Había despertado en un auto, eso fue lo primero que notó. Luego descubrió que no era el suyo. Más tarde recordó que él no tenía uno. El sol entraba por la ventana del asiento trasero, dándole justo en la cara y bañando todo el resto de su cuerpo, pero era en el rostro donde más sentía el calor que lo dejaba añorando agua, tal como si hubiera pasado años recorriendo el desierto. Echó la cabeza atrás, ya había sido suficiente esfuerzo mental descubrir dónde había pasado la noche, ahora debía reponer sus energías. Se llevó un brazo al rostro para cubrirse los ojos mientras se humedecía los labios en un vano intento por hidratarlos. Unos segundos después reunió la suficiente voluntad para incorporarse en el asiento, aún con los ojos cerrados y dispuesto a salir. Al abrirlos soltó una maldición, se había preparado para encontrarse con la cegadora luz del día, pero en su lugar fue recibido por el sonriente rostro de Feliciano del otro lado de la ventana. Podía ver que le estaba hablando, pero desde adentro no oía una palabra.
—No puedo escuchar una mierda de lo que dices —murmuró para sí—. Gracias al cielo no puedo.
Feliciano pareció haberse dado cuenta de que algo andaba mal, un instante después estaba abriendo la puerta del auto para que bajara.
—Buenos días —dijo sonriente.
—Para ti, tal vez. Siento como si un camión me hubiera arrollado —respondió Arthur, llevando una mano a su cabellera empapada de sudor y cerrando los ojos nuevamente.
—¿Quieres subir a casa? —Feliciano ofreció tímidamente después de un momento de silencio. No respondió, sólo salió del auto y caminó hasta la puerta que daba hasta las escaleras del edificio frente al que el auto había sido estacionado.
Una vez en el departamento se tomó una ducha fría y vistió las prendas que le fueron ofrecidas. No era lo que Arthur solía vestir, pero dadas las circunstancias comprendió que no estaba en posición para objetar nada. Limpió de su cuerpo los fluidos de índole desconocida que lo cubrían de pies a cabeza, aunque no hubo forma de ocultar los moretones y marcas que le quedaron sobre la piel. Rechazó el café y las galletas, prefirió un frío vaso de agua en su lugar. Lo último que deseaba era agitar incuso más su estómago después de una borrachera. Se sentaron en la mesa de la cocina sin hablar: Arthur, agotado tras la noche que había pasado, y Feliciano temeroso de decir cualquier cosa en ese momento.
—Entonces... —dijo Arthur con la voz un poco ronca. Se aclaró la garganta antes de continuar—. ¿Pasó algo de lo que tenga que enterarme? —preguntó y levantó la vista por primera vez desde que había tomado asiento, revelando su demacrado rostro. Feliciano tragó saliva al descubrir que la ducha poco había ayudado a su aspecto.
—Espera, tengo lo que necesitas —aseguró tras recuperarse del horror previo al ver su cara.
—¿Aspirinas?
Feliciano negó con una risa, creyendo que había bromeado, y le tendió un par de gafas oscuras que se apresuró colocarle.
—¿En serio? Da igual. —Arthur sacudió un poco la cabeza, recordando con ese simple gesto cuánto le dolía. Volvió a tomar un trago de agua— ¿Hay algo que deba saber? —repitió—. Usualmente, después de haber bebido como lo hice anoche, no me es tan fácil recordar lo que pasó —confesó, un tanto avergonzado, aunque se esforzó en no demostrarlo. Feliciano adoptó una actitud de suma concentración.
—¡Hum! Te dormiste en el auto. O te desmayaste, no estoy seguro. ¡Oh, eso fue después de la pelea que tuviste!
—Eso explicaría el ojo —coincidió Arthur, acariciando el moretón que había en el lado
izquierdo de su cara—. A lo que me refería es si entre nosotros no pasó nada...
—¿Qué? —preguntó con sorpresa— ¿Cómo sería eso posible si dije que te dormiste? Aunque a decir verdad, te encontré por casualidad —su expresión tomó un matiz perturbado—. Estabas vomitando en el baño del club, por eso te ayudé. No llevabas remera así que te presté mi chaqueta, pero le vomitaste encima. No te subí hasta mi casa, estabas muy pesado, y como no sé dónde vives preferí dejarte en el auto.
Permanecieron en silencio una vez más, hasta que Arthur terminó su bebida.
—Te lo agradezco, de verdad.
—No fue nada —sonrió—. ¿Quieres que te lleve al trabajo?
Fueron necesarios unos segundos para que Arthur registrara sus palabras. Al hacerlo se quitó las gafas para mirarlo fijamente, sintiendo que los músculos le temblaban.
—¿Hoy es día de semana? —preguntó con lentitud. El hombre en frente suyo se limitó a asentir, sin comprender la gravedad del asunto—. ¡¿Y qué mierda hacemos acá sentados?! —gritó de repente, golpeando el vaso vacío sobre la mesa—. ¡¿Por qué me lo dices justo ahora?!
Feliciano se sobresaltó, luego consultó el reloj.
—¡Lo siento, lo siento! —dijo con desesperación—. ¡Es que me dieron el día libre, y olvidé que tú trabajabas, lo recuerdo recién ahora, y lo siento tanto!
—Ya, ya, cállate o me vas a hacer reventar la cabeza.
Le hizo caso y apretó los labios fuertemente para no hablar, sólo fueron audibles su agitada respiración y los pequeños gemidos que intentaba reprimir. Arthur le miró con incredulidad, sorprendido ante la facilidad que Feliciano tenía para cambiar tan radicalmente de actitud. Se volvió a colocar las gafas de sol con una sacudida de cabeza y se puso de pie para marcharse.
—Puedo ir solo, gracias.
Llegó a hacer cinco cuadras hasta que se dio cuenta de que no llevaba nada consigo además de las ropas que vestía, que ni siquiera eran suyas. Tenía los zapatos de la noche anterior y en una bolsa guardaba la ropa sucia, pero nada más. Sin más dinero que unas pocas monedas y sin teléfono estaba incomunicado y era incapaz de pagarse un taxi que lo llevara a algún sitio. Volver a la casa de Feliciano estaba fuera de las opciones, ya se había humillado lo suficiente. Optó por sentarse en la escalinata de una tienda de víveres y pensar en la situación con detenimiento ahora que estaba solo. Era lunes y anoche había salido, eso lo tenía claro. Consideró el horario, ya llegaba tarde para el trabajo, no valía la pena presentarse. Podía llegar hasta su casa si se colaba en el metro, como había aprendido a hacerlo en su juventud. Si intentaba ir a pie estaba seguro de que se desmayaría en el trayecto. Se decidió entonces en buscar un teléfono público, uno de los pocos sanos que quedaban. Dispuesto a hacer una llamada con las pocas monedas que había en su pantalón viejo, se comunicaría con la única persona en la que podía confiar en esos momentos.
Tardó casi media hora en llegar a recogerlo, pues estaba en su trabajo. Por suerte para Arthur era el horario intermedio y podía salir para pasar por él. Firme en el asiento y avergonzado, no dijo mucho. Pero sabía que el momento del interrogatorio sería inevitable. En la radio sonaba la música, una melodía demasiado empalagosa para el gusto de Arthur.
—¿En algún momento dirás qué hacías allí? —preguntó su analista, sin quitar los ojos de la carretera.
—Allí amanecí.
—¿Quieres hablar de la noche anterior?
—No.
—La pregunta era por pura cortesía. Creo que deberías hacerlo ya que estás en mi auto.
Arthur lo meditó y concluyó en que estaba en lo correcto. Debía responder.
—Anoche fui a un club nocturno y luego vine a la casa de un compañero del trabajo —respondió con cuidado.
—A pesar de que a la mañana debías trabajar. ¿Por qué?
—El domingo por la tarde... —gruñó, exasperado—. ¿Podemos apagar la puta radio?
Su analista asintió y estiró la mano, pronto la música dejó de escucharse.
—Puedes continuar —indicó.
—El sábado por la tarde, no, a la mañana, salí a correr con Amelia. Algo que llevamos haciendo hace meses. Se me había ocurrido invitarla a salir, pero en el momento de hacerlo las cosas se fueron de control, y terminamos planeando otra cosa.
—¿A la mañana? Ha de haberte costado levantarte después de la fiesta de Young Soo.
—¿Qué? La... Oh, claro. No asistí.
No dijo nada más al respecto, por lo que su analista tomó la iniciativa.
—¿Qué sucedió? —preguntó, sin especificar a qué se refería.
—¿Con qué, Young Soo? No me apetecía ir, prefiero pasar mis ratos libres en casa.
—¿Y los días de trabajo los prefieres pasar con resaca?
Tenía razón en ese punto. Arthur sintió que debía darle una explicación.
—Eso es diferente. Lo que hice la noche anterior fue una cosa de una vez. Algo espontáneo. Fui a un sitio para homosexuales, esos lugares donde bailan —confesó Arthur y luego calló, esperando lo que su analista tuviera algo para decir.
—¿Te lo has cuestionado? —pregunto sin quitar la vista de la carretera.
—¿Por qué habría de hacerlo? En ese momento sentí que era lo que quería —dijo en un súbito momento de honestidad.
—¿Aún te sigues considerando heterosexual?
—No —negó con una sacudida la cabeza, sin detenerse a pensar por qué le había sido tan fácil descubrir su propia sexualidad después de haberla negado hacía tan sólo unos días. Lo importante era que ya se sentía capaz de recordar los hechos importantes, incluso aunque fueran fragmentos—. Es como si nunca lo hubiera sido. Supongo que no podía ver la verdad en ese entonces. Conocí a alguien anoche, no sé de quién es —explicó, intentando recordar aquel cuerpo juvenil y rostro enmarcado por cabellos rubios—. En un momento nos fuimos a los baños —se ajustó los lentes de sol, sintió que la cabeza le retumbaba—. Bien, no estoy orgulloso de lo que pasó allí, pero eso está en el pasado. Para ese entonces ya estaba bastante ebrio. Cuando salimos, en algún momento me metí en una pelea con un tipo que llevaba alas con purpurina, a decir verdad hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así. A ese lo echaron del lugar junto a sus amigos, iban vestidos de manera tan ridícula como él. Supongo que estarían más ebrios que yo. A mi me estuvieron por sacar también, hasta que me encontré con Feliciano, del trabajo. Aún no sé cómo voy a hacer para volver a hablarle en la oficina. Salimos de allí sin problema, desconozco si él iba con alguien más, pero me llevó hasta su auto. Ahí es donde amanecí, debo de haberme quedado dormido.
Permanecieron en silencio, pero a ninguno le molestó. Repasó las palabras que habían salido de su boca y sintió vergüenza, sonaba como un hombre inmaduro que ante su despecho buscaba deshacerse en tragos. Había sido una diversión pasajera a la que ahora no le encontraba sentido, fue simplemente adrenalina que se esfumó tan rápido como llegó. Había salido en busca de diversión, pero no por su propio bien, sino porque algo dentro suyo quería demostrar que todavía era capaz de pasar un buen rato solo, sin la ayuda de consultorios, ni de Amelia, ni de Francis.
