Disclaimer: Este fic es una adaptación de un libro llamado " Tristan e Isolda" de Joseph Bedier. Ademas Naruto y sus personajes no me pertenecen


XIII

LA VOZ DEL RUISEÑOR

De regreso a la cabaña de Orri el guardabosque, arrojado el bordón y despojado de la capa de peregrino, Minato comprendió claramente que había llegado el día de mantener la fe jurada al rey Hashirama y de alejarse del país de Konohagakure.

¿Qué esperaba aún? La reina se había justificado, el rey la amaba y la colmaba de honores. Jimmu, si fuera preciso, la tomaría bajo su salvaguardia, y de ahora en adelante ninguna traición podría prevalecer contra ella. ¿Por qué vagar por más tiempo por los alrededores de Meiji? Arriesgaba vanamente su vida y la del leñador y la tranquilidad de Kushina. Era preciso: tenía que partir; y fue por última vez, bajo su túnica da peregrino, en la Blanca-Landa, que sintió el hermoso cuerpo de Kushina estremecerse entre sus brazos.

Tres días tardó todavía, no pudiendo desprenderse del país donde vivía la reina. Pero llegado el cuarto día, se despidió del guardabosque que le había albergado y dijo a Jiraiya:

—Buen maestro, ha llegado la hora de la gran partida; marcharemos hacia la tierra de Gales.

Se pusieron en camino, tristemente, bajo la noche. Pero su camino seguía a lo largo del jardín cercado de estacas donde en otro tiempo Minato esperaba a su amiga. La noche brillaba, límpida, cuajada de estrellas... En el recodo del camino, no lejos de la empalizada, vio erguirse en la claridad del cielo el tronco robusto del gran pino.

—Buen maestro, espera en el bosque cercano; vuelvo enseguida.

—¿Adónde vas, loco? ¿Quieres, sin tregua, seguir buscando tu muerte?

Pero de un salto ágil, Minato había ganado la empalizada de estacas. Llegó hasta el gran pino, cerca de la gradería de mármol claro. ¿De qué serviría ahora arrojar a la fuente virutas bien talladas? ¡Kushina no vendría ya! Con pasos ligeros y prudentes, por el sendero que antes siguiera la reina, osó aproximarse al castillo. En su cámara, entre los brazos de Hashirama durmiente, velaba Kushina. De pronto, por la ventana entreabierta, donde jugueteaban los rayos de la luna, entró la voz de un ruiseñor.

Kushina escuchaba la sonora voz que venía a encantar la noche, y la voz se elevaba, plañidera, tan inefablemente triste, que sólo un corazón cruel o asesino hubiera dejado de enternecerse con ella.

«¿De dónde viene esta melodía?», pensó la reina.

Y comprendió, súbitamente...

«¡Ah! ¡Es Minato ! En la selva del Myoboku imitaba también a los pájaros cantores para complacerme. Va a partir y me da su último adiós. ¡Cómo se lamenta! Como el ruiseñor cuando se despide, a fines de verano, henchido de tristeza. ¡Amigo, jamás volveré a oír tu voz!»

La melodía vibró más ardiente.

«¡Ah!, ¿Qué exiges? ¿Que venga? ¡No! Acuérdate de Bunta el ermitaño y de los juramentos pronunciados. Cállate, la muerte nos acecha... Pero ¿qué importa la muerte? ¡Tú me llamas, tú me quieres, yo voy!»

Se desprendió de los brazos del rey y se echó un manto forrado de pieles sobre su cuerpo casi desnudo. Debía atravesar la sala contigua donde cada noche diez caballeros velaban, relevándose. Mientras cinco de ellos dormían, los otros cinco, armados, de pie ante las puertas y las ventanas, vigilaban al exterior... Pero, por azar, se hallaban todos dormidos, cinco en sus lechos, cinco sobre las losas. Kushina sorteó sus cuerpos esparcidos, levantó la barra de la puerta; sonó el anillo, pero sin despertar a ninguno de los vigías. Franqueó el umbral y el cantor apagó su voz.

Bajo los árboles, sin palabras, él la estrechó contra su pecho. Los brazos se anudaron firmemente en torno a los cuerpos, y hasta el alba y como cosidos con misteriosos torzales, no se desasieron del abrazo. A pesar del rey y de los guerreros, los amantes gozan su dicha y sus amores.

Aquella noche enloqueció a los amantes, y los días siguientes, como el rey abandonara Meiji para tener audiencia en San Lubín, Minato , de nuevo en casa de Orri, osó cada madrugada, al claro de luna, deslizarse por el jardín hasta las habitaciones de las mujeres.

Un siervo le sorprendió y se fue a encontrar a Tomoeda, Hisashi y Gondoíno:

—Señores, la bestia que creéis expulsada ha vuelto a la guarida.

—¿Quién?

—Minato .

—¿Cuándo lo has visto?

—Esta madrugada; le he reconocido perfectamente. Mañana, al alba, podréis verle venir, la espada al cinto, un arco en una mano, dos flechas en la otra.

—¿Por dónde le veremos?

—Por una ventana que he descubierto. Pero si os la enseño, ¿cuánto me daréis?

—Treinta marcos de plata. Serás un rico campesino.

—Escuchad —dijo el siervo—. Se puede ver la estancia de la reina por una ventana estrecha que la domina, abierta en lo alto de la muralla. Pero una gran cortina colgada a través del cuarto disimula el agujero. Que mañana uno de vosotros tres penetre lindamente en el jardín, corte una larga rama de espino y la afile por el extremo; que trepe entonces hasta la alta ventana e hinque la rama, como un alfiler, en la tela de la cortina; podrá así apartarla ligeramente; y arda mi cuerpo, señores, si tras la colgadura no veis entonces lo que acabo de deciros.

Tomoeda, Gondoíno y Hisashi discutieron cuál de ellos gozaría primero del espectáculo y convinieron al fin que fuera otorgado a Gondoíno. Se separaron. A la mañana siguiente, al alba, volverían a encontrarse. ¡Mañana, al alba, buenos señores, guardaos de Minato !

Al día siguiente, noche cerrada todavía, Minato , abandonando la cabaña de Orri, trepó hacia el castillo bajo las espesas matas de espinos. Saliendo de la maleza, miró por un claro y vio a Gondoíno que venía de su mansión. Minato se arrojó de nuevo en los espinos y se agazapó emboscándose en el matorral.

—¡Ah! ¡Dios mío! Haz que el que avanza por allá abajo no se dé cuenta de mí antes del instante favorable.

Con la espada en la mano le esperaba, pero, por casualidad, Gondoíno tomó otro camino y se alejó. Minato salió de la maleza, decepcionado, tendió el arco, apuntó: ¡ay!, el hombre estaba ya fuera de su alcance.

En este momento, he aquí a Hisashi, a lo lejos, descendiendo suavemente por el sendero, al trote de un pequeño palafrén negro y seguido por dos grandes lebreles. Minato le acechó oculto tras un manzano. Vio que azuzaba a sus perros a levantar un jabalí en un soto. Pero antes de que los lebreles le hayan desalojado de su cubil, su dueño habrá recibido tal herida que no habrá médico capaz de curarle. Cuando Hisashi estuvo cerca de él, Minato arrojó su capa, dio un salto y se irguió ante su enemigo. El traidor quiso huir, pero fue en vano. Apenas tuvo tiempo de gritar: «¡Me has herido!» Cayó del caballo. Minato le cortó la cabeza, cortó las trenzas que colgaban alrededor de su rostro y las metió en su jubón; quería enseñarlas a Kushina para alegrar el corazón de su amiga.

«¡Ay! —pensaba— ¿qué se ha hecho de Gondoíno? Se ha escapado; ¡lástima que no le haya podido pagar con la misma soldada!»

Enjugó su espada, volvióla a su vaina, arrastró sobre el cadáver un tronco de árbol y, abandonando el cuerpo sangrante, se fue, el capuz en la cabeza, hacia su amiga.

En el castillo de Meiji, Gondoíno le había tomado la delantera; encaramado sobre la alta ventana, había hincado su rama de espino en la cortina, y apartando ligeramente dos paños de la tela miraba de soslayo la cámara tapizada. Primeramente no vio a nadie más que a Haru, después a Mikoto, llevando aún el peine con que acababa de peinar a la reina de los cabellos de oro.

Pero entró Kushina y luego Minato . Llevaba en una mano su arco de blanca madera y dos flechas, en la otra sostenía dos largas trenzas de hombre.

Dejó caer su capa, y su hermoso cuerpo apareció. Kushina la Pelirroja se inclinó para saludarle, y al incorporarse, levantando la cabeza hacia él, vio, proyectada sobre la tapicería, la sombra de la cabeza de Gondoíno.

Minato le decía:

—¿Ves estas hermosas trenzas? Son de Hisashi. Te he vengado de él. Nunca más podrá comprar o vender escudo ni lanza.

—Está bien, señor, pero tended este arco, os lo ruego; quiero ver si es fácil de armar.

Minato lo tendió, extrañado, pero comprendiendo a medias. Kushina cogió una de las flechas, la empulgó, miró si la cuerda estaba bien. Y dijo con voz rápida y baja:

—Veo algo que no me gusta. ¡Apunta bien, Minato !

Él levantó la, cabeza y vio, en lo alto de la cortina, la sombra de la cabeza de Gondoíno.

—¡Que Dios dirija esta flecha!

Dicho esto, se vuelve hacia el muro y dispara. La larga flecha silba en el aire -ni esmerejón ni golondrina vuelan tan raudos-, revienta el ojo del traidor, atraviesa su cerebro como si fuese una manzana y se detiene, vibrante, contra el cráneo. Sin un grito, Gondoíno se desplomó y cayó sobre una estaca.

Entonces Kushina dijo a Minato :

—¡Huye ahora, amigo! Ya ves, los felones conocen tu refugio. Tomoeda sobrevive, lo enseñará al rey. Ya no hay seguridad para ti en la cabaña del leñador. ¡Huye, amigo! El fiel Haru esconderá este cuerpo en el bosque, de tal suerte que el rey jamás tendrá noticia de él. Pero debes huir de este país, por tu salvación y por la mía.

Minato dijo:

—¿Cómo podría vivir?

—Sí, amigo Minato , nuestras vidas están enlazadas y unidas una a otra. Y yo, ¿cómo podría vivir? Mi cuerpo queda aquí, pero tú poseerás siempre mi corazón.

—Kushina mía, yo parto, no sé hacia qué país. Pero si alguna vez vuelves a ver el anillo de jaspe verde, ¿harás lo que por él te mande decir?

—Sí, ya lo sabes; si vuelvo a ver el anillo de jaspe verde, ni torre, ni fuerte castillo, ni prohibición real, me impedirán hacer la voluntad de mi amigo, sea locura o discreción.

—Amiga, que el Dios nacido en Belén te lo tenga en cuenta.

—Que Dios te guarde, amigo.


BYE