—Lo sabes pero no te importa, ¿verdad? —ahora que había empezado no podía dejar de decir lo que pensaba.

Peter murmuró algo ininteligible antes de contestar.

—Siempre fuiste demasiado sensible. Y demasiado… —fuera lo que fuera lo que iba a decir se perdió en el aire cuando otra pareja salió del restaurante y notaron que se quedaban mirándolos algo sorprendidos—. Este no es el lugar más apropiado para tener esta conversación —dijo él entonces agarrándola del brazo mientras comenzaba a andar hacia el coche.

—Suéltame —le pidió Sam muy alterada—. No soporto que me toques, ni ahora ni nunca…

Era consciente de que él no era el responsable de que Miranda hubiera aparecido en el restaurante, pero sí que lo era de haber traicionado la confianza de su padre y la suya. Lo odiaba, lo despreciaba y lo aborrecía con todas sus fuerzas.

Estaba tan inmersa en su preocupación por que Freddie siguiera teniendo tanto poder sobre ella que no se dio cuenta de que habían llegado a casa hasta que vio que él estaba abriéndole la puerta desde fuera. Al salir se encontró con el cuerpo de Freddie demasiado cerca, tanto que toda ella reaccionó ante su proximidad: podía percibir su olor, tan peligrosamente masculino que hizo que se le pusiera el vello de punta; más aún cuando, al rozarle el brazo notó que se le endurecían los pezones y se le sonrojaba el rostro.

Sin mirarlo a la cara ni un segundo, se apresuró a la puerta pero, una vez allí tuvo que esperarlo porque no tenía llaves. Un inmenso pánico la invadió al observar su rostro mientras se acercaba a ella.

—Sam —susurró poniéndole ambas manos en los hombros.

—¡No te atrevas a tocarme! —exclamó sin conseguir que la soltara.

—Escúchame.

—No.

Solo vio la furia que transmitían sus ojos durante un instante antes de que su rostro estuviera demasiado encima como para poder distinguir nada.

—Muy bien, parece que esta va a ser la única manera de comunicarme contigo.

Sam emitió un leve grito de protesta, pero enseguida se olvidó del odio que sentía hacia él porque lo que estaba ocurriéndole era mucho más poderoso y todo su cuerpo estaba concentrado en la explosión de sensaciones que aquel beso estaba provocando.

Fue como sumergir una bola de helado en chocolate caliente: hasta el último centímetro de su piel se estaba derritiendo por él. Era mucho más intenso de lo que jamás habría podido imaginar, y eso que había imaginado aquello millones de veces.

De algún modo, la ira de Freddie se había convertido en una sensualidad en la que no solo estaban participando sus labios sino también sus lenguas, y sus manos. Los movimientos de ambos eran solo un pequeño indicio de toda la pasión contenida que existía entre ellos.

—Me has besado como si llevaras años deseando hacerlo —oyó las palabras de Freddie, mientras todavía podía sentir sus manos pasearse por su espalda y provocándole un millón de escalofríos tan fuertes como descargas eléctricas. Sin embargo, consiguió asimilar lo que quería decir aquella afirmación y, al hacerlo, se alejó de él consciente de lo que acababa de hacer.

—No deseaba nada de esto —aseguró impetuosamente—. Lo único que quiero es recuperar el dinero para ayudar a esos niños, eso es por lo que estoy aquí, acuérdate.

Se quedó mirándolo aunque, en la penumbra en la que se encontraban, no podía ver muy bien la expresión de su rostro, solo notaba que la observaba mientras ella esperaba una respuesta que preveía tajante y fría; pero en lugar de responder, se limitó a abrir la puerta y dejarla entrar en la casa. Sam cruzó el umbral sin mirarlo siquiera y subió las escaleras, segura de que intentaría detenerla o al menos la llamaría antes de llegar arriba. Pero no fue así y ella no se atrevió a darse la vuelta.