Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 13
Edward se despertó con un lamento. Levantó la mano y se tocó una protuberancia en la parte posterior de la cabeza, mientras intentaba recordar lo sucedido. Se incorporó y se dio cuenta de que estaba tumbado en el sofá de la cabaña.
Al oír gritar a Isabella, se acordó de lo que había pasado e intentó levantarse de un salto, pero acabó derrumbándose en el sofá con un gemido.
—Tienes una conmoción cerebral— le informó una voz familiar.
A mirar a su alrededor, Edward vio al padre de Isabella sentado en una silla, con una sonrisa petulante en el rostro. Cogió una botella de agua del suelo.
—El médico ha dicho que estás bien, pero vas a sentir náuseas. Toma, bebe.
Edward trató de asentir con la cabeza en agradecimiento, pero al coger la botella, hizo un gesto de dolor. Tras quitarle el tapón, le dio un largo trago, casi atragantándose al notar su sabor, y comenzó a toser.
—¿Qué es esto? —consiguió preguntar.
—Electrolitos. No saben muy bien, lo sé, pero te harán bien. O, al menos, eso es lo que ha dicho el médico.
—¿Es apto para consumo humano? —preguntó Edward, intentando dar otro trago.
Golpeándose las piernas con una risotada, Charlie respondió: —No tengo ni idea, pero, conociendo al médico, no te daría nada peligroso.
Cuando Isabella comenzó a llorar, Edward intentó levantarse, pero la habitación empezó a girar y Charlie le obligó a sentarse de nuevo.
—Con calma, hijo, no le harás ningún favor a Isabella si te caes otra vez.
En ese momento, James entró en la cabaña con una nevera portátil. Al ver que Edward estaba despierto, la abrió y sacó una bolsa de hielo. Edward le dio las gracias y se la colocó en la parte posterior de la cabeza.
La puerta de la habitación se abrió y Victoria asomó la cabeza. Al ver a su marido, le hizo un gesto de impaciencia con la mano, y él le pasó la nevera. Tras dedicar una mirada de desaprobación a Edward, volvió a entrar en el dormitorio y cerró la puerta detrás de ella.
Edward escuchó la melodía de su móvil y empezó a buscarlo, pero James lo sacó de su bolsillo y se lo entregó.
—Ese Sam es un buen hombre— le dijo, mientras Edward miraba el teléfono con ojos entrecerrados.
—Se las ha arreglado para encontrar un ex piloto del ejército dispuesto a volar con este tiempo, aunque no un obstetra que quisiera acompañarle. Y aunque lo lograse, Isabella no puede volar en estos momentos. Las contracciones son cada dos minutos. Pero en cuanto pase el temporal, ha prometido traer cualquier cosa que necesites— le informó Charlie.
—Sam es el mejor— le dijo Edward, escuchando gritar a Isabella de nuevo. — ¿No debería estar ahí dentro?
—Eso depende de ti— dijo James. —Está en buenas manos. Te lo prometo. El médico ha asistido partos humanos antes, y mi Victoria era enfermera antes de que nos conociéramos.
Asintiendo, Edward se deslizó hasta el borde del sofá y comenzó a levantarse lentamente. Respirando por la nariz, consiguió moverse a la vez que sujetaba la bolsa de hielo contra su cabeza. Con piernas temblorosas, miró a los dos hombres, que parecían impresionados, y dio un par de pasos hacia el dormitorio.
Mientras atravesaba la estancia, se sentía como si se moviera a paso de tortuga, y finalmente llegó a la puerta. Tras llamar ligeramente, esperó, y se sorprendió cuando apareció Victoria, que lo miró de arriba a abajo, antes de dar un paso atrás para dejarle pasar.
—Ya era hora— le dijo, y cerró la puerta ante las risas de Charlie y James.
Al ver a Isabella en la cama, Edward se aproximó y se sentó a su lado, le besó la coronilla y ella le apretó la mano.
Un hombre que no conocía, enfundado en vaqueros desgastados, botas de montar y camisa de franela, salió del baño. Al ver a Edward, le tendió la mano.
—Soy Riley Biers, aunque me llaman el médico. Usted debe ser el futuro padre.
—Edward— respondió, estrechando la mano del médico.
—Edward, su esposa e hijos parecen estar bien. Todos tienen un pulso fuerte y no hay señales de peligro. En estos momentos, es cuestión de esperar a que los bebés decidan salir.
—Es demasiado pronto. ¿Qué pasa si hay complicaciones? —preguntó Edward, sosteniendo la mano de Isabella.
Frotándose el mentón, el médico miró a la pareja.
—Los gemelos suele nacer pronto. La gente dice que se quedan sin sitio. No tiene de qué preocuparse— dijo, ignorando la pregunta.
Mientras el médico hablaba, Isabella tuvo otra contracción y apretó la mano de Edward fuertemente. Con un lamento, él intentó retirarla, pero ella la estrujó aún más.
—Va a ser un parto natural, así que es mejor que no se acerque demasiado en ciertos momentos. De lo contrario, compartirá su dolor— bromeó, con una sonrisa.
El tiempo pareció detenerse para Edward mientras se concentraba en Isabella. Victoria controlaba las contracciones y el médico la vigilaba. Cuando las contracciones se sucedieron más rápido, el médico se puso en pie y, antes de que Edward se diera cuenta, él y Victoria estaban ayudando a Isabella a dar a luz.
Cuando Edward quiso quitarse de en medio, Victoria lo detuvo.
—No, vuelve a sentarte donde estabas. Tenemos que concentrarnos en los bebés. Vigila a Isabella.
Edward asintió y se volvió a sentar contra el cabecero de la cama, asiendo la mano de Isabella. Acariciándole el rostro, apartó el sudoroso cabello de su cara, y cogió la toalla y el agua que estaban al lado de la cama. Le humedeció la frente y las mejillas, y ella le apretó la mano agradecida, incapaz de hablar.
Cuando volvió a sentir las contracciones, contuvo el aliento ante un dolor que parecía querer destrozarla. Apenas sintió cómo Edward le acariciaba la cabeza a la vez que le recordaba que respirara. Con unas breves bocanadas, consiguió volverse a calmar hasta la siguiente contracción. Gritando, se aferró fuertemente a su mano, y él chilló en respuesta.
—Parece que los gemelos están listos— dijo el médico con voz calmada, y comenzó a dar órdenes a Victoria.
Fuera del dormitorio, la familia iba y venía comentando las novedades. La tormenta había amainado, y Sam llamó para informar de que un helicóptero estaba en camino, aunque no iba a llegar antes del parto.
Al llanto de un recién nacido se sumó otro, y en el salón se escucharon vítores. De un salto, Charlie se puso en pie y corrió hacia la puerta del dormitorio, y se asomó para ver al médico y a Victoria ocupados con los bebés, y a Edward abrazando a una agotada Isabella.
El médico lo vio y le dijo: —Tienes un par de nietas—. Charlie lanzó un hurra de alegría y cerró la puerta ante la airada mirada de Victoria.
Dándose la vuelta, miró a todos los presentes y gritó: —¡Dos niñas!
