CAPITULO 13


Mañana es mi cumpleaños. Cumpliré dieciséis aunque, en algunos aspectos, me siento mayor. Los padres de las demás chicas les envían regalos por su cumpleaños, pero si yo pudiera escoger preferiría irme de excursión o tal vez hacer un viaje a cualquier lugar. Siempre me ha encantado visitar nuevos lugares, aunque nunca he tenido la oportunidad de hacerlo. Tengo muchas ganas de conocer Londres. Sé que me encantaría. Tiene que ser una ciudad maravillosa.


Mientras Edward descendía por las escaleras, esbozó una sonrisa al recordar la carta de Winry. La fecha a la que se refería la carta era el 27 de octubre. Edward recordaba aquella fecha y siempre se había asegurado que Winry recibiera un regalo aquel día año tras año: un bonito chal de cachemir la primera vez, un par de guantes muy caros al siguiente cumpleaños...

Jamás había podido llevarla de viaje como hubiera querido, pero aquel día Edward tenía la intención de poner remedio a aquella situación.

La alegría que sentía Edward se convirtió en otra cosa al recordar la noche anterior. Winry se había comportado tal y como lo había imaginado, o incluso mejor. Su inocente pasión había resultado mucho más excitante que las habilidades de la más diestra prostituta. Habían hecho el amor dos veces durante la noche y una vez más antes del amanecer. Después, Edward la había llevado dormida a su dormitorio para protegerla de la embarazosa situación que le habría supuesto encontrarse con los miembros del servicio a la mañana siguiente.

Edward llegó al pie de la escalera y vio que Knowles corría hacia él. El alto y delgado mayordomo le hizo una breve reverencia con su cabeza calva.

-Buenos días, señor.

-Buenos días, Knowles.

-Su carruaje está listo y le espera para partir hacia Cadamon, señor, tal y como instruyó ayer.

-Sí, bueno. Ha habido un cambio de planes.

-¿Señor?

-En lugar de ir a Cadamon me dirigiré hacia Tunbridge Wells, y la señorita Rockbell me acompañará.

Si Knowles se sorprendió no llegó a demostrarlo.

-Sí, señor.

-Dile al ama de llaves de la señorita Rockbell que prepare su equipaje. Necesitará varios vestidos de noche y otras prendas más. Y haz que un sirviente baje mi maleta de viaje. La encontrará hecha a los pies de mi cama. -Edward no disponía de moro y jamás se había acostumbrado a que otro hombre realizara por él aquellas íntimas tareas.

-Como desee, señor.

Knowles echó a correr con sus delgadas piernas. Edward se hizo una nota mental para recordarse a sí mismo que, cuando regresara de Tunbridge Wells, tendría que aumentarle el sueldo.

Edward se dirigió al comedor pensando en el viaje. Ocupó su asiento habitual encabezando la mesa y le indicó al sirviente que le llenara una taza de café. Estaba ansioso por saber qué le parecerían sus planes a Winry. Después de lo que había ocurrido entre ellos la pasada noche, la idea de un viaje fuera de Londres se le había aparecido como si de una revelación divina se tratase. Quería pasar tiempo con ella, quería darle la oportunidad de que se acostumbrara a su forma de hacer el amor y que aceptara el futuro que tenía previsto para ella.

Tunbridge Wells parecía el lugar ideal para empezar. Se encontraba cerca de Londres, pero lo suficientemente alejado para poder estar solos.

Además, allí había muchas cosas para hacer. En Tunbridge había muchos restaurantes, tiendas y teatros, y había unas casitas muy bonitas que se podían alquilar. En aquella época del año no les resultaría difícil encontrar una.

La idea de estar a solas con Winry, de hacerle el amor sin las limitaciones de la noche anterior, provocó que se pusiera inmediatamente erecto. Dios, haberla tenido tres veces no había calmado su apetito por ella.

Quería hacerle el amor de cien formas distintas y, aun así, no estaba seguro de que fuera suficiente.

Deseaba poder regresar arriba y volver a meterse en la cama con ella, pero suspiró resignado y se contentó con las imágenes de la pasión que compartirían en Tunbridge Wells.

Winry se desperezó entre las sábanas y se lamentó por la rigidez de sus músculos y el dolor que sentía en zonas de su cuerpo que jamás le habían dolido. Abrió los ojos. Echó un vistazo a la habitación y se relajó al descubrir que se encontraba en su dormitorio y que Edward no estaba con ella.

«Edward.» Dios mío, resultaba imposible creer que hubiera acudido a él la noche anterior, que le hubiera pedido que le hiciera el amor. Parecía increíble las cosas que habían llegado a hacer. Pero estaba contenta de lo ocurrido. No le hubiera gustado perderse esas horas entre sus brazos, en su cama, por nada del mundo.

Incluso aunque aquello supusiera el fin de sus sueños.

Aquel pensamiento la inquietó. Trató de ocultarlo bajo los dulces recuerdos de Ed. Ya pensaría en el futuro más adelante. Hoy no.

Volvió a desperezarse y se cubrió la boca para bostezar. Echó un vistazo al reloj que había encima de la chimenea y vio que eran casi las once de la mañana. Parpadeó y puso los pies en el suelo. Al oír el familiar toque de Silvie en la puerta, le dijo a la chica que entrara con la esperanza de que no se fijara en sus labios ligeramente hinchados ni en el rosado tono de su cuello, provocado por el roce de la barba de Edward.

-Buenos días, señorita. -Silvie entró en la habitación con su habitual energía-. El señor me ha pedido que le haga las maletas. -Silvie sonrió-. Parece que se va otra vez de viaje.

-¿De viaje? -Winry se sorprendió-. ¿Pero adónde vamos?

-No me lo ha dicho. No suele explicarme nada.

Winry se sentó en la silla tapizada de azul que había frente al espejo y empezó a desenredarse la rubia cabellera con el cepillo. A Cadamon, por supuesto. Edward debía marcharse aquel día. Winry esbozó una lenta y secreta sonrisa al comprender que Edward había decidido que Winry lo acompañara.

-¡Oh! -Silvie se aproximó a Winry-. Por Dios, casi me olvido. Esta mañana ha venido un miembro del servicio por la puerta trasera. La estaba buscando. -Silvie se metió una mano en el bolsillo y sacó un pedacito de papel arrugado-. Dejó este mensaje. Dijo que sólo usted podía leerlo.

Winry frunció el ceño al ver el sobre blanco sellado con una gota de lacra roja. Acto seguido sonrió. Tal vez Riza había regresado. Si Winry había necesitado ver en alguna ocasión a su querida amiga era entonces. Winry abrió el sobre a toda prisa.

No era de Riza y, al leer el nombre garabateado con tinta azul al final de la página, a Winry le tembló tanto la mano que estuvo a punto de dejar caer el papel al suelo Alex. Por el amor de Dios, Alex Marlin era la última persona de la que quería tener noticias. Winry empezó a leer la nota

Querida Winry:

No puedes imaginarte lo preocupado que he estado. Espero que Elrictodavía no te haya hecho daño. Tengo que verte. Tengo que comprobar que estás bien. Hay un pequeño hotel en la calle Albermale, el Quintain. Encontrémonos en la cafetería a las tres en punto esta tarde. Si valoras nuestra amistad, si realmente te importo, espero que no me decepciones.

Saludos,

ALEX

Winry arrugó el papel en la palma de su mano al tiempo que agradecía que Edward no lo hubiera visto. Al pensar en Alex se vio invadida por un sentimiento de culpabilidad. No había querido hacerle daño. En realidad, Winry se sorprendió ligeramente al comprobar que parecía importarle mucho. Ella no le había prometido nada, jamás le había dicho nada, aunque hubo una época en que Winry había creído quererle.

Suspiró. No podía encontrarse con Alex aquella tarde. Pronto saldría de la ciudad y ni siquiera era justo que aquello le preocupara.

No era correcto permitir que aquello continuase, permitir que Alex creyera que ella todavía sentía algo por él ahora que tenía las cosas tan claras. En realidad, por Alex no sentía otra cosa que simple amistad.

-Necesito papel y pluma, Silvie. Me gustaría que le entregaras mi respuesta al caballero personalmente. Asegúrate de que le llega directamente al señor Marlin y a nadie más.

-Sí, señorita. -Silvie cogió a toda prisa el material del estante del armario y Winry escribió la respuesta. Cuando terminó, Winry dobló la hoja de papel, la selló y se la entregó a Silvie junto a las indicaciones necesarias para encontrar la casa de Alex.

-Espera hasta que nos hayamos marchado. Luego asegúrate de que le llega. Y quédate con esto. Lord Elric no tiene por qué enterarse.

-No se preocupe, señorita -dijo Silvie.

Winry esperó que así fuera. Sabía lo que Edward pensaba de Alex Marlin aunque no creía que éste fuera tan mala persona como Edward quería hacerle ver. Simplemente se trataba de una gran enemistad entre dos hombres que teñía la percepción de Edward sobre el hombre que realmente era Alex.

Winry se preguntaba qué debía de haber ocurrido realmente entre ellos para que se odiaran de ese modo. Tal vez así durante el viaje podría convencer a Edward para que se lo explicara.

-¿Quiere que le trence el cabello, señorita? Tal vez así se le mantenga mejor para el viaje.

-Sí, gracias. Es una buena idea.

Winry se sentó mientras Silvie le trenzaba la cabellera y recogía las trenzas en la parte superior de su cabeza. Luego se colocó bien el sombrero de seda y se lo ató por debajo de la barbilla. Entre tanto, Winry no podía dejar de pensar en Edward y en su apasionado encuentro de la noche anterior.

En el espejo, unas manchas aparecieron en sus mejillas al recordar a Edward desnudo, su bonito cuerpo moviéndose encima del suyo, su erección en el interior de su cuerpo y sabía que Edward esperaba que aquella noche volviera a ocurrir.

Winry pensó entonces en Alex, pensó en la ira de Edward simplemente al oír mencionar su nombre. Y se preocupó al pensar lo que podía ocurrir si el conde descubría que Alex seguía persiguiéndola. En aquel momento, Winry tuvo la premonición de que pronto empezarían los problemas.

Edward se reclinó en el respaldo del asiento del carruaje mientras observaba a Winry con los párpados medio cerrados. Winry frunció el ceño en cuanto el carruaje llegó a las afueras de Londres y dobló hacia el sur en lugar de continuar hacia el nordeste por la carretera que conducía a Cadamon.

-¿No nos hemos equivocado de dirección? Si no recuerdo mal, Cadamon se encuentra en la dirección opuesta.

Edward esbozó media sonrisa.

-Nos dirigimos a Tunbridge Wells. Es una pequeña y encantadora población, muy tranquila y bonita. Pensé que te gustaría conocerla.

Winry estaba preciosa aquel día. Llevaba un vestido de seda color ciruela con un encaje color hueso. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios algo hinchados. Edward sabía que era el culpable de ello. Y no era más que el principio.

Winry le dedicó una amplia sonrisa que provocó que Edward sintiera un gran placer.

-¡Oh, sí! He leído cosas sobre Tunbridge. Me encantaria ir.

-Feliz cumpleaños, Winry.

Winry se mostró muy sorprendida.

-¿Este viaje es mi regalo de cumpleaños? No creía que supieras cuándo era.

-¿No? Recibiste los regalos que te envié. Siempre me dabas las gracias en tus cartas.

Winry se sonrojó y desvió la mirada.

-Sí, es cierto. Pero creía que le pagabas a alguien en la escuela para que me comprara los regalos.

Edward no respondió. Era lógico que lo pensara. Edward no había adjuntado nota personal alguna. Simplemente ordenaba que la encargada le dijera que eran de su parte.

-Bueno... ¿y cómo te sientes al cumplir diecinueve años?

Winry sonrió.

-No muy distinta de cuando tenía dieciocho, a excepción de... –Winry se ruborizó más todavía y Edward sabía que pensaba en la noche anterior.

Edward sintió una fuerte y dolorosa erección. Se le ocurrió que podía correr las cortinas y hacerle el amor en el carruaje, pero todo aquello era todavía muy nuevo para Winry y tal vez se asustaría. Edward no quería asustarla con la verdadera extensión de su pasión.

-Ahora eres una mujer -dijo Edward mientras intentaba no imaginársela desnuda ni pensar en la reciente pasión que había surgido entre los dos-. Supongo que eso cambia bastantes cosas.

-Sí, supongo que sí.

-Cuando regresemos te encontraré un alojamiento. Una casita que no esté muy lejos de la calle Brook. Allí estarás más cómoda y así no tendremos que enfrentamos a los chismorreos de los miembros del servicio.

Winry le examinó.

-Preferiría que no habláramos del futuro hasta que regresemos, si no te importa. Hoy es mi cumpleaños y no me gustaría que desavenencia alguna lo echara a perder.

¿Desavenencia? ¿Qué clase de desavenencia podía surgir entre ellos?

Winry había acudido a él, habían hecho el amor como Edward siempre había deseado. Ahora era el momento de hacer planes de futuro. Pero Edward no dijo nada. Como había dicho Winry, era su cumpleaños. Los asuntos prácticos podían esperar hasta su regreso.

-¿Cuántos años tienes tú, Edward? -Aquella pregunta pilló a Edward desprevenido.

-Veintiocho. -Aunque Edward se sentía, en algunas ocasiones, como si tuviera cien años-. Pareces sorprendida. ¿Pensabas que era mayor?

-A veces sí lo pienso. Pero otras veces te he mirado y me he dicho que no podías ser mucho mayor que yo.

El comentario disgustó a Edward. Hacía ya mucho tiempo que había dejado atrás la juventud; si es que alguna vez había sido realmente joven.

-Pareces más joven cuando sonríes. ¿Lo sabías? Sonríes muy poco.

Edward no respondió. ¿Qué podía decir? ¿Que antes sonreía a menudo, pero que ya apenas recordaba cómo se hacía?

-¿Qué te hace feliz, Edward? ¿Qué cosas te alegran?

Edward frunció el ceño ante la absurdidad de la pregunta.

-No tengo tiempo para preocuparme por estas tonterías -gruñó, pero acto seguido pensó que ella le hacía estar alegre. Incluso ahora, mientras la miraba, iluminada por el rayo de sol que entraba por la ventanilla, con los mechones rubios sobresaliendo de su sombrero, algo en ella le hacía vibrar de alegría, calentaba su frío corazón y le hacía sentir deseos.

Pero no podía decírselo. Edward había supuesto que en cuanto estuviera con ella el deseo desaparecería. Pero cada vez que la miraba, cada vez que Winry sonreía de aquel modo tan suave y dulce, parecía iluminar la oscuridad que reinaba en su interior y crecía el deseo. Se preguntaba qué podría provocar que aquello desapareciera.

-Cuando era más joven me encantaban las tormentas -dijo Winry-.

Solía subirme al tejado de nuestra casa y observar cómo se desplazaban las nubes. Me encantaba observar los relámpagos y escuchar los truenos a mi alrededor. Sé que era peligroso, pero me gustaba hacerlo. Adoraba aquella oscuridad. Deseaba poder tocar las nubes, descubrir de qué estaban hechas.

Tal vez aún lo deseaba, pensó Edward mientras pensaba en su propia oscuridad personal y en el modo en que ella parecía llegar a su interior.

Winry permaneció en silencio al comprobar que Edward no respondía.

Dirigió su atención al exterior y Edward se alegró de poder observarla. El doloroso deseo le invadió de nuevo, una sensación muy familiar ya desde su llegada a Londres.

Edward la deseaba, -deseaba perderse en su interior. Deseaba sentir aquel momento de brillante pasión y luz que había experimentado anteriormente. Era un deseo que raramente lo abandonaba. Aumentaba ahora con fuerza provocándole una erección. En cuanto llegaran a Tunbridge Wells alquilarían una casita y llevaría a Winry a la cama. Le haría el amor hasta saciarse. Hasta que la oscuridad desapareciera de su corazón y, al menos por un tiempo, llegara a sentir que el brillo del sol lo invadía.

Aquello no duraría siempre, por supuesto. No había nada que él pudiera conseguir capaz de durar por mucho tiempo. La oscuridad lo encontraría y descendería de nuevo, como un monstruo, arrastrándolo y envolviéndolo con sus sombríos tentáculos.

Volvería a ocurrir, como siempre, pero no en aquel momento. Ahora estaba Winry y ella era un faro en medio de la oscuridad. Edward tenía previsto gozar de aquella situación, al menos durante un tiempo.

El viaje fue agradable y Edward se esforzó por mantener una conversación educada. Incluso sonrió de vez en cuando. Pero más allá de su aire casual, Winry no pudo evitar detectar el deseo que expresaban los ojos de Edward. No se esforzó por ocultarlo sino que permitió que Winry descubriera el poder que ejercía sobre él. Ver el deseo que sentía por ella provocaba que a Winry se le tensaran los músculos del vientre y que le temblaran ligeramente los labios.

Era tarde cuando llegaron a Tunbridge Wells y Edward parecía cada vez más malhumorado; necesitaba un descanso tanto como ella. Edward se detuvo frente al despacho de un tal Harry Higginbottom, agente inmobiliario, cuyo nombre había conseguido en Londres. Era un hombre que manejaba las propiedades de alquiler de toda la zona. Hicieron el papeleo necesario para poder alquilar una casa muy grande, con habitaciones para el servicio y un establo en la parte trasera. Se encontraba al final de una calle flanqueada por árboles a las afueras de la población, y las dos plantas estaban cubiertas por una cortina de hiedra. La casa daba a un pequeño arroyo rodeado de árboles que mostraban todas las posibles gamas de colores.

-Es preciosa -dijo Winry mientras Edward la acompañaba hasta la entrada cubierta de madera.

Luego realizaron un rápido tour por el piso inferior al tiempo que los sirvientes subían su equipaje al piso superior. A pesar de que se trataba de una casa de piedra, no tenía nada que ver con la mansión de la calle Brook. Con sus pequeños salones, alfombras de colores y docenas de luminosas ventanas, la casa destilaba calidez y encanto.

Ambos regresaron a la entrada; Edward llevaba a Winry cogida de la mano. Echó un vistazo a la escalera.

-¿Vamos a ver qué hay arriba? -Su tono de voz fue ligeramente ronco, algo que hasta entonces no le había apreciado.

Cuando Winry lo miró, comprobó que los ojos de Edward se habían oscurecido. Estaban llenos de pasión y deseo.

-¿Arriba? Sí, supongo que... supongo que es una buena idea.

Ambos subieron a toda prisa hasta el piso superior cogidos de la mano, riéndose como dos niños jugueteando, hasta llegar a la robusta puerta de madera de la suite principal. Winry no le había oído reír de aquel modo jamás. No habría creído que aquel sonido pudiera resultar tan maravilloso. Los dos observaron la puerta y, lentamente, las risas se desvanecieron.

-¿Tienes idea de lo mucho que te deseo?

Winry se humedeció los labios y ambos se miraron a los ojos durante un largo rato.

-¿Por qué no me lo demuestras?

Ed apretó los dientes y los músculos de su mandíbula se tensaron. Alzó a Winry en brazos, abrió la puerta y, tras entrar, la cerró de una patada. Edward la dejó en el suelo, atrapó su rostro entre las manos y la besó apasionadamente. Fue un beso intenso que estremeció a Winry. Winry deseaba acariciar a Edward. Tenía que hacerlo. Con unas manos repentinamente temblorosas, Winry le quitó la chaqueta y la camisa. Sintió la cálida piel de Edward bajo las palmas de sus manos mientras las deslizaba sobre los músculos de su espalda.

Edward desabrochó los botones de la parte trasera del vestido de Winry y, al cabo de pocos segundos, Winry ya estaba desnuda. Sus bocas se encontraron. Ed deslizó su lengua sobre el labio inferior de Winry y ella abrió la boca para dar la bienvenida a su apasionado beso. Edward acarició sus partes íntimas. Winry gimió y empezó a desabrochar a toda prisa los botones del pantalón de Edward. Acto seguido Edward la llevó a la cama, que era grande y suave, y Winry se hundió en ella, debajo de su cuerpo.

-Winry... -Había cierto tono reverencial en su voz. Le acarició los pechos, con cuidado y decisión, dejando escapar un suave gemido. Edward encontró la entrada del pasaje y la penetró.

Edward permaneció inmóvil durante un momento.

Entonces empezó a moverse muy despacio.

Winry susurraba su nombre cada vez que Edward salía de su interior y volvía a penetrarla moviéndose poco a poco con más rapidez y ritmo. Ed no le dio opción, se limitó a tomar lo que tanto deseaba y Winry descubrió que ella simplemente le correspondía. Tras rendirse ante su fuerza, Winry dejó que le invadiera el sensual placer y, en pocos minutos, alcanzó el clímax. Edward lo alcanzó inmediatamente después, lo que provocó que Winry volviera a experimentar un orgasmo.

Winry se agarró del cuello de Edward, sonreía débilmente al pensar en lo mucho que lo quería. No le importaban los años que acababa de cumplir, sólo sabía que aquel cumpleaños lo recordaría siempre.

Winry descubrió que Tunbridge Wells era una pequeña y encantadora población crecida alrededor de unas fuentes descubiertas en 1609. Los turistas podían adquirir frascos de las aguas medicinales y acudir a los pozos para huir del estrés de Londres, o disfrutar de las elegantes tiendas y teatros que habían sido construidos cerca de los manantiales.

Después de salir de la casa tras una noche de pasión, Winry acompañó a Edward al pueblo en su carruaje. Almorzaron en un pequeño restaurante que daba al paseo Pantiles y luego pasearon por las tiendas. Se detuvieron un rato para escuchar un concierto que se celebraba en el parque y después, mientras paseaban, observaron a un grupo de acróbatas que le lanzaban monedas a un mono que saltaba entre el público quitándose el sombrero a modo de agradecimiento.

Al atardecer, Edward cogió a Winry de la mano y la acompañó hasta el interior de una joyería. Un hombre menudo, con gafas de montura dorada, los estuvo observando mientras admiraban las caras joyas del mostrador.

Edward le pidió que le enseñara un precioso collar de brillantes y perlas.

-Es precioso, ¿no le parece? -preguntó el vendedor mientras extraía la cara joya.

Edward se limitó a sonreír. Se situó detrás de Winry y le colocó el maravilloso collar alrededor del cuello.

-Por tu cumpleaños -dijo sorprendiéndola.

Winry había creído que simplemente estaban dando una vuelta por diversión, no se le había pasado por la cabeza la idea de que Edward quisiera hacerle un regalo.

Edward se aproximó al vendedor, cuya sonrisa se amplió al comprobar que Winry no llevaba anillo de casada. A la joven se le hizo un nudo en el estómago, y la sonrisa que había mostrado a lo largo de todo el día desapareció lentamente. Edward no pareció percatarse y continuó tranquilamente la transacción como si aquel extravagante obsequio fuera una simple baratija.

Winry le miró y negó con la cabeza evidentemente nerviosa.

-No, por favor. No puedo...

Llevándose las temblorosas manos a la nuca, Winry se desabrochó el collar. Era el tipo de obsequio que un hombre le regalaría a su amante, tal y como el vendedor parecía haber adivinado. A pesar de que hacía pocas horas que habían hecho el amor de forma apasionada, Winry no quería pensar en sí misma de aquel modo.

-Es precioso, pero yo...

Winry dejó de mirar al vendedor para observar la sombría expresión de Edward; el corazón le latía con fuerza y rezaba para que no se sintiera ofendido.

-Eres muy amable, pero yo no... No quiero que me hagas un regalo como éste...

Edward miró al vendedor y la palidez regresó a su rostro. La incomprensión podía apreciarse en sus ojos.

Edward no se lamentó, simplemente depositó el collar en la caja de terciopelo y volvió a examinar las joyas del mostrador.

-Me gustaría ver aquel de allí, si no le importa.

Edward señaló hacia un sencillo relicario de oro que el vendedor le acercó con menos entusiasmo. Era oval, muy bonito, y llevaba un único brillante en el centro.

-Tal vez éste te guste más. -Edward colocó el relicario alrededor del cuello de Winry y ésta notó el frío del metal al rozar su piel-. Es sencillo, pero tan bonito como la mujer que lo llevará puesto.

Winry se esforzó por no derramar las repentinas lágrimas que invadieron sus ojos, le miró y le sonrió. Tocó el collar con la punta de los dedos.

-Me encanta -dijo-. Siempre lo guardaré. Muchas gracias, Ed.

Edward cambió de expresión. Cogió la mano de Winry, enfundada en un guante, entre las suyas y la besó. Winry sintió que aquel beso daba alas a su corazón.

-Es tarde -dijo Edward-. Debes de estar cansada. Tal vez deberíamos regresar a la casa. -Sus ojos volvían a brillar y era evidente lo que ocurriría cuando llegaran a la casa.

Winry sonrió, de nuevo relajada, mostrándose de acuerdo con la propuesta.

-Muy buena idea.

Edward le devolvió la sonrisa y Winry pensó que había algo más entre ellos dos. Quizá Roy tenía razón. Quizá podría enseñarle a amar.

Winry lo deseaba con todas sus fuerzas.

Cada día lo quería un poco más.

La idea de poder conseguir su amor llegaba incluso a dolerle en el corazón.