Esta vez he tardado más de lo que pretendía. Siento haberos hecho esperar :(

yay1301 . yes: Jaja sí, lo de cortarle el pelo lo tenía pensado desde hace tiempo xD Así estará más cómoda peleando ^^

Estoy intentando combinar la historia original con ideas nuevas :) a ver qué tal va progresando.

HainesHouse: Definivamente Gandalf se las sabe todas xD Tienes razón en lo de los fics que siguen el libro y la peli. Yo estoy intentando respetar la trama original pero dándole nuevas aventuras, porque si no todos los fics son iguales... -_-
Espero a partir de ahora incluir más cosas nuevas :)

daya20: Jejeje, el capítulo anterior se había quedado muy amargo y había que endulzar un poco la historia ^^ me alegro de que te haya gustado.

adychikane: Siento haberte hecho esperar! Muchas gracias por tu comentario! Aquí está el ansiado momento de los dos ^^

espero haberlo escrito a la altura de las expectativas

Rirhi: tranki, ya borré el comentario anterior ^^ los móviles nuevos tienen vida propia XD el mío también hace lo que quiere. Gracias! tenía miedo de haberme excedido demasiado con la largura xD Siento la espera, aqui tienes la siguiente parte.

Lynlia: Jajaja, esto al final se va a convertir en un culebrón xD

Aquí os dejo con el siguiente capítulo. Es cortito, así que espero actualizar de nuevo en un par de días.

¡La tensión romántica ya se palpa un poco más entre ambos protagonistas!


*~~~~~~~ CAPÍTULO 13: UN RESPIRO ~~~~~~~*

Le había pedido a Gandalf que le dejara a solas con ella para disculparse apropiadamente. Tras conocer su secreto su intención había sido alejarla de allí de inmediato. No quería que aquella inocente muchacha llena de vitalidad corriera la misma suerte que ellos, pero su plan había tenido justo el efecto contrario. En cuanto ella y el mediano advirtieron la amenaza, corrieron sin dudarlo hacia las fauces del peligro para ayudarles. Estaba vivo gracias a eso, sentía una profunda deuda ante aquellas pequeñas criaturas que había tratado tan severamente.

—Quería pedirte perdón por lo que te dije al escapar de los trasgos.

Iriel estaba sentada a su lado, había sacado las escasas vendas que le quedaban en la bolsa y las estaba empapando con las aguas del manantial para poder limpiarle las heridas. Aquella confesión casi le cortó la respiración, pero fingió lo contrario y se concentró en su tarea.

—No te preocupes. Yo tampoco pensaba con mucha claridad en aquel momento. Imagino que nuestra desafortunada discusión fue producto de la tensión de la situación y la falta de descanso.

A pesar de la amable justificación de la chica, Thorin seguía sintiéndose mal por lo ocurrido. Estaba acostumbrado a tratar con enanos, por lo que su tacto y sus palabras eran a menudo demasiado bruscos. Su intención había sido alejarla del grupo para protegerla y para ello había necesitado ser despiadado, pues la chica no abandonaría la Compañía sólo con las advertencias de peligro, de lo contrario jamás se habría unido a aquella empresa. Sin embargo se había visto abrumado por la situación y la cólera le había hecho excederse más de lo que pretendía. Necesitaba compensarla de algún modo, hacerle saber que las acusaciones que le había dedicado no eran ciertas.

—No eres débil. Eres probablemente la mujer más diestra en batalla que he conocido hasta ahora.

Las mejillas de Iriel se encendieron súbitamente con un rojo tan intenso que parecía que alguien las hubiera golpeado. Intentó bromear para quitarle importancia a la situación, si seguía haciendo caso de las palabras del enano con su profunda y sensual voz, su corazón se acabaría escapando de su pecho, pues ya empezaba a golpearlo con violencia.

—Eso será que no has conocido a muchas. —La tímida y radiante sonrisa de Iriel volvió a vulnerar las defensas del enano. Esta vez fue él quien desvió la mirada porque se sintió sobrepasado por aquellos ojos claros que brillaban ante los tonos apagados del cielo.

Iriel aprovechó la ausencia de contacto visual para concentrarse en su labor. Observó el cuerpo del enano, tenía rasguños y heridas por todas partes. Decidió empezar por las que parecían más superficiales, situadas en su pierna derecha, justo encima de la rodilla. Debía de habérselas hecho el huargo blanco con sus garras. Como la tela del pantalón estaba rasgada, aprovechó el agujero para limpiar la herida a través de él con las vendas mojadas. Si al enano le dolió el contacto del agua sobre sus heridas abiertas cubiertas con sangre seca y restos de tierra, no se quejó. Iriel se entregó a la tarea en silencio mientras el enano se sometió a sus pensamientos, ya había cumplido su tarea de disculparse, ahora podía volver a concentrarse en el resto de sus preocupaciones.

En otra situación el enano jamás habría consentido que nadie se encargara de sus heridas. Simplemente las habría ignorado o las habría tratado él mismo. Pero en aquel momento nada de eso tenía importancia para él. Se sentía cansado, humillado y derrotado. Quería evadirse de la realidad y que su cuerpo hiciera lo que creyera conveniente.

La siguiente vez que Iriel observó el rostro del enano, su expresión había cambiado, se había vuelto más triste.

Su mirada parecía perdida, como si se encontrara a miles de pasos de distancia. Thorin no podía dejar de pensar en lo que había sucedido con los orcos. No podía dejar de pensar en su derrota.

Lo único que había hecho bien por su pueblo había sido derrotar a los orcos en la batalla de Azanulbizar y acabar con la vida de aquel pálido orco. Pero ese infame había conseguido escapar con vida y se había fortalecido aún más con los años. Ahora ni siquiera había conseguido hacerle frente. Le había fallado a su pueblo, otra vez.

—Fue una locura enfrentarte a ellos en estas condiciones. Era imposible ganar.

Sus palabras y el escozor naciente en sus heridas le hicieron volver al lugar donde se encontraba, como si la chica hubiera sido capaz de leerle la mente en aquellos momentos. El enano no contestó.

Iriel ya había acabado con la herida de la pierna y su nuevo objetivo era el magullado pecho del guerrero. Sin que el enano se diera cuenta había apartado su abrigo de pieles y estaba intentando hacer lo mismo con su malla ensangrentada. El enano decidió ayudarla en la tarea, se despojó de la malla y de su ornamentado cinturón y entreabrió su camisa azulada. La visión del torso desnudo del enano hizo aumentar la temperatura del cuerpo de Iriel y la obligó a hacer un gran esfuerzo por controlar el aliento. La joven se renegó a si misma por sus inapropiados pensamientos y desterrándolos, examinó las heridas que surcaban el pecho del rey enano.

Había marcas de los colmillos del huargo y del impacto de la maza de Azog. Remojó las vendas en el agua del manantial para limpiar los restos de sangre. El dolor azotó la piel del enano, pero no se quejó. Una vez limpio, Iriel hundió sus dedos en el bálsamo para cubrir las heridas. El cuerpo de Thorin se estremeció. No supo si se debió al frío contacto del bálsamo sobre sus heridas o a los delicados dedos que acariciaban su piel. Iriel empezó a percibir que el corazón del enano incrementaba su intensidad. Ella también notó cómo el suyo aumentaba todavía más el ritmo.

Pasó sus dedos con delicadeza por la superficie de su piel, acariciando cada rincón de sus heridas con los dedos impregnados en aquel ungüento cicatrizante. Sabía que no se le volvería a presentar una oportunidad así, quería acariciar cada rincón del cuerpo de aquel formidable enano. Le costó mucho mantener a raya a su palpitante corazón mientras lo hacía. También concentró todas sus fuerzas en evitar que su respiración se entrecortara y delatara la intensa emoción que la recorría por dentro.

A pesar del dolor de las heridas, Thorin deseó que aquel momento se prolongara en el tiempo. De pronto, nada importaba. Ni Azog, ni los orcos, ni el tesoro, ni el dragón que lo custodiaba. Por un momento sus preocupaciones le concedieron un descanso, el peso que cargaba sobre los hombros pareció aligerarse un poco. Cerró los ojos agradeciendo estos breves momentos de paz que hacía tiempo que no disfrutaba. Aquel alivio que él mismo se prohibía sentir le estaba envolviendo cálidamente.

Iriel desabrochó por completo la camisa del enano para poder pasar el vendaje por su espalda y sujetar así las vendas. Se inclinó hacia él para envolver la parte trasera de su cuerpo con ellas. Al realizar este movimiento, el cuerpo de Iriel quedó a escasos centímetros del suyo, casi rozándolo. Justo cuando estaba literalmente encima de él, pasando una vuelta más por su espalda, se dio cuenta de que el extremo de la venda se había acabado y ya no tenía ninguna más en la bolsa.

—Demonios… Se han acabado las vendas —dijo todavía recostada sobre él. El enano abrió los ojos y la encontró a escasos milímetros de su cuerpo, pero no se apartó. Sus ojos se cruzaron deteniendo el tiempo, sintió su aliento en su piel, los latidos de su corazón. Aquello era más de lo que podía manejar, su mirada era demasiado intensa, y a pesar de que no le estaba reprochando nada, ella se sintió avergonzada por su atrevida posición, así que se apartó rápidamente. Era peligroso estar tan cerca del abrazo que tanto anhelaba, su cuerpo podía sucumbir a su deseo desobedeciendo a su juicio.

Miró hacia los lados intentando encontrar algo que le sirviera para seguir cubriendo las heridas. Al no encontrar nada suspiró. Se quitó los brazaletes metálicos y los dejó en el suelo. Dirigió su mano derecha hacia su hombro contrario y con un fuerte tirón desgarró la tela, arrancándose la manga por completo. Repitió la operación en el otro lado.

—¿Qué haces? —preguntó al ver a la chica rasgando su ropa.

—Fabricar más vendas. —Le sonrió y comenzó a rasgar las mangas en tiras para usar la tela como vendaje. Thorin no se atrevió a contradecir aquella alegre sonrisa.

Tras conseguir nuevas vendas terminó de cubrir las heridas del pecho y ató los extremos con delicadeza intentando que el nudo cayera lejos de las lesiones.

Ahora ya sólo faltaba una cosa, los pequeños cortes que recorrían su atractivo rostro. Iriel se retiró su, ahora, corta e irregular melena detrás de la oreja mientras lo observaba. Thorin tenía un corte en el puente de la nariz, varios arañazos en las mejillas y en la frente y otro pequeño corte en el labio inferior. Aquello iba a ser sin duda lo más duro.

Empapó los restos de sus mangas por última vez en el manantial y los aproximó a su rostro con delicadeza. Humedeció su piel con ellos, intentando no apretar demasiado en las heridas. El enano la observaba sin pestañear, su rostro había dejado de ser tan sombrío, estaba más relajado y sus ojos se mostraban agradecidos. Retiró uno de los largos y ondulados cabellos que caían por su frente y lo colocó tras la oreja del enano. Sintió deseos de acariciarla, pero sin duda no habría sido lo más adecuado. Ruborizada por su atrevimiento, dejó las vendas junto a la roca sobre la que estaba sentada e impregnó sus dedos en el bálsamo. Recorrió primero la frente y las erosionadas mejillas y después untó un poco más para cubrir el corte de la nariz. El enano entrecerró un ojo en señal de dolor.

Iriel se permitió respirar profundamente unos segundos antes de hundir sus dedos por última vez en aquella esencia. Repartió la suave loción en la última herida que quedaba por cubrir, sobre aquellos dulces y sensuales labios. Aquel simple contacto sobre sus yemas la transportó a aquel profundo beso que había querido olvidar con todas sus fuerzas.

Thorin se sentía extrañamente hipnotizado por aquel tierno ritual. Las heridas de su cuerpo y el aroma del bálsamo estaban aturdiendo sus pensamientos. ¿O acaso existía otro motivo? No podía apartar la vista de aquellos inocentes ojos que estaban intentando aliviarlo, sentía deseos de beberse hasta la última gota de ellos. ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido así? No parecía demasiado lejana ni desconocida, pero no acertaba a ubicar el recuerdo. Mientras tanto los dedos de la chica acariciaban sus labios con ternura, haciendo que su imperturbable corazón se agitara, cada vez más sensual, cada vez más cerca…

—¡Ya está lista la comida!

Bofur rompió con su alegre anuncio la magia que los envolvía a los dos. Su atrayente hipnotismo se quebró fugazmente haciendo que ambos salieran de aquel ensimismamiento que los había atrapado tanto. Iriel se apartó rápidamente y se agachó a recoger los restos de sus mangas junto a los brazales, intentando que su corta melena ocultara por completo sus encendidas mejillas. Thorin, por su parte, carraspeó y se abrochó la camisa rápidamente, agarró la malla, el cinturón y el abrigo. Se levantó bruscamente, teniendo que apoyar la mano en las escarpadas paredes para mantener el equilibrio.

—Gracias Bofur. —Fue lo único que acertó a decir. Su compañero le tendió el brazo para ayudarle a moverse hasta allí. Iriel se quedó allí un rato más haciendo ver que estaba ocupada, esperando a que su cuerpo se recuperara de tal trance. Todavía sentía que le ardía la piel bajo la ropa y su corazón seguía desbocado agitándose en su pequeña prisión. Necesitaba unos segundos más para recuperar la compostura. Entonces apretó su pecho con el puño intentando sujetar ese descontrolado corazón, amenazándole si no volvía a recuperar su ritmo.

Sonrió.

La inoportuna interrupción de Bofur había llegado justo a tiempo. Se alegró de que el enano no les hubiera permitido llegar más lejos, no todavía. Sin embargo una diminuta esperanza había resurgido en el pecho de Iriel. Tal vez el rey enano no estaba tan lejos de su alcance como había creído en un principio. Tal vez con el tiempo conseguiría acercarse más y más a él. Conseguiría llegar a ese corazón custodiado por férreas barreras que le impedían seguir haciéndose daño pero que también le impedían sentir felicidad. Tal vez conseguiría que ese enano comprendiera que había llegado la hora de perdonarse a sí mismo y empezar a disfrutar de las pequeñas cosas que le rodeaban.

Pero aún no había llegado ese día. Iriel acababa de ganarse su aceptación en el grupo. Ganarse su confianza era una cosa y llegar hasta su corazón otra muy distinta. Sin olvidar que existían otras cuestiones mucho más relevantes en aquel momento, como el largo viaje que todavía les separaba de la Montaña Solitaria y el dragón Smaug que les esperaba en su fortaleza. Iriel no se rendiría, se concentraría en esta aventura con todas sus fuerzas y cuando todo hubiera terminado, cuando Thorin recuperara de nuevo su majestuoso reino, cuando las preocupaciones ya no le atormentaran, tal vez entonces llegaría la hora de que ella le confesara lo que sentía.

Hasta entonces debería aprender a controlar lo que sentía para no cometer ningún error. La compañía de aquel enano era demasiado abrumadora, se sentía incapaz de controlar sus sentimientos frente a ella. Tantos años de aventuras no la habían preparado para una situación como ésta. Era capaz de encararse con la muerte si era preciso, pero no podía contener sus instintos frente a él. Se sentía como una ridícula adolescente escapándose de casa por primera vez para un encuentro furtivo con su prohibido amante. Sin duda aquella pasión sería lo próximo que tendría que aprender a dominar. Su próximo reto. Hasta que lo consiguiera lo más sensato era no acercarse demasiado al enano y concentrarse en la aventura.

Volvió a colocarse los brazales metálicos en sus antebrazos, esta vez directamente sobre su piel. Se cubrió el cuerpo con la capa, ahora que la temperatura de su cuerpo había vuelto a su estado normal empezaba a sentir frío. Finalmente se alejó de allí para volver con sus compañeros. Tenía bastante hambre, no había probado bocado desde la captura de los trasgos.

Todos los enanos habían montado el campamento con las posesiones que aún conservaban. Habían encendido una hoguera y se habían sentado formando un gran círculo alrededor, unos sobre piedras y otros sobre los troncos de las hayas y nogales que crecían por allí. Vio a Bilbo sentado entre Bofur y Dwalin, ambos le golpeaban en la espalda en señal de gratitud, a juzgar por la cara de Bilbo, más fuerte de lo que pretendían. En cuanto los enanos la vieron acercarse gritaron para recibirla.

—¡Y aquí tenemos a la impresionante guerrera —dijo Bofur resaltando la femenina palabra—, que nos ha estado engañando todos estos días!

—¡Quién hubiera imaginado que aquel herrumbroso casco escondiera una belleza semejante! —añadió Balin.

Bifur también comentó algo que ella no comprendió, todos sus compañeros comenzaron a reír, así que pensó que casi prefería no haberlo entendido. Ya se estaba sintiendo un tanto avergonzada por los halagos que estaba recibiendo.

—¡Un brindis por nuestra inesperada compañera y por el mediano! ¡Pues de no ser por ellos aún seguiríamos en aquellos condenados árboles! —exclamó Óin.

—¿Un brindis con qué? Si sólo tenemos agua, y no demasiada —contestó su hermano Glóin.

—Eso podríamos arreglarlo. Mi amigo Radagast me procuró unas especias que podrían dar un suculento sabor a nuestras bebidas. No será como la refrescante cerveza enana a la que estáis acostumbrados, pero reconfortará nuestras gargantas —declaró Gandalf lanzándole un pequeño saco de polvos a Óin. Los enanos aproximaron sus jarras para convertir el agua en esa misteriosa bebida. Kíli y Fíli dejaron un hueco entre ellos y llamaron a la chica para que se sentara allí.

—Vamos a ver, por dónde empezamos… —dijo Fíli observando los cabellos de la chica en cuanto estuvo sentada entre ellos—. Creo que lo primero será igualar la longitud de toda la melena.

Fíli cogió uno de sus cuchillos y empezó a cortar las puntas de su pelo, el filo de la daga de Iriel había cortado sus cabellos como había querido, dejando cada mechón con una medida diferente. Cuando Fíli hubo acabado Iriel poseía un redondeado corte de pelo, su melena caía hasta su cuello sin llegar a rozar sus hombros.

—¡Y ahora una trenza! —dijo Kíli entusiasmado.

—No puedes ser parte de nosotros si no llevas una al menos. —Fíli le guiñó un ojo.

—¡Ey! Yo no llevo ninguna —protestó Bilbo mirando hacia ellos.

—Tú eres un caso perdido, no se puede hacer nada con ese condenado pelo rizado hobbit. —Kíli negaba con la cabeza con los brazos cruzados en señal de que no había nada que hacer.

—Ella también es hobbit… —dijo Bilbo encogiéndose de brazos.

Medio hobbit —le corrigió Iriel llena de orgullo—. Afortunadamente heredé el pelo liso de mi madre humana.

Mientras discutían Fíli estaba terminando su obra. Había entrelazado su pelo en una trenza que le servía ahora como diadema, delimitando su flequillo del resto de su melena.

—Ya está listo.

Fíli le ofreció su cuchillo para que la chica pudiera verse reflejada en la hoja. Iriel se examinó con ella a modo de espejo. Le encantaba.

—¡Guau! Muchísimas gracias, chicos —dijo abrazando a los dos hermanos. Después se giró hacia Gandalf—. ¿Qué tal me queda?

—Siempre te he conocido con tu larga melena, pero tu nuevo aspecto no te sienta nada mal. Además presiento que así estarás más cómoda.

Thorin estaba sentado junto a Gandalf, pero prefería no prestar demasiada atención a la chica, cada una de sus sonrisas le provocaba una punzante sensación a la que no estaba muy acostumbrado. Además, ahora que había pasado la tensión de la batalla, las heridas habían despertado y le quemaban a pesar del bálsamo del mago.

Aunque la tarde aún era temprana, todos los enanos dieron por hecho que aquel día nadie avanzaría hacia la Montaña Solitaria. Necesitaban un merecido descanso tras tantos contratiempos y su líder, aunque no quisiera, tenía que recuperarse de sus heridas.

Conversaron entre ellos, bromearon sobre su fuga de aquellos estúpidos trasgos y de los orcos, asegurando que Aulë bendecía su empresa, pues tanta fortuna no podía ser una casualidad. Llenaron sus barrigas de comida y de aquella extraña bebida dulzona que habían conseguido con los polvos que les había ofrecido el mago. Bilbo relataba orgulloso que él había sido el primero en descubrir el secreto de Iriel, pero aseguró que lo había descubierto gracias a su gran intuición y no al desafortunado encuentro en el estanque. También les relató cómo habían seguido a los orcos sin ser vistos. Dwalin y Bombur revolvían el pelo del hobbit alegremente, como muestra del agradecimiento y la alegría que sentían de que hubiera vuelto junto a ellos. Bofur y Nori se acercaron a los jóvenes príncipes para conversar también con su intrigante compañera. Iriel se mostraba mucho más sociable ahora que cuando se comportaba como Rhein, se sentía mucho más cómoda con su verdadera personalidad y aquellos enanos parecían aceptarla tal y como era.

Thorin conversaba con Gandalf y Balin. No mencionó que quería avanzar en la expedición pues sabía que ninguno se lo permitiría, y a decir verdad, realmente sentía que necesitaba un descanso.

—Siento interrumpir vuestro júbilo —dijo la pueril voz de Ori—, pero os recuerdo que con este banquete apenas nos quedan provisiones de alimentos hasta los próximos días.

—Bueno, tampoco es para preocuparse, mañana nos levantaremos temprano para cazar algunas bestias. Con eso será suficiente por el momento —anunció Kíli acariciando su arco.


Mientras tanto un pálido orco se refugiaba en las montañas con el resto de los guerreros que habían sobrevivido. Se acercó hasta una abrupta entrada en la pared, apartó la roca y entró allí sin bajarse de su huargo blanco junto al resto de sus seguidores. Una vez dentro, un grupo de endebles y malheridos trasgos les escoltaron por los estrechos pasillos de la montaña. Azog caminaba entre ellos con una amenazante ira contenida. Tras atravesar varios puentes corroídos llegaron hasta lo que parecía ser el centro de la ciudad. Aquel lugar tenía un aspecto deprimente. Las patéticas construcciones de los trasgos se encontraban destrozadas por la huida de los enanos. Habían sufrido numerosas bajas en cuanto a la población y los desperfectos tardarían bastante tiempo en ser reparados. Los trasgos se lamentaban por no haberlos acuchillado nada más caer en su trampa.

El seboso Gran Trasgo se encontraba lamentándose en su apestoso trono mientras ordenaba a sus súbditos que arreglaran los desperfectos. Un pequeño trasgo anunció la llegada de los invitados. El Gran Trasgo sintió un escalofrío, no le gustaba la presencia de aquel poderoso orco, pero disimuló que se alegraba de su visita.

—¿Y bien? ¿Dónde está la cabeza de aquel orgulloso enano al que tanto deseabas? No esperaba que vinieras tan rápido a entregarme la recompensa.

Azog gruñó y su huargo aulló. El Gran Trasgo dio un paso atrás presintiendo que había cometido un error. La mirada de odio del orco le reveló lo que sucedía.

—Oh… ¿Ese apestoso enano ha conseguido escapar con vida? ¿De nuevo?

Su osadía no iba a quedar impune. Azog agarró su cuello seboso y lo derribó contra el suelo. Lo arrastró hasta el precipicio. El Gran Trasgo se encontraba con medio cuerpo sobre el abismo de su morada, sintiendo cómo las tablas crujían bajo su peso.

—Disculpa mis palabras, no quise decir nada malo sobre ti. Estoy seguro de que esos enanos habrán jugado sucio, como hicieron aquí conmigo, mira el lamentable estado en que ha quedado mi reino —dijo que con una rastrera y cobarde voz, lamentándose por haberse atrevido a ofender a ese orco sanguinario.

—¿A dónde se dirigían? —bramó el orco apretando aún más sus garras sobre el cuello del trasgo. El trasgo apenas tenía espacio para hablar, su voz sonó ahogada.

—No lo sé… Ellos no… quisieron decír-melo… Aquella chica… llevaba una extraña llave… Habló… sobre un tesoro…

La mano del orco cedió un poco y arrojó al trasgo de nuevo hacia el interior de la plataforma. El Gran Trasgo tragó saliva y empezó a respirar de nuevo.

—¿Qué sabes de la chica?

El Gran Trasgo se estremeció del profundo odio que surgió de aquellas palabras, parecía odiarla incluso tanto como al rey enano.

—No mucho, iba disfrazada como un guerrero cubriendo su rostro con un casco. Intentó matarme, pero yo la golpeé con fuerza y aquel disfraz se hizo trizas —explicó orgulloso de su hazaña—. Después la chica nos mostró una llave y nos habló de un inmenso tesoro a cambio de liberar a los enanos. Después aquel maldito mago irrumpió en mi morada y los liberó a todos. No pudimos hacer nada.

Azog reflexionó acerca de la información que acababa de recibir.

Aquel lugar. Un grupo de enanos. Un tesoro.

Sus colmillos perfilaron una pérfida sonrisa. Sólo podía haber un sitio que reuniera esas condiciones. Aquella escoria estaba intentando regresar a su antiguo reino. No conseguirían cumplir su objetivo, ellos les esperarían en aquel lugar, pero esta vez irían bien preparados. Se giró hacia la patética escoria que sollozaba por su destrozado reino. Despreciaba a los trasgos con todas sus fuerzas, los consideraba unas criaturas inútiles, a decir verdad, consideraba inútiles a todas las criaturas que le rodeaban, a excepción de su hijo Bolgo y su huargo blanco, pero no le importaba rodearse de estúpidos que hicieran el trabajo sucio si así podía lograr su objetivo.

Se acercó al Gran Trasgo para proponerle un trato, aunque su voz sonaba tan amenazadora que el trasgo no creyó que existiera ni la más mínima posibilidad de negarse. Escuchó el astuto y despiadado plan del orco. Ambas razas tenían un motivo para querer asesinar a los enanos, la venganza era una buena razón para unir fuerzas. Azog dejó una cosa bien clara, la cabeza del rey y de la chica serían para él. Decapitaría a aquella infame mujer que se había atrevido a enfrentarse a ellos y había humillado a su general. La decapitaría delante de aquel rey, alimentándose de su horror y su sufrimiento y después lo mataría a él. Aunque no sería una muerte rápida, disfrutaría torturando a aquel insolente guerrero que se había atrevido a cortarle un brazo. Después de eso se adentraría en la fortaleza de Erebor, profanando sus salones al igual que había hecho en Moria. Colgaría ambas cabezas en la entrada para recordarle al mundo cuánto debían temerle.

La malvada risa del orco y del Gran Trasgo resonaron entre las entrañas de la montaña, sobrecogiendo a todas las criaturas que escucharon aquel desagradable sonido que sellaba una alianza aún más aterradora.


Los enanos decidieron que ya era hora de descansar. Ajenos a la amenaza que acababa de unir sus fuerzas para cernirse sobre ellos y que les complicaría aún más la tarea, se cubrieron con sus mantas para protegerse de la noche y se entregaron a sus sueños. Gandalf sintió un escalofrío mientras consumía los restos de su pipa, pero no dijo nada. Dwalin y Glóin se encargaban de la guardia. Bilbo se acurrucó junto al fuego y tras un profundo bostezo, anunció con su cansada voz.

—Creo que ya ha pasado lo peor.