Capítulo 12
PARA cuando dieron las cinco en punto de aquella tarde, Candy había hecho justo lo que Martin le había dicho que no hiciera: había metido los acontecimientos inexplicables de la mañana en un pequeño y ordenado compartimento con la etiqueta de «para pensar después».
En aquel preciso instante se sentía muy contenta consigo misma, y también un tanto sorprendida, por descubrir que le gustaba la vida hogareña. Tenía una tarta de manzana enfriándose en la encimera y patatas cociéndose en la hornilla, y toda la casa olía al pollo que se asaba en el homo. La mesa estaba puesta con un disparejo surtido de platos que demostraban que en el hogar de los Britter se habían servido muchas comidas, y la luz del porche estaba encendida para dar la bienvenida a sus invitados.
Pero otro invitado llegó primero; sin haber recibido invitación y absolutamente inesperado, aunque igual de grato. Candy estaba fregando las fuentes del homo cuando oyó un ruido fuera y miró por la ventana. El búho nival, la mascota de Anthony, estaba posado en la barandilla del porche y le devolvía la mirada; tenía un gran palo agarrado en una de sus afiladas garras.
Secándose las manos en el delantal, Candy abrió la puerta y salió al porche.
—Vaya, hola —dijo acercándose al búho—. ¿Qué tienes ahí?
Mary extendió las alas para equilibrarse, abrió las garras y dejó caer el palo. Candy lo cogió y lo observó detenidamente a la luz del porche.
Era un palo bastante recio, de unos sesenta centímetros de largo, que parecía de madera dura, aunque no sabía de qué clase. Estaba cubierto de hermosos y retorcidos nudos, y tenía un suave y lustroso tono gris. Pesaba y estaba tibio al tacto.
Candy miró al nival y dijo:
—Creo que quieres que lo tenga yo. —Intentó no reconocer que estaba hablando con un ave—. No sé por qué, pero gracias por este precioso regalo.
Se dio la vuelta para entrar de nuevo en la casa, pero se detuvo al darse cuenta de que la seguían. Cuando bajó la vista encontró a Mary avanzando a saltos por el suelo del porche, detrás de ella.
Vaciló y luego, con un suspiro de resignación, abrió la puerta de la cocina y se echó a un lado; Mary entró en la casa como si fuera suya. Candy la siguió, pero dejó la puerta un poco abierta por si aquella ave sorprendentemente silenciosa cambiaba de opinión y decidía marcharse.
Ah, ojalá sus colegas de California la vieran ahora. Hasta a la abuela Pony le costaría creer que su remilgada nieta no sólo hacía amistad con un búho..., sino que, además, hablaba con él.
—Estás en tu casa —dijo con sorna, mientras observaba cómo el nival iba volando hasta el respaldo de la mecedora que había en el extremo de la cocina.
Una vez allí, Mary se volvió para mirarla de frente, plegó las alas y le dirigió un guiño perezoso. Candy se preguntó si debía ofrecer algo de comer a su huésped... Pero ¿qué? No le quedaban roedores.
Apoyó el palo en la pared, debajo del perchero, y corrió a salvar las patatas del agua que rebosaba. Tras una inspección vio que ya estaban hechas y miró el reloj de la pared. Faltaban veinte minutos para que llegasen sus invitados humanos.
Sacó el pollo del horno y lo examinó; parecía hecho y, desde luego, olía estupendamente. Robó un poquito de relleno, se lo metió en la boca, cerró los ojos y soltó un gemido. ¡Caray, sí que era buena cocinera!
Cogió las patatas y las llevó al fregadero para quitarles el agua, pero estuvo a punto de dejar caer la cacerola cuando de pronto Mary dio un agudo silbido. Al instante se oyó el portazo de una camioneta y luego pasos en el porche. Candy echó una ojeada y vio que la puerta de la cocina se abría al tiempo que Anthony Andrew entraba corriendo con una chorreante bolsa de papel marrón, que sostenía separada del cuerpo como si fuera una bomba.
—Tengo que meter este helado en el congelador —dijo mientras corría al frigorífico—. Lo he puesto en el salpicadero de la camioneta y se ha derretido con la calefacción.
Tras meter el helado en el congelador cogió un paño de un estante.
—La camioneta de papi está llena de helado; si no lo limpio, tendré que volver a casa andando —explicó al tiempo que volvía a salir corriendo.
Enseguida entró un anciano vestido de color butano, igual que Anthony. Dejó la chaqueta y el sombrero en el colgador, inspiró hondo y sonrió.
—Bueno, así es como tiene que oler el pollo —dijo.
Se acercó a Candy y se detuvo delante de ella.
—Hola. Me llamo John, y estoy encantado de conocerla por fin, señorita White. Esto es para usted —añadió pasándole una diminuta planta en una maceta—. Por salvar mis papilas gustativas de la autodestrucción. Es un retoño de las violetas africanas de Ellen.
—Ah, gracias, John ¡Es preciosa!—Puso el plantón en el alféizar del fregadero—. Y por favor, llámeme Candy.
Anthony volvió a entrar como un huracán, echó el trapo sucio al suelo, se quitó la chaqueta y el sombrero y los colgó en las perchas más bajas. Con los pegajosos dedos bien lejos de él, fue al fregadero y los puso debajo del grifo.
Por último hizo su aparición Albert. Puso una caja pequeña de cartón en el suelo, junto a la puerta de la cocina, y apartó a su hijo de un empujoncito para lavarse también las pegajosas manos.
Candy creyó que sufría una invasión. De pronto su tranquila cocina estaba llena de gente.
—¡Mary! —exclamó Anthony al ver a su mascota posada en la mecedora.
En ese momento Albert estaba sacándose una botella de vino del bolsillo, pero estuvo a punto de dejarla caer al suelo cuando se volvió al oír gritar a su hijo que Mary estaba allí. Cogió la botella como pudo y, por los pelos, consiguió salvarlos a todos de otro pegajoso desastre.
Los cuatro clavaron la mirada en el búho nival que, a su vez, los miró parpadeando, sin inmutarse lo más mínimo por el alboroto.
—Hijo —dijo Albert—, no grites así.
Tras recobrar rápidamente la calma, miró a Candy y alzó una ceja.
—De haber sabido que seríamos cinco, habría traído más vino.
Candy se limitó a encogerse de hombros; ni loca se explicaba qué estaba haciendo un ave salvaje en su cocina. Sólo Anthony parecía tomárselo como algo natural, porque incluso el pobre John estaba pegado a la pared y daba la impresión de que temía que el búho fuera a lanzársele a la garganta. Candy supuso que era la primera vez que veía a Mary.
—No pasa nada, abu —le aseguró Anthony—. Mary es mi mascota. Y de Candy también.
Se volvió para sonreírle.
—Sólo ha venido a hacer una visita porque le conté que esta noche veníamos a cenar aquí.
Entonces Candy se acordó del palo y fue a cogerlo.
—Y mira lo que me ha traído —dijo enseñándolo para que todos lo vieran.
Anthony se acercó, pero, justo cuando alargaba la mano, Albert se lo quitó a Candy.
Lo sujetó con el brazo extendido y luego apartó la mirada del palo para mirarla a ella.
—¿Dónde has cogido esto? —susurró.
Candy se preguntó por qué se habría puesto tan pálido.
—Me lo ha traído Mary —le dijo—. ¿Por qué? ¿Es de una madera especial? ¿De algún árbol protegido o algo así?
—No —dijo él en voz baja.
Le dio la vuelta al palo y tanteó su peso. Luego miró al búho nival con la cara tensa y los ojos entornados en un gesto de recelo.
—¿Dices que Mary te lo ha traído? —preguntó mirando de nuevo a Candy. Ella asintió.
—Parece madera de cerezo —intervino John.
Se acercó y le quitó el palo a Albertl; también le dio la vuelta en la mano y después lo levantó señalando a Candy.
—Está lleno de nudos. —Pasó los dedos por la madera—Mira, si los recortas y les das lija, descubrirás una veta en espiral que se oscurece hasta un intenso rojo cereza.
Con cuidado, Albert le quitó el palo a John y después miró a su alrededor como si intentara decidir qué hacer con él; todo sin dejar de estar atento, por un lado, al palo que tenía en la mano y, por otro, al silencioso búho que clavaba la vista en ellos. Por fin, y soltando algo que a Candy le pareció una palabrota susurrada, entró en el salón y se dirigió hacia la chimenea.
Pero al llegar al fuego se detuvo y miró las brillantes llamas.
—No lo quemes, por favor —suplicó Candy en voz baja desde la puerta del salón—. No sé por qué te molesta, pero sentiría ver destruida esa preciosa madera.
—No lo quemes, papi —añadió Anthony desde detrás de ella—. Es un regalo de Mary para Candy.
Albert siguió mirando al fuego con el palo agarrado como si fuera una cachiporra, tan fuerte que tenía los nudillos blancos. Candy se sorprendió y contuvo el aliento. ¿Por qué le gustaba tan poco ese regalo de Mary? ¿Por qué no decía nada?
Empezó a respirar otra vez cuando Albert dejó el palo en la repisa de la chimenea y se volvió a mirarla.
—La cena huele bien —dijo con una tensa sonrisa, sin disculparse y sin dar ninguna explicación por sus actos.
Despacio, se frotó las manos como sí celebrara la cena por anticipado, pero Candy se dio cuenta de que sólo intentaba quitarse la sensación del palo.
—Y yo estoy muerto de hambre —dijo Anthony al tiempo que daba la vuelta y corría hacía la mesa.
Se sentó junto a John e inmediatamente alargó la mano para coger una rebanada de pan.
El anciano se la quitó y volvió a ponerla en su sitio.
—Tienes que esperar a que todos estemos sentados y se haya bendecido la mesa —le dijo en un susurro—. O si no, no tomarás pastel de manzana.
Candy terminó de preparar el puré de patatas y lo puso en un cuenco grande mientras Albert sacaba el pollo del asador y lo colocaba en una fuente. Después llevaron la comida a la mesa, donde Anthony y John esperaban con paciencia. Se produjo un momento embarazoso cuando los dos fueron a sentarse a la cabecera de la mesa.
Al instante cada uno cedió la silla al otro, pero sólo cuando Candy se sentó frente a John y a Anthony, Albert accedió por fin a sentarse a la cabecera. Se ocupó de trinchar el pollo, y mientras tanto Candy echó una ojeada; vio que John sonreía y que Anthony casi babeaba sobre su plato vacío.
—Puedo bendecir la mesa mientras papi trincha —sugirió el niño al tiempo que cruzaba las manos delante de él e inclinaba la cabeza.
Candy y John hicieron lo propio, pero Albert no dejó de trinchar; por lo visto, tenía las mismas ganas de comer que su hijo.
—Gracias, Dios, por la comida... —empezó Anthony—, y además por ayudar a Candy a cocinarla estupendamente. Amén.
Volvió a coger su rebanada de pan y le puso un buen montón de mantequilla.
La cena fue casi tan rápida como la oración de Anthony. Albert, John y el niño comieron como si fuera a acabarse el mundo. No hubo mucha conversación, y al final tampoco quedó mucha comida. El pollo quedó reducido a un caparazón, el relleno había desaparecido, y Candy tuvo la impresión de que Anthony iba a limpiar a lametones el cuenco de las patatas.
Justo cuando ella se hacía con la última rebanada de pan, oyó un chillido. Le echó una ojeada a Mary, que seguía posada en el respaldo de la mecedora, pero el ave no estaba haciendo el menor ruido. Sin embargo, miraba con interés la pared donde estaba la ropa colgada en el perchero, junto a la puerta.
El chillido se hizo más fuerte, y entonces Candy también oyó que algo arañaba. En ese momento decidió que el ruido procedía de la caja que había traído Albert.
—¿Qué hay en la caja? —preguntó.
Despacio, se levantó y rodeó la mesa hasta que ésta quedó entre ella y el ruido de los arañazos.
—¡Se me habían olvidado los gatitos! —dijo Anthony.
Echó atrás su silla y corrió hacia la caja, pero Albert lo atrapó cuando pasaba por delante.
—No, hijo —dijo; se lo puso en el regazo—. No los saques con tu mascota aquí.
Con los ojos muy abiertos, Anthony miró a Mary.
—Ah —dijo—. No había pensado en eso... A lo mejor los toma por la cena.
Frunció el ceño de repente.
—Pero tú me dijiste que a mamá le gustan los gatos.
—Y le gustan; es decir, le gustaban. Pero tu mascota a lo mejor los ve de modo distinto. — Bajó a Anthony al suelo y lo volvió hacia Mary—. ¿Por qué no vas a ver si está lista para irse?
Con el ceño fruncido y una mirada de preocupación que iba de Albert a Anthony, John preguntó:
—¿Crees, Albert, que es prudente que el niño toque ese búho?
Anthony extendió el brazo, y el búho se subió encima.
—Ella no le hará daño —le aseguró Albert a John—. Hace meses que son amigos.
Candy se acercó a la puerta y la abrió para que el chico pasara.
—Adiós, Mary —dijo.
Alargó la mano y pasó el dedo suavemente por el ala plegada del búho. Luego bajó la voz lo suficiente para que Albert no la oyera.
—Gracias por el regalo —añadió—. Y vuelve a visitarme otra vez.
Encantado de que Candy hablara con su mascota, Anthony salió del porche y se internó en la noche con Mary, al tiempo que mantenía, a su vez, una conversación susurrada con ella.
Cuando Candy se dio la vuelta, encontró a Albert en cuclillas delante de la caja, que ahora hacía mucho ruido; debían de ser un par de gatitos que le había llevado Anthony. Entonces apartó a Albert se arrodilló y abrió las tapas.
Tres pares de ojos la miraron parpadeando.
Candy atrapó a uno de los gatitos cuando daba un salto hacia ella. Lo cogió y lo sostuvo delante de la cara.
—¡Vaya, hola! —dijo, sonriendo, a los enormes ojos verdes que le devolvían la mirada.
El gatito soltó un maullido de impaciencia y se retorció para que lo soltaran. Candy lo puso en el suelo y sacó a los otros dos, sosteniéndolos en alto para darles un buen vistazo.
Eran tan pequeños y tan inquietos que se rió a carcajadas y los dejó en el suelo junto al otro.
Inmediatamente, el primer gatito empezó a explorar su nuevo hogar; otro se sentó y se puso a mirar junto a la caja, y la última bolita de pelo se escondió bajo una tapa de cartón y se echó a temblar.
Albert cogió al asustado gatito y lo acunó contra su pecho.
Candy le sonrió.
—¿Qué voy a hacer con tres garitos? —preguntó.
—Es la camada entera —le dijo él sin dejar de acariciar al pequeño, que ronroneaba con estrépito—. Tony no ha tenido valor para separarlos. Hiciera lo que hiciera, uno se quedaba solo, así que tendrás que cuidar de los tres.
—El sabe cuál es la hembra —dijo John, que se acercó a coger el garito tranquilo y observador—. Y tiene una lista de nombres de un kilómetro de larga, pero ha dicho que, como ahora son tuyos, tú debes escoger.
Candy se acercó al chaquetón de Anthony, cogió al valiente que estaba intentando trepar por él y lo acunó contra su pecho. Tres. Era la orgullosa madre de tres gatitos monísimos.
El niño entró de pronto, frotándose las manos para quitarse el frío de la noche.
—¿Qué te parece, Candy? —preguntó, tan sonriente como un padre ufano—. Tienes que quedarte con todos porque no se debe separar a una familia.
Ella lo tranquilizó.
—Me quedo con los tres. —Frotó la barbilla contra el suave pelaje del garito—. ¿Cuál es la chica?
—Esa —contestó él señalando a Albert—. El tío Ian dice que es la canija de la camada y que necesita atención especial, pues todo le da miedo.
—¿Por qué no llevas lo que hemos traído en la parte de atrás de la camioneta al cuarto de baño?—le sugirió Albert.
—¿Qué es? —preguntó ella—. No será comida, ¿no? No voy a darles de comer en el cuarto de baño.
—Es el cajón de la arena —explicó él.
Le pasó la gatita, fue a la encimera a coger la tarta de manzana y la llevó a la mesa.
¿Aquel hombre todavía tenía hambre después de la cena que acababa de tomar...? En ese momento John le pasó también su gatito y fue con Albert. Entonces Candy tumbó la caja y metió a los tres garitos dentro. Al instante el más intrépido volvió a salir como una bala, pero la hembra y el otro empezaron a lavarse el uno al otro.
Con cuidado de no pisar al gatito explorador, Candy despejó la mesa de platos vacíos y puso otros limpios. Sacó el helado del congelador y lo llevó al fregadero antes de abrir la pegajosa bolsa; estaba un poco blando, pero aún se podía comer. Lo pasó a un cuenco y lo llevó a la mesa, junto con cucharas y tenedores limpios.
Mientras tanto, Anthony entró con dos bolsas y un gran balde, y desapareció en el cuarto de baño.
Candy se sentó a la mesa.
John se frotó las manos mientras observaba la tarta.
—Vaya, le has puesto corteza de azúcar moreno y queso cheddar... —dijo—. Y no has escatimado las manzanas...
Más interesado en comérsela que en admirarla, Albert cortó la tarta en cuatro trozos y empezó a servirla. Candy casi bizqueó cuando le puso uno de los platos delante. ¿Esperaba que se comiera un cuarto de tarta? Luego miró mientras casi medio litro de helado aterrizaba encima de su trozo. No iba a ganar dos kilos y medio aquel invierno, iba a ponerse más ancha que alta.
El gatito valiente empezó a subírsele por la pernera de los pantalones, y Candy alargó la mano, se sacó las garras de la rodilla y lo acunó en el regazo. Anthony llegó a la mesa secándose en la camisa las manos recién lavadas, se sentó y le dedicó una amplia sonrisa al garito que se asomaba por la mesa.
—¿Qué nombres vas a ponerles? —preguntó.
—Este será Problema—le dijo ella.
—No. No será ningún problema —dijo el niño en tono preocupado—. Sólo tienes que vigilarlo un poco, nada más.
Canxy se apresuró a tranquilizarlo.
—No quiero decir que no lo quiera. Es que voy a llamarlo Problema. Y a la hembra la llamaré Tímida.
Con sorprendente rapidez, Anthony entendió por dónde iba y sonrió con alivio.
—Entonces creo que deberías llamar al otro Guardián, porque siempre está cuidando de sus hermanos. Y la verdad es que es el más listo de los tres. Problema no siempre presta atención a lo que pasa a su alrededor. Una vez el tío Ian y yo tuvimos que mover toda una hilera de balas de heno para sacarlo cuando Guardián, que, por muchas ganas que tenga de explorar, siempre se queda cerca de su hermana, nos avisó de lo que pasaba.
Candy se dio cuenta de que Albert se había quedado quieto, con el tenedor a mitad de camino hacia la boca, escuchando el relato de Anthony. Tenía las facciones tensas, y estaba callado como un muerto.
Entonces, sin apartar la atención de él, ella le dijo a Anthony:
—Guardián, ¿eh? Pues así es como lo llamaré. Puso a Problema en el suelo y lo empujó hacia sus hermanos.
—¿Cómo está la tarta, Albert? —preguntó—. ¿Demasiado acida?
—¿Cómo? Ah, no. Está perfecta —dijo él, y se llevó por fin el tenedor a la boca.
Candy bajó la mirada hacia su propio plato; le era absolutamente imposible comer un bocado más. Lo apartó y se levantó para despejar la mesa de todo menos del postre de los hombres. Con gesto rápido, Albert se acercó el plato que ella había apartado para que no se lo llevara.
—Si no vas a comértelo... —dijo—, es que es una lástima que se desperdicie.
Entonces dirigió su atención a su hijo y le preguntó:
—Tony, ¿de dónde has sacado el nombre de Guardián? ¿Por qué no Angel, o Guerrero, o algo parecido?
El niño puso los ojos en blanco.
—A un gato macho no se le llama Angel, papi —dijo—. Y guardián no es lo mismo que «guerrero». Un guerrero tiene la responsabilidad de proteger, pero un guardián tiene un deber más alto. Y el gatito lo sabe, y eso lo convierte en guardián.
Candy se quedó mirándolo fascinada. El niño parecía más filósofo que su padre.
Luego, mientras llevaba la mantequilla al frigorífico, echó una mirada a Albert. Le brillaban los ojos, pero tenía el puño bien cerrado y la tez pálida, y de nuevo estaba misteriosamente callado.
—¿Qué clase de deber? —preguntó Albert por fin en voz baja.
Candy vio que Anthony se encogía de hombros mientras comía un bocado de tarta; después de tragar dijo:
—No lo sé, papi. Sólo es una cosa que comprendo, pero no sé explicar. —Lanzó a su padre una rápida mirada de preocupación—. Pero ser guerrero es bueno también. Y un oficio muy noble.
—Sí —convino Albert; bajó el tono de voz—. Muy noble
—¿Y si lo llamamos Noble—sugirió Candy—. Es un nombre bonito.
—No —susurró Albertl, al tiempo que apartaba la vista de Anthony y la miraba—. Llámalo lo que es, Guardián.
Ella nunca había presenciado una conversación tan rara; era como si sólo Anthony y Albert supieran de lo que hablaban. Por su parte, John, que daba la impresión de haber asistido a muchos debates como aquél a lo largo de los años, seguía comiendo tan contento su tarta con helado.
Candy apartó la vista de la intensa mirada de Albert y empezó a llenar de agua caliente el fregadero de los platos sucios. Mientras añadía jabón, escuchó el silencio roto sólo por el tintineo de los tenedores en los platos, y se detuvo a pensar en la imaginación de un niño de ocho años... Y también en la reacción de Albert, tanto cuando había visto el palo que le había llevado Mary como al escuchar el nombre que Anthony había elegido para un diminuto gatito.
Decidió que tal vez hubiera llegado a un buen lugar al trasladarse a Pine Creek, pero que también era un sitio raro.
Un poco desconcertante. Quizá sobrenatural.
Era como si estuviera en otra dimensión. Se había hecho amiga de un búho nival que no debería vivir tan al sur, había conocido a un anciano sacerdote que se creía un mago y afirmaba tener casi mil quinientos años de edad, había visto volver a la vida unas flores marchitas, y estaba esforzándose muchísimo por no comprometerse sentimentalmente con un hombre filosófico y muy sexy cuyos actos y creencias la hacían pensar que él también tenía siglos de edad.
Y luego estaba su propio don...
Sí, lo cierto es que encajaba allí perfectamente.
Continuara...
