Descargo de propiedad: Hetalia le pertenece a Himaruya.

Advertencia: Escenas sexuales leves.

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JUEGOS DE SEDUCCIÓN

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CAP XIII: Arrepentimientos

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"No sé qué se apoderó de mi mente en el momento que acepté apoyarlo en su estúpido plan" pensó Alemania, consternado. Tiró la cabeza hacia atrás, recargándose un poco más en el sillón y apretando en un puño su teléfono móvil. Todo había resultado peor que mal. No sólo había tenido que escuchar la interminable diatriba de un colérico Vincent —quién se había encargado de producirle una jaqueca terrible—, sino que además había recibido la encantadora visita de Los Estados Unidos. El chiquillo se había presentado en su residencia de Berlín vestido con la ropa de Gilbert. Ludwig lo supo reconocer al instante porque la fina camisa color concho de vino con detalles en negro que llevó puesta era una de las favoritas de su hermano, le combinaba con los ojos carmín y era increíblemente suave al tacto. Él mismo lo había comprobado en más de una oportunidad.

Su hermano era un comprador compulsivo de ropa, pero Alemania recordaba con especial claridad el día que había adquirido esa camisa. Gilbert se la había probado en su dormitorio y luego se encaminó a la sala para pedirle su opinión, hasta ahí todo bien, el problema estaba en que la camisa era lo único que cubría su cuerpo de la completa desnudez. Los primeros cuatro botones iban sueltos exhibiendo los pectorales de músculos definidos, y la elegante prenda no ayudaba en nada a proteger las piernas esbeltas de su escrutinio lujurioso. Ludwig había absorbido la vista con una desesperación similar a la que experimenta un trotamundos al beber agua después de una extenuante travesía por el desierto. Aquella noche tuvieron sexo frente a los fuegos anaranjados de la chimenea, inauguraron el tapete y el alemán percibió por primera vez la textura de la mentada camisa. Jones no lucía ni la mitad de bien que Gilbert con esa misma ropa. Prusia era seducción pura. La manzana más roja, brillante y perfecta que cayó desde lo alto de la copa de un árbol directo a sus manos.

Y Ludwig extrañaba tanto tener esa manzana entre sus manos. Como hermano Gilbert era molestoso y sobreprotector, como amante era posesivo y asfixiante; pero aun así siempre lo había tenido cerca. Prusia había evitado ausentarse durante periodos largos de tiempo, y las veces que tuvo que alejarse de él mantuvo una comunicación constante, sea por cartas en el pasado, o por llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos en el presente. Iba a perder la cordura sino recibía noticias de su querido hermano.

Su labrador retriever subió las patas sobre sus muslos y le lamió una mano, Ludwig lo acarició detrás de las orejas y sonrió. Sus mascotas debían echar de menos a su hermano casi tanto como él. Gilbert era en muchos aspectos un niño, y mientras Alemania se encargaba de alimentar a los perros, limpiar sus excrementos y sacarlos a pasear al parque, Este optaba por rodar con ellos en el piso, enseñarles trucos, jugar con la pelota, ladrarles y fingir conversaciones que podían durar horas. Su presencia no solo le alegraba la vida a él, sino también a sus cachorros. Fue un idiota al pensar que Gilbert tomaría a bien su compromiso con Bélgica, o que los celos lo harían regresar, desde que su nueva alianza se hizo pública hace tres días no sabía nada de él.

Acarició una última vez la cabeza de Berlitz, intentando armarse de valor para realizar la llamada que debió hacer incluso antes de su anuncio en televisión. Rogaba porque esta vez Gilbert le respondiera. Disminuyó la presión que su mano ejercía sobre el celular y discó el número que conocía de memoria, timbró una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Cortó la comunicación y lo intentó nuevamente. Otra vez y una más. El seco y aburrido 'Hola Alemania' que provino del otro lado de la línea bastó para anegarlo con una tranquilidad que no sentía en meses.

Gilbert —suspiró el nombre de su hermano con incredulidad, y entonces carraspeó para aclararse la garganta—. Estos últimos días estuve intentando contactar contigo —informó con una vacilación en la voz que para un desconocido probablemente pasaría desapercibida, pero que Prusia detectó al instante. Alemania prestó atención a la respuesta previsiblemente escueta, que por un motivo ajeno a su entendimiento lo llenó de una inexplicable alegría, provocada tal vez por los muchos días sin oír aquel marcado acento alemán que era tan diferente al suyo, sin oír aquella voz gruesa y musical que le erizaba los vellos del cuerpo—. Oh entiendo, sí.

Se quedó escuchando el parloteo fatuo de su hermano por el simple placer de escucharlo, mientras mantenía una sonrisa en todo momento. Lamentablemente tenía que interrumpirlo, de lo contrario la comunicación terminaría antes de que él pudiera pedirle una reunión, y no sabía cuándo volvería a encontrar las agallas para llamarlo.

Yo quisiera conversar un par de temas contigo… Y me preguntaba si podríamos vernos hoy. —Su solicitud sonaba extraña incluso para él mismo, así que cuando Gilbert accedió al encuentro tuvo que reprimir un suspiro de alivio. Quería verlo, necesitaba verlo, ¡iba a verlo!—. ¿A las seis te parece bien? —manifestó sin ocultar el regocijo en su entonación, apresurándose en proponer horas para no darle tiempo a cambiar de opinión. Mientras atendía a la respuesta de su hermano, Alemania controlaba su nerviosismo mordiendo la uña de su pulgar. Una vieja manía que no superaba por completo.

Perfecto, nos vemos Este.

Gilbert cortó la comunicación y Ludwig respiró hondo. Hubiera preferido que se reunieran en su casa de Berlín, sin embargo no podía darse el lujo de proponerlo siquiera. Debía agradecer el simple hecho de que su hermano le consintiera una cita, poco importaba cual fuera el lugar de encuentro, después de todo era él quien había estropeado su relación romántica, y si no hacía nada al respecto, entonces también echaría a perder su relación fraternal. Liarse con Kirkland para desencantar a la joven nación norteamericana, siendo que éste no tenía una remota idea de la complejidad de sus sentimientos por Gilbert, había sido una locura. Más que eso, había sido una completa imbecilidad. La firma del tratado de cooperación con Bélgica era un tema que llevaba un mes en agenda, la chica le había insistido y él, que buen novio no era, no pudo negarse. El artero plan de Inglaterra había consistido en convencer a Países Bajos de visitar a Gilbert en su apartamento, dando por sentado que aquello terminaría en una mezcla de sexo y alcohol incentivada por la rabia que su hermano sentiría a causa de la presentación mundial de Emma como su mano derecha, una vez coordinadas y confirmadas las horas con Holanda, Kirkland llamaría a Jones para persuadirlo de viajar a Alemania, aludiendo preocupación por el estado de salud de su hermano —sólo alguien tan tonto como Estados Unidos podría creer que Inglaterra se preocuparía sinceramente por Prusia. Encontraría a Países Bajos con su novio y el desengaño lo haría terminar su relación. La mera insinuación de su hermano mayor rompiendo en ira por burda envidia y el empujarlo a los brazos de Holanda le produjo nauseas, y pese a ello aceptó ayudar a Kirkland. Pero ya no más, a partir de ese momento haría las cosas a su manera.

Y lo primero que haría sería sentarse frente a Gilbert, hacerle el amor, besarlo y disculparse. O tal vez en diferente orden.

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Los Estados Unidos había regresado a su país apenas el día anterior en la mañana y para el momento ya se encontraba extrañando la compañía de su novio. De acuerdo, el hombre no era su novio-novio y tampoco era como si lo extrañara tanto-tanto. Alfred F. Jones había decidido que lo suyo se trataba de nostalgia. Convivir con Gilbert tenía varios beneficios: Comidas compartidas, un cuerpo caliente al que acurrucarse en las noches, un rival competente en los videojuegos, excelente cocinero (al menos lo era para sus estándares), besos robados, películas con palomitas de maíz y mantequilla, cigarrillos de canela antes de dormir, caminatas largas a primera hora de la mañana, viajes en motocicleta, buen sexo…

Prusia dejó en claro que ellos no deberían acostumbrarse a ser compañeros sexuales, aunque eso no fue impedimento para que la noche siguiente repitieran la experiencia. Con muchas diferencias, claro está. En esa tercera y última vez el germano había regresado a su papel de activo, no había permitido bajo ninguna circunstancia que Alfred se imponga y había optado por un sexo duro, a diferencia de la primera vez, cuando le demostró una paciencia infinita, consultó por su aprobación ante cada avance y le susurró al oído en un esfuerzo por distraerlo del dolor. Si bien basándose únicamente en el placer sexual, Jones debía reconocer que prefería el lado agresivo de Gilbert, aquel que poseía una energía inagotable.

Cerró los ojos y reprodujo lo vivido en su cabeza, en un reflejo involuntario apretó los muslos y gimió suavemente. Retiró el ordenador fuera de su regazo y lo depositó sobre la mesa de noche ubicada al lado izquierdo de la cama, resbaló una mano bajo su pantalón holgado y acarició su entrepierna, que empezó a reaccionar ante el direccionamiento de sus pensamientos. América tragó saliva y tiró hacia atrás el torso, el cochón mullido recibió con amabilidad a su espalda y en tanto el hombre se debatía en continuar o no con su autocomplacencia el sonido del timbre llegó hasta la recamara.

El estadounidense sacó la mano de sus pantalones rápido, se encaminó al baño de su dormitorio para lavarse las manos y enseguida corrió a abrir la puerta de ingreso, las mejillas y las orejas teñidas de un rojo encendido. Alfred destrabó la puerta de su casa y recibió a su invitado con rezagos de vergüenza y agitación en su expresión facial. Fue en ese estado alterado que los ojos verde esmeralda de Arthur lo observaron.

Buenos días Alfred —lo saludó Inglaterra, que vestía uno de sus típicos trajes informales. Pantalón caqui acompañado de una camisa monocroma, en ocasiones el conjunto era complementado con un chaleco a juego. Esta no era una de esas ocasiones.

La boca del muchacho se abrió, y se cerró, y se abrió nuevamente. Sin lograr pronunciar palabra. Los Estados Unidos parecía un pez fuera del agua. Superada la conmoción se hizo a un lado para permitir la entrada de su otrora colonizador.

Arthy —nombróAlfred con incredulidad—. ¿Qué haces aquí? —preguntó, su voz no disimulaba la curiosidad que sentía. No había recibido ninguna notificación informando de aquella visita, y después de la escena que protagonizaron en la última conferencia mundial de Francia, lo menos que esperaba era una visita sorpresa. La evocación vaga de los labios rosas del inglés presionados contra los suyos y las ideas crueles que lo habían asaltado durante el beso, fueron motivo suficiente para que Estados Unidos recuperara su autocontrol.

El caballero inglés le sonrió afable.

Definitivamente esos modales no los has aprendido de mí —puntualizó Kirkland mientras se abría camino por el pasillo en dirección al estar. Se apoltronó en el sillón individual, cruzó las largas piernas y reposó las manos sobre el muslo.

No quise ser grosero, es solo… sorpresivo —reveló Jones, cerró la puerta y continuó hablando—: No te esperaba.

Recompuesto de su excitación y su estupor, el norteamericano acompañó a su visitante en la sala. Él prefirió sentarse al medio del mueble de tres asientos, inclinado ligeramente en dirección a Kirkland, de tal forma que pudieran platicar con comodidad.

En realidad llamé hace un par de días, pero me informaron que estabas en Alemania. —Inglaterra hizo una pausa y sonrió con desdén mal encubierto—. Cuidando de tu novio —agregó en voz jocosa.

Mi novio es absolutamente capaz de cuidarse solo —replicó Alfred enfurruñado. Los músculos de los hombros y el cuello se le tensaron. El muchacho permanecía tieso en su sitio, inquieto al presumir que aquello no sería sino el inicio de las indirectas.

Por eso corriste a Alemania apenas te enteraste del anuncio que hizo su representante.

Jones suspiró. El gesto llevaba más de agotamiento que de exacerbación.

Arthur, que te parece si dejamos a Prusia fuera de la conversación —propuso Los Estados Unidos con una sonrisa cansina. Sabía que Inglaterra utilizaría su habilidad en la oratoria para atacar a Gilbert de una u otra manera, y Alfred no deseaba pelear con su tutor, como tampoco deseaba oír insultos a diestra y siniestra en contra de su amigo. Arthur era una persona querida, por mucho sufrimiento que sus rechazos le supusieran en el pasado… y en el presente. Por respeto al cariño que le profesaba, lo correcto era restringir los temas de diálogo antes de que fuera demasiado tarde y su temperamento traicionero tomara lo mejor de sí.

Querrás decir a Gilbert —rebatió rápidamente el británico.

P.R.U.S.I.A —deletreó el americano, quien empezaba a perder su característico buen humor. Se le notaba en la voz y en la fiereza predadora de la mirada.

Como gustes —accedió Kirkland en un tono cortés y frío como el invierno.

Bien —asintió Alfred. Relajó su postura y corrió una mano por los cabellos cobrizos, acomodó sus gafas sobre el puente de su nariz y miró fijo a la nación de mayor edad—. ¿Te gustaría una taza de té? —le ofreció después de un minuto de tenso silencio. El chico estaba poniéndose en pie con intención de caminar a la cocina, cuando la respuesta le llegó rápida, inapelable y sorpresiva:

No gracias —indicó Inglaterra—. Hablemos de nosotros. —Descruzó sus piernas y se inclinó hacia adelante. Sus ojos verdes eran indescifrables.

¿De nosotros? —La cuestión salió de la boca de Jones antes de que éste tuviera tiempo siquiera de pensar en lo que iba a decir. Retornó a su posición en el sofá despacio y entrecerró los ojos turquesa. ¿Cuáles eran las pretensiones de Inglaterra? En esos momentos, Alfred habría entregado su colección de historietas a cambio de la compañía de Beilschmidt, al prusiano le sentaba maravillosamente bien adivinar los pensamientos de la gente, él en cambio, era un chiquillo impresionable.

Así es —corroboró Kirkland, para gran desconcierto del estadounidense—. Para comenzar te pido disculpas por el lamentable incidente en la sala de conferencias, no estaba en mi potestad obligarte a oír lo que no deseabas oír, ni mucho menos besarte. Mi error. —Llevó una mano al pecho en señal de arrepentimiento y se detuvo—. Aunque por otra parte, la experiencia me aclaró las ideas…

Las dudas de Jones no habían hecho más que aumentar conforme escuchaba el discurso, y al parecer Arthur supo reconocer la interrogación en su mirada. El inglés se levantó de su asiento y se ubicó a su lado, cubrió la mano que yacía sobre su rodilla con una de las propias y le habló con ese acento suyo, tan pausado y agradable:

No quiero perderte Alfred.

El nombrado se le quedó mirando, un tanto extrañado. Se aclaró la garganta.

Y no me has perdido Arthur —le aseguró Alfred—. Sabes que no puedo mantenerme enojado por mucho tiempo, lo que pasó en Francia es asunto cerrado, despreocúpate. Sin embargo agradezco y valoro tu disculpa.

Eso no lo dudo… Pero me refería a otra cosa. —La mano que descansaba encima de la suya le dio un apretón amistoso, el norteamericano alzó el mentón para cruzar la mirada con la de Inglaterra—. No tolero verte con Gilbert. Pensé que estaba siendo sobreprotector, y lo soy, pero analizando mis actos en retrospectiva encuentro algo más… Te quiero conmigo.

Los ojos se le abrieron como platos. Significaba… ¿Significaba realmente lo que estaba imaginando?

Era el momento por el que había estado esperando toda una vida. Era lo que había deseado más que nada en el mundo. Era el motivo por el cual había iniciado una relación con Gilbert Beilschmidt. Luego de tanto tiempo en vilo, llegado el tiempo Alfred no tenía una maldita idea de qué hacer.

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Alemania ubicó la dirección que le envío Gilbert por correo cinco minutos antes de que dieran las seis de la tarde, estacionó su Mercedes-Benz en la berma, delante de un edificio tradicional de siete pisos de alto. La calle parecía tranquila, aunque estaba cerca a la plaza de París, que daba frente a la puerta de Brandeburgo. No le asombraba la elección, su hermano amaba los lugares céntricos de Berlín, con bulla, movimiento, y sobre todo, mucha gente.

Bajó del auto, aseguró las puertas con el dispositivo que cargaba junto a la llave e ingresó al conjunto de apartamentos. La apariencia externa del edificio era de uno antiguo, muy parecido a todos los que lo rodeaban, si bien por dentro era como cualquier construcción moderna. Prusia le había confiado el número de su habitación, por lo que Ludwig pasó de largo el hall de recepción.

¿Señor, a qué departamento se dirige? —La voz fuerte del guardián lo detuvo, el rubio giró sobre los talones y le respondió con voz gruesa:

Doscientos uno. Busco a Gilbert Beilschmidt.

El hombre mayor de cabello castaño revisó los datos en un cuaderno que tenía cerca.

Muy bien, adelante por favor. —Le sonrió, y él asintió con cortesía, siguió el camino que iba hacia las escaleras. Subió el piso que le hacía falta por la escalera de madera lustrada, creyendo innecesario usar el ascensor para un tramo tan corto, avanzó por el corredor y leyó los números apostados en las puertas, en pocos minutos encontró aquel que buscaba. Tocó tres veces y esperó por una respuesta.

Su hermano no tardó en aparecer por la puerta, con su cabello despeinado y clarísimo, y su piel suave y todavía más clarísima. Prusia le mostró sus dientes blancos en una sonrisa marrullera, y mantuvo su posición de centinela, interrumpiendo la entrada. La mirada de un color entre carmesí y bermellón le sonreía también. Alemania correspondió el gesto lo mejor que pudo y se consintió el atrevimiento de recorrer la figura de Gilbert con ojos hambrientos. La ropa informal siempre le lucía excelente. Vestía un jersey blanco de algodón simple que se le adaptaba a la silueta, una casaca de cuero marrón, unos pantalones vaqueros y zapatillas.

Hola Gilbert —saludó Ludwig una vez finalizado su escrutinio, sus pómulos con un muy ligero tono rosa. No estaba seguro de si sería buena idea besarlo… Alemania Este se adelantó a desaparecer sus hesitaciones cuando se inclinó levemente y le depositó un beso suave cerca a la comisura de la boca.

"Eres cruel hermano" pensó con una leve sonrisa.

Pasa Lutz. Mi casa, tu casa… Tu dinero, mi dinero. —Le guiñó y se hizo a un costado.

Sobre todo lo segundo eh… —le dijo Alemania con una risa entre dientes—. Me hubiera gustado que vayas a casa —le confesó Oeste mientras ingresaba al apartamento y tomaba asiento en uno de los extravagantes sillones de su hermano. Uno enorme forrado de terciopelo color rojo.

A mí también —manifestó Gilbert, la nación europea no detectó rastros de sarcasmo en su voz—. Hubiera sido genial jugar un rato con mis pequeños amigos, pero Alfred estuvo unos pocos días por aquí y el lugar apestaba a comida chatarra. Si no hacía algo al respecto hoy iba a volverme loco.

La representación de Alemania se limitó a hacer una mueca y a fruncir el ceño, su hermano amplió la eterna sonrisa astuta, al parecer hacer rabiar al menor era una actividad de lo más divertida. Anduvo hasta ingresar a su campo de visión.

¿Quieres un café? Tengo suficiente para dos tazas en la cafetera —invitó Prusia.

Seguro, uno estaría bien.

Vuelvo enseguida.

Desapareció por una puerta batiente pintada en blanco. Al salón le llegaba el sonido de la porcelana y el metal al chocar entre sí y el olor penetrante del café pasado. Su hermano no demoró en aparecer a través de la puerta, esta vez trayendo consigo una fuente de aluminio que cargaba dos tazas chicas y una azucarera. Depositó su carga con cuidado sobre la mesa de centro y se sentó a su lado.

Gracias. —Ludwig tomó la taza más cercana y le echó un cubito de azúcar.

Y bien hermanito —empezó Gilbert, azucaró su café con tres cubitos y entonces sujetó la taza por el aza—, soy todo oídos.

Yo quería disculparme-

¡Vaya, esto es nuevo! —le interrumpió—. Definitivamente merece mi atención. —Prusia cruzó las piernas y apoyó el mentón en el dorso de la mano. Ludwig hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco, respiró profundo y pensó su oración.

Lamento no haberte informado acerca del tratado con Bélgica en persona. Fue muy maleducado de mi parte —se disculpó Alemania.

¿Maleducado? —La carcajada de Gilbert no traía nada de diversión en ella—. Interesante elección de adjetivo hermano, quizá me case con Alfred en un mes, olvidé invitarte y luego de un par de días aparezca en tu casa para disculparme por ser un maleducado.

No es un matrimonio —replicó Ludwig con rapidez.

¡Y una mierda! Aun así es más reconocimiento del que me has dado a mí en años.

Ella no es importante —le garantizó, desesperado. Se le iban acabando las ideas.

¡Si tan poco importa, entonces abandónala! —gruñó Prusia furibundo—. Creí que había dejado en claro mi condición aquella vez en el hotel de Washington. Con Emma en medio de la ecuación el tú y yo no existe Ludwig —concluyó con voz firme. Los ojos carmesí destellaban rabiosos brillos violetas, las manos le temblaban y se afirmaban a la tela del mueble.

Alemania Oeste entrecerró los ojos cerúleos un segundo y los abrió de nuevo, pasó una mano por su cabello engominado y luego sujetó ambos flancos de la cara de Gilbert, sus pulgares le acariciaban la piel cálida de las mejillas. Ludwig se acercó tentativamente, poco a poco, hasta juntar ambas frentes.

No. No te enojes Gilbert… Te extraño —le susurró sobre los labios rojos.

Yo también te extraño Lutz —aceptó Gilbert a regañadientes, pero esa fue la única respuesta que Ludwig necesitó oír.

Juntó las narices y un segundo más tarde juntó las bocas. Una de sus grandes manos de dedos largos se deslizó a la nuca de Gilbert y la otra se le metió bajo la camiseta blanca, sus labios se movían lento y succionaban de vez en vez mientras el tacto del pecho era sólido y caliente. Ludwig no pudo evitar la tentación de retorcer una tetilla rosada entre su índice y pulgar, la boca de su hermano se abrió en un gemido silencioso y él le introdujo la lengua hasta la garganta.

Hnnnn. —Se le escapó un gemido largo.

¡Oh, Gilbert era tan maravilloso! Había extrañado el sabor inconfundible de sus besos. Su entrepierna despertó al interior de su pantalón, toda la sangre aglomerándose a ritmo vertiginosos en torno a su ingle. Empujó de a pocos el cuerpo de Gilbert con el suyo y finalmente terminó tendido encima de él, presionándolo contra el sofá, sintió sus erecciones rozándose y cómo las manos de Gilbert se unieron al ruedo, ambas tirando de su cabello y acariciando su piel. Le levantó el jersey de un solo jalón hasta las axilas, abandonó los dulces labios de su hermano para ocupar su lengua en atender a los pezones que sobresalían en el pecho blanco y musculoso.

No, no puedo… No puedo hacerle esto a Alfred —jadeó Prusia, le dio un tirón fuerte a los cabellos cortos de Ludwig para apartarlo de su pecho.

No lo amas. —No era una pregunta. Sus gélidas pupilas lo penetraban con intensidad, una sonrisa apareció en sus labios y volvió a inclinarse hacia Gilbert. En esta ocasión no consiguió besarlo.

Prusia se apartó de un solo movimiento, brusco y ágil, arregló sus ropas y se le quedó mirando. Lucía alterado. Confundido. Arrepentido… Ludwig creía que lo mejor era no concentrarse en aquellos ojos bermellón. En más de una oportunidad los había contemplado por horas en su intento por descubrir qué escondían. Suspiró y descansó unos minutos para regularizar su respiración.

Los Estados Unidos fue a buscarme en Berlín —abordó Ludwig, su tono era todo seriedad pero su excitación era latente—. Me exigió que me aleje de ti. El chico ha perdido la cabeza. Él no tiene idea, no entiende lo complicado que es esto, lo difícil que es manejar estos sentimientos —completó con una pizca de resentimiento.

Lo subestimas. —Prusia saltó en defensa del chiquillo de inmediato, porque sabía que el escenario romántico de Jones era similar al suyo, y por lo tanto debía de comprender bien los sentimientos que Ludwig tachaba de inmorales—. Alfred no es ningún crío idiota, o tal vez lo sea, pero en los sentidos más adorables que te puedas imaginar.

Me cuesta creer que le contaras acerca de lo nuestro —le reprochó Oeste, quién parecía no haber prestado atención a sus palabras anteriores. Su postura denotaba cierta decepción.

Lo siento —articuló Gilbert con dificultad—. Tienes que irte.

No quiero irme.

Por favor…

Gilbert suplicó sin mirar a su hermano a los ojos, simplemente oyó los pasos alejándose y el sonido de la puerta al cerrarse. En el silencio de la solitaria estancia las palabras de Ludwig resonaban, distantes pero audibles. Aturdido, sacó el celular de su chaqueta y tecleó un mensaje corto y contundente, que expresaba su confusión en palabras y con cuya respuesta esperaba aclarar algunas dudas:

"Alfred, ¿estás enamorado de mí?"

Continuará

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Notas de la autora:

Bien, esto se va acercando a su fin. Soy un poco mala calculando pero no creo que pase de tres capítulos más (igual nunca imaginé que llegaría a los 13 capítulos, ¡dios!)

Cuéntenme qué le pareció el capítulo y cómo va la historia hasta ahora. Toda sugerencia es bien recibida.