ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenece, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 13
22 de agosto del 2001
Lexa, apoyada en la columna de piedra que sostenía la puerta de hierro forjado del lado este de Gramercy Park, contemplaba la entrada del edificio de apartamentos de Clarke. A las once y media de la mañana una elegante pelirroja con un vestido de lino azul marino, lo suficientemente corto para dejar al descubierto las esculturales pantorrillas, salió y fue hasta el bordillo. Se pasó la mano por los cabellos que le llegaban hasta los hombros con gesto indiferente y echó un vistazo a la calle, como si buscase un taxi.
-Zoe -gritó Lexa, apartándose de la columna y cruzando la calle.
Zoe Monroe miró a su alrededor, sorprendida, y sonrió con curiosidad al ver a Lexa.
-Vaya, hola, Lexa. -Su voz transmitía el calor del whisky mientras su mirada se posaba juguetona en el rostro de Lexa y luego hacía una lenta valoración de su cuerpo. Rodeó con los dedos el codo de Lexa en un gesto de desenfadado afecto-. Hacía mucho que no te veía. ¿Cómo estás?
-Bien. -La anormal ausencia de coqueteo en el tono de la pelirroja suscitó inmediatamente las sospechas de Lexa. Zoe, representante e íntima amiga de Clarke, era seductora por naturaleza y, aunque Lexa nunca le había seguido la corriente, se había acostumbrado a sus provocaciones. Su falta confirmó las sospechas de Lexa de que ocurría algo y además muy serio-. ¿Quieres acompañarme a dar un breve paseo? Después uno de mis agentes te llevará a casa.
-Sólo si me prometes que será la hermosa Indra -respondió Zoe con una de sus irresistibles sonrisas.
Lexa cabeceó encaminándose hacia el norte y sonriendo, a pesar de la inquietud que sentía por dentro.
-Indra no está de servicio. ¿Qué te parece Finn Collins?
-Por favor. No le llega a la altura de los zapatos. -Zoe suspiró con gesto sofisticado, pero en sus ojos no había la menor alegría-. No hace falta que apartes a uno de tus agentes de sus deberes, Lexa. Cogeré un taxi cuando acabemos. No me importaría que estuvieses agazapada esperando para secuestrarme, pero sospecho que no se trata sólo de un paseo.
-No -admitió Lexa-. Se trata de Clarke. Esperaba que me explicases qué ocurre. -El cambio en la expresión de Zoe apenas se notó, pero Lexa percibió su retraimiento y contuvo un brote de mal humor consecuencia de dos días de confusión y preocupación-. Llegamos a la ciudad el lunes, y no ha salido de su apartamento ni una sola vez. No la he visto, ni siquiera en las reuniones. Las ha cancelado todas.
-Seguro que habéis hablado.
-Por teléfono. -Lexa cabeceó, frustrada-. Varias veces al día, en realidad. Pero cada vez que le pido que me deje verla, me pone una disculpa.
-Ya sabes que está trabajando en los cuadros de su exposición del día ocho, ¿verdad?
-Sí, lo sé, y también sé lo absorbente que es ese trabajo. Mi madre es pintora, como casi todas sus amigas. He pasado la vida entre ellas. Pero he visto trabajar a Clarke contrarreloj antes, y nunca se había enclaustrado de esa forma-. «Nunca me había excluido.»
-¿Y no te ha dicho... nada?
-No, cuando salimos de Washington, todo parecía normal-. «Hicimos el amor casi toda la noche. Fuimos felices.» Se había preguntado infinidad de veces a qué podía obedecer un cambio tan brusco, pero sin encontrar respuesta. No habían tenido ocasión de conversar en medio del ajetreo de la organización del equipo antes del vuelo a Nueva York. Clarke estuvo callada durante el viaje, pero no habían reñido. Lexa se mesó los cabellos, maldiciéndose interiormente-. Me siento como una idiota al hablar contigo de esto. Pero hoy quiso verte, así que creí... Dios, no sé lo que creí.
-El amor nos vuelve estúpidos a todos -murmuró Zoe con una voz inusitadamente amable-. Debes recordar que Clarke y yo somos amigas desde la adolescencia. A pesar de que discutimos a menudo y todo el mundo sabe que competimos por... todo, nos queremos. Se siente segura conmigo.
La bondad de la voz de Zoe heló el corazón de Lexa. Se detuvo en seco y arrastró a Zoe bajo la marquesina de un hotel, apartándola de los peatones que caminaban por la acera. Miró a Zoe a los ojos y le pareció notar compasión en ellos.
-Ocurre algo, ¿verdad? ¿Qué es?
-Lexa. -Zoe acarició con ternura la tensa línea de la mandíbula de Lexa-. Dale un poco más de tiempo. No está acostumbrada a que la amen como tú la amas.
-La espera me está matando -confesó Lexa en tono atormentado.
-Lo sé. Y también a ella. -Zoe se acercó a Lexa y la besó en la mejilla-. Voy a coger un taxi. Tienes mi número. Llámame cuando quieras.
Lexa esperó en la acera hasta que Zoe desapareció en un taxi, y luego regresó hacia el apartamento de Clarke. Si hubiese pensado que Clarke era desconsiderada, despreciaba sus sentimientos a propósito o la ignoraba, habría insistido en verla para que le explicase qué demonios ocurría. Pero había notado las dudas en la voz de Clarke al hablar con ella, como si Clarke se esforzase por acercarse, pero no encontrase el camino. Y un sexto sentido le decía que debía ser Clarke la que rompiese el silencio. No sabía cuánto podría aguantar porque nunca en su vida se había sentido tan sola.
-¿Comandante?
-¿Qué? -ladró Lexa, sin apartar la vista de los informes que llevaba toda la tarde leyendo. Trabajo mecánico, cansado, aburrido. Cualquier cosa para pasar el tiempo.
-Acaba de llamar la señorita Griffin. Ha preguntado si está usted disponible para ir...
Lexa se levantó tan a prisa que su silla cayó hacia atrás, contra la pared.
-Gracias, agente Wright.
Dos minutos después, Lexa llamó a la puerta del loft de Clarke. La puerta se abrió casi inmediatamente, y Lexa entró. El enorme espacio, dividido sólo en un rincón para separar el dormitorio y el baño de Clarke, estaba iluminado por el resplandor dorado del sol del atardecer. Clarke, con una camiseta sin mangas y los holgados pantalones de algodón que se ponía para pintar, se hallaba a contraluz, con el rostro entre las sombras. Tal vez no fuese verdad, pero a Lexa le pareció que su amante estaba más delgada que la última vez que la había visto, dos días antes. Como no sabía si Clarke había llamado a la amante o a la jefa de seguridad, no se atrevió a tocarla.
-Hola.
-Hola -dijo Clarke con un matiz de agotamiento en la voz. Tras unos segundos de duda, se acercó a Lexa y le cogió la mano-. Gracias por venir.
-¿Qué tal te va? -preguntó Lexa con cautela. Al ver a Clarke de cerca, Lexa se fijó en las oscuras ojeras que mostraba, cuyo habitual color azul vibrante estaba empañado por la fatiga. Los dedos que entrelazaron los suyos temblaban ligeramente. Lexa alzó la barbilla de Clarke con su mano libre para mirarla a los ojos-. Estás molida.
-He estado trabajando sin parar desde que regresamos. -Clarke señaló por encima del hombro el estudio, situado al fondo del loft-. He pintado otros dos lienzos.
-¿Estás satisfecha con ellos? -Lexa se sentía como si estuviese caminando por un campo de minas en la oscuridad. Había una barrera entre ellas tan tangible como un muro de piedra, y no sabía cómo derribarla. La separación, tan real que casi podía palparla, le provocó un dolor insoportable en el pecho.
-Sí, creo que sí. -Clarke suspiró y se frotó la frente sin darse cuenta para paliar el dolor de cabeza que la estaba martirizando-. Estoy cansadísima. Si quieres, después te enseñaré lo que he hecho.
-Me encantaría. -Lexa condujo a Clarke a la zona de estar. Buena prueba de la fatiga de Clarke era el hecho de que no protestase cuando Lexa la guió hasta el sofá y se sentó junto a ella-. Estaba empezando a preocuparme. Has estado muy callada desde nuestro regreso.
Clarke apartó la vista, cosa rara en ella. Cuando habló, fijó los ojos en las manos unidas de ambas, posadas sobre el cuero del sofá.
-Te he llamado porque mañana debo ir a Washington.
Lexa torció el gesto.
-¿De qué se trata esta vez? ¿De Abigail o de alguna gala real en el Ala Oeste?
-Ninguna de las dos cosas -respondió Clarke en tono apagado-. Mañana por la tarde tengo una cita en el Walter Reed Hospital.
Lexa tardó un momento en asimilar las palabras, y luego se le heló la sangre.
-¿Por qué?
Clarke miró a Lexa.
-He encontrado un bulto en el pecho.
Un millón de voces gritaron dentro de la cabeza de Lexa. «Dios, ¿cuánto hace que lo sabes? ¿Cómo has esperado tanto para decírmelo? Esto no está pasando, a ella no, a nosotras no. Oh, Dios, cariño, ¿tienes miedo? Por Cristo, ¿cómo voy a arreglar esto?» Y por encima de todo, un ruego desesperado: «Por favor, por Dios, que no le ocurra nada». Lexa, con la garganta tan seca que las palabras le rascaron la piel cuando habló, preguntó:
-¿Cuándo? ¿Cuándo... lo encontraste?
-El lunes por la mañana... -Clarke tragó saliva, esforzándose por contener el terror. En el fondo de su mente siempre había sabido que aquello podía suceder. Tal vez que incluso era probable. Al fin y al cabo, conocía las estadísticas de memoria. Pero los números y las probabilidades eran algo muy distinto a la realidad. Se dijo a sí misma que aquella cosa que tenía dentro tal vez no fuese nada. Y aunque fuese lo que temía, estaba al tanto de todos los avances que habían experimentado los tratamientos desde el diagnóstico de su madre. Desde la muerte de su madre. Pero a pesar de lo que sabía, las experiencias forjadas en la niñez y agudizadas por la pérdida se imponían a cualquier pensamiento racional, y lo único que veía era la cara de su madre y la tristeza de su padre-. Lo noté cuando me estaba duchando.
-¿Por qué no me di cuenta? -Las palabras de Lexa eran más una recriminación contra sí misma que una pregunta. «Dios, ¿cómo no lo vi?»
-Tal vez no sea nada -dijo Clarke, procurando hablar con optimismo-. Seguramente no será nada. Pero... hay que revisarlo.
-Por supuesto. -Lexa se acercó más a Clarke y puso una mano sobre la espalda de la joven. Los muslos de ambas se rozaban y sus manos seguían entrelazadas-. ¿En qué lado?
Clarke apoyó la cabeza en el hombro de Lexa, con gesto cansado.
-En el izquierdo.
«El izquierdo. Te toqué ahí un montón de veces. ¿Por qué no pude...? ¿Por qué no lo sentí? Y si lo hubiera sentido, ¿habría cambiado algo? ¿Cambia algo ahora? ¡Oh, Dios! ¿Qué significa esto?» Lexa rozó con un beso los cabellos de Clarke y deslizó la mano por el cuello de la joven, acariciando los rígidos músculos de su columna vertebral.
-¿Puedo...? ¿Puedo tocarlo? ¿Te dolerá si lo hago?
-No -respondió Clarke con voz ronca-. No duele. -Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la mano de Lexa, contenta de sentir la fuerza de los dedos largos y tiernos de su amante. Buscó los ojos de Lexa y vio algo que no había visto nunca, algo que sabía que Lexa nunca le permitiría ver si se diera cuenta de que se notaba. Miedo. Alzó una mano y acarició la mejilla de Lexa-. No pasa nada.
Lexa volvió la cara rápidamente y besó la mano de Clarke.
-Lo sé, cariño. Lo sé.
-Siento haberte preocupado.
Lexa cabeceó.
-Tranquila. -Atrajo a Clarke hacia sí-. Ojalá me lo hubieses dicho antes... inmediatamente.
-Quería hacerlo. Lo intenté. -En la voz de Clarke había un asomo de confusión-. Pero no fui capaz de decirlo. -Negó con la cabeza. Sus dedos se aferraron a los de Lexa-. Parece absurdo, ¿verdad? No soy una ingenua. Sabía que no iba a desaparecer. Pero sólo quería volver a casa y pintar.
-¿Y si vamos al dormitorio? -Lexa se moría por abrazarla. Por abrazarla de verdad. Quería protegerla, interponerse entre Clarke y cualquier cosa que pudiese hacerle daño. Sabía hacerlo en el mundo exterior, fuera de aquella habitación. Confiaba en su capacidad para resguardar a Clarke. Pero aquello... ¿cómo podía protegerla de aquello? Nunca se había sentido tan impotente ni tan asustada, ni siquiera cuando había visto arder el coche de su padre después de la explosión, porque sabía, por mucho que se empeñase en negarlo, que lo había perdido para siempre-. Quiero abrazarte.
-Sí. ¡Dios mío, Lexa, cuánto te he echado de menos! -Lexa cogió el transmisor de radio que llevaba colgado del cinturón. -¿Reyes?
-Sí, comandante.
-Quedas al frente del equipo. No quiero que me pasen llamadas ni tampoco a la señorita Griffin por ningún motivo, a excepción de una Prioridad Uno.
-Sí, comandante -respondió Reyes.
Lexa apagó la radio, se levantó y ayudó a Clarke a ponerse en pie. Se dirigieron al dormitorio abrazadas. Al llegar junto a la cama, Lexa se despojó de la chaqueta y la pistolera. Mientras se quitaba el cinturón, dijo:
-Vamos a acostarnos.
Clarke, callada, aflojó el cordón de los pantalones de algodón y los dejó caer. Dudó un segundo antes de quitarse la camiseta por la cabeza. Se deslizó bajo las sábanas, desnuda, y esperó a que su amante se acostase a su lado. Lexa se metió bajo las sábanas y miró a Clarke.
-Enséñame dónde está.
Clarke cogió la mano de Lexa y la acercó a su pecho, apretando los dedos sobre un punto en la parte superior de la cara externa de su pecho izquierdo.
-Aquí.
Lexa deslizó los dedos con mucho cuidado sobre la piel suave de Clarke. Enseguida notó una zona del tamaño de una moneda pequeña más dura que el tejido circundante. Preguntó con voz ronca:
-¿Es eso?
-Sí.
«Parece muy pequeño. Eso no es nada, ¿verdad?» Lexa se inclinó y besó el pecho de Clarke, encima del minúsculo punto.
-Te amo, Clarke. -Se recostó y abrazó a Clarke, colocando la cabeza de la joven sobre su hombro. Aferrada a su amante, puso la mejilla sobre la cabeza de Clarke-. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
-¿Te quedas conmigo esta noche?
-Todas las noches -afirmó Lexa en tono tajante. «A la mierda el protocolo. A la mierda los medios de comunicación, el Departamento del Tesoro y la Casa Blanca. Nada me apartará de Clarke. Ni ahora ni nunca.»
Clarke percibió el temblor de Lexa y la rabia que ocultaba. Puso una pierna sobre el muslo de Lexa y se acercó, adaptándose a la curva del cuerpo de su amante. Temía que la furia se apoderase de ella.
-Siento no habértelo dicho enseguida.
-No -repuso Lexa, cerrando los ojos para reprimir las lágrimas y la ira. -Lo entiendo. No tienes por qué disculparte.
Clarke estiró la mano a ciegas y enterró los dedos entre los cabellos de Lexa, moviendo la cabeza para besarla. Al primer roce de sus labios, sintió que desaparecía el terrible peso que agobiaba su espíritu y que su alma recobraba fuerzas. Con un sollozo de alegría y agradecimiento, se abandonó a la ternura de la boca de Lexa sobre la suya. Su contacto expresaba unión, aceptación y confianza, y Clarke se sumió en la fusión de ambas hasta que el dolor dejó de torturar su corazón. Con un suspiro apoyó la mejilla en el hombro de Lexa.
-No comprendí cuánto te necesitaba hasta este momento.
-No lo olvidarás, ¿verdad? -Lexa acarició los cabellos de Clarke-. No soporto estar alejada de ti. Ni ahora ni nunca.
Clarke permaneció en silencio, asombrada de creer aquellas palabras y preguntándose por qué confiaba en que Lexa no la iba a dejar, pasase lo que pasase. «¿Acaso el amor es esto? ¿Creer sin cuestionar nada? ¿Saber sin la menor duda?»
-No pensé no decírtelo. Tampoco pensé en la posibilidad de que me fallaras. -En la voz de Clarke había un matiz de asombro-. Porque sé que me amas.
-En efecto -murmuró Lexa, enterrando el rostro entre los cabellos de Clarke para ocultar las lágrimas que no podía reprimir-. Te amo, Clarke, con toda mi alma.
