NdA: ¡Muchas gracias por los comentarios!

Capítulo 13 Claroscuro navideño

-La vida en Azkaban es dura, nadie que haya siquiera visitado la cárcel puede dudarlo –dijo Leonard McDougal, uno de los miembros del Wizengamot que había ingresado en el tribunal cubriendo la oleada de bajas que había provocado la masacre de Windfield. Su aspecto era serio y comedido, pero el efecto quedaba un poco deslucido por su aflautada voz-. Pero las cosas que han hecho los Parásitos suponen una aberración mayor que cualquier otra cosa que hayamos tenido la desgracia de contemplar. Cuando Medea Key y Anne Bouchard comparezcan ante la justicia, ¿realmente va a ser suficiente con encerrarlas de por vida? Y eso por no hablar de Elizabeth Grudge, que por todo lo que sabemos es la líder de los Parásitos, la primera responsable de las más de trescientas muertes que hemos sufrido hasta ahora. ¿La meteremos en la Jaula y ya está?

Hubo un clamor en el Wizengamot entre aquellos que expresaban su disconformidad con esas medidas, con otros que querían hablar, incluso algunos que gritaban "beso del dementor" como hinchas en un partido de quidditch. Harry intercambió una mirada con Hermione, a quien se veía impaciente por intervenir. Ella estaba totalmente en contra de reinstaurar esa pena; él les deseaba a veces cosas muchísimo peores aún que el beso del dementor. Casi le parecía un chiste recordar que unos años atrás le había recriminado a Draco el uso de Diffindos contra los Parásitos. Ahora su uso estaba generalizado, hasta sus hijos lo habían usado. Y no era una buena señal, desde luego.

-Si este tribunal abolió el beso del dementor en su momento no era porque los condenados no se lo merecieran, era porque nosotros, como sociedad, nos degradábamos a nosotros mismos usando un castigo tan aborrecible –señaló un Withers de la generación de Arthur.

-¡Azkaban no es suficiente! –exclamó alguien.

Hermione consiguió por fin que le dieran la palabra y se puso en pie.

-Como jefa del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica quiero manifestar mi oposición a que se levante el veto al beso del dementor. Eso no es ley, ni justicia: sólo es venganza y salvajismo. ¿Esa es la herencia que queremos dejarles a nuestros hijos?

-Yo no estoy de acuerdo con reinstaurar el beso del dementor como medida permanente, pero ¿es realmente tan malo usarlo contra los líderes de los Parásitos de modo excepcional? –preguntó una anciana sangremuggle que había trabajado durante décadas con los Inefables-. Mientras estén vivas y con sus capacidades intactas, siempre correremos el riesgo de que escapen, de que vuelvan a las andadas.

-Estamos siendo demasiado blandos con ellos –dijo McDougal-. ¡Hasta hemos soltado ya a algunos de nuestros prisoneros! Los Parásitos no son criminales normales y corrientes. Esto es una guerra. Todos nuestros prisioneros deberían quedarse donde están como mínimo hasta el final de la guerra. Es más, deberíamos ejecutar a algunos de ellos como represalias cada vez que se produce un ataque de los Parásitos. Así algunos se lo pensarían dos veces antes de ir contra nosotros.

Si el Wizengamot había estado alborotado ya, las palabras de McDougal provocaron un auténtico cataclismo. Harry estaba indignado con la propuesta de convertir a los prisioneros en rehenes, algo que le parecía mucho más salvaje que usar el beso del dementor con Grudge y compañía. Hermione y otros gritaban que aquello era un asesinato, pero había otros aplaudiendo a McDougal.

A Shacklebolt le costó bastante volver a poner calma en la sala y le dio la palabra a Olivia Abbott.

-A mí me gustaría saber la opinión del Jefe de Aurores.

Harry sintió todas las miradas de la sala girándose automáticamente hacia él y trató de poner en orden sus ideas antes de hablar. Casi podía escuchar a Draco hablando sobre el poder y la influencia.

-Odio a los Parásitos tanto como cualquiera en esta sala. Mis tres hijos han estado a punto de convertirse en víctimas de esa gente. Hay una parte de mí que desearía verles sufrir una agonía el resto de sus vidas. Pero se supone que lo que nos diferencia de esa gente es que nosotros luchamos contra esa parte de nosotros. El beso del dementor es una atrocidad, y el hecho de que ellos lo merezcan no cambia eso. En cuanto a las otras propuestas del señor McDougal, mantener retenidos a los prisioneros podría ser una buena idea, siempre y cuando tengamos la aprobación de la primera ministra respecto a los prisioners muggles. Si no, a la larga nos traerá más problemas. Y respecto a ejecutar prisioneros, el día en el que este tribunal apruebe algo así renunciaré a mi puesto como Jefe de Aurores. Eso es asesinato, puro y simple. Yo no trabajo con asesinos.

Sus palabras fueron seguidas por un absoluto silencio, algo que no era demasiado habitual en el Wizengamot. Era como si hubiera enfriado los ánimos de todo el mundo.

-Mientras yo sea ministro de magia aquí no se ejecutará a nadie –aseguró Shacklebolt-. Señores, por favor, intentemos no dejarnos llevar por nuestros peores instintos.

La conversación se prolongó casi durante dos horas más y al final se produjo una votación sobre el beso del dementor y sobre la conveniencia de no liberar a los prisioneros hasta que no hubiera actuado el conflicto. La primera medida se rechazó por muy poco; la segunda se aprobó por mayoría. A Harry le daba igual porque no había más de media docena de presos en esa situación; el grueso de los Parásitos estaba sentenciado a penas muchísimo más largas. Y aún faltaba que la primera ministra diera su beneplácito, que estaba por ver. Muchos de los miembros del Wizengamot que habían votado a favor no entendían que necesitaban justificar de cara al mundo muggle la ausencia prolongada de toda esa gente, aunque sólo fuera para que esas desapariciones misteriosas no atrajeran la atención de los periodistas.

Cuando ya se iban de la sala, un hombre del departamento de Hermione se acercó a él.

-Jefe Potter, ¿puedo hablar con usted un momento a solas?

Harry asintió, preguntándose qué quería y tratando de recordar su nombre. ¿Kane? ¿Crane? Sí, Crane. Los dos se alejaron unos metros del pasillo por el que estaban saliendo los otros miembros del Wizengamot.

-¿En qué puedo ayudarle?

-Mire… No pretendo entrometerme en su vida privada, pero creo que hay algo que debe saber sobre Draco Malfoy.

Harry se puso automáticamente a la defensiva.

-¿De qué se trata?

-Es la clase de persona que sólo se acerca a otros por interés. Antes de que su situación mejorara gracias a Rookwood, él y su mujer siempre estaban pendientes de nosotros, usándonos para introducirse en círculos donde aún no eran bienvenidos. Y cuando dejaron de necesitarnos, ya no volvimos a saber de ellos. No quiero que le haga lo mismo a usted.

Si Crane hubiera hablado con la misma malicia que Pansy, a Harry le habría faltado tiempo para mandarlo a la mierda como había hecho con ella. Pero se le veía simplemente preocupado y Harry tuvo, además, la sensación de que no estaba mintiendo al decir que Draco y Astoria les habían utilizado a él y a su mujer.

-Le agradezco su preocupación, señor Crane, pero no es necesaria. Estoy absolutamente convencido de que el señor Malfoy no está conmigo por interés y sería muy injusto que usted insistiera en que lo está.

Crane le dirigió una mirada de compasión.

-De acuerdo… Bien, consideraba mi deber avisarle. Que pase unas felices fiestas.

-Igualmente.

El hombre se alejó por el pasillo, mezclándose con algunos miembros del Wizengamot que estaban saliendo aún de la sala. Harry suspiró filosóficamente, consciente de que con todas sus virtudes, tenía una buena pieza por novio.


Como estaban en Navidad, Harry sólo estaba trabajando media jornada. Quería aprovechar el tiempo en el que los niños estaban en casa. Después de la sesión del Wizengamot era ya casi la hora del almuerzo así que se marchó a Malfoy manor.

La mansión, engalanada para las fiestas, era una verdadera maravilla. El árbol de Navidad, ya sin regalos a sus pies, era casi tan grande como el de Hogwarts, adornado de verde, rojo y plata. Había pequeñas cestas adornando las repisas de las ventanas: algunas estaban repletas de acebo, otras tenían piñas y campanitas de plata, otras ofrecían un suministro al parecer ilimitado de caramelos o de nueces o de pequeños dulces navideños.

Cuando llegó al salón de invierno no le sorprendió nada descubrir que Albus estaba allí; al parecer Scorpius lo había invitado a almorzar. Después de los saludos, Draco le preguntó cómo había ido la votación y Harry se lo contó, lamentando que todavía no pudiera formar parte del Wizengamot. Si no hubiera sido por la restricción que aún seguía en pie, Shacklebolt sin duda ya le habría conseguido un puesto allí.

-Ya sé que tú no querías que lo aprobaran, pero tendrían que haberlo permitido –dijo Draco-. Yo habría pedido un asiento en primera fila.

Narcissa intervino con voz un poco cortante.

-Se nota que nunca has visto cómo alguien recibía el beso del dementor. Es abyecto.

-¿Tú lo has visto, abuela? –preguntó Cassandra.

-Sí, una vez. Aunque no fue el ministerio, fue Voldemort, durante la primera guerra. Tuve pesadillas durante un mes.

-¿Quieres decirme que tú estarás satisfecha viéndolas entre rejas? –dijo Draco, con escepticismo.

-No, querido, quiero decirte que si se trata de hacerles pagar por lo que han hecho, prefiero otros métodos.

Harry intercambió una mirada con Albus, que observaba la conversación con expresión indescifrable. Su hijo odiaba a muerte a los Parásitos, de eso no había duda. ¿Estaría pensando en sus propios métodos de venganza? Quiso creer que no, considerando que Albus había tenido oportunidad de matar a varios Parásitos durante su huída y no lo había hecho.

-Es Navidad –dijo-, preferiría no seguir hablando de torturas.

-No podría estar más de acuerdo –dijo Andromeda, sentada junto a Wei.

El almuerzo le ayudó a quitarse de encima la desagradable sensación que le habían provocado todas esas discusiones sobre el beso del dementor. Aunque Cassandra aún era un poco fría con él a veces, se sentía a gusto en Malfoy manor, tanto que le costaba recordar que había habido un tiempo en el que no había sido así. Desde que estaba con Draco, Narcissa era muy amable con él, casi cariñosa, y con Andromeda, por supuesto, siempre se había llevado bien. Al principio le había costado un poco saber cómo actuar con las rusas, pero al final había optado por tratarlas como a dos parientes más de Draco.

Después del almuerzo Harry notó algo de movimiento entre Draco, Teddy y los niños, pero no le dio más importancia. Al cabo de un rato descubrió que James y Lily habían pasado a Malfoy manor desde casa de Ginny.

-Hola, chicos, no sabía que ibais a venir –dijo Harry, contento de verlos.

-Sí, Draco nos ha pedido que viniéramos –contestó Lily, que parecía estar aguantándose la risa.

Harry miró a Draco en busca de una respuesta.

-Necesitamos que nos acompañes –dijo él, también con una chispa traviesa en los ojos.

Teddy y los niños asintieron, todos tratando de permanecer serios. Harry imaginó que iban a gastarle una broma, pero se dejó llevar, consentidor, recordando la época en la que Lily había tomado la costumbre de tratar de asustarlo con uno de sus muñecos de peluche y él había reaccionado con fingido espanto todas y cada una de las veces sólo para disfrutar de las risas de la niña, que luego le reñía por ser tan tonto y no darse cuenta de que sólo era un peluche.

Su buena disposición disminuyó un poco, sin embargo, cuando por el camino Draco sacó su varita e hizo aparecer uno de los suéters favoritos de Harry. Estaba un poco viejo ya, pero le gustaba y le daba igual que Draco lo llamara el suéter-zombi.

-Eh, ¿qué vas a hacer con mi suéter? –preguntó, suspicaz.

-Ahora lo sabrás, ten paciencia.

Draco condujo a todo el mundo hasta el jardín, cosa que aumentó aún más la curiosidad de Harry. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza? Pero ni en un millón de años habría estado preparado para encontrarse con una pequeña tumba abierta bajo unos arbustos. La tumba estaba señalada con una lápida igual de diminuta.

-¿Qué es esto? –preguntó con estupor, mientras se acercaba a leer la inscripción de la lápida. Cuando lo hizo, su estupor se convirtió en absoluta incredulidad-. ¿Le has hecho una tumba a mi suéter?

Teddy y los niños empezaron a reírse.

-Sé cuánto significa este suéter para ti, Harry –dijo Draco, el único que conservaba aún su expresión solemne-. He pensado que así te resultaría más fácil deshacerte de él. ¿Ves? "Querido suéter: me serviste bien, siempre te llevaré en mi corazón". Es todo lo que un suéter podría pedir.

Harry meneó la cabeza.

-Estás loco. ¡Y no quiero tirar ese suéter! ¡Es uno de mis favoritos!

Draco chasqueó la lengua y le miró con compasión.

-Harry, debes ser fuerte.

-Devuélvemelo.

Pero Draco seguía dirigiéndole esa mirada absurda.

-Harry, por los niños, vamos.

-Papá, que está hecho polvo… -se quejó Lily-. Draco tiene razón, no puedes ir por ahí con un suéter que tiene el cuello roído.

Harry empezó a sentir cómo se ablandaba. Sobre Draco siempre pesaba la sospecha de estar siendo demasiado pijo, pero si se lo decía su pequeña Lily…

-Pero es uno de mis suéters favoritos… -protestó, notando que sonaba menos convencido.

-Y siempre podrás venir aquí a recordarlo –dijo Draco con ese tono sensible que estaba haciendo que Harry tuviera deseos de pegarle un puñetazo.

-Vamos, tío Harry, sé fuerte –dijo Teddy, quien obviamente se lo estaba pasando en grande.

-Debes dejarlo ir, Harry…

La idea de separarse del suéter en cuestión aún le fastidiaba, pero al verles la cara a todos se dio cuenta de lo defraudados que se sentirían si todo aquel teatro no tenía su final previsto. No cabía la menor duda de que se habían tomado muchas molestias para preparar todo aquello. No decía nada bueno del estado mental de Draco, pero también era agradable ver a todos los niños, ya no tan niños, divirtiéndose juntos.

-Oh, está bien…

Lily dio un par de palmadas y Teddy le puso una mano reconfortante en el hombro.

-Bien hecho.

Draco colocó el suéter junto a la tumba y luego adoptó una pose solemne que todos se apresuraron a imitar.

-Queridos hermanos, nos hemos reunido aquí para despedir a un gran suéter.

-No me lo puedo creer… -dijo Harry.

-Este suéter acompañó a su dueño durante años y años, prestando siempre un gran servicio.

-Tú no estás bien, Draco.

-Le acompañó en momentos buenos y malos, siempre con lealtad. Su pérdida es sin duda un duro golpe para todos los que lo conocimos, pero rezaremos a los dioses para que encuentre el camino al cielo de los suéters favoritos. En nombre de los dioses y de la magia, que así sea.

-Que así sea –dijeron todos a la vez, con algunas risitas.

Draco usó la varita para bajar el suéter a su tumba y cubrirlo de tierra. Cuando terminó, Albus y Scorpius fingieron limpiarse unas lagrimitas y Lily le dio un abrazo.

-Pobre papá…

Harry le devolvió el abrazo, pero meneó la cabeza, aún sin poder creer lo que acababa de pasar.

-Estáis todos como cabras.


Draco soltó una risita cuando Harry le dirigió una mirada que le había dirigido en bastantes ocasiones desde el entierro de aquella tarde. Era como si tratara de convencerse de que aquello era real y de que Draco debía de estar como una regadera.

-Con la emoción del entierro –dijo Harry, algo sarcástico, mientras se metía en la cama-, se me ha olvidado contarte algo que me ha pasado hoy.

-Soy todo oídos.

Harry levantó un dedo a modo de advertencia.

-Antes quiero tu palabra de honor de que no habrá represalias.

Draco frunció el ceño, sorprendido.

-Eso no suena bien. –Pero Harry seguía mirándole con expectación, esperando su promesa para seguir adelante-. Está bien, no habrá represalias.

Harry asintió.

-De acuerdo. Esta mañana, cuando he salido del Wizengamot, Mortimer Crane me ha advertido sobre ti. Me ha dicho… Bueno, en pocas palabras, me ha dicho que Astoria y tú os aprovechasteis de ellos cuando no erais bien recibidos en todas partes y que desde que eso había pasado los habíais dejado tirados.

-Mortimer Crane debería meterse en sus asuntos –dijo Draco, molesto.

-¿Es cierto, entonces?

Draco se encogió de hombros con desdén. Si Harry esperaba que se sintiera culpable por eso, era bueno que estuviera tumbado en una cama porque iba a tener que esperar mucho, mucho tiempo.

-No es culpa mía que un hombre tan insoportablemente aburrido como ése y la pesada de su mujer piensen que Astoria o yo nos habríamos acercado a ellos por su fascinante personalidad. El juego es así, y si querían jugarlo, deberían haberlo jugado bien. –Tensó la mandíbula-. A los Crane les encantaba restregarnos por la cara lo que hacían por nosotros.

-Vale, vale –dijo Harry, conciliador-. Sólo quería que lo supieras, no te estoy criticando.

-Seguro que ese imbécil te ha advertido que iba a hacer lo mismo contigo –dijo Draco, porque sabía cómo funcionaba esa gente.

-Aunque hubiera dicho eso, ¿crees que le haría el más mínimo caso? Puede gustarme más o menos que utilizaras a los Crane, pero nunca pensaría que me estás utilizando a mí. –Esbozó una sonrisa-. Creo que desde el incendio en la Sala de Menesteres la única vez que me has pedido ayuda fue cuando quisiste que te acompañara a bares de ambiente y te comprara condones.

A Draco se le escapó un bufido de risa y ya no pudo sentirse tan enfadado como antes. Además, le gustaba que, al menos, Harry no dudara de él en ese sentido.

-Hicimos todo eso, ¿verdad? –En realidad había sido una época oscura, especialmente al principio. Pero en las últimas ocasiones se había tratado más de salir a divertirse con Harry que de desahogarse con un desconocido y volver a casa a deprimirse. Harry asintió sonriendo con cariño y Draco sintió como si algo le oprimiera el corazón-. Escucha, no puedo prometerte que dejaré de intentar utilizar a los que quieren utilizarme a mí. Pero te prometo que tendré en cuenta lo que puede suponer para ti, Harry. Eso sí, ¿de acuerdo?

Harry lo miraba como si le hubiera ofrecido el universo. Salir con un Gryffindor implicaba pequeños sacrificios, pero no cabía duda de que se veían bien recompensados.


Blaise estaba maravillado al comparar esas Navidades con las del año anterior, pendiente de la ejecución de su madre. Aquel había sido un horror, una pesadilla. En ese, parecía encontrar razones para sonreír cada cinco segundos. Aunque no siempre sonreía, claro. Uno tenía todavía una imagen que mantener.

Aun sabiendo que exageraban muchas veces, las quejas de sus amigos respecto a las mujeres de sus vidas le habían hecho pensar que salir con una mujer implicaba hablar de sus sentimientos demasiado a menudo, mantener largas discusiones sobre lo que uno dijo cinco años atrás en un tono ofensivo. No había nada de eso con Arcadia, desde luego. Un "no estás mal del todo" mutuo había sido toda la charla sentimental que habían tenido hasta el momento y no llevaban juntos bastante tiempo como para haber llegado al punto en el que podían pelearse sobre algo sucedido cinco años atrás. Las aficiones de Arcadia eran las pociones, las carreras por el campo de buena mañana y el whisky de fuego de buena calidad; de vez en cuando también podía dedicarse a la cocina, pero sólo preparaba platos absurdamente complicados y lo hacía más por el reto de seguir bien todas las instrucciones, como si fuera una poción más, que por un deseo maternal de nutrir a los que tenía alrededor. Pero fuera como fuera, Blaise sabía que se sentía feliz, que adoraba unirse a ella en la ducha cuando volvía de correr por las mañanas, echarle una mano con las pociones y compartir un vaso de whisky cuando caía la noche, sentados frente al fuego.

La paz de esos días se truncó con una llamada de Theo, quien le dio la noticia sin más.

-Pansy está aquí. Adrian se ha marchado con los niños a casa de sus padres.

-¿Qué? –exclamó, atónito.

-Se ve que ha dicho que si Pansy trataba de impedírselo, le pediría directamente el divorcio.

Era la primera noticia que tenía de que algo fuera mal entre Pansy y Adrian, pero después de esos primeros segundos de desconcierto, la razón de lo que había pasado acudió por fin a su mente. No eran problemas conyugales. Adrian se había deshecho de ella para que las consecuencias de su patinazo en la fiesta de los Bagnold no afectaran a toda la familia.

Arcadia no estaba en ese momento, así que Blaise pasó sin más a casa de los Nott y ahí se encontró a una enfurecida Pansy a quien Daphne trataba inútilmente de calmar. Pansy juraba venganza eterna contra los Pucey y contra los Bagnold, pero cuando empezó a atacar a Draco y a Harry, Daphne la frenó en seco.

-Draco es como un hermano para mí, Pansy.

-¿Tu hermano? –exclamó, sarcástica-. ¿El mismo que se abre de piernas para el Chico-que-vivió? Ya se ve lo mucho que respeta a Astoria y el vínculo entre vuestras familias.

Blaise puso los ojos en blanco. Pansy parecía decidida a poner en su contra a todo el mundo. No le extrañó que Daphne le lanzara una dura mirada de advertencia.

-Si vuelves a hablar de mi hermana yo también te tiraré de esta casa.

Pansy paseó la vista por toda la gente de la habitación y entrecerró los ojos.

-Potter ha mandado a los aurores a esta casa y ha hurgado en vuestros cajones. El año pasado obligó a tu padre a testificar con veritaserum, Theo. ¿De verdad vais a hacerle ahora la pelota sólo para ir a unas fiestas de mierda?

-Quiero a mi padre –dijo Theo con tranquilidad-, pero creo que ya he sacrificado bastante por sus crímenes.

Daphne le colocó una mano en el hombro. Blaise estaba bastante sorprendido, porque no era algo que Theo soliera decir.

-No puedo creerlo –murmuró Pansy.

-Pero ¿qué esperas conseguir con esa actitud, Pansy? –exclamó Daphne, sonando como si estuviera muy cerca de perder la paciencia-. ¿Planeas que nos mantengamos en un selecto grupo de parias amargados hasta que el Señor Tenebroso resucite otra vez y nos felicite por mantener el ideario mortífago vivo? ¿Quieres que asesinemos a Potter? ¿Cuál es tu plan? Dímelo, por favor.

-Quiero que dejéis de hacerle la pelota a esa gente. ¿No os dais cuenta? Cuando la guerra termine, cuando acabemos con esos sangresucias y esos traidores, nadie sentirá simpatía por ellos o por los muggles. Tendremos la oportunidad de convertir el mundo mágico en lo que queremos que sea. Un mundo donde la pureza de sangre realmente signifique algo. No necesitamos a los Bagnold o a los Withers o a toda esa cuadrilla. No son más que amantes de los muggles. Dejadlos que se maten contra los Parásitos, son la misma mierda. Y cuando la guerra haya acabado, nosotros ocuparemos el lugar que nos corresponde.

Blaise se quedó estupefacto, sin poder creer que Pansy aún albergara esos pensamientos en su cabeza. Oh, por supuesto que prefería a los muggles lo más lejos posible del mundo mágico, por supuesto que quería que se valorara la pureza de sangre. Pero lo que Pansy decía no iba a pasar. No así, no de esa forma. Lucius Malfoy lo había impedido. Y ahora las cosas se habían desviado demasiado de ese rumbo.

Daphne y Theo también parecían haberse quedado sin palabras por un momento, pero fue él quien primero habló de los tres, con su habitual tono calmado, casi indiferente.

-Es curioso porque lo que yo creo que va a pasar es que si ganamos la guerra, la gente va a admirar y respetar a los que más se destacaron en la lucha contra los Parásitos, como Potter, Draco, Granger, el grupito de Hogwarts… No a ti, por muy sangrepura que seas.

Pansy apretó los labios con amargura y desaprobación.

-Ya veo… Pensaba que éramos amigos.

-Somos amigos, estúpida –dijo Blaise, sin poder contenerse-. Por eso queremos que entres en razón. Abre los ojos de una maldita vez y mira la realidad. Tu tontería en la fiestecita de los Bagnold te ha costado una separación y te ha convertido en una paria quizás para siempre.

-¿Es que no has escuchado lo que acabo de decir? ¡Después de la guerra ellos serán los parias! ¡Y vosotros también lo seréis si no elegís bien a la gente con la que queréis relacionaros!

Blaise comprendió que Pansy era una causa perdida. Y las expresiones de Daphne y Theo indicaban que ellos también estaban llegando a la misma conclusión. Con razón Adrian se había separado de ella: mantenerla a su lado era como tratar de nadar hasta la orilla cargando en la espalda una piedra de cincuenta kilos.

-Si esta es tu oferta, me parece que me voy a quedar donde estoy –dijo entonces. No le cabía duda de cuál era el caballo ganador.

Daphne y Theo intercambiaron una mirada rápida.

-Pansy, estás cometiendo un error –dijo ella una última vez.

Pansy se puso en pie.

-Vale… Vale, ya veo… No olvidéis que traté de advertiros.

Nadie intentó detenerla cuando dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Tal y como estaba, era imposible razonar con ella. El silencio se prolongó unos segundos más hasta que Daphne lo rompió, meneando la cabeza.

-Pansy ha perdido el norte.

-Lo de que Draco haya empezado a salir con Potter la ha vuelto loca –dijo Blaise.

-Pero ellos dos ya llevaban mucho tiempo llevándose bien. Potter iba cada dos por tres a Malfoy manor –dijo Daphne.

Blaise pensó en algunas de las cosas que Pansy le había dicho cuando Draco le había hablado de Potter en la tetería de madame Pudifoot.

-Pansy pensaba que Draco sólo le estaba utilizando.

-Si Draco le hubiera estado utilizando, nos lo habría dicho –replicó Theo-. O sea, no es que no se estuvieran utilizando mutuamente al principio, pero está claro que fue Potter quien lo sacó del pozo después de lo de Windfield.

-Yo ya lo sé, es Pansy la que no lo sabía. O la que no quería saberlo.

Daphne se quedó pensativa unos segundos y luego movió la cabeza.

-¿Nos hemos perdido algo? –le dijo a Theo.

-No. Los únicos que piensan que Draco es un traidor son los cuatro de siempre y los que quedan en Azkaban. Los demás piensan como mi padre: puede gustarles más o menos que esté con Potter, pero lo que les importa de verdad es aprovechar la oportunidad que eso representa.

Lo irónico era que la profecía de Pansy era parcialmente cierta. Una guerra así sólo podía aumentar los resentimientos hacia los muggles y los sangremuggles. Se equivocaba, sin embargo, en la fecha y en la intensidad. Porque eso ya había sucedido y para desgracia de Pansy, no había llevado a matar muggles y admirar a los mortífagos, sino a aumentar el número de gente que vestía túnicas por la calle, a abrirles puertas a los Marcados que como mínimo tenían el seso suficiente como para fingir que habían cambiado, a convertir Estudios Muggles en Estudios Culturales. Esa había sido toda la reacción anti-muggle que habían provocado los Parásitos y era muy difícil que fuera a empeorar a esas alturas.

-Entonces debemos tener cuidado con ella –dijo Daphne.

Theo asintió y Blaise lo hizo también. No pensaba cortar toda relación con ella, no si no le daba motivos. Pansy había tratado de animarlo durante el juicio de su madre, había estado haciéndole compañía durante su convalecencia. Pero ya había demostrado que no podía estar cerca de compañía civilizada y eso era algo que todos tendrían en cuenta de ahora en adelante.