XII.
"Nadie se sumerge en ninguna aventura esperando resultados mediocres. La gente, pese a tener un chasco nueve de cada diez veces, desea tener al menos una experiencia suprema, aunque sólo sea una vez. Y eso es lo que mueve el mundo."
Haruki Murakami.
La idea de escaparse fue de Damian en primer lugar, tenía muchas ganas de correr a caballo por las praderas que rodeaban la casa de la abuela Martha, pero sabía que su padre no iba a darle permiso de irse otra vez a Kansas porque recién había salido y él tenía ideas muy firmes sobre cada cuando sus hijos podían ir de excursión. Jon estuvo de acuerdo en cuanto le comentó la idea, bien por él porque podía saltarse clases como Damian y le emocionaba la idea de viajar solos hacia donde Martha sin los estorbosos adultos que siempre estaban diciéndoles de cosas. Ambos escaparon durante sus respectivos recesos, escabulléndose hacia la terminal de autobuses en donde compraron boletos pagándole a una chica mayor para que comprara sus boletos y no les hicieran preguntas incómodas. Jon estaba eufórico por semejante atrevimiento que en su vida se le había ocurrido, haciendo planes de todo lo que jugarían con su abuela mientras subían al autobús.
—¡Y comeremos tarta de durazno! —exclamó Jon, cuando el autobús al fin salió de la terminal.
Llegaron a buena hora donde Martha, quien se sorprendió de ver un par de niños en sus uniformes escolares y una enorme sonrisa esperando entrar por su puerta. Repartió besos y abrazos a ambos entre pequeñas amonestaciones por haber viajado solos, luego consintiéndoles con una buena comida antes de ir a cabalgar los tres.
—Les mostraré la tumba del hombre sin manos.
—¡Wooooooow!
Sus ánimos por la cabalgata se elevaron de escuchar semejante historia de la zona, sobre un asesino perseguido por cazadores que al alcanzarle le cortaron sus manos que le obligaron a comer y luego lo ahorcaron en un árbol, siendo enterrado ahí. Una historia de miedo que fue como imán para aquel par de traviesos montados en sus caballos, mirando con ojos grandes hacia el horizonte hasta que miraron ese árbol torcido como si una mano gigante lo hubiera moldeado así, seco por completo, sin que nadie lo cortara por temor a la leyenda. Si la historia era verdad o era mentira eso poco les importó, corriendo alrededor del árbol esperando por ver por uno de sus agujeros al hombre sin manos espiándoles. Martha solo rió, cuidando de los tres caballos mientras aquellos niños se divertían, se revolcaban en el pasto con lodo y al fin pedían volver cuando sus estómagos estuvieron llenos de nuevo.
Cuando regresaron, se encontraron con la sorpresa no muy agradable de ver a Lois Lane ahí, más que enfurecida con ellos por haberse marchado así cuando todos los estaban buscando. Damian frunció su ceño porque no le pareció algo por lo cual exaltarse tanto, notando las llamadas de Alfred, de Dick y de su padre en su celular igual que Jon. Ambos habían dejado sus teléfonos cuando fueron de cabalgata, olvidándose por esas horas de Metrópolis para solamente concentrarse en una historia de un pueblo de Kansas. Martha calmó a Lois, mostrándole que los pequeños estaban a salvo, bien comidos y que necesitaban una cena ligera antes de volver a la ciudad. Tanto Jon como Damian abrazaron a la abuela Martha en agradecimiento, sintiendo que cuando regresaran les esperaba más que un regaño por parte de sus padres. Damian seguía sin comprender por qué tanto alboroto por una salida tan inocente. No fue sino hasta que vio a Dick y Alfred junto a Tim, los tres ansiosos y molestos es que comenzó a darse una idea.
—¿Dónde estabas? —asi gritó Dick al verle bajar del auto de Lois a quien dio gracias.
—En casa de la abuela Martha.
—¡¿Por qué demonios escapaste de la escuela, Damian?!
Éste parpadeó, algo inquieto. —Pero…
—¡Estuvimos buscándote por todos lados! ¡Creímos que…!
—Permítame encargarme, Señorito Richard —cortó Alfred cuando Dick estalló, tomando la mochila de Damian y su mano, inclinándose a él— Hubo un incidente al mediodía que hizo pensar a sus padres que estaban en peligro, Señorito Damian, por eso todos estábamos buscándolos con suma desesperación.
—No hicimos nada malo… bueno no tan malo.
—Afortunadamente así fue, pero un caballerito jamás debe procurar esta clase de preocupaciones a su familia, ¿de acuerdo? Un mensaje hubiese sido suficiente.
—No me hubieran dejado ir —refunfuñó Damian, girándose a Jon— Adiós.
—Adiós, Dami.
—Vámonos ya —gruñó Dick aun enojado.
Quedó atrapado entre su hermano y Tim mientras Alfred conducía a casa, todos en silencio con sus rostros molestos, excepto Tim quien parecía más bien aliviado, ofreciendo una sonrisa de vez en cuando a Damian durante el trayecto. La reprimenda de Bruce fue otra cosa para la que no estuvo preparado, resistiendo con todas sus fuerzas con sus hombros en alto, encorvado con la cabeza baja mientras su padre le daba el sermón de su vida y terminaba con su castigo por un mes. Damian sintió lágrimas en los ojos, más aceptó el regaño como el valiente que era porque había sido su decisión y ahora veía las consecuencias. Bruce se quedó callado unos segundos y luego se arrodilló frente a él, abrazándole con fuerza, besando sus cabellos.
—No vuelvas a hacer eso, por favor.
—Lo siento.
—Me encargaré de que lo sientas. A tu recámara.
No hubo más remedio que obedecer, sintiendo ese peso doloroso del castigo en silencio. Durmió inquieto y amaneció con esa misma sensación, desayunando solo porque los demás ya se habían marchado a sus respectivos deberes del nuevo día. Solo Alfred quedó para hacerle compañía hasta el colegio donde una vez más tuvo una llamada de atención por haberse escapado. Ahora lo mantendrían vigilado hasta que demostrara que volvía a ser digno de confianza. Por supuesto que ya no hubo celulares ni consolas de videojuegos ni tampoco acceso a internet, completamente aislado sin saber cómo estaba Jon. No quería que a él lo castigaran porque había sido únicamente su cómplice, pero ahora estaba en modo de silencio, sus palabras no serían escuchadas. Le dolió mucho ese trato de su padre y de Dick, perdiéndose sus abrazos y manos despeinando sus cabellos al volver de la escuela o estar en la cena.
—¿Sucede algo, Señorito Damian? —preguntó Alfred cuando le ayudaba a cambiarse para dormir.
—Nadie me dirige la palabra.
—Eso es mentira, yo estoy hablando con usted.
—Pero los demás no —el pequeño sintió un nudo en su garganta y sus ojos humedecerse.
—Vamos, vamos, hay que ser fuerte para resistir este trago amargo. Es la manera en como los auténticos caballeros ingleses son forjados.
—Ya no quiero ser un caballero inglés.
Al día siguiente encontró a su hermano Dick desayunando con Tim, quien era el más amable de todos ellos porque siempre le sonreía. Cuando tomó asiento, Dick se levantó dando gracias a Alfred y marchándose a la universidad. Damian solamente suspiró resistiendo sus ganas de llorar, recibiendo una palmadita en el hombro de Tim quien le acompañó esta vez. Bruce ya se había marchado, tenía un caso urgente aparentemente que atender. Las cosas en el colegio tampoco fueron las mejores. Se encontró con un grupito de niños mayores que estaban resentidos porque había vencido al hermano menor de uno de ellos en combate de esgrima. Acorralado en un pequeño pasillo entre edificios de la escuela solo esperó por los puñetazos que no vinieron. Tim apareció para rescatarle cual damisela en desgracia, aunque disfrutó mucho ver como cayeron todos, huyendo despavoridos de un muchacho criado en barrios bajos.
—¿Estás bien?
Damian asintió, sacudiéndose su uniforme. —Vámonos.
Quizá Alfred tuvo razón en resistir, conforme fueron pasando los días el dolor fue haciéndose más y más diminuto, quedando solamente la resignación a su suerte que no era tan mala considerando la ayuda discreta de Tim en ciertas cosas, su compañía fue un consuelo para el niño en ausencia de su hermano mayor. Al salir del colegio en la tarde luego de sus clases extras, cuando iban a acercarse hacia el auto donde estaba Alfred, la mano de Tim tiró de Damian cuando una moto cruzó en la acera casi a punto de atropellarlos, pasando de largo con los reclamos de todos alrededor por semejante acto. Algo sucedía porque Damian notó en Alfred una expresión que no había visto anteriormente, como si estuviera a punto de matar a todos, pero al mismo tiempo estuviera aterrorizado. Una mezcla rara que dejó pensando al pequeño mientras volvían a casa y él se concentraba en su tarea dado que no había más que hacer en su joven vida.
—Hey, Damian, ¿no quieres entrenar un poco en peleas? —ofreció Tim de manera cordial.
Golpear algo no estaba nada mal y el niño aceptó, ambos despejando una salita para convertirla en un dojo improvisado donde recordar sus lecciones de artes marciales que Talia les impusiera tanto a Dick como a él desde pequeños. Tim era bueno, tuvieron varias peleas entretenidas hasta que llegó su hermano mayor, entrando a la sala mientras descansaban.
—¿Están bien? Alfred me contó todo.
—Sí, solo fue un susto —respondió Tim con una expresión curiosa, luego señalando con la mirada a Damian quien bajó su cabeza, ya acostumbrado a que era un cero a la izquierda para Dick.
—¿Qué hacían?
—Oh, entrenando un poco en el rudo arte de las peleas.
Dick miró al niño que jugaba con la tela de sus pants. —Yo también quiero entrenar.
Eso fue una buena como mala noticia para Damian, quien se levantó al acto mientras su hermano se quitaba su chamarra y playera quedando solo en camiseta, lanzando sus botas a un lado. Tim se hizo a un lado, dando a entender que no era con él con quien pelearía. El pequeño tomó aire, levantando sus manos en posición de defensa, esperando por el movimiento de Dick. Hacía un buen tiempo que no hacían eso, entrenar así juntos. Una sensación agradable con un toque de preocupación porque sentía que la pelea sería mucho más agresiva que las que acostumbraban. Todo lo contrario, Dick peleó con él igual que siempre, más bien esperando a que fuese su hermano menor quien tomara el control de los ataques. Damian cayó en el suelo con un bufido, mirando fijamente a Dick, quien entonces le extendió una mano para ayudarle a levantarse.
—De nuevo.
Para la tercera pelea, Tim se incorporó. Si bien al principio fueron serios entre sí, poco a poco su entrenamiento pasó a ser una fiesta en la que tímidas risas comenzaron a aparecer, igual que expresiones menos serias y más amigables. Pronto, los ánimos de Damian le hicieron brincar en la espalda de Dick, llamando a Tim para unir fuerzas y vencerlo. Los tres terminaron rodando por el suelo entre carcajadas al final hasta que se quedaron quietos y desparramados sobre la alfombra. Entonces Damian se acercó a su hermano para darle un fuerte abrazo, escondiendo su rostro en su pecho.
—Lo siento, no quise preocuparlos así.
Dick suspiró, esa mano que extrañaba volvió a sus cabellos. —Sé que no tuviste malas intenciones, Dami, pero nos asustaste mucho. Creímos que te habíamos perdido.
—¿De verdad te preocupaste tanto?
—Claro, eres mi pequeña bolita odiosa.
—Ja —el niño rodó sus ojos, suspirando— No me gusta que no me hables, tienes que volver a hablarme.
—Okaaay.
—Jugar conmigo.
—Lo pensaré.
—No, no lo pienses, hazlo.
Tim se rió. —Oh, vaya.
—Así es él —rió Dick, despeinando a su hermano quien gruñó.
—¿Ya no estarás tan enojado conmigo?
—No, Dami. Pero no debes hacer esa clase de cosas, esto no es Sussex y además… padre está en un caso muy difícil contra una persona peligrosa que puede intentar hacerte daño, por eso no debes desobedecer. Por eso estábamos buscándote.
—Ohh… tiene sentido ahora. ¿Es un caso muy peligroso?
—Sí, y nadie debe saberlo, ¿de acuerdo?
—Yo nunca hablo de los casos de papá con nadie, tonto. Tim puede ser el bocón.
—Claro que no —defendió éste al instante.
—Tengo hambre, estas peleas me abrieron el apetito. Quiero cenar algo, hermano.
Dick negó con una risa quieta, levantándose. —Vamos, de seguro Alfred ya ha preparado algo.
Ganarse de vuelta el que su padre le hablara le tomó un poco más a Damian, sin quejarse porque no había podido hablarse con Jon, ni tampoco porque estuviera tan incomunicado, manteniendo su habitación ordenada como sacando buenas notas. Una noche, se acercó a Bruce para obsequiarle un trozo de tarta de fresa que había cocinado con ayuda de Alfred, como pipa de la paz. Su padre miró aquel delicioso trozo y lo aceptó, hablando con su hijo como siempre. Damian estuvo feliz, aunque eso del castigo tendría que esperar porque no fue negociable, tendría que sufrir esa clase de aislamiento por lo que restaba del mes. Algo no tan malo ahora con la compañía de su hermano y de Tim, con quien ya se llevaba mejor luego de aquel noble gesto de defenderle.
—Alfred, ¿es muy peligroso el caso de padre?
—Mucho, Señorito Damian, hay que tener cuidado.
—Pero a él no va a pasarle nada, ¿verdad?
—Creo que de eso tendremos ayuda del Señor Kent, joven amo.
—¿Del padre de Jon?
—Así es.
—¿Por qué de él?
—Porque están trabajando juntos en el caso.
—¡¿Qué?!
—Señorito Damian, no hay necesidad de gritar.
—¿Por qué nadie me dijo?
—¿Por qué debería saber algo que es cosa de adultos?
—¡Ah! ¡Es el padre de Jon! ¡Eso ya es de mi incumbencia!
—Contrólese, joven amo. No querrá otro mes de castigo, ¿o sí?
—… no.
—Eso me parecía.
No pudo contenerse de preguntarle a su padre si era verdad que estaba trabajando con Clark Kent en un caso que era peligroso, reclamando entre sus preguntas el que no le hubiera dicho aquello, algo que hizo sonreír a Bruce.
—Eres un niño, Damian, hay cosas que bien puedes saber como otras no.
—¡Pero es el papá de Jon!
—Sí y también es un periodista.
—No entiendes mi punto o no quieres entenderlo.
—Lo hago, hijo, pero no es algo… extraordinario por el que debas perder el sueño.
—Hay algo que no me quieres decir.
Bruce parpadeó, arqueando una ceja ante semejante acusación. —No, no hay nada.
—Sí.
—Damian…
—¿No puedes levantarme el castigo ya? ¿Por favor? He hecho todo lo que me han pedido y no he peleado ni tampoco he dejado mis juguetes fuera de su lugar cuando me voy a dormir.
—Cuantos méritos —rió su padre.
—¡Padre!
—Lo pensaré, la última vez que te di tanta libertad, terminaste en Kansas.
Damian solo hizo un puchero, cruzándose de brazos. Aquella situación de peligro se hizo más latente una tarde que regresaba con Alfred de haber comprado víveres, cuando estaban cruzando el paso peatonal con la luz en verde para ellos y por nada un auto casi los arrolla, pero sin realmente pasar tan cerca, ganándose algunos cláxones de los otros conductores. El mayordomo le abrazó con fuerza, caminando más aprisa hacia la casa. Cuando Bruce llegó, le contaron de ese incidente que fue casi parecido al que tuvieron Tim y Dick, quienes habían ido a buscar unos libros. No era que esas cosas no pasaran en una ciudad como Metrópolis, sin embargo, era demasiada casualidad su aparición tan repentina y consecutiva. O estaban teniendo demasiada mala suerte o realmente era por aquel caso que estaba llevando su padre con el padre de Jon.
—Tal vez lo mejor sería que pasaran un tiempo con los abuelos Wayne —dijo Bruce en la cena.
—¡No! —Damian reclamó de inmediato— Me prometiste que ya no dejaríamos Metrópolis.
—La situación lo amerita, Damian.
—¿No crees que es algo innecesario, papá? —comentó Dick, mirando a su hermano— Si aquel hombre realmente quiere hacernos daño… lo hará sin importar en dónde estemos.
—Yo estoy de acuerdo con eso —apoyó Tim, dando un buen mordisco a su filete.
—¿Entonces no nos iremos? —Damian miró esperanzado a su padre.
—De acuerdo.
—¡Sí!
—Pero —Bruce levantó un dedo— Si hay demasiado peligro se irán, sin reclamos.
—Tú eres el mejor abogado del mundo, papá. Y Clark es el mejor periodista, ambos pueden ser tan fuertes juntos.
—Ves demasiadas películas, Dami.
—Calla, Dick. Sabes que tengo razón.
—Gracias por el voto de confianza, hijo, no olvides mis palabras, ¿de acuerdo? No es para echar a perder tu amistad con Jon ni tu vida aquí.
—Entiendo, padre.
Había algo con eso del caso y el padre de Jon que Damian no podía señalar con precisión y le inquietaba al mismo tiempo cuando se dio cuenta que Clark Kent era la persona más cercana a Bruce después de ellos. Por más que lo pensara no lograba ver qué era eso que pasaba entre los dos. Su padre le quitó su castigo antes de tiempo así que pudo comentarlo con Jon apenas si fueron capaces los dos de hablarse. Su amigo tampoco tuvo idea de que estaba sucediendo, siendo el despistado que era no lo había notado. Dado que no podían salir a donde querían mientras no se resolviera el caso, siempre estaban en casa o en el colegio. Solamente un día fue que Bruce quiso llevarle al departamento de Clark y Jon, porque Alfred se quedaría con Tim y Dick estaría ocupado en los entrenamientos. Damian estuvo más que encantado, pues eso significaba pasar tiempo con Jon en su recámara mientras los dos adultos trabajaban.
Estuvieron o trataron mejor dicho de hacer la tarea, pero luego Damian tuvo ganas de un poco más de ese jugo que habían preparado, saliendo de la habitación de Jon descalzo hacia la cocina comedor y sala al mismo tiempo que era esa zona. Fue muy silencioso porque no quiso interrumpir a su padre ni a Clark, apenas asomándose por la esquina del muro que dividía las recámaras de la cocina y sala donde ellos estaban. Damian se quedó muy pero muy quieto al ver una escena que sus ojos no pudieron dar crédito y su mente hizo corto circuito. Bruce estaba sentado en uno de los banquillos frente a la barra de la cocina, dándole la espalda a ésta. Sus manos estaban aferradas a los bíceps marcados en la camisa a cuadros de Clark quien estaba frente a su padre, muy pegado a él de pie con su rostro tan pegado al de Bruce que casi sus frentes se pegaban una contra la otra. No entendió que pasaba porque estaban callados ambos y la espalda ancha de Clark no le dejó ver exactamente sus posiciones o movimientos. Damian se retiró lentamente en silencio como se acercó, volviendo aprisa a la recámara de Jon quien ya estaba por irle a buscar, delatando su salida.
—¿Qué pasa, Dami? ¿No tomaste jugo?
—No quise… interrumpir, tenían papeles por doquier.
—Oh… yo también quería.
—Luego, seguro después vienen a hablarnos, ¿otra partida?
—¡Claro!
Siendo los niños que eran, a Damian se le olvidó aquel incidente luego de la partida número veinticinco que tuvo con Jon. La volvería a recordar, pero bajo otras circunstancias que estarían muy lejos del alcance de su imaginación.
