La batalla parecía perdida desde el principio.

Al menos eso era lo que Peter pensaba, claro. Nunca había visto a Francis pelear antes, pero su actitud cobardica y algo huidiza le hacía intuir que no se le daba muy bien pelear. Tampoco es que él supiese gran cosa, claro... por eso mismo sólo le quedaba mirar con angustia cómo el francés desenvainaba y se acercaba con pasos lentos hacia los dos mastodontes que estaban guardando el portón.

Por su parte, el mayor tampoco las tenía todas consigo. De hecho, lo que quería era salir corriendo de allí... pero no podía dejar a los niños, claro. Sería muy desconsiderado por su parte... y no se lo perdonarían nunca. Por eso tenía que sacar algo de valor y enfrentarse a esos dos... ... aunque no se veía capaz de tumbarlos en lo absoluto. Es decir, eran enormes. Y parecían muy fuertes.

...

Pero no tenía tiempo para huir ni para arrepentirse. Ya los tenía prácticamente delante. Y le estaban mirando con una sonrisa arrogante.

- Mira, aún quedan ratas intentando escapar...- dijo uno de ellos, a la vez que ensanchaba su sonrisa. El otro rió y asintió.

- Seh, pensaba que no podríamos divertirnos más, pero... supongo que la suerte nos sonríe.

- Aunque...- continuó el primero.- No creo que éste dure demasiado, ¿no crees? Es tan delgaducho...

- Bueno, quizás si le damos con el lado sin filo nos aguante un poquito más...

Continuaron hablando, sin intenciones de pelear todavía. Lo único que hacían era hablar mal de Francis, y eso le estaba sacando un poquito de sus casillas... ¿le estaban subestimando? ¡Aquello sí que no! ¡Parecería un debilucho, pero no lo era! Se iban a enterar esos dos...

Con ello en mente, avanzó otro poco, más decidido.

Iba a enseñarles a los niños cómo se peleaba.

X.x.X.x.X.x.X.x.X

Mientras tanto, el grupo grande, capitaneado por Gilbert, seguía en el centro del pueblo, con la clara misión de buscar a Feliciano. Por un segundo se habían olvidado de él, aunque claro, no les podían culpar; había pasado todo tan de repente... sólo se podían preocupar por su propia seguridad.

Aunque el primero en recordarlo fue Ludwig, el que más se alteró al saber de la desaparición de su hermano menor fue Lovino. De hecho, aún seguía despotricando contra el mundo en general mientras avanzaban hacia donde creían que estaba, es decir, el bar.

- Maldita sea, como no esté bien juro que le voy a... le voy a... ¡le voy a arrancar las orejas y las voy a exhibir en la pared!- Farfulló el italiano, apoyándose en un muro mientras esperaba a que Gilbert terminase de reconocer la zona. Antonio, que estaba a su lado, rió un poco al escucharle.

- ¿Como en las corridas de toros, Lovino?- Dijo, imaginándose a Lovino en una situación parecida, con traje de luces y todo.

- Claro que no, imbécil.- Respondió éste, de malas.- Como le pille no le voy a dar la oportunidad de defenderse.

- Qué miedo~- Rió el español. Su actitud despreocupada hizo enfadar más aún al chico.

- Deja de reírte, maldita sea. Hablo en serio, lo mataré... parece que ni te preocupe, joder. Insensible.- Gruñó por enésima vez y le lanzó una mirada envenenada al ibérico, quién simplemente sonrió.

- Nada de eso... claro que me preocupa. Por eso le estamos buscando, porque nos preocupa a todos.

- Eh, dejad de darle al pico, señoritas.- En ese momento, Gilbert apareció por la esquina. Ludwig estaba detrás de él, con expresión ansiosa.- No hay moros en la costa, así que sigamos.

Y sin decir una palabra más, el grupo reemprendió la marcha.

Comenzaron a caminar entre los escombros, intentando no hacerse daño con ninguna astilla o cualquier otra cosa afilada; los edificios estaban en su mayoría semiderruidos, y habían dejado muchos cristales, rocas y maderos esparcidos por las calles. Hacía apenas unos minutos Lovino se había raspado el brazo con un trozo de cristal, y el corte aún sangraba, por lo que no debían andar despreocupadamente. Sobretodo debían tener cuidado... quizás hubiese enemigos cerca. Y esos eran más peligrosos que cualquier cosa que pudiese herirles por allí.

Lo bueno era que ya no había más explosiones; el peor momento parecía haber pasado. Ya no se escuchaban más ruidos, por lo que dedujeron que, o bien se les había acabado la pólvora, o ya no encontraban necesario dinamitar nada más. El silencio reinaba en el lugar, y era únicamente roto por los pasos del grupo, por sus respiraciones algo agitadas... no había ni rastro de vida por las calles. Quizás... quizás habían atrapado a todos los del pueblo... el albino no podía evitar preocuparse. ¿Cuántos eran? ¿Y cuándo habían llegado? Todo había sucedido tan repentinamente que no les había dado tiempo a reaccionar, ni a ellos ni a nadie...

Justo estaba pensando eso, cuando una figura sospechosa apareció por detrás de una casa lejana. En un impulso, Gilbert retrocedió e hizo a los demás esconderse detrás de la pared más cercana. En medio de la conmoción, Antonio empujó a Lovino sin darse cuenta contra la pared, haciendo presión sobre su brazo herido. El menor ahogó como pudo un grito de dolor, pero no se calló sus posteriores insultos. Lo susurraría si hacía falta, pero iba a mandar a ese imbécil al infierno.

- ¡Au! ¡Ten más cuidado, joder!- Murmuró, en voz baja, aunque lo suficientemente alto como para que el español pudiese escucharle.- ¡No me empujes así, recuerda que estoy herido, maldición!

- ¿Eh? Ay, lo siento, Lovino, no pretendía... estaba distraído y fue todo de repente y...

- Callaos, que nos descubrirán si hablamos.- Susurró Elizabeta, quien había permanecido en silencio todo el tiempo. Más que nada, porque con todo aquel silencio, temía que alguien les escuchase. No parecía haber nadie, pero... ¿quién sabe? podían estar observándoles ahora mismo.

Mientras, Ludwig y Gilbert observaban a la figura sospechosa. Parecía del bando enemigo; no sabían quién era, así que no tenían otra que pensar aquello. No era Feliciano, así que no les interesaba, de todos modos.

Tenían dos opciones: rodearlo o atacar. Aunque el albino se moría de ganas de darle de golpes a alguien, no creía que eso fuese una buena opción; podría haber más cerca. Ludwig pensaba igual; sus pensamientos fueron reafirmados al ver más hombres aparecer por detrás del primero.

- Mierda, son muchos...- Gruñó el mayor, observando cómo el que había aparecido primero daba órdenes al resto. Todos empezaron a dispersarse en direcciones diferentes, en grupos pequeños.

- ¿Crees que estarán buscando supervivientes?- Preguntó el menor. Gilbert asintió.

- Sí, seguramente los quieran a todos vivos para algo... pero... ¿para qué?- El albino no podía sino intentar adivinarlo, pero no tenía ni la más mínima idea... se le hacía un comportamiento demasiado sospechoso. ¿No sería más fácil matarlos a todos y ya? Así podrían reencarnarse y ya está. Pero... ¿capturarlos a todos?

- ... No hay tiempo para pensar, hermano. Tenemos que buscar otro camino para seguir avanzando.- Ludwig interrumpió sus pensamientos con la cruda realidad. Gilbert suspiró y asintió, fastidiado.

Sí, mejor daban la vuelta por otro lado. Así que retrocedió para informar a los otros.

- Vamos a dar un rodeo por allá.- Indicó, señalando un callejón hacia la derecha. Lovino iba a objetar, porque no le gustaba que aquella patata le diese órdenes, pero Elizabeta le puso una mano en el hombro y le lanzó una mirada de advertencia para que no dijese nada. Cómo le conocía, la maldita. Por eso simplemente suspiró y asintió, decidiendo que sería mejor seguirle ahora y quejarse cuando saliesen de allí.

Aunque eso no evitó que fuese refunfuñando todo el rato. Ya se enterarían, esos alemanes... se montaría su propio equipo de combate, con juegos de azar y mujerzuelas, y no les iba a permitir unirse. Pero tendría que escoger sus miembros con sabiduría... ... quizás... quizás le dejase al bastardo español entrar en su grupo. No era tan malo como los demás y parecía saber algo de peleas, así que... aunque no iba a pedírselo, de todos modos. Tendría que suplicarle un poco para que le admitiese.

Después, claro, dejaría entrar a Elizabeta, y... ... y tampoco conocía a mucha más gente por allá, así que no estaba seguro. Pero ya conocería a más gente en cuanto saliesen de allá.

...

Sí, en eso divagaba su mente mientras caminaba a hurtadillas con el resto hacia uno de los callejones. Nada más se dio cuenta se quiso golpear por divagar tanto en medio de un momento tan importante como aquel. Tenía que centrarse.

Algo nervioso, miró a su alrededor. El callejón estaba algo falto de iluminación, y no podía ver muy bien... tendría que andarse con cuidado para no cortarse de nuevo.

Estaba examinando los alrededores mientras el resto únicamente se centraba en seguir adelante, por lo que se estaba quedando algo atrás. No podía evitarlo, era su naturaleza desconfiada la que le obligaba a examinar cada rincón. Quizás hubiese alguien escondido... preparado para saltarles encima.

Porque como lo hubiera, le iba a partir la cara. Por asustarle. Y luego le iba a dar la paliza de su vida.

...

Ahora que miraba bien... en aquel rincón parecía haber... ¿una sombra? Sí, parecía una figura humana agachada... no se habría dado cuenta si no hubiese estado mirando fijamente aquel sitio en particular. Ya estaba atardeciendo, así que estaba más oscuro de lo normal, pero... joder, qué miedo. ¿Sería alguien vivo? ... Bueno, qué pregunta, allí no podía morir nadie, ¿no? Así que estaba vivo seguro. Pero podría estar inconsciente... o quizás sólo estaba esperando el momento para saltarles encima. No pudo evitar tener un escalofrío al pensarlo.

Antonio se detuvo al ver que el chico se había quedado parado mirando a algún sitio. Llevaba un rato preocupado por el italiano; para ser exactos, desde que se había hecho aquel corte en el brazo. Parecía distraído, ausente... seguramente estaba preocupado por su hermano. Aparentemente nadie más se había fijado, pero... parecía ansioso. Seguro que estaba asustado, es decir... no se suele vivir una guerra todos los días, y encima uno de sus hermanos estaba desaparecido... mientras que el otro estaba siguiendo a un desconocido del que no se fiaba un pelo... (porque sí, se había dado cuenta de que Francis no le caía muy bien precisamente). En fin... que estaba preocupado.

- ¿Qué pasa, Lovino? ¿Ves algo?- Preguntó, acercándose a él.

- P-parece que hay alguien ahí, maldita sea...- Susurró el menor, señalando al punto donde veía aquella sombra. Antonio entornó los ojos para poder verlo.

- Es verdad, hay alguien... ... ¿crees que sea un enemigo?

- No lo sé, mierda... quizás...

- ¿Quieres que vaya a comprobarlo?- Preguntó el ojiverde, haciendo ademán de ir hacia allá. El italiano le miró feo.

- P-puedo ir yo mismo a mirar. Tú espera aquí...- Dijo, herido en su orgullo. No hacía falta que le tratase como a un niño, podía defenderse solito perfectamente.

Eso pensaba, pero... cuanto más avanzaba hacia la sombra, más angustia sentía por dentro. Maldita sea, ¿no podía haberse quedado callado? Ya que el otro se ofrecía a morir por él, pues haberle dejado. Qué idiota era a veces, ahora tenía que lidiar él sólo con quienquiera que fuese aquel tipo...

...

Tipo que, ahora que estaba más cerca, le sonaba un poco.

Es decir, esa silueta se le hacía familiar... y... y ahora que lo miraba mejor, ese rizo también le sonaba... y bastante... ...

- ... ¿Feliciano?- Murmuró, incrédulo.

El chico

levantó la cabeza, sobresaltado. Se había hecho bolita en aquel sitio porque pensaba que nadie le encontraría, así que decidió cerrar los ojos y tratar de desconectar para relajarse un poco, pero... alguien le había visto. Al principio se asustó, pensando que era alguien peligroso, pero su mirada se relajó inmediatamente al comprobar que era su hermano quien le había encontrado.

- F-fratello...- Con la voz temblorosa y los ojos llorosos, trató de levantarse, aunque no pudo. Le temblaban las piernas. Quería incorporarse para abrazarle, pero estaba todavía demasiado asustado como para poder reaccionar.

- ¡Joder, Feliciano!- Lovino se acercó a él, sintiendo un enorme alivio de repente. Notó el nerviosismo del otro, así que le estrechó entre sus brazos, para que se calmase un poco. Estaba temblando... eso le hizo sentirse más culpable.- ¿Sabes lo preocupados que estábamos todos? Maldita sea, es la última vez que te dejo sólo...

El menor sonrió al ver que su hermano era el que se acercaba a abrazarle. Intentó enfocarse en eso para poder calmarse. Lovino estaba allí; ya no estaba solo.

- ¿Es Feliciano?- Antonio sonrió ampliamente al ver la escena.- ¡Espera, tengo que avisar al resto! No os mováis.- Dicho esto, fue a avisar al resto del grupo para que retrocediesen hasta allá. Mientras tanto, Lovino seguía sin creérselo.

- Joder, joder, joder... ¿qué haces aquí? Deberías haber venido con nosotros... es que no puedes fiarte del estúpido del mastodonte ese... dejarte solo ahí... ¡mierda, deberías habernos buscado en vez de quedarte aquí!

- L-lo siento, fratello... estaba asustado... y... y yo...- Parecía que el menor iba a llorar; eso hizo que Lovino se pusiese más nervioso.

- No... no llores, maldición... no pasa nada, ya estamos contigo, ¿vale? Saldremos de aquí enseguida...

- V-vale...- Feliciano entonces recuperó el control de su cuerpo y abrazó a su hermano, mucho más relajado que antes. A pesar de que le había dicho que no llorase, no podía evitar que le cayesen las lágrimas. Si es que era un debilucho... aunque, ¿qué había de malo en llorar? Estaba tan feliz de verle de nuevo... pensó que había muerto o algo peor, así que... estaba en su derecho de llorar.

- Te he dicho que no llores...- Suspiró Lovino; sabía que era inútil decirle eso, pero igualmente se sentía culpable de verle así.

Los otros empezaron a llegar entonces. Elizabeta fue la primera; se echó encima de Feliciano para estrecharle entre sus brazos.

- ¡Feli! Pensaba que... pensaba que te había pasado algo... ¡estaba tan preocupada!- Dijo, a punto de llorar también.

- Ve~ estoy bien, Eliza.- Respondió él, abrazándola.- He estado aquí escondido todo el rato, así que estoy bien.

- N-no vuelvas a hacernos esto, ¿entendido?- Lloriqueó la chica, sonriendo un poco. Ahora que veía que Feliciano estaba bien se sentía mucho mejor.

- ¿Puedes levantarte?- Ludwig avanzó un par de pasos y extendió la mano para ayudarle a ponerse en pie. El italiano sonrió y tomó su mano, feliz de verle de nuevo. Aún le temblaban un poco las piernas por los nervios, pero se sentía mucho mejor ahora que estaba con todos.

- Sí, grazie.- Sonrió más, feliz, mientras se incorporaba. Cuando lo hizo se lanzó a abrazar al alemán, el cual se sonrojó un poco. no estaba acostumbrado a los abrazos, así que aún se le hacía raro que el italiano fuese tan cariñoso. Le dio un par de palmaditas en la cabeza como respuesta al abrazo, mientras veía cómo su hermano se reía al verlos.

- Feli~ me alegra que estés bien.- Dijo el albino, mientras robaba a Feliciano de los brazos de su hermano para poder abrazarle también. El español se unió al abrazo.

- Sí, es genial que estés bien~ ahora hay que salir de aquí y estaremos a salvo.- Afirmó Antonio.

- Ve~ ¿Y dónde están Marcello y Peter?- Preguntó el italiano, con ganas de abrazarles a ellos también.

Entonces la expresión de todo el mundo se hizo un poco más seria. Recién se acordaban de ellos.

- Están con Francis...- Dijo Antonio, pensativo.- ... me pregunto si Francis estará bien...

- Seguro que están bien, Franny es más fuerte de lo que parece.- Dijo Gilbert, tratando de alegrar los ánimos.- Seguro que ya están fuera.

- Sólo hay una forma de comprobarlo.- Ludwig, nuevamente serio, miró hacia la salida del callejón. No sabía cuándo podía aparecer el enemigo; debían estar lo más alerta posible.- Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

- Bien, vamos.- Asintió Antonio, nuevamente centrado. Todos comenzaron a avanzar de nuevo hacia donde iban antes, con el ánimo más alto ahora que habían encontrado a Feliciano.

Sin mayores incidentes, salieron del callejón y comenzaron a examinar la zona; no parecía haber nadie a la vista; sólo tenían que regresar a la puerta sin ser vistos y ya serían libres. Siguiendo a Gilbert, se escondieron detrás de unas cajas y dejaron que el albino pensase por dónde ir.

- Que por cierto...- Entonces Lovino miró a su hermano; una duda había saltado a su cabeza.- ¿No te habrás encontrado a ninguno de los enemigos mientras venías por aquí, no? Hay bastantes repartidos por todo el pueblo, así que...- No quería admitirlo, pero la posibilidad de que su hermanito hubiese resultado herido le ponía de los nervios. Empezó a revisarle entero mientras hablaba; quizás algún corte, alguna herida, algo...

- Oh, así que es cierto que hay muchos malos...- Murmuró el menor mientras se dejaba revisar.- Pues me las he arreglado para evitarlos de alguna manera, luego he llegado aquí y me he escondido...

- ¿Qué?- Gilbert se quedó parado al escuchar aquello, inmediatamente volvió con los italianos.- ¿Los has evitado a todos? Pero... ¿cómo lo has hecho? ¡Si hay muchísimos! A nosotros casi nos ven antes... y hemos tenido que noquear a unos cuantos. ¿En serio no has visto ninguno?

- ¿V-ve? Bueno... es que... no sé, es como si supiese dónde están...- El chico parecía confuso.- Digamos que es como... ¿intuición?

- El imbécil este tiene un sexto sentido para escapar, así que a mí no me sorprende.- Murmuró Lovino, sin ver lo raro del asunto.

Pero a Gilbert no le parecía tan sencillo. Había como cientos de enemigos ahí fuera, todos dispersados para encontrar a cualquiera que pudiesen apresar... según él, era imposible no encontrarse con al menos una decena de ellos, si tenías suerte y eras hábil escondiéndote... Pero lo de Feliciano parecía otra cosa. Más que suerte...

Su hermano menor se adelantó a él y preguntó primero lo que había estado pensando aquel momento.

- ¿Qué quieres decir con eso de "es como si supiese dónde están", Feliciano?- El alemán, serio, también se había acercado hasta el italiano y le miraba con expresión seria.

- B-bueno... es como...- Al pobre chico le costaba expresarse; no sabía que era algo tan inusual.- ¿No lo sentís vosotros también? Es como una sensación de... eh... ... v-ve, es difícil de explicar...

- Suéltalo ya, Feliciano.- Gruñó Lovino, algo mosqueado por los titubeos del menor.

- Vee... es como si sintiese sus presencias... p-por ejemplo, detrás de esa casa hay dos...- Dijo, señalando uno de los edificios semiderruidos que había cerca.- Están quietos, pero están ahí... es una especie de energía... o algo así...

Todos se quedaron mirando a Feliciano con una expresión atónita en sus rostros.

- ... Vale, ¿qué te has fumado mientras no estábamos?- Dijo Lovino, más que extrañado.

- ¡N-no me he fumado nada!- El menor hizo un pucherito, indignado de que no le creyesen.- Pensé que era algo normal...

- Ciertamente, no es algo muy normal.- Afirmó Gilbert, pensativo.- ¿Puedes sentir sus presencias? Eso es raro... también puedes sentir las nuestras, entonces, ¿no?

Feliciano asintió.

- Pero antes no te diste cuenta de que estábamos allí...- Intervino el mayor de los italianos, algo confuso.

- Eso es porque tenía la cabeza en otro sitio... no es mi culpa.- Murmuró él.- D-de todos modos, no es como que sepa que sois vosotros... sólo sé que hay alguien, pero no quién es...

Ludwig empezó a pensar. Al margen de que fuese una habilidad extraña, que lo era.. podía ser de muchísima utilidad para ellos en aquel momento. Quizás fuese algo repentino para el menor, pero tenía que ayudarles... sólo así lograrían salir de una pieza.

- Feliciano.- Empezó a decir, poniendo una mano en su hombro.- ¿Crees que podrías guiarnos hacia la salida evitando a todos los enemigos?

- ¿Eh?- El menor se quedó mirando al alemán, asimilando lo que le estaba diciendo.

- Eh, eh, espera un segundo, bastardo patatero.- Intervino Lovino.- No uses a mi hermano así como así, joder...

- Lo lamento.- Continuó.- Pero es el único modo de salir de aquí rápido y de forma segura. No sé qué alcance tiene su percepción, pero nos será de mucha ayuda ahora mismo. Por favor.

Lovino miró feo al alemán; ¿quién diablos se creía para pedirle nada a su hermano? Aunque... si lo que decía era cierto, no les quedaba otra que fiarse de su percepción para salir de allá. Quizás no fuese tan mala idea...

- Como sea.- Gruñó.- Feliciano, ¿crees que puedes hacerlo?

- Ve... s-sí, eso creo...

- Bien, joder, entonces vamos.- Sonrió Lovino.- Mira que me estoy fiando de ti, ¿eh? No la cagues.

Feliciano sonrió y asintió. Su hermano se estaba fiando de él, y no podía decepcionarle. No iba a decepcionarle.

Se le hacía raro saber que podía hacer algo que el resto no podía, pensó mientras avanzaba a la línea delantera con Gilbert. Es decir, él no se sentía especial para nada... más bien se sentía algo inútil, porque no era capaz de pelear ni de hacer cosas geniales, como hacían el resto. No podía llevar un hacha tan grande y afilada como la de Antonio, ni tampoco podía pensar en estrategias tan rápido ni tan eficientemente como Gilbert... no era tan inteligente ni fuerte como Ludwig, y no podía pelear como su hermano... ni siquiera podía comparar su valor al que tenía Elizabeta.

Pero ahora había algo que sólo él podía hacer. Era extraño... ¿por qué tendría esa habilidad? Quizás al morir su capacidad para huir se transformó en eso... o quizás no, seguramente nunca lo sabría. Pero ahora que podía, iba a aprovecharlo para ayudar al resto. Iba a ser útil por fin.

- Hay un grupo de cuatro en ese callejón...- susurró, señalando la calle de su derecha.- Por aquí delante hay uno, pero se está yendo... si esperamos un poco ya no estará.

- Bien, Feli.- Gilbert le acarició el pelo, sonriendo ampliamente. Era genial que Feliciano pudiese hacer eso... ¡era como una especie de radar de enemigos! Iba a ser pan comido salir de aquel lugar así.- ¿Puedes ver si hay alguien más allá?

- Ve... no, no puedo.- Murmuró el menor, tristón.- Sólo puedo sentirlo a una distancia corta... lo siento.

- No te preocupes, eso sólo significa que tendremos que ir más lentos.- Dijo el albino, tratando de animarle.- De por sí ya es grandioso lo que haces.

- Ve~ gracias, Gil.- Sonrió él, feliz por los elogios.- ... Ah, ya se ha marchado. Vamos.

Gilbert hizo una señal y todo el grupo avanzó hacia donde iban los otros dos. Antonio miró a su alrededor, reconociendo el lugar donde estaban.

- Nos vamos acercando a la entrada... apenas un par de calles y ya estaremos allí.- Dijo, emocionado.

- No te alegres tanto, bastardo, aún no estamos fuera.- Gruñó Lovino, quien estaba algo molesto por cómo el español tomaba la situación.- ¿No te preocupa que estemos en medio de una guerra, o qué?

- No es que no me preocupe... de hecho, estoy muerto de miedo.- Respondió, riendo un poco.

- No me seas mentiroso, joder.

- ¡Pero si no es mentira!- Volvió a reír.- Lo que pasa es que al mismo tiempo me emociona un poco... parece que estemos en una película, ¿no?

- ... Eres un idiota.

- Auch, eso duele...- el español hizo un pucherito al escuchar el insulto que el otro le dirigía.

Mientras tanto, Elizabeta escuchaba su conversación desde una distancia prudente.

- Espera, Gilbert.- Feliciano, que estaba con el albino un poco más hacia delante, le detuvo cogiéndole de la chaqueta.

- ¿Qué pasa? ¿Sientes a alguien?- Preguntó éste.- Es normal, la puerta está justo detrás de esa fila de casas, supongo que habrán dejado a un par de personas ahí para...

- N-no, no sólo hay un par de personas...- El menor parecía estar temblando un poco. H-hay como veinte... o treinta... aunque sus presencias son muy débiles, quizás estén inconscientes o algo...

- ¿Algo más?- Preguntó Ludwig, quien había ido con ellos para saber cómo estaba la situación.

- Sí.- Asintió el italiano.- Hay dos... dos muy grandes. No me gustan, creo que son peligrosos. Y... y hay tres más con ellos, más normales... ¿están... peleando?

- ¡Oh, debe ser Francis con los niños!- Sonrió Gilbert.- ¿Pero qué hace ese idiota? Ya debería haber acabado con ellos...

- ¿Qué hacemos, hermano? ¿Vamos con ellos, o esperamos?

- Eso ni se pregunta, West... ¡hay que ir ahora mismo! Ves a avisar al resto, que se preparen bien.- El albino parecía emocionado, y es que hacía un buen rato que deseaba una buena pelea. Llevaba todo el rato escondiéndose por el bien de todos, pero si podía sacar la espada y luchar estaría feliz por el resto de la semana. Sacó la espada y esperó a que el resto fueran con él para poder lanzarse a la carga.

Mientras tanto, Feliciano estaba confuso. No sabía exactamente por qué esos dos parecían tan malos... ¿en qué se diferenciaban del resto? Cerró los ojos para concentrarse más y poder ver mejor las cosas. Ciertamente, la energía que emitían era diferente... era una mala sensación. Pero... ¿por qué era tan potente? Quería saberlo, pero no podía, y se frustraba...

...

- ¿Eh?- El italiano abrió los ojos entonces y miró al cielo, perplejo.

- ¿Qué pasa?- Preguntó el albino.- ¿Más problemas?

- No estoy seguro... pero algo viene de arriba...

Entonces, justo cuando los demás llegaron donde ellos estaban, se pudo escuchar una enorme explosión. No pudieron evitar soltar un grito de la sorpresa y cubrirse para que los cascotes no les hiriesen. Fue durante unos segundos; después todo volvió a quedarse en silencio.

Gilbert se incorporó, fastidiado.

- Mierda, ¿aún les quedaba dinamita? Maldita sea, espero que eso no nos de problemas...

- Espero que Francis esté bien...- Suspiró Antonio, mientras se levantaba también, con expresión preocupada.

- Preocúpate por mi hermano y el otro niño también, bastardo.

- ¡Ah!- Feliciano soltó un grito de sorpresa que sobresaltó al resto.

- ¿Qué pasa, Feli?- Preguntó la húngara.

- Ya no siento la presencia de esos dos tipos grandes...- Murmuró él.- Y el que acababa de llegar se ha ido...

- ¿¡Cómo!? ¿Están los demás bien?- Casi gritó Ludwig.

- E-eso creo, siguen allí...

Dando un grito para que avanzasen, Gilbert y Ludwig corrieron hacia la entrada. En efecto, justo como había dicho Feliciano, había allí un montón de gente inconsciente. El lugar apestaba a hierro, y... Francis y los niños estaban justo allí. Ni rastro de los otros dos que el italiano había dicho.

- ¡Francis!- Gritó Gilbert mientras corría hacia él.- ¿Estáis bien?

- ¡Oh, Gil, ya era hora!- Sonrió el francés, aliviado de verles allí.- Pensé que os había pasado algo...

- Cállate, claro que no. Oye, estás hecho mierda...

- No es mi culpa, esos dos eran duros...- Suspiró el galo, quien tenía heridas por todo el cuerpo. Justo como habían dicho, los dos gigantes esos se habían divertido golpeándole todo lo que habían querido. Pero precisamente porque no le dieron con el filo de sus espadas había tenido una oportunidad... y después...

- ¡Oh, oh, Feli, estás bien!- Marcello, feliz de ver a Feliciano, se lanzó a abrazarle. Éste correspondió al abrazo.

- Ve~ me alegro de ver que estás bien, Marce~ ¡tengo muchas cosas que contarte!

- ¡Nosotros también!- Dijo Peter, sonriendo ampliamente.- Ha sido genial, como una explosión enoorme, y luego ¡bum!, y ¡zas!, y... ¡y ya no estaban allí! ¡genial!

- Ve~ no entiendo nada, pero deberíamos salir de aquí ahora que podemos.- Dijo, al principio sonriendo, pero poco a poco adoptando una expresión asqueada.- ... Apesta.

Gilbert se quedó mirando a toda la gente que había inconsciente. Estaban todos atados, y dudaba que despertasen pronto.

- ¿Qué hacemos con todos estos?- Preguntó, pensativo. No podían cargarlos a todos, pero se sentía mal dejándolos allí...

- Primero desatarlos, obviamente.- Murmuró la húngara, mientras avanzaba hacia ellos cuchillo en mano.- Cuando despierten podrán escapar por su cuenta, supongo.

- Los enemigos podrían volver a por ellos...- Resaltó el albino.- La explosión ha sido bastante fuerte, no me extrañaría que hayan escuchado y vengan a ver qué pasa.

- Tenían dinamita.- Respondió ella.- No creo que les sorprenda escuchar una explosión. Simplemente pensarán que a sus compañeros les quedó algo de carga y que la están usando ahora para lo que sea.

- Pero quizás no lo piensen. No puedes saberlo.- Gruñó él, descontento porque le llevaba la contraria.

- Tú tampoco lo sabes. Yo voy a desatarles, tú haz lo que te parezca.- Gruñó también Elizabeta, mientras empezaba a cortar las cuerdas de los cautivos.

- Tiene razón, Gil~- Rió Antonio, quien no se acercaba a ayudar porque su hacha no le parecía lo ideal para cortar las cuerdas.- Ves a ayudarla.

Gilbert puso los ojos en blanco, mientras en su mente tachaba a su amigo de traidor. Se acercó donde estaba la chica para ayudarla, a la vez que pensaba que, nada más acabar de hacer aquello iban a salir de allí por patas.

Después de todo, habían pasado muchas cosas... tenían algunos asuntos de los que hablar.


Yupi~ Kaitogirl is back! :DD

Dentro de poco empiezo la universidad y estoy atacada de los nervios QuQ tengo tantas cosas que hacer! Será mi primer curso, y estoy nerviosita... espero que me vaya bien TTuTT

Pero bueno, logré sacar tiempo para escribir, así que perfecto. Además, seguramente me vengan un montón de ideas cuando tenga que estudiar cosas, (como de costumbre ^^U), así que tendré a mano papel y lápiz para anotarlas. No os dejaré sin fics, tranquilidad c:

En fin... en este capítulo se ve que Feli tiene una habilidad especial que el resto no tiene :33 Para seros sincera, siempre pensé en este fic como si fuese una especie de juego... para mí, cada personaje tiene su barra de vida, sus habilidades, su equipo... se me hace divertido verlo así, dejadme ser xD

Y en fin, cada personaje tiene un papel... Feliciano no es muy bueno en lo que a combate se refiere, así que decidí que estaría mejor si tuviese una habilidad de soporte, como curación o rastreo... el de curación está pillado, así que el de rastreo que le toca :P

Oh, pero no penséis que esto es porque sí... hay una razón para que Feli tenga este poder... lo que pasa es que no os lo pienso decir~ Tendréis que seguir leyéndome para descubrirlo~ u

Dicho todo, nos vemos en el próximo capítulo, que espero subir algún día no muy lejano :DD

Nos vemos~ Chau~

PD: Qué le han hecho a Fanfiction? ._. noto esto bastante cambiado... no sé si me gusta...