Neal miró a William con genuina curiosidad.
No había sido fácil contener la alegría al descubrir que el ejército que acampaba a las afueras de ese pequeño poblado donde él y sus compañeros de viaje habían resuelto pasar la noche, era precisamente el comandado por William. Habían pasado diez años desde la última vez que le viera, justo el día de la partida a Inglaterra. Aunque hacía varios meses que se había marchado de casa, cuando William emprendiera ese largo viaje se había presentado en St. Andrews dispuesto a despedirlo y desearle parabienes.
En aquel día perdido en el pasado, había sido una revelación para él descubrir que sentía sincero afecto fraternal por el joven heredero del jefe William y también lo era ahora reconocer ese mismo afecto en los azules ojos del caballero.
Definitivamente, no se podía negar que la vida reservaba giros inesperados.
─Supongo ─dijo William, con un extraño tono de voz─, que habréis escuchado a ese trovador que mencionó Padre en una de sus cartas.
─Es cierto ─replicó, permitiendo que una mueca de cinismo decorara su rostro─. Es bastante bueno con las composiciones, especialmente con esas coplas que ha dedicado a vuestro Zurcidor.
─Archibald aún quiere matarlo ─declaró William con un brillo travieso en los ojos, sin poder disimular su satisfacción─. Y no dudo que Stirr sufrirá una desilusión porque esperaba ser él quien las diera a conocer a todos en St. Andrews.
─¡Par de taimados! ─dijo Neal, divertido muy a su pesar. Al parecer los gemelos no habían cambiado tanto. Al observar a William descubrió que éste reía, más relajado que antes, aunque conservando esa inquieta expresión; una expresión que a Neal se le antojó demasiado misteriosa.
─Cuidad que no os oigan ─advirtió William, entre risas─. O Archibald sería muy capaz de retaros a un duelo.
─¡Por el buen Dios, no! ─exclamó Neal con expresión horrorizada─. Ni siquiera sé cómo sostener una espada.
─Una falta lamentable, estimado Neal ─dijo William, mirándole con atención─. Siempre es mejor saber defenderse, independientemente de si sois un soldado o no.
─Supongo que vos lo tenéis bastante claro, en especial si hablamos de los días en St. Andrews ─repuso Neal con evidente incomodidad, y luego, agregó─: milord...
─Si se os ocurre disculparos conmigo os romperé la nariz ─interrumpió William, adivinando lo que Neal estaba a punto de decir. Las cosas entre ambos no habían sido fáciles y Neal había tenido sobrada ventaja sobre él en aquel entonces... hasta la llegada de Candy.
─¿Vos también pensáis que la vida habría sido demasiado aburrida? ─aventuró Neal, declarando en esa simple pregunta demasiadas cosas.
─Por supuesto ─estuvo de acuerdo William, con un elegante movimiento de cabeza que Neal no pudo evitar admirar. Una vez más pasó por su mente que todo en William hablaba de poder y distinción. No creía equivocarse al pensar que incluso ahí, sin más quehacer que permanecer en pie, era un oponente formidable. Sin duda el heredero iba a ser toda una sorpresa para los sencillos lugareños de St. Andrews, que esperaban por su regreso; tal vez el mismo jefe William no esperase a este hombre que ahora le devolvían a cambio del jovencito que había sido su hijo y, por supuesto, Candy...
Candy.
Neal cayó en cuenta de que sir William de Andrew no había mencionado a su protegida ni una sola vez y eso, en sí mismo, era por demás extraño.
William y Candy eran muy unidos. William había rescatado a Candy de la fuerte creciente del río y a partir de entonces ella había sido parte del clan Andrew y en St. Andrews todos habían aprendido a quererla como si de una hija del señor se tratase. Sin embargo, el tiempo había pasado, y ahora ambos vivían separados. William se había convertido en un guerrero al servicio del rey de Inglaterra y Candy continuaba llenando de risas las vidas de la gente de St. Andrews.
Sin embargo, aquí estaba William, intentado aparentar una indiferencia que a él le resultaba difícil admitir como genuina, y no dudaba que Candy estaría en esos momentos en St. Andrews, mirando al cielo y pensando en el hijo del señor.
Otra sorpresa de la vida, supuso. Tenía el presentimiento de que el destino todavía no decía la última palabra respecto a ese par.
─Y hablando de ese trovador... ─se aventuró a decir, intentando sondear la profundidad de las aguas─.¿Sabéis lo que he descubierto esta última vez que fui a casa?
William le miró desde su enorme estatura, y en su mirada apareció la explicación a sus dudas anteriores. En los ojos azules del heredero destellaban las emociones a punto de desbordarse; una silenciosa pero palpable expectación mezclada también con reticencia ¿Temor de enterarse de lo que pudiera haber dicho en su hogar un miserable trovador boquiflojo? Lo dudaba. Más bien parecía que William estaba renuente a saber más sobre el asunto ¿Porqué sería? ¿Que era lo que le perturbaba tanto?
─Supongo ─comenzó a decir William en un tono bastante revelador─. Que os habéis enterado de que ese muchacho ha mostrado interés en Candy.
¿Sería posible? Se preguntó Neal entonces, pensando en lo que no había sido dicho todavía ¿El poderoso William de Andrew mortificado por una posible relación entre su protegida y ese trovador aventurero? Un diablillo malicioso en su conciencia le aguijoneó a mantener a William en las sombras, después de todo, siempre podía contar con que un nuevo mensaje del jefe William le aclarase la situación actual; sin embargo, pudo más su buena voluntad y el afecto del que ahora estaba plenamente consciente.
─Algo totalmente comprensible dado que Candy se ha transformado en una moza muy atractiva ─dijo entonces, notando que William torcía el gesto en una mueca indescifrable─. Sin embargo, dudo que esa bribona le reserve a ese imbécil otra cosa que no sean coles ─dijo, y no quedó decepcionado porque William se mostró todo lo sorprendido que sus palabras ameritaban.
─¿Coles? ─inquirió William, perplejo.
─Coles, milord ─afirmó Neal, comenzando a sonreír al recordar el incidente que recientemente había atestiguado en St. Andrews─. Parece que ese trovador no ha simpatizado mucho a Candy y no le culpo, dado que tiene un pésimo sentido de la oportunidad. La última vez que le miré iba escapando de vuestra protegida y sus inusuales armas. Después me he enterado que por fin se marchó de St. Andrews; supongo que fue demasiado problema para él enfrentarse a Candy cada vez que intentaba pisar terrenos del castillo.
─Dejadme ver si os estoy entendiendo ─dijo William, con todo el aspecto de no creerse lo que escuchaba─. ¿Queréis decir que Candy...?
─Candy tiene muy buena puntería ─declaró Neal, como si tal cosa, disfrutando cada una de las emociones que zurcaban el rostro de sir William, el alivio la más destacada entre todas─. Y no está de más informaros que ha sido gracias a mis pullas que ella la ha perfeccionado. En el invierno opta por utilizar bolas de nieve contra mí; pero comprenderéis que durante los meses menos fríos ha tenido que buscarse otras opciones igualmente contundentes ─concluyó, sintiendo un inoportuno sonrojo apoderarse de él.
Había dicho la verdad: por algún motivo que escapaba a su comprensión gustaba de provocar a Candy. Era una costumbre difícil de abandonar, aunque ahora ambos eran adultos. La niña que solía molestar en el pasado ahora era una mujer bastante atractiva, y no podía negar que, en más de una ocasión, en especial desde que Candy alcanzara la edad casadera, había considerado el pedir su mano al jefe William; sin embargo había desechado la idea porque estaba consciente de la animosidad que Candy le profesaba.
─Si estáis diciéndome que continuáis molestándola... ─comenzó a decir William, en tono amenazador que no hizo sino provocar en Neal una carcajada. Los viejos hábitos eran difíciles de olvidar, supuso.
Interesante. Muy interesante y reveladora esta actitud del León. La presente reacción de sir William de Andrew a sus palabras demostraba, más efectivamente que cualquier otra cosa, que el caballero poseía todavía un vivo interés en su protegida ¡Vaya sorpresa!
─Perdón, milord, lejos de eso mi intención ─declaró Neal con expresión risueña─. Espero que os alegréis de saber que Candy se defiende bastante bien por sí sola en vuestra ausencia; sin embargo, es divertido provocarle de vez en cuando: tiene un genio endemoniado y posee un espíritu vivaz e inquieto que difícilmente se quiebra.
─¡Buen Dios! ─exclamó William, en tanto se encaminaba hacia una silla colocada junto a la cama. Neal descubrió entonces su cojera y recordó lo que los gemelos de Janet le dijeran sobre la herida. Era obvio que permanecer de pie mientras hablaba con él lo había agotado, pero a Neal no se le hubiera ocurrido ni por un momento ofrecerle ayuda, reconocía el orgullo y la tozudez a primera vista y William era un vivo ejemplo de ambos ¡Maldito testarudo!
Había sido de pésima suerte para William verse envuelto en un accidente sólo un par de jornadas atrás. Según le había comentado Stirr con gesto preocupado, el heredero había recibido una nueva herida: apenas un tajo en la pierna, provocado por su caída de un caballo misteriosamente encabritado; una cortada lo bastante profunda para incomodarlo y sumirlo en una fiebre que apenas había remitido esa mañana.
Si Neal hubiera conocido la sobrada capacidad guerrera de William de Andrew, y el celo que ponían todos sus guardianes en protegerlo y si hubiese estado enterado de que Suleiman, el semental árabe que pertenecía a William, se había comportado de forma extremadamente desconcertante el día del accidente, todo el asunto le habría dado mala espina; sin embargo, como bien había dicho al propio William, los combates no eran lo suyo, y nada sospechó de la insistencia del Zurcidor en registrarle personalmente en busca de algún arma oculta, había supuesto que eran meras formalidades de rutina y la forma que había encontrado Archibald de demostrarle su desagrado.
Por un breve momento pensó en el Zurcidor. A su llegada al campamento apenas y le había dirigido la palabra y hasta se había atrevido a discutir con Stirr sobre la sensatez de dejarle entrevistarse con William. Archibald nunca iba a cambiar, era demasiado obcecado para ceder; aunque por esta vez, creía comprenderle y compartir algo de sus preocupaciones. La vida de los caballeros no era tan sencilla como había supuesto.
─Debo marcharme, milord ─dijo ahora, sabiendo que su presencia forzaba a un visiblemente fatigado William a mantenerse lo más compuesto posible─. Os prometo que, tan pronto regrese a Inverness, visitaré St. Andrews para llevar a todos vuestros saludos. Vuestro padre se alegrará de saber que os he visto ─dijo, girando en redondo para encaminarse hacia la única entrada de la tienda.
─Neal ─llamó William frenando su avance.
─¿Si, milord? ─replicó Neal, sin volverse.
─Si alguna vez os descubrís aburrido de los pergaminos y las listas, sabed que siempre tenéis un lugar entre mi gente. Un escribiente nunca está de más entre tanto hombre de armas ─explicó y luego, añadió, con evidente diversión─: somos bastante ignorantes de las cosas refinadas ¿Sabéis eso? Y con frecuencia necesitamos toda la ayuda posible en esos menesteres. Pensad también que las armas y las plumas no están en conflicto: un escribiente también puede convertirse en un buen guerrero. Pergaminos y batallas necesitan ambos de una mente rápida y astuta.
─Lo tendré en cuenta, milord ─respondió, sin saber qué otra cosa decir. La vida de armas no le atraía; pero de pronto comprendió que Archibald y Stirr habían elegido bien al permanecer al lado de su futuro señor. Se encontró preguntándose si las cosas hubieran ido mejor de haber él aceptado formar parte de los guardianes de William; sin embargo, no tenía caso especular, porque el pasado no podía cambiarse.
─Y Neal... ─volvió a decir William.
─¿Si, milord? ─inquirió él, ligeramente intrigado al escuchar un claro signo de impaciencia en la voz del guerrero.
─Si alguna vez me volvéis a llamar milord, tened por seguro que os retorceré el pescuezo ─declaró William, en un gruñido poco elegante. Neal no tuvo más remedio que girarse para mirarlo con sorpresa ¿Estaba William dando a entender que podían comenzar de nuevo? Así lo parecía.
─Entendido... William de Andrew.
