Disclaimer: Como ya sabrán, los personajes son de Stephenie Meyer, a ella las gracias, yo sólo peleo con el ocio.


Capítulo XIII

¿Optimismo?

«El universo escribió que fueras para mí.»

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Blanco. Todo a mí alrededor era blanco, claro y extraño. Estaba acostada y sólo veía el techo y las luces de un lugar ajeno a mí. Giré mi cabeza hacia la derecha, allí había un estante color plomo claro con cuatro cajones que no me decían nada de dónde me encontraba. Probé volteando a la izquierda, en ese lado había un frasco pequeño sin tapa que desconocía lo que podría contener, pero hizo que me viniera un dolor de cabeza repentino. Me llevé una mano a la frente en un acto reflejo y observé que de mi muñeca salía una especie de manguera muy delgada y enterrada había lo que suponía era una aguja.

Y caí en cuenta de dónde me hallaba.

Una mujer de unos cuarenta años de edad entró a la habitación y comprobé que de verdad me encontraba en un hospital. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo en cuanto hice certera mi deducción. No sabía qué me había llevado a despertar ahí, ni siquiera el motivo.

La enfermera se acercó y sonrió amablemente.

―¿Cómo te sientes, corazón? ―preguntó al momento de revisar mi ritmo cardíaco.

¿Cómo me sentía? Podría decirle que confundida, desorientada, preocupada y algo asustada sería una respuesta bastante sincera.

―Bien ―mentí.

—Es natural que te encuentres confusa, cielo, todo saldrá bien ―dio unas suaves palmadas en mi mano―, no te preocupes. Iré por el médico.

En cuanto salió suspiré sonoramente, no entendía que pasaba, traté de ordenar mis pensamientos pero fue en vano. Una lluvia de imágenes llenaba mi mente, hechos que no recordaba haber pasado e intenté concentrarme en ello buscando el sentido de lo ocurrido, mas no comprendí nada en absoluto. Sólo oscuridad.

—¿Isabella Swan? —preguntó la mujer frente a mí. Llevaba delantal blanco por lo que supuse era la doctora.

—Sí…

—El médico a tu cuidado tuvo que asistir una emergencia —explicó formalmente—. Soy la doctora Greene —sonrió.

—Un gusto —le devolví el gesto.

—Veamos cómo te encuentras, ¿de acuerdo? —le asentí—. ¿Sabes por qué estás aquí? —comenzó a preguntar.

—Lo último que recuerdo es que me fui a negro. Seguramente me desvanecí en la escuela —traté de explicarle. Ni yo lo recordaba bien.

Asintió y tomó nota.

—¿Qué día es hoy? —comenzó a interrogarme, respondí automáticamente.

—Martes.

—¿Tienes hermanos?

—No.

—¿Cómo se llaman tus padres?

—Charlie y Renée Swan.

Seguía anotando, con el ceño ahora fruncido.

—¿Sabes el día de tu cumpleaños?

—Trece de septiembre.

—¿Qué edad tienes?

—Diecisiete.

—¿Dónde vives?

—Forks, Washington.

—Bien —dejó de escribir para verme comprensivamente—. Tus padres están afuera esperando a ver si tienes algún trauma o secuela debido a tu desmayo —expuso con una sonrisa tranquilizadora—. Tu diagnóstico es muy común. Los haré pasar para responder a sus inquietudes y a las tuyas si es que las tienen, ¿sí?

¿Podía ser tan terrible? Sentía que sudaba helado. Me estaba inundando el miedo.

—Sí, claro —tenía la boca seca.

A los segundos, Charlie y Renée estaban a mi lado, viendo a la doctora con una ansiedad muy parecida a la mía.

—¿Qué es, es muy grave? —mi mamá estaba histérica.

—Los análisis dicen que no —la calmó sonriendo—, pero varía según como lo tomen ustedes Sra. Swan.

Hizo una pausa en donde reinó un silencio incómodo. Renée tomó mi mano y la apretó de forma cariñosa y alentadora.

—El diagnóstico es —comenzó a hablar e hizo una pequeña pausa—, amnesia.

Creo que no respiré por un largo período de tiempo. La noticia me llegó con demasiada sorpresa, no tenía palabras y la situación me estaba sobrepasando por lo que me limité a calmar mi respiración que ahora estaba agitada.

—¿Cómo puede tener amnesia? —preguntó cortadamente mi madre—. Nos recuerda.

—Es sólo amnesia temporal —explicó—. Recuperará la memoria con el tiempo, lo que no es predecible, puede ser en días, meses y quizás años —suspiré, me estaba estresando—. Por lo que veo en la ficha se mudaron a California, probablemente Isabella no recuerde todo ese lapso y quizás algunos meses atrás, nada que el tiempo y la paciencia no puedan solucionar —me sonrió comprensivamente no recibiendo respuesta de mí parte. Paciencia.

Suspiré nuevamente. Los ojos comenzaron a cerrarse sin ningún esfuerzo de mi parte y me di cuenta que una enfermera monitoreaba un tipo de gotario, por lo que en unos minutos ―si no fueron segundos― no vi más que oscuridad. Otra vez.

Desperté desorientada. Enfoqué mi vista en el lugar donde estaba, cerciorándome que de verdad estaba rodeada de aquellas paredes insoportablemente blancas que me hacían sentir cierta claustrofobia y desesperación por salir corriendo de allí.

La enfermera de turno desconectó las agujas y me colocó unos pequeñísimos parches en donde éstas estaban. Agradecida le devolví la sonrisa que ella había estado enseñando mientras me ayudaba. Me levanté de la cama apresurada, quería llegar a casa e informarme de lo que sucedía lo antes posible. Tenía tantas preguntas que no sabía cuál era más importante y que requería con mayor urgencia saber.

—Bella… no estés nerviosa, cariño, trataremos de que sigas tu vida normal hasta que empieces a recordar, ¿sí? —me alentó Renée al subir al auto junto con Charlie.

Puse mi mejor cara al ver el paisaje desconocido por la ventana, autos a montones, gran comercio, sol. Sol y lo único que recordaba era que amaba la lluvia de Forks. ¿Habré cometido algún crimen? Creo que sí, porque California… era el antónimo de Bella Swan. Simplemente no me llevo bien con el calor.

—Cielo, ¿quieres algo, comer, beber? —negué mientras entrábamos a la casa, me senté en el sofá del salón y comencé a observar mi alrededor. Se me hacia todo tan ajeno a mí.

—Por qué mejor vas arriba, te duchas, ves tú cuarto y así comienzas a familiarizarte con cada cosa —propuso Charlie desde la cocina. No tenía mucho tacto como mamá, así que más bien fue una orden.

—Puede que tengas razón.

Subí a mi habitación lentamente, viendo cada detalle. La casa en sí era grande, no como la de Forks que era normal pero acogedora. Mi cuarto estaba en el otro extremo de la de mis padres y tenía en la puerta un colgante que decía: «Bella». Original, lo sé.

La decoración era de envidiar, realmente no había visto nada más bello, armonioso y a la vez sencillo. Mi propio cuarto era tres veces el que tenía antes, un baño con tina, ducha, lavado sólo para mí, un closet en donde mi ropa caería sin problemas dejando bastante espacio. Todo era nuevo; escritorio con computadora, televisión con DVD, una cama muy amplia y seguía viendo más y más. Mis cosas que tenía en Forks también se encontraban aquí. Alice estaría vuelta loca, sobretodo en mi armario, claro, el espacio vacío dejaría de estarlo con ella aquí.

Y el mío también. Sentía que al no recordar cosas mi vida se convertía en un vacío y como recomendaron, no puedo preguntar nada hasta que recuerde sola. Por ejemplo, no sé por qué vivimos ahora en California, no sé nada de Alice, sólo recuerdo mi último día de compras en el centro comercial y listo. Después despierto desorientada en un hospital no sabiendo ni qué día es. Me siento tan frustrada.

—¿Te gusta tu cuarto? —preguntó con emoción Renée desde la puerta.

—Es precioso, mamá —le dije sonriendo sinceramente—. ¿A cuánto estamos? ¿Qué mes?

—Estuviste durmiendo tres días cariño, hoy es domingo diecisiete de Mayo.

Asentí frunciendo el ceño, algo me decía que en este día iba a pasar algo y mi cabeza comenzaba a doler. No lograba recordar nada.

—¿De verdad vivimos ahora aquí o estamos de visita? —pregunté sin poder evitarlo.

—No debes estresarte con eso, Bella. No quiero que te ocurra otra vez algo.

Sus ojos comenzaron a brillar advirtiéndome que lloraría. Asentí y guardé silencio mientras me llevaba abajo otra vez. Iba guiándome hacia la entrada.

—Tengo que mostrarte algo.

Tomó mi mano dejando a papá confundido en medio de la sala. Observé a mi madre con el ceño fruncido, quien no lo veía ya que me tiraba hacia fuera parando justo un poco más allá del pórtico. Observaba la calle, las casas de un parecido estilo exceptuando una, la de enfrente. Se posicionó a mi lado mostrándome exclusivamente esa gran casa.

—Ahí vive un matrimonio y su hija —informó sin verme, un poco absorta—. Son realmente una familia hermosa.

Al parecer me estaba perdiendo algo o simplemente no estaba de ánimos para intentar entender a Renée. Lo que sí sé y que mi mente entendió a la perfección, fue identificar ese auto al que muchas veces hice de un lugar para mi desahogo.

Alice estaba aquí. En California frente a mi casa. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

—No puedes hacer nada hasta que lleguen —dijo leyéndome el pensamiento. Su tono era de decepción y a la vez alegría. No la entendía.

—¿Sabes qué está haciendo aquí? —inquirí todavía viendo el porsche.

—¿Quién? —me preguntó frunciendo las cejas.

—Alice, mamá, ¿quién más?

Rodé los ojos, era despistada igual que yo. Ahí se ve que podría ser mi madre.

—Ah, no lo sé. De visita quizás —dijo restándole importancia. Algo raro en ella.

—¿Me estás ocultando algo? —le espeté curiosa.

Se encogió de hombros, muy displicente. Siempre acababa por descubrir lo que me ocultaba, pero desde hace un tiempo algo me lo impedía. Y ahora con el asunto de mi «amnesia» me ocultaría casi todo. Tendré que aprender a ser paciente.

Charlie salió a avisarnos que entráramos a comer. Había en la mesa mi comida preferida: lasaña. Comimos en silencio degustando tal delicia, mamá cocinaba exquisito y no había podido comer bien en el hospital así que devoré mi plato con comentarios de mis queridos padres. El postre que era nada más que pastel, hizo que me surgiera una pregunta sobre el negocio de mamá. Iba a hacerla en voz alta pero Charlie se adelantó.

—Renée, no lo hagas, era sorpresa, ¿no?

Me fijé en ellos, papá la miraba medio sorprendido y ella mordía su labio debatiéndose en hacer, no hacer, hablar, no hablar, o lo que sea que estuviera a punto de suceder, porque sí, iba a suceder.

—No puedo callarme cuando la veo así, Charlie —le dijo ella abatida.

Mi padre levanto sus manos y siguió comiendo dándole a entender que lo hiciese. Se volteó para poder mirarme. Sonrió anchamente y dijo:

—No te vayas a poner histérica, ¿de acuerdo? —le asentí ansiosa y prosiguió—. Los Cullen se mudaron.

—¿Qué? —le pregunté asombrada.

—Sí, y nada más que frente a nosotros.

Bueno, decir que grité de emoción es quedarse corto, porque fue el grito más fuerte que he dado en mi vida. Charlie puede que haya quedado sordo, no pudo taparse sus oídos por estar ocupado y mamá daba grititos —moderadamente— sumiéndose a mi felicidad. Feliz es poco, estaba eufórica, alegre, optimista y todo lo que se le pareciera. Saber que tendría a mi mejor amiga al cruzar la calle me llenaba de emoción.

—¿Puedo ir a verla luego? —pregunté esperanzada.

—Después que tomes una siesta, aún estás cansada y esas ojeras a Alice no le van a hacer gracia —comentó ella y reconocí que tenía razón. ¿Habrá llamado mientras estaba en el hospital?

—Yo voy —dijo Charlie y se levantó a contestar el teléfono que no había oído.

Mayo y las clases terminaban en junio. No entendía el enredo de las mudanzas, no le veía la lógica cambiarse a un mes de la graduación y no poder esperar a terminar nuestro penúltimo año. ¿Se podía hacer? ¿Acabaría las clases e iría a una nueva escuela por unos días nada más? ¿De verdad había despertado o seguía soñando?

—¿Quién era? —oí preguntar a mamá.

—Alice quería saber a qué hora podía venir a visitar a Bella —contestó echándose un bocado más de pastel—. ¿A las cuatro está bien?

—No hay problema con la puntualidad ahora —bromeé.

—No quiero imaginar qué harán ahora, Charlie —dijo Renée asustada—. Como policía debes hacerte respetar, porque Alice tiene un don muy especial de convencimiento.

—Conmigo nadie puede, menos una niña —respondió él altanero—. ¿Sigue haciendo esos pucheros? —preguntó ahora en el mismo tono de mamá.

Las dos asentimos divertidas. Él murmuró algo parecido a «estoy perdido» que nos hizo soltar una carcajada.

—Te acostumbrarás.

Tras ayudar a mamá a secar la loza y luego guardarla, obedecí a la orden de Charlie de inmediato. Me tumbé en mi nueva cama pensando en este día y en los anteriores a esta estúpida amnesia. Me sumí en la inconsciencia preguntándome demasiadas cosas; la última antes de irme a negro otra vez fue el por qué estaba en esta condición, ni siquiera querían decirme si me desmayé, me pegaron, quizás un accidente o un hecho traumático. Nada.

Soñé con lluvia y la vegetación de Forks. Ver el verde en casi todo lo que me rodeaba me hizo sonreír y añorar ese pequeño pueblo. También a él.

—Bella —susurraban despacio cerca de mi oído. Me di la vuelta boca abajo—. Bella —murmuró otra vez esa voz molestosa un poco más fuerte. La seguí ignorando—. ¡Isabella!

Abrí los ojos asustada y me vi a mi misma sentada en la cama. Desubicada, busqué a la causante de despertarme cuando estaba en lo más lindo de mi sueño. Al lado del closet una pequeña chiquilla con una sonrisa anchísima me miraba emocionada.

—¡Alice! —exclamé dándole una sonrisa entusiasta. Iba a levantarme cuando sentí un peso encima de mi estómago.

—¡Te odio! No vuelvas a hacernos esto nunca Isabella, promételo o hago que tu amnesia dure unos cuantos años más —amenazó ella con voz entrecortada.

—Te prometo lo que quieras si me dejaras respirar, Alice —le sugerí dando una bocanada de aire.

Se separó y se sentó limpiándose las lágrimas frente a mí. No sé si era mi idea o era porque no recordaba algunas cosas, pero se veía diferente. Alice Cullen nunca, desde que la conocí, ha tenido ojeras visibles. Era vanidosa para dejarse ver así y las que traía ahora me preocuparon.

—¿Qué pasa? —le pregunté tomando su pequeña mano—. ¿Estás bien?

Asintió de inmediato sonriéndome de nuevo. Mientras lo hacía lágrimas caían en abundancia y los sollozos no se hicieron esperar. Me asustó de verdad, ella no lloraba casi nunca.

—Estoy bien, es sólo que… me asustaste —dijo entre hipos—. Nos asustaste a todos.

—Lo siento —murmuré sin saber qué decir—. Pero ya estoy bien —la tranquilicé en broma—, no te olvidé.

Golpeó mi brazo y rió.

—Hubieses sufrido… —la interrumpí.

—Tu ira, lo sé —me sonrió asintiendo y levantando su perfecta ceja.

—¿Cómo se le ocurre a tu rara cabeza olvidar, Bella? —me reprochó moviendo la cabeza—. Renée me pidió que no te dijera nada y Charlie me advirtió de una manera que aunque me ruegues y llores, no podría decirte nada. A veces me pregunto si serás adoptada.

Reí y le di en su cabeza un almohadazo. Hizo un puchero tan característico de ella y volvió a abrazarme.

—Así que somos vecinas, ¿eh? ¿No puedes vivir sin mí? —bromeé y me observó pícaramente.

—Me descubriste, pero lamento decirte que ya te ganaron cariño —dijo altaneramente—. Te demoraste en darte cuenta que soy el amor de tu vida.

—Ya quisieras pequeña demonio, pero creo que Jasper es tu alma gemela —asintió y abrió la boca para hablar pero la interrumpí agregando—: y no deseo ser tu amante.

Cerró su boca de inmediato y frunció el ceño divertida.

—Tú te lo pierdes —bromeó—. Te tengo una noticia —exclamó cambiando de tema radicalmente, entusiasta y aplaudiendo—. Por nuestras calificaciones que son genialmente geniales por supuesto, nos cerraron el año. No necesitamos acabar el curso y como clínicamente estás con esta amnesia no tuviste problemas.

—¿Cuándo supiste esto?

—Recién, tus padres acaban de enterarse.

Creo que era lo más lógico. No le preguntaré por qué ella tampoco terminará si Carlisle es médico. Lo que si me confundía era por qué se mudaron. Sus hermanos estudiaban aquí, sí, pero sus padres tenían trabajos estables en Forks, Esme dejando su hermosa casa que amaba se me hacía extraño.

—Alice, ¿por qué se mudaron? —pregunté directamente y me observó seriamente—. ¿Transfirieron a Carlisle, Emmett sigue metiéndose en problemas o Edward decidió cambiar de carrera y ser músico?

Edward. Desde cuándo llamaba por su nombre de pila al hermano de Alice y cómo sabía que le gustaba la música. Alice me miraba sorprendida y creo que yo a ella igual. Dónde quedó Tony, el no nombrarlo y el inevitable sonrojo. Mi amiga tenía una expresión de dolor que me llegó a mí. Algo pasó, porque sentir esta tristeza repentina no era razonable. A él no lo conocía, nunca le he hablado y me parecía extraño este sentimiento.

—Lo decidimos entre los cinco, Bella —respondió con voz sombría—. Emmett y Edward se van a venir a casa también dentro de la semana. No necesitarán más el departamento así que lo van a alquilar.

Asentí ausentemente no ignorando la manera en que dijo su nombre.

—Dime qué pasa, Alice —le pedí sabiendo su respuesta—. No voy a aguantar esta incertidumbre por quizás cuántos meses si no me ayudan. Mi cabeza tiene una parte en blanco y aún así siento que tengo demasiada información —me cogí la cabeza con las dos manos exasperada—. No sé si vaya a aguantar, es tan… frustrante todo.

—Vas a ver que sí, Bella —me animó acariciando mis cabellos—. Escucha, la probabilidad de que recuperes la memoria antes de terminar este año es favorable, y quizás te ayude si intentamos recrear y hacer cosas que hicimos en ese lapso en blanco que tienes —sugirió con una sonrisita—. Sería divertido.

—Puede que tengas razón —levantó una ceja y me retracté—. Está bien, tienes razón, pero sólo hay una condición.

Me miró expectante y proseguí.

—Nada de compras.

Abrió la boca estupefacta y le sonreí tiernamente.

—¿Me lo vas a negar, Alice?

Negó de inmediato con el ceño fruncido y captó mi intención después que la abracé.

—Me las pagarás todas juntas después, Isabella. Lo juro.

Reí contenta de poder escucharla otra vez. La tiré junto a mí y nos recostamos mirando el techo en silencio. De alguna forma me sentía completa sabiendo que mi mejor amiga estaría cerca de mí, pero por otra parte sentía una añoranza muy fuerte por alguien. Sí, por alguien que no recordaba hasta hablar con Alice. Alguien que no estaba segura quién era ni cómo se llamaba, nada. Simplemente lo extrañaba.

Cerré los ojos disfrutando de ese momento y me pareció oír susurrar a Alice algo como «si supieras», la verdad no escuché bien, pero no quise hacer más ideas en mi cabeza. Este día le diría adiós al pasado y viviría el presente. Qué más podía hacer.


Si hay un tema que me fascine poder investigar en algún momento es todo lo relacionado con la amnesia. Creo que es una señal.

Ya está terminando este fic, ojalá se queden hasta el final, quedan entre cinco actualizaciones más y acaba.

Saludos.