No puedo retrasar más este capítulo, así que lo hago ahora. Espero que sea suficiente por el momento.
Hakendo: Apenas yo voy a saber lo que pasa en el próximo capítulo. Debí haberlo planeado un poco mejor antes de publicar, pero soy impaciente. Me alegra que te guste tanto.
Belle: Toki vive sufriendo, pobre muchacho.
DeathJail: ¡Al fin apareciste, hombre! No me hubiese molestado que me comentaras en cada capítulo, al contrario, así sabría puntualmente que fue lo que te gustó y lo que no. La verdad es que, si bien tengo muchas cosas hechas, tengo algunos agujeros en medio que tengo que rellenar todavía. Me encanta saber que sientes que mis OC parecen parte de la serie (aunque siento que Alex es un poco insulsa). En cuanto a la pareja hetero… Es un secreto.
Misaki: Alguien que tiene sentido común y algo de conocimiento de ortografía y redacción puede saber que tan bien construida está la historia. Fanfiction seguiría teniendo usuarios si todos los fics cumplieran con las expectativas de la página. No muchos, pero habría.
Disfruten el capítulo.
Capítulo trece
Entrevista
Apenas dos días después de que Alex comunicó su decisión de quedarse definitivamente en Mordhaus, Dorian se reunió con Charles y le dijo que ella debía ir a un colegio privado en lugar de recibir clases particulares en la mansión. Charles no quería ni oír hablar de ello.
—Creo que es, ah, imprudente que Alex tenga contacto con gente de afuera —le dijo Charles, sin apartar la vista de unos papeles que tenía en el escritorio. Dorian puso los ojos en blanco.
—Charlie, la nena no puede estar entre cuatro paredes el resto de su vida, como una reclusa o una monja.
—Mordhaus en un lugar grande, no se sentirá encerrada. Tendrá todos los lujos que ella quiera, mientras pueda pagarlos.
—Eso es lo de menos. Ella necesita interacción con chicos de su edad.
—¿Has visto a los adolescentes de hoy? Ella puede vivir tranquilamente aquí sin enfrentarse a la decadencia humana.
—Eso no es vivir —protestó Dorian —. La vida real está allí afuera, Charlie, no aquí. A largo plazo, la va a afectar. Piénsalo.
Por su parte, Alex estaba indecisa. Por un lado, se sentía cómoda con sus clases dentro de Mordhaus, pero por el otro, le agradaba la idea de estar rodeada de otras personas que no fueran Klokaters. Al final decidió por anotarse en una escuela y Charles lo aceptó a regañadientes, para placer de Dorian. Así que el manager la anotó en un colegio privado de Dethville bajo el nombre de Alexandria Anastassakis.
Los siguientes cuatro meses fueron difíciles. No por Alex, que se había adaptado bastante bien a la escuela, sino por Dethklok. El grupo había sobrevivido a un atentado en medio de un show en Polonia y todos estaban bastante estresados y asustados. Se negaban a salir al público y estaban atrincherados en la mansión desde entonces. Alex intentaba darles ánimos, pero el colegio y las materias extracurriculares la absorbían cada vez más y cada vez eran menos los momentos que pasaban juntos.
Un frío día de febrero, Alex estaba en la clase de Literatura, junto a otros alumnos. La mayoría de sus compañeros eran fans de Dethklok, uno más desquiciado que el otro. Su única amiga se llamaba Rosemary y era una de las pocas que no escuchaba a la popular banda, lo que no hacía ganarse la simpatía del curso, pero sí la de Alex. Rosemary era una chica de cabello rubio oscuro, ojos celestes y con una voz ligeramente ronca.
La clase transcurrió normalmente hasta que el profesor les dio un trabajo muy especial: hacer una entrevista a un artista, sea famoso o no: pintores, cantantes, bailarines, escultores… Todos ellos valían a la hora de sacar una buena nota.
—¿A quien vas a entrevistar? —preguntó Alex a su compañera de banco, Rosemary.
—Pues esto es fácil. Entrevistaré a mi tía, que es profesora de arte. La saqué barata.
—Es tu día de suerte.
—¿Y tú? ¿A quién vas a entrevistar?
Alex se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Pues date prisa, porque hay que entregarlo la próxima semana
Al principio, no se había preocupado por ello. Pero comenzó a darse cuenta que casi todos ya tenían a alguien a quien entrevistar, comenzó a ponerse nerviosa. Alex era una chica bastante competitiva, tanto en el deporte como en los estudios y quería hacer algo digno de una alabanza de su profesor.
Alex tamborileó los dedos encima de la mesa y miró a su alrededor. Varios estaban reunidos en grupos, charlando. Una chica sacó su Dethfhone y comenzó a mandar un mensaje.
—¡Le haré la entrevista a Dethklok! —dijo Alex, triunfante, sin notar que había dicho eso en voz alta.
Toda la clase enmudeció. Incluso el profesor la miró con los ojos como platos. En ese momento, Alex hubiese preferido que los lobos que patrullaban Mordhaus se la devoraran viva por su indiscreción.
—¿Dethklok? —dijo uno de los alumnos, sin dar crédito a lo que había escuchado. Alex se deslizó un poco bajo su asiento. Él se comenzó a reir y los demás le hicieron coro —. Ellos no suelen dan entrevistas personalmente, tan solo ruedas de prensa. ¿Nos quieres tomar el pelo?
Alex apretó los dientes.
—¡Ya lo verán! ¡Lo conseguiré!
—¿Y cómo vas a lograrlo, si se puede saber? —preguntó una chica de cabello negro y rizado.
Alex titubeó. Por razones obvias, no podía decir que ella era hija de Offdensen. Tuvo que improvisar una respuesta.
—Mi tío es dueño de los hoteles Fisher y tuvo tratos con el manager de Dethklok. Tal vez logre convencerlo de que me deje entrevistarlos.
—Te creeré cuando nos traigas una prueba.
—¿Una prueba?
—Sí. Una foto o una grabación que pruebe que has estado con ellos.
—De acuerdo —aceptó Alex, ya más tranquila.
Cuando el timbre del colegio sonó, todos agarraron sus pertenencias y salieron del salón. Mientras Alex tomaba sus cosas del casillero, Rosemary se acercó a ella.
—Alex, dime que no vas a ir a intentar hacer esa descabellada entrevista.
—Di mi palabra que lo haría, Rose. Si no vuelvo con una prueba de que entrevisté a Dethklok, quedaré como una mentirosa.
—¡Son psicópatas! ¡Puede que te maten por atreverte!
Alex apretó un poco el puño, entre molesta e incómoda.
—Exageras —dijo, intentándole restar importancia al asunto.
—Todo el mundo sabe que es cierto.
—Sobreviviré, Rose. No seas melodramática.
El problema no era la entrevista. Dethklok se prestaría para ello y lo sabía, pero no estaba tan segura de la opinión de Charles. Era estricto en lo que entrevistas se tratara y estaba convencida de que el manager no se lo permitiría, aunque fuera un trabajo escolar. Debía hacerlo sin que se enterara.
Alex llegó a la mansión, fue hacia su cuarto y tiró la mochila a un costado, sobresaltando a Lily. La gata, ya adulta, bufó y se subió a la cama.
—Lo siento —se disculpó ella, casi sin mirarla, mientras iba hacia su computadora. Allí, comenzó a buscar toda información posible sobre Dethklok y tener las ideas un poco en orden antes de intentar hacer nada. Una de las reglas de oro del periodismo, según su profesor, era estar informado acerca de la persona a entrevistar.
Había mucha información en Internet. Millones de páginas administradas por fanáticos enfermos y no dudaba de que algunos estarían en la Deep Web, pero no era necesario recurrir a éstas. Durante casi dos horas, ella leyó prolijamente información sobre Dethklok y sobre sus integrantes por separado. Le resultó extraño notar que había muchas cosas que ella ignoraba, a pesar de vivir año y medio con ellos. Luego, comenzó a pensar que no debía extrañarle tanto. Todos estaban ocupados de alguna manera. Dethklok con sus proyectos y ella con la escuela y actividades extracurriculares.
Una vez terminado esto, copió las preguntas y comenzó a clasificarlas por orden. Ya tenía un grabador disponible, así que tenía casi todo listo. Lo único que faltaba era reunir a Dethklok sin que Charles se enterara.
Alex se dio un baño, se puso ropa cómoda, salió de su cuarto y fue al jacuzzi. No estaban. Tampoco en la cocina o en el comedor. Le preguntó a un Klokater que pasaba con un carrito con platos sucios donde estaban y le respondió que estaban en el jardín.
Caminó apresurada por los pasillos, con temor de que Charles apareciera en cualquier esquina, pero pudo llegar hacia el jardín sin que nadie la detuviera.
Encontró al grupo sentado en unos bancos de madera, cerca de una parrilla humeante. Al parecer, habían terminado de almorzar hace muy poco tiempo.
—¡Aleksi! —dijo Toki, intentando levantarse, pero en vano. Aún tenía salsa barbacoa en el bigote.
—¿Almorzaste? —le preguntó Nathan.
—Sí —respondió Alex, sabiendo la tira de preguntas que vendría detrás de esa.
—¿Prestaste atención a las clases?
—Sí.
—¿Hiciste los deberes?
—En eso estoy, Nathan.
—¿Y que haces aquí, perdiendo el tiempo? —preguntó Pickles, molesto —. Ve a hacer tu tarea.
—Es que ustedes son mi tarea.
Todos la miraron, confundidos.
—¿Qué? —preguntó Murderface.
—Tengo que hacerles una entrevista para sacar una buena nota en la escuela.
Se quedaron en silencio un rato, mientras Alex se retorcía las manos.
—Charles es el que arregla las entrevistas… —comenzó a decir Nathan, pero fue interrumpido rápidamente por ella.
—¡No! ¡No quiero que él se entere!
—¿Y por qué no? —preguntó Toki.
—Porque diría que no. Tenemos que hacerlo a escondidas.
—¡Pero si eres su hija! —exclamó Pickles.
—No puede negarse a la princesitas de papis —se burló Skwisgaar.
Alex se mordió los labios, intentando ignorar al rubio.
—No me dejaría por algo tan insignificante para él como un trabajo escolar.
—Eshe maldito robot —murmuró Murderface, clavando su navaja en la mesa.
—Necesito un lugar para poder reunirnos sin que nadie se entere. ¿Conocen alguno?
El último lugar donde Alex hubiese esperado estar era dentro del armario de Murderface. Era un lugar espacioso, con prendas militares antiguas colgadas en ella, pero eran seis personas dentro de un armario y se les hizo difícil acomodarse. Al final, Alex terminó encima de las piernas de Nathan, después de hacer malabares para que todos estuvieran más o menos cómodos.
Alex preparó con paciencia la grabadora, ya que jamás había usado una antes. Sostuvo con una mano la hoja con unas pocas preguntas (unas diez en total) y con la otra encendió el aparato.
—Tengo el placer de charlar con una de las bandas más importantes de la escena, una de esas ya consideradas leyendas que, durante diez años, ha sacudido nuestros oídos con su música. Hablo de Dethklok, que me dedica unos minutos de su tiempo para charlar, a pesar de su apretada agenda —recitó Alex, intentando que su voz sonara natural —.Vamos con la entrevista.
Alex leyó la primera pregunta de la hoja:
—Han pasado más de diez años desde que la banda fue conocida a nivel internacional. ¿Cómo recuerdan aquellos años?
La pregunta despertó varias sensaciones encontradas en los músicos. Millones de recuerdos, casi enterrados en su memoria, invadieron sus mentes y pudieron evocar en su cabeza como la banda había sido formada, hacía tanto tiempo atrás…
1991, Albany, Nueva York
En una camioneta destartalada, heredada de su tío, Nathan Explosion manejaba por la carretera. Era alrededor de las once de la noche y el clima era bastante agradable, pero el hombre, de apenas veinte años, no estaba de buen humor.
Su banda se había roto, tenía que admitirlo y no tenía por qué sentirse culpable. No iba a permitir que sus propios compañeros lo pisaran por encima como si fuera basura. Las decisiones se tomaban en grupo y eso era lo que no podían tolerar. Siempre intentando imponerse sobre los demás, creyendo que cada uno era el líder del grupo. Pues bien, que se destruyeran entre ellos. Él no quería formar parte de una banda así.
Se frotó los ojos, cansado. Tenía que regresar a su casa, bueno, si a un cuartucho en una pensión mugrosa se le podía considerar "casa". Necesitaba descansar un poco y levantarse al día siguiente para ganarse la vida en una gasolinera, donde apenas le alcanzaba para comer y pagar la habitación. Esa rutina podría durar meses, incluso años. Había abandonado la escuela a los dieciséis años para perseguir su sueño de tener su propia banda de death metal y que su música llegara a cada rincón del planeta. ¿Y que había conseguido? Que su padre lo echara de su casa por ser un vago bueno para nada y terminar en Nueva York, casi sin un dólar, pero con la idea fija de triunfar en el mundo del metal.
Las luces blancas de la ruta iluminaron una silueta alta y delgada a un costado, de rubia cabellera. Un autostopista, pensó Nathan. Estuvo a punto de pasar de largo. Los problemas ajenos no eran su especialidad y no se sentía especialmente caritativo. Pero la figura, además de tener un bolso, llevaba una guitarra eléctrica, a juzgar por la forma del estuche. Eso lo hizo orillarse y detenerse unos metros más adelante del sujeto.
El rubio se acercó a pasos largos y se detuvo al frente de la puerta de la camioneta, donde Nathan pudo verlo con más detenimiento. Su aspecto era ligeramente afeminado, pálido, de frente alta, nariz larga y los pómulos pronunciados. Nathan abrió la portezuela del auto y el rubio se subió, con cuidado de no golpear la guitarra.
—¿Adonde te llevo? —preguntó Nathan.
—No sés —le respondió con un fuerte acento nórdico, encogiéndose de hombros —. Al primer motel que vea.
Nathan asintió y se puso en marcha. Faltaban unos veinte minutos hasta llegar al próximo pueblo con un motel.
—¿Eres guitarrista? —le preguntó, como para decir algo.
—El mejor que hayas vistos en tu vidas —sonrió el rubio, dándole unas palmadas a su guitarra con suavidad.
—¿En que banda tocas?
—Pues… En ningunas por ahoras. Me acabo de ir de un grupo hace tres día. No era suficientes para mí.
—Yo también me acabo de separar de una banda.
—¿Y que hacía?
—Vocalista. Y también componía las letras.
—¿Y que harás ahoras?
—Formar otra banda. Tengo un amigo que podría ser el guitarrista.
Skwisgaar bufó.
—Apuesto a que yo sería mejor.
Nathan frunció levemente el ceño. Tal vez solo fuera un creído, pero cabía la posibilidad de meterlo en su nuevo grupo.
—Entonces ven a mi casa y me lo demuestras. En mi camioneta tengo un amplificador.
El rubio sonrió de lado.
—De acuerdo.
—¿Cómo te llamas?
—Skwisgaar.
—Soy Nathan.
Nathan y Skwisgaar caminaron por los mugrientos pasillos de la pensión hasta llegar a un patio. Aquel estaba cubierto de envolturas varias, botellas vacías y colillas de cigarro. Dentro de los departamentos, se escuchaban risas, llantos y gritos propios de una pelea de borrachos. Subieron las escaleras de caracol y entraron en el departamento.
Era un lugar pequeño, oscuro y algo húmedo, con pocos muebles. Una cama de hierro, un ropero desvencijado, una mesa de luz y algunos posters de bandas de metal. Algunos paquetes de doritos y unas latas de cerveza local estaban diseminados por el suelo. Había otra puerta, que daba acceso al baño
Nathan conectó el amplificador a un costado de la amarillenta pared. Skwisgaar enchufó su Gibson Explorer. Miró a Nathan.
—Estás a puntos de escuchar a un Dios de la guitarras, Nathans —le advirtió, altivo.
—Ya deja de fanfarronear y toca. —lo apuró Nathan, impaciente. Skwisgaar no se hizo de rogar y rasgó las cuerdas de su guitarra eléctrica.
Si el rubio no era un Dios de la guitarra, estaba bastante cerca de lograrlo. Nunca había escuchado esa melodía antes, pero era muy buena. Se preguntó si Skwisgaar lo había compuesto y eso le dio más determinación para que estuviera en su banda. Con alguien como él, estaba seguro de que triunfarían y armarían la mejor banda del mundo.
El rubio terminó su solo y lo miró como si supiera lo que Nathan pensaba.
—¿Y?
Nathan sonrió por primera vez en varios días.
—¿Quieres formar parte de mi banda?
Skwisgaar asintió.
—Si, no hay problemas.
Unos golpes furiosos en la puerta los interrumpieron. Nathan soltó un bufido.
—¿Es quien? —le preguntó Skwisgaar.
—La dueña o algún vecino —respondió Nathan. Se había olvidado de lo tarde que era.
—¡Explosion! —gritó una voz de mujer del otro lado.
—Es la casera.
Skwisgaar no se inmutó. Se acercó a su bolso, lo abrió y sacó un peine y un perfume. Nathan se acercó a la puerta y la abrió.
La dueña lo observaba del otro lado, con aspecto de fiera. Era una mujer de unos cincuenta años, de baja estatura y obesa, enfundada en un largo camisón blanco, con manchas amarillentas.
—¿Qué es todo ese ruido? —preguntó ella, con el rostro crispado por la ira.
—No me había dado cuenta de la hora —murmuró Nathan.
—¿Cómo que no se dio cuenta? ¿Me quiere tomar por idiota? ¡De seguro debes estar borracho, gastando el dinero que me debe en cerveza!
Skwisgaar le puso una mano en el hombro de Nathan y lo empujó despacio hacia atrás.
—Fue mi culpas, señoras —se disculpó Skwisgaar, sonriendo de manera seductora —. Yo le he dichos para practicar. Soy músicos.
—¿Y quien es usted? —preguntó la casera, desconfiada.
—Skwisgaar Skwisgerf, para servirles —se presentó, besándole la mano. La mujer lo miró, levemente nerviosa —. He venido desde Suecia a seguir el sueños americanos.
—Si, pero…
—He venidos a buscar trabajos —siguió Skwisgaar, acercándose un poco más a ella —. Pero no me ha ido muy bien y Nathans me ha cobijado bajo su techos, señora.
—Pero el ya me debe un mes y… —el tono de voz de la mujer temblaba. Nathan entrecerró un poco los ojos. ¿Acaso Skwisgaar iba a seducirla? Que asco.
—Yo lo ayudares a pagarle la habitación, si consigo algo de trabajos —su mano se posó en el hombro de ella —. Si tiene algún inconveniente…podemos hablarlo en privados.
—Por supuesto —asintió la mujer rápidamente.
Skwisgaar giró la cabeza.
—No me esperes despierto —le dijo a Nathan y desapareció tras la puerta.
El cantante se sentó en su catre, casi a punto de convulsionarse de risa por la escena. Se acostó en la cama, pensando en que debería visitar a su amigo Magnus lo más rápido posible.
—Así que quieres fundar otra banda…
Magnus era al menos diez años mayor que Nathan. Su cabello era una melena castaña y ondulada hasta la cintura y con una barba de chivo en su huesudo rostro.
—Si, pero esta vez va a ser grande —le dijo Nathan, mortalmente. Estaban en el negocio que Magnus atendía junto a su padre, a pocas calles de la pensión. Vendían instrumentos musicales y las cosas no iban precisamente bien. El padre de Magnus atendía el negocio. En la parte de arriba del local, Magnus enseñaba a tocar la guitarra a los principiantes. No iban muchos clientes y ambos se las arreglaban como podían.
—¿Y quieres que yo sea tu guitarrista rítmico?
—Si. ¿Viste a ese chico? —señaló a Skwisgaar, quien miraba interesado las guitarras que estaban en la vidriera —. Es muy bueno. Será el guitarrista solista.
Magnus frunció levemente el ceño, pero apenas duró un segundo.
—Nos faltaría un baterista al menos, Nathan.
—Lo buscaremos después. Quiero saber si cuento contigo.
Magnus apoyó el codo en el mostrador, pensativo.
—Te he escuchado cantar y he leído tus letras. Y yo me considero bastante bueno. Podríamos llegar lejos, pero primero quiero saber si tu amigo… ¿Cómo se llama?
—Skwisgaar.
—Quiero saber si Skwisgaar es un guitarrista decente y tiene lo que se necesita de primera mano. Vamos arriba, a ver que tiene.
Nathan llamó a Skwisgaar, fueron por la trastienda y subieron por una escalera. Era un lugar espacioso, pero algo oscuro y polvoriento. Había varios amplificadores a un costado de la pared y un par de guitarras. También había algunas sillas, un pizarrón y dos mesas pequeñas. Arriba de ellas, había unas revistas viejas de música.
Una vez preparado todo, Magnus le dijo a Skwisgaar:
—A ver que tienes.
Skwisgaar sonrió con superioridad y empezó a tocar la misma canción que la noche anterior. Cuando terminó, Magnus estaba satisfecho.
—¿La compusiste tú? —le preguntó Magnus.
—Sí —respondió Skwisgaar —. Ahora te tocas a ti.
—¿Disculpa?
—Quieros escucharte. Ya demostré lo mios. Ahora demuestra lo tuyos.
Magnus no respondió. Se puso de espaldas, enchufó su guitarra y se puso a tocar también, aunque a un ritmo más lento. Al rato, Skwisgaar se unió con él. Después de casi diez minutos, terminaron.
—Bien —dijo Skwisgaar, simplemente. Magnus lo miró de una manera que Nathan no pudo identificar.
—Entonces, Magnus, ¿estás adentro? —le preguntó Nathan.
—Sí —respondió —. Podemos usar este lugar para ensayar por el momento. Papá no se va a quejar.
Magnus los despidió en la puerta de su negocio. Mientras caminaban hacia la pensión bajo la luz del atardecer, Nathan tenía las esperanzas renovadas. Estaba seguro que empezaba a formar la mejor banda de la historia.
Nathan miró a Skwisgaar. Siendo el más alto del grupo, le costaba acomodar sus largas piernas. Luego miró a Alex, quien estaba ligeramente nerviosa por su silencio.
—Éramos jóvenes y unos dildos comunes y corrientes —respondió Nathan. Skwisgaar rodó los ojos como diciendo No hables por mí —. Pero sabía lo que queríamos.
—Ser los mejores —agregó Skwisgaar.
—Queríamosh shalir del basurero.
—Tuvimos buenos momentos y también malos, pero logramos nuestra meta —agregó Pickles, destapando una botella de cerveza con el pulgar. Toki no decía nada. Estaba abrazado a su peluche y miraba hacia abajo. Alex recordó que Toki había sido el último en entrar en la banda y decidió pasar a la siguiente pregunta.
Va a haber segunda parte de esto, tranquilos. Y más recuerdos sobre la formación de la banda.
