Now get your shit together, grab that piece of pipe, throw it at the deepest part of the lake and ¡get the fuck out of here!
No me gustan los entierros. En un entierro se espera que la gente llore, que sufra, que este triste y que demuestre todo eso que no le puedo demostrar al difunto mientras estuvo en vida. Siempre me parecieron demasiado trabajo, demasiadas emociones por fingir si quería pasar desapercibida, las gafas oscuras solo podían ayudar hasta cierto punto y bueno, no soy tan buena actriz.
Pero esta vez era diferente, esta vez no se trataba de algún medio conocido por el que asistía a su entierro solo por insistencia de Shelby, no, se trataba de Cristian, de mi mentor, la única persona que había llegado a demostrar interés por mi bienestar y a quien le debo la vida, lo más parecido a un padre que he tenido, esta vez no tenía que fingir el hecho de sentir su perdida. Cristian tenía razón, cada quien tiene su manera de lidiar con sus demonios, así como también cada persona tiene su manera de lidiar con la perdida, de llorar a sus seres queridos.
Un asalto a un supermercado de tres hombres armados, seis civiles retenidos dentro del supermercado, dos de ellos heridos y por supuesto Cristian, el único policía tan héroe y tan estúpido como para entrar sin un chaleco a enfrentar a tres hombres armados quienes amenazaron con herir a una menor que se encontraba haciendo compras con su mamá en aquel tan desafortunado momento de no recibir un auto en el cual pudieran escapar.
Hay gente estúpida en exceso en este planeta, en serio, lastimar a dos personas y amenazar a cuatro más solo por ganar, que, ¿300-400 dólares? Que repartido entre los 3 ¿no llega ni a los 150 dólares en efectivo? Era un pequeño supermercado en el pueblo perdido de Lima, Ohio, ¿Qué carajos esperaban encontrar? ¿Lingotes?
Después de que Cristian entró a salvar el día hubo disparos de parte y parte, cuando los refuerzos llegaron se encontraron con el saldo de dos asaltantes muertos, otro herido en una pierna y Cristian con dos balas en el pecho. Murió camino al hospital.
Mi manera de lidiar con la perdida no es buena, hasta ese momento no había sufrido ninguna verdadera perdida por lo tanto no sabía realmente cómo lidiar con ella. No podía llorar, las lágrimas no me salían; no sentía rabia ni tristeza ni nada de lo que imaginé que sentiría en una situación como esa, pero aquella presión y vacío que sentía en la mitad de mi pecho llegaba a ser dolorosa, sentía que en cualquier momento haría implosión.
Los protocolos del funeral iban pasando, las oraciones del padre, las palabras de algunos miembros del cuerpo policial, la entrega de la bandera por parte de un oficial a Noah en agradecimiento por la labor que su padre prestó a la patria y a la comunidad de Lima, finalmente fue el turno de Noah, de dar su discurso antes de ver a su padre por última vez.
– No estoy preparado para esto – empezó – dudo que alguien esté preparado para perder a su única familia de repente. A pesar de que él era policía y de que es de esperarse que por su trabajo llegue el momento en el que su cercanía con la muerte sea demasiada yo jamás me preparé para esto – dijo mirando a su lado donde se encontraba el ataúd – Él era mi ídolo. Supongo que jamás creí que algo así le pasaría porque en mi cabeza él era un súper héroe como los que encuentras en las historietas, en mi cabeza él jamás saldría lastimado porque siempre ganaría la batalla contra los chicos malos… porque a la final los buenos siempre ganan ¿no? – les preguntó a los presentes con sus manos puestas en aquel pequeño atril. Al volver a mirar hacia la audiencia vimos las lágrimas bajando por su rostro – En mi mente este momento era imposible, un escenario simplemente imposible. Ahora no sé ni por dónde empezar a digerirlo – dijo mientras negaba con su cabeza – Me enseñó tantas cosas; me enseñó a montar en bicicleta, a jugar futbol, a afeitarme, a cocinar. Me inculcó todos los valores necesarios para asegurarse de que me convirtiera en un buen tipo… aprendí todo de él. Él era un hombre digno de admirar. Fue padre, madre, policía y persona a la vez y cumplió con cada uno de esos aspectos como mejor pudo, puede que no lo haya hecho a la perfección, pero sé que jamás dejó de intentarlo – limpio sus lágrimas y terminó su discurso – Sin él no sé qué me espera, solo sé que me sentiría honrado de ser la mitad del hombre que fue –
Uno a uno los asistentes empezaron a pasar por el ataúd para ver a Cristian por última vez. Yo no quería pasar, mis pies estaban pegados en el suelo, solo cuando sentí a mi madre halar un poco mi brazo para que caminara hacia el ataúd lo hice. No lo miré. Durante los pocos segundos que duré frente a aquel ataúd mantuve mi mirada enteramente en el cajón, en ningún momento miré su cuerpo.
Creo que hice bien, si lo hubiera mirado probablemente esa imagen me hubiera perseguido y cada vez que lo recordara sería todo lo que ocuparía mi mente.
Nos encontrábamos rodeando el hoyo en el que Cristian sería enterrado, mientras bajaban el ataúd crucé mi mirada con Noah quien se encontraba exactamente frente a mí, del otro lado del hoyo. El resentimiento que se veía en su mirada era obvio, así como también el hecho de que me culpaba por su muerte. Varios de los asistentes recogieron un puñado de tierra y la lanzaron sobre el ataúd como símbolo de despedida antes de empezar a retirarse del cementerio, cada vez iba quedando menos gente, Noah agarró un poco de tierra con su mano y la tiró sobre el cajón, después, dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.
Me quedé allí parada y solo reaccioné cuando Shelby me agarró del brazo para llamar mi atención – Debo volver al trabajo, nos vemos en casa – Yo solo asentí sin dejar de mirar en montículo de tierra que ahora había sobre aquella tumba. Todos los asistentes al entierro ya se habían marchado, yo era la única que quedaba en aquel solitario cementerio.
Todo lo sucedido me golpeó de repente, sentí dificultad al respirar y sin darme cuenta me encontraba hiperventilando. Ya no lo volvería a ver, Cristian había desaparecido y no había nada que pudiera hacer para remediarlo, no más consejos, no más abrazos, no más protección, desde ahora no tendría a nadie con quién hablar sin tener que esconderme. Sentí la necesidad de cavar nuevamente y sacarlo de allí, y eso intenté. Me arrodillé y empecé a cavar con mis manos, moví tanta tierra como pude hasta que sentí mis uñas doler por la cantidad de tierra bajo ellas, aún con el dolor seguí cavando un poco más hasta que mi vista se nublo. Llevé una mano a mi rostro y me di cuenta que se debía a las lágrimas, estaba llorando y mi respiración era todavía dificultosa. Limpié mis lágrimas lo mejor que pude con mis manos seguramente dejando un desastre peor.
No era ni siquiera medio día y no podía quedarme por más tiempo allí, era solo cuestión de tiempo antes de que alguien llegara a visitar alguna tumba o el encargado del cementerio diera una ronda por el lugar. Me levanté con mis piernas temblorosas, '¿Qué me está pasando?' me pregunté, sentía que mi cuerpo no estaba funcionando correctamente, que no respondía a lo que yo quería; mi respiración seguía agitada y sentía mi cara mojada por lo que supe que aún estaba llorando, esa presión en mi pecho era aún más fuerte y ahora mis piernas estaban temblorosas.
Subí a mi auto y empecé a conducir, afortunadamente el bar en el que Shelby trabajaba quedaba apenas a unas cuadras de allí por lo que me dejó el auto. Conduje por dos horas aproximadamente, aunque pudieron haber sido más, no lo sé.
Lo que pasó después creo que ha sido la peor crisis que he tenido y vaya que he tenido varias, pero esa fue la primera y por lo tanto también creo que fue la peor, más adelante aprendí a contenerlas un poco pero aquel día no tuve control alguno, solo actué. Iba conduciendo cuando vi un bar cerca de un pequeño lago a un lado de la carretera, se veían un par de camionetas parqueadas y un letrero de neón sobre la puerta. Parqueé mi carro lejos de la entrada casi sobre la carretera principal… supongo que en el fondo sabía a qué había venido.
Caminé hasta la entrada, la puerta estaba abierta y entré. La sensación de nauseas que sentí cuando entré a aquel otro bar en busca de Cristian volvió, pero esta vez me mantuve firme y empujé esos recuerdos en el fondo de mi cabeza, no tenía tiempo para debilidades. Me senté en la barra, con mi espalda recta puse mis manos sobre la barra y esperé a que me atendieran.
El bartender volteó, un hombre viejo y calvo con un esqueleto blanco manchado, me miró con algo de desconfianza – ¿Estás perdida? –
Negué suavemente con mi cabeza – No – le respondí mirándolo directamente a los ojos.
– Este no es lugar para una niña – me dijo juntando sus cejas seriamente. Me quedé en silencio, solo mirándolo. Cuando vio que era obvio que no le haría caso a su comentario me preguntó – ¿Qué te sirvo? –
– Agua con hielo estaría bien – el hombre solo asintió, se volteó y preparó lo pedido. Dejó una servilleta frente a mí y sobre ella puso el vaso de agua con hielo. Agarré la servilleta y limpié el borde de la copa antes de beber el agua. Tomé un par de tragos y volví a dejar el vaso sobre la mesa, el bartender tuvo que atender a otra persona así que se fue a la otra esquina de la barra, mientras yo di la vuelta en la banca y empecé a ver a las personas que se encontraban allí; varios hombres quienes ya tenían varias botellas vacías sobre sus mesas, algunos tomando en un rincón solos y otros en grupo discutiendo sobre deportes. Solo con un par de miradas por encima sabía quién caería.
Bebí un poco más de agua, dejé algo de dinero sobre la barra y salí del lugar. Al llegar había notado que los baños quedaban detrás del bar, cerca al lago. Había unas escaleras que daban a una pequeña casita en la cual se situaban los baños; mujeres a la izquierda, hombres a la derecha. Entré al baño de mujeres dejando la puerta medianamente abierta. Había tres cubículos, revisé que estuvieran vacíos; obviamente lo estaban, ninguna mujer "decente" vendría a un lugar como ese. Pasé frente al espejo viejo y sucio del baño y me quedé viendo mi reflejo por un momento, mi cara tenía tierra y se notaban los rastros de mis lágrimas, tenía los ojos irritados por ambas cosas, la tierra y el haber estado llorando. Levanté mi mano y rosé mis dedos con el espejo, por la suciedad del espejo y de mis manos mis dedos fueron dejando huella por donde pasaban. De un golpe lo dejé en pedazos.
Empecé a buscar alrededor del baño por algo pesado y de fácil agarre. Bajo los lavados vi una tubería un poco suelta, me puse de rodillas y con algo de fuerza la arranqué. Cerré la puerta del último de los cubículos, me puse detrás de la puerta de entrada la cual había dejado medio abierta, con mis manos en la espalda sosteniendo en una de ellas el pedazo de tubería oxidada y allí esperé. A los pocos segundos escuché el crujido de la madera de las escaleras avisándome que alguien venía.
La puerta se abrió despacio y un hombre entró, el mismo que acababa de ver en el bar tomando solo en una esquina. Terminó de abrir la puerta con cuidado e ingresó, manteniendo su mirada fija en el cubículo cerrado, empujó un poco la puerta de entrada aun de espaldas a ella sin cerrarla completamente, dio unos pasos hacia el cubículo procurando no hacer ruido.
Con mi mano izquierda terminé de cerrarla mientras con mi derecha sostenía el tubo a mis espaldas. El sonido de la puerta lo sobresaltó.
– Supongo que me equivoqué de baño – me dijo con una sonrisa asquerosa – El bartender tiene razón, este no es lugar par.. – La tubería que tenía en mi mano golpeó su rostro antes de que pudiera terminar la oración. Cayó al suelo aturdido y con una herida considerable en su rostro, pero no se había desmayado, se veía mareado, pero aún estaba consciente. Me paré sobre su cuerpo con un pie a cada lado de sus piernas, parecía querer cubrir su rostro por instinto al querer protegerse, pero no podía coordinar muy bien.
Con ambas manos agarré el pedazo de tubería y lo golpeé con todas mis fuerzas, una y otra y otra vez. Con cada golpe recordaba todo lo que había pasado en esa última semana, con cada golpe sentía que me liberaba de toda la frustración que había acumulado, lágrimas seguían derramándose por mi rostro, pero con cada golpe me llenaba un pequeñísimo alivio. Estaba lejos de sentirme bien, pero al menos la frustración y la rabia dejarían de ser un problema. No voy a describir la imagen que quedo, sería un poco, o bueno, muy inapropiado de mi parte hacerlo pues no sé a la final a manos de quien llegará este escrito. Solo sepan que fue un completo desastre, para nada bonito, lo dejo a su imaginación.
Cuando mis brazos se cansaron dejé la tubería a un lado del cuerpo y me recosté contra una de las paredes. Me deslicé suavemente sobre la pared hasta quedar sentada, doblé mis piernas, las abracé y puse el mentón sobre mis rodillas. Todo estaba tan tranquilo, no se escuchaba nada aparte de los leves sonidos provenientes del lago. El mundo ignoraba que un hombre acababa de ser asesinado a golpes en aquel baño.
– Rachel, debes irte –
Negué mientras bajaba mi cabeza y cerraba los ojos tratando de negar el haber escuchado algo – No. No eres real – susurré
– Levántate, tienes que irte de aquí –
Apreté mis ojos fuertemente mientas negaba con más intensidad – No, no, no, no. Respira, solo estás estresada. Debe ser la falta de sueño… Respira, respira carajo – Me murmuraba, intentando tranquilizarme mientras mis piernas se movían nerviosamente.
Conté hasta diez 3 veces y finalmente abrí los ojos. Cristian estaba parado frente a uno de los cubículos con su atuendo de costumbre, sus brazos cruzados y me miraba con preocupación.
– No, no, tienes que estar bromeando, esto no puede ser –
Escuché como suspiró y metió las manos a los bolsillos de su pantalón – Debes irte, Rachel. En cualquier momento alguien podría entrar y verte aquí –
Yo seguía negándome a aceptar lo que estaba viendo y escuchando en ese momento, quería convencerme de que no había escuchado nada, que no había visto a Cristian parado frente a mí en aquel lugar, que lo más probable era que me hubiera quedado dormida y no lo recordara.
– Rachel… –
– Tú estás muerto. Yo misma estuve en tu entierro hace menos de tres horas –
– Soy tan real como tu mente quiere que lo sea – Empezó a caminar hacia mí mientras hablaba.
"Estoy alucinando" pensé.
– Sí, se podría decir que estás alucinando – Se puso en cuclillas frente a mí – No fue tu culpa –
– Noah me culpa –
– Lo sé –
– Yo me culpo –
– Lo sé –
Estuvimos en silencio por algunos minutos en la misma posición – Tienes que irte –
Yo resoplé ante esto – Me dices que me vaya como si el hecho de que estuvieras aquí fuera perfectamente normal –
– No lo es – Se levantó – Ahora encárgate de juntar tu mierda, agarra ese pedazo de tubo, tíralo a lo más profundo del lago y ¡lárgate de aquí! – termino diciendo y así como así se esfumo. Hice exactamente eso.
Cuando volví al auto moví el espejo retrovisor y vi mi reflejo en él. Aún tenía restos de tierra y lágrimas en mi rostro al igual que cuando llegué, pero esta vez había algo nuevo: tenía salpicaduras de sangre en todo el rostro y en el cuello. Dejé el espejo nuevamente en su lugar y emprendí mi camino de regreso a casa.
Pasé toda la noche esperando que Cristian volviera a aparecer en cualquier momento, pero no fue así. Nunca supe el nombre de aquel hombre, nunca supe quién era, nunca supe si según mis estándares merecía o no morir. Tampoco intenté averiguarlo, de cierta manera sentía que merecía aquel malestar que me invadía cada vez que lo recordaba, era mi castigo por haber actuado de esa manera, por haber perdido el control.
El agotamiento hizo que apenas toque mi cama cayera totalmente rendida. Se sentía bien descansar. Lastimosamente aquella mala racha, aquella serie de eventos desafortunados estaba lejos de terminar.
