Nathaniel esperaba a Marinette apoyado en la puerta de su coche, con ambas manos en los bolsillos de sus pantalones y la chaqueta informal echada hacia atrás. Sus ojos azules se perdieron en el contorno del cuerpo de Marinette cuando ella apareció y recorrió el camino que separaba su casa del asfalto. Ella le sonrió con timidez, aunque Nathaniel pudo ver una chispa de calidez en sus ojos.
―Vaya, qué elegante―comentó Marinette, admirando a Nathaniel vestido con traje de chaqueta y camisa sin corbata.
Nathaniel se sonrojó.
―Tú también―balbuceó él, separándose del coche y dándole la vuelta para abrirle la puerta del copiloto―. Entra.
Marinette amplió la sonrisa y dejó que Nathaniel le mantuviera la puerta abierta hasta que se hubo acomodado dentro del vehículo. Una vez dentro, el pelirrojo volvió a rodear el coche, se sentó en el asiento del conductor y encendió el motor, que rugió con suavidad y rompió el silencio que había entre ambos.
Sin decir nada, Nathaniel atravesó la calle de Marinette y se incorporó al tráfico nocturno de París.
―¿Dónde vamos a cenar? ―quiso saber ella, retorciéndose las manos sobre el regazo.
―Al restaurante de un amigo―respondió Nathaniel con un hilo de voz―. Tiene el mejor quiche de la ciudad.
Marinette se relamió y asintió.
―Me parece perfecto.
Aquellas palabras consiguieron que Nathaniel se relajara un poco y le devolviera la sonrisa. No volvieron a cruzar ni una sola palabra más hasta que Nathaniel hubo aparcado el coche. Durante el trayecto hacia el restaurante, Marinette no podía dejar de pensar en Adrien, en su beso, en cómo se había sentido entre sus brazos. Estaba controlándose para no dejar plantado a Nathaniel y regresar a casa. Esperaba que su compañero de esa noche no se diese cuenta de lo distraída que estaba. No obstante, cumpliría su palabra y veía una película con Nathaniel esa noche. Ya había rechazado al pobre chico una vez, no había necesidad de aguarle toda la noche innecesariamente.
Llegaron al bonito restaurante, decorado con bombillas amarillas que le daban un aire acogedor a las distintas secciones en que estaba dividido el restaurante. Al maitre condujo a Nathaniel y a Marinette hasta una zona alejada del resto, donde había mucha más intimidad. Aquello puso más nerviosa a Marinette, pero se dijo que no tenía por qué pasar nada si ella no quería. Pocos segundos después, apareció un camarero que les entregó dos menús forrados en piel marrón. Les sirvió un poco de agua en las copas que estaban dispuestas para tal uso en la mesa y tomó nota del vino que le pidió Nathaniel.
Marinette se mordió el labio inferior mientras inspeccionaba la carta. Allí todo era bastante caro, pero no quería aprovecharse de su acompañante.
―¿Sabes? ―la voz de Nathaniel la sacó de su enfrascamiento en la lista de los pescados; alzó la cabeza y encontró sus ojos azules fijos en su plato, con esa timidez tan tierna que le caracterizaba. Marinette aún no entendía cómo había conseguido reunir el valor de pedirle salir una semana atrás― Pensaba que me dirías que no saldrías conmigo, que me llamarías en el último momento para cancelar nuestra cita…
Marinette bajó la mirada.
―Yo no haría eso―respondió ella en voz baja―. Si no quisiera salir contigo, no estaría aquí.
Se atrevió a observarle de nuevo por encima del menú. Parecía pensativo, asimilando sus palabras. En un momento dado, le dio la impresión de que iba a decir algo, pero se lo pensó mejor y sacudió la cabeza a modo de respuesta.
A partir de ese momento, la conversación se volvió más fluida y Marinette se sintió realmente a gusto con Nathaniel. Cada uno pidió un plato diferente para poder probar del otro y lo mismo ocurrió con los postres. Una hora y media después, se dirigieron hacia el cine y disfrutaron con una comedia romántica que pintaba demasiado bien y que acabó siendo una basura. Sin embargo, los dos disfrutaron de la película y acabaron criticando a los actores.
Eran cerca de las doce cuando se montaron de nuevo en el coche y Nathaniel puso rumbo a casa de Marinette. La tensión inicial había desaparecido. Nathaniel había podido soltarse un poco, dejando entrever a un chico divertido, dulce y con un punto de picardía que a Marinette le llamó la atención. No obstante, cada vez que él quería hacer algún comentario salido de tono, la mente de Marinette volaba hacia el chico rubio de ojos verdes que la esperaba en la residencia de los Dupain-Cheng.
Durante toda la cita, ella no pudo dejar de pensar en él, aunque se encargó de no dedicarle más de cinco segundos a cada pensamiento. Se le ocurrió que quizás a Adrien le gustaría cenar en aquel sitio tan pijo, aunque lo más probable era que prefiriera una hamburguesería; adoraba la comida basura. Después pensó en que tendría que ver esa película con Adrien para escucharle reírse del protagonista masculino. Era lo que él calificaría como un "perro ladrador, poco mordedor", un tipo que presumía demasiado para lo poco que hacía. Llegó a imaginarse paseando cogida de la mano por la orilla del Sena, con la luz de la luna llena reflejándose en el agua negra, el sonido del tráfico constante de fondo, las luces iluminando y oscureciendo los ojos verdes de Adrien, la sensación de poder ser ella misma…
El corazón se le paró en ese momento. Esa era la cuestión, ¿no? Marinette podía ser ella misma con Adrien sin miedo al rechazo. Darse cuenta de aquel descubrimiento hizo que tuviera aún más ganas de verle. Sin embargo, aún le quedaba un asunto por resolver antes de enfrentarse a las consecuencias de su beso. Y en eso se centró hasta que Nathaniel paró el coche frente a su puerta y apagó el motor. Escuchó cómo respiraba hondo antes de quitarse el cinturón y girarse hacia ella, apoyando una mano en el volante y la otra en el respaldo del asiento.
Marinette contó hasta diez mentalmente antes de encararle.
―Lo he pasado realmente bien, Nate―le sonrió, esperando que aquello fuese un buen comienzo para lo que tenía que decir.
―También yo, Marinette―admitió Nathaniel, que levantó una mano vacilante y le quitó un mechón de la cara a Marinette, para luego colocárselo tras la oreja―. ¿Cuál es el "pero"?
―¿El "pero"?
―Sí. Dime por qué no volverás a salir conmigo.
Marinette abrió la boca, estupefacta. Aquello no se lo esperaba del dulce y tímido Nathaniel. En aquellos momentos, parecía un hombre que necesitaba una explicación, no el chico reservado que apenas se atrevía a mirarla directamente a los ojos.
Nathaniel interpretó de otra manera su silencio.
―Yo no soy quien te gusta realmente, ¿verdad? ―adivinó, con la voz teñida de resignación, como si ya supiera la respuesta a esa pregunta.
―Tú sí me gustas, Nathaniel…―repuso Marinette, que veía como su plan se iba derechito al río.
―Pero no estás enamorada de mí. Nunca lo has estado, ¿cierto? No me malinterpretes, no te estoy exigiendo nada. Solo quiero saber por qué me elegiste a mí para salir hoy.
Marinette agachó la cabeza. No sabía qué decir en esos instantes. Suerte que Nathaniel lo estaba adivinando todo por sí mismo.
―Entiendo que sea él―su tono de voz cambió por completo, cosa que hizo que Marinette alzara la vista―. Tú le llevaste a la empresa, lo hiciste por algo.
―Él necesitaba el trabajo y sabía que servía para ello…
―No era solamente eso, ¿verdad? Siempre estás ayudándole, siempre estás pendiente de él, de si respira, come o camina―Marinette abrió la boca para replicar, pero no le salieron las palabras; Nathaniel sonrió con tristeza―. Te he observado, es lo único bien que hago desde que Gabriel te contrató. Me sé tu rutina, tus manías y la manera en qué le miras, incluso cuando estabais peleados.
»Yo… No sé qué pasó entre vosotros. Solo quiero saber qué papel juego en todo esto.
Marinette se inclinó hacia delante de inmediato.
―¡No estoy jugando contigo! ―exclamó, agobiada― Te lo juro, Nate, yo…
―Lo sé―la interrumpió Nathaniel con suavidad―. Quizás necesitabas salir conmigo para darte cuenta de lo que sientes por Adrien.
Marinette se mordió el labio inferior y se clavó las uñas en las palmas, lo que fuera para controlar las lágrimas que empezaban a inundar sus ojos. ¿Cómo podía Nathaniel ser tan bueno y comprensivo? No lo entendía.
―Nate…
Él negó con la cabeza e hizo lo último que Marinette esperaba que hiciera: cubrió la distancia que los separaba y depositó un suave beso en una de sus comisuras. Aquello sería lo más cerca que estaría de su boca. Marinette no se movió mientras él la besaba y se separaba de ella lentamente.
―Gracias por darme esta noche―murmuró Nathaniel, alejándose por completo y girándose hacia el volante.
No había nada más que decir, aquella era su forma de despedirse. Tal vez, con el paso de los días, volverían a tener una buena relación. Aunque, por el momento, debían conformarse con la extrañeza de tener cerca a una persona con sentimientos contrarios a los propios. Marinette entendió que Nathaniel no tenía más que decirle, por lo que suspiró, se quitó el cinturón de seguridad y salió del coche en silencio. No obstante, antes de cerrar la puerta, se agachó y le sonrió al conductor.
―Gracias a ti, Nate―susurró y cerró la puerta con un suave golpe.
Marinette observó cómo el coche se ponía en marcha y se alejaba en la oscuridad de la noche parisina. Acababa de cerrar un pequeño capítulo de su vida, que esperaba no arrepentirse de cerrar. Se enderezó y se giró hacia su casa. Contuvo el aliento al ver que la habitación de Adrien tenía la luz encendida. Él estaba despierto, una promesa que él no había dicho en voz alta pero ambos sabían que cumpliría.
Marinette entró en la casa con sigilo y dejó sus llaves en la entrada. Se descalzó y subió las escaleras en dirección a la habitación de invitados. Tras respirar hondo varias veces, llamó con los nudillos a la puerta, pero no recibió respuesta alguna. Al ver que nadie contestaba, se atrevió a abrir, aunque se encontró con que la habitación estaba vacía. Las sábanas estaban revueltas, signo inequívoco de que Adrien se había acostado allí. Marinette volvió a cerrar la puerta cuidadosamente, con el ceño fruncido.
Rumiando la decepción de no encontrarle en su habitación, siguió el camino hasta su cuarto. Abrió la puerta, cerró a su espalda y echó el pestillo. En ese momento, sintió una suave brisa a su espalda. Se tensó. Había alguien en su habitación. Preparó los tacones en sus manos, lista para atizar a quien hubiese invadido su casa. Sin embargo, quien fuera el invasor fue más rápido. Se los quitó de entre los dedos y la obligó a girar sobre sus pies desnudos. Marinette subió los ojos por su pecho hasta dar con aquellos ojos verdes que parecían refulgir en la oscuridad de su habitación, como los de un auténtico gato.
Adrien había definido una vez los ojos de Marinette como mágicos, pero ella pensaba que eran los suyos los que rezumaban auténtica magia.
―Hola―murmuró Adrien, su aliento a limón golpeando el flequillo de Marinette.
―Hola―respondió ella sin aliento―. Me vas a matar del susto, ¿qué haces aquí?
―Esperarte―respondió él, como si no fuera obvio―. ¿Lo has pasado bien?
Marinette se removió entre sus brazos. Adrien aflojó su presa para que ella pudiera moverse, pero todavía impidiéndole que se alejara de él.
―Sí.
―Ah, ¿sí?―Marinette asintió con la cabeza― Conmigo te lo habrías pasado mejor.
―Quién sabe―replicó ella, encogiéndose de hombros.
―Yo lo sé. Y dime―Adrien posó el pulgar sobre su labio inferior y lo acarició a cámara lenta. Marinette juró que su cuerpo ardió ante ese mínimo contacto; tuvo que aguantar la tentación de morderle la punta del dedo y seguirle el juego―, ¿te has acordado de mí?
Marinette suspiró. Era absurdo seguir negando que había algo intenso entre ellos.
―Sí―admitió; Adrien dibujó una media sonrisa que hizo que a ella le temblaran las rodillas y él tuviera que volver a sujetarla con fuerza.
―¿Has pensado en cómo te sentías mientras te besaba?
―Adrien…
―Respóndeme, princesa―Adrien dejó la mano sobre su barbilla con suavidad; a pesar de lo dominante que se veía, seguía dejándole la posibilidad de rechazarle, aunque no con mucho ahínco, claro―. ¿Me has echado de menos?
Marinette cerró los ojos, aferrándose a… Volvió a abrirlos de inmediato. Adrien solo llevaba puestos los pantalones del pijama. Su torso quedaba por completo al descubierto y sus manos estaban acariciando sus abdominales sin quererlo. Marinette sintió que el calor se agolpaba en su cara y en medio de sus piernas. La piel de Adrien era tan suave como la seda.
Adrien se pasó la lengua por el labio inferior mientras veía cómo Marinette estudiaba su desnudez. Disfrutó al darse cuenta de que ella se lo estaba comiendo con los ojos. No le era indiferente, no podía serlo después de aquel beso. Y él necesitaba más de ella, quería más, mucho más…
―Marinette―la llamó con voz ronca y ella le miró―. Dime lo que quieres de mí y lo tendrás.
El cerebro de Marinette había muerto. No había ni una sola neurona viva que se refiriera al sentido común. En aquellos momentos, lo único que mandaba era el corazón y el deseo que sentía palpitando bajo su piel.
―Quiero tocarte―confesó en un susurro que le puso a Adrien la piel de gallina.
Él bajó los brazos.
―Pues hazlo.
Marinette contuvo el aliento, embrujada. Algo dentro de ella manejó sus dedos y los posó sobre los pectorales de Adrien. Poco a poco, fue recorriendo cada centímetro de piel desnuda que cubría su clavícula, sus hombros, sus brazos torneados, sus manos finas y fuertes, sus costados, su estómago firme, la zona alrededor de su ombligo…, hasta llegar a la fina hilera de vello rubio oscuro que viajaba hacia el interior de los pantalones del pijama. En cuanto llegó a esa zona, Marinette sintió que el cuerpo de Adrien era un volcán a punto de explotar y casi gimió de alegría al ver cómo sus caricias habían despertado su hombría.
Adrien jadeó cuando ella alzó los ojos para mirarle a la cara. Parecía inocente, pero él estaba descubriendo que había una fiera oculta bajo esa cara de ángel. Volvió a levantar las manos, buscó las mejillas de Marinette y se inclinó hacia ella. No podía más, necesitaba quitarle las ataduras que le impedían seguir.
Atrapó su labio inferior entre los suyos, lo lamió con la punta de la lengua y luego lo absorbió. El cuerpo de Marinette se inclinó hacia el de él, sus manos se colgaron de sus hombros y de su cuello y fue a su encuentro. Aquel beso era demasiado sensual como para que Marinette no se derritiera bajo el vestido. Pronto, estuvo apretando los muslos para tratar de contener su deseo. Adrien notó su incomodidad y se apresuró a buscar el broche del vestido. En apenas unos segundos, este se deslizó hacia el suelo, sin que Marinette lo impidiera. De hecho, fue ella quien le dio un puntapié para quitarlo de en medio y pegar su cuerpo semidesnudo al torso marcado de Adrien.
El beso se tornó en algo más brusco en cuanto él sintió los pechos de Marinette apretándose contra él. Sus dedos no paraban quietos, tocando y acariciando cada trozo de piel de porcelana que encontraba a su paso. Ninguno de los dos se atrevía a romper el beso, pero Adrien quien lo hizo al final. Necesitaba probar el sabor de aquella piel y le supo a gloria en cuanto Marinette alzó la cabeza y la ladeó, dándole completo acceso a su cuello. Como un hambriento que lleva días sin comer, Adrien se abalanzó sobre ella. Con un brazo, la sujetó de la cintura, mientras que con la otra mano le deshacía el bonito moño.
Casi sin darse cuenta, Adrien comenzó a caminar hacia atrás, en busca de la cama. No tardó en encontrarla y, en cuanto lo hizo, giró con Marinette sobre sus pies y la tumbó en la cama, apoyando una rodilla entre las piernas de ella. Su boca viajó del cuello a la clavícula y de la clavícula al monte de sus pechos. Marinette jadeó al notar la lengua de Adrien trazando un sendero en medio de ambos y sobre la línea que marcaba el sujetador de encaje negro. Necesitó un segundo para darse cuenta de que Marinette iba embutida en lencería.
―Lo haces a propósito, ¿verdad? ―gruñó, dibujando el contorno del sujetador y las braguitas a juego con el índice― Me vas a matar.
Marinette no respondió. Se limitó a morderse el labio hinchado sin dejar de mirarle. Adrien sintió una sacudida en su más que evidente erección. Incómodo, se deshizo el nudo de los pantalones y los quitó, echándolos a cualquier parte de la habitación ante la atenta mirada de Marinette. Después, sujetándola por ambos lados de la cintura, la alzó un poco y la colocó mejor en el centro de la gran cama. Gateó hasta ella y volvió a prodigarle mil besos por todas partes. Marinette creyó que se hallaba en el paraíso.
―Adrien…―murmuró, cerrando los ojos y dejando él le dedicara toda su atención.
Él apretó los dientes y se inclinó hacia su oído.
―Dime que puedo hacerte mía, Marinette.
Ella gimió. La sola idea de que Adrien la poseyera ya era demasiado para ella.
―Dímelo. No lo haré hasta que no me lo digas.
―Hazlo, Adrien, por favor…
Inmediatamente, Adrien sonrió. Buscó la boca de Marinette y le mordió el labio inferior. Marinette sintió un latigazo en su centro de placer y gimió.
―Sí, mi dueña.
