Disclaimer: Ni K ni sus personajes me pertenecen. De fans para fans.

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13. Trampa

El aire acondicionado no funciona, pero Fujishima le ha comprado una bolsa de agua caliente y al menos ya no siente los pies fríos. Se arropa hasta la nariz. Aun así hace frío, o al menos él lo tiene.

Contempla el reloj digital de la televisión. Es pronto, se dice. Todavía no es la hora, se repite una, dos, hasta tres veces seguidas. Hasta que su propia voz le suena extraña y sus palabras son más vacías que nunca.

Eric se frota los ojos. Le escuecen, los siente cansados, con una pesadez que le incita a cerrarlos y no volver a abrirlos nunca.

Tampoco pasaría nada.

El sol hace tiempo que se ha puesto y la única luz que baña la habitación es la de las farolas que titilan en un perfecto compás. Tal vez debería levantarse a encender la luz. Podría ir hasta la cocina y preparar la mesa para cuando vuelva Fujishima. Eso le alegraría mucho. Incluso estaría bien si abriera un poco las ventanas para ventilar la casa y se pegara esa ducha que tanto necesita.

Las ideas son tentadoras, lógicas. Lo que cualquier persona normal haría en su situación. Poner algo de orden en su vida, salir de la cama, cenar, lavarse un poco. Ir a la calle. Eric se aferra con fuerza a las sábanas. Lo piensa detenidamente, la madura, comprende que sería lo mejor para él. Pero hay algo realmente malo, algo aterrador que le empuja a quedarse donde está. Hay una voz en la parte de atrás de su cabeza que no le deja avanzar. Una fría y penetrante voz que le aplasta el pecho hasta tal punto que respirar es demasiado complicado.

Desde hace semanas, la voz envenenada de su dueño es una constante y Eric no sabe qué hacer para sacarla de su cabeza. Se siente desesperado porque quiere salir de allí, quiere dejar de vivir en la bomba de relojería que es su mente y ser capaz de respirar la libertad que tanto ansía. Necesita salir de allí. Necesita escapar de toda aquella pólvora que amenaza con estallar con un simple chispazo.

Huir de su dueño, que está haciendo todo lo posible por derribarlo y le impide salir de la cama y cambiar las sábanas. Silenciar las jocosas carcajadas y los insultos dolorosamente ciertos.

Eric se tapa la cara con la almohada. No quiere volver a mirar el reloj. No tiene por qué volver a mirarlo. Son pasadas las ocho y puede que Fujishima se haya retrasado un poco, pero eso no significa nada. Se ha podido averiar el tren, o quizás ha parado un momento en el 7-Eleven a comprarle un taiyaki, una bolsa de patatas fritas o algo de eso. Cualquier cosa que pudiera animarle.

O tal vez le han atacado. Quizás esté muerto en mitad de la calle. Como Totsuka y Mikoto.

Es posible que esta mañana sea la última vez que le haya visto.

Se estruja la almohada contra el rostro. No, no. Si aprieta con la suficiente fuerza, tal vez los malos pensamientos desaparezcan. Si se concentra tan solo en que la almohada le está ahogando y necesita aire, quizás logre escapar de la trampa mortal que le está tendiendo su mente. De los pensamientos emponzoñados que envenenan todo a su paso y deshacen los últimos rastros de cordura que le quedan.

Eric tira la almohada contra el suelo.

Aun así, no deja de faltarle el aire.

Se incorpora a tientas, el corazón disparado, sus manos chocan contra la pared cuando busca algo sólido en la que apoyarse. Intenta tomar una bocanada de aire, pero esta nunca llega. Y no llega. Los pulmones que anhelan el preciado oxígeno le arden, le abrasan por dentro y por fuera, regalándole escalofríos y temblores por todo el cuerpo que es incapaz de controlar.

Es culpa tuya.

Un desgarrador quejido se desliza por su garganta. Se le enredan las piernas con las sábanas y da igual cuanto luche, porque ahora sí que es incapaz de salir de la cama y pedir ayudar. No es capaz de moverse, de alcanzar el teléfono que descansa encima de la mesa y llamar a Fujishima para confirmar que este bien.

Y de paso para decirle que se está muriendo.

Las lágrimas que se agolpan en sus ojos y el pánico atroz que se desliza por todos y cada uno de sus miembros cuando comprende que si no hace algo pronto, se va a morir, terminan de complicarlo todo.

Acaba por estallar.

Porque las malditas voces tienen razón. Su dueño tiene razón. En el fondo, siempre la ha tenido. No es más que un perro asesino que no se merece el perdón ni la ayuda de nadie. Eric está maldito, es un chucho maldito y todo aquel que se acerque lo suficiente a él, acabará mal. Muy mal. Como sus padres, que terminaron muertos, arrojados en una fosa común plagada de cadáveres en descomposición. Como su dueño y todos los miembros de Hikawa, que de ellos, no quedaron ni las cenizas.

Como Totsuka y Mikoto. Como todo Homra.

Como Fujishima, que día a día ve como se consume hasta convertirse en un simple autómata y ese brillo en sus ojos que tanto le daba la vida, ha desaparecido por completo.

Estarías mejor muerto.

La voz es contundente, firme. Una orden directa de su dueño.

Y Eric siempre ha sido un perro muy fiel.

Cuando Fujishima llega a casa cinco minutos más tarde, encuentra a Eric en el suelo del salón todavía luchando por respirar, su navaja entre las temblorosas manos y restos de sangre salpicando la madera.

Forcejean durante más de media hora y al final pasan la noche en urgencias, ambos con cortes superficiales y Eric tan solo logra calmarse cuando le dan un sedante por vía intravenosa y cae rendido en la camilla.

Fujishima se pasa la noche acariciándole las vendas que rodean sus muñecas y prometiéndole que, más tarde o más temprano, se pondrá bien.

Y él estará allí para apoyarle.

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N/A: En esta viñeta hay más de mí de lo que me gustaría, pero meh. De verdad, lo prometo, el resto de drabbles/viñetas que quedan del mes serán más felices. Bueno, menos dos que ya tengo empezados. Pero los demás serán momentos más agradables y sin drama. O al menos lo voy a intentar.

Cualquier cosa review y muchas gracias por leer :3