teléfono y se volvió hacia mi – El señor quiere verla, se encuentra en su habitación –

Asentí quitándome el delantal que había tomado en préstamo y lo colgué en donde estaban los demás.

– Debe dejarlas diez minutos mas – le dije antes de irme, ella asintió sonriendo – Luego estarán listas para servir –

Salí de la cocina y me direccioné hacia la habitación de Edward recordando nuevamente el camino por donde Laurent nos había llevado, fuera de la cocina me sentí un poco fría, lo que interpreté por el tamaño de la casa, una mansión de ese tamaño habitada por solo tres personas debía tener tendencia a la frialdad, no debía albergar mucho del calor de un hogar. No era que alguna vez hubiera sentido algo así, pero había leído libros y podía hacerme una idea ligera.

Cuando ubiqué la puerta de la habitación golpeé suavemente y abrí esperando no interrumpirlo en nada, se hallaba sentando frente al ordenador, escribiendo rápidamente y al mismo tiempo ojeando algo. Parecía lo que era, un ocupado y elegante hombre de negocios. Me pregunté brevemente, si estaba tan ocupado ¿por qué había querido verme?

– Bella… – dijo suavemente levantando la vista del ordenador, un repentino estremecimiento recorrió mi cuerpo ante la ronca tonalidad de su voz, la luz del ordenador le daba en la cara dándome la impresión de estar contemplando una preciosa estatua de mármol.

– Hola – saludé torpemente mientras daba unos pasos hacia el escritorio.

– Esperaba que no te hubieras encerrado en tu habitación hasta que cayó la noche, podrías haber pedido un libro o lo que fuera.

– No lo hice – conteste rápidamente – estuve en la cocina preparando la cena con Vic…con la señora Victoria –

– Se suponía que hasta el día de mañana intervendrías en la cocina.– dijo seriamente accionando un lapicero retráctil

– No podía quedarme mirándome la punta de los pies – respondí pensando en que se había molestado por lo que había hecho o dicho.

– ¿Participaste en la preparación de la cena de esta noche?–

Asentí brevemente intuyéndolo enfadado pero luego dijo:

– Entonces valdrá la pena dejar el trabajo para bajar a cenar –

Arrugué el ceño ante sus humos cuando uso las palabras "bajar escaleras".

– Todavía no puedes realizar ese tipo de movimientos – dije pensando en que podría lesionarse la otra pierna andando en solamente en una. – Yo te lo traeré –

Se quedó callado unos momentos y luego comenzó a fulminarme con la mirada.

– No eres mi médico, Bella – murmuró letalmente.

– No, no lo soy – dije, mientras algo demasiado triste se deslizaba por mi pecho ante la reprobación en su mirada, intentando soportarla – Pero soy quien sigue las indicaciones de él y, si mal no recuerdo, informó que no debías moverte hasta que las terapias comenzaran –

El silencio volvió a reinar, después de unos segundos él suspiró como resignado y con un movimiento de su mano señaló su cama. Me volví a mirar algo insegura vi que sobre ella había un paquete envuelto en papel verde oscuro.

– Es para ti – dijo él.

Yo me volví a mirarlo insegura, ¿Por qué tenía que darme regalos?

– Lo vi el otro día en una tienda y mandé a adquirirlo para ti – repuso él, mientras tanto yo, sin poder mirarlo ahora y con la curiosidad matándome, caminé hacia la cama y levanté lo que parecía ser un libro de gran tamaño. Nadie jamás me había hecho un regalo excepto por Emmerald y por él, cuando me dio dinero el primer día que nos conocimos y lo que subsiguió después. Aun si se tratara de un trozo de basura lo acogería ansiosa con el conocimiento de que había sido él quien me lo había dado.

Retiré suavemente la envoltura, y ahí, efectivamente, había algo parecido a un libro, de cubiertas rojas y con una cerradura dorada muy delicada, tardé dos segundos en darme cuenta de que era un diario. Lo miré asombrada, y luego, por algún extraño motivo, los ojos se me llenaron de lagrimas, no era que escribiera mucho, pero había deseado algo parecido a eso desde tiempo atrás, como un amigo inanimado al que se le podía contar todo sin temor a que lo revelara, y sin temor a ser juzgado. Acunándolo en mi pecho me di la vuelta y me acerqué al escritorio, me quede ahí parada sin atreverme a hacer nada más.

– Es precioso. Muchas gracias – conseguí decir en medio de mi emoción.

Quería besarlo. Demasiado.

Me quede mirándolo a los ojos como una tonta sin atreverme a pedirle permiso dado que parecía enfadado aun. Él se dio cuenta que lo miraba, no sabía que conclusión había podido sacar de mi atolondramiento pero luego extendió una mano, como hacía cada vez que quería que me acercara a él. Lo hice sin dudarlo esta vez, así que cuando la tomé él me acercó a su silla para besarme. No me negué en absoluto porque lo deseaba locamente. Cuando nos separamos ambos respiramos agitados. Fui la primera en levantarme, aunque bien sabe Dios que lo que quería era sentarme en su regazo y seguirle besando. Esta vez no tenía la intención de huir, sino de responder a su regalo de la manera que mejor sabía y la que él parecía apreciar bastante, mi habilidad para la cocina.

– Traeré la cena – murmuré reclinándome y poniéndome derecha.

Él asintió acomodándose un poco la camisa que yo, en medio de la pasión de nuestro beso, había sacado de los pantalones, se volvió al ordenador segundos después.

Mientras salía de la habitación una tonta sonrisa pareció plantarse en mi rostro mientras iba a mi habitación y dejaba el diario en una de las mesas de noche puestas a ambos lados de la cama. Luego bajé y, con la ayuda de Victoria arreglamos una bandeja para Edward.

Se la subí y él decidió tomarla sobre la cama, por lo que, aun cuando no lo quisiera, tuvo que apoyarse en mi.

– Huele delicioso – dijo aspirando lentamente sobre el plato de comida humeante, la expresión de su rostro se había tornado a una emocionada, como si esos alimentos pudieran hacerlo casi feliz.

– Espero que te guste – dije dándome la vuelta dispuesta a marcharme y dejarlo en privado.

– No te vayas – exclamó cuando se dio cuenta de mis propósitos. Así que me quedé viéndolo cenar, admirando el envés de sus manos mientras comía, con cada bocado cerraba los ojos y parecía no importarle que yo estuviera ahí mientras lo hacía.

Comió con verdadera avidez, recordé lo que opinaba de las comidas de los hospitales y pensé que después de alimentarse de eso se merecía esa cena que, en cualquier otro sitio, se consideraba especial para eventos. Cuando terminó dio un sorbo al coctel, el cual había preparado yo.

– Hacia mucho que no probaba algo así.– dijo mientras continuaba bebiendo. Cuando terminó se dedicó a contemplarme con demasiada intensidad. Recogí la bandeja creyendo que ese era el motivo de su mirada pero no la retiró de mí ni siquiera cuando la tomé y organicé los platos para que no se me cayera nada. Cuando volví a darme la vuelta escuche su voz como un ladrido – deja esa bandeja ahí y ven aquí –

Su tono subyacía a orden y por más que pensé que podía molestarme no lo hizo. Dejé la bandeja y me acerqué a él consiente superficialmente de lo que quería, parecía que lo que yo preparaba producía una emoción que lo inducia a mostrarse cariñoso conmigo, pero no me atreví a preguntárselo ni siquiera cuando en un segundo pasé de estar de pie a estar entre sus brazos sobre la cama. Su beso sabia a naranja y a fresas y bebí de su boca como una mujer sedienta sin importarme parecer una puta. Dejé que me tocara el cuello y los senos sin importarme nada más que la sensación que ese toque producía, luego él se separó de mis labios murmurando una maldición.

– Será mejor que te vayas antes de que haga algo que ambos deseamos –

Comprendí brevemente a que se refería, mi conciencia volvió lentamente al mismo tiempo que volvía mi respiración. Me levanté algo aturdida y tomé la bandeja.

– Buenas noches – me despedí mientras él respondía con un gruñido frustrado.

Caminé con la bandeja con excesivo cuidado esperando no romper nada por el estado de torpeza en el que había quedado.

Lo que ambos deseábamos.

Parecía que se había dado cuenta de que, en el fondo de mi corazón deseaba que me hiciera suya. Pensé por un momento en lo que eso implicaba pero nada amas que imágenes oscuras se manifestaban ante mí. Si él quería eso de mi podía intentar dárselo, pero mucho me temía que siempre albergaría ese profundo temor por los hombres y las partes que los diferenciaban de las mujeres.

Cené y luego me retiré a mi habitación con la cabeza aun dándome vueltas.

Seis semanas después.

10 de Octubre de 2007

Era increíble la rapidez con la que el tiempo estaba trascurriendo, después de afianzarme y adaptarme al tamaño de mi nueva habitación. Había ido con Laurent y había desocupado el resto de mi apartamento poniéndolo a disposición de sus reales dueños, y había traído todas mis cosas para esa mansión en la que vivía Edward. Todas mis cosas implicaban ropa por que los utensilios de cocina, y los electrodomésticos estaban incluidos en el alquiler del apartamento. Aun me costaba trabajo creer que vivía bajo su mismo techo especialmente cuando cada parte de mi ser y de mi cuerpo ansiaba ser suya.

Había empezado a llenar el diario con notas aledañas a lo que transcurría en el día, pero a veces en las noches me dedicaba a escribir todas las sensaciones que me atenazaba estar cerca de él y como ansiaba que de verdad él se enamorara de mi, parecía que el diario era como lo había intuido cuando me lo dio, una persona invisible con la que hablaba y que escuchaba en silencio mis escritos sin juzgarme ni hacerme reclamos por las diferencias palpables y existentes entre el mundo de Edward y el mío.

El abogado que había visto en el hospital venia todos los días a trabajar con Edward. Cada vez que me cruzaba con él me saludaba, pero tenía esa expresión indescifrable en los ojos cuando me miraba, como si de alguna manera se compadeciera de mi.

Había entablado una sincera amistad con la esposa de Laurent, Victoria, era el ama de llaves y encargada de la cocina.

Mi relación con Edward había avanzado a cierto grado, ahora era prácticamente su novia y cuando estábamos solos dejaba que me besara hasta que perdía el aliento, él se aventuraba a tocarme pero nunca llegamos tan lejos como el día del hospital cuando ambos perdimos el control, parecía que se estaba conteniendo por alguna razón, tal vez le molestaba ver que conmigo podría conseguir lo que buscaba sin luchar demasiado. Yo ya no podía detenerlo cada vez que me besaba y me tocaba, pero cada día que pasaba sentía que él quería mas y mas de mí, no era grosero en ningún modo, era demasiado erótico y estimulante, cada charla que manteníamos tenía un matiz sexual que solo él era capaz de transmitir sin llegar demasiado lejos pero haciéndome ansiar que lo hiciera.

Compartía con él la cena, ese era el momento en el que creía que perdería por completo toda la dignidad que creía poseer. Lastimosamente para mi orgullo él me había embrujado el cuerpo desde que me tocara tan íntimamente, el traidor me hacia añorar las manos de Edward sobre mi pero siempre me detenía mentalmente al pensar en lo demás, aunque físicamente le respondiera. Parecía ser que él se había dado cuenta de eso.

Mi vida, debía admitirlo, se había convertido en un idilio en el que no estaba segura de ser parte, pero sin embargo vivía cada día sin importarme nada.

Edward había progresado maravillosamente aunque aun tenía que caminar con un bastón, eso, para mi propia vergüenza no lo hacía ver menos atractivo para mi, estaba locamente obsesionada y enamorada de él y ya que lo había aceptado mi propio ser se perdía en los encuentros que teníamos, él me felicitaba todos los días, porque con Victoria hacíamos del menú algo especial con cada comida. Pero en las noches, cuando ella se retiraba y ambos cenábamos a solas era presa de todos los dardos de sensualidad que él me tiraba. Había insinuaciones prohibidas en sus labios cada vez que me hablaba y yo las soportaba estoicamente pero sabía que cada una de ellas me marcaba interiormente.

Un mes y medio después había hecho mi propio lugar en la casa y había encontrando mi distracción en el jardín de la madre de Edward. Una vez que él se recupero le pedí que me dejara hacerme cargo personalmente del jardín, en ese día temía por que, ahora que se había recuperado del todo decidiera prescindir de mi, pero con cada día que pasaba me demostraba algo totalmente diferente. Tal vez la que estaba equivocada con ilusas esperanzas. Ese día estaba en el jardín arreglando unas rosas, tenía las manos manchadas de tierra húmeda y unas tijeras colgaban de mis holgados vaqueros.

– Buenos días – escuché la voz de Edward detrás de mí y me di la vuelta rápidamente mientras el corazón comenzaba su rutinaria diatriba palpitando como si estuviera en medio de una carrera.

– Buenos días – respondí en una especie de chillido mientras él caminaba hacia mí con las manos en los bolsillos. Parecía abatido y la sonrisa con la que lo recibí resbalo rápidamente de mi rostro – ¿Sucede algo?– le pregunté antes de poder retractarme, era una pregunta estúpida porque era más que evidente que algo le pasaba, vi que sonrió de lado.

– ¿Cómo lo sabes?– el tono de su voz hizo que la piel se me erizara, dejé las tijeras a un lado y me lavé las manos en un cubo de agua limpia destinado a regar las plantas.

– No lo sé…– dije sinceramente, felicitándome por haber aprendido a medio leerlo a él. Se quedó mirándome por largos segundos, parecía analizarme y sus ojos ardían como siempre que tenía la mirada sobre mí. Esa expresión en ellos sí había aprendido a leerla porque eran sus ojos de lo que más estaba pendiente cuando se acercaba para besarme y acariciarme.

– Estoy pensando en ti…y en mi –

Un miedo oscuro trepó por mi cuerpo cuando hizo referencia a los dos, por un terrible momento hice una imagen de lo que podía decirme referente a los dos, la mayor parte de esta tenía que ver con el hecho de que me mandara a freír espárragos. Bajé la mirada dispuesta a soportar lo que fuera que me fuera a decir. Dio unos pasos hacia mí, caminando con ese andar de tigre que me hacia hervir la sangre, cuando estuvo a dos palmos de mí tomo mi rostro en sus manos y me hizo mirarlo. Estúpidas lagrimas se anegaron en mis ojos sin poder evitarlo pero al mirarlo y ver los de él acercarse toda mi mente se quedó en blanco

– Lloras… ¿por qué?– susurró contra mis labios entreabiertos mientras yo hacia lo posible por respirar con normalidad.

– ¿Que…vas a decirme?– le pregunté a velocidad de rayo sintiendo que me estaba partiendo en mil pedazos.

– No sé cómo hacerlo…– volvió a susurrarme – Antes de decírtelo debes prometerme que me dirás que sí –

Era, hasta el momento, el pedido más extraño que había recibido de él, cada neurona de mi cerebro se accionaba esperando la frase con la que terminaría para siempre nuestra relación y por consiguiente conmigo. Si él decía que sí el pedido podía tratarse de que lo dejara en paz…

"Dios, ayúdame…" pensé en medio de todo antes de caer en la bruma en la que me zambullían sus ojos.

– Yo…– ¿que debía hacer? – Si… –

Miré su boca que en ese momento se abrió sobre la mía para llenarla con un beso caliente y lleno de necesidad, aunque este parecía ser mas diferente de todos cuanto me había dado antes. Respondí a él aunque por dentro me estaba muriendo al pensar en que se trataba del beso de la despedida. Me agarró con fuerza de la nuca y de la cintura y me acercó más a él hasta que quedé pegada contra su duro cuerpo. Rodeé su cuello con mis brazos y él me levanto del suelo con un gruñido profundo. Nos besamos por demasiado tiempo, a esas alturas no me importaba respirar así que le di todo de mí esperando que si su plan era terminar conmigo al menos se llevara un recuerdo medianamente agradable.

Él se separó de mi boca con un sensual sonido de succión, yo tenía la mente obnubilada y no pensaba o veía con claridad, todas mis defensas habían caído y se mi decía que lo dejara seguramente moriría a sus pies.

– Cásate conmigo – sopló sobre la humedad de mis labios acariciándome lentamente la espalda con una mano…

Sus palabras cayeron al vacío por unos momentos, mientras me adaptaba a ellas y las asimilaba lentamente. No podían estar hablando en serio pero sus ojos y la expresión ardiente de su rostro decían lo contrario. El silencio pesó solo roto por el sonido de los pájaros y los de nuestras respiraciones agitadas. No sabía que responder a eso. No sabía que pensar de eso, había estado tan convencida de que me diría otra cosa que apenas podía hacerme a la idea de que nada de eso estaba siendo un sueño.

– Me…– se me habían borrado las palabras que tenía en el cerebro como si hubiera retrocedido mentalmente en el tiempo y volviera a tener el lenguaje de una bebe, todo balbuceos y lloriqueos. – Me…– No, seguramente las rosas tenían algún tipo de sedante o psicoactivo y nada de eso estaba en realidad pasando…– ¿Acabas…de pedirme que…me case contigo?– le pregunté tratando de asegurarme mientras sus brazos se apretaban mas y mas en torno a mí y sonreía de lado sensualmente.

– Así es...– confirmó besándome las mejillas y retirando sus labios y su cabeza hacia mi oído…– Quiero que seas mi esposa… mi mujer –

Su mujer…La sola idea me sobrecogió intensamente cuando imágenes prohibidas comenzaron a inundar mi mente. No, no era un sueño, el abatimiento que él tenía era acerca de pedirme que me casara con él, y lo que no sabía cómo decirme era como proponerme matrimonio.

Apenas era una adolecente que se había permitido soñar con ese hombre mayor que hacía que su cuerpo reaccionara y al que amaba con locura y no solo porque lo asociara a un sentimiento de transferencia. Jamás había estado más segura de mis sentimientos como en ese momento.

– Yo…no lo sé – admití temblando cuando sentí sus labios en mi oído.

– No sabe si… ¿decirme que si? – murmuro enviando ondas de placer de mi oído a todo mi cuerpo– ¿O si decirme que no?–

– No sé que responder – admití acariciando su nuca y esperando que no se decepcionara de mi inseguridad, aquella que a esas alturas de nuestros encuentros, contactos y todo lo demás debería haberse menguado al menos un poco.

No sabía que diría si le pedía tiempo para pensarlo, pero en medio de la bruma de confusión que me producía su cercanía, yo era demasiado manipulable bajo la vista de sus ojos y a pesar de que la mayor parte de mi le hubiera dado el sí sin dudarlo, la pequeña me exigía considerar siquiera una idea semejante. Antes de que el corazón me estallara en el pecho le dije acercándome a su boca.

– Te amo – su expresión se torno un poco más ardiente de lo que ya era – Y lo sabes… pero yo…debo pensar en esto… –

La presión de sus brazos se volvió suave abruptamente, como si estuviera negándose a aceptar esa respuesta, la expresión de su rostro se volvió seria y casi corrupta, comenzó a apartarse de mí.

– ¡Por favor!– le rogué tratando de retenerlo entre mis brazos – No estoy negándolo, no te estoy rechazando, es solo….solo dame un poco de tiempo –

La fijeza de su mirada casi me estaba gritando que no quería tiempo. Quería su respuesta ya, pero a pesar de lo mucho que lo quisiera, no podía aceptarlo así como así, aun había demasiadas cosas que se interponían entre nosotros y una de esas era mi genial razonamiento referente a que los hombres como él no pedían matrimonio a chicas como yo. Había leído algunas novelas de harlequín, y estaba también completamente segura de que ninguna de ellas era mi caso. Ese tipo de realidad jamás podría ser parte de mi vida.

Pero se estaba dando en ese momento, contra todo pronóstico por mi parte, un hombre maravilloso me quería a su lado por toda la vida, o al menos por el tiempo que durara. Pero no pude darle el sí, al menos no en ese momento.

– Dame tiempo para pensarlo – le pedí consciente de que él podía cambiar de idea en cualquier momento que quisiera y podría cambiar mi vida con solo una respuesta…

Se apartó definitivamente de mí y se dio la vuelta pasándose las manos por el cabello, parecía desesperado y no sabía qué hacer para calmar la ansiedad que parecía gobernarlo.

Me removí los parpados con ansiedad, nada de esto estaba saliendo bien, yo había cometido demasiados errores como para dejarme llevar mucho más. Antes de poder detener a mi ahora voluntariosa voluntad me acerqué con pasos lentos hasta que rocé su brazo con mi mano.

– Edward…– lo llamé para que se diera la vuelta, había tensión en ese musculoso brazo, pero fue solamente su cabeza la que dio la vuelta para mirarme, se veía tan alto, magnánimo y sin piedad desde esa estatura.– Yo… no tengo nada para ti... no soy nada a tu lado…– sentí las lagrimas llenar las cuencas de mis ojos y sentí el estremecimiento de los sollozos copar mi pecho – Y aun así tu…yo…

Antes de poder preverlo él se dio la vuelta hasta mí y me tomo en sus brazos, me besó violentamente alzándome de las caderas al encuentro de su cuerpo con un ansia arrolladora, gemí entrecortadamente en su garganta cuando las emociones sobrepasaron mis limites, tiré de sus cabellos y él gruño en mi boca. Cuando nuestros labios se separaron en otro sensual y lento sonido de succión él murmuró.

– Es la primera vez que le pido a una mujer que se case conmigo, quiero tenerte para mi, por eso quiero que nos casemos, así estaré seguro de que no desaparecerás en cualquier momento. Sabes, como yo sé, que me amas, que te necesito, te has convertido en parte de mi vida y…– su voz volvía a sonar desesperada, era como si fuera un secuestrado rogando por su vida a la persona que lo quería matar.

– Me casaré contigo– respiré agitadamente y lo interrumpí antes de que pudiera seguir diciendo esas cosas que parecían tan absurdas pero que en él sonaban tan…ciertas tratando de controlar el palpito en mi pecho y la sensación de desmayo por la falta de aire. Contra mi mejilla sentí la piel de la mejilla de Edward retraerse formando una sonrisa, pero no estaba nada preparada para lo que dijo a continuación:

– No puedo esperar para que seas completamente mía –

Mi cuerpo se estremeció con anticipación ante lo que sus palabras implicaban, no intenté retroceder aunque esa hubiera sido la reacción más común ante tal sugerencia al menos para mí. Sosegarme no iba a servir de nada porque sus palabras se me habían grabado con fuego en la mente. Volvió a besarme solo que menos ardor pero de todas maneras vi estrellas tras mis parpados.

– Debo irme ahora – dijo esta vez besándome en la frente y bajándome de sus brazos, entre los que había estado levantada, con los pies colgando. Volví a tierra lentamente mientras lo veía alejarse y empezaba a comprender el alcance de la decisión que acaba de tomar.

Tampoco me había dicho en cuanto se iba a producir ese acontecimiento, estuve a punto de llamarle y preguntarle pero la voz no me salía, aun estaba conmocionada. Cuando estuve en mi habitación hice una anotación inusualmente larga en mi diario, quise transmitir en la escritura todo lo que había pasado en ese sencillo encuentro y como este iba a cambiarme para siempre.

Para bien.

No tuve que esperar mucho para conocer la respuesta acerca de la boda, al día siguiente después del desayuno, en el cual Edward se mostro inusualmente feliz me informo de cómo iba a ser el proceso. Esperaba que todo fuera tan fácil como fácilmente salían esas palabras de su boca. No tenía idea de cómo iba a ser el desenlace de esto.

Accedí a que se hiciera cargo de todo mientras terminaba con la reparación del jardín y continuaba siendo parte de la cocina con Victoria. Casi no lo vi en esos días que siguieron, quería hablarle, decirle cuanto me apenaba no poder participar en esa boda que era de los dos, pero nunca podía encontrarlo cuando estaba desocupado. Me sentí brevemente en una red de manipulación, y en el afán que él parecía tener por que nos casáramos. Casi no habíamos tenido encuentros de índole sensual después de ese día. Debía aceptar que extrañaba que me besara y me tocara pero no me atrevía a buscarlo temerosa de muchas cosas.

Trascurrió una semana y media más en la cual la victima del matrimonio fui yo. Madame René se presento en la casa, hasta ese momento no me di cuenta de que aparte de arreglar la apariencia de la gente, madame también era diseñadora y modista. Fui víctima del proceso de medición de mis planas formas. Ella era quien iba a diseñar mi vestido y quien parecía feliz por la noticia de que me iba a casar con él. Seleccionó las telas para el vestido y me dijo que yo iba a quedar tres belle, une enchanteuse (muy hermosa y arrebatadora).

– El señog Edwagd se tegminaga de enamogag de usted, ma belle petite fille

La duda de si Edward me amaba o si solo me deseaba no dejaba de darme vueltas en la cabeza, por eso cuando madame mencionó la palabra amor, en su acento, la cabeza casi me exploto pensando en cómo podía darme cuenta de eso, jamás, hasta ese momento, había estado enamorada y no tenía experiencia en saber cómo un hombre si lo estaba. Pero después de meditarlo por casi dos horas me di cuenta de que no me importaba lo que Edward sintiera por mí siempre que sintiera algo. Tal vez con tanto deseo, como parecía sentirlo, o podía hacer que se enamorara de mí, inconscientemente pero podía.

Y los días seguían pasando, y la hora de mi boda se iba acercando. Yo seguía preguntándome si había tomado la decisión correcta, especialmente cuando una picada ligera de presentimiento comenzó a molestarme en el pecho, decidí ignorarla a fin de poder dormir en paz, sin hacer caso tampoco a los espantosos sueños en los que me veía envuelta y los cuales escribía en el diario cuando eran demasiado aterradores, cuando en ellos se incluían los ataúdes.

Edward.

25 de Agosto de 2007

Bella se retiró a su habitación tan pronto se lo pedí, contra mi voluntad debía admitir que perfectamente me hubiera podido quedar con ella detrás de mí por mucho más tiempo pero debía ponerme al corriente de mis asuntos y debía ordenar lo que, mientras estuve hospitalizado y mientras estuviera en rehabilitación, era mi empresa y la redacción de los documentos que Bella iba a firmar traspasándome su fortuna.

Antes de meterme en toda la materia saqué el diario que James había comprado para Bella y lo puse en su envoltura sobre mi cama para dárselo más adelante.

Trabajé duro hasta que todo quedo en orden, al menos de mi empresa hablando, James me informó que la redacción de los documentos se haría pero que se demoraría un poco de tiempo por que debía redactarlo de manera que no implicara ninguna ilegalidad.

Estaba terminando de revisar los documentos cuando un olor leve penetró por mi nariz. Comida. Era un olor delicioso que flotaba por el pasillo como me acerqué a comprobar. Me pregunté de cuando acá Victoria se había vuelto una cocinera que pudiera producir ese tipo de olores con los alimentos, pero cuando me acerqué a la habitación de Bella y comprobé que no se encontraba ahí me di cuenta de mi error, seguramente ella estaba abajo con Victoria, admiré su valor y sus ganas de trabajar ya que, aunque parecía cansada, no cejaba en hacer su trabajo. Volví a mi habitación rodando la silla y usé el teléfono interno para llamar a la cocina.

– Buenas noches, Victoria – dije apenas levantó el teléfono.

– Señor – contestó ella.

– ¿Está contigo la muchacha con la que llegue en la tarde?–

– Si, se encuentra conmigo –

– Por favor dile que necesito verla en mi habitación –

– Claro señor, enseguida se lo comunicaré –

Dejé el teléfono en su sitio y seguí repasando mis informes. Después de unos momentos escuché unos golpes leves, luego la puerta se abrió lentamente y ella entró. Era la misma Bella que había visto en la tarde, sin embargo una emoción que no tenia nombre me picó brevemente en el pecho al verla.

– Bella… – su nombre escapó de mis labios y, sin poder evitarlo, con un matiz de deseo. Deseo que seguramente debió manifestarse en mi rostro también.

– Hola – respondió ella con la voz temblorosa, a metros podía notar eso que notaba en ella siempre que estaba cerca, su miedo.

– Esperaba que no te hubieras encerrado en tu habitación hasta que cayó la noche, podrías haber pedido un libro o lo que fuera. – le dije pensando precisamente en eso en ese momento, por el olor a comida sabia que ella no se había quedado en su habitación pero no quise que supiera que tenía una manera de identificarla.

– No lo hice – respondió ella de un tirón, por supuesto sabía que no lo había hecho – estuve en la cocina preparando la cena con Vic…con la señora Victoria.– añadió confirmando mis acertadas sospechas.

– Se suponía que hasta el día de mañana intervendrías en la cocina.– dije aunque no me sentía contrariado de que hubiera pasado allá la tarde, estaba ansioso de comer comida de verdad desde hacía demasiado tiempo.

– No podía quedarme mirándome la punta de los pies – fraseó confirmando mis suposiciones acerca de que no era para nada perezosa. Me hubiera gustado que lo fuera, así hubiera tenido un motivo valido para sentir fastidio hacia ella, pero no, ahí estaban, además de buena persona, hacendosa y con deseos de ayudar.

– ¿Participaste en la preparación de la cena de esta noche?– pregunté para variar.

Ella meneó la cabeza en señal afirmativa.

– Entonces valdrá la pena dejar el trabajo para bajar a cenar.– dije pensando en cómo rayos iba a bajar las escaleras apoyándome solo en una pierna y en Laurent. Súbitamente me llené de rabia ante eso, después de todo el accidente había sido por culpa de ella, no directamente pero el solo hecho de haber pensado en ella desencadeno el resto de mis pensamientos desembocando todo en el accidente que me había desprovisto de mis habilidades corporales. Afortunadamente nada era permanente y debía adaptarme a hacer las terapias.

– Todavía no puedes realizar ese tipo de movimientos – comunicó ella en un tono de regañina que me recordó imposiblemente a mi madre. Ahí estaba otra vez ella, completamente culpable de hacérmela recordar y a sus cuidados. Por su culpa…– yo te lo traeré –

No pude hablar por unos momentos mientras esos pensamientos torvos me rondaban la cabeza, quería tener a algo más que culpar por mi situación actual que a mi propia y débil carne, pero todo la apuntaba a ella, quien arrepentida quería servirme, aunque lo hiciera inconscientemente. No se lo permitiría, bastante tenía con volverme un estúpido sentimental con sus pequeños detalles que me recordaban lo que había perdido como para que ahora quisiera pasarse de lista haciéndose necesaria para mi, más necesaria de lo que ya lo era.

– No eres mi médico, Bella – respondí toscamente mientras el rostro de ella se retraía imperceptiblemente en una mueca de dolor.

– No, no lo soy – me contestó – pero soy quien sigue las indicaciones de él y, si mal no recuerdo informó que no debías moverte hasta que las terapias comenzaran –

Bueno, debía alabar su memoria excesiva, casi había creído que podía persuadirla de que el médico recomendaba el movimiento, no había contado con que encima de todo tuviera una memoria fotográfica. Así que me iba a confinar en la maldita habitación hasta que la terapia comenzara…

"Maravilloso".

Solté un sonoro suspiro aceptando mi cruel destino de quietud, luego incapaz de soportar algo mas moví mi mano en dirección al diario sobre mi cama. Ella lo miró impasible y me di cuenta de que no había entendido que era para ella.

– Es para ti – aclaré pensando en por qué no lo había tomado inmediatamente.

Ella volvió a mirarme, la expresión de dolor había sido reemplazada por una de inquietud.

– Lo vi el otro día en una tienda y mandé a adquirirlo para ti – relaté a fin de que, en medio de la explicación, quedara como si yo lo hubiera comprado pensando en ella. Una mentira no le iba a hacer daño a nadie, y de todas maneras yo iba a llenar la carpeta que correspondía a Bella Swan de mentiras mucho más creíbles que esa. Ella se dio la vuelta lentamente y caminó hasta la cama, observé sus pasos dándome cuenta, no por primera vez, que su andar era demasiado elegante para su procedencia. Ella se inclinó y tomó el diario abriéndolo delicadamente, luego lo sostuvo en sus manos como si se tratara de un objeto demasiado delicado. Ella volvió su delgado cuello hacia mí mirándome con incredulidad, sus ojos brillaban húmedos pero acallé al poderoso impulso de ir y secar personalmente sus ojos ante sus volátiles emociones. Era un regalo simplemente.

Tomó el diario en su pecho como si fuera su hijo y caminó hacia mí. A medida que se acercaba mi enfado iba retrocediendo como si estuviera siendo arrastrado por una locomotora. Cuanto más se acercaba más era consciente de su olor y de su figura cerca de la mía. Definitivamente la abstinencia iba a dejarme una marca poderosa.

– Es precioso. Muchas gracias – dijo ella balbuceante mirándome con sus preciosos ojitos brillantes. Ojitos inofensivos que de un momento a otro se tiñeron con oscuro… "¡Santa mierda!" Con deseo virgen.

El enfado desapareció del todo dando paso a sentimientos más primarios, esos que siempre me abordaban cuando ella estaba cerca y que yo asociaba al estado de abstinencia sexual y al hecho de que ella fuera la única mujer que debiera conseguir a mi disposición. Levanté mi mano recordando en ella el calor de sus partes intimas, ese calor que parecía haber quemado mi mano literalmente, el calor que cosquilleaba en la punta de mis dedos ante la sola idea de tocarla otra vez. Levanté mi mano hacia ella esperando que entendiera mi petición, y dándome cuenta de que siempre la atraía así hacia mí. Ella caminó hacia mi mano con una seguridad que no esperaba hasta que la tuve en la mía. La hice inclinarse y aspirando su efímero olor de vainilla besé su boca que parecía estar gritándole a la mía. Degusté el sabor dulce de su piel por unos momentos mientras el deseo me empalmaba otra vez. No debía ser así, no de esta manera, pero no tenia control alguno sobre ello. Aun así no podía darme el lujo de abandonarme a mis deseos carnales especialmente cuando la maldita pierna lesionada estaba en medio. Solté sus labios antes que ella y vi que se irguió lentamente.

– Traeré la cena – dijo en voz baja mientras yo tocaba mi camisa la cual descubrí por fuera de mis pantalones, había estado tan concentrado en degustar su boca que no me habida dado cuenta de cuando lo había hecho. Decidí no mirarla más por que podía bien levantarme de esa silla sin importarme nada más que penetrar en su cuerpo.

Aunque no parecía darse cuenta del peligro que corría ella optó por irse de la habitación a traerme la cena, me concentré en mirar la pantalla del computador y no a ella esperando que me llegara algo de sosiego. Unos momentos después escuché que sus pasos volvían a acercarse, había traquido la cena.

Mire hacia la puerta mientras ella la abría con cuidado cargando una bandeja con platos en ella. El olor o invadió mi habitación ahora sí haciéndome casi relinchar. Traté de calmar a mi cerebro que, solo en esta ocasión la enfocó a ella y no a mi madre en los recuerdos. A ella, la primera vez que la vi.

Se acercó mas, parecía pensar que iba a tomar la cena en el escritorio y aunque no me hubiera molestado que fuera así preferí tomarla en la comodidad de mi cama.

– Espera….la tomaré en la cama –

Ella no dijo nada mas esperó mientras yo rodaba la silla hasta la cama. Sin embargo no pude prescindir de su ayuda la cual me ofreció rápidamente, para apoyarme y poder sentarme en la cama sin caerme. Luego me arropé, ella tomo la silla y la plegó dejándola a los pies de la cama, luego, cuando estuve acomodado, puso la bandeja sobre mis piernas.

– Huele delicioso – comenté sin poder evitarlo, ahora mi madre volvió a hacerse presente en mi mente al lado de la imagen de Bella, no como ella lo cual era mucho más perturbador.

– Espero que te guste – dijo ella, luego se dio la vuelta dispuesta a marcharse, sin saber de plano que necesitaba su olor de vainillas para sentirme cómodo consumiendo esa comida que tan y dolorosamente me recordaba a mi madre…y la evocaba a ella.

– No te vayas – le pedí cuando dio el primer paso. Parecía pensar que su presencia podía incomodarme, yo hubiera pensado lo mismo si las cosas no se me hubieran salido de las manos en el hospital y no le hubiera dado su primer orgasmo.

Ella se sentó a los pies de la cama y se quedó en silencio mientras engullí la cena, con el primer bocado se disparó mi hambre, la que había tratado de ignorar mientras estaba en el hospital recibiendo los disque alimentos que allí proveían. Cuando se terminé, aunque estaba repleto y pletórico, ansié más y más de lo mismo. Me contuve antes de volverme del tamaño del profesor chiflado.

– Hacia mucho que no probaba algo así.– admití, una cena de verdad, que me hiciera sentir cómodo y verdaderamente satisfecho, por eso debía darle las gracias a ella. Seguí con la bebida que era de color rojo claro. Apenas la probé se deslizó por mi lengua como el más delicioso licor, esto si no lo había probado nunca y estaba seguro que en cuanto lo volviera a probar solo podría tener en mi mente a Isabella Swan.

El ligero toque de alcohol que tenía el coctel encendió las pocas partes de mi cuerpo que aún no lo estaban, cuando lo terminé y ella se iba a ir no pude dejar de pensar en darle un beso al menos por hacerme esto. Cuando se dio la vuelta solo pude ordenarle…

– Deja esa bandeja ahí y ven aquí –

Por un instante rogué que algo, lo que fuera, me diera la sensatez en el momento en que la besara. Antes de que diera otro paso más hacia mi aferré su cintura y la hice tumbarse sobre mi pecho antes de comenzar a besarla con ansia explosiva, como si jamás la hubiera besado antes. Ella abrió la boca totalmente y dejó que la degustara con mi lengua sin apararse por un momento, casi hubiera deseado que lo hiciera, así me daría una excusa para detenerme, pero al contrario se dedicó a lamerme y chuparme como yo a ella sin ningún tipo de inhibición. Mis manos cobraron vida y aferraron su dulce cuello y luego sus pechos pequeños que se clavaron en mis palmas lanzándole más fuego a mi "leño". Así solo podía meditar en cuan suave era, y en cuanto deseaba comprobar esa misma suavidad en todo su pequeño cuerpo. No era partidario de la imaginación pero observar en mi cabeza esos suaves muslos y brazos acariciándome, tomándome, recibiéndome en lo más profundo de su cuerpo bastó para hacerme saber que el control volvía a pender de un hilo, me aparté antes de sucumbir al deseo y le dije esperando que me entendiera:

– Será mejor que te vayas antes de que haga algo que ambos deseamos –

Ella se apartó con bastante más reticencia que lo que solía hacer. Si antes no estaba seguro de tenerla en mis manos ahora lo estaba, no solo la tenía en mis manos, la tendría en todo mi cuerpo antes de que la lujuria me pusiera como un cencerro y tuviera que internarme en una clínica de locos.

– Buenas noches – musitó ella roncamente, no fui capaz de responderle con algo más que un carraspeo ya que si abría mi boca escupiría el profundo desespero que tenia de hundirme en su cuerpo y envestirla hasta la locura.

Cuando cerró la puerta solté un resoplido exasperado, riñéndome por ser tan débil. Ahí estaba otra vez, esa cosita haciéndome desearla sin saber por qué en el fondo. Yo lo atribuía a mi frustración, pero después de esta cena sabía que había algo mas, algo más allá del hecho de que ella me recordara constantemente a mi madre, algo más allá del hecho de necesitarla para una transacción monetaria. Aun no podía definir nada, algo como eso jamás me había pasado, nunca una mujer había demorado tanto conmigo sin que al menos la hubiera tenido en mi cama dos veces, no me había acostado con Bella Swan, y aunque no era para nada mi tipo de mujer la deseaba con ansia. Tal vez cuando la tuviera pudiera exorcizarme de eso que ella tenía que yo quería poseer. Me cambié sin pedir ayuda a nadie y me puse los pantalones de pijama luego me recosté a dormir esperando tener sueños más alentadores que la frustrante realidad a mí alrededor.

Seis semanas después.

Durante el tiempo que siguió alterné el trabajo en mi casa con las terapias físicas que un joven médico, asignado desde uno de los mejores hospitales de fisiatría del país, realizaba conmigo. Debía admitir que pese a su edad (parecía ser menor que yo) se notaba que era un experto y aunque terminaba con el cuerpo como si me hubieran dado una zurra recuperaba rápidamente la movilidad de mi pierna, más rápidamente de lo que me hubiera imaginado.

Al mismo tiempo la carrera contra el reloj había comenzado a correr. Me dediqué a tener en mi palma todo lo que fuera referente a Isabela y a los documentos que ella debía firmar para cederme el control de sus posesiones, las que había heredado. James los tuvo listos casi un mes después de que sostuvimos la última conversación aledaña a ese tema, durante ese tiempo manejé una relación con Bella Swan como nunca lo había hecho con ninguna mujer, las diferencias radicaban en que no me había acostado con ella lo cual implicaba gran parte de la diferencia ya que normalmente lo más largo que había tenido que esperar por meter a una mujer en mi cama había sido una semana. Las otras diferencias constaban del aspecto que presentaba ella, demasiado sencillo, su inocencia, la que parecía brotar de cada uno de los poros de su piel, tanto la que dejaba al descubierto como la que no.

Había algo que si había cambiado en ella y era lo que me mantenía a raya cada vez que el deseo de poseer su cuerpo se encimaba por lo alto de mis instintos, ella dejaba que la tocara, había memorizado en la punta de mis dedos varios centímetros de su piel blanca. Desde el día del hospital no me aventuré a tocarla de la misma manera y debía aceptar que era por miedo, no al miedo en sí de tocarla, sino al miedo que tenia de ser presa de esas emociones primarias que se llevaban por delante todos mis principios, tenía miedo de convertirme en el animal lascivo y dañar para siempre todo lo que había conseguido con ella, lo que me había costado sangre y abstinencia sexual. Cada día parecía más enamorada de mí y me agradaba mucho que así fuera, más que sobremanera.

Por eso, un mes y unos días después de que saliera del hospital, y una semana después de que los papeles estuvieran listos había llegado la hora de saber hasta qué punto había calado en ella, era hora de saber si estaba tan dispuesta a darlo todo por mí como parecía estarlo. Además solo me quedaba un mes para poder disponer de sus acciones si ella me las daba voluntariamente, el solo pensar en que podía perderlo todo me hizo enfadar. Enfadado y pensando en quedarme sin nada. Era una persona sumamente manipuladora y eso era lo que iba a usar, mi habilidad para manipularla a ella. Bajé del despacho que había convertido en algo parecido a una oficina casera y me dirigí al jardín, donde estaba seguro que ella se encontraba, después de que fui autosuficiente le permití, por pedido de ella, hacer las veces de jardinera del olvidado jardín de mi madre. Aparte de poner su parte en el menú de todas las comidas del día. Debía admitir, pensé mientras me acercaba, que había hecho un trabajo admirable, recordándome una vez más a mi madre y el ahincó que solía poner ella en el cuidado de sus flores, aquellas a las que yo llamaba de colorinches.

Efectivamente se encontraba arrodillada frente a lo que parecía ser un rosal y tan concentrada que no escucho mis pasos llegar.

– Buenos días – anuncié mi llegada y tuve la satisfacción de ver el cambio total en su actitud, permitiéndome observar cuanto la alteraba mi presencia.

– Buenos días – dijo ella con la voz curiosamente aguda, se puso de pie, tenia machada la camisa y los vaqueros de tierra, absurdamente la veía atractiva incluso así. El curso de mis pensamientos me hizo enfadarme aun más de lo que ya estaba, pero procuré disfrazar la expresión enojada de mi rostro con una de tristeza, o eso esperaba. Ella estaba sonriendo pero cuando transformé mi rostro esa sonrisa se descompuso. Casi me sentí un criminal, un jodido y estúpido criminal. – ¿Sucede algo?– me preguntó tiñéndose toda de una preocupación palpable. Se veía tontamente encantadora.

Sonreí levemente ante mi propia estupidez y mi visión romántica de ella, y también porque me sorprendía realmente el hecho de que fuera perceptiva cuando yo me hacía ver abatido.

– ¿Cómo lo sabes?– jugué un poco con ella.

– No lo sé – admitió aunque no parecía sincera, aun así me sentía sorprendido.

La metí entre mis ojos observándola con demasiado detenimiento, tal vez podía hacer de ella una experta en el arte de leerme, sabía que era inteligente. No lo era tanto en el campo de los hombres pero lo era en lo demás, tal vez incluso podría vivir con sus maternales características un poco más de tiempo del que tenía planeado antes de terminar con la farsa absurda. Recordé la manera en que respondía a mis caricias. Si, definitivamente podría decidir conservarla un poco más.

– Estoy pensando en ti…y en mí…– esa era una de las pocas veces en que era sincero con ella, era tan transparente que en seguida me di cuenta de que, a diferencia de mí, los pensamientos de ella se dibujaban hacia un entorno negativo. Apartó sus ojos de mí para mirarse los zapatos como una niña regañada. Caminé hacia ella hasta que tuve su olor en mi nariz, la vainilla olía a cálido acentuando aun mas esa esencia que me enloquecía. Alargue mis manos y acuné su pequeña carita en ellas, la suavidad de su piel, como siempre, volvió a traspasar mis barreras, levanté su rostro hasta que su mentón no pudo retroceder mas y pude lograr que volviera a mirarme. Rojos, sus ojos estaban como irritados y tarde un poco de tiempo en darme cuenta de que estaba a punto de llorar. Había tal abismo de tristeza en ellos como nunca antes, cuando la tocaba y acariciaba me gustaba que me mirara a los ojos, solo con ella tenía esa característica, porque ellos parecían ser el lenguaje por el que ella verdaderamente se comunicaba, ellos eran turbulentos el día en que la conocí y la mayoría del tiempo, eran más oscuros aun cuando la tenía entre mis brazos, y ahora exudaban una sensación de pena y tristeza que casi me atravesaban. Me acerqué lo suficientemente como para ver que no me equivocaba – Lloras… ¿por qué? – le pregunté en voz baja conociendo su estado de ánimo por sus ojos pero sin saber la causa de este.

– ¿Que…vas a decirme?– preguntó como un rayo como si fuera lo que menos hubiera querido preguntar en la vida, y caí en cuenta del motivo de su tristeza, creía que iba a mandarle a freír espárragos. "Aun no, muñeca de porcelana", pensé para mis adentros.

– No sé cómo hacerlo…– confesé contra su boca, mentía, pero sabía que al menos con esta propuesta debía utilizar un poco de tacto – Antes de decírtelo debes prometerme que me dirás que sí –

Ella me miró extrañada por esa propuesta, como si dudara un cien por ciento en dármela, podía ver que su cabeza bullía de pensamientos y no podía dar con ninguno de ellos. Esperaba que confiara en mi lo suficiente como para decir que sí.

– Yo…si…– dijo como la más crédula de las criaturas.

Accioné mi cerebro a pensar pero sabía demasiado bien que con esa boca invitadora demasiado cerca no daba mucho de mí a la hora de pensar, quería besarla tanto como quería, como para hacerla más débil a mí y que pudiera decirme que sí sin mucha coacción. Sin esperar algo como un permiso me aventuré a besarla dejándome llevar, en el momento en que hicimos contacto, por ese deseo loco que me llenaba y al que malditamente estaba comenzando a acostumbrarme. La acerqué más a mí usando mis dos brazos y ella a su vez con los de ella. Como estaba inclinado y el instintito me hacia querer volverla participe de la pasión para que cayera rendida la levanté contra mi apretando su suave y pequeño cuerpo contra el mío y levantando su frágil peso unos centímetros del suelo, para que quedara al mismo nivel.

No conté los minutos durante los que la bese, pero en cada uno que debía haber pasado ella seguía entregándome una pequeña parte de si, hasta que estuve seguro de que no podría decirme que no a nada. Cavé en su carnosa boca llenándome y llenándola de ese húmedo y caliente beso. Luego me separé de ella sin soltarla del todo pero poniendo en juego todas mis cartas.

– Cásate conmigo – le pedí no muy seguro de cómo debía hacerlo, como nunca antes le había propuesto matrimonio a nadie, ni había pensando en hacerlo hasta que supe lo de las acciones y las condiciones, no estaba muy seguro de cómo debía preguntarlo.

Pude ver por la repentina rigidez de su cuerpo y extremidades y el frio también repentino de sus ojos que se había quedado pasmada. Seguramente eso era lo que le pasaba a todas las mujeres que recibían una propuesta matrimonial inesperada y la solución a varios problemas, pero, por algo que me lo decía interiormente, sabía que la rigidez de Isabella tenía más que ver con mi primer pensamiento.

– Me…– tragó en seco– Me…– volvió a decir, seguramente recuperándose del asombro – … ¿Acabas…de pedirme que…me case contigo?–

Evidentemente esa no era la respuesta que estaba esperando a mi pregunta, había hablado claramente así que ella no podría haber confundido las palabras, seguramente el calibre de mi propuesta le había nublado el cerebro, sonreí pensando en que nunca había conocido una mujer que se pusiera en estado de trance ante una propuesta formulada por mí. Inconscientemente la apreté contra mi cuerpo sin poder creer en su inocencia. Sonreí ante el pensamiento y le dije, confirmando lo que su obnubilado cerebro parecía no entender.

– Así es...– incliné la cabeza para besarle la suave mejilla y seguir ejerciendo encanto erótico para terminar de convencerla, me acerqué a su oído para susurrarle en él, algo que todas las mujeres encontraban ínfimamente – Quiero que seas mi esposa… mi mujer –

La rigidez en su cuerpo no se iba y se estaba tomando su tiempo para responder, tanto así que dudé de que en verdad hubiera ejercido mi, hasta ese momento, efectivo encanto con ella.

– Yo… "Acepto" era la respuesta que esperaba, el silencio era exasperante…– No lo sé – continuo después dejándome de una sola pieza, intenté darle entendimiento, al menos el mío, seguí susurrándole para ello.

– No sabes… ¿Si decirme que si o si decirme que no?– le pregunté comenzando a llenarme de dudas sobre ella.

– No sé que responder – sentí sus fríos dedos en mi cuello mientras esa respuesta terminaba de penetrar en mi cerebro, aun no podía admitir que había fracasado cuando nunca antes había ocurrido. Traté de asimilar ese gran golpe a mi ego tan lentamente como me era posible para no ponerme a gritarla y hacerle firmar los papeles quitándole la mano. Algo de mi estado de ánimo pareció forzarla a hablar.

– Te amo – Un calor dulce y para nada conocido se estrelló en mi pecho haciendo retroceder un poco el recelo. – Y lo sabes… – esa frase lo derrumbó todo, ahora venia la justificación que esperaba que fuera mucho mejor que su débil negativa – Pero yo…debo pensar en esto…

Dejé de apretarla contra mí, decepcionado de ella y de mi mismo, era como si me hubiera dado un bofetón y me hubiera dejado la piel extremadamente sensible. Así que se estaba negando… la lista de razones para su negativa comenzó a plagar mi cerebro pero eso no hizo que me enfadara menos, seguí soltándola aunque aun así estuvo cerca de mí.

– ¡Por favor!– suspiró ella dolorosamente aferrándose a mi cuello con sus delgados dedos – No estoy negándolo, no te estoy rechazando, es solo….– cuando dudaba eso podía interpretarlo como que si se estaba negando, tenía que ser sí o no, blanco o negro, no "no lo sé" o gris. – Solo dame un poco de tiempo –

Otra vez la palabra clave, el tiempo. "No tengo tiempo, necesito que te desprendas de la millonaria cantidad de dinero que posees y me la des para financiar mi proyecto…" Si claro, accedería inmediatamente. La intenté presionar con mis ojos y traté de mostrarme devastado por el hecho de que me estuviera rechazando, ¿Alguna vez una mujer había rechazado una oferta de matrimonio cuando era evidente que tenía todas las de ganar? ¿No podía ver que para mí no era un beneficio voluntario sino una necesidad financiera lo que me impulsaba a hacer todo eso?

– Dame tiempo para pensarlo – volvió a solicitarme aunque podía ver que se estaba oponiendo por una razón que iba más allá de muchas, aun no había vencido todas sus barreras y eso me frustraba enormemente.

La puse en el suelo y me alejé intentando pensar en algo más que pudiera servirme aparte de tener la desgracia de compartir con ella un matrimonio. Di unos pasos completamente enfermo de la ira cuando cada puerta se cerraba, es mas yo había cerrado todas las puertas imaginando que solo sería cuestión de tiempo que terminaría de conquistarla y ella me daría el sí sin pensar en nada más. Evidentemente me había equivocado al estar tan seguro y ahora ya no tenía tiempo para salvar nada de mi empresa, me estaba dando por vencido.

Sentí el roce de su mano en mi brazo, no la podía ver de espaldas.

– Edward…– la miré por encima de mi hombro odiándola por su inseguridad y por haberme hecho dar tantas cosas por sentado. – Yo… no tengo nada para ti... – un momento…– No soy nada a tu lado…– Acaso… ¿eso era lo que creía que era?...Sus ojos volvieron a ponerse irritados y temblaba profusamente – Y aun así tu…yo…–

Finalmente entendí la razón de su negativa y el calor volvió a mi pecho como agua caliente en tetera. La inocente mentirosa si me quería y, curiosamente, sus pensamientos estaban dirigidos a las diferencias sociales entre nosotros.

El alivio fue tal que lo único que pude hacer fue volverla a tomar en mis brazos y alzarla al encuentro de mi boca y de mi cuerpo. Si solamente era esa su negativa estaba convencido de poder sobrepasarla sin mucha dificultad y así me lo propuse en ese momento, derribar con pasión los muros absurdos que ella levantaba. Saboreé la miel de su boca por otros largos minutos luego me obligué a separarme para hablarle.

– Es la primera vez que le pido a una mujer que se case conmigo, quiero tenerte para mi, por eso quiero que nos casemos, así estaré seguro de que no desaparecerás en cualquier momento. Sabes, como yo sé, que me amas, que te necesito. Te has convertido en parte de mi vida y…– Vaya discurso, pero no pude pensar en otras palabras sino esas para poder convencerla, además tenía otro poco de verdad y era en el hecho de que era la primera vez que le pedía a una mujer que se casara conmigo. El hecho de poner en mí toda la desesperación que me atenazaba por no poder conseguir el dinero que necesitaba debía servirme de algo. Antes de que pudiera pensar en más argumentos para seducirle ella habló, ahorrándome así la diatriba que se formó en mi mente con una rapidez que me asombró incluso a mí mismo.

– Me casaré contigo– suspiró ella. Ya estaba dicho, finalmente. No estaba preparado para la ola de felicidad que sentí en ese momento, quise pensar en que todo se debía al dinero que iba a conseguir, no me atrevía siquiera a meditar acerca de que la felicidad tenía más que ver con eso que había en mi pecho y a lo que aun no le podía dar nombre. Sonreí inevitablemente contra la piel de su cara mientras sentía en mi oreja su respiración temblorosa. La puse contra mi otra vez pensando en los pocos beneficios quien tendría mi matrimonio, pero en ese pequeño beneficio de usar su cuerpo podrían verse resarcidos los demás ausentes.

– No puedo esperar para que seas completamente mía – le dije esperando que entendiera que a pesar de que en el fondo no era un matrimonio real al menos en la cama yo haría que lo fuera.

Volvió a estremecerse mientras yo pensaba en los últimos ajustes que haría a los documentos y en las cosas de las que tendría que poner a cargo a las otras personas. Mi boda. No esperaba que resonara, pero siendo quien era no podía evitar hacer pública mi relación con ella, además la gente se divorciaba todos los días incluso con menos tiempo de casados de los tres meses que yo necesitaba. Hacerlo público terminaría de convencerla de que mi "amor" era real y cuando todo acabara yo llenaría una cuenta a su nombre para que hiciera lo que quisiera con su vida, el dinero que le daría no sobrepasaba ni un poco a todo el que ella me daría a mi firmando los documentos, pero una persona de gustos sencillos como ella seguramente no necesitaría tanto dinero, con lo que le daría seria más que suficiente.

– Debo irme ahora – con el objetivo cumplido, al menos por el momento, no necesitaba estar tan cerca de ella. Así que el dejé en el suelo besándole la nívea frente. Sus ojos ahora, aunque aun inquietos, sufrían un cambio a soñadores que no me hubiese extrañado que saliera a volar en cualquier momento. Me di la vuelta con un gesto amable y caminé hacia la casa controlándome enormemente para no saltar y correr como un futbolista cuando encesta…o hace un gol. Lo que sea.

A partir de ese momento contaría los días que faltaban para que finalmente todo el imperio Cullen fuera mío. Totalmente. Con la ayuda de James y de la siempre fiel madame René pude estar al pendiente de mis negocios sin preocuparme demasiado por cómo iba dándose lo de la boda. Tomé la decisión de permanecer lejos de Bella en esos días que transcurrieron porque simplemente mi trabajo me obligó, fue particularmente pesado y no tenía tiempo nada más que para él, los créditos estaban llegando a su tiempo de vencimientos y me vi obligado a anexar solicitudes de prorroga mientras aseguraba que tendría el dinero muy pronto. Como no vi a Isabela no pude darme cuenta de cómo se sentía acerca de todo esto, prácticamente me estaba haciendo cargo de todo y esto podía contribuir a su ya nombrada tendencia a menospreciarse. Sabía que debía hablar con ella. Esperaba tener el tiempo necesario para hacerlo y poder quitar de su cabeza cualquier duda que tuviera acerca de este matrimonio.

Sencillo.