Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)

Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape y dazedme por sus comentarios.


Capítulo 13 – Halloween

El viernes por la mañana me vi incapaz de enfrentarme a Severus junto al lago, porque sabía que estaría enfadado conmigo, así que me levanté con el tiempo justo para ir a desayunar, y al entrar al comedor lancé una rápida mirada a la mesa de profesores. Como imaginaba, él me estaba mirando con expresión de suma irritación.

La última clase del día era precisamente pociones, y temía que me pidiera que me quedara después de la clase, como efectivamente hizo, pero me excusé diciendo que tenía que ir a la enfermería a cumplir mi castigo y me marché a toda prisa. Mientras zigzagueaba entre mis compañeros para salir del aula oí que Severus cerraba el libro que tenía sobre su pupitre con un fuerte golpe, sin duda molesto por mi huida.

El sábado, sin embargo, supe que no podía alargarlo más, y me presenté voluntariamente en su despacho, llamé a su puerta y me pidió que pasara con brusquedad.

Cuando alzó la vista del pergamino que estaba leyendo y vio que era yo, lo enrolló de inmediato y lo ató con un cordel para dejarlo a un lado de la mesa. Cerré la puerta y esperé a que me dijera que podía sentarme. Al fin y al cabo, en ese momento no era Severus, sino el profesor Snape.

Juntó las manos sobre la mesa, y empezó a mirárselas como si fueran algo extremadamente interesante, sus cejas fruncidas como nunca.

-Tu primera semana y ya acabas en el despacho del director – dijo.

Agaché la vista, compungida.

-Lo… lo siento.

-¿Tienes idea de cómo me hace quedar eso ante sus ojos?

-Lo siento mucho, de verdad – repetí, hecha polvo –, no pretendía perjudicarte a ti.

-¿Qué tienes en la cabeza?

-Te insultaron… salté por impulso… no pude controlarme.

-Ese es precisamente el problema.

El color inundó mis mejillas.

-No sabes lo que dijeron de ti.

-Tampoco me importa, ni debería importarte a ti.

Le miré, súbitamente indignada.

-¡Claro que me importa! ¿Cómo quieres que no…?

-Escucha, Julia – masculló, levantándose de golpe y acercándose a mí a grandes zancadas –. Lo que digan los demás no es algo que podamos controlar. Lo que sí está bajo nuestro control son nuestros actos, y tú tienes que aprender a dominar tu carácter.

-Pero es que…

-No me des excusas, dame hechos. Cuando compruebe que de verdad eres capaz de ejercer el autocontrol, sabré que haces caso de lo que te digo.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

-Ayer no viniste a tu clase de natación.

-Tenía miedo de que me regañaras.

-No sabía que eras una cobarde.

Le miré, dolida.

-Tampoco te quedaste después de la clase de Pociones como te pedí.

No respondí.

-Había pensado que quizás te apetecería pasar esta tarde conmigo charlando o leyendo un libro, como hacíamos en casa, pero veo que no tienes ganas de estar a mi lado, ya que ayer no dejaste de evitarme en todo el día, así que será mejor que te vayas.

-Pero… ¡claro que quiero pasar la tarde contigo, Severus!

-He dicho que ya te puedes ir.

Me quedé mirándole, desconsolada.

-Pero… – insistí.

Él me dirigió una mirada asesina y no tuve fuerzas de decir nada más. Abrí la puerta, pero antes de salir me giré y pregunté:

-¿Podemos vernos mañana? – Mis ojos estaban cargados de una muda súplica, pero él negó con la cabeza, inconmovible.

-¿El lunes seguiremos con la clase de natación?

-Si te presentas a ella…

-Claro que iré – afirmé, pero él resopló y arqueó las cejas en señal de desconfianza, y salí de allí muy abatida.

Me prometí a mí misma que me portaría bien para no dejarle en mal lugar a él delante de Dumbledore. Me dije que me controlaría aunque escuchara a los alumnos hablar mal de él, e incluso intentaría comportarme con Filch para que nadie pudiera tener queja alguna de mí.

Por suerte, tras la accidentada primera semana, las que siguieron fueron bastante tranquilas. Tampoco tenía que esforzarme demasiado en las clases, porque lo que estaban enseñando en ese primer trimestre eran cosas que ya había dado en mis lecciones particulares con Severus, y especialmente en Pociones los ejercicios me resultaban tan sencillos como sumar dos más dos.

Me seguía resultando complicado no saltar cuando escuchaba que alguien se metía con Severus, cosa que ocurría con bastante frecuencia, por desgracia, así que busqué la manera de resarcirme sin que nadie se diera cuenta: me aprendí algunos hechizos y durante las clases, cuando nadie me veía, le lanzaba uno al imprudente que había hecho el comentario contra él, provocando que el trabajo que estaba haciendo le saliera mal, o que se le cayera todo al suelo, o que quedara en ridículo de alguna manera ante el resto de la clase, y así me vengaba sin tener que pelearme con nadie y sin llamar la atención sobre mí.

Mis horas de castigo en la enfermería, por otro lado, me resultaron bastante entretenidas, ayudaba a Madame Pomfrey a curar las heridas más leves, y mantenía ordenados los frascos, vendas y utensilios varios que utilizaba para sus curas. Me hizo gracia comprobar que todas las botellitas de pociones estaban escritas con la pulcra letra de Severus.

La enfermera y yo charlábamos bastante, ella se acordaba todavía de cuando había estado allí dos años atrás, pero, por suerte, no me preguntó nada sobre la mujer a la que hacía compañía. Me enseñó algo de primeros auxilios y cómo aplicar las pociones curativas más básicas, cosa que me resultó muy interesante.

Sin embargo, el primer mes pasó y con él acabaron mis horas de castigo, y después acabó el segundo mes y se acercó la fiesta de Halloween. Yo nunca la había celebrado, y me sorprendió la excitación que reinaba entre los alumnos y los profesores, pero es que en aquella época por esas fechas se solía celebrar un baile de disfraces en la escuela, aunque no era necesario que el disfraz tuviera relación con Halloween y cada uno podía ir vestido como quisiera, cosa que a todos les parecía estupendo.

Mis progresos en el campo de hacer amistades no eran muy espectaculares. Evelyn no me hablaba y mis otras dos compañeras de cuarto no me caían muy bien, así que los únicos a los que podía considerar amigos eran Tonks y Charlie, lo que resultaba complicado, teniendo en cuenta que no iba a las mismas clases que ellos. Intenté esforzarme más, hablando con la gente en la sala común, o echando unas partidas de ajedrez mágico con mis compañeros, a pesar de que era un juego que me aburría sobremanera. Precisamente estaba jugando una partida cuando mi contrincante, una chica castaña con el pelo muy rizado y abundante, me preguntó de qué me iba a disfrazar para la fiesta. La miré muy sorprendida, porque ni me lo había planteado siquiera.

-¿Y tú de qué vas a ir? – Pregunté, para evitar dar una respuesta.

-Me voy a disfrazar de Lady Ginebra. Ya tengo el traje y todo, les ha costado muy caro a mis padres porque me lo han confeccionado a medida.

Casi no escuchaba lo que decía, porque estaba intentando pensar qué iba a hacer yo. A la hora de la cena, busqué a Tonks entre los alumnos de su casa, pero no la vi. Fui a sentarme a mi mesa, pero entonces entró ella por la puerta principal, me vio, me saludó con la mano con una sonrisa y tropezó con sus propios pies, cayendo al suelo aparatosamente. Me acerqué a ella corriendo y la ayudé a levantarse.

-¿Ves? Te dije que era propensa a los accidentes – dijo, sin perder la sonrisa.

La llevé del brazo a una esquina de la mesa de mi casa sin fijarme en lo que hacía.

-Ah, bueno, vale, si insistes, comeré contigo, sí, encantada… – dijo, con ironía.

-Oh, perdona, no me he dado cuenta… – respondí, azorada – es que quería preguntarte si querías sentarte conmigo.

-Creo que ya te he contestado antes de que me preguntaras – contestó alegremente.

De modo que nos sentamos juntas y le pregunté sin rodeos:

-¿Tú vas a ir a la fiesta de Halloween?

-Pues claro, todos vamos, ¿no?

-¿Y de qué te vas a disfrazar?

-Bueno, eso nunca ha sido un problema para mí, ¿verdad? – Dijo, transformando su cara en la de un águila – Me convertiré en cualquier cosa, y quizá en más de una a lo largo de la noche – la cabeza de águila se convirtió en la de un tigre.

-Oh, claro – musité, sintiéndome estúpida por no haber caído antes.

-¿Y tú?

-No lo sé todavía – murmuré, pero acababa de ocurrírseme una idea.

Después de comer me dirigí inmediatamente a la biblioteca y no tardé en encontrar lo que quería. Tomé las notas necesarias y me fui a buscar a la señora Norris por los pasillos.

-Ven aquí, saco de pulgas – llamé cuando vi sus malignos ojos aparecer por una esquina.

A pesar de que me encantaban los gatos tenía que reconocer que la señora Norris era un pequeño demonio con pelo y bigotes, el animal era mezquino y cruel como su amo, así que le arranqué sin muchas contemplaciones unos pelos del lomo que exhibía erizado ante mí, y me bufó con ojos relampagueantes de odio. En ese momento apareció su sombra, el odioso conserje, que me preguntó con expresión suspicaz qué estaba haciendo.

-Nada, sólo quería ver de cerca a esta preciosidad – dije, señalando al gato, y me di la vuelta antes de darle tiempo a replicar.

Durante la siguiente clase de pociones cogí dos calderos. En uno, elaboré la poción que tocaba ese día, y en el otro seguí las instrucciones que había copiado de la biblioteca.

Severus no se fijó en lo que estaba haciendo, como era habitual. Como solía hacer las pociones bien sin necesitar ayuda ni causar efectos indeseados en los preparados, había dejado de prestarme atención durante la clase para vigilar más de cerca a los alumnos más "peligrosos", y aproveché esta circunstancia para elaborar la poción que habría de solucionarme el problema de Halloween. Corté y mezclé los ingredientes, los eché al caldero en el orden debido, y empecé a remover el líquido.

-¿Qué haces? – Me susurró Tonks – ¿Tanto te interesa esta poción sacamuelas que estás fabricando dos?

-No, no es eso. Estoy haciendo la poción de transformación controlada momentánea.

-¿Y eso qué es?

-Mi disfraz para Halloween – respondí, sonriente.

Tonks puso cara de extrañeza.

-No he visto esa poción en el libro de texto.

-Eso es porque no está, la he sacado de la biblioteca, del tomo de "Pociones avanzadas".

-¡Vaya! ¿Y crees que sabrás hacerla?

La miré desconcertada, ni se me había pasado por la cabeza que podía no salirme bien.

-Espero que sí… – contesté, vacilante.

Antes de que Severus diera la clase por concluida, vertí la poción transformadora en un frasco, vacié el contenido del caldero y lo guardé para borrar toda evidencia de lo que había hecho. Como siempre, Severus lanzó una rápida ojeada a la poción que nos había ordenado hacer, murmuró "Muy bien, Severii" y se fue a inspeccionar otro caldero.

Al día siguiente, un viernes, se iba a celebrar la fiesta en el Gran Comedor. Las clases de la tarde se habían suspendido, así que me bebí de una sola vez el contenido del frasco, y lancé los hechizos complementarios que debía conjurar, siguiendo las instrucciones. Esperé delante del espejo para ver los resultados y enseguida noté que algo andaba mal. En vez de aparecerme un hocico de gato, mi nariz se alargó y se ensanchó desmesuradamente, como si fuera una berenjena, pero en vez de ser de color negro, era de color marrón. Toda yo, era de color marrón. El blanco de mis ojos se volvió amarillo canario, y en las manos y en los pies las uñas se hicieron muy largas y afiladas; a causa de esto se me rompieron los zapatos y tuve que andar descalza.

Estaba horrorizada y no sabía qué hacer. No me atrevía a pasearme por los pasillos con esa pinta, así que decidí presentarme a través de la red flu en el despacho de Severus. Bajé a la sala común envuelta en mi capa, aunque por suerte no había nadie, todos estaban arreglándose para la fiesta. Cogí un poco de polvos flu, me metí en la chimenea y dije alto y claro:

-El despacho del profesor Snape.

Enseguida aparecí allí, tosiendo y sacudiéndome el hollín mientras salía de la chimenea, y un muy sorprendido Severus me miró con el ceño fruncido.

-¿Qué diablos…?

Me bajé la capucha y me quité la capa, y el hombre se quedó boquiabierto.

-Pero Julia… ¿qué has hecho?

Era evidente que estaba luchando por no reírse, y le miré irritada. Le expliqué que mi intención era disfrazarme de gato, y que había intentado elaborar una poción transformadora pero que algo había salido mal.

-A ver, ¿me estás diciendo que has intentado hacer una poción avanzada tú sola?

Asentí.

-Julia, por Merlín, ¡estás en primer curso! Todavía no has pasado los exámenes del primer trimestre, ¿no crees que eres un poco ambiciosa?

Dicho así me pareció que había cometido una tremenda estupidez.

-Creí que podría hacerla.

-Eso creíste, ¿eh? Si hubieras conseguido hacerla bien a la primera no me hubiera quedado otra opción que considerarte un genio, ¿sabes? ¿En qué estabas pensando? Las pociones avanzadas son peligrosas si no se hacen bien, te has comportado como una estúpida y una imprudente, y has tenido suerte de que no haya pasado algo más grave.

Aguanté el chaparrón y le pregunté si podía ayudarme.

-Claro que puedo ayudarte – dijo, altivo –, pero tendrás que acompañarme al aula de pociones.

-¿Podemos ir por la red flu?

-Por supuesto que no. Y por cierto, ¿quién te ha dado permiso para entrar en mi despacho a través de la chimenea?

-Eh… consideré que era una emergencia…

-Ya, lo que consideraste es que no querías que te vieran por los pasillos con esa facha – me corrigió.

-Eso también.

-¿Desde cuando utilizas la red flu?

-Es la primera vez.

Se escandalizó.

-¿No sabes que si te equivocas puedes ir a parar a cualquier parte? Haz el favor de no experimentar con cosas que no te corresponde por edad. Venga, vamos al aula de pociones.

Me puse la capa y me tapé con la capucha de nuevo, por suerte el aula estaba bastante cerca de su despacho y no nos encontramos con nadie en el pasillo.

Nada más llegar, Severus se puso a elaborar una poción para contrarrestar el desastre que había provocado. Le alcancé los ingredientes que me iba pidiendo, como solíamos hacer en su estudio, y me entró una extraña añoranza.

-Es como cuando estamos en casa – murmuré.

-¿Qué dices?

-Nada, nada...

-Por cierto, ¿cuándo has elaborado esa maravillosa poción tuya?

Me removí un poco en mi sitio, nerviosa.

-Ayer, durante la clase.

Lo había dicho en voz tan baja que no me oyó y me lo hizo repetir. Se cruzó de brazos y me miró con gesto severo.

-Así que en clase… ¿hiciste dos pociones a la vez?

Asentí. Me pareció que por un momento se había sentido impresionado, pero duró sólo un segundo y enseguida mudó de expresión.

-Bueno, no es que la segunda te saliera muy bien, ¿verdad?

Torcí el gesto en una mueca. Severus ya había acabado de elaborar la poción que me había de devolver a mi estado normal y ahora sólo faltaba dejar que hirviera sin remover unos minutos, que aproveché para preguntarle de qué iba a disfrazarse él. El hombre resopló.

-¿Acaso piensas que voy a ir a esa estúpida fiesta de Halloween? No hay nada más hipócrita que una fiesta de disfraces. La gente se pasa el año odiándose por ser como son y en vez de hacer algo al respecto, lo que hacen es disfrazarse una vez al año y fingir que son lo que no son.

-Pero al director le gusta Halloween – dije.

-A ese viejo loco le gusta cualquier cosa que justifique una fiesta. Ya sea Halloween o el Día de los Caramelos de Sabores.

Le pregunté si podía quedarme con él en vez de ir a la fiesta, ya que tampoco tenía mucho interés en ella, sobre todo si él no iba a ir. Me miró evaluadoramente y dijo:

-Tú deberías asistir, no has ido nunca a una fiesta de Halloween, te lo pasarás bien.

-Sí, me lo pasaré de maravilla en una fiesta de disfraces sin amigos y sin disfraz. Prefiero estar contigo, si no te importa.

-Está bien, como quieras – dijo, encogiéndose de hombros – pero pensaba que considerabas a Tonks y a Weasley tus amigos.

-Lo son, pero ellos irán con los de su casa, no me gusta entrometerme.

Se sentó en el borde de una de las mesas y cruzó los brazos.

-¿Algún otro amigo a la vista?

-Me temo que no – dije, negando al mismo tiempo con la cabeza –. Bueno, a veces juego al ajedrez mágico con Caroline, que es de mi clase, pero… es que no sabe jugar a otra cosa, y a mí no me gusta el ajedrez mágico.

-¿Si no te gusta porqué juegas con ella a eso?

-¿Y cómo quieres que me relacione con la gente, entonces? A la mayoría de los chicos de la clase no se les puede hablar de otra cosa que no sea el Quidditch, la mitad de las chicas son estúpidas, y la otra mitad… pues, no acabamos de congeniar…

Severus suspiró.

-En realidad… – dijo en voz baja – en realidad te entiendo, ¿sabes? Tengo que confesar que me cuesta presionarte para que hagas amigos, me siento hipócrita obligándote a ello, teniendo en cuenta las dificultades que yo mismo he tenido en ese campo. Pero Albus está empeñado…

Fruncí el ceño. El director. El director siempre estaba detrás de todos mis problemas.

-Ese hombre sólo hace que ponerme la vida más difícil – me quejé.

-¡Julia! – Protestó, enfadado – No puedo permitir que hables así de Dumbledore. ¿Qué tienes contra él, en realidad?

No contesté, no tenía nada en particular contra él, era sólo que el anciano me incomodaba por alguna razón que no podía siquiera comprender.

Severus comprobó el tiempo que había pasado y retiró el caldero del fuego. Esperamos a que se enfriara la poción y me tomé un vaso lleno de ella. Los efectos de mi desastre desaparecieron enseguida y pude respirar tranquila.

Quedé con Severus en reunirme con él para pasar la fiesta juntos en cuanto fuera a mi cuarto a buscar unos zapatos, y así lo hicimos. Al llegar a su habitación le pregunté qué era lo que había hecho mal al elaborar la poción transformadora y me dio su hipótesis de los hechos, entonces me dijo que pronto empezaría a preparar los exámenes trimestrales, pero que no tenía dudas de que me iría muy bien en ellos, y después nos pusimos a hablar de varias cosas. Estuvimos charlando durante mucho rato y pasaron las horas sin que nos diéramos cuenta, hasta que llegó un momento en que noté que empezaban a pesarme los párpados, y me costaba mantener los ojos abiertos.

-¡Por Merlín! ¿Sabes qué hora es? – Exclamó Severus.

Negué con la cabeza, casi sin fuerzas para hablar.

-Son las dos de la madrugada, venga, tienes que irte a dormir.

-¿Las dos? Con razón estoy cansada… menos mal que mañana es sábado – murmuré, dirigiéndome a la puerta, arrastrando los pies.

-Julia, creo que por esta vez será mejor que vayas por la chimenea, si Filch te encuentra por los pasillos a estas horas, se pondrá muy contento de poder llevarte ante la presencia del director.

Asentí con desgana y me metí en la chimenea, pero se me olvidó coger los polvos, cuando me giré, me encontré con la mano de Severus alargada hacia mí, con un puñado de polvos flu en ella.

-Toma, cabeza de chorlito, ¿cómo pretendes que funcione si no tiras esto?

-Es que tengo sueño, sé un poco compasivo conmigo – me quejé, mientras cogía los polvos que me tendía el hombre.

Él chasqueó la lengua mientras yo tiraba lo que tenía en la mano y decía:

-La sala común Ravenclaw.

Me caía de sueño, me arrastré hasta mi cama y me hundí en ella sin taparme siquiera con la manta.

Al día siguiente, como cada fin de semana, me presenté en el despacho de Severus para pasar el día juntos. Llamé a la puerta y me dijo que entrara, pero cuando lo hice vi que no estaba solo. Albus Dumbledore estaba sentado enfrente de él, y me miraba con interés.

-Vaya, precisamente estábamos hablando de ti, jovencita – dijo a través de su eterna sonrisa.

Eso me dio mala espina y miré a Severus, que mantenía una expresión inescrutable.

-Siéntate – me pidió.

Consideré mis opciones: allí no podía sentarme en la silla donde estaba Severus porque no cabíamos los dos, no era como la butaca de casa; y porque además era su despacho y no resultaba muy apropiado, así que no me quedaba más remedio que dirigirme a la silla que estaba al lado del anciano. Antes de sentarme, sin embargo, intenté un último recurso.

-Si molesto, puedo venir más tarde…

-No hará falta – intervino el director.

Intenté disimular mi fastidio y me senté. Nadie dijo nada por un largo par de minutos, hasta que al final, Dumbledore habló:

-Le estaba comentando al profesor Snape que me pareció curioso no verte ayer en la fiesta, Julia.

"Ya estamos", pensé.

-Eh… tuve un percance con mi disfraz, y preferí no ir para no hacer el ridículo.

-Un percance, ¿eh?

Hice una mueca y asentí.

-Bueno, pero estoy seguro de que eso tenía fácil solución…

-No se crea…

Severus me dirigió una mirada de advertencia, "compórtate", quería decir.

-Bueno, es que… se me ocurrió una cosa pero no funcionó, y no tenía un disfraz alternativo que ponerme, así que pensé que total nadie iba a echarme en falta…

Severus empezó a repiquetear en la mesa con la punta de los dedos.

-Quiero decir que, bueno, mis amigos también podían pasárselo bien con los otros amigos que tienen ellos… sin mí.

Dumbledore me miraba con mucha atención.

-Entonces… – dijo con voz pausada – ¿tienes muchos amigos?

-Eeehhh… sí, claro, está Tonks, está Charlie… está… Evelyn, aunque nuestra amistad se ha enfriado un poquitín últimamente… – carraspeé – también está Caroline… y, y bueno, a veces hablo también con las otras dos chicas con las que comparto habitación, Esther y Mary Anne…

El anciano asentía despacio, con los ojos entrecerrados. Me sentí muy incómoda.

-¿Y tenéis planeado hacer algo este fin de semana, tus… amigos y tú?

-¿Este fin de semana? Eh… no exactamente.

-Pero pasarás el rato con ellos, me imagino.

Miré a Severus, acorralada, pero él permanecía impasible.

-Su… supongo que sí.

Volvió a asentir despacio.

-Es curioso, porque justo antes de que entraras le estaba diciendo a Severus que me extrañaba no verte normalmente durante los fines de semana… y tampoco a él, de hecho.

Severus se removió un poco en su silla y yo me pasé una mano nerviosa por la frente, pero entonces Dumbledore se echó a reír.

-Julia, te veo un poco intranquila, parece que me tengas miedo. No tienes por qué temer nada de mí, jovencita, sólo me preocupo por tu futuro. Sé que vosotros dos habéis pasado muchos años juntos, y que no estás acostumbrada a estar rodeada de tanta gente, pero creo sinceramente que no es bueno que os encerréis el uno en el otro, y que debes esforzarte por hacer cosas con tus compañeros de clase. Te estás perdiendo muchísimas cosas…

-¡Pero si ya me esfuerzo! – Protesté – No hago otra cosa que esforzarme, pero no es tan fácil… Evelyn… Evelyn es una pesada, no podía aguantarla, me asfixiaba. Caroline está bien, pero le encanta jugar al ajedrez mágico y a mi me aburre soberanamente. Y Esther y Mary Anne son unas idiotas redomadas…

-¿Y Tonks y Charlie Weasley?

-Ellos… ellos me caen muy bien, pero no estamos en las mismas casas.

-Eso no tiene importancia. Tampoco tiene importancia la cantidad de amigos que hagas, sino la calidad de los que tengas, y para que la calidad sea buena, tienes que dedicarles tiempo…

Quería protestar, pero el anciano me lo impidió.

-Te seré sincero, no me gustó que no fueras a la fiesta de Halloween. Según creo nunca has ido a ninguna. Una niña de tu edad debería interesarse por estas cosas, debería disfrutar de las fiestas.

Se detuvo unos instantes para dejar que calaran sus palabras, y después prosiguió.

-Y tampoco me gusta que pases el fin de semana entero con Severus como única compañía.

Apreté los puños y esperé el veredicto.

-Así que espero que de ahora en adelante dediques más horas de tu tiempo a cultivar tus amistades.

-Sí, señor, como usted diga – dije, levantándome de la silla con brusquedad –. ¿Puedo irme ya?

El anciano asintió en silencio y salí rápidamente de allí, malhumorada.