Disclaimer: La historia es original, pero los personajes que aquí se muestran son propiedad de Michael Dante DiMartino, Bryan Konietzko.
Perdonad, tarde un poco porque estoy haciendo los nuevos capítulos de Estaciones: un vergel en primavera – Si quieres saber más sobre ese Fanfic, leer más abajo 'Reflexiones'. Si, sigo con la publicidad, pero sin malicia
¿Recordáis que el anterior ese capítulo tan largo de 11.000 palabras?. Pues le ha salido un hermano gemelo, pero esta vez con 13.000, bueno, capítulo 13 y 13.000 palabras. Si, lo he vuelto a hacer, pero esta veztengo escusa. En Reflexiones os la cuento.
Siento la tardanza, pero en Reflexiones os cuento el motivo de mi tardanza y porque no habrá actualización la semana que viene.
Muchas gracias por apoyarme, sois vosotros los que me animáis a continuar. Os aplaudo.
Gracias a todos los que dan Follow y Favorites, pero en especial a los que se han molestado en dejar unareview o postear un MP:
Zaruko Hatsune (Kuv Kuv en acción y en este capítulo demostrando lo que mola) , Obini (Tu no llegas tarde, llegas a la hora a la que tienes que llegar xD), LadyKorrasami (Un beso, señorita), fourth eye freak (que hayas leído tanto de golpe es un honor para alguien como yo),paolacelestial (felicidades por ponerte al día. Espero que te guste este capítulo), MaryVessalius-Kurosaki (Nueva actualización, más larga y mejor!. Gracias por leer ) , Mistigwen (No confundamos cariño y alcohol con amor que la culpa es de los fresones, que están muy ricos, aun así necesitaba que ambas se acercasen más ) ,Sally Evans Salazar (seguro que intimidarías a Korra, pero aun seguimos con el día de Kuvira, paciencia por favor, ya podrás reñir a Korra en los próximos), tasiakrood (Cuidado con tanta pasión) , Annimo (De nada, es un placer escribir para personas tan entregadas, pero siento desilusionarte. Soy un chico. Espero que aun así, no dejes de leerme, me daría mucha pena),giginee (un poco de paciencia, como bien dices, esta bien que Kuvira tenga un momento protagonista) Diana (los caminos que tengo pensado para Kuvira y su peso en esta historia te sorprenderán, si decides seguir leyéndome), Carolina(todo le llega al que sabe esperar.. Kuvira también es importante, pobrecita), Kira damara ( además de este fanfic tengo Primavera en Ciudad República, que es otro fanfic largo en el mundo de LoK).
Murasakii-11, Rarie-Roo, tasiakrood, espero que esteís bien y ¡hola!
Devil-In-My-Shoes , animo en tu viaje, sé que me leerás pero no abuses de la conexión de tu celular.
Capitulo 13
"Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda", fue todo lo que pudo discurrir en su mente Kuvira ante los ojos afilados de su jefa clavándose en sus pupilas, "sabe algo, lo sabe, estoy en el paro".
Durante unos segundos que parecieron horas, la joven de la trenza oscura intento discurrir que hacer o decir, pero lo único que su mente pudo hacer es arreglar su flequillo delante de la mujer de cabello plateado que la observaba impasible.
-¿Vas a quedarte en el ascensor todo el día? – Lin preguntó aquello con cierto aire socarrón en su voz – Porque entonces te usaré de recepcionista improvisada.
-¿Recepcionista de ascensor?, creo que no existe ese empleo – En aquel momento, la joven de ojos aceitunados solo pudo maldecir su pronta estupidez – Perdón, era una broma, es que no es muy común que tu hagas bromas.
-¿Cómo? – La mujer de mediana edad empezó a caminar por la sala – Para tu información, mi humor es demasiado sutil para que podáis captarlo.
"Sutil no es sinónimo de inexistente", musitó en la bóveda de su mente la joven mientras observaba el mostrador de recepción de acero pulido. El metal contrastaba con la losa oscura del suelo o con las paredes con listones de madera oscura colocados en vertical y que rompían la homogeneidad de las paredes pintadas de un blanco pálido. Aquellos pocos metros donde todo estaba bien elegido y ordenado para denotar solemnidad y grandilocuencia, estaban predispuestos para hacer destacar unas enormes puertas, también de metal pulido, que estaban abrazadas por dos estatuas de guerreros armados que portaban el lema de los Sato en sus escudos. Entrar por aquellas puertas era similar a entrar en aquel lugar reservado a los elegidos por los dioses, donde solo los más importantes podían acceder y donde todos debían rendir culto al amor y señor de aquel reino entre las nubes, Hiroshi Sato.
Para añadir más teatralidad a semejante recepción, la encargada de dar la bienvenida a las personas a la zona directiva de la empresa era una joven de pelo corto y rostro serio que descargaba firmeza marcial por todos los poros de su piel. La señorita Smellerbee siempre fue una joven muy fuerte y con bastante carácter y el hecho de que estuviese custodiando aquellas puertas no era algo decidido al azar. Smellerbee era educada, tranquila, metódica, además de ser una persona experta en autodefensa. Lin le había dado el puesto de recepcionista sabiendo que de suceder cualquier incidente, la joven de enormes ojos pardos podría defenderse e incluso derribar a un posible agresor. Era un plan simple, nadie presta atención a una recepcionista ni la ven cómo una amenaza potencial, pero si esta abejita decidiese picar, haría mucho daño.
-Buenos días, señorita Kuvira – saludó la joven tras el mostrador con una leve sonrisa que desconcertó a la joven escolta.
-Buenos días – obtuvo como respuesta.
Al cruzar las enormes puertas y adentrarse por un pasillo lleno de administrativos que realizaban labores de gestión, la joven de ojos cetreros no pudo evitar preguntar.
-He visto muy animada a la señorita bee
-Eso es por Longshot – respondió la mujer de la cicatriz en el rostro sin inmutarse – Un recepcionista que hemos contratado con el fin de la equidad de genero y tener un rostro algo más amable.
-Pensaba que de intentar robarle el puesto, se enfadaría – aquella sonrisa inocente se le hacia extraña a Kuvira.
-Ella va a seguir trabajando aquí, pero él será su compañero – contestó la mujer doblando un pasillo rumbo a las salas de juntas
-Entonces es que se sentía sola y quería compañía – la joven del flequillo podía entender la situación.
-En parte, creo que llevan saliendo una semana – replicó Lin abriendo una sala de juntas y entrando tranquilamente – Al menos es lo que creo, porque ella tiene un humor excelente desde la semana pasada.
-Bueno – de repente la mente de la guardaespaldas volvió a la primera palabra que cruzó con su jefa el día de hoy – ¿De qué querías hablarme?
La mujer de mediana edad se sentó pesadamente en una de las mullidas butacas que rodeaban una mesa rectangular de caoba. Los enormes ventanales de la sala dejaban ver el las profundas ojeras que intentaba disimular con un muy mal puesto maquillaje.
-El señor Sato esta molesto porque quería hablar hoy con Asami y resulta que no ha aparecido. Al parecer la señorita Sato no ha ido a buscar los resultados de sus pruebas medicas y un doctor ha llamado preguntando por ella, en cuestión de algo relacionado con un joven que había obtenido la ayuda de la chica que tienes que custodiar, algo que debiste haberme notificado.
El mundo de Kuvira se volvió completamente negro en aquel momento. Era una fortuna que no supieran nada, algo que ella estaba segura que Lin podía descubrir de proponérselo, lo que su jefa le estaba diciendo era algo mucho más serio. Ella desconocía de que se trataba todo eso, pero dedujo que fue en el tiempo en el que ella transportaba un trabajador herido al hospital.
-No sabía nada. Verá, ayer tuvimos un incidente en una de las fabricas nos separamos un tiempo.
-Lo sé, un trabajador se lastimó – abrió la carpeta de cartón que había portado consigo todo el tiempo – Un joven sufrió lesiones graves y Asami Sato fue de ayuda en su rescate.
-Bueno, ella fue muy valiente – cierto grado de orgullo despertó en la escolta al recordar tal acto.
-Eso molesto mucho al viejo – Lin solo insultaba a Hiroshi cuando no aguantaba más de las manías del millonario – Sus tonterías de ser superiores a los demás le nubla el juicio. Pero pude convencer al señor de que esto podría traer buena propaganda. Aun así, no te separes de ella en sitios así, no sabemos si tenemos algún loco en las fabricas. Nunca se sabe.
Había sido un gran error por parte de la guardaespaldas dejar a su protegida abandonada en aquella fabrica, pero en el fondo sabía que si se negaba a llevar a ese chico al hospital, la joven empresaria no pararía de quejarse o exigirle que así lo hiciera. Ciertamente a ella le parecía algo cívico ayudar a una persona en problemas y se alegró en demasía de que la señorita Asami hubiera tenido tanto cuajo y bien corazón. Sin embargo, la mujer de cabello gris tenía razón, había sido una enorme falta hacia la seguridad de la futura heredera, pudiendo haber llegado a sufrir una agresión o posible accidente. Aquella mujer de mediana edad se preocupaba de todo, de las pequeñas cosas y de que nada escapase a su control, sobretodo cuando se trataba den lo referente a la seguridad de la adinerada familia. Nadie escapaba a su escrutinio y celosa guardia, no importaba que fuera el nuevo mensajero de la empresa o un directivo con de la planta treinta y cinco con problemas con el alcohol, ella tenía que conocer cualquier posible amenaza. Unicamente evitaba inmiscuirse en la parte más intima de la familia Sato, algo que resultaba paradójico siendo ella la persona más cerca al patriarca y quién más tiempo pasaba con él. Pasase lo que pasase, no importando que sirviente era golpeado o quien era ofrecía su cuerpo a aquel millonario de espesa barba, Lin Beifong nunca cruzaba la linea de la profesionalidad y jamás se permitía el lujo de enunciar su propio criterio ante los actos de su jefe.
"Nunca te metas en su vida, niña, ellos son ricos y tienen desde simples excentricidades hasta los secretos más escabrosos que puedas imaginar", era algo que resonaba en la mente de Kuvira en aquel momento, unas palabras que la mujer de la cicatriz le había dicho en su momento pero que ella ya había ignorado. En más de una ocasión la mujer de cabello plateado le había comentado que la mayoría de directivos, sus hijos o sus amantes, estaban entre las personas más despreciables de Ciudad República, pero que si quería conservar su puesto debía de mirar a otro lado siempre y cuando pudiese hacerlo. En aquel momento, a la joven de cabello trenzado se le pasó por la cabeza el rostro que pondría la mujer sentada ante ella de saber todo lo sucedido la noche anterior.
La jefa de seguridad de Future Industries, la responsable de la seguridad de la Torre Futuro, la responsable de los escoltas de los directivos y sus familias, la antigua detective que se había autoimpuesto el derecho o el deber de proteger en exclusiva a la familia Sato, siendo ese su mayor cometido y el único donde ella se personaba. Controlaba todo, regía a sus hombres con disciplina marcial, pero por mucho que alguien lo exigiera, ella no se separaba de Hiroshi Sato. A decir verdad, él dueño de Future Industries había dejado claro en varias ocasiones que Lin era de total confianza y que no le importaba que directivo, político u millonario pidiese ser escoltado por ella, la mujer no iba a moverse del lado de Hiroshi. A decir verdad, durante un tiempo, cuando empezó en la Torre Futuro, a Kuvira le llegaron rumores de que Lin Beifong había tenido un romance con el directivo pero nada más lejos de la realidad. Solo con mirar a ambos en la misma habitación se podía observar como el hombre ignoraba a su escolta y como esta procuraba no mirarle nunca, casi cómo si su labor fuera algo que la molestase pero que se veía obligado a hacer. Además, seguramente a Tenzin no le hubiera gustado.
Tenzin era el marido de Lin Beifong, su gran amor de la infancia que por azares del destino y un poco de ayuda de su prometida, terminaría por trabajar en el cuerpo de criados de la familia Sato. Tenzin siempre fue un hombre serio, de excelentes modales y versado en las artes, que había tomado el rol de mayordomo en sus años mozos para costearse los estudios. Su madre y él habían vivido toda su vida en la mansión de los Fuyu, donde ese niño serio y miedoso había aprendido las labores de un buen sirviente. Al irse a la universidad, comenzó a trabajar en locales para la alta sociedad. Alli, en el Ouran, Tenzin perfeccionó sus habilidades y logró un buen sueldo. Kuvira había oido del caballero que cuando no pudo triunfar como artista, se dedicó a dar clases de pintura a niños y fue allí, cuando una pequeña Asami entró en el aula de pintura de la mano de Lin, que ambos volvieron a verse. El hombre aceptó enseñar conceptos de técnico y artístico a la heredera, mientras aquellos niños que no se habían visto en décadas se ponían al día en sus ratos libres. La joven de cabello trenzado había escuchado que gracias a la confianza de Lin, Tenzin había logrado un puesto en el servicio personal de los Sato, y al cabo de un par de años ambos contraerían matrimonio.
-Lo he entendido, Lin – odiaba que la llamasen señora Beifong y era mejor no hacerla enfadar tan de mañana – Por cierto, ¿Qué tal esta Tenzin?
El rostro de la mujer de mediana edad pasó de una mirada frio y recriminatoria a un semblante algo más apagado, casi imperceptible para cualquiera salvo para la joven de mirada afilada que la conocía tan bien.
-Bueno – resopló la jefa de seguridad – No sé muy bien como se encuentra. Aunque esta en la mansión y a veces conduce el automóvil del jefe, no hemos hablado mucho.
-Oh – no hacia falta ser un genio detectivesco para saber que algo no iba bien – Espero que podáis ponerle solución pronto. Ya sabes, unas vacaciones juntos o una cena romántica.
-Lo dudo niña – el reflejo de sus ojos intentaba poseer un aire de fracasada indiferencia – Nos estamos divorciando.
En aquel momento, la joven de cabello trenzado pudo imaginar el porqué de esas ojeras mal cubiertas. Por muy fuerte que fuera la mujer que estaba ante ella, no importaba cuan espartana fuera por fuera, por dentro seguía siendo un ser humana, una mujer con inquietudes, miedos y deseos; y en algún momento, al amparo de la noche y la soledad, seguramente alguna de esas partes ganaba la partida y le quitaban el sueño, sustituyéndolo por una almohada empapada en lagrimas. Sí, no era muy dada a llorar, Kuvira jamás la había visto, pero sabía lo había hecho del mismo modo que sabía que nadie era capaz de evitar la caída de una cascada eternamente.
-Me gustaría ayudar o preguntar el motivo, pero no creo que deba – expresó lentamente Kuvira – Pero quiero que sepas que si necesitas algo...
-Ya, ya ya – interrumpió Beifong con un aire casi molesto – Se agradece pero tienes razón, no debes meterte, son asuntos de mayores.
Aquel comentario molesto a la joven escolta, la cual bien sabía y conocía del veneno que a veces podía llegar a escupir su admirada jefa
-Ni que fuera una niña – se defendió con un mohín.
-Desde que te conocí supiste que siempre te trataría como una niña. Vamos, Bumi y mi hermana ya te había avisado – raras veces Lin nombraba a su hermana y muchas veces tendía a ignorar cualquier comentario que hablaban de su hermana pequeña, con la cual había perdido el contacto hacia años – Por cierto, ¿cómo esta?.
Cuando la madre de Kuvira se desentendió de ella, su vida se había centrado en el gimnasio de tío Bumi, los entrenamientos con P'Li y Zaheer, y jugar con Visola, la hija de ambos. A ella le había venido muy bien sus conocimientos de danza, aquellos que había adquirido moviéndose con su padre al son del piano ardiente de Jerry Lee y su reclama de pasión en forma de bolas de fuego que deseaba lanzar a la chica que le gustaba. Esa infancia le hizo tener unos pies ligeros y un amor terrible por bailar, cuando salía del gimnasio siempre se la podían encontrar en el bar de Loban, donde gastaba parte de lo que ganaba limpiando el gimnasio. Ella unicamente gastaba su escaso salario en comida, material escolar, ropa de vez en cuando, tomar algo en el bar de Loban, y la gramola de ese bar. Casi todos los asiduos a aquella taberna sabían que en cuanto ella llegase, iba a ir al fondo del bar, se iba a colocar al lado de la gramola e iba a alimentarla de monedas durante un buen rato. Aquello hacia que Loban ganase dinero y procuraba pedir que hacia las seis de la tarde, un cartel de 'reservado' dejase claro que ese sitio tenía una dueña permanente.
Nadie la molestaba nunca, porque aunque muy joven, ya había logrado deshacerse de Feng-Lu, un maleante de poca monta que solía ir presumiendo de que podía matar a quien fuera. Presumir se le daba bien, pero aguantar una patada directa al plexo y un puñetazo a la mandíbula de una chica de apenas quince años, no. Fue la única vez que se metió en problemas fuera de la jaula de combate. Después de una enorme reprimenda por parte de Bumi, la actual escolta se esforzó en tener un comportamiento digno de elogio y en mejorar con gran esfuerzo sus calificaciones para corresponder la confianza que tío Bumi depositó en ella.
Tiempo atrás, conoció a Analay, su primera novia y fue bastante extraño confesarle a su familia adoptiva su orientación sexual. P'Li y Zaheer lo tomaron como algo natural, pero Bumi al principio estuvo deprimido ante la idea de no ser tío-abuelo Bumi, aunque por suerte para todos aquello solo fue un leve y tonto berrinche que no pudo ensombrecer el cariño que tenía por Kuvira. Aunque la joven y el veterano volverían a chocar rápidamente ante la insistencia de la joven de debutar en artes marciales al poco de lograr la edad legal para ello. A nadie le parecía la mejor opción, pero dada su insistencia, el antiguo soldado tuvo la idea de presentarle a una vieja amiga.
Si algo le gustaba más que pelear a Kuvira eso era bailar y todos temían que la delicada situación en su hogar le hiciese perder todo por lo que había luchado en su momento. Era cierto que el poco dinero que recibían apenas les llegaba para cubrir las facturas, que su madre pasaba más noches fuera de las que se podía contar y que a su llegada al instituto le hacían la vida imposible; así que la solución estaba clara: Suyin Beifong. Suyin era una experta en danza que había abierto un programa para personas desfavorecidas, un lugar donde pudieran explorar las diferentes expresiones artísticas sin miedo ni prejuicios, un oasis en medio de un barrio cuya mayoría era analfabeta. P'Li y Zaheer tuvieron que llevarla casi obligada ante la amenaza de prohibirle entrenar. Ambos la querían como parte de su familia, la habían visto crecer junto con su propia hija, y sabían que debían quitarle ya esas ideas de anteponer los puños a todo, porque todos sabían que esa niña tozuda valía más que unas cuantas palizas en una jaula.
Allí estaba ella, con sus pantalones rotos, su melena sucia y la camiseta de los Los Cuervos, esperando a la llegada de su profesora. Todavía recuerda ver llegar a Suyin con un rostro amable y una sudadera gris ceniza, mientras unas mallas verdosas le marcaban sus bien formadas y musculadas piernas. Kuvira no pudo evitar mirar esos contorneados glúteos pero sus ojos se movieron vergonzosos cuando detrás de ella vio llegar a otros niños con sudaderas a juego. La mujer vivaz y alegre los presentó como sus hijos, los cuales realizaron una perfecta coreografía que embelesó totalmente a la chica de ojos aceitunados. Después de tanto tiempo pensando en debutar en los circuitos iniciales de lucha, ahora la joven combatiente solamente quería danzar como aquellos chicos lo habían hecho, saltando sobre sus pies al tiempo que semejaba la tierra se movía a su son para favorecer el compás de tus giros.
Por fortuna para todos, Kuvira empezó a dejar atrás esa terquedad casi violenta y enfocarse cada día en mejorar sus pasos de baile y demostrarle al mundo que ella no solo valía para ser un gorila, sino que podía ser grácil como una cierva en el bosque. Ese empeño hizo que Suyin se fijase en ella, había escuchado la historia de aquella joven de su viejo amigo Bumi y decidió tomarla bajo su protección. Poco a poco fue instruyendo a Kuvira y llevando a la joven a museos, encuentros filarmónicos y eventos de danza, todo para que aquella niña disfrutase de las artes escénicas que solo su desaparecido padre le había enseñado. La joven no olvidaba a P'Li, Zaheer y tío Bumi, con los que solía pasar casi todas las tardes en el gimnasio, pero los fines de semana eran de la familia Beifong, de la tímida Opal, el excéntrico punk Huan, los divertidos gemelos y el calmado Baatar. Siempre tuvieron un hueco para ella en su mesa y un rincón para que durmiese lejos de aquel apartamento con olor a tabaco y moho.
En una de sus visitas, pudo conocer a Lin, la cual le demostraba extrañas muestras de cariño casi intentando que aquella joven de flequillo desgarbado la mirase como un modelo de conducta. Donde Su era relajada, creativa y permisiva, Lin era estricta, modélica y minuciosa, dos polos opuestos que se compaginaban a la perfección. Gracias a Lin encontró un empleo en la Torre Futuro al poco de terminar los estudios pudo y probar en la jaula durante un año. Kuvira quería ahorrar para hacer algo de provecho pero terminó gustándole su empleo y terminaba gastando sus ahorros en cursos de formación que le permitiesen ascender en el organigrama de la sección de seguridad de Future Industries. La mujer que estaba sentada ante ella no le había regalado nada pero la había arengado a seguir con el firme propósito de ser mejor de lo que ella misma podía creer; algo que cómo se puede ver, terminó dando sus frutos.
-Esta bien – respondió Kuvira a aquella pregunta tan sorprendente – Voy a ir a verla luego, ¿quieres que la salude de tu parte?
-No te preocupes, niña – se recostó en la butaca – Pero hazme saber cualquier novedad
No se sabía el porqué, pero ambas hermana se habían distanciado mucho con el paso de los años. Cuando la actual escolta conoció a su jefa fue en uno de los múltiples intentos de aproximarse mutuamente pero siempre salían mal. No era una situación extraña, sino que siempre se dejaba entrever que había un punto que generaba un continuo malestar, algo que siempre terminaban hablando y jamás solucionando. Las veces que ambas hermanas intentaban limar asperezas habían sido cada vez más escasos, hasta que la ultima vez directamente terminaron por declararse una guerra en base al silencio y el desprecio, conflicto que tenía a veces a Kuvira destacada cómo corresponsal de guerra y donde rezaba que ninguna bala le impactase.
-De acuerdo – La joven escolta sabía que aquella mujer fría y regía se preocupaba por su familia pero no quería admitirlo de ninguna de las maneras.
Sería extraño pedir más respuestas dado que no era parte de la familia y pese a no desear traicionar a ninguna parte, la que estaba ante ella era su jefa y podía despedirla al menor signo de mentira.
-Por cierto, Kuvira – enunció mientras se levantaba de la butaca – ¿Ha pasado algo?, es que antes parecías muy nerviosa.
-No, nada – el corazón comenzó a retumbar dentro de su pecho como sí estuviera a segundos de desactivar una bomba – Es que me asustaba que supieras que había dejado sola a la señorita Asami.
-Bueno – una ceja levantada denotaba sus dudas ante tal explicación.
"Pon tu mejor cara de poker, pon tu mejor cara de poker, pon tu mejor cara de poker, , pon tu puta mejor jodida cara de poker", Kuvira hubiera gritado aquello ultima de haber podido, pero en su mente sus propios pensamientos atronaron ante la idea de que la mujer de cabello plateado no se fiase. Aquellos segundos agónicos terminaron cuando alguien petó a la puerta levemente y se escuchaba una voz detrás de la puerta.
-Disculpe, Señora Beifong – alguien reclamaba su presencia – Tenemos un leve problema con las asignaciones de guardaespaldas para la familia Selene.
"¡Si!", la joven escolta casi hubiera saltado de alegría en aquel instante
-Voy enseguida – respondió encarándose con la guardaespaldas que estaba ante ella – Siento dejarte, pero no tengo mucho tiempo hoy.
-No pasa nada, nos vemos otro día.
-Vale, el lunes comemos juntas – respondió la jefa de seguridad mientras caminaba a la salida y se despedía alzando ligeramente la mano.
"Gracias, problemas de planificación", pensó Kuvira justo antes de ocupar ella la butaca para calmar un poco sus ánimos después de haber sufrido la mirada de acero de la antigua detective.
Al poco decidió que lo mejor era marcharse, no tenía que estar allí, era su día libre, y cuanto más tiempo estuviese más posibilidades había de que Lin volviese y le preguntase de nuevo. Quería aprovechar y darle una sorpresa a Su mientras aun estaba a tiempo.
No tardo mucho rato en salir del edificio y disfrutar de una cálida mañana donde el sol relucía y los arboles cercanos a la Torre Futuro eran arrullados por el viento, regalando el dulce y relajante sonido de hojas chocando entre si. Lo cierto es que la guardaespaldas no recordaba haber escuchado ese agradable sonido las ultimas veces que había paseado por el lugar, aunque sinceramente solo era capaz de relajarse en la seguridad de su apartamento, donde podía pasarse horas mirando a la gente pasear por el parque y disfrutando de las risas de los niños jugando y el arrullador sonido del cálido viento que empezaba a notarse. Con una sonrisa ante el descubrimiento de que existía calma en un lugar tan ajetreado como la Torre Futuro, Kuvira se dirigió a la parada de tranvía para ir a ver a su antigua mentora.
Casi no recordaba lo que era no conducir y que te llevasen a algún lado. Su día a día se había convertido en acompañar a la señorita Asami a sus quehaceres, conduciendo o caminando a una distancia prudencial de ella, siendo una sombra oculta simple vista. Desgraciadamente, la señorita Sato parecía no aceptar el hecho de tener una sombra y procuraba entablar conversación con ella o al menos ser amistosa. La ventaja de hacer de chófer de la heredera era que después de dejarla en su casa, la escolta se llevaba el coche a su domicilio para asegurarse de que de recibir alguna llamada intempestiva, llegaría donde fuera demandada su presencia a lomos de su fiel auto.
El trayecto no fue muy largo, el tranvía tenía una parada que estaba situada justo delante de la escuela de danza clásica de Suyin. El edificio era un viejo teatro, donde la menor de las Beifong se dedicaba a instruir a los jóvenes en diferentes materias. El edificio era de color azul, con las clásicas columnatas blancas a modo de vigas y escalones de losa adoquinada. Los portones estaban custodiados por decoraciones de latón bruñido, así como la fina rejilla que aseguraba las cristaleras. Si se quería acceder para las diferentes actividades, era necesario llamar a un timbre, donde Ho Tun, un joven entrado en carnes pero de carácter afable y encargado de mantenimiento, te abría. Ho siempre había estado allí, era el sobrino de Baatar senior, el marido de Su, y trabajaba en el teatro para que ayudar un poco a la familia, el muchacho no quería sentir que era una carga para la economía de su tío quien ayudaba a su hermana y a Ho con las finanzas. Fue del propio Ho la idea de trabajar en el teatro para pagar dicha ayuda, algo que le ennoblecía y facilitaba las cosas a todos.
Baatar era el patriarca de la familia, aunque en realidad era su esposa quien tomaba las decisiones. Él era un trompetista de jazz de Ba Sing Tse, un hombre de mundo con gustos simples y actitud indolente ante la vida. Era un hombre sosegado que disfrutaba tocando a Sandoval hasta altas horas de la madrugada en clubes nocturnos, pero que terminó conociendo a una bailarina y enamorándose. En plena crisis, aquel matrimonio bohemio compró un ruinoso teatro y lo abrió de nuevo al público, granjeándose rápidamente una bien merecida fama gracias a sus escenas y sus conciertos de jazz.
La fama de Su como bailarina atrajo al público en un principio, deseoso de ver aquel vibrante cuerpo explotar desde el ballet, hasta los bailes Tang y la danza moderna, pero fue su marido y sus contactos, lo que trajeron grandes músicos a tocar. Con el tiempo, las noches de ajetreo, donde se representaba parte del Cascanueces de Tchaikovsky, pasando por un can-can y un baile exótico, dejaron paso a familia, escuelas artísticas y una vida más sosegada.
La parte principal del teatro, estaba reservada para el cuerpo de baile, debido a la amplitud del escenario y además favorecía que los bailarines eliminasen el miedo escénico, según la propia Su. La parte trasera del edificio estaba separada del teatro era una sala de conciertos pequeña y sin sillas, reservado a estilos de música más ruidosos. Los pisos superiores eran donde Baatar junior y Baatar senior daban clase de música a varios niveles, algo que les resultaba simple dado que ambos tocaban casi una docena de instrumentos. La ultima planta, con más de trescientos metros cuadrados, era el domicilio de los Tan-Beifong, el lugar que Kuvira había visitado los fines de semana durante casi cinco años. La escolta caminó sigilosamente por las escaleras hasta toparse con una puerta en la entreplanta y atusándose el flequillo, accionó el timbre a la espera de que alguien le abriese. Por fortuna para ella, poco tuvo que esperar, puesto que una mujer con flequillo grisáceo abrió la puerta de par en par y se lanzó a los brazos de la joven.
-¡Kuvira! – enunció la mujer llena de alegría – Cuanto tiempo, te hemos extrañado
-Yo también, Suyin, pero tenía compromisos – se defendió – Ahora soy escolta personal.
-¡Oh! – la mujer de mediana edad arqueó divertida una ceja – Así que mi pequeña terquedad con patas ahora es tiene un puesto importante. Suerte que Lin confió en ti, aunque ¿cómo no hacerlo?.
-Bueno, intentó demostrarle a todos que estoy por méritos propios – la guardaespaldas intentaba cambiar de tema aunque sabía que la bailarina no tenía ningún reparo en hablar de su hermana.
-Por supuesto que si – la mujer entró en su casa e hizo un ademán a la joven para que también entrase – Y bueno, ¿te trata bien o sigue igual de insoportable?
-Me trata bien, como siempre – A la joven del flequillo negro no le solía gustar esas palabras negativas hacia Lin, hubiera preferido que Su se limitase a no hablar de ella como hacia su hermana mayor con ella.
-Eso es bueno. Por cierto, estoy haciendo mi famosa lasaña especial, ¿te quedas a comer con nosotros?
-Será un placer – lo cierto es que aquel había sido su plato preferido durante años – Por esa lasaña iría al fin del mundo, pero no puedo quedarme mucho, quiero ir a ver a Bumi.
-Bueno – fingió un mohin divertida – Supongo que no podré urdir un plan para que tambien cenes con nosotros.
-No esta vez, además que ya lo has desvelado.
-Pues para la próxima – añadió con una sonrisa malévola fingida, parodiada y visiblemente exagerada.
En aquel momento unos pasos se acercaron por la espalda a Kuvira quien al voltearse observó como un hombre con gafas, espesa barba gris y enorme sonrisa la abrazaba con fuerza.
-Hola señor Baatar – saludó la escolta
-Kuvira – él hombre apretaba más a su presa – Te he dicho mil veces que no me llames señor Baatar. Solo Baatar
-Pero para mi, Baatar es su hijo -replicó ella devolviendo el abrazo del oso con otro más fuerte.
-¡Eh! – una voz más jovial se escuchó detrás de ambos – ¿Ya estáis hablando mal de mi de nuevo?
La escolta se separó del padre y se aproximó a abrazar al hijo. Baatar junior, o Baatar para ella, era un hombre apuesto, con una leve barba de chivo, el cabello castaño oscuro, unas gafas similares a las de su padre y los mismos ojos de su madre. Semejaba el vivo reflejo de su padre, salvo que el hijo era algo más tímido, no obstante era un joven apuesto y sin duda, su padre también lo era de joven. Baatar, el gran amigo, el confidente, el algo más de Kuvira; desde la primera vez que se vieron siempre habían sido muy cercanos, hasta el punto de que estuvieron unos meses juntos antes de que Baatar se fuera a la universidad. Baatar junior ayudaba a su padre con las clases de música pero su cometido era organizar la administración del teatro, al tiempo que trabajaba como agente contable por cuenta ajena. El chico no era una persona que aceptase con facilidad el trabajo de oficina, no lo habían criado para ello, pero tampoco la vida universitaria. Baatar junior era un genio matemático que había sido reconocido a nivel internacional pero como todos los genios era excéntrico e inestable, llegando a trabajar media jornada para la universidad y rechazando dar clase en ella. Kuvira conocía muy bien los puntos fuertes y las debilidades del joven de la barba de chivo, él fue su primer y único novio, demostrándole a la escolta que una personalidad atrayente no dependía del físico. Habían sido muy felices juntos pero ambos rompieron de mutuo acuerdo al verse sobrepasados por las expectativas que los la familia Beifong había puesto en ambos. Salir con un chico por primera vez no había estado mal, aunque Kuvira veía a Baatar como un gran interés intelectual y como un confesor en ocasiones.
-Sabes que nunca hablaría mal de ti – dijo la joven de flequillo oscuro con una sonrisa
-De ti me fio, pero no de mi padre – respondió ella con una sonrisa tranquila y alegre al ver después de meses a su buena amiga – Cuanto tiempo, te he extrañado.
-Yo a ti también – él tenía un efecto omeopático en ella que poca gente entendía.
-Ya están los tortolitos – replicó Su con divertida malicia. A ella le había apenado su ruptura puesto que le hubiera encantado que su hijo se casase con aquella chica terca y cabezota que apenas se calmaba en los ensayos.
-¡Mama!
-¡Su!
Ambos enrojecieron ante la vergüenza de que la mujer de mediana edad demostrase no olvidar aquel romance, resultaba bochornoso escuchar sus bromas dirigidas con puntería magistral. La bailarina rió a carcajadas observando dos pares de mejillas coloradas y después logro recomponerse para recordar algo que debía decirle a a escolta.
-Por cierto, Opal esta en el escenario practicando. ¿Por qué no vas a saludarla y le avisas de que ya esta la comida?. Le encantará recibir la sorpresa.
-Me parece una idea perfecta, bajaré ahora mismo – respondió la joven del flequillo oscuro – Nos vemos luego.
La joven escolta bajo los escalones de madera observando el cuidado pasamanos oscuro que aun reflejaba el paso del tiempo. Un piso más abajo estaba la sala de clases, donde se detuvo para poder observar las fotografías de los antiguos estudiantes que custodiaban una vitrina con algunos premios juveniles de diversos miembros. En una de aquellas instantáneas se encontraba una Su más joven rodeada de un grupo de jóvenes con diversas ropas posando para la fotografía con sendos pañuelos que lucían al cuello y que estaban engalanados con una enorme insignia del teatro Zaofu y con una rubrica cuidada en un lateral se podía leer 'las ratitas danzarinas'. Aquel retrato trajo muchos recuerdos a Kuvira, sobretodo cuando se distinguió en un lateral, casi intentando no aparecer en la instantánea, mirando a otro lado, avergonzada de sí misma, de su rostro, de su cuerpo, de ser simplemente ella.
-Tranquila chica, lo hicimos bien – dijo le escolta en voz alta para intentar animarse a sí misma después de ver el reflejo de su triste pasado. Ellos nunca habían ganado nada, solo habían podido participar en un evento de danza, pero habían sido preciosos recuerdos. A la memoria le llegó aquel momento entre bambalinas, ojeando por el telón los asientos, viendo al tío Bumi, a P'Li, a Zaheer, a Visola, pero no viendo a su madre. Aquel fue el ultimo intento que le dio a la mujer que le dio a luz de ser una madre, sería el ultimo fracaso, la decepción final, el tajante momento en el que se consideró completamente huérfana.
Queriendo dejar atrás el pasado más amargo, descendió a la siguiente planta, donde se topaban dos aulas más y los accesos a los palcos, para terminar llegando al granito pulido, a las celosías de latón decorativas que rodeaban algunas paredes, a los carteles de antiguos eventos importantes, al olor del incienso de rosas que siempre se quemaba en la entrada. Allí, abrió lentamente uno de los enormes portones que encerraban el interior del teatro, solo para buscar hacer el menor ruido posible y observar la gracilidad de una joven bailarina, bajita y delgada, de cabellos cortos y tez morena, que se sostenía en arabesque, alzando una pierna y sosteniéndose en los dedos de la otra si hacer el más mínimo movimiento, como si una fuerza invisible la sostuviera.
-Ya eres toda una gran bailarina – enunció en alto Kuvira, provocando que aquella joven que se erguía ante ella la mirase con ojos sorprendidos, justo para luego comenzar a correr y abalanzarse sobre ella. Abalanzarse literalmente, porque la joven bailarina saltó sobre la escolta como si fuera un gato queriendo jugar con una bola de hilo
-¡Kuvira! – enunció la joven llena de sorpresa – Siento el salto
La chica estaba agarrada a la guardaespaldas, y aunque este acto no había molestado a la joven del flequillo, y ni siquiera la había desequilibrado, le parecía divertido el hecho de que la joven pidiese perdón antes que permiso.
-No te preocupes, Opal, casi no pesas – lo cual para Kuvira era verdad.
-Que amable – replico la joven de ojos opalinos – Es que práctico mucho, pero sigo comiendo de todo. Espero que tu no solo comas comida basura.
-Tranquila, me cuido mucho – lo cual era verdad, sobretodo desde que su jefa le pedía a Pema que preparase el almuerzo de Kuvira – Hoy me quedaré a comer aquí, tu madre ha hecho lasaña.
-Apareces tu el día que hace lasaña – una sonrisa socarrona se dibujó en ese rostro infantil – ¿Seguro que no tienes algún superpoder para saber cuando hará lasaña?
-Creeme, si lo tuviese vendría siempre que ella hace, no puedo resistirme – algo que todos, incluso la propia escolta, sabía que era verdad – ¿Cómo ha ido la practica?
-Bueno, espero que en la prueba vaya mejor – contesto la bailarina.
-¿Qué prueba?
-Mama no te lo diría porque querrá que te lo cuente yo, es mi pequeño orgullo – aquellos ojos opalinos mostraron una mueca de superioridad – Pues me han seleccionado como candidata al cuerpo de Ballet del Loto
-¡Felicidades! – Kuvira conocía el Ballet del Loto, una agrupación de danza muy exclusiva que solo hacia gira durante seis meses al año y tres de esos meses estaban en Ciudad República. Tenías que ser muy buen bailarín para obtener una oportunidad. Después de la preseleccción, los aceptados debían de pasar por seis meses de clases remuneradas antes de debutar – Es una gran noticia.
-Si, pero me han pedido tres estilos de danza y aunque el ballet lo domino quiero algo novedoso – resopló desquiciada – Estuve pensando en el claque, ¿qué te parece?.
-Podría estar bien – no pudo terminar la frase puesto que su estomago decidió rugir clamando por una porción de deliciosa lasaña – Perdona, es que tengo hambre
Ante la disculpa de la escolta una risa divertida y un tanto infantil se alojó en el rostro de la joven de cabello corto.
-Pues subamos ya – comentó Opal mientras recogía una toalla del escenario – Y así me cuentas de tu vida amorosa
-Pues no hay casi nada que contar, así que lo solventaremos en tres escalones.
-¿Bromeas? – la joven de cabello corto miraba con cierta extrañeza mientras ambas se dirigían a la salida –¿ Estas pensando volver a intentarlo con Baatar?, es lo que escucha a mi madre hace unos días, que una mujer no saca a un clavo con otro si le gusta el que ya esta clavado aunque se encuentre torcido
-Pues no lo sé, pero si me lo preguntas a mi te diría que tu madre no sabe de carpintería – no le apetecía hablar de aquello
-No lo sé, luego le preguntaremos – se notaba que había captado la indirecta de Kuvira.
La comida fue divertida y no estuvo exenta de bromas y recuerdos de la infancia, como la primera vez que Kuvira fue a un zoológico y lo aterrorizaba que estaba de la idea de que los animales escapasen y los devorasen a todos, o de la vez que Huan, Baatar y Opal intentaron sorprender a Kuvira por su cumpleaños arrojándola sobre una tarta gigante pero antes de cumplir su plan Baatar se tropezó, terminando esta sobre Baatar senior. Recordaron la primera vez que Su pudo llevar a las 'ratitas danzarinas' de camping y cómo todos tenían miedo después de una historia de terror. Aquella fue una de las cenas más gratas que la joven podía recordar, pero en breves decidió despedirse de la familia para poner rumbo al que fuera su segundo hogar, el gimnasio de 'La Gran B'.
La Gran B, de Bumi, el gimnasio de tío Bumi, el que fuera durante mucho tiempo el único sitio que ella consideraba seguro. Una estructura gris con una enorme letra 'B' con neón , semejando más un local de alterne que un gimnasio, pero era culpa del dueño debido a que Bumi siempre fue de aquellas personas que deseaba destacar, aunque era en su parte más estrafalaria.
Situado a unas cuantas paradas del teatro Zaofu, la el enorme letrero del Gran B se dejaba ver la calle central de aquel barrio y era casi imposible que alguien no supiera donde se encontraba. Era un punto de reunión para las personas que buscaban cambiar el rumbo de sus vidas, si el barbudo y excéntrico dueño del pozo de sangre y metal que llamaban gimnasio te escogía. Bumi era capaz de hacer buenos tratos y encontrar peleas interesantes a sus luchadores pero muchas veces prefería instruirles en el autocontrol, ayudarles a encontrar un trabajo y hacer que su trabajo en el gimnasio fuese en beneficio de la comunidad y no de de un grupo de adictos a la violencia gratuita. No era raro que alguno de sus púgiles lograse terminar los estudios, encontrar un trabajo e incluso abandonar la lucha, pero aquello era lo que más le alegraba a aquel hombre, el hecho de mostrar a la gente lo mejor de ellos mismos. El veterano había perdido mucho en su vida y había decidido ayudar a la gente a que no perdiesen más de lo necesario, y con ayuda de sus entrenadores Zaheer y P'Li lo lograba. Aquel distópico trío distaba mucho de ser normal; Zaheer era calmado y amable, P'Li era cariñosa cuando no tenía el carácter de un gran felino acorralado, y Bumi hacia de lunático sin camisa de fuerza y sabiduría ocasional.
Eran las cinco de la tarde y cualquiera que pasase por el gimnasio sabía que los tres estarían allí, dando clases y entrenando. La escolta solo pudo sonreír ante la visión de la Gran B que destacaba en aquella calle de edificios modestos de ladrillo sin pintar, casi como si aquel letrero fuera una caricatura a modo de mofa y broma. Las ventanillas publicitarias anunciaban futuros combates donde pelearían alumnos de la 'Gran B', así como eventos de reanimación y una maratón. En aquel barrio el gimnasio y sus dueños eran parte muy importante de la comunidad, debido a la labor de concienciación que realizaban con los más jóvenes. La delincuencia había descendido y en la zona de eventos se daban clases de primeros auxilios y se reunía la comunidad, aunque era extraño ver al representante del barrio hablar de campañas benéficas dentro de una jaula de acero pero la estructura estaba situada en el centro y era lo más fácilmente visible. En alguna ocasión, P'Li bromeaba diciendo que si alguien tenía una queja ya podía aprovechar y pelear con el representante del barrio en la jaula y dar un doble espectáculo.
Agarrar la manilla de hacer trajo un aluvión de recuerdos a la mente de la guardaespaldas y al abrir observó que casi todo seguía igual. El gimnasio seguía teniendo las grandes escalas para observar cómodamente los entrenamientos, el suelo de madera con algunos listones podridos en la entrada debido a que nadie se secaba las botas antes de entrar cuando llovía, la humedad en el ambiente, el olor a desinfectante, a sudor, a povidona yodada y a cuero. La zona de maquinas y pesas seguía igual, donde se podía distinguir la cabeza rapada de Zaheer limpiando; en una de las jaulas Kuvira distinguía los gritos de P'Li arengando a alguien para que levantase la guardia y vigilase las patadas de su rival, y en una esquina un saco roído era golpeado por un hombre canoso, de espesa barba y con un albornoz rojo que anunciaba cada golpe como si estuviese relatando para la radio.
-El trueno rojo logra conectar otro directo al rostro de su rival – exponía a la nada mientras fingía la algarabía del publico – Podríamos estar ante un nuevo campeón mundial.
La ternura llegó al corazón de Kuvira al reconocer que aquel hombre estaba relatando su mayor hito, la obtención del campeonato mundial de pesos medios hacia ya tanto tiempo. Bumi estaba orgullo de ese logro y aquel cinturón era, junto con aquella estructura ruinosa llamada gimnasio y su auto clásico, una de sus mayores y más queridas posesiones.
-¡Y lo ha tumbado, damas y caballeros!, tenemos nuevo campeón – interrumpió la escolta, conocedora de toda la historia y de casi todo lo que había enunciado el corresponsal, debido a las mil veces que giraba sobre sus talones sorprendido había narrado aquella gesta – Hola Trueno Rojo.
-Hola pequeña – él no dijo nada, no se defendió ni continuó la historia, simplemente se acercó a la joven y la abrazo con alegría y ternura a partes iguales – ¿Como te encuentras?
-Bien, siento no haber venido a veros antes – no quería separarse de su mentor pero ahora mismo le estaba pesando el hecho de que para lograr su camino al éxito profesional hubiera sacrificado tantos y tantos meses – Pero me han destinado a cuidar de la heredera.
-¡Vaya! – el hombre la agarró de los hombros y la separó rápidamente, mostrando una extraña mueca de asombro y regocijo – Felicidades, sabia que llegarías a algo importante y cuidar a la futura magnate de Ciudad República es importante.
-Gracias – no pudo evitar sonrojarse ante la mirada de cariño del hombre que la salvó de una vida de miseria.
-No te pongas colorada – dijo mientras la rodeaba con un brazo – Vamos a ver al resto.
Casi arrastrada ante la efusividad juvenil del hombre, la joven fue llevada a la jaula donde dos mujeres entrenaban y su antigua maestra ladraba ordenes con la esperanza de que mejorasen su técnica.
-P, mira que ha traído el gato – llamó el viejo campeón al tiempo que empujaba a la escolta a los brazos de la entrenadora, quién nada más verla los abrió de par en par para encerrarla entre ellos como si fuera una Venus Atrapamoscas y ella un pobre y desdichado insecto.
-Mira quién tenemos aquí, nuestra pequeña tozuda particular – una amplia sonrisa se dibujo en el moreno rostro de la veterana luchadora, quien lucía su característica trenza con parte de la sienes rapadas – Hace tiempo que no sabemos de ti. Mírate, ni siquiera has vuelto a pasarte a comer fines de semana.
-Es que trabajo hasta tarde y los domingo tengo que arreglar la casa – alegó la escolta al tiempo que luchaba por no ahogarse contra el pecho de la veterana mujer de larga trenza. No es que P'Li tuviese mucho busto, pero era muy alta y Kuvira solo le alcanzaba a la altura de los hombros, y como su entrenadora lo sabía, la aplastaba contra su pecho con insistencia.
-Pues muy mal, mi marido ha querido cocinar para ti durante un mes – sin despegarla de su cálida tez oscura, la mujer más alta grito – Cielo, ven, a venido Kuvira.
-¿Kuvira? – se escuchó de fondo – No me suena, ¿dices la desagradecida que no viene a probar mi estofado desde hace mes y medio?
-Esa misma, cariño.
Con un trote fácilmente audible, Zaheer se acercó a ambas mujeres, al tiempo que la joven de flequillo negro pudo separarse de su captora y devolverle la sonrisa que estaba recibiendo de aquel hombre de mirada amable.
-Lo siento, pero ahora estoy en una sección más importante y tengo que ponerme al día – se disculpó – Debo demostrar que soy digna de vuestra confianza.
Aquel hombre, se detuvo ante Kuvira, la agarro de ambos hombros y con la mirada más calmada de su repertorio y la sonrisa más cordial que aquel hombre podía dar, dijo.
-Siempre lo has sido pequeña, eso nunca lo dudes.
P'Li y Zaheer eran como agua y aceite a veces, pero se compenetraban a la perfección. Se conocieron cuando él entró a formar parte del equipo técnico de P'Li cuando esta se encontraba en la órbita del titulo femenino. Él era un instructor de primeros auxilios que se había dedicado al mundo de la lucha y era considerado un gran repara-brechas, con un poco de anticoagulante y anestésico podía sanar incluso los cortes más cercanos al hueso en el escaso minuto que daban de margen entre asalto y asalto. Esos mil trucos que el sanador conocía no la libraron a ella de perder en su combate por ser la contendiente al cinturón de campeona, cuando una patada al estomago y un gancho la dejaron fuera de combate. Ambos conocieron a Bumi la noche en la que el managerde la luchadora conocida como 'Llamarada Explosiva', un tipo llamado Yahshi, decidió abandonarla en todos los sentidos posibles. Después del combate, aquel bastardo no solo había roto el contrato de representación y la había insultado, sino que la había dejado sola en Ciudad República, sin transporte posible y sin dinero. Aquel viejo avaro había intentado convencer al sana-cortes de que la abandonase, que ella no ganaría nada y sin victorias no había dinero, pero Zaheer ya se había enamorado y fue en su busca en cuando se dio cuenta de que ella no estaba con ellos. Yahshi cumplió su amenaza y no los espero, dejando a ambos perdidos en una urbe que no conocían y a ella con el orgullo por los suelos después de la derrota y sin dinero. En aquel momento un alegre Bumi se topó con ambos, había ido a ver el combate y le había parecido que la joven luchadora se había defendido muy bien ante una rival más experta, así que después de unos minutos charlando, al veterano hizo alarde de su conocido altruismo y les ofreció cama, comida y un posible trabajo si aceptaban trabajar para él en su gimnasio. Con ese gran fracaso de P'Li se forjó una enorme amistad y un buen futuro, el cual trajo consigo a su hija, Visola, la cual no hubiera podido tener de seguir peleando. La entrenadora siempre decía que hubiera preferido perder mil veces el cinturón mundial que no haber conocido nunca la sonrisa de su hija, demostrándole a todos que para ella, su hija había sido su mayor logro.
-Por cierto, ¿y Visola? – preguntó Kuvira al recordar a su amiga de la infancia
-En la jaula, espera – la entrenadora hizo sonar su silbato y ambas contrincantes se separaron – Vamos, parad ya, Vis mira quien a venido de visita.
-Kuvira – una joven vivaracha se desarropaba de los cascos y las protecciones para subirse a la jaula y bajar de un salto – Maldita seas, empezaba a extrañarte. Estos tres no me dejan tranquila, te necesito para que molesten a otra.
-No te quejes jovencita – le recriminó su padre.
-¿Qué?, soy el sparring de las nuevas y ya cansa – se frotaba la nuca denotando cansancio.
-Solo es una chica – corregía su madre.
-Pero pega bien – inquirió Visola
-Si ya eres profesional, seguro que ella no es para tanto – A diferencia de Kuvira, la hija de aquel matrimonio si había decidido probar suerte en el circuito profesional, siempre y cuando Bumi la representase y buscase combates convenientes.
-Si, pero no puedo noquearla y la chica es buena. Sabe defenderse – Visola, quien se había tatuado unas marcas azules imitando las lineas de un tigre, no tenía problema alguna en admitir cuando alguien era bueno y aquella chica era un diamante en bruto.
-Me sorprende que la dejes luchar, tío Bumi – a la joven del flequillo siempre le había sorprendido el hecho de que aceptase la idea de que su otra sobrina adoptiva pelease.
-Bueno, es que vamos poco a poco – el hombre se quitaba los guantes que aun traía puestos desde su enfrentamiento con el saco – Tu querías pelear nada más conseguir la edad y te hubieran dado una buena paliza. Ella es más calmada, tu tenías mucha ira, y con ira no se piensa claramente, se cometen errores y acabas besando una fría y sucia lona.
No podía discutirle aquel alegato porque era completamente cierto. La ira que había empezado a fraguarse en Kuvira después de que aquel bastardo intentase violarla la hubiera asustado a día de hoy. Ella sabía que en aquel momento luchar hubiera sido su peor opción y cuando pudo poner orden en su vida, gracias a Su, la idea de pelear ya no le atraía. Visola era diferente, ella lo llevaba en la sangre, siempre había sido calmada y había tardado en debutar. De hecho, el ir poco a poco se había convertido en un problema porque en la categoría semi-profesional ya nadie quería pelear contra ella, pero ella jamás iba a sugerir hacerse profesional, aquella era una decisión de su cuerpo técnico y de su manager: sus padres y tío Bumi.
Visola era una joven de piel oscura, nariz chata, enormes ojos azul verdosos, labios oscuros y cabello muy corto con un divertido flequillo cayendo hacia una de sus mejillas. Conservaba esos bellos rasgos porque el Gran B no había querido lanzarla a enfrentarse con luchadoras más expertas antes de tiempo y eso era algo de agradecer. Su madre le había enseñado a aprovechar su agilidad y su velocidad, necesaria para adentrarse en los huecos que dejaban desprotegidos sus rivales. Era un experto en tomar el control de la jaula, encerrando a su oponente en el centro y sin duda, de seguir por ese camino, sería una profesional envidiable y puede que una futura campeona. Así que la duda que surgía en Kuvira era, ¿quién podía ponerla en un aprieto?.
-¿Puedo conocer a semejante portento?.
-Claro. ¡Eh, Azula!, ven que queremos presentarte a alguien – al llamado de su entrenadora la chica que aun estaba en la jaula paseando para calmar sus músculos se despojó de sus protecciones. Su piel pálida guardaban unas facciones afiladas, unos labios rosáceos y unos ojos ambarinos que reflejaban fuerza y carácter. Poco a poco fue acercándose, apenas bosquejando una sonrisa.
-Aquí estoy entrenadora.
-Azula, quiero presentarte a Kuvira, una joven que es casi como de la familia – dijo P'Li para vergüenza de la escolta.
-La famosa Azula – añadió la joven que aun seguía dentro de la jaula – Aquí siempre hablan de ti, aunque más con cariño que con admiración.
-¡Oye!, cuida tu lengua – bramó la hija de Zaheer.
-Venga, solo bromeaba, un poco de sana competencia, Tigresa – la joven de tez pálida llamó a Visola por su sobrenombre de luchadora, algo que hizo que la joven estuviera deseando volver a entrar en la jaula y patearle el trasero.
-Bueno, podríamos tener un asalto de práctica – enunció la escolta, puesto que solo ella luchaba sus propias batallas.
-Vale, entra aquí – la joven de ojos ambarinos se mostraba confiada al tiempo que se ponía en guardia expectante.
Kuvira se tomo las cosas con calma. Se quito la chaqueta y los zapatos, aflojo los botones de su camisa y entró en la jaula, colocándose con la guardia más elevada que su oponente, esperando que diese inicio el asalto mientras sus amigos no se pronunciaban al respecto.
-¡Vamos! – gritó la joven de mirada predadora solo para después saltar sobre la guardaespaldas como si fuera un león agazapado en la sabana.
La joven del flequillo oscuro y los ojos aceitunados se sorprendió, la joven que tenía ante ella tenía más precisión y destreza que Visola, pero ni su temple ni su agilidad podían compararse. Kuvira iba moviéndose por la jaula al tiempo que observaba como a su oponente le costaba seguirla, cómo si no supiera moverse. Sus golpes eran precisos, pero lanzaba demasiados, sabía donde golpear y los huecos que Kuvira dejaba a propósito ayudaban a ello pero no controlaba la distancia. A veces eran golpes que se veía que no iban a impactar, otras veces la impetuosidad ganaba a la templanza, pero cuando conectaban picaban y molestaban. La escolta sabía que esos golpes hubiera dolido y Azula sonreía sabiendo que su oponente solo se defendía. La defensa de la chica de la trenza era formidable y los huecos que dejaba al descubierto habían resultado trampas ocultas a simple vista. El costado desprotegido, un caramelo que la joven de ojos ambarinos no pudo rechazar pero que le provocó ser sorprendida por una patada a su costado. Aquello le demostró una cosa, esa chica era buena, malditamente buena. En un ultimo lance, queriendo demostrar su poderío, Azula comenzó a atacar con todo lo que tenía, pero aquello tuvo una reacción igual y opuesta, en uno de los envites, la escolta la agarró por el hombro y la proyectó contra el suelo provocando un sonoro golpe seco sobre la lona de la jaula.
-¡Se acabo!, parad chicas – dijo Zaheer, quien ya había entrado en la jaula preocupado por aquel impacto contra el suelo.
La joven de ojos aceitunados aflojó el agarre y ambas chicas se alzaron, con una sonrisa de oreja a oreja, sabiendo que había sido un gran asalto.
-Estoy bien – enunció en voz alta la joven pálida para calmar a todos – Pero he perdido, eres muy buena.
-Gracias, tu también – respondió Kuvira ofreciendo su mano en señal de buena voluntad.
-No – dijo mientras apretaba la mano de la guardaespaldas – No soy tan buena, esto es solo para quitarme el estrés y a veces soy muy presumida.
-Y hay que quitarle la tontería a golpes – enarbolaba Visola entre risas – Pero aprende rápido y es muy buena. No tanto como yo, pero es buena.
Todos rieron, al tiempo que Azula se quedó mirando uno de los relojes situados en las paredes del gimnasio.
-Lo siento, me gustaría quedarme a hablar pero tengo que ir a trabajar – se disculpó al tiempo que salía trotando de la jaula y agarraba una mochila que estaba en un banco cercano – Pero me gustaría volver a pelear contigo, Visola tiene miedo de que la gane y por eso no me deja pelear en serio.
-Espero volver a vernos – respondió Kuvira mientras se despedía.
-Pues cuando quieras te invito a tomar algo donde trabajo – respondió gritando, al tiempo que salía por la puerta – Adiós a todos.
Todos se despidieron de ella aunque esta ya no podía escuchar sus despedidas.
-Trabaja en dos sitios para ayudar a su familia – dijo Zaheer – Siempre ha tenido mucho carácter y esto le esta ayudando a focalizar su estrés.
-Es de las pocas que aun están en al gimnasio – añadió P'Li – la mayoría de chicas no querían pelear con ella porque ya tiene experiencia en peleas callejeras, así que Visola la ayuda y de paso la usa de sparring.
-¿No quiere ser profesional?, que extraño – lo cierto es que todos los que entrenaban con un profesional eran futuros aspirantes a serlo y esta excepción resultaba sorprendente.
-A la gente le gusta la violencia y el morbo – interrumpió Bumi – Por eso la gente se detiene o va más lento al ver un accidente. Ella necesita el dinero y si le pasase algo, adiós al sustento familiar. Si quiere pelear la ayudaré pero si quiere seguir al lado de los suyos, le aplaudiré.
Era cierto lo que decía tío Bumi, el mundo de la lucha era un lugar que podía ser frío y cruel, donde los admirados pasaban al anonimato en unos segundos por una derrota de la que nunca se recomponían, donde los sueños se rompían casi tan rápido como los huesos y eso era algo que Kuvira sabía que igual no hubiera podido soportar.
"El tamaño de tu éxito se mide por la fuerza de tu deseo, el tamaño de tu sueño, y cómo manejas la desilusión a lo largo del camino", era una frase que llegaba muchas veces a la mente de la escolta cuando pensaba en intentar ser profesional, pero ¿cómo manejar la desilusión y la derrota cuando has perdido tanto que solamente te queda la esperanza para seguir adelante?. En aquella época ella estaba llena de ira y de incertidumbre, no hubiera podido manejar nada y aquello la hubiera roto por dentro, enviándola por el camino del desprecio y la ira sin billete de regreso. Por fortuna, tomo otro camino y se sentía bien protegiendo a otras personas, creyendo que a veces, gracias a ella, la gente podía estar más tranquila y confiada; en su trabajo se sentía cómo un ángel de la guarda cuya labor era proteger a su objetivo de todo mal, y por fortuna la señorita Sato merecía aquel ángel.
Después de relajarse, Kuvira estuvo con P'Li, Zaheer, Visola y tío Bumi toda la noche. Visola le hablaba de su que apenas tenía tiempo para relaciones durante su preparación para el salto a profesional; los padres de esta bromeaban recordando anécdotas de su hija siendo pequeña, cómo cuando quiso comprobar si era cierto que todos los niños tenían pilila y fue preguntando a todos los niños de su clase de guardería, o de su hija adoptiva y cómo lloro cuando empujó un saco de boxeo con fuerza y la inercia le hizo regresar para terminar golpeándola; y tío Bumi cantando grandes éxitos de Sinatra al son de su guitarra desafinada. Por fortuna para Zaheer, Kuvira se quedó a cenar y pudo cocinarle algo, aunque no era su famoso estofado. Con unas copas de vino, la preparación de la cena se hizo más llevadera y P'Li reclamaba más besos de su marido. La entrenadora no soportaba bien el alcohol y siempre que bebía un poco buscaba los besos esquivos de su esposo, al tiempo que su hija intentaba mirar para otro lado para ignorar el comportamiento subido de tono de su madre. Aquello provocaba la risa estridente del veterano que observaba como la púgil luchaba por ignorar a una madre retornada a la veintena a la que le faltaba empezar a frotarse con su marido. Kuvira por otro lado agradecía aquellos momentos, donde sentía que tenía una familia.
-No sé si te estas fijando en mi madre o en mi padre – le preguntó bromeando Visola – Pero cualquier respuesta me perturbará.
-Tranquila, es como una madre para mi.
-Pues espero que no me veas como una hermana porque no pienso compartir mi habitación.
La improvisada fiesta se alargó hasta el ultimo tranvía. Pese a que todos le pedían a Kuvira que se quedase a dormir, lo cierto era que ella quería llegar a su apartamento y dormir en la seguridad de aquellas paredes. Odiaba abandonarlos, pero su cuerpo le estaba rogando por un reparador sueño en compañía de su mullida almohada.
El viaje hasta su domicilio duró treinta minutos, pero en ese tiempo ella pudo disfrutar de la suave brisa nocturna que se colaba por cada poro de su piel y le permitía destilar la extraña sensación que le provocaba el vino. Ella vivía en un barrio cercano a la zona central, bien posicionado y muy tranquilo. Alli, en lo alto de un edificio de seis plantas, Kuvira tenía su santuario, un nido desde donde observaba gran parte del alboroto matutino, como si de un águila se tratase. Aquel apartamento, de suelo de madera y paredes blancas, era un enorme espacio, donde las únicas separaciones eran el dormitorio y el servicio. El resto del apartamento se repartía entre una modesta cocina de color blanco a juego con una mesa y un par de sillas; varias estanterías llenas de libros y vinilos; un enorme tocadiscos clásico; una zona con pesas, una bicicleta estática y un saco de boxeo; una modesta televisión apenas usada y un sofá Lawson de color verde. El dormitorio, a donde se dirigía raudamente la escolta, era una habitación simple, que solo poseía un armario empotrado, una enorme cama doble cubierta de mantas, el cabecero de la cama confeccionado a partir de madera pulida, poseía unos salientes a modo de mesillas, que le daban un toque diferente y moderno. Por eso ella adoraba su cama, por aquella ingente cantidad de mantas de franela que le abrazaban con cada mecho de sus hilos y le recordaban al tacto de las camisas que conservaba de su padre. Ella no lo recordaba, pero su madre había guardado la ropa de él en una maleta y una Kuvira aun siendo niña, había tomado por costumbre abrir de vez en cuando aquella maleta y dormir con alguna de las espesas prendas que en su día habían vestido a su desaparecido padre. Aquello le ayudaba a dormir incluso en los momentos en los cuales el ruido de aquel barrio maloliente no la dejaba dormir. Así durmió, toda la noche, haciendo olvidar a sus músculos el difícil despertar del día anterior.
A la mañana siguiente, Kuvira tuvo que luchar contra su reloj interno para al menos forzarse a dormir una hora más y recuperar el sueño perdido al día anterior. Pese a no lograr dormir del todo, si pudo descansar en la cama y notar como su cuerpo se relajaba, solo para darse cuenta de que cada fibra de su cuerpo gritaba por tener algo de actividad. Completamente despejada, la joven de ojos aceitunados saltó de su cama y se dispuso a golpear durante varios minutos el saco de boxeo, al tiempo que un poco de jazz suave la acompañaba. Inconscientemente, con cada golpe iba acompasando la música, pero eso era algo casi inherente en ella. Una ducha y dos tostadas con café después, la escolta estaba en camino, rumbo a recoger a su compañero de cuatro ruedas al tiempo que maldecía el no poder saborear el café de Pema.
-Tengo que preguntarle a Pema como hace ese café.
El viaje en tranvía se le hizo bastante largo, estaba deseando poder conducir a su reluciente compañero, pero nada podría ensombrecer un día tan luminoso y con un cielo tan azul. Llegando a la parada de la Torre Futuro, Kuvira se dispuso a ir a por el auto, cuando una llamada a su celular la distrajo. No se detuvo, pero a medida que saludaba a la seguridad, que ya la conocía, leía el número en la pantalla. El número era de una terminal pública, algo que le resultaba extraño, pero decidió aceptar la llamada por si era algo importante.
-¿Diga? – preguntó con cierta intriga
-Kuvira, soy Asami, ¿podrías venir a buscarme? – La escolta se detuvo en seco, algo en su tono de voz dejaba ver que no estaba bien.
-Señorita Asami, ¿por qué no usa el teléfono? – distinguió perfectamente el intento sordo e infructuoso de ocultar un sollozo – ¿Esta llorando?
Aunque intentase disimularlo, la mujer de ojos aceitunados podía notar que su jefa estaba sonando su nariz e intentaba dejar de plañir para evitar preocuparla, pero aquello la intranquilizaba aun más.
-Es que no tengo batería y... – una respiración forzada alteró a la escolta – ...y Korra se ha ido.
-¿Cómo dice? – en aquel momento, Kuvira comenzó a apurar el paso, casi corriendo a la entrada del garaje privado de los Sato. Tenía que ponerse en ruta cuanto antes.
-Que vinimos a una pensión y Korra se fue y no tengo fuerzas para volver – la respuesta de la señorita Sato hizo pensar lo peor. ¿Cómo había sido engañada la señorita para ser llevada a una pensión?, ¿qué le había hecho esa maldita drogadicta?
-¿Se encuentra bien? – su voz rogaba por una afirmación, en la cual su jefa le dijera que no había sucedido nada. Al mismo tiempo comenzó a adentrarse en el taller con cierta prisa
-Si, no, no lo sé. Ven ya, por favor, te lo suplico, por favor, Kuvira – la escolta notó caer su alma a sus pies y ni espero un segundo, en cuanto distinguió el auto, hizo un gesto de silencio a Due y entró en el auto.
-Cálmese, estará bien – más le valía o la señorita Korra Raava iba a tener problemas
-Gracias Kuvira – la señorita Sato intentaba calmarse, esa era buena señal.
-Señorita Sato, ¿donde esta? – sabía lo que tenía que hacer, ser clara y hacer preguntas concisas para obtener respuestas concisas
-En una pensión llamada 'El Pantano Místico', en el barrio de Jang Hui.
-De acuerdo, descuide en unos minutos estaré allí – la escolta salió a toda prisa, conduciendo con una mano y orientando el auto hacia la segunda salida de la carretera para evitar el trafico, rumbo a Jang Hui. Conocía el barrio, estaba a veinte minutos del gimnasio. La pensión no sería un problema y si no la encontraba siempre podía preguntar o amenazar a algún transeúnte – Usted cálmese y tómese algo mientras espera.
-Es que por eso te llamo, no tengo dinero. Siento haberte molestado en tu día libre – su propia jefa se disculpaba por molestarla en un día libre que ella le dio. Definitivamente era el polo opuesto a Hiroshi Sato
-No se preocupe, estaré alli en unos minutos, sea paciente – no tenía dinero, ¿cómo era posible?, la idea de que una borracha mentirosa engañase a su jefa y le robase empezaba a fructificar en su cabeza – ¿Korra le dijo donde iba a ir?
-No, no se despidió – el ceño de la escolta comenzó a fruncirse al tiempo que procuraba evitar a los autos conduciendo con una sola mano. No le importaban las multas, nadie detendría a un automóvil propiedad directa de la familia Sato
-La acompañó y la dejó allí, ¿no? – en el fondo seguía esperando una explicación.
-Así es – en vez de explicación se encontró con la figura de una borracha egoísta que seguramente iba a gastarse el dinero de la señorita Asami en drogas, alcohol, y sabroso filete. Filete que debía saborear porque Kuvira quería dejarla sin dentadura cuando la encontrase.
-Bueno, usted vaya a la pensión pida lo que pueda, es para que este en un sitio tranquilo hasta que llegue. No se preocupe, todo saldrá bien – sus dientes chirriaban por la furia.
-De acuerdo. Gracias, Kuvira.
-De nada, señorita Asami, es un placer – y colgaron. La escolta resopló, tocó el claxon y aceleró más allá del limite legal, quería saber si la señorita Asami estaba bien, aunque también deseaba volver a darle unos cuantos rodillazos a cierta morena de ojos azules. El rostro de Korra apareció en su mente, con aquella sonrisa burlona y aquellas bromas, planeando acostarse con la heredera y robarle, o puede que extorsionarle. Después de lo que había hecho por ella, esa zorra yonki la había dejado tirada en una pensión de un barrio obrero en la otra punta de la ciudad. En aquel momento solo pudo culparse por no haberlo visto, por no ser más inteligente y tuvo que liberar a viva voz una idea que surgía en su cabeza.
-Estas muerta, Korra.
Continuará...
Una Review anima y salva historias del abandono. Apadrina un fanfic dejando una review.
Reflexiones:
-13.000 palabras para el capítulo 13.
-Antes de nada pediros perdón por la tardanza, dado que yo siempre actualizo jueves, viernes o sabados y esta vez, en vez de los 6-7 días se rigor habéis tenido que esperar 10. Veréis, el caso es que el primer capítulo lo tenía ya escrito y estaba escribiendo el capítulo 14 que sería la tercera parte de 'Un día con Kuvira' pero llegué al mi apartamento después de trabajar y me comentaron que no había linea de Internet. Debido a que el contrato de internet esta a mi nombre yo me encargué de llamar, solo para que una operadora me explicase que debido a una huelga de técnicos y de que era el lunes iba a ser festivo, no podrían llevar un técnico hasta el martes – hora española -. Como vivimos lejos de la ciudad, aquí no hay ni un maldito ciber y con resignación decidí fusionar ambos capítulos y terminar el que sería el 14, pasando a ser el 13 un capítulo enorme pero bien construido, además que 13.000 palabras para el capítulo 13 me hacia gracia y especial ilusión. Siento que tengáis que esperar, sobretodo porque sé que hay personas que solo se conectan los fines de semana para leer, pero no ha sido culpa mía, no tengo poder sobre las distribuidoras de internet. ¿Alguien se ofrece voluntario para ir a agredirles si me vuelven a impedir subir un capítulo?
-Lo siguiente es que este mismo viernes tengo que volver a viajar por trabajo y es casi improbable que pueda actualizar algo, así que considero que 13.000 palabras esta más que bien para que aguantéis mientras esperáis por una nueva actualización. Además, que este capítulo presenta personajes importantes y entrañables.
-Intentaré actualizar Primavera en Ciudad República antes de irme. Así los que siguen ese fanfic podrán ver mi compromiso y disfrutarlo. Si, sigo haciendo algo de publicidad. Sed benevolentes, por favor.
-Creedme que sé cuando tienes ansias de una actualización pero esta no llega, pero muchas veces aunque los que escribamos queramos, simplemente las circunstancias nos lo impiden.
-El fin de semana no escribí nada más porque cada vez que me sentaba ante el PC me enfadaba sabiendo que no podía actualizar y que algunas personas esperaban las actualizaciones, así que decidí tomarme un descanso.
-En medio de ese descanso volví a comenzar una campaña en el videojuego Mass Effect. Es que me gusta el genero de opera espacial y Mass Effect destila toques que me recuerdan a Star Wars en el sentido de grandiosidad galáctica. ¿Por qué apenas hay fanfics en castellano de esta franquicia?.
-Yo y unas amigas terminamos haciendo maratón de películas y series. Debido a que ellas son mis primeras lectoras y que me conocen en persona no han parado de pedirme fanfics. No sé si es porque creen que escribo bien o que son demasiado perezosas para escribir ellas mismas. Bueno, ambas cosas, ¿no?.
-La fortuna me sonrió y terminamos hablando de Avatar durante horas y de exponer que la 4º temporada de LoK es muy buena pero deja cosas muy interesantes: Korrasami, que sucederá con Kuvira, relación con Lin y Su, Bopal, el pobre Mako que tiene que irse a la isla Kiyoshi a encontrar novia...A la imaginación. Ahora estamos rogando porque saquen cuanto antes cómics.
-En el foro Legend of KorrAsami tenemos una preciosa sección de noticias donde contamos lo ultimo de la franquicia.
Datos:
-Confirmo ya que la Kuvira de mi historia es bisexual.
-Ya confirmo que Azula y Zuko en esta historia son hermanos.
-Tanto el teatro Zaofu como el gimnasio 'Gran B' son edificios antiguos y muy grandes.
-Arabesque es una postura clásica de Ballet, espero haberla descrito bien. Buscad en google si tenéis curiosidad.
-La danza Tang, o de la dinastía Tang, es un baile tradicional chino, donde las bailarinas danzan con vestidos con mangas muy largas. Sus movimientos me recordaban a Opal aprendiendo el control del aire y a un cosplay que vi de ella que usaba telas para hacer ver que se movía.
-Visola, Analay yYahshi son personajes de un cómic de Avatar , La Leyenda de Aang. Me encanta la estética de Visola en el cómic y por eso me decidí a incluirla como hija de P'Li y Zaheer.
-Estoy empezando a incluir personajes de los cómics porque se me acaban los nombres de ambas series animadas pero me gusta usar nombres de la franquicia para que los más fans busquen de que son.
-Siempre quise meter a Zaheer y P'Li como matrimonio y creo que el hecho de que ella fuera luchadora le da carácter y Zaheer en la serie siempre me pareció lo suficientemente tranquilo como para saber como cerrar una herida.
