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Un doctor no debía sentir culpa nunca.

Esa era la primera regla que le dijeron a Bonnibel. Evita la culpa. La culpa era fatal. La culpa podía destruir la carrera de un doctor, y su vida. La muerte de pacientes era normal en las manos de los doctores. Algunas veces, era inevitable. Algunas veces, era algo que debía pasar. Era su momento. Y no la culpa del doctor. El doctor podía darle al paciente el correcto tratamiento médico, proveerle de cirugías, ofrecerles el tiempo posible para recuperarse, pero, al final del día, todo caía a la suerte; destino.

Cuando un doctor se decaía, ellos debían levantarse otra vez. Tenían que.

Aun así había casos en que los doctores no podían sobreponerse. Colgaban sus capas, se iban, y nunca miraban atrás. Bonnibel no quería ser como esos doctores. Quería hacerle frente. Quería ser la mejor. La Medicina era competitiva. Había enemigos y rivales en todas partes. A Bonnibel le gustaba la competencia, era muy vivaz. Se negaba dejar a un paciente acercarse a ella, porque pensaba que era lo mejor. Pensaba que podía ser más, que podía ser fría, desligarse, todo lo que no era.

Marceline estaba muriendo.

La verdad pesaba sobre los hombros de Bonnibel. La aplastaba, le rompía los huesos. Se había olvidado de ese crucial hecho—se había saltado partes del historial médico de Marceline. Nunca considero la falla al corazón, presión sanguínea. Mirándola ahora, Bonnibel pensaba que era su culpa. Había lastimado a Marceline al dejarla. No podía ser coincidencia que Marceline fuera admitida en el hospital unas semanas luego por una falla cardiaca.

Culpa.

Era lo peor, la más desagradable emoción. Bonnibel estaba temblando, aferrándose al historial de Marceline tan duro que se lastimaba a sí misma. No había nada que pudiera decir. Todas las palabras que habían salido de ella; eran inservibles. Inútil. Absolutamente patética mientras se queda para ahí, viendo al Doctor Peppermint le informaba a Marceline los riesgos de moverse, y que una cirugía era necesaria en orden de mantenerla con vida. Marceline estaba siendo irracional, intolerable, pero estaba enojada. Decepcionada.

Decepcionada de ella misma. Bonnibel no tenía ni idea lo que era sentir—lo que Marceline estaba sufriendo. La mujer ni siquiera pudo llegar a la cochina escalera, y menos más subirla. Si esas enfermeras no la hubieran encontrado, quien sabe que hubiera pasado. Marceline estaba exhausta. Bonnibel podía reconocerlo. Estaba terriblemente pálida, y su ritmo cardiaco era espontanea en sus subidas y bajadas. Estaba más delgada; sin apetito, cuando hablaba se le notaba los huesos de las mejillas. A pesar de todo eso, en sus ojos se reflejaba la ira, impaciencia. Marceline odiaba que le dijeran que hacer, especialmente por un doctor.

'¿Cuál es el punto de quedarme aquí si no van a hacer nada? He estado postrada a esta estúpida cama por casi una semana, y todo lo que te tenido son enfermeras que van y vienen chequeando mis estadísticas y toda esa mierda. ¡No voy a desperdiciar lo poco que me queda de vida en este estúpido lugar!'

'Bien,' Peppermint gruño. 'Vamos. Vete. Pero, te apuesto a que colapsas antes de llegar a la salida.'

'¿Es una apuesta? Porque la acepto. Lo haré. Si me dejas salir –'

'No sé si no te has dado cuenta, pero no puedes ir a ninguna parte. Moverte causa tensión en tu corazón, y yo te recomendaría que aceptaras un marcapasos. La cirugía dura a lo más una hora; y no sentirás ningún dolor—'

'Mierda, ¡¿Cuántas cosas más me harán?! Estoy harta. Estoy harta de toda esta mierda. No quiero estar aquí más. Me han dado cientos de tratamientos y cirugías para que este normal como los demás. ¿Adivina qué? ¡Ni siquiera funciona!'

'Si fueras paciente—'

'¿Paciente?' Marceline se mofo. '¡Se sido paciente por los pasados 25 años! ¡No me digas sobre paciencia, mierda!'

Peppermint se mofo un poco, pero no levanto la voz. Afortunadamente, era un doctor con experiencia quien había tratado pacientes como Marceline con anterioridad. 'Sé que lo que estás pasando es duro.' Marceline rodo los ojos. 'Pero, la implementación de marcapasos generalmente son exitosas. Si me dejas hacerlo, entonces te podrás ir. Te lo prometo. Tal vez y no vuelvas aquí de nuevo.'

Otra burla. Marceline se negó a aceptar la cirugía. Miro hacia la ventana y movió un poco la cabeza. 'Quiero ir a casa.' Era todo. Era todo lo que quería. No quería una cirugía, no quería sobrevivir. Se había rendido. Todo lo que Marceline quería era ir a casa; quería morir en algún lugar donde se sintiera segura.

Quería morir. Bonnibel sintió una ira poco familiar empezar a surgir desde el fondo de su estómago, a través de su cuerpo; le choco. La última persona que esperaba que se rindiera era Marceline Abadder. Era una de las mujeres más fuertes que conocía. Era fuerte, constantemente en control, segura, presumida – divertida. Esta persona había entrado y salido del hospital desde que era una niña. ¿Cómo podía rendirse ahora? ¿Cómo podía hacer tal cosa?

Todos los esfuerzos en vano.

Suspirando hondamente, su jefe la miro, y camino, 'Cuando cambie de opinión, llámame.' Luego se fue. Bonnibel trago y miro a Marceline. La paciente aún estaba mirando hacia la ventana, y parecía haberse calmado. Bonnibel considero irse, también. Tal vez, Marceline necesitaba espacio, un momento para reponerse. Estaba frustrada, triste—necesitaba tiempo para aclarar sus pensamientos.

Bonnibel bajo el historial. Caminando hacia afuera.

Era horrible. Cada segundo era horrible. Ver a Marceline en ese estado la hacía querer llorar, era tonto. ¿Qué le había hecho Marceline para que Bonnibel se preocupara por ella tanto? ¿Por qué Marceline tenía este efecto en ella? ¿Por qué sus destinos se seguían cruzando? Bonnibel no quería que Marceline sufriera más, pero no podía manejar la idea de la muerte. No. No, no podía morir. Mierda, Bonnibel no permitiría que pase. Se acercó. Se detuvo en la cama de Marceline.

Marceline la estaba ignorando o no había notado su presencia.

'Hola,' Bonnibel murmuro.

Sin respuesta.

'Creo que deberías seguir las recomendaciones del Doctor Peppermint. Él ha tratado pacientes como tu muchas veces; él sabe de lo que está hablando.'

Otra vez, sin respuesta.

'Necesitas el marcapasos, Marceline. Si no, no sobrevivirás. Morirás.'

Nada. Bonnibel rechino los dientes. Exhalo y se volteo. Cerca de irse. Cerca de abandonarla de nuevo. Pero, algo la molestaba, algo pesado, algo fuerte, la forzó a volver. Bonnibel con las justas reconoció su propia voz cuando hablo. Y cuando hablo, sintió como si su corazón hubiera dejado de latir, sintió como si la Tierra hubiera dejado de girar, como si la vida se hubiera detenido. Cuando hablo, Bonnibel no pudo contenerse más.

Explotó.

'¡No seas egoísta! No puedes hacerlo. ¿Cómo te atreves a rendirte? Tú no te rindes, Marceline. ¿Sabes, porque? Porque he movido mi culo para mantenerte viva. Me obsesione chequeándote la última vez que estuviste aquí, estaba desesperada por asegurarme que estuvieras bien. Y lo hiciste; lo hiciste, por mí. ¡Así que lo mínimo que puedes hacer es tener la decencia de aceptar la cirugía del Doctor Peppermint! No me puedes joder así. ¡No puedes, Marceline! No es tu tiempo de irte.' Bonnibel pauso de repente, su voz se quedó en su garganta. '… no te puedes ir.'

Esperar. Esperar. Marceline estaba silenciosa, pero la escucho. Estaba registrando todo lo que Bonnibel le había confesado, entendiendo lo que le dijo; ella escucho. Todo demasiado tarde, Marceline finalmente respondió. Lentamente, ella voltio su cabeza para mirar a Bonnibel. Veneno en sus ojos. No había simpatía, ni lastima, ni enojo, ni amargura, nada. No había nada en sus ojos – solo muerte, el tiempo pasando. Segundos fluyendo.

'¿Qué no te joda? Yo no jodo, Doctora.'

'Quiero que estés viva.'

'Tal vez yo no tengo más energía. No sabes por lo que estoy pasando.'

Bonnibel se rio, y era cruel, una risa sarcástica. Carecía de humor. Gracia. Era fría. 'Oh, créeme, Marceline, sé exactamente por lo que estás pasando. He visto pacientes como tu antes. Sé del trauma que pasan al descubrir que sus corazones están fallando. No puedes rendirte tan fácilmente, Marceline. No es justo.'

'Me disculpo. No quería herir tu ego.'

'No te hagas la graciosa conmigo.'

Negó con la cabeza, y Bonnibel vio algo. Un brillo de odio. Marceline estaba desesperada. Había pasado por mucho. ¿Cuál era el punto de seguir con este tipo de vida? ¿Cuál era el maldito punto? Marceline no tenía a nadie. Nadie a quien sostenerle la mano, consolarla, ofrecerle charlas, mantenerla bien. No había ningún punto en ser tratada cuando estaba permanentemente dañada. Eventualmente la causa la mataría.

Antes de que Marceline hablará, a Bonnibel la inundo la pena.

'Odio vivir. Cada día es una faena. Tu sabes, mi vida nunca fue fácil – desde que era niña, mi mamá rara vez estaba en casa; trabajaba constantemente, pagando los costosos medicamentos. Dando cada centavo que ganaba por mí. La casa que compartíamos, bueno, si es que puede llamarse casa. Un cuarto, una cocina. Eso era todo. Ella solía coger ropa de la Iglesia—ya sabes, las antiguas, las de segunda mano que les dan a los pordioseros, porque no podía pagarnos nada. Pase la mayoría de mi niñez en el hospital.' Se encogió de hombros y sonrió, pero no de alegría. Ella sonrió porque Bonnibel era ingenua, ignorante. Sonrió porque ya estaba hecho. 'Me hice amiga de las enfermeras—personas con el doble de mi edad. No me ofrecieron la educación que tu tuviste; no tuve la oportunidad. Fallaba los exámenes más básicos porque estaba muy enferma.'

Inhala.

'Aun visito los mismos hospitales. Fue la TB por un largo tiempo. Solía tener ataques epilépticos, pero afortunadamente ya pasaron. El asma fue lo peor, pero mi alta presión sanguínea—'Marceline entrecerró los ojos, '—es lo que me asusta más. No puedo caminar por ahí. Si, puedo tener un marcapaso, pero ¿luego qué? Porque puedes tratarme tanto como quieras, pero, siempre, algo me trae de regreso aquí. Siempre hay algo malo conmigo.'

No sabía porque estaba revelando tanto; porque creía que a Bonnnibel le importaría, pero hablar de su vida, que tan cagada fue su niñez, ayudaba. Quería que alguien supiera de donde venía, quería que alguien tratara de entender. La única idiota a quien confiaba era Bonnibel. A la única persona a quien se lo podía contar era Bonnibel.

Era suficiente.

'No sabes por lo que estoy pasando,' Marceline repitió. 'Soy débil; mi cuerpo siempre ha sido débil. Los Doctores parecen olvidar que los pacientes también sufrimos emocionalmente. Claro que cuando eso pasa, los mandan al área de psiquiatría. Mi cuerpo se rindió al momento en que me dieron a luz. Ahora, yo me rindo. No puedo luchar con esto; no puedo ganar. Tampoco puedes tu.'

Bonnibel rodo los ojo, pero sabía que Marceline tenía razón. Bonnibel podía aprender todo sobre el cuerpo, acerca de cada enfermedad, pero aun así seguiría siendo una de las personas más ignorantes que estuvieran vivas. Era solitario, perder a su madre, lo que hizo que Marceline aceptara la muerte. Keila solo volvía cuando era conveniente para ella—cuando no tenía miedo. Mirando a Marceline, Bonnibel pudo entender porque Keila la abandono cuando las cosas se ponían muy pesadas.

Temblando, Bonnibel hizo una mueca de dolor cuando sintió un pellizco en su costado. Quería que Marceline dejara de hablar, para, solo para de hablar, por favor, por favor, no lo digas—no digas que te rindes. Bonnibel ladeo su barbilla a un lado y deseo que Marceline mirara hacia otro lado. Dejará de mirarla. Marceline estaba esperando la respuesta automática que le daría Bonnibel, algo estúpido que hubiera leído de un libro. Esperaba que Bonnibel se mostrara inmutable. Espero el acto.

Pero, ¿Qué podía hacer?

Bonnibel era solo una interna. Una princesa.

Una tonta, e inocente niña que, de alguna manera, tontamente (inevitablemente) tenía sentimientos por su paciente.

Sentimientos que se negaba a aceptar, sentimientos de los que huía desde las pasadas semanas. Sentimientos que sabía que eran destructivos, mal. Bonnibel reprimió su llanto, pero no pudo. Se apoyó contra el muro, e intento de parar las lágrimas de fluir. Le picaban los ojos, y se le dificultaba respirar. Inhalo, y trato de sacárselo. La culpa, la pena, la amargura, la traición, el dolor. Ella había venido a este hospital esperando mucho más.

Mucho más.

Luego lloro. Silenciosamente. Lloro por Marceline. Lloro porque nadie había llorado por ella antes, lloro porque ella era el único espécimen en la tierra que sabía lo inútil que era la vida de Marceline. Era inútil, llorar. En los ojos de Bonnibel se filtraron con lágrimas, sus mejillas se enrojecieron, y suspiro. Esto no era justo. ¿Por qué Marceline tenía que pasar por esto? ¿Por qué no podía ser alguien más? ¿Por qué su paciente tenía que sufrir?

¿Por qué Marceline?

'Estas llorando.'

'Cállate,' Bonnibel gruño, secándose las lágrimas con mi manga.

Marceline obedeció, y observo como cada lágrima caía al suelo. Vio el daño, el daño que había causado. Sin quererlo, había hecho llorar a Bonnibel. Y Bonnibel no estaba llorando de lastima. Estaba llorando porque la había herido. Hirió a Marceline. Hirió a ambas. Bonnibel estaba llorando porque Marceline no estaba llorando, y alguien debía llorar. Así que Marceline la dejo llorar. La dejo hacer lo que ella no podía.

Y ella lloro por un momento. Silencioso, como siempre. Pero llorando de todas maneras. Bonnibel no se movió, presiono su espalda contra la pared, sujetando el historial de Marceline – joven, frágil, incierta, confundida. Todo era un desastre; un cochino desastre. Bonnibel sentía que le había fallado a Marceline. Le fallo en tantas maneras. Ella había sido tan obvia, se había perdido en sus patéticos problemas, en su estúpido compromiso con Braco. Todo era un desastre, ridículo.

Había buenas razones por lo que los doctores debían dejar su vida personal fuera del hospital.

Bonnibel recordó esa lección. Ellos no te enseñaban como hacerlo.

Mierda.

'—No me dejes.' Bonnibel exhalo, bajo la mirada. 'Déjame darte una razón para vivir. Por favor.' Era puramente egoísmo. Bonnibel no sabía porque se sentía de esta manera, porque de repente Marceline era tan importante. No sabía cómo todo esto había pasado. Como cada maldita pieza caía en su sitio. Click. Tenía sentido. 'Déjame ayudarte.'

("Odio vivir."

Ese comentario fue el detonante. Bonnibel nunca podría recuperarse.)

Marceline ya tenía su respuesta, pero, esta vez, lo pensó. Cuando Bonnibel la miro de nuevo, con una expresión suave, derrotada – no tenía mucho que ofrecer, excepto ella misma. Ella haría lo que fuera para mantener a Marceline viva; honestamente lo haría. Tonta niña. Ser una doctora—ha, que equivocación. Que estúpido error.

Había mucho talento que ofrecer. Bonnibel era lista, excepcionalmente lista, nacida para esta carrera. Y lo estaba desperdiciando todo en una paciente. Arruinando todo lo bueno en su vida por Marceline. De buena manera. Demasiado inútil.

Bonnibel había entrado en la vida de Marceline unos pocos años después.

Pero, la doctora se aferraba a una tonta esperanza, tal vez, era demasiado tarde.

Desesperadamente.

Todo había ido a mal. Fuera de sus manos. Fuera de su control. Marceline quería negarse, quería alejar a Bonnibel; no quería nada que ver con ella. Bonnibel no quería nada que ver con ella—lo había hecho claro antes. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por qué estás haciendo esto? Marceline no tenía elección. Bonnibel sí. Encadenada. No se había alejado, ido—era otro arduo camino en su ilusionada gloria.

Marceline importaba.

Bonnibel lo había dejado en claro.

El alivio era demasiado para manejar. La voz de Marceline era débil, pesada con repugnancia y miedo, 'me hare la cirugía.' La felicidad de Bonnibel era venenosa, toxica; quemaba. Un fuego esperando ser extinguido, libre, abierto, salvaje. Impresionada. Desvanecerá en la nada, en cenizas. Otra lágrima se escapó, y esta fue la última.

La cirugía duro poco más de una hora. Bonnibel espero afuera. El Doctor Peppermint le prohibió acercarse a la sala, no importaba cuanto preguntaba. No importaba. Bonnibel estaba atrapada en un mundo donde solo ella y Marceline compartían. Por una hora y siete minutos, espero porque su paciente regresara. Se sentó contra el muro, mirando a la nada, esperando, esperando. Ni una vez su localizador sonó, como si supiera que no estaba disponible para nadie.

Pensó en lo que pasaría después. Que es lo que haría. ¿Qué es lo que significaba para ellas? Marceline había aceptado la cirugía, pero solo luego de saber que Bonnibel estaba a su lado. Por un momento, Bonnibel deseaba dejarlo todo. Tirar a la basura su anillo de compromiso, dejar a Braco—encontrar una vida en la que solo pudiera enfocarse en Marceline y solo a Marceline. Pero no podía manejarlo. No podía. Marceline era una traficante de droga, una criminal, y casi se ríe.

Dios. Todo estaba hecho mierda.

Pensó sobre Marceline en la cirugía, despierta en la mesa de operación mientras el cirujano la confrontaba, le decía que estaba pasando y lo que pasaría después, asesorándola. Y se preguntaba si Marceline tendría miedo, preocupación. Se preguntaba si Marceline sentiría algo; si en verdad esta cirugía importaba, o si alguna otra cirugía. Se preguntaba si Marceline tenía alguna idea de cómo Bonnibel se sentía; se preguntaba si Marceline se sentía igual.

Se preguntaba y se preguntaba.

Era su localizador. Era Marceline. Había salido de cirugía. Estaba viva. Bonnibel se puso de pie y corrió, presiono su estetoscopio contra su hombro para que no se cayera. Su corazón estaba como loco, estaba mareada, frenético, estallando de vida. Doctores y enfermeras pasaban borrosamente. Habitaciones pasaban tras ella. Los largos corredores terminaban y terminaban, y, eventualmente, llego a la habitación de Marceline. Cuando llego, sin aliento, nerviosa, aliviada, sonrió cuando lo vio.

Y era una sonrisa real. Ni una pisca de desesperación, miedo, reluctancia—era real. Genuina, y nunca había sonreído así por nadie. No para Braco, no para Raini, ni para su madre, ni su padre, ni su hermano. Nadie; excepto para Marceline. Obviamente no esperaba que Marceline compartiera el mismo entusiasmo, pero la presencia de Bonnibel era bienvenida; estaba un poco ida debido a la cirugía, pera estaba bien. Estaba bien, se encontraba bien.

Bonnibel vio las puntadas, la herida en el lado izquierdo de su pecho. Era limpia, realizada propiamente—su cirujano había sido uno bueno. El marcapaso está adentro, trabajando, corrigiendo su ritmo cardiaco, manteniéndola estable.

'¿Cómo te sientes?'

'Duele un poco.'

'El dolor se irá, eventualmente. Puedo darte antibióticos para cuando te vayas. Te curaras rápido, y ni cuenta te darás que está adentro—'

'Lo sé. El cirujano me lo dijo.'

Cortante. De golpe. Bonnibel dejo de hablar, y la miro propiamente. Marceline estaba empezando a dudar de su decisión. Hasta donde le concernía, podía haber hecho las cosas peor; la muerte solo estaba a unos meses más lejos que antes. Ella debería haber aceptado su destino, debería haber dejado que las cosas pasaran de la manera que tenían que pasar.

No debería haber escuchado a Bonnibel.

'Hiciste lo correcto.'

'Mm.'

'Marceline—'

'No seas condescendiente conmigo.' Respiro. 'Si me puedo ir de aquí para mañana, entonces lo que sea. No me importa.'

'Por favor escúchame.'

'Lo hice.' El labio inferior de Marceline tembló. 'Creo que te escucho demasiado.'

'Quiero lo mejor para ti.'

'No. Quieres lo mejor para ti.'

Bonnibel empezó a temblar de nuevo. Su mano reposo en el hombro de Marceline, luego paso por la herida, encima de su bata. Paro en su corazón. Y podía sentirlo—latiendo. Thump, thump, thump. Tan hermoso, tan normal, tan perfecta. Un débil tick en su marcapaso, manteniéndola bien, controlando su corazón, controlándola. Thump, thump, thump—

Había una perdida que no estaba dispuesta a demostrar. La pérdida de dignidad, auto-respeto, confianza. Marceline aún estaba débil, frágil, fácilmente quebrantable.

Hacía que Bonnibel quisiera llorar, pero no lo hizo esta vez.

'Me importa,' susurro. 'Me importas. No yo. Me importas tú. Solo me importas tú.'

Dejaron que pase.

Ellas lo permitieron.

Marceline suavizo su expresión. Desplomo sus hombros. No alejo a Bonnibel; se quedó, y cuando Bonnibel la beso, ella la beso también. Todo regresaba: la prisa, el calor, la emoción, la excitación, el terror, la pesada, pesada, oscuridad, el abrasador final. Bonnibel sabía que había caído en una trampa. Para ese momento, no había vuelta atrás. Todo había terminado.

En un martillazo—se llevó a Marceline con ella.

Por un momento, Bonnibel se alejó. La miro por última vez, miro lo que quería, lo que había decidido—las mentiras y engaños que estarían forzada a darles a quienes amaba, cuánto daño le haría a su carrera si esto saliera a la luz. Sus dedos pasaban flojamente sobre la mejilla de Marceline, y de repente nada más importaba.

Bonnibel la beso de nuevo, duro, largo, temblando, ahogándose.

Se había ido.


Y ya esta. Diganme que opinan un review siempre ayuda y me acelera a publicar... como se lo prometi a uno de mis lectores u.u

a si no se olviden de dejar un review! mandarme amenazas para continuarlo! :D