Capítulo 13: Un secuestro fallido
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El poco tiempo que quedaba para salir a vacaciones se hizo sal y agua. Los días habían cambiado imperceptiblemente. En las mañanas amanecía con neblina, pero luego se despejaba y dejaba un ardiente sol para iluminar. Nadie soportaba mucho tiempo el contacto directo con aquella luz y buscaban sombra.
Los estudiantes estaban relajados, sin ánimo de molestar siquiera en el último día en Hogwarts. Además, la mayoría se hallaba ordenando sus cosas para no estar a última hora armando el equipaje y ella tampoco se quedaba atrás. Estaba separando su ropa de manera muy dedicada y cuidadosa, y sus objetos personales también. Al menos podía estar tranquila ya que había ido el fin de semana pasado a visitar el pueblito, y por suerte encontró un pequeño hotel de dos estrellas, donde ofrecían habitaciones a buen precio, así que había reservado una. Le dijo a Dumbledore donde estaría por si en algún momento la necesitaba para alguna cosa. Al menos, las habitaciones eran cómodas y serviría hasta que se comprara una de las casas que estaban construyendo en un campo cercano y que, claramente, costaban mucho más, pero ya había ahorrado mucho dinero. Agradecía a Dumbledore que era generoso con el sueldo, o al menos justo.
Ahora que pensaba las cosas más claramente, sentía un alivio tremendo al haber terminado con Craig. O que él haya cortado con ella, en realidad. Reconocía sin problemas que no se había acordado de él en mucho tiempo, pero siempre había estado con esa sensación de estar atada a algo, en su estadía en el castillo. Tal vez eso le impedía percatarse de otros aspectos de su vida.
La cena transcurrió sin problemas para todos: reían con alegría, los nervios por los trabajos escolares se habían esfumado hacía tiempo; en resumen, un día de relajo completo. No obstante, para Merlina no lo había sido en su totalidad. Ocurrió algo que muy remotamente se lo había planteado, pero jamás lo creyó cierto. Ni menos... posible. Severus Snape, hacía días que no la miraba con detenimiento y a ella no le había importado, prefería que no fuera de ese modo. No obstante, llegado un momento durante la velada, sus mezquinos insondables ojos negros se dirigieron hasta ella como si intentaran detectar algo. Merlina giró la cabeza lentamente hacia él, mientras subía la cuchara llena de arroz hasta su boca. La cuchara nunca llegó. Sin quererlo, se distrajo y el contenido de la cuchara quedó esparcido en la mesa. Esos nervios que sentía cuando miraba al profesor de Pociones se intensificaron el doble en ese instante, con sacudida de estómago, y una desagradable puntada en la cabeza. Se puso colorada en milésimas de segundos. Severus, sin embargo, no se rió por su estupidez de botar la comida. Simplemente volteó la cabeza, indiferente tal como a principio de año. Merlina miró hacia el frente. No podía ser... ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?, se preguntaba ella. ¿En qué momento? ¿Desde un principio? Bueno, fuera como fuera que hubiese ocurrido, y aunque sonara más terrible que todas las cosas terribles existentes en el mundo, debía aceptarlo de una vez por todas: le gustaba Snape. ¿Qué? ¿Le gustaba Snape? ¿El hombre que la trataba como a una porquería, como a un chicle en un zapato, que se reía en su cara, que le gastaba bromas? ¿Al hombre a quien ella, supuestamente, odiaba? No pudo seguir comiendo. No en esa mesa, además el estómago se le había contraído y estaba estrujándose a sí mismo. Daba lo mismo si perdía cinco kilos por no comer. Se fue tan rápido del lugar que nadie se dio cuenta. Fue directo hasta su despacho, y cerró las puertas con llave. No quería visitas, no quería nada.
Entonces... todas esas sensaciones adrenalínicas y espontáneamente sulfuradas… ¿significaban que le gustaba Snape? Siempre le habían dicho que estaba mal de la cabeza, pero nunca se lo tomó tan en serio como en ese instante. Reconocía ser medio mensa, pero no loca en su totalidad. ¡Otro golpe de la vida! Le gustaba Snape, tenía que aceptarlo. Tal vez por eso le gustaba llamar su atención... O increparlo... Y quizá por eso le daba pena cuando él la trataba de inmadura: porque sabría que jamás podría concretar algo con él... ¡Pero qué cosas pensaba! ¿Tener algo con el profesor de Pociones? Eso era casi lo mismo que decir que ella sería la próxima Reina de Inglaterra. Gustarle Snape… si dijera eso en público, se la llevarían en camisa de fuerza a San Mungo. Snape… diciéndole cosas con esa voz tan suave que poseía, cerca, en su oído…
— Merlina —susurró sentándose en su cama —: olvídate de él. Es imposible. Ese hombre no ama a nadie y no va a amar a una mujer como tú. No señor. Prácticamente te odia. Bueno, te odia.
Apoyó la cabeza en sus rodillas y cerró los ojos. En la oscuridad vio su capa ondear... Sus ojos, su cabello moverse en cada paso. Se levantó otra vez.
— ¡No lo vas a ver durante dos meses! —Se dijo, paseando de un lugar a otro — Tiempo suficiente para olvidar a alguien. Exagero, sólo me gusta.
Bueno, al menos sabía que en un día, no podría hacer tal cosa. A la mañana siguiente, no se molestó en ir a desayunar, simplemente partió, como cualquier niña mal educada, del colegio, y se fue lo más rápido posible hasta Hogsmeade. Cualquiera pensaría que estaba haciendo algo malo, sobre todo el mismo Snape, que casi siempre sabía las cosas... Sabía las cosas... ¡Sabía las cosas!
— ¡Por Merlín! —Exclamó la joven, dejando de guardar la ropa en los cajones de su nuevo cuarto — ¿Y si él sabe que yo...?
No, no, no. Debía alejar ese pensamiento. Pero, por su culpa ni siquiera se había despedido del director..., de los muchachos. ¿Y si volvía...?
Merlina estaba tan envuelta en sus pensamientos, que jamás se percató que en su cuarto alquilado no estaba sola. Un hombre se escondía dentro del baño, y en esos momentos salía sigilosamente. Ella, inocente, estaba de espaldas a él. Tenía capucha en la cabeza sujetaba un paño fino en una mano y con la otra una varita que apuntaba hacia ella.
— Incarcerous —susurró el desconocido.
Merlina puso los ojos como platos, pero no alcanzó a reaccionar. Por segunda vez en el año quedó atada con gruesas cuerdas que habían aparecido de la nada. Cayó al suelo como saco de papas. Miró hacia arriba asustada. El hombre se agachó y la hizo sentarse. Se sacó la capucha. La boca de Merlina se abrió automáticamente.
— ¿Craig...? ¿Qué...?
—Sssshht —la silenció su ex novio. Estaba completamente diferente. El pelo lo tenía más largo, desordenado y sucio. Sus ojos estaban rojos y la barba la tenía crecida. Su ropa también estaba en mal estado.
—No entiendo porqué estás aquí, y deberías decirme por qué me has atado... —susurró Merlina, comenzando a entrar en pánico. La mirada de Craig era desquiciada y extraña. Sonrió con unos dientes bastante amarillos. Su aliento olía a alcohol y a nicotina en concentración excesiva.
Craig, aún agachado, se arrastró hasta quedar en frente de la espalda de Merlina. Tomó el paño y lo enrolló.
— Craig, me das miedo, ¿qué piensas hacer? —empezó a dar vuelta su cabeza, pero él fue más raudo. Pasó los brazos hacia adelante y le amordazó con el paño, atándoselo en la parte trasera de la cabeza. A Merlina le dieron arcadas, pero no podía vomitar, porque su estómago estaba vacío.
El muchacho se reincorporó y dio la cara.
Merlina estaba aterrada. Sus ojos estaban desorbitándose. Eso le causaba tanto miedo como las arañas, o tal vez más porque la obligaba a no desfallecer. Intentó hablar, pero sentía la boca seca y el pañuelo estaba muy bien atado. Pudo haberle lanzado un hechizo silenciador, pero era probable que Craig no supiera realizarlo.
— ¿Creías que me iba a quedar tranquilo? —susurró tranquilo y se sentó en la cama —. Mis padres me contaron que tú habías ido a la casa... —dijo aún más bajo — Y que nos viste a mí y a la prostituta allí... —Merlina sólo escuchaba. Craig estaba mal, estaba borracho, se le tropezaban las palabras y sus ojos temblaban. Tal vez hasta estuviera drogado —Pero me lo contaron luego de tres días. Me dio mucha lástima... Me sentí culpable. No debería haberlo hecho, y ni siquiera debía haber terminado contigo. Tú implicas todo para mí. Confieso que no te amo, y no te amé —los ojos de Merlina se entrecerraron, acusadoramente; después de todo, ella no podía alegar mucho —, pero no puedo sentirme el malo del duelo, porque tú tampoco lo hacías y no lo puedes negar. ¿Sabes por qué te tomé en cuenta? —ella negó lentamente, todavía asustada, pero más tranquila — Porque te veías como una mujer esforzada y especialmente tonta... —eso le recordó a Severus — Y pensé que podría aprovecharme de ti, pero no fue tan simple. Sí pude sacarte dinero —reconoció, y esbozó una sonrisa maniática —, pero no pude obtener relaciones contigo, y me obligaste a estar con cientos de mujeres durante varios meses...
Merlina no supo porqué, pero hizo un gesto negativo, involuntariamente.
—No es que tenga un problema, como ser insaciable, por ejemplo —rió —, es tan simple como que eso es el fin de todo hombre. No eres ninguna gran maravilla, Merlina. No eres fea, pero no eres una preciosura. Sin embargo, vi que podías serme útil por bastante tiempo —hizo una pausa —. ¿Y sabes? Mis padres me hicieron ser así. Nunca me prestaron atención y vi que tú lo hacías porque estabas desesperada con encontrar amigos... —los ojos de Merlina se mojaron, pero se secaron al instante. Estaba tan impresionada, siendo desengañada de la peor forma — Eras mi oportunidad perfecta para tenerlo todo. Sin embargo, dejé pasar dos años y un poco más para que pudieras tomarme en cuenta. No cedías a nada, pensé que podías ser como esas rameras que se entregan al mes, pero no lo hiciste. Ni al año. Y tampoco te me insinuaste al siguiente. Así que debí tomar medidas más drásticas e intentar ser cariñoso, y tampoco funcionó. Cuando viniste acá, me aburrí y te envié la carta, para ver precisamente si venías a suplicarme... Pero jamás pensé que llegaras tan pronto, así que lamento esa embarazosa situación —resopló—. Por otra parte, mis padres discutieron estrepitosamente conmigo por llevar a una muchacha diferente a la casa, el mismo día en que me dijeron que tú habías venido. Así que me echaron, y desde ahí que estuve averiguando tus cosas. Qué día terminaban las clases y dónde podrías estar. Se me ocurrió pasar por aquí primero y, por suerte, no hay más de tres hoteles. Y te hallé aquí. Te esperé. Pero no creas que estuve ocupando tu "suite". Estuve vagando —se tocó la túnica sucia —. Estuve en el Cabeza de Puerco... hasta que el tabernero se cansó y me sacó a varillazos —rió otra vez —. Dormí en una cueva, que está en una cuesta...
Merlina negó otra vez.
— ¿No qué? —Preguntó con brusquedad — ¿Acaso quieres que te suelte? —Afirmó deseosa —No. Ahora, tú te vas conmigo. Merezco que me sigas prestando atención, que sigas trabajando para mí y que me des lo que quiero, porque es lo que a ti te gusta, y si no quieres perderme, es lo que harás. Y sabes que no son necesarias las palabras para eso. Tengo magia y una varita, y un montón de maldiciones para obligarte… Sangre sucia.
Merlina no pudo evitar asombrarse: jamás había oído a Craig decir esa frase.
El joven se puso en pie y fue hasta ella. Pero Merlina no se dio por vencida. Se echó hacia atrás y pegó un giro, levantando un poco las piernas, y golpeándolo en las pantorrillas, obligándolo a caer al suelo. Craig se pegó en la cabeza —le sangró un poco — el hombro y en el codo.
— ¡Ouuch! —gritó intentando pararse.
Merlina como un gusanito se intentó arrastrar hasta la puerta, mientras trataba de meter la mano en su bolsillo y sacar la varita. Craig la alcanzó, y viendo sus intentos de desenvainar la varita, él se la sacó y la tiró al suelo.
— No intentes nada, Lina, sino serás la perjudicada...
"Perjudicada" ¡Sí, ella tenía que salir perjudicada en todo!
Craig la tomó en brazos y la puso en la cama. Agarró una de las maletas vacías, la más grande, pero aún así le realizó un encantamiento aumentador. Depósito a Merlina allí, quien chillaba agudamente, pero de nada servía. Estaba más que asustada. Nadie la iría a buscar. ¿Y si la mataba o la violaba? ¿Para qué tenía la varita, si ni siquiera podía detener algo como eso?
— Tranquila, que hay suficiente oxígeno para llegar hasta la cueva —le dijo, acariciándole la cara. Merlina sintió asco — Es el único lugar donde puedo ir, y donde dudo que te encuentren. No creo que conozcan esa cueva... —miró al techo —En fin —cerró la maleta.
Merlina quedó a oscuras. Veía algo de luz entre algunas costuras del cierre, pero muy poco. De pronto sintió que oscilaba. La debía de estar cargando.
Un ruido de puerta abrirse, y luego, cerrarse. Unas voces... Seguramente la recepcionista. Merlina chilló, pero su voz estaba ronca, sólo pareció un gruñido. De pronto, el ambiente se tornó más caluroso. Debían estar afuera.
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¿El hotel "Ruiseñor"? Eso le había dicho Dumbledore. Y, ahora resultaba que estaba para los mandados, siendo que era profesor y acababa de comenzar sus vacaciones. Todo por culpa de una mocosa tonta. Entró, haciendo sonar la campanilla. Había bastante gente en la entrada, pero sin importarle el turno, se acercó al mostrador. Quería liquidar el asunto en seguida. Pasó que Dumbledore encontró extraño que Merlina se fuera de un momento a otro, así que lo envió a él a ver si estaba bien en el cuarto alquilado.
— Disculpe —dijo con premura — ¿Merlina Morgan está aquí?
La bruja, que era regordeta y morena, miró unos papeles.
—Sí —dijo con voz gangosa —. Habitación treinta.
Severus subió dos pisos dando zancadas y tocó la puerta un par de veces. Nadie contestó.
— ¿Morgan? ¿Estás ahí?
Nada. Decidió entrar porque podría estar dormida. Miró el extraño escenario. Una varita estaba en el suelo y pudo reconocerla como la de Morgan. En el piso de piedra había una mancha de sangre. La ropa estaba a medio ordenar en el cajón. Faltaba una maleta evidentemente.
Corrió de vuelta hacia abajo.
— ¿Alguien salió con alguna maleta? —preguntó, empujando a varios magos quienes, enojados, lo regañaron.
—Sí —contestó la misma bruja —, hace cinco minutos. Una maleta grande, roja, llamativa y...
Severus fue al exterior.
— ¡Expecto Patronum! — exclamó, con voz temblorosa. Una lechuza se formó de pura luz plateada. Mucha gente rió del aspecto de esta, porque parecía una extremadamente vieja. Aún así, ésta se fue volando con mucha agilidad hasta el castillo.
No tardó en llegar al séptimo piso. Traspasó el despacho de Dumbledore. Luego, habló.
—Dumbledore —dijo la voz de Snape —. A Morgan le ha ocurrido algo. Creo que la secuestraron.
Los ojos del director se abrieron de par en par. Avisó de inmediato al personal y a algunos funcionarios del Ministerio.
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Merlina sintió que la depositaban en un suelo irregular, tal vez lleno de piedras. No se divisaba luz y, cuando Craig abrió la maleta, tampoco la hubo. El aire era sofocante y algo hediondo; tal vez había ratas muertas. Craig sentó otra vez a Merlina contra la muralla. Se alejó.
—Lumos —de la varita de Craig apareció una luz y le iluminó la cara a la asustada joven. Merlina solo distinguió su silueta; estaba encandilada.
—Shel... a... e... —rogó Merlina. El corazón le bombeaba con fuerza, y sentía un nudo en el estómago.
— ¿Qué te suelte? No... —Lanzó una carcajada maniática, algo jadeante tanto caminar — ¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? —No esperó a que ella hiciera algún gesto — Es que nadie sabe que estás aquí. Nadie te vendrá a buscar; a nadie le importas, Lina. A nadie, en serio—se sentó, sin dejar de alumbrarla —. Es por eso que debemos estar juntos, somos tal para cual. Tú jamás vas a encontrar a alguien que te aprecie realmente, porque no has nacido para ser querida. Además, ni tú ni yo tenemos el fastidioso privilegio de amar. Aparte, tienes una historia patética. Yo estaría feliz si mis padres murieran —Merlina se sacudió, horrorizada —. Somos un par de rechazados por la sociedad. No merecemos estar aquí... Somos tal para cual —reiteró, y Merlina movió la cabeza enfáticamente —. ¿No somos el uno para el otro? Claro que sí, Merlina. Tú misma me decías que yo era el único que me había logrado fijar en ti para formar una amistad en los momentos que tenías una autoestima muy baja. No creo que hayas cambiado de parecer así de fácil. De verdad, a nadie le interesas. No creo que se te hayan subido los humos a la cabeza por estar trabajando en el gran Hogwarts. Eso no significa nada. Y si es que piensas que el lunático de Albus Dumbledore te tiene estima, hazte la pregunta "¿A quién NO le tiene estima?". A nadie. No te creas, Lina... somos basura, no tenemos futuro, estamos perdidos, tú perteneces conmigo...
Dejó de hablar. Ambos aguzaron el oído. Hubo un ruido de piedras en las cercanías; luego, de pisadas en la entrada. La poca luz que entraba quedó oculta, y una sombra se reflectó a la derecha. Craig corrió hacia Merlina y la tomó en brazos, colgándosela al hombro. La persona de la entrada, avanzó hacia ellos, pero Merlina no vio nada. La cabeza le estaba presionando por la sangre agolpada.
— ¡Expelliarmus! —gritó Craig. Quien quiera que fuese la persona que los había hallado, se debe haber dado contra la muralla y quedado inconsciente al instante, porque ni siquiera gimió del dolor.
Merlina vio la luz. Veía el suelo a un metro y medio. Craig corría a toda velocidad hacia abajo. La gente gritó cuando llegó a la primera calle. Craig estiró el brazo en que tenía la varita. La gente retrocedió pensando en que él le apuntaba a ellas.
¡PUM!
El rojo autobús Noctámbulo apareció.
—Bienveni... —comenzó a decir el copiloto.
— ¡Apártate! —gritó, y subió violentamente. Merlina se dio contra una de las puertas. Craig se puso al lado del conductor y bajó a Merlina dejándola en pie, a su lado, pero afirmándola de la cintura con un brazo, y con el otro apuntando al chofer.
— ¡Llévenos lejos! ¡A cualquier lugar! ¡AHORA!
Los magos y brujas que estaban allí se agazaparon un poco y dejaron de hablar. Miraban a Merlina con pena y muertos de miedo. Ella en tanto les observaba con súplica. Pero nadie actuaba y el bus ya estaba viajando a toda velocidad por el camino de unos cerros. Merlina se intentó mover, aunque ya había suficiente ajetreo.
— ¡Apúrese! —vociferó Craig, fuera de sí. El conductor, desesperado, apretó unos botones por equivocación. Las puertas se abrieron. Y Merlina vio su oportunidad: ahora, o nunca. Nunca supo cómo se zafó del brazo de Craig, pero lo hizo. Tal vez fuera cosa de la magia precisamente. Dio un gran salto hasta la pisadera y un segundo salto, más grande que el anterior, hacia abajo, al exterior. Sólo escuchó el grito frustrado de Craig, pero el bus desapareció. Estaba a salvo. Tropezó con unas hierbas. Luego, cayó rodando decenas de metros hacia abajo, por un cerro, raspándose la cara con las malezas, los pinchos y las piedras. Quedó enterrada en el largo césped de un campo, consciente, pero totalmente adolorida. Las ataduras le empezaban a hacer daño. Se movió con todas sus fuerzas, pero fue peor. Los brazos se le quemaron un poco por el roce. Tal vez muriera deshidratada y por inanición.
— ¡Mmmmm! —chilló, enfurecida Todo le ocurría a ella. Maldito Craig... Lo detestaba. ¿Con quién diablos se había metido?
Estuvo cerca de diez minutos quemándose al sol y pensando en lo mucho que odiaba a Craig, perdiendo la esperanza de que alguien la encontrara, hasta que oyó un leve ruido de pisadas. Luego, un gato saltó a su lado, pero en dos segundos, ya no había gato. Era la profesora McGonagall.
— ¡Merlina! —chilló, sacándole inmediatamente las ataduras y la mordaza —. Por Merlín... ¡Gracias a Dios! Estás bien, Merlina...
El corazón de la muchacha dio un vuelco. Un alivio se extendió en su ser.
—Sí... bueno, adolorida... —Merlina intentó moverse, pero el cuerpo se le había acostumbrado a estar en una sola posición. La profesora de Transformaciones la ayudó a flexionarle los brazos y las piernas.
— No sabes cómo nos preocupamos... Dumbledore nos avisó que te habían secuestrado...
— ¿Cómo lo supo?
—No lo sé, pero apenas nos dijo, todos partimos a buscarte... Podías estar en cualquier lado... —apuntó con su varita hacia otro lado, convocó a su patronus y lo envió a informar sobre Merlina — Realmente pensamos lo peor...
—Y estuvo a punto de ocurrir —reconoció Merlina, parándose flojamente.
—Estás toda ensangrentada, morada... —se calló. Un patronus con forma de Fénix llegó hacia ellas.
— Craig Ledger ha sido encontrado y será llevado a Azkaban para luego enjuiciarlo —narró la voz de Dumbledore. Luego de eso, se desvaneció.
El nudo que tenía en el estómago se aflojó. Sonrió relajada, y abrazó a Minerva.
—Gracias... —susurró — Pensé que tal vez no me buscarían... Y la verdad es que no sé cómo lo supo Dumbledore... —se interrumpió. Un segundo patronus de Dumbledore apareció. El fénix abrió la boca.
—En dos minutos un auto del Ministerio llegará hasta allá.
—Vamos —le dijo Minerva y le ayudó caminar cuesta arriba, por donde había caído, acercándose al camino de tierra. Merlina se acababa percatar que se había torcido una pierna y tenía un hoyo en una de las rodillas del pantalón.
—Ahora me doy cuenta que me duele todo... —susurró Merlina, cerrando los ojos y dando pasos cortos. El efecto de la adrenalina que le había mantenido sedada comenzaba a esfumarse.
—Mandaremos a llamar a Madam Pomfrey, porque realmente estás herida —dijo la profesora con seriedad.
Llegaron hasta el camino y no mucho después se vio, a lo lejos, un auto negro y brillante. Minerva alzó una mano para que las vieran. Merlina ni siquiera podía levantar los brazos.
—Esto sí que se llama mala suerte... —susurró.
El auto se estacionó al lado de ellas y se abrió la puerta trasera. Adentro estaba Dumbledore, sonriente. Minerva ayudó a que Merlina subiera y luego ella entró. El auto partió de inmediato.
—Qué bueno que te hayamos encontrado —dijo Dumbledore —. Gracias, Minerva.
—De nada, Albus —contestó la mujer, orgullosa.
Merlina sonrió un momento, pero luego se puso seria.
— ¿Cómo supiste que había sido secuestrada? ¿Tiene alguna bola de cristal?
Dumbledore miró el techo unos segundos y luego la observó.
— Supuse que algo te debería haber pasado, porque no pensé jamás que te fueras sin despedirte —Merlina puso cara de culpabilidad —. No importa —agregó Dumbledore —, no te preguntaré qué fue. El punto es que envié a Snape —el corazón de Merlina se aceleró súbitamente—, quien fue a ver si estabas bien en el hotel. Y pues bien, llegó y se dio cuenta de que algo andaba mal, porque vio sangre en el suelo y me envió un mensaje —el corazón de Merlina casi explotaba. Se sentía roja —. Y te comenzamos a buscar. Yo contacté de inmediato al Ministerio para que estuvieran atentos a la captura de Ledger.
Merlina asintió lentamente y sonrió otra vez, pero bajó la vista porque Dumbledore la observaba de manera extraña. Quizá el también supiera lo que pensaba… Dumbledore casi siempre sabía qué pensaban o sentían los demás.
— Gracias — susurró. Estaba aliviada. No había ocurrido nada. Y sí le importaba a la gente. Ella pertenecía a ese mundo, no como había dicho Craig. Él era el único idiota que debía estar en otro lado.
