Capítulo 13

Grantaire volvió a ensayar la melodía en su guitarra. No acababa de funcionar, pero tenía algo. Encendió un cigarrillo y siguió dándole vueltas a la idea. En otras circunstancias se hubiera rendido ya, pero estaba aprendiendo a ser paciente a base de no tener nada mejor que hacer.

Se había acostumbrado a madrugar para poder pasar un rato a solas en el jardín, que solía estar tranquilo a aquella hora de la mañana. El jardinero estaba podando un seto, pero el rítmico chasquido de las tijeras no lo molestaba. Los aspersores estaban en marcha y el aire olía a hierba cortada. Grantaire tenía la desagradable sospecha de que echaría de menos aquella "prisión" cuando volviese a estar respirando libertad, cosa que, si todo iba bien, ocurriría en menos de una semana. Estaba pensando en vender su piso de Manhattan y comprarse una casa con jardín. Hasta podría tener un perro. Pero uno de verdad, no como el de juguete de Bossuet y Joly.

―Strike tres, DiMaggio ―dijo una voz a la que había aprendido a responder poniéndose firme―. Vas a tener que decirme de donde sacas la mercancía de contrabando. Venga, apágalo.

Grantaire sonrió mientras daba otra calada y esperó a que la mujer rodeara la mesa y se sentara. No caminaba muy rápido.

―Esto es muy duro, hermana…

―Susan.

―Esto es muy duro, Susan. ¿Por qué no vamos paso a paso? Primero dejamos lo que mata rápido y luego nos preocupamos por el tabaco y por… no sé… el beicon ahumado. Como vuelva a ver otro batido verde juro que salto por una ventana.

―Por eso no se abren, encanto. Anda, dame uno y te la paso.

Grantaire le ofreció un cigarrillo y observó divertido cómo ella saboreaba con placer la primera calada. Era una mujer de unos sesenta años, menuda y fibrosa como un bistec muy hecho, con la piel curtida por el sol y maneras de sargento mayor si los oficiales del ejército se vistieran como Dora la Exploradora. Grantaire no se sorprendió mucho al descubrir que había sido monja. Tenía ese aire indefinible de las religiosas, con el ceño fruncido a perpetuidad y la mirada acusadora. Pero, igual que le sucedía a su canción, había en la melodía una nota discordante, desafinada. La llamaron Sor Simplice cuando hizo sus votos, pero resultó ser demasiado complicada. Había sido misionera en los campos de refugiados somalíes, y debió ser allí donde perdió la fe en Dios, aunque no en las personas. En Sudán le pegaron un tiro que le dejó una cojera permanente, y cuando regresó a América fundó aquel campamento militar camuflado de retiro espiritual para ricos con problemas del primer mundo cuyos beneficios iban a parar a los refugiados. Grantaire se sintió bien cuando lo supo. ¿Quién le iba a decir que sus adicciones servirían para algo bueno? Casi se sintió culpable por rehabilitarse tan rápido. Ahí estaba el dilema, claro.

Se lo dijo a ella medio en broma, pero no obtuvo el efecto deseado:

―¿Sabes qué es aún mejor que pagar para que alguien limpie lo que vomitas mientras estás tiritando en una cama? ―le dijo ella―. Pues aflojar la pasta mientras haces tu música y todo lo que te gusta y sales en las portadas con ese novio tuyo tan guapo. ¿Ves por donde voy o…?

―Sí, sí. ―Por lo visto aún le quedaba algo de monja, con tanto menear la hucha parroquial―. De todas formas, no te pongas muy cómoda. Igual vuelves a verme por aquí.

A ella no le hizo gracia la broma, probablemente porque sabía que no lo era en absoluto. Era más vieja, más lista y más cínica que él con diferencia.

―Con esa actitud, seguro que sí ―dijo mientras apagaba el cigarrillo y se levantaba apoyándose en su bastón. Se parecía un poco al maestro Yoda, ahora que lo pensaba: su mundo era un pantano apestoso y deprimente y aun así veía Esperanza con mayúsculas. Tenía gracia… lo del pantano…

Daba que pensar. Y eso estaba bien, porque allí no se hacía mucho más. Los móviles estaban prohibidos y no había internet, y tampoco se permitían las visitas porque, según decían, así se suprimían las influencias nocivas. Lo de suprimir también las carnes rojas y los carbohidratos Grantaire no lo entendía, pero qué sabía él, que solo era una mota de polvo en la infinidad del cosmos según el tío raro del cuenco tibetano que lo obligaba a hacer yoga y a meditar para entrar en contacto consigo mismo. Y sí, últimamente estaba en contacto consigo mismo un poco más de la cuenta, pero es que llevaba dos meses encerrado allí y echaba mucho de menos a Enjolras.

Se preguntaba cómo le irían las cosas. Lo último que supo era que su grupo estaba preparando el lanzamiento del disco que habían tenido que posponer por culpa de los desacuerdos con la discográfica, que quería que se moderaran para que no se repitiera el descalabro de los MTV. Grantaire le había dicho que se reuniría con él en cuanto saliera de allí.

Los últimos días fueron largos, pero pasaron como todo pasa: los buenos momentos y los malos. Las primeras semanas no quería ni recordarlas, pero tampoco convenía que las olvidara. Susan (antes Hermana Simplice) le sugirió que se lo tatuara.

―Si vienes conmigo y te tatúas tú un tigre en el pandero ―la retó Grantaire.

―Trato hecho.

Qué mujer. La echaría de menos. Pensó en ella (y un poco en sus parientes) mientras caminaba por el arcén de la carretera. Volver a casa a pie era la última penitencia. Le llevó seis horas y media, y Dave, el portero de su edificio, fue la primera persona en darle la bienvenida al mundo de los vivos. Nadie gritó ¡sorpresa! cuando encendió la luz de su piso. Grantaire suspiró de alivio, dejó caer su bolsa y su guitarra de camino a su dormitorio y se desplomó en la cama.

Cuando se despertó (y ya no recordaba la última vez que despertó allí sin resaca) eran las cinco de la mañana. Buscó su móvil y lo conectó. Mensajes, llamadas… Lo ignoró todo y marcó, y mientras sonaba el tono de llamada caminó hasta la ventana.

―Hola, rayo de sol ―dijo mientras contemplaba la noche sobre Manhattan.

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Le hubiera gustado coger el primer vuelo, pero su vida era un poco más complicada. Tenía algunas cosas que poner en orden. O, más bien, en pausa.

Quedó con Bossuet al día siguiente. Fue un emotivo reencuentro seguido de un desayuno hipercalórico y extra grasiento.

―Pareces un hombre nuevo ―observó Bossuet, que vivía con un obseso de la dieta saludable y tampoco se cortaba comiendo cuando iba a un restaurante.

―Vamos a dejarlo en de segunda mano ―sonrió Grantaire mientras se servía más beicon―. ¿Y cómo están los chicos?

―Nerviosos, claro. Aunque no tanto como los jefazos.

―¿Por qué los sigues llamando así? ―resopló Grantaire―. Como no sea para burlarte. Los dos sabemos que no van a demandarme.

―Suena como si tuvieras noticias ―dijo Bossuet en tono tranquilo para no presionarle―. ¿Sabes ya qué vas a hacer?

Grantaire se acomodó en su asiento y pidió más café.

―Me voy a París esta noche. Volveré el mes que viene, cuando Enjolras se vaya de gira. Salen el dos de abril.

―Sí, lo sé ―asintió Bossuet―. Parece que las cosas les van muy bien.

Era cierto. Enjolras le había contado que habían lanzado su segundo disco a finales de enero. Las ventas no iban mal, dentro de lo que actualmente se vendía, y uno de los temas estaba muy bien situado en las listas. Era una canción muy buena, en opinión de Grantaire, que había oído la maqueta en noviembre. Lo que no había oído era la versión definitiva, que incluía una voz femenina. Y qué voz… Grantaire se había quedado sin palabras, sobre todo porque no quería decirle a Enjolras (el de la gloriosa voz dorada) que la misteriosa chica cantaba aún mejor que él. Cuando le preguntó de quién se trataba, Enjolras le dijo que era su hermana. Había que joderse con la familia Trapp. Era la última vez que se burlaba del coro de la iglesia.

El tema llevaba cuatro semanas fuera, así que a estas alturas los representantes estarían matándose por ella. Estaba claro que la chica era un diamante en bruto; un spin-off en toda regla. Con semejante voz y la mitad de la promoción hecha por ser familia de quien era, solo necesitaba un poco de atrezo e iría directa a las listas de éxitos. Bossuet debería echarle el anzuelo; seguro que había pensado en ello. Aunque, de momento, parecía más preocupado por su pájaro en mano.

―¿Entonces es un descanso? ―preguntó para tenerlo claro.

Grantaire asintió, aunque sin mirarlo.

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Quedó con los chicos en el estudio para decírselo en persona, pero Montparnasse no se presentó. Grantaire fingió que se creía las excusas que Babet y Sous le dieron de su parte y charló con ellos un buen rato. Los dos se alegraban de verle, Sous especialmente, pero estaban demasiado ansiosos por tenerle de vuelta en el grupo. Fue incómodo.

No pudo despedirse de Joly porque estaba en un congreso no sé dónde, así que hizo el equipaje y se preparó para marcharse. Lo último que recogió fue una guitarra, y mientras lo hacía se fijó en la que tenía enmarcada en la pared: no en la valiosísima Firebird que había pertenecido a Brian Jones y que consiguió a precio de oro en una subasta, sino en la vieja chatarra sin marca que fue un regalo de su abuela. Y pensó, por primera vez en su vida, que estaba orgulloso de sí mismo y que ella lo estaría si le viera. La sonrisa que esbozó sin darse cuenta fue la primera que no era un escudo ni una mueca.

Apagó las luces y salió. Fuera lo esperaba un coche para llevarlo al aeropuerto. Grantaire puso sus cosas en el maletero, se giró y se encontró a Montparnasse detrás de él.

―¡Joder! ―exclamó, sobresaltado.

―Tenemos que hablar ―dijo él.

A Grantaire no le gustaba admitirlo, pero había sido un alivio que no se presentara aquella tarde. Creyó que se había librado de tener una conversación para la que no estaba preparado aunque hubiera pensado mucho en ello, sobre todo porque Susan le había obligado a hacerlo.

Tienes que tomar decisiones. No puedes quedarte paralizado como un gato en medio de la autopista hasta que el camión te aplaste.

Muy gráfico, hermana.

Es Susan. Porque yo elegí. Ahora te toca a ti decidir quién eres y a quién quieres en tu vida. Dentro o fuera, pero no dejes más cosas a medias.

Parecía fácil discutirlo en el banquillo, pero el tiempo muerto había acabado y ahora le tocaba salir a batear. Quizá por eso ella le llamaba DiMaggio. A Grantaire ni siquiera le gustaba el béisbol; era un deporte aburridísimo. Pero sabía que quería estar con Enjolras y enderezar su carrera si podía. Aquello, en cambio, no lo tenía tan claro.

―Escucha ―empezó a decir―, no tengo mucho tiempo, pero…

―No, escucha tú ―lo cortó Montparnasse bruscamente. Después apartó la mirada y su rostro se tensó hasta el extremo. Le costó mucho volver a despegar los labios, pero finalmente logró escupir―: Lo siento. ¿De acuerdo? Siento lo que te dije y todo lo que… ¡Todo, joder!

Siguió mirando el tráfico de la avenida mientras Grantaire lo miraba a él. No es que fuera la primera vez que se disculpaba, pero solía hacerlo a la ligera, sin pensar. Esta vez era distinto; lo decía de verdad, y de verdad estaba dolido. Grantaire apretó los labios; aquello no estaba previsto.

―Está bien ―se ablandó―. Yo también he dicho cosas que…

―No, no, basta de gilipolleces ―volvió a interrumpirlo él―. Ni siquiera fui a verte al hospital cuando… ¡Mierda, R, por poco te mueres!

―Eso no fue culpa tuya ―lo tranquilizó Grantaire―. Estaba hecho un lío y se me fue de las manos. Se me fue muchísimo, pero no tuvo nada que ver contigo.

Montparnasse negó con la cabeza de forma obsesiva.

―Tenías problemas y yo lo sabía.

―Si hubiera querido tu ayuda, te la hubiese pedido ―respondió Grantaire, y aquello fue lo bastante obvio como para que Montparnasse no replicara, aunque tenía algo más que decirle:

―Te mentí. En lo de Éponine. No la dejé por eso, ¿vale?

―Vale.

―Solo lo dije porque tú no dejabas de joderme y estaba…

―Sí, vale, Parnasse. Te creo. De verdad.

Él le devolvió la mirada. Tenía los ojos de un azul clarísimo, casi gris, y las pupilas que clavó en Grantaire eran tan pequeñas como cabezas de alfiler.

―¿Te vas con él?

Grantaire asintió.

―Volveré dentro de un mes.

―Ya… Y los demás se lo han tragado, ¿no?

Y allá iban otra vez. Grantaire respiró muy hondo y se pellizcó el puente de la nariz. Intentó recordar lo que le había enseñado el tío del cuenco tibetano.

―Mira, no pienso discutir. Es mi decisión y ya está tomada, así que adiós.

―Joder, R, ¿qué más quieres? Ya te he dicho que lo siento ―se defendió él―. Me parece bien, ¿vale? Lo tuyo con ese tío. Con Enjolras ―rectificó, dignándose a pronunciar su nombre por una vez―.Creía que se estaba aprovechando, pero ya sé que no. Lo único que digo es que… te lo traigas aquí o… yo qué sé. Te vas otro mes ¿y el grupo qué?

―No he estado de vacaciones, ¿sabes?

―Sí, ya lo sé. Y me alegro por ti. Le has echado un par de huevos, pero es que…

No supo o no quiso continuar. Aquello no era fácil para él: tragarse el propio orgullo nunca lo es. Parecía desolado y no dejaba de apretar los puños a sus costados. Estaba temblando.

―Te estoy diciendo la verdad ―le prometió Grantaire, tratando de ponerse en su piel. Montparnasse volvía a evitar su mirada, así que se acercó y le dio un golpecito en la cara―. Eh. Voy a volver. En un mes. Y seguiremos donde dejamos, ¿queda claro? Solo es un descanso.

Montparnasse asintió rígidamente. Después chasqueó la lengua y lo abrazó sin previo aviso. Hacía más de veinte años que eran amigos: antes de Minette, antes de Éponine, mucho antes de Bossuet y de Joly, y de Enjolras, y de Les Amis…

―Oye, no es por ti ―le prometió Grantaire, abrazándolo a su vez. Se sintió mejor cuando lo hizo―. He estado con la mierda hasta el cuello, ¿comprendes? Necesito un poco de aire.

―Sí, adelante ―dijo él―. Tómate tu tiempo, diviértete.

Grantaire intentó retroceder, pero Montparnasse lo cogió por la nuca y le dijo antes de soltarle:

―Pero no me falles, R. Con lo que nos ha costado conseguirlo. Al final lo hicimos, ¿eh? Tú y yo.

Grantaire asintió y se separó de él. No supo qué más decirle, así que dijo que debía ser tarde y le preguntó la hora al conductor, que esperaba pacientemente junto al coche. Nunca llevaba reloj, así que Montparnasse se quitó el suyo y se lo lanzó de forma descuidada como si no costara un ojo de la cara.

―Ya me lo devolverás cuando vuelvas ―le dijo.

Grantaire no quería aceptarlo; sabía cuánto le gustaba aquel reloj. Fue uno de los primeros lujos que Montparnasse se dio cuando empezaron a ganar dinero de verdad, y lo llevaba siempre aunque pudiera permitirse muchos más. Significaba algo para él, pero el gesto de prestárselo mandaba un mensaje muy claro, así que Grantaire no discutió. Se despidió y subió al coche, y Montparnasse lo vio alejarse desde la acera mientras Grantaire lo veía a él desaparecer del retrovisor. Respiró más tranquilo cuando lo perdió de vista, y entonces miró el reloj. Eran las siete y media. Lo adelantó seis horas antes de ponérselo en la muñeca y así se sintió más cerca de Enjolras.