¡Hola queridos Terrafofans!
Otra semana más y dosis nueva de ANNEXo de Realidad. Cuando empezamos a publicar este proyecto en fanfiction dijimos que llevábamos en torno a 30 y algo capítulos escritos, pues nos alegra comunicaros que justo esta semana ya hemos llegado al capítulo 40 y seguimos teniendo cuerda para rato. Nos hace mucha gracia porque como ya habéis podido comprobar ciertas peticiones que nos hacéis ya están escritas desde hace meses ¡y nos encanta que pase eso!. El capítulo de hoy es el primero de los que llevamos hasta ahora narrado desde el punto de vista de una de las chicas, nuestra querida y amada Michelle, así que aquellos que tengáis ganas de saber qué opina ella de Akari puede que tengáis respuesta en este capítulo...o no :-P
Y aquí viene lo que llevamos una serie de capítulos anunciando, ya hemos llegado a los 500 views y estamos muy emocionadas (de hecho el lunes subieron muchísimos de golpe ¿alguien nos ha recomendado en algún sitio? si es así ¡gracias!). Como agradecimiento y dado que una de nosotras dibuja, nos gustaría hacer un dibujo evidentemente relacionado con el AU, pero no sabemos exactamente el qué. Por eso os preguntamos ¿hay algo en particular que os gustaría ver, u os gustaría ver dibujada alguna escena concreta de alguno de los capítulos? Esperaremos respuestas durante una semana y para el capítulo del miércoles que viene decidiremos ^^.
Y ahora vamos con los reviews
Jess: ¡Muchas gracias Jess! A Thien se le menciona en la historia en algún momento pero en principio no tenemos planes para meterlo ¡lo sentimos! Espero que aun así sigas leyendo y te siga gustando ^^ ¡un besazo para ti!
Guest: Ayyy para la próxima pon un nombre que así nos podemos dirigir a ti más personalmente ¡nos gusta conocer a nuestros lectores!. Nos ha hecho mucha mucha ilusión tu review ¡muchísimas gracias! Y con respecto a Joseph y Akari, tiempo al tiempo, que no tardarán mucho en conocerse y ya veremos si llegan a llevarse bien o no ;)
- Título: Kitties are a girl's best friend
- Autora: Eme sylvestris
- Palabras: 8393
- Personajes: Michelle, Joseph, Eva, Adolf, Akari
¡Gracias a todos!
Para más información al respecto podéis consultar nuestro tumblr: cockroacheswetdreams
KITTIES ARE A GIRL'S BEST FRIEND
Llevaba un rato despierta y tirada en la cama. Aún no había sonado su alarma, pero salvo excepciones, su reloj biológico solía hacer que se despertase unos quince minutos antes de que el molesto "pi,pi,pi" empezase a resonar por su habitación en penumbras. Cuando no se encargaba de ello su ritmo circadiano, su fiel compañera peluda hacía el esfuerzo desvelarla de su sueño. De hecho ahí estaba, haciendo crujir la madera al caminar, saltando a la cama de forma casi imperceptible para el oído humano y caminando entre las mantas hasta llegar a su cara y olisquearla. Cuando el resto fallaba, el frío de la nariz y las cosquillas de los bigotes de su gata se ocupaban de avisarla de que era hora de levantarse.
Le pasó un brazo por encima al animal y se acurrucó con ella, no había mejor forma para Michelle que empezar la mañana con el ronroneo de Influenza, así que aprovechó los minutos de tregua que le dio el despertador para apoyarle la cabeza en la barriga. Cuando la alarma saltó alargó el brazo hasta su mesilla dando un manotazo al aparato, y se deshizo del ovillo de sábanas y mantas en el que se había arropado por la noche. Tras rascar detrás de las orejas a la gata metió los pies en sus zapatillas de estar por casa, se puso las gafas que tenía en la mesilla, y se levantó de la cama.
Abrió las cortinas para aprovechar la escasa luz natural que entraba por su ventana a esa hora. Era muy temprano, de hecho el Sol sólo estaba empezando a asomarse por el horizonte, pero su rutina diaria requería madrugar, y pese a que solía ser criatura nocturna pues era cuando mejor se concentraba, en realidad podía sobrevivir durmiendo muy pocas horas al día. Con la gata siguiéndola se metió en el baño a lavarse la cara y llevar a cabo sus necesidades fisiológicas, dado que vivía sola nunca cerraba las puertas de las habitaciones en las que entraba, hecho que aprovechaba Influenza para ir y venir cuando le apetecía. Entró a la cocina y encendió el interruptor de la lámpara del techo, que parpadeó unas cuantas veces antes de iluminar la estancia con una brillante luz blanca. Rellenó el comedero de la gata, que maulló un par de veces en cuanto la vio acercarse al mueble donde guardaba su pienso y sus latas de comida fresca, y tras comprobar que tenía la arena limpia se dispuso a preparar su desayuno.
Siempre desayunaba en dos partes, una pequeña parte antes de entrar en movimiento para recuperarse de la noche de sueño y activar el metabolismo, y lo más contundente un rato después, tras completar la tabla de ejercicios que llevaba a cabo cada mañana. Se acercó al enorme frutero lleno de naranjas que tenía en la encimera y cogió un par, dándole a oler una a la gata, que se acercó curiosa a ella pero que bufó y le dio con la pata a la fruta para salir corriendo a continuación. Las exprimió y se hizo un zumo, que se bebió casi al instante, y dejó el vaso que había usado en el fregadero con un poco de agua, ya lo limpiaría cuando se tomase el resto.
Tras dejar preparado lo que comería más tarde, volvió a su habitación y se cambió el pijama por unas mayas y un top deportivo, se recogió la corta melena en una coleta y dejó las gafas de nuevo en la mesilla, por el momento estarían más seguras ahí. Hizo unos cuantos estiramientos y unas series de abdominales y flexiones para calentar, se puso sus auriculares y enganchó su pequeño reproductor de música al tirante del top con ayuda de la pinza que traía, preparándose para el verdadero ejercicio con Judas Priest resonando en sus oídos. El piso era pequeño, pero para vivir ella sola no necesitaba mucho más. Pese a que el salón no era especialmente espacioso, se había apañado para poder colgar del techo un saco de boxeo entre el sofá y el escritorio que utilizaba para trabajar. Le encantaba el deporte, tal y como podía verse en la prensa deportiva extendida en la mesita de café junto al sofá, o en los banderines de sus equipos favoritos de diferentes disciplinas deportivas que adornaban la pared. Practicó la media hora a la que estaba acostumbrada y tras hacer algún estiramiento más se secó el sudor de la cara con la toalla que utilizaba para ese fin y se metió en la ducha. Se había quedado con ganas de más, boxear la ayudaba a relajarse, despejar la mente y afrontar el día con buen humor. Principalmente porque en muchas ocasiones le ponía al saco la cara de las personas que le habían sacado de quicio el día anterior, como Shokichi con su cucaracha que resultó no serlo, y así llegaba a la universidad con su ira homicida contenida en unos límites de se aproximaban a la normalidad.
Se envolvió en su albornoz antes de salir del plato de ducha. Los días fríos aún no habían llegado, pero estaba acostumbrada a ducharse con el agua a una temperatura especialmente alta y el contraste con el exterior le ponía la piel de gallina. La prenda había sido un regalo de Joseph, que se lo había dado alegando que esperaba verla con él puesto cuanto antes. Había estado a punto de no aceptarlo por ello, pero el chico se puso muy pesado y acabó quedándoselo, además debía reconocer que había acertado con su gusto, y lo que resultaba algo perturbador, también con su talla. Era de un tejido particularmente suave, con una capucha con orejas de gato y un motivo de huellitas rosas estampado en la tela de color gris claro. Le encantaba pero no dejaría que nunca nadie la viese con el puesto. Jamás. En su vida. Ni borracha. Y menos aún Joseph.
Tras secarse las piernas y los pies con una toalla se dirigió de nuevo a la cocina, y empezó a preparar las cosas para su segundo desayuno. En el microondas metió la taza con agua y un poco de leche para calentarlas y así poderse hacer un té, encendió la plancha que iba a utilizar para pasar vuelta y vuelta un filete de pollo; y metió dos rebanadas de pan de molde en la tostadora. Mientras la plancha se calentaba y el microondas terminaba, decidió aprovechar el tiempo e irse a vestir. Siempre seleccionaba la noche anterior lo que iba a ponerse al día siguiente, para no tener que pensarlo por la mañana. Solía preferir la ropa cómoda por lo que, aunque le encantaban los vestidos bonitos y los zapatos de tacón infinito, en su armario predominaban las camisetas y vestidos de algodón, los pantalones, y los tacones de no más de 6 centímetros.
Cuando oyó el pitido del microondas fue de nuevo a la cocina y metió en la taza el infusor con el té negro con vainilla al cual era casi adicta. Le encantaba combinarlo con leche y canela, y aunque cuando hacía calor solía preferir tomar bebidas frías, en cuanto empezaba a apretar el fresco era común verla con su mezcla de té negro metida en un termo allá a donde fuese. Dejó la infusión haciéndose mientras cocinaba el pollo, sazonado con un poco de sal y ajo en polvo, y en cuanto estaba en el punto de cocción que a ella le gustaba lo metió entre las dos rebanadas de pan tostado acompañado por una loncha de queso y empezó a devorarlo. Debía reconocer que le encantaba comer y no era muy exigente con ello. Además, le bastaba cualquier cosa que le llenase el estómago así que no le hacía ascos a nada.
Ante el olor de la comida recién hecha, la gata volvió a hacer acto de presencia por la cocina, maullando lastimosamente y poniéndose sobre sus patas traseras, moviendo las patas delanteras y mirando fijamente su sándwich.
- No te voy a dar, tienes tu comida- le explicó señalándole el comedero lleno con la mano.
La respuesta de Influenza fue maullar más fuerte e intentar empezar a treparle por el pantalón. Michelle chascó la lengua pero cogió un trozo de pollo y se lo dio en la boca al felino, que se dio por satisfecha y se fue al salón a hacerse un ovillo en el sofá. Ella por su parte acabó en un par de bocados lo que le quedaba y mientras esperaba a que el té se enfriase un poco sacó de uno de los armarios de la cocina una lata llena de galletas de cacao, puso un puñado en un plato y junto con una servilleta y la taza aún humeante fue al salón, acomodándose en el sofá junto al animal. Mientras mordisqueaba una galleta aprovechó para revisar su teléfono móvil, y tal y como esperaba los mensajes más recientes que tenía eran los de Shokichi sobre la fiesta de Halloween y un par de mensajes de Joseph invitándola a cenar, no se había dignado a contestar a ninguno de los dos. No le gustaban especialmente los teléfonos móviles, comprendía su utilidad y el entretenimiento que podía suponer para algunos, pero a ella los nuevos teléfonos siempre conectados la hacían sentirse vigilada constantemente. Y eso no le gustaba un pelo. Además era mujer de pocas palabras y menos amigos, no porque tuviese especiales problemas para socializar, simplemente no tenía tiempo para ello, así que a excepción de sus compañeros en la universidad y sus padres, no utilizaba el teléfono para hablar con mucha más gente.
Echó al té un par de cucharadas de azúcar del recipiente que siempre tenía encima de la mesita del salón y encendió la televisión, apareciendo en pantalla uno de los canales que veía más a menudo junto con los de deportes, el dedicado a documentales. Mientras disfrutaba de los frondosos bosques boreales y de los hermosos linces que en ellos moraban, rascaba distraídamente a su gata a la vez que terminaba de desayunar. Cuando terminó miro el reloj de su muñeca para comprobar la hora, si estaba lista en 10 minutos podría ir hasta la universidad andando. Vivía bastante lejos, a unos 40 minutos a pie y en torno a 20-25 en autobús, dependiendo del tráfico, pero siempre que podía prefería ir andando. Le gustaba aprovechar el camino para despejar la cabeza y de paso hacer algo de ejercicio, además vivía en un bonito barrio y la ruta más corta hacia el campus atravesaba un par de parques, por lo que el paisaje era bastante agradable.
Fregó la loza que había utilizado para desayunar, se lavó los dientes, se peinó y se puso una sudadera encima de la camiseta de manga corta que llevaba. Por las mañanas empezaba a hacer fresco y si luego le daba calor la dejaría en el despacho y así no tenía que cargar con ella. Fue hacia la silla de su escritorio, que era donde dejaba su mochila cuando no la estaba usando, y guardó en ella un par de barritas de cereales, un puñado de cacahuetes y unas galletas. No era raro que le entrase hambre a lo largo del día, así que siempre le gustaba llevar comida encima por si le apetecía picar algo, y siempre era más sano y sobretodo barato llevar algo de casa que no comprarlo en la máquina de la facultad. Para comer se tomaría lo que quiera que hubiese en el menú de la cafetería, esa tarde al volver le tocaba hacer la compra porque tenía la nevera bajo mínimos así que, aunque no le hacía especial gracia, aprovecharía los recursos de la universidad para saciar su hambre ese mediodía. Echó la vista al horario que tenía colgado del corcho de la pared (y del cual tenía una copia en su agenda) para asegurarse de que llevaba todo lo que necesitaba para el día, y sus ojos se cruzaron con la nota, ya un poco arrugada en una esquina, en la que se leía:
"Gracias por lo de ayer. Sé que no es mucho pero me dijiste que sólo querías un café, te he estado buscando y no estabas en tu despacho. Espero que no esté muy frío cuando lo encuentres.
Akari"
Llevaba un mes pinchada con una chincheta en su corcho y no sabía muy bien porqué lo había hecho, pero ahora no era capaz de tirarla. El gesto del chaval la había enternecido, o quizás simplemente fuese que tras haber pasado el día entero huyendo de Joseph cualquier cosa que no estuviese relacionada con él le parecía maravillosa, también había que tener en cuenta que era su primer año dando clase y las acciones amables por parte de los alumnos la halagaban….¿a quién pretendía engañar? ¿A sí misma? ¿a su gata, que se lamía una pata tirada en el sofá? Cuando lo conoció estampándose contra una farola le hizo gracia, y verdaderamente se preocupó, se dio un golpe muy fuerte y en cierto modo se sentía culpable porque se lo había dado a cuenta de quedarse mirando su culo. Le pareció un poco tontorrón, amable y muy inocente, pero mientras le revisaba las heridas no pensaba en él más que como en un estudiante de intercambio desorientado y que no se enteraba de mucho. Y al día siguiente le llevó el café y le picó la curiosidad. Y conforme pasaban los días y le veía en clase, hablaba con él consiguiendo que el chico fuese poco a poco perdiendo parte de su vergüenza y mostrándose más natural con ella, más le llamaba la atención. Pese a su juventud e inexperiencia de vez en cuando le decía cosas que le hacía reflexionar durante horas de su propia vida, su preocupación por el bienestar de los demás la conmovía y la forma disciplinada en la que practicaba jiu-jitsu conseguía que, sin darse cuenta, clavase su mirada en él cuando se encontraban en el gimnasio. No es que le gustase, el chaval era guapo, eso no lo podía negar, pero la atracción que sentía hacia él era más curiosidad que otra cosa…por lo menos por el momento.
Agitó la cabeza mientras cerraba la mochila, como queriendo sacarse de la cabeza pensamientos que no deberían estar ahí. Tras despedirse de Influenza rascándole la barriga y echarse las llaves de casa al bolsillo, cerró la puerta y, obviando el ascensor, bajó por las escaleras los tres pisos que la separaban del portal. Vivía en un buen barrio, de clase media y bastante cerca de la zona más pija de la ciudad, por lo que los vecinos se beneficiaban del lavado de cara que hacían a las zonas de alrededor de cara a las apariencias y las calles estaban limpias, llenas de cafeterías y comercios cucos y con buenos servicios de alimentación y transporte. Pasó junto a la parada del autobús en la cual esperaba los días que decidía viajar en él, y al otro lado de la calle, pudo ver su destartalado coche rojo que utilizaba en contadas ocasiones. No le gustaba conducir, pero al irse al empezar el doctorado su padre le dejó el viejo automóvil que llevaba años guardado en el garaje de su ciudad natal para ella por si le venía bien. Hasta el momento sólo lo había usado al mudarse y un par de veces más cuando había ido a comprar algún mueble para decorar su casa, sino siempre caminaba o utilizaba el transporte público.
Agradeció el aire fresco que le revolvió el pelo y la hizo encogerse un poco, no le gustaba el calor y llevaba mucho esperando a que llegase el otoño, pero pese a que ya lo hubiera hecho en lo que a fechas se refiere, las tardes todavía seguían siendo demasiado calurosas para su gusto. Entró en el primero de los parques que debía cruzar, estaba prácticamente vacío a excepción de un par de corredores, unos paseantes de perros y las aves del estanque. Le gustaba, era pequeño y tranquilo, y al haber parque más grandes y espectaculares en otras zonas de alrededor, éste solía estar bastante vacío, lo cual era algo que una persona poco amante de las multitudes como ella, agradecía. Una vez lo hubo cruzado y el ruido de los coches volvió a hacerse patente, sacó su reproductor de música del bolsillo y se dejó llevar con las melodías que en él almacenaba. No era una persona especialmente campestre, pero prefería las guitarras de Metallica a los motores y martillos neumáticos.
Cuando empezó a hacer ese camino todos los días, pese a estar ya acostumbrada a andar, se le hacía eterno. Pero una vez se había acostumbrado le parecía corto, le gustaba usar diferentes puntos de referencia para hacer una idea de si iba bien de tiempo o no, y la distancia entre ellos cada vez le parecía menor. En cuanto divisó el campus a lo lejos aflojó el paso, aún era pronto y cuando antes llegase antes se encontraría con Joseph, y no tenía gana ninguna. Además esa mañana habían quedado para repasar los resultados de las últimas semanas así que le tocaría armarse de paciencia, intentar torearle lo mejor posible y centrar la atención en su tesis cada vez que intentase irse salirse del tema. Le molestaba, mucho, estaba trabajando con un genio, con el que había sido reconocido como mejor joven científico a nivel mundial cuando sólo tenía 22 años, experto en el área en la cual ella se quería especializar, con multitud de contactos y poder sobre todo tipo de empresas e instituciones de ámbito público y privado… pero narcisista, ególatra y encaprichado con ella de una manera tan infantil y obsesiva que toda la admiración que podía llegar a sentir por él se transformaba en grima. Llevaba detrás de ella desde que había entrado en la Universidad, pese a que tenían la misma edad él ya había terminado su formación como biólogo cuando ella estaba en primer curso de Medicina, y desde entonces le había hecho la vida imposible. Sí, le había abierto muchas puertas a nivel académico y profesional que ella siempre había rechazado pues prefería obtener las cosas fruto de su propio esfuerzo, pero había perjudicado bastante sus ya de por sí pobres relaciones sociales.
Le había llegado a pedir matrimonio una vez, pero por fortuna para ella consiguió evadirle ya que en el momento en el que él esperaba la respuesta recibió una llamada y excusándose en que era importante la contestó y huyó. Si volviese a preguntarle no sabría qué decirle más allá de que se pudriese en el infierno, pero no le parecía la respuesta más adecuada para un hombre que, al fin y al cabo, la veneraba y haría lo que fuera por ella. Por eso temía cada encuentro con él, todas sus alarmas se disparaban a la espera de poder defenderse en caso de que se diera una nueva propuesta de matrimonio, y ese día no era menos, así que conforme se acercaba a la universidad más a flor de piel tenía los nervios.
Mientras ensayaba posibles respuestas en su cabeza, cruzó la entrada al campus y se dirigió a la Facultad de Medicina. Su casa en la universidad estaba entre esa facultad, que era donde tenía su despacho y su ordenador, y la de Ciencias del deporte, que era donde impartía la mayor parte de sus clases y donde desarrollaba gran parte de los trabajos para su tesis, relacionada con los beneficios del ejercicio físico en el organismo.
Al cruzar el aparcamiento vio con alivio que ninguno de los maravillosos vehículos de Joseph estaba aparcado, no obstante sí estaba el coche de Adolf que, como ella, prefería llegar pronto. Subió las escaleras hasta su departamento y entró topándose tan sólo con dos de sus compañeros a los que saludó antes de abrir la puerta de su despacho.
- Buenos días- saludó a otro de los doctorandos, el único además de ella que ya había llegado. De hecho solían llegar más o menos a la misma hora ya que ambos eran bastante madrugadores.
- ¡Hola!- saludó levantando la cabeza de su ordenador, que se estaba encendiendo- Por cierto….- canturreó haciéndose el interesante. Michelle lo miró amenazante, no tenía ganas de tonterías desde tan pronto- Ayer justo después de que te fueras tuviste visita.
- ¿Joseph?- preguntó imaginándose lo peor, si fue a verla y no estaba hoy le resultaría imposible quitárselo de encima.
- No, no. Más joven, guapo, japonés….- se detuvo un momento dedicándole una mirada guasona a la rubia, que tenía ganas de sacarle las cuerdas vocales por la nariz- …con pinta de buscar unas clases particulares de anatomía…no sé si me entiendes
- …
- Ooooh vamos no seas así, es una broma- al ver el cabreo de Michelle intentó arreglarlo pero la forma brusca en la que dejó la mochila en la mesa, haciendo vibrar todo lo que había en ella le hizo carraspear y adoptar una actitud más seria- te estaba buscando pero se fue cuando le dijimos que no estabas, no sabemos qué querría.
Se sentó y se llevó las manos a las sienes, pobre chaval. Ayer Shokichi la había cabreado mucho y cuando Akari se interesó por el problema al volver del despacho del rector, le había gritado sin más explicaciones. Probablemente estaría comiéndose la cabeza con que había hecho o dicho algo que la molestó, tenía luego clase con él así que aprovecharía para disculparse, era lo menos que se merecía. Resoplando, sacó de la mochila lo que iba a necesitar y encendió el ordenador, en menos de una hora había quedado con Joseph para revisar resultados y quería comprobar por enésima vez que todo estaba en orden antes de hacerle la correspondiente visita a su despacho. Conforme fueron pasando los minutos el resto de los trabajadores del departamento fue llegando, y la entrada triunfal de su director de tesis no pasó desapercibida para nadie, y menos aún para ella, a la cual recordó con un guiño y una sonrisa perfecta que habían quedado a las 8:30.
El tiempo pasó más rápido de lo que le hubiera gustado, y casi sin darse cuenta estaba plantada delante de la puerta del despacho de Joseph, golpeando la madera con los nudillos. Esperó a oír la cantarina voz del hombre cediéndole el paso, y cuando lo hizo cogió aire y giró el pomo, pero nada la preparó para lo que se encontró dentro al cruzar la puerta.
- ¿Por qué demonios no llevas camiseta?- preguntó arrugando la nariz y con una voz capaz de cortar el hielo sin soltar aun el pomo, por si tenía que salir corriendo de allí.
- ¡Oh, Michelle!- saludó Joseph, sentado en el borde de su mesa y ataviado únicamente con sus pantalones negros y sus botas- Supongo que es un poco inadecuado por mi parte presentarme ante una mujer con tan provocativa apariencia- le guiñó un ojo y la rubia dio un respingo al sentir una oleada mezcla entre grima y pánico recorrer su cuerpo.
- No, eh, de verdad que me da lo mismo lo que hagas- dio un paso hacia atrás al verlo moverse y se colocó las gafas- En serio.
- ¡No seas tímida! Pasa y siéntate- le indicó una silla mostrando una radiante sonrisa- Entiendo que mis feromonas pueden incomodarte pero…
- ¡Que no!- le cortó acercándose al asiento con desgana y acomodándose en él todo lo que la atenta mirada y la cercanía de Joseph le permitía- Tengo cosas que hacer luego, así que… ¿si no te importa?
Por suerte no necesitó concretar más la pregunta para que el hombre la entendiese y, por fin, empezase a revisar sus resultados. Puede que intentase conquistarla cada vez que se cruzaba con ella y que se distrajese con facilidad, pero tenía un alto sentido del deber en lo que a su trabajo se refería, y cuando se ponía en serio con ello era inigualable. Al cabo de 15 minutos habían revisado resultados, hecho una visión global del proceso dela investigación, hablado de posibles líneas de trabajo en un futuro próximo y decidido la rutina de trabajo hasta el próximo mes. Con las insistentes peticiones de Joseph invitándola a comer, cenar y dormir en su casa (en ese orden) resonando aún desde el despacho, salió de allí lo más rápido que pudo y se refugió en su mesa. Allí también iba a darle la lata a veces, pero si la veía concentrada trabajando solía dejarla tranquila, así que tras un rápido saludo a sus compañeros se puso a trabajar en el ordenador.
Llevaba desde que había vuelto del despacho de Joseph especialmente distraída, y no precisamente porque la arrebatador sonrisa de su director le hubiese cautivado, pero le costaba centrarse en la pantalla que tenía delante más de lo normal y se encontraba a ella misma revisando sus redes sociales en el móvil más veces de las que le gustaría. Resignándose a que iba a ser un día poco productivo, se echó un puñado de cacahuetes al bolsillo y se fue a dar una vuelta por el departamento para ver si se topaba con Eva. La conocía desde hace poco, concretamente desde que había empezado el curso ya que había llegado desde Alemania y era algo así como la protegida de Adolf. Supuestamente era una estudiante de primero de Medicina muy interesada en investigación y que hacía las veces de ayudante del hombre, pero por lo que le había comentado Adolf la chiquilla tenía unos padres bastante estrictos que se sentían más tranquilos si el hijo de sus amigos se hacía cargo de ella. Pese a no ser una persona excesivamente sociable, Michelle se sentía cómoda con ella y habían llegado a tener una relación cordial entre ellas. Le gustaba su carácter tranquilo y el interés que mostraba por la medicina, aunque debía reconocer que a veces la enervaba que fue tan pusilánime y le daban ganas de agitarla de los hombros para que reaccionase, pero era tan encantadora que no se sentía capaz.
Al no verla por ahí decidió atacar el toro por los cuernos e ir hasta el despacho de Adolf, llamó un par de veces y cuando le dio paso asomó la cabeza por la puerta entreabierta, sin llegar siquiera a entrar en la habitación.
- Hola ¿has visto a Eva?
- Está en clase ¿la buscas por algo en concreto?- preguntó algo extrañado Adolf. No era raro que charlasen entre ellas los ratos muertos, pero era tan poco habitual que Michelle fuese a buscar a Eva, de hecho era la primera vez, por lo que le desconcertó un poco.
- Me aburro
- Empiezas a parecerte a Shokichi- le espetó desde detrás de la pantalla de su portátil con fingida indiferencia. Ella le miró como si le hubiese hecho la mayor ofensa de su vida y le señaló amenazadoramente
- Esta te la guardo- amenazó para acto seguido largarse dando un portazo.
Volvió a su despacho y se dejó caer a plomo en la silla, ahora además de distraída, aburrida, y sin ganas de trabajar, estaba indignada. Revisó su horario por segunda vez en el día pese a sabérselo de memoria, en una hora tenía un par de clases en su misma facultad y por la tarde en la de Ciencias del Deporte, de hecho le tocaba con el grupo de Akari. Y por una extraña línea de pensamiento sobre la cual prefirió no reflexionar mucho, pensar en Akari le llevó a pensar en hombres sin camiseta, los hombres sin camiseta le recordaron a Joseph y se percató de que no le había respondido a la pregunta de por qué estaba descamisado. Fuera cual fuera la respuesta, desde luego no pensaba volver a su despacho para preguntárselo, ya había tenido con él la suficiente interacción social para un mes…o dos.
Revisó su móvil por pura inercia, tamborileó con los dedos encima de la mesa y resopló… ya de no estar haciendo nada preferiría que fuese en su casa, así podría descargarse en el saco de boxeo para descargar la frustración que sentía. O achuchar a su gata hasta que maullase a la desesperada pidiendo auxilio, o aire…o ambas cosas. Miró el reloj de la pared de reojo, 5 minutos, habían pasado 5 malditos minutos desde que se había sentado. Gimoteando quejumbrosa por lo bajo apoyó la frente en la mesa ¿no podía ser precisamente momentos así en los que apareciese Shokichi pidiéndole que matase cucarachas imaginarias? No, tenía que ser cuando más ocupada estaba, no en los momentos en los que se encontraba mortalmente aburrida. Sacó una barra de cereales de la mochila y empezó a mordisquearla, y para pasar el rato se dedicó a buscar información sobre los ingredientes que tenía en internet, puede que no avanzase con su doctorado esa mañana, pero se estaba convirtiendo en toda una experta en muesli. Por fortuna para ella esto hizo que el tiempo corriese a una velocidad normal, y unos 5 minutos antes de que empezase la clase que tenía que dar, cogió su carpeta y pendrive con las imágenes que iba a proyectar y salió del departamento en dirección al aula. Cuando terminase con esa clase y otra más que tenía que dar, llegaría a uno de sus momentos favoritos del día, la hora de la comida.
Las lecciones pasaron sin contratiempos, alguna pregunta interesante, alguna pregunta estúpida, alguna pregunta sin sentido y finalmente el periodo lectivo de la mañana, por lo menos en lo que a ella respecta, finalizó. Como era de esperar, pese a hacer estado picoteando frutos secos y muesli por la mañana, volvía a tener hambre. Mantener 85 kilogramos de puro músculo contenidos en 164 centímetros de estatura requería mucha energía, y según el primer principio de la termodinámica la energía ni se crea ni se destruye, así que de algún sitio le tenía que venir, concretamente de la comida.
Tras pasar por el despacho a dejar las cosas se echó al bolsillo la cartera y el teléfono móvil y fue a la cafetería de la facultad, ubicada en la planta baja. A esa hora estaba llena tanto de estudiantes como de otros profesores llenándose el estómago, no le gustaban especialmente los lugares muy abarrotados, las multitudes la incomodaban y los ruidos altos le resultaban molestos. Estaba planteándose el comprar la comida y salirse con ella a alguno de los bancos exteriores a la facultad cuando alguien le dio un golpecito en la espalda y la llamó por su nombre.
- Oh, Eva- sonrió al ver a la chica a su lado - ¿Vas a comer?
- Sí, acabo de salir de clase ahora- habló como era habitual en ella, con un tono de voz suave y dulce, que casi no se oía en el barullo de la cafetería, y se colocó el pelo detrás de la oreja – Mis compañeros se han ido a comer fuera, pero yo prefería quedarme
Probablemente para pasar más tiempo con Adolf pensó Michelle, pero no se lo dijo, simplemente asintió y la invitó a acompañarla durante la comida si quería.
La cafetería además de algo de alimentos para llevar tenía también un menú con diferentes platos que escoger para consumir en el local. No obstante en ocasiones hacían excepciones y permitían sacar las bandejas de menú fuera, tal era el caso de Michelle. Además de la confianza que de por sí los empleados tenían en ella, el hecho de que fuese amiga del decano, Adolf, algo así como la protegida del rector, Shokichi y la niña de los ojos del principal heredero del clan Newton, Joseph; hacían que dentro de la universidad pudiese hacer un poco lo que quisiera. No le gustaba aprovecharse de ello, ya que si había llegado a donde estaba era por sus propios méritos, pero en ciertos aspectos no le venían nada mal sus contactos. Pese a que su estómago le decía que cargase la bandeja con todos los alimentos que fuese capaz de soportar, su formación como médico le decía que debía mantener una dieta saludable, así que pese a las quejas de su gula se sirvió unas cantidades generosas de la comida que le pareció más decente y se dispuso a pagar. Mientras lo hacía pudo sentir la mirada de Eva a su espalda, que observaba su comida con cierto desconcierto. Pese a que no era la primera vez que comían juntas, la alemana seguía sin acostumbrarse a la capacidad estomacal de Michelle.
Tras decidir que dentro había demasiado barullo para el gusto de ambas salieron a sentarse a las escaleras de entrada de la facultad. Eva se sentó con las piernas cerradas y un poco encogida en sí misma, como ya era habitual en ella, era una chica tímida y asustadiza, que parecía tener miedo de todo. Michelle suponía que era debido a la exagerada sobreprotección que había tenido por parte de sus padres, pero por fortuna el haber cambiado de país y vivir alejada de ellos estaba haciendo maravillas con la chica. El día que se conocieron Eva se había refugiado tras Adolf, cruzando tan sólo un escueto "hola" dicho al cuello de la camisa que apenas oyó. El hecho de vivir en una residencia también le estaba viniendo bien. Era una carísima residencia femenina estricta y con un control casi obsesivo por las residentes, las cuales sólo podían salir a partir de determinadas horas si era con consentimiento paterno o acompañadas de un adulto, evidentemente, un adulto de confianza para directora. Eva le había dicho que para ella no suponía mucho problema, porque ya estaba acostumbrada a eso en su casa, pero a Michelle en cierto modo le daba algo de lástima la chica, pues se veía que no estaba disfrutando de su juventud. Aunque si se sinceraba consigo misma ella tampoco era quien para hablar, puede que no tuviese padres estrictos, pero ella sí lo era consigo misma, y sus estudios y trabajo siempre había tenido prioridad sobre el resto.
- ¿Qué tal te vas adaptando?-
- Mejor de lo que pensaba- reconoció Eva- mis compañeras de la residencia son agradables y las clases interesantes, aunque a veces echo de menos a mis padres.- añadió con una expresión un poco tristona. Michelle la entendía, ella era mucho más independiente de sus padres de lo que era Eva, pero tenía muy buena relación con ellos, especialmente con su padre y en ocasiones le gustaría poder pasar más tiempo juntos.
- Te entiendo. Pero bueno, hablarás con ellos a menudo supongo- la intentó animar pese a no dársele muy bien, y se llevó inconscientemente la mano al reloj de muñeca que sus padres le habían regalado cuando se licenció.
- Sí, todos los días. Además en vacaciones vendrán a verme- esta vez sonrió, se la veía que lo esperaba con ganas
- ¿No vas tú?
- En un principio iba a ir, pero tienen ganas de conocer California y quieren aprovechar ahora- se terminó la comida que había comprado y se limpió la boca con una servilleta- A mi madre no le sienta bien el frío, y en mi ciudad en invierno las temperaturas son bajo cero casi todos los días, aquí hace menos frío.
- Bastante menos- confirmó Michelle, que pese a que no le disgustaban las bajas temperaturas dio un respingo al imaginarse el pasar meses rodeada de hielo y sin subir de los 0ºC - ¿Eres hija única?- Eva asintió – Yo también, así que también aprovecharé para verles en Acción de Gracias.
Charlaron un poco más hasta que Michelle terminó de comer, se despidieron y cada cual se fue a lo suyo, Eva a ver a Adolf por si necesitaba ayuda para algo y Michelle a intentar hacer algo del trabajo que había dejado a medias por la mañana. Se sentó frente a su ordenador y perder cerca de una hora navegando en la red, recordó que esta tarde tenía clase con el grupo de Akari, y por alguna razón que no se llegaba a explicar empezó a notarse a sí misma nerviosa, de forma similar a cómo lo estaba la primera semana que empezó a impartir clases ese curso. No entendía qué demonios le pasaba ese día. Normalmente no tenía problemas para concentrarse, sacar adelante todo el trabajo que tenía planeado hacer en el día, antes incluso de la hora que se había propuesto, y dedicar el resto del día a organizar su trabajo para el día siguiente. Pero se estaba dejando distraer por todo, ya no es que el vuelo de una mosca sirviese para desconcentrarla, llegaba a tal nivel que se encontró a sí misma varias veces mirando fijamente las manchas de la pared sin hacer nada, mientras su cabeza era un barullo de pensamientos. Qué bien le vendría en esos momentos su saco de boxeo, o dar un paseo largo por el campo, o ir al gimnasio de Keiji…pero lamentablemente no se había llevado la ropa para cambiarse con la idea de volver pronto a casa para hacer la compra.
Se estaba frustrando mucho. No es que nunca se distrajese en su trabajo o que se aburriese, pero cuando le pasaba solía lograr encontrar la causa subyacente, pero no la estaba encontrado. Siempre estaba ocupada y tenía cosas que hacer, con lo cual su mente normalmente estaba ocupada con las actividades que hacía, las que tenía pendientes y el cómo repartirlas en el tiempo. Pero en ese momento en su mente había una maraña que no lograba desentrañar, y ni siquiera ver vídeos de gatitos en YouTube la estaban ayudando a despejarse. Por lo menos entre los gatos y sus comeduras de olla había pasado otra hora, lenta y dolorosamente, pero había pasado. Sólo tendría que pasar otro momento igual de largo y horrible e iría a dar clase en la facultad de Ciencias del Deporte, después se iría a casa, haría la compra, le daría unos puñetazos a su saco en el salón y todo se arreglaría.
Harta de no hacer nada apagó el ordenador, recogió su escritorio y se puso la mochila. Normalmente volvía al despacho después de dar clase para rematar el trabajo, pero ese día no había nada que rematar. Así que pese a que aún quedaba un rato para su siguiente clase se despidió, se puso la mochila y se fue, dejando atrás a unos extrañados compañeros que sólo en contadas ocasiones había visto a Michelle irse tan pronto, y normalmente era a causa del acoso y derribo por parte de Joseph.
Al entrar por la facultad de Ciencias del Deporte no tenía muy claro a dónde ir, y se estaba dirigiendo al pabellón para ver si había algún partido de prácticas en marcha con el que poder entretenerse, cuando al pasar delante de las máquinas de comida divisó una figura conocida. Se detuvo unos segundos plantándose si acercarse o no, al fin y al cabo iba a verlo en un momento, pero no pudo evitar observarle. Con la mochila colgada de un hombro y girado sobre ella, buscando algo en el bolsillo exterior, y una camiseta de tirantes negra que dejaba a la vista el juego de su trapecio, deltoides y tríceps conforme movía los brazos. Su esternocleidomastoideo, que parecía fundirse con su marcada mandíbula pese a su juventud, era digno de libro de anatomía y juraría que era capaz hasta de discernir los extensores de la mano y dedos moverse conforme rebuscaba en su mochila. Se llegó a preguntar incluso si esos glúteos estaban realmente tan bien formados como parecían o era cosa del pantalón. Todo ello por interés científico evidentemente, al fin y al cabo la anatomía era su campo de especialización…o por lo menos eso era lo que se decía así misma conforme se acercaba a él sacándose la cartera del bolsillo.
No la sintió al acercarse a él ni siquiera una vez hubo conseguido sacar una moneda del bolsillo donde estaba buscando, así que cuando ella se paró a su lado y le agarró la mano que llevaba directa a la ranura de la máquina para meter ella una moneda en su lugar, el chaval dio un bote en el sitio.
- ¿Qué quieres? Yo invito- le preguntó ella con la cabeza ligeramente ladeada, Akari la estaba mirando como si hubiera visto una fantasma, mientras el sonido de la moneda en la máquina sonaba de fondo.
- M-Michelle- el chaval finalmente sonrió y se echó la moneda que al final no había usado al bolsillo- Hola- al ver que no obtenía respuesta la rubia hizo un gesto con la cabeza señalando la máquina- Ah sí, un cappuccino, gracias.
Michelle seleccionó el café y le dedicó al chaval una mirada de reojo, agarraba el tirante de la mochila con dos manos y agitaba una pierna, estaba nervioso, como si quisiera decirle algo y no se atreviese a ello. La rubia cogió el café y se lo dio a Akari, que musitó un gracias y miró a su alrededor, no sabía qué demonios le pasaría pero la miraba con lo que parecía congoja.
- Me gustaría hablar contigo ¿tienes un momento?- cuestionó mientras sacaba otro café para ella. Él asintió y pareció ponerse blanco, no tenía idea de qué películas mentales se estaría montando pero desde luego no parecía nada bueno.
Se mantuvo a su lado sin enfrentarla, ella desvió la mirada para no ponerle aún más nervioso, pero casi podía oír quejarse sus músculos al tensarse y tuvo que aguantar una carcajada al oír un quejido por su parte al quemarse la lengua en un intento fallido de darle un trago al cappuccino. Una vez su café estaba listo fueron hacia unas mesas que estaban situadas en uno de los amplios pasillos de la facultad, normalmente había sillas, pero las deberían haber necesitado para alguna actividad porque no había ninguna cerca. Michelle dejó la mochila encima de la mesa y luego se sentó cerca del borde, dejando los pies colgando y con el vaso de café cogido entre las dos manos. Él un poco indeciso dejó la mochila en el suelo y se apoyó en el borde de la mesa a su lado, sin sentarse del todo, al hacerlo sus brazos se rozaron y Michelle juraría que pudo sentir como todos los músculos del cuerpo de Akari se tensaron.
- No estés tan asustado, no pasa nada- él la miró incrédulo, pero con un halo de curiosidad en los ojos- Me dijeron mis compañeros que ayer fuiste a verme.
- Ah sí- empezó a decir, dando vueltas al vaso de café en sus manos y siguiendo los movimientos de la espuma con los ojos- Quería disculparme
- ¿Disculparte? ¿Por?-
- Por si dije algo o hice algo que te molestara.
Michelle no estaba entendiendo nada ¿hacer algo que la molestase? ¿cuándo? Si he hecho fue de las pocas personas que no le sacó de quicio el día anterior. Hizo memoria de lo ocurrido el día anterior y entonces se dio de bruces con la causa del nerviosismo del chico, y pudo sentir una punzada de culpabilidad.
- Akari no hiciste nada, soy yo la que debería disculparme por haberte gritado sin razón
- ¿Entonces no estás enfadada?- le preguntó con verdadero interés. Evidentemente no estaba enfadada con él, no tenía razón ninguna para estarlo, pero aunque así fuese si la hubiese mirado con los mismos ojos que ahora probablemente se olvidaría de su cabreo.
- Contigo no- dio un trago a su café, que estaba ya a una temperatura decente y él hizo lo mismo con el suyo- Pero el rector es imbécil
- ¿Shokichi?- ella asintió rodando los ojos y pudo oír a Akari soltar una carcajada - ¿Qué hizo?
- ¿El escándalo de ayer?- le cuestionó, suponía que se acordaba pero nunca estaba de más asegurarse, cuando él dio la señal de que sabía a qué se refería continuó- Bien, pues vino a cuento de una maldita cucaracha en su despacho.
- Las cucarachas son seres inmundos- sentenció el chico con cara de asco, Michelle no pudo evitar preguntarse si entre los japoneses y las cucarachas había alguna clase de confrontación milenaria o algo así, tendría que preguntarle a Keiji.
- Bueno, pues resultó no serlo. Perdí una clase y tuve que ir hasta la facultad de ingeniería para matar un escarabajo- bufó al recordarlo- Maldito viejo inútil- Akari se echó a reír y Michelle no pudo evitar acompañarle
- ¿De verdad le gustan tan poco las cucarachas?
- Yo no, pero mi padre ha llegado a verle llorar del miedo o asco, no lo sé muy bien, al encontrarse una cuando trabajaban juntos- se terminó el café y dejó el vaso de plástico vacío en la mesa. Alargó la mano hasta la mochila y sacó la barrita de cereales que le quedaba - ¿Quieres?- le ofreció a Akari.
- He comido hace poco más de dos horas- explicó rechazando la invitación
- Y yo ¿y?- respondió ella encogiéndose de hombros, él la miró con algo de incredulidad- La avena nos viene muy bien a los que practicamos deporte, se recomienda porque es un alimento muy energético- tras ver que ni siquiera contándole los beneficios de la avena se animaba a compartir la barrita con ella, se la comió entera.
Tras comprobar que sólo quedaban 5 minutos para que empezase su clase Michelle se levantó de la mesa y se sacudió los restos de cereales de los pantalones mientras Akari tiraba sus vasos y el envoltorio de la barrita de muesli en una papelera cercana. Subieron juntos las escaleras hasta el aula, y entraron hablando casualmente ante la mirada del resto de alumnos. Mientras Michelle sacaba de la mochila las cosas para dar la clase se fijó en que los amigos con los que se sentaba Akari le daban palmadas en la espalda y los miraban a ambos, no sabía de qué iba la cosa pero podía imaginárselo así que decidió obviarlo y centrarse en su trabajo.
La clase transcurrió como era habitual en ese curso. Un grupito de cantamañanas al fondo que no llegaba a entender para qué iban a clase porque no atendían, hablaban entre ellos y ni siquiera tomaban apuntes. El resto de la clase era normal, charlaban de vez en cuando con el compañero de al lado, pero no daban la lata y tomaban apuntes, lanzaban alguna pregunta de vez en cuando y contestaban, más o menos acertadamente, cuando preguntaba ella. Y luego estaba Akari, de vez en cuando no podía evitar mirarlo fijamente durante las clases pero evitaba hacerlo, aunque era algo muy difícil cuando podía sentir sus ojos clavados en ella todo el tiempo que no estaba escribiendo. En ocasiones le resultaba un poco incómodo sentirse tan observada, pero extrañamente, cuando los ojos de Akari se posaban en ella no sentía el desagrado que le provocaban la inmensa mayoría de las miradas masculinas que recibía por la calle. Cuando terminó la hora lectiva la mayor parte de los alumnos fueron saliendo del aula, yendo a otras clases o a casa, sólo un puñado se quedaron. Akari, con la mochila puesta y despidiéndose de sus amigos se acercó a la mesa mientras ella recogía y se pasó a sí mismo la mano por la cabeza rascándose, despeinándose en el proceso. Le estaban dando ganas de enterrarle la mano en el pelo y volverle a peinar, le ponía nerviosa ver las cosas desordenadas, pero se reprimió y simplemente lo miró sonriendo.
- Voy al gimnasio ¿tú vas hoy?
- No, tengo que hacer la compra
- Ah- parecía un poco decepcionado y Michelle en cierto modo se alegró, no teniendo muy claro a causa de qué- Hasta mañana entonces.
- Hasta mañana- cuando Akari salió por la puerta las miradas de los pocos alumnos que quedaban en clase se clavaron en ella. Michelle dejó la mochila sobre la mesa con un golpe que les hizo encogerse de hombros y cerrar los ojos de golpe- ¿QUÉ?
Los alumnos negaron que pasase nada y salieron escopeteados del aula como alma que lleva el diablo "¿De verdad soy tan aterradora?" se preguntó conforme salía del aula y se dirigía a la entrada de la facultad. Se ajustó la mochila, se puso los auriculares y echó a andar hacia su casa, si normalmente agradecía los paseos en un día tan extraño como el que había tenido le iba a venir aún mejor de lo normal. Conforme más avanzaban en octubre antes se ponía el Sol, y aunque al salir de la facultad aún no había anochecido la luz sí que era más tenue, de hecho para cuando llegase a su casa ya se habría puesto. Se arrebujó en su sudadera, notando más frío del que se esperaba y apretó un poco el paso para entrar en calor.
Al meter la llave en la puerta de su casa puedo oír a Influenza maullando desde el otro lado, y nada más entrar empezó a meterse entre sus piernas, casi tirándola al suelo. Sin siquiera soltar la mochila cogió al animal y la abrazó, hundiendo la cara en su suave pelaje y llevándose de regalo una sesión de ronroneos. Dejó las llaves en su escritorio y tras posar a la gata en el mismo se quitó la mochila y la dejó en la silla, para acto seguido ir al baño y a su habitación. Se quitó la sudadera y sacó de su armario una cazadora más abrigada, que dejó encima de la cama para ponerse en cuanto fuese a hacer la compra. Bajo la atenta mirada de su gata, que la seguía por toda la casa, empezó a hacer la lista con lo que necesitaba y en no más de media hora estaba enfundándose en su prenda de abrigo y guardando en el bolso que tenía en el perchero de la entrada el móvil, la cartera, unas cuantas bolsas de tela para traer la compra y la lista con un bolígrafo para ir tachando lo que fuese comprando.
Al ir a recoger de nuevo las llaves en el escritorio su mirada volvió a fijarse, al igual que esa mañana, en la nota de Akari que aún conservaba en su corcho. La releyó otra vez y sonrió, quién sabe, puede que esa curiosidad que le despertó en un principio, se estuviese transformando en algo un poco más complejo…pero eso es algo que sólo el tiempo podría decir.
