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EN LA ESTACIÓN DE LA CALLE BAKER, ME SENTÉ Y LLORÉ.

Autor: Deco


CAPÍTULO 13: "MOONFLEET"

Al día siguiente, Petunia se vio embarcada en un tour por las propiedades del patrimonio Mayhew, escoltada por un goblin de Gringotts (que en comparación hacia ver a Pompeyo como desenfadado), la señora Figg y el mismo Pompeyo.

La casa de Londres y la casa vacacional en Cornwall todavía seguían arrendadas y parecían estar bien mantenidas. El ingreso de las rentas vendría bien, especialmente con todos los gastos que tendría con dos chicos empezando en la escuela.

La Mansión Mayhew, por otro lado, había estado en un estado considerable de decadencia ya en el tiempo de la muerte de la Tía-abuela Cressida, y los años siguientes habían sido más difíciles. Petunia podía ver que una gran cantidad de dinero, y magia, tendría que gastarse para ponerla en condiciones habitables. El inmueble tenia adjunto una granja abandonada, cedida al paso de zarzamoras, ortigas y malezas, con dos cabañas en estado razonable, y numerosas edificaciones en estado variado de deterioro.

Pompeyo estaba encantado de ver su antiguo hogar, y la vista de otros cuatro elfos domésticos que vivían allí (y que parecían muchos menos felices de verlo), y quiso mudarse en seguida.

Petunia se sentía menos entusiasmada―. No estoy planeando mudarme a Escocia, Pompeyo ―dijo ella, poniendo freno a su entusiasmo.

―¿Por qué no? ―dijo Pompeyo―. ¡Mire lo cerca que estamos de Hogwarts!

Petunia no quería decirlo, pero ese hecho se estaba volviendo una consideración mayor para ella. Los intentos de socializar de los niños con los magos habían resultado tan mal que ella se estaba preocupando cada vez más ahora que se acercaba la fecha de la partida. Dudley podría haberlo hecho muy bien, de no haber sido nacido de muggles. Él no era tímido, pero era bastante tranquilo. Harry, sin embargo, era otra historia. Era flexible, sí, pero también era combativo, y si había algún problema, podía encontrárselo en el centro de ello, usando rodillas, puños, pies, y hasta dientes. Empero, no le apetecía separarlos.

Ella se preguntó si acaso debería averiguar acerca de Salem, en Boston, como un posible respaldo. El dinero en las bóvedas de Gringotts podría hacerlo posible, y decidió investigarlo. Ese era un proyecto que no mencionó a la señora Figg. Porque aunque ella creía que la señora Figg ahora tenia sus lealtades divididas, no apostaría en su silencio en ese tema.

La resolución de la herencia significó que cuando Petunia llevó a los niños a comprar para su primer año en Hogwarts, ni una vez tuvo que mirar en su presupuesto. Después de todos esos años de economizar esto era sensacional, especialmente al ver el placer de sus dos amados hijos en sus nuevas (¡totalmente nuevas por una vez!) posesiones. Ella hasta llegó a pensar que lo disfrutó más que ellos.

En el Emporio de las Lechuzas de Eeylops, Petunia con felicidad permitió que los niños eligieran el familiar que querían. Harry escogió a un gran Búho Níveo, que llamó Hedwig. Dudley seleccionó un Búho Tiznado, de grandes ojos negros parpadeantes en medio de plumas grises y blancas en forma de escarapela. Ellos debatieron acerca de su nombre por algún rato, y finalmente se decidieron por Daffyd.

―Yo pensaba que los Búhos Tiznados eran de Australia ―señaló Petunia―. Quizás un nombre galés no sea apropiado.

―Es tan apropiado como Hedwig para un búho que del Canadá ―dijo Dudley defendiendo su caso, para secreto placer de Petunia. Y aunque ella sospechaba que ellos llamarían al búho Daffy, que Petunia consideraba más apropiado para un pato en vez de un búho, no dijo nada más.

―De acuerdo, queda anotado. ¿Estas seguro que no quieres un gato?

―Más que seguro. Los gatos de la señora Figg fueron suficientes para toda una vida.

Nadie discutiría eso. Para sorpresa de Petunia, los búhos parecieron tolerarse bastante bien uno al otro y no hubo batallas aviares. O por lo menos, hasta el momento. Aunque se preguntaba como lidiarían Hedwig y Daffy con los gatos de la señora Figg.

Después fueron a Ollivander, y Petunia de nuevo ignoró su mirada intensa. No es asunto tuyo, vejestorio espeluznante. Los chicos escogieron sus varitas, o más bien al revés. Acebo y pelo de unicornio para Harry; y Cerezo y pelo de unicornio para Dudley. Ambas varitas se veían estupendas a ojos de Petunia, y los niños estaban deleitados de tener por fin una propia. Para su furia, la ocasión fue arruinada por la deliberada referencia de Ollivander acerca de Voldemort. Petunia sacó en volandas a los chicos de allí, y buscó una distracción.

La tienda de Artículos de Calidad para Quidditch la proveyó. Los niños le rogaron que comprara una escoba nueva. Petunia les señaló que los de primer año no podían tener escobas propias en Hogwarts, pero los niños ya estaban preparados en ese punto. Ellos le señalaron que la escoba de su Tía-abuela estaba próxima a la desintegración, y que ellos necesitaban algo con que practicar el resto del verano y durante los recesos. Así que ella solamente tendría que comprar una más para el segundo año. Petunia suspiró, pero ella recordó los años en que había podido comprarle tan poco a los niños y como en correspondencia lo poco que se habían quejado por ello. Así que estuvo de acuerdo con mirar.

La tienda tenia un gran ventanal que daba a Callejón Diagon, lleno de escobas, pero una vez dentro, revelaba ser un cuadrado vacío con un patio grande en el medio. El patio era usado para probar las escobas, y varias personas estaban montando allí las nuevas. Los niños quedaron cautivados por esa vista.

Finalmente, un vendedor quedó libre y les mostró varias escobas. Los niños debatieron sus virtudes, ocasionalmente hasta con ardor. Petunia dejó de escuchar al darse cuenta que ella necesitaba una escoba propia también. Cuando se enfocó en el discurso del vendedor: ¡una escoba apropiada para una dama!, ¡una escoba apropiada para viajes!, ¡una escoba segura para circular!, hasta que ella se dio cuenta que los niños habían deambulado hasta el patio.

Ellos habían dejado de hablar, lo que siempre era una señal. Petunia levantó el cuello para ver que estaban mirando.

Otro vendedor le estaba demostrando una escoba a un mago de aspecto elegante con un niño, obviamente su hijo. Era la escoba más distintiva que había visto Petunia, no es que su experiencia con ellas fuera muy grande, pero el mango de madera pálida estaba tallado, taraceado con runas entrelazadas de color ébano. La cola era un helecho rojo-dorado.

―Es muy antigua ―dijo el vendedor.

―¿Cuánto vale? ―preguntó el mago, sus dedos delgados acariciando la superficie suave de la manilla. Tenia largo cabello platinado y un aire tal de suficiencia que Petunia deseaba patearlo.

El vendedor se rió―. No esta a la venta ―dijo él―. Literalmente no tiene precio. El dueño clama que es una genuina Moonfleet, de siglos de antigüedad. Ademas, no querría tenerla. No puede ser montada.

―¿Según quien? ―dijo el mago.

―Bueno ―dijo el vendedor―. Nadie la ha montado todavía. Hemos dejado que algunos lo intenten, de hecho, se ha vuelto toda una atracción. Todos quieren intentarlo, pero apenas duran un minuto.

―Demuéstremelo.

El vendedor se puso pálido―. No puedo hacerlo ―dijo él―. La tenemos como una atracción para los clientes, pero le repito que no se encuentra en venta.

―Yo no dije que quería comprarla, dije que quería ver como usted la montaba.

―Señor Malfoy...

―He estado pensando en equipar el equipo de quidditch de Slytherin en Hogwarts con escobas... a todos ellos... de mi propio bolsillo. ¿Eso seria una comisión considerable para usted, no es así?

El vendedor se le quedó mirando por lo que pareció un minuto completo, y después llamó a un subordinado para que montara la Moonfleet.

El mago frunció el ceño―. Dije que usted lo hiciera, no él.

Desde lejos, Petunia escuchó como ella misma decía―: No permita que lo intimide.

El mago la miró y frunció el ceño. El vendedor apretó los dientes y se subió sobre la escoba. La escoba lo arrojó en breve.

El mago se rio. Petunia lo odió―. Veamos como lo hace usted, si piensa que eso es tan divertido ―dijo cortante.

Él la miró con desdén, y no se dignó a contestar.

―Hablador ―masculló Harry. Dudley resopló divertido.

El mago los ignoró olímpicamente, pero la cara de su hijo enrojeció. Él corrió hacia la escoba y luchó por subirse a ella. La escoba cobró vida y comenzó a estremecerse, después ascendió hacia el cielo y comenzó a dar vuelta sobre si misma. El niño podría haber sobrevivido una sola vuelta, y hasta dos, pero no tres. Perdió su agarre y cayó al piso. Petunia pensó que debía haber un encantamiento amortiguador general en la superficie del patio, porque él pareció ileso, aunque tembloroso.

El mago con los ojos relampagueando sacudió al niño sobre sus pies―. ¿Acaso te dije que hicieras eso? ―siseó, sacudiéndolo más.

―Él sólo lo hizo porque usted no tiene agallas ―dijo Harry en voz alta.

El mago se enderezó, los ojos furiosos. Sus labios crispados en una mueca al inspeccionar a Petunia y los niños―. Sangre sucia por donde se mire, al parecer.

Su hijo miró con rabia a Harry, y dijo―. No te vi a ti montarla, pequeño sangre sucia mugriento.

Petunia trató de aferrar a Harry por el cuello de la camisa, y Dudley fue por su manga izquierda, pero él los esquivó a ambos. Corrió hacia la escoba y la montó. La escoba salió disparada hacia el aire en un angulo agudo. Harry se aferró a ella con todas sus fuerzas. La escoba comenzó a girar sobre si misma, como lo hiciera con el chico Malfoy, pero no pudo deshacerse de Harry. Él tomó la precaución de usar sus piernas para envolverse alrededor de ella cruzando los talones. La escoba rodó, zigzagueó, dio brincos, y trató de raspar a Harry a lo largo de la pared. Petunia gritó.

Ahora tenían una audiencia. Petunia sacó su varita para lanzar un hechizo, pero el vendedor la aferró del brazo―. ¡Aquí no! ―suplicó―. ¡Podría darle a alguien!

Petunia y Dudley se vieron forzados a observar mientras la escoba intentaba botar a Harry, y Harry trataba de mantener un curso. La escoba parecía estar enloquecida, y fue cada vez más rápido y más rápido, hasta ser un borrón en el cielo. Finalmente, se detuvo en seco, manteniéndose justo sobre el suelo. Harry se dejó caer de ella, rebotó un poco en el suelo, y procedió rápidamente a vaciar su estómago.

Los dependientes ayudaron a Petunia a limpiar a Harry y se deshicieron en disculpas, hasta que se volvió evidente que la escoba había quedado tan afectada por el vuelo salvaje como Harry. Quedó flotando donde él la había dejado, pero cuando Petunia y los niños comenzaron a abandonar el establecimiento, esta los siguió.

Petunia al notarlo, dijo―. Sostenga esa cosa, ¿quiere?

El dependiente lo intentó. La escoba no podía ser detenida. Los evadió, y voló de nuevo hasta detenerse cerca de Harry.

―¡Él la domeñó! ―dijo uno de los empleados―. ¡Voy por el gerente!

El gerente al principio fue comprensivo, pero después de intentar cada hechizo conocido de escobas, no pudieron llegar a una solución. La escoba estaba domada, los empleados seguían lloriqueando. Petunia no entendía lo que querían decir hasta que uno de ellos se dignó a explicarle que ahora solamente funcionaría para Harry.

―Bueno, eso es un progreso, ¿no es así? ―dijo petunia―. Antes de esto, no funcionaba para nadie.

Pero, al parecer, domar una Moonfleet era un pecado atroz. ¡Ahora les era inútil en la tienda como atracción! Petunia, perdiendo la paciencia, les dijo que eso no era problema de ella. Ella quería irse a su casa, ahora, sin la escoba.

―No puede irse hasta que pague por ella ―anunció el gerente con beligerancia.

Era un hombre grande, y de repente le recordó a Petunia con desagrado de Vernon. Quizás fue por eso que ella sacó su varita y le apuntó a la cara en unos segundos.

―¿Pagar por eso? ―siseó―. ¡No vamos a pagar por nada! Nos vamos a casa; y si esa escoba demente nos sigue, pues ese es su problema. Que me condenen antes de darle un solo knut por ella. Yo no la ordené y no la quiero. ¡Le instruiré a mi abogado para que los demande hasta por la última ramita de sus escobas por mantener objetos mágicos peligrosos dentro de sus premisas, y por alentar a los niños a que las monten! ¡El Ministerio también escuchará de esto!

Con tal anuncio, ella recogió rápidamente a Harry, agarró la mano de Dudley, y salio rápidamente de la tienda. El efecto quedó algo dañado por la escoba embelesada que flotaba en su retaguardia. Para su mayor sorpresa, los dejaron ir, escoba incluida.

La Moonfleet los siguió todo el camino a la casa, y cuando Petunia se negó a que la dejaran estar dentro de la casa, tomó residencia en el patio trasero. La escoba esperó pacientemente hasta que Harry apareció, y después lo siguió a todas las partes que podía hacerlo. Los niños estaban tremendamente divertidos, pero Petunia estaba exasperada. Ella quería deshacerse de ella, ¿pero cómo? Ni Pompeyo ni la señora Figg le sugirieron una solución, nunca había visto antes algo semejante. Un viaje a la biblioteca mágica no brindó mayores pistas.

Finalmente, Petunia decidió pedir ayuda a los sanadores de San Mungo.

Ellos examinaron la escoba con algo de interés

―Yo creo que tiene consciencia ―dijo Hector―, a un nivel bajo, pero igual la tiene. Estas fueron hechas en Dorset varios siglos atrás, pero nunca escuché que una sobreviviera. Estoy de acuerdo contigo en un punto: no deberían haber estar usando esta escoba en la tienda como lo hacían. En realidad es una maravilla.

―Bueno ―dijo Petunia―, puede ser maravillosa en otra parte. Yo me tropiezo con ella cada vez que salgo al patio trasero, y sigue a Harry como un cachorrito de aspecto extraño.

―¿La ha vuelto a montar desde que la domó?

―Le he prohibido tocarla de nuevo. La experiencia original fue tan aterradora que en realidad me ha hecho caso... bueno, creo que así es. Con Harry uno nunca sabe. Pero ese es el problema: él se irá a Hogwarts dentro de poco, ¿como encaja una escoba como familiar en esto?

Hector meneó la cabeza―. No me lo imagino. Mi consejo es que le preguntes a Dumbledore. De otro modo, miralo de este modo: los búhos de Harry y Dudley podrán contar con una percha ambulatoria permanente.

Y de hecho, así era como la usaban Harry y Dudley normalmente.

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N/T: Gracias por sus comentarios,favorecer y seguir este fic.

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