Resumen: Ella acaba de terminar una relación con un anillo enorme en medio y él salió corriendo hace años. Antiguos novios de colegio. Tienen historia y, donde fuego hay, cenizas quedan.

Pairing: Astoria G./Harper. (El epílogo no existe, nadie me convencerá de lo contrario)


Quedan las cenizas

«Si esta noche tu novio te bota,

dile que tú no estás sola (que no 'tás sola),

que yo soy el clavo que saca ese clavo

y dile que se joda (y dile que se joda)»

El clavo, Prince Royce


Día 1


—Oí que te pidió que te casaras con él.

—Sí.

—¿Y?

—Le dije que no.

Están sentados en la barra de la cocina del estudio de Harper, una estancia grande con algo que parecía una cocina, una barra, un par de sillones que no eran del mismo juego de sala y un colchón sin base de cama en una esquina. También había un biombo para cuando quería fingir que había habitaciones. Lo único separado de todo aquello era el baño.

—Creí que te ibas a casar con él —siguió Harper.

—Pues no —respondió Astoria—. Soy muy joven y él es un idiota. Tengo veinte joder. —Le dio una mordida al pan tostado que tenía enfrente—. Claro que ahora todo el mundo me lo reclama. Ni que Draco Malfoy fuera un soltero tan deseable, por favor, fuera de nuestros círculos lo tratan como mierda. —Otra mordida. Empezó a hablar con la boca medio llena, pero a pesar de todo, Harper aun fue capaz de seguirle el paso—. El caso es que me gusta, ¿ajá? Sabe bailar y coge rico —sentenció—, pero no es material de boda y yo estoy muy joven para casarme. No me voy a casar antes de los veinticinco, marca mis palabras, Harper. Y para eso faltan cinco años. Antes llega el 2007 que yo me case.

Harper asintió.

—Bien.

Astoria siguió comiendo.

—No pareces interesado en todo lo que digo.

—Hace dos años que no hablamos, Astoria —dijo Harper—. ¿Qué quieres que diga? ¿Gracias por venir? ¿Gracias por correr a los brazos de tu ex cuando dejaste a Malfoy?

—Tú te fuiste sin despedirte —le reclamó ella.

Harper bajó la mirada. Astoria tenía razón, se había ido sin despedirse de nadie, más que de Vaisey. Era malo con las despedidas, con los saludos, con su vida, con lo que quería decir, con lo que no quería decir y de todos modos decía. Y además el acento escoses cerrado siempre lo empeoraba todo y lo hacía parecer más enojado de lo que verdaderamente estaba.

—Buen punto —dijo él.

—¿No te vas a disculpar? —preguntó Astoria.

—No me arrepiento —dijo Harper—. ¿Por qué habría de disculparme si no me arrepiento de haber huido de las putas consecuencias de la guerra? Al menos yo corrí.

—¡Yo rehice mis pedazos! —espetó Astoria—. ¡Éramos demasiado jóvenes! ¡¿Te parece normal que alguien de quince años haya vivido todo lo que yo viví a los quince años?! ¡Y tú tenías dieciseís! ¡No me digas que estás bien si sólo has huído y corrido en la dirección contraria!

—Ya pasaron casi cuatro años de que acabó la guerra, Astoria —hizo notar Harper.

—¡Tú sólo huiste!

—No sé por qué siento que en realidad no estamos hablando de la guerra, sino que estamos hablando del hecho de que yo me largué del estercolero que es Reino Unido —dijo Harper.

—¡Estamos hablando de todo!

Astoria se prendía y se enfurecía demasiado rápido. Siempre. Era demasiado explosiva y demasiado impredecible. Su madre, Ophelia Greengrass, bruja estirada como pocas y con delirios de grandeza como bastantes, llamaba a aquella actitud una falta de modales. Intentaba que Astoria fuera un poco más como su hermana, sin saber que Daphne en realidad era la pura apariencia, pero que era más parecida a Astoria de lo que le hubiera gustado realmente.

—Muy bien. —Harper se masajeó las sienes. Después se puso en pie y dejó su plato vacío en el fregadero—. ¿Ya acabaste? —Astoria negó con la cabeza—. Un tema a la vez, que no te sigo.

—Te marchaste sin despedirte después de que termináramos Hogwarts —dijo Astoria—, podrías haber mandado si quiera una nota de aviso.

—No nos hablábamos en ese tiempo.

—Eso es porque tú tienes la capacidad de sentir cosas de una alfombra —dijo Astoria—. Y de que estabas celoso de que yo hubiera empezado a besar a Draco Malfoy cuando el resto no miraba.

—No es cierto.

—Estabas celoso.

—No —espetó Harper—. Para estar celoso hubiera necesitado que me importara con quien te besaras y eso siempre me ha dado igual.

—Golpe bajo —espetó Astoria—, te importaba cuando te besabas conmigo.

—¡Éramos demasiado jóvenes! ¡Había una guerra! ¡Nadie sabía que hacer! —exclamó Harper—. Quizá si hubiéramos esperado… —se encogió de hombros—, pero ya no importa, porque de todos modos yo no soy bueno para estas cosas. —Se sentó a su lado—. Tú nunca viniste a verme, Astoria —le reprochó—; ni una sola carta, apenas conseguí una postal de cumpleaños. Vienes hasta ahora, que ese imbécil te dijo que te casaras con él y le dijiste que no.

Astoria bajó la cabeza.

—Lo siento.

—No importa. Aquí estamos, tú y yo. ¿Por qué has venido?

Harper nunca había tenido el talento de irse por las ramas. Preguntaba lo que quería preguntar y decía lo que quería decir. Probablemente por eso ninguna de sus relaciones funcionaban, con nadie.

—A ver como estabas —preguntó Astoria—. ¿Sales con alguien?

Harper negó con la cabeza.

—No creo que estés aquí para desmenuzar mi vida amorosa —espetó Harper—. El último chico con el que tuve algo me dejó por ser «demasiado sincero». —Dibujó unas comillas en el aire—. Qué se le va a hacer.

—No todos aguantan tu sinceridad. —Pareció que los labios de Astoria empezaban a formar una sonrisa divertida. Harper se acercó a ella. Había demasiadas cosas entre el uno y el otro, un montón de asuntos sin resolver—. No todos.

—Tú sí —dijo él—. A ti te puedo decir que estás aquí porque quieres que alguien te saque de la cabeza a Malfoy, con el que muy definitivamente no te vas a casar y se te ocurrió que tu ex novio de Hogwarts era la persona perfecta para eso. —Desapareció el atisbo de sonrisa del rostro de Astoria—. De otro modo, probablemente no hubieras venido. Detestas que me haya ido sin despedirme, aunque nunca mandaste una carta para preguntar por qué lo hice. No te culpo. No siento demasiados remordimientos para eso.

»Así que aquí estás. Con Malfoy en la cabeza y la boda que no quieres que sea. —Harper se acercó mucho más a ella—. Podrías decirme que vienes a hacer turismo, pero no te creería. —Más cerca, sus rostros se estaban rozando, ella volteaba a un costado y le devolvía la mirada—. No veniste a que me disculpe.

—No —confirmó Astoria.

Y lo besó.


Día 2


A pesar de todo, Astoria insistió que quería ver el Empire State, a la mañana siguiente, cuando aún estaban desnudos y enredados entre las sábanas. Harper se levantó entre quejas, alegando que el Empire State no era tan impresionante como otras cosas —los pechos de Astoria, para empezar— y que ella de todos modos no estaba allí para hacer turismo. Pero ella no quería ni oír hablar de no ver el Empire State, así que lo arrastró hasta el lugar, consiguió dinero muggle para pagar la entrada y subir y deleitarse con la vista.

Cosa que no pasó.

Se quedó mirando hacia abajo con cara de nada unos cinco minutos, sin creer que estuviera allí y fuera incapaz de apreciar lo que estaba viendo. Se sintió como en medio de un sueño.

Hasta que se hartó de preguntarse por qué no lo estaba disfrutando y agarró a Harper de vuelta al ascensor y le picó al botón para bajar.

Les tocó solos.

(Porque Astoria sacó la varita y se encargó de que nadie les pusiera atención con un poco de magia).

Se cerró la puerta.

—Te dije que no era impresionante —le dijo Harper.

—Ya sé.

—Podríamos haber hecho otras cosas —dijo Harper—. En el colchón, en el sillón, si querías en la mesa.

Astoria sacudió la cabeza.

—Idiota.

—¿O no querías?

—Quiero —le dijo.

Sacó la varita y apuntó al techo. Hizo que el ascensor de atascara.

»Ahorita tenemos tiempo.


Día 5


El elevador del Empire State, el baño de un restaurante donde Astoria había querido comer, la mesa del comedor de Harper, el sillón, la cama, la tina del baño. Lo habían hecho en todos los lugares. Ella se reía cuando Harper intentó contar un chiste y parecía como si fueran novios otra vez; lo parecía sobre todo cuando ella gemía y decía su nombre cuando él tenía la cabeza metida entre sus muslos. No eran nada, sin embargo. Hablaban de todo, menos de los sentimientos que tenían el uno por el otro. Ella le hablaba de Draco y él no podía estar celoso porque ni creía que los celos sirvieran de algo y si Draco no le hubiera pedido matrimonio a Astoria, ella no estaría allí. Él le hablaba de Nueva York y de la vida en la gran manzana, de lo que hacía —o más bien, de lo que no hacía—. Le contó de sus intentos de convertirse en un jugador profesional de Quidditch y le contó de sus fracasos, porque simplemente no tenía madera de nada. Ella lo escuchó y asintió y luego le contó que a veces desearía tener alguna carrera, alguna clase de trabajo, algo; le dijo que no le gustaría ser sólo una heredera de la mitad de una fortuna.

¿Pero de su relación? De eso no hablaron.

—Quiero tatuarme —le dijo Astoria al quinto día, todavía en la cama, desnuda. Le agarró la mano y la llevó justo arriba de uno de sus pechos, cerca del hombro—. Aquí.

—¿Y qué quieres tatuarte? —preguntó Harper—. No me digas que acabarás pareciéndote a Vaisey.

—No. —Astoria negó con la cabeza, probablemente recordando a su antiguo compañero de colegio—. No creo que nadie llegue a parecerse a Vaisey. —La mano de Harper no se movió, aun fija donde ella la había puesto—. Un ave. Quiero que sea un ave —le dijo ella.

—¿Segura?

—Segura.

Harper se puso en pie y buscó una de sus camisas en el suelo. Buscó la más limpia y empezó a ponérsela.

—Pues vamos —le dijo—. Conozco a alguien.

—¿Qué?

—¿Quieres o no quieres ese tatuaje? —preguntó Harper.

—Sí… —dijo Astoria—. Segura.

—Vamos. —Harper le sonrió—. Yo te lo regalo. Al fin y al cabo, tus padres no pueden venir a asesinarme hasta acá por corromper a la niña buena de Astoria.

Ella sonrío. Tenía una sonrisa llena de astucia.

—Creo que también quiero un corte de cabello —le dijo—. Por los hombros. —Alzó la mano para indicar la altura a la que lo quería—. ¿No conocerás a alguien?

Harper se río.

—Sí. Claro que conozco a alguien.

—Entonces vamos.

Entonces Astoria también se puso en pie y se puso a buscar entre la ropa que había tirada en el suelo y que no se habían molestado en recoger porque no la ocupaban. Pasaban la mayor parte del tiempo sin nada, usando calefacción mágica —fuegos en botellas distribuidos por todo el departamento—. Ni siquiera habían salido de aquel estudio más que para buscar comida. Finalmente, encontró un vestido y unas mallas que le quedaban y encontró un abrigo de Harper, que se puso encima.

—¡Ey! Eso es mío —dijo Harper al tiempo que se ponía los pantalones.

—Ya no —le respondió Astoria—. Busca otro. —Mientras tanto, se ajustó el cinturón del abrigo, que no le arrastraba de milagro, gracias a lo alta que era. Aun así, Harper le sacaba algunos centímetros.

Vio a Harper rodar los ojos e ir a buscar otro abrigo al armario. Cuando apareció de vuelta, le ofreció el brazo.

—Vamos —dijo—, tienes un cambio de imagen que hacer.

—Mis padres van a desmayarse cuando me vean —dijo Astoria.

—Lo sé, ¿no es emocionante?

A Harper en realidad los Greengrass le daban exactamente igual. Los había visto cada cumpleaños de Astoria y lo ponían de los nervios a él y a Vaisey. Eran ricos, todo lo contrario a las familias de Harper y Vaisey, que eran los mejores amigos de Astoria, para desgracia de los Greengrass. Ricos y estirados.

—Un poco —admitió Astoria, tomando su brazo—. De todos modos me iré. Volveré. Tengo que volver. —Era la primera vez que lo decía—. Sé que quieres saber qué somos. No vas a tardar en querer saber qué somos, porque tienes esa manía de explicártelo todo.

»No lo preguntes.

Harper se quedó mirándola un momento sin saber qué decir. Aun no se le pasaba por la cabeza. Pero por supuesto que en algún momento lo iba a preguntar, para buscarle la lógica a todo aquello.

—No lo he hecho —acabó diciendo.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque sólo cogemos —dijo Astoria— y yo todavía pienso en el imbécil de Draco y en que me quedé sola por gusto, al decirle que no y en que podría haber funcionado si yo no fuera tan joven, si él no se hubiera adelantado tanto.

—No estás sola —dijo él. Dejó caer el brazo de Astoria y le pasó la mano por los hombros—. Estás conmigo. Y de todos modos, estar sola no es malo. A mí me gusta estar sólo. —Se encogió de hombros—. Pero estás conmigo. Dile a su recuerdo que estás conmigo y que no joda.

Astoria se río.

—Pero si nosotros no somos nada.

—No importa —aseguró Harper. Todavía no sabía si le importaba o no, pero sabía que esa era la respuesta correcta.

Astoria le sonrió.

—Gracias.


Día 7


Lo que más le gustaba de Harper era que era cuidadoso. Aquello siempre chocaba con la personalidad más bien seca y al grano que tenía. Le gustaba que le diera besos en los muslos y que sus labios le hicieran cosquillas. Que le preguntara lo que quería hacer. Que se aseguraba que la pasaba bien.

Lo que menos le gustaba era saber que tenían fecha de caducidad.

Él no iba a volver por ella.

Ella no se iba a quedar por él.


Día 8


—Ya me voy —dijo Astoria, aquel día, en el desayuno.

No llevaba nada puesto encima. Apenas una camisa de Harper y unos calzones. Él, por otra parte, se paseaba sólo en calzones. Había botellas con fuegos mágicos por todo el lugar, la chimenea estaba prendida. Llevaban días sin salir y la comida estaba a punto de terminarse.

—Quédate —le dijo Harper.

No se paró, no fue hasta ella, no se le acercó y le interrumpió el desayuno e intentó besarla. Sólo se le quedó viendo y le dijo eso: «quédate». Ella se quedó viéndolo. Porque él sabía que ella se iba a ir, que eran sólo unas vacaciones, que sólo se estaba sacando al otro del sistema y estaba disfrutando a Harper. Que le gustaba. Pero no era sano ni era una relación de verdad.

—¿Por qué?

—Porque me gustas —le dijo Harper.

Ella sonrió.

—No —le dijo—. No. También me gustas. Pero lo sabes. No me voy a quedar.

Harper asintió. Ella no pudo decidir si parecía o no parecía dolido. Suspiró. No podía quedarse. No estaba en sus planes. Harper no le insistió más que esa vez. Ella hizo las maletas después del desayuno, limpiaron el departamento, quitaron la mayoría de las botellas que habían llenado con fuegos mágicos. Tuvieron sexo una vez más. Se metieron a bañar. Se vistieron como personas decentes por primera vez en días y él la acompañó a buscar el traslador que salía a las 3 de la tarde.

Le dio un beso de despedida.

—Ven cuando quieras —le dijo.

—Lo haré —contestó Astoria y le dio otro beso de despedida—. Lo haré.

Era la única promesa que podía hacerle a Fitzwilliam Harper.


Notas de este one:

1) Creo que es considerablemente más corto que todo, pero bueno, necesitaba un descanso, con una semana que ya me tomé, para volver a agarrar fuerzas y escribir bien. Además que acabo de publicar otro fic, un one Hansy (En los márgenes).

2) La pareja me gusta pero no la he explorado lo suficiente.

Andrea Poulain

a 16 de septiembre de 2018