IN VINO VERITAS

CAPITULO XIII


Cuando Harry por fin se fue, Draco sintió un apretado nudo en el estómago. Permaneció largo rato tras las cristaleras de la sala del aeropuerto contemplando el cielo gris de Londres, a pesar de que el avión que se había llevado a su amante había despegado hacia ya más de diez minutos. Un par de días antes, Scorp y Mike también habían regresado a Nueva York. Un leve suspiro escapó de los labios de Draco al pensar en su hijo. ¡Jodido metomentodo! ¿A quién habría salido? Recordó cuando, un mes antes, le había encontrado durmiendo en su habitación de la mansión junto a su novio. ¡Malditos imprudentes! Por supuesto, no se había creído ni una de las excusas que ambos habían balbuceado mientras se vestían a toda prisa. Y les había advertido que esperaba escuchar argumentos mucho más creíbles cuando se reunieran por la noche.

¡Volver loco a su padre! Draco negó inconscientemente con la cabeza mientras se decidía por fin a abandonar el aeropuerto. Resultaba que ahora tenía a un desconocido enterrado en el sótano y a un par de locos haciendo el fantasma por toda la mansión. ¡Merlín! Por un momento había sentido ganas de estrangular a Harry por correr el riesgo de hacer algo tan absurdo. Pero, después de desahogarse a gusto con los tres, su lado racional había tomado el control y había empezado a analizar el plan de su hijo detenidamente. Reconoció que tal vez no fuera una idea tan absurda si se hacía bien. Y aunque no lo dijo en voz alta, pensó que no le debía nada a su padre. Había tenido que ganarse a pulso cada pequeño logro hasta alcanzar la posición que ahora tenía. Conquistar cada trozo de correa que su padre había ido soltando con los años. Y no había sido hasta que él mismo había sido padre que había empezado a enfrentarse a Lucius. La educación que Draco había recibido había sido férrea y constreñida. Aleccionado en los ideales que fueron la perdición de su padre desde su más tierna infancia. Su vida planificada cuidadosamente desde su nacimiento. Desde sus amistades hasta el color de sus túnicas. Draco no supo lo que era la espontaneidad hasta que se enamoró del rey de la improvisación y transgresor número uno de cualquier regla que pudiera infringirse en Hogwarts. Sólo la guerra le había evitado un matrimonio concertado, ya que la prioridad de la mayoría de las familias sangre pura que habían logrado salir airosas del conflicto, fue valorar daños, recuperarse y posicionarse de nuevo antes de establecer alianzas matrimoniales. Así que Draco había tenido tiempo para elegir libremente a su esposa, que no a la persona con la que realmente habría querido intentar una relación, acorde con sus verdaderos gustos. Draco había concluido, siempre en conversación privada consigo mismo, que tal vez ya iba siendo hora de que Lucius Malfoy se retirara a algún lugar tranquilo, donde pudiera despotricar todo lo que quisiera, pero sin opción a poner en práctica más planes maquiavélicos. Y que ese lugar tuviera una puerta que Lucius no pudiera abrir.

Después de sermonear a los tres arriesgados intrigantes, Draco les había dicho que a partir de ese momento él tomaba el mando de aquella insensatez.

Draco dejó el aeropuerto para aparecerse cerca del Ministerio, dispuesto a esperar con paciencia a que su móvil sonara dentro de unas horas, y oír la voz de Harry quejándose de lo largo que había sido el vuelo. Y esperaba que también para decirle cuánto le echaba ya de menos.

o.o.o.O.o.o.o

De no ser por el entretenimiento que Draco tenía entre manos, las siguientes semanas hubieran sido mucho más duras. Aunque las noches realmente lo eran. Lo único que hacía la situación más llevadera era que ya no compartía habitación con Astoria. Su esposa seguía sin entrar en razón y se negaba a dar por terminado su matrimonio. Así que, como primer paso, Draco había dado órdenes a los elfos domésticos de que trasladaran sus cosas a una de las habitaciones de invitados.

Hablaba con Harry cada noche, oyendo de fondo el ajetreo del bar. El murmullo de las conversaciones de los clientes; la melodiosa voz de Tony hablando en italiano, seguramente metiéndole prisa a alguna de las camareras; el entrechocar de platos y cacharros en la cocina. Harry iba moviéndose por todo el local mientras conversaban y, a pesar de que Draco sabía que le echaba tanto de menos como él, sonaba feliz.

-Estoy deseando que llegue Navidad para tenerte aquí. Eileen y Severus esperaban que cenáramos con ellos. Pero les he dicho que no. Este año la cena de Navidad será en casa.

-¿En tú casa? -preguntó Draco, para asegurarse de que había entendido bien.

- -confirmó Harry-. Severus, Eileen, Scorp, Mike, tú y yo. Pero si Eileen se empeña mucho, la dejaré cocinar...

-Menuda cara tienes -se rió Draco.

Sin embargo, si Harry hubiera podido ver su rostro en ese momento, habría visto sorpresa y emoción entremezcladas en la expresión de su amante.

-Bueno, ¿no piensas contarme cómo ha ido todo? -preguntó Harry- ¿Se lo tragaron?

Draco sonrió.

-Estaban furiosos -explicó-. Estuvieron más de dos horas esperando a que mi padre apareciera en la supuesta reunión. Le mandaron un vociferador bastante explícito sobre lo que pensaban de su comportamiento -Draco volvió a sonreír al recordarlo.

-Espero que esto no esté causando un verdadero perjuicio en tus negocios -la voz de Harry sonó algo preocupada.

-No -aseguró Draco-. No hago nada que después no pueda arreglar. Pero la gente ya comienza a pensar que a Lucius Malfoy empieza a flojearle la sesera.

La carcajada de Harry llegó nítida y contagiosa a través de la línea.

-Se lo diré a los chicos cuando los vea esta noche. Hoy vienen a cenar.

-Últimamente no logro hablar con Scorp -se quejó Draco, un poco molesto-. En cuanto le veas, dile que me llame.

-Están un poco liados, Draco -les disculpó Harry-. Aunque Mike removió el Confundus que cubrió su ausencia, tienen dos meses de clases por recuperar -Harry rió-. Creo que media universidad debe andar hechizada mientras intentan conseguir apuntes y clases particulares que sus profesores no son conscientes de estar impartiendo.

Draco dejó escapar un resoplido, algo inquieto.

-Pues diles que se anden con ojo. O van a encontrarse con algún departamento del Ministerio americano, acusándoles de uso indebido de la magia sobre muggles.

-Se lo diré. ¿Qué planes tienes ahora? -preguntó Harry a continuación.

-Pues estoy pensando en despedir a medio consejo de administración -respondió Draco en tono irónico-. Pero debo esperar a que la poción multijugos esté terminada, dentro de un par de semanas. A este paso, voy a necesitar un caldero industrial para poder fabricar cantidad suficiente.

-Lo que daría por ver la cara de Lucius -suspiró Harry.

-Ahora está muy ocupado buscando su bastón -bromeó Draco-. Espera a que sepa que se lo ha regalado a su consuegro.

Una nueva carcajada llegó a Draco a través de la línea.

-Te echo de menos -dijo.

-Yo también. Pero sólo faltan tres semanas -le animó Harry. Después dijo, con fastidio en la voz-. Oye, debo dejarte. Tengo que resolver un pequeño problema ahora. Pero te llamo mañana, ¿de acuerdo?

-Hasta mañana, entonces.

-Hasta mañana.

o.o.o.O.o.o.o

Desde que Harry había regresado a Nueva York, Eileen no había vuelto a su loft. Tanto a ella como a Severus les había sorprendido que ese año Harry quisiera celebrar la cena de Navidad en su casa. No lo había hecho desde la muerte de Laurie. Habían sido ellos quienes le habían recibido en la suya cada Navidad durante los últimos dos años.

Eileen ya sabía que no tendría que insistir mucho para convencer a Harry de que la dejara ocuparse de la cena. Después de todo, tanto ella como Severus disfrutaban de las vacaciones escolares navideñas y Harry estaba ocupado en el bar. Severus, a regañadientes, se ocupó de comprar el árbol navideño que instaló en el salón-comedor del loft. ¡Cómo si no tuviera suficiente con tener que comprar el suyo!

-No refunfuñes -sonrió Eileen, mientras dejaba un par de bolsas en la cocina.

Severus llevaba todas las demás encogidas en los bolsillos de su abrigo. Había momentos en que Eileen no podía sentirse más satisfecha de que su marido fuera mago.

-¿A qué hora llega tu ahijado? -preguntó regresando al salón para ver dónde había colocado Severus el árbol.

La expresión avinagrada de su marido la hizo desistir de insinuar que tal vez debería moverlo un poco más hacia la chimenea, para que quedara integrado en el círculo de sofás y sillones que la rodeaban.

-A las cuatro -respondió Severus-. Scorpius y Mike irán a recogerle.

Eileen escuchó distraídamente la respuesta, mirando atentamente a su alrededor mientras golpeaba suavemente con el dedo índice en su barbilla.

-¿No notas ciertos cambios? -preguntó a su marido.

-¿Qué cambios? -gruñó Severus, empezando a sacar pequeñas bolsas de sus bolsillos, depositándolas encima de la mesa para poder devolverles su tamaño normal.

Eileen no respondió inmediatamente.

-Las fotos -dijo después-. No están.

Severus echó un vistazo a su alrededor.

-Tampoco los trofeos de billar de Laurie -continuó Eileen.

La mujer paseó por toda la sala con curiosidad. Descubrió que Harry sólo había dejado una foto de él y Laurie, discretamente colocada en uno de los estantes de la librería. Después se encaminó hacia la habitación para descubrir una nueva sorpresa.

-Ven a ver esto -llamó a su marido en tono apremiante.

-¿Qué pasa? -preguntó Severus.

Miró desde la puerta hacia el interior de la habitación, sin ser capaz entender qué quería mostrarle su mujer.

-¿No lo ves? -preguntó ella como si no pudiera creer que Severus no se diera cuenta- ¡Ha repintado la habitación y ha cambiado los muebles!

Severus se encogió de hombros. ¿De verdad Eileen pretendía que recordara de qué color era el dormitorio de Harry? Pero ella parecía de pronto tan entusiasmada ante ese descubrimiento, que no se atrevió a desilusionarla.

-Bueno, Draco va a quedarse aquí -dijo-. Seguramente Harry quiere que se sienta cómodo.

Ella sonrió con esperanza.

-¿Crees que verdaderamente ha pasado página, Severus?

Ésta vez, él se permitió sonreír también.

-Supongo que uno no va repintando habitaciones y cambiando muebles por nada -empujó suavemente a su mujer fuera del cuarto y cerró la puerta-. Anda, no seas fisgona y deja de curiosear por todas partes. Hay que empezar con la cena.

-¿Te ocupas del árbol?

Severus frunció el ceño, pero no dijo nada. Ya tendría unas cuantas palabritas con Harry en algún momento. Mientras Eileen se dirigía a la cocina, dónde su marido había dejado el resto de bolsas, éste se plantó delante del abeto y agitó su varita. Adornos verdes y plateados. Y que se jodiera quien no le gustara.

o.o.o.O.o.o.o

Scorpius se había comprado un coche. Un Corvette C12 Cabrio, un clásico de los deportivos americanos. Descapotable y de un elegante color plateado. 400 CV de potencia y una aceleración de infarto. Como el que casi le dio a Draco cuando lo vio.

-¿Has dejado tu cuenta corriente en números rojos? -preguntó lanzándole a su hijo una mirada nada complacida.

-¡Claro que no! -se ofendió Scorpius-. Dijiste que podía comprarme un coche como regalo de Navidad... Además, es para los dos.

-A mi no me metas -se desentendió Mike desde el pequeño asiento de atrás, incrustado mágicamente para la ocasión.

Ya había tenido suficientes discusiones con su novio cuando éste le había enseñado en un catálogo el automóvil que pretendía comprarse.

-¿Cuánto, Scorp? -insistió Draco.

-Me han hecho un buen descuento por pagarlo al contado...

-Scorp... -el tono fue claramente amenazador.

-¿En dólares o en libras? -Su padre alzó un ceja, indicándole que estaba a punto de rebasar el límite de su paciencia-. ¿Prefieres que te lo diga en galeones?

Scorpius acarició distraídamente el suave volante de piel, maldiciendo mentalmente a Mike por dejarle con el culo al aire.

-116.480$ -dijo finalmente-. Unas... 74.600£.

-¿15.000 galeones? -preguntó Draco al cabo de unos instantes, tras haber hecho el cálculo. Aunque no fue tanto una pregunta como un ¿es que te has vuelto loco?

-Er... más o menos.

Se produjo un incómodo silencio durante el cual Scorpius no miró a su padre, quien permaneció muy serio con los ojos fijos en el salpicadero. Mike ya no sabía cómo ponerse. Sus largas piernas apenas tenían espacio en el mágico hueco donde había hecho aparecer el incómodo asiento en el que se apretujaba.

-Antes de irme, tú y yo vamos a tener una seria conversación sobre finanzas -dijo finalmente Draco.

-Sí, padre.

Y Mike no recordaba haber oído nunca a su novio llamar "padre" al Sr. Malfoy. Scorpius arrancó el automóvil para dirigirse al loft de Harry. Ninguno de los tres habló mucho durante el trayecto.

Aparcaron en el sótano del edificio, convertido en aparcamiento para los propietarios. Harry le había dado a Scorpius un mando a distancia unos días antes, para que pudiera dejar su Corvette en una de las dos plazas que eran suyas. Había colocado su reconstruida moto pegada a la pared para que el coche cupiera holgadamente. Después de lanzarle al Corvette mil y un hechizos de protección, Scorpius cargó el equipaje de su padre con la ayuda de Mike, y los tres se dirigieron hacia un gran montacargas, al fondo del sótano. Draco, preguntándose un poco desconcertado en qué clase de lugar vivía Harry.

Fue Severus quién les abrió la puerta. Padrino y ahijado se fundieron en un gran abrazo.

-Tienes buen aspecto -dijo Severus, complacido-. Tu hijo me ha contado sobre esos medicamentos muggles.

Draco sonrió con ironía.

-Cómo cambian las cosas, ¿verdad?

Ninguno de los dos necesitaba más palabras para recordarse el camino recorrido. Después Draco extendió la mirada alrededor de la amplia sala. Le sorprendió un poco después de haber visto el aspecto del edificio desde el exterior. La vivienda era un espacio diáfano en el que sólo el dormitorio y el cuarto de baño se independizaban con puertas. El suelo era de parqué. Techo y columnas estaban forrados de madera, de un tono ligeramente más oscuro que el del suelo. Las paredes estaban pintadas de blanco, a excepción de una pared del salón, decorada con un refrescante azul, que no restaba luminosidad al estar presidido por enormes ventanales y la puerta de cristal que daba a una pequeña terraza de la que salía la escalera que llevaba a la azotea. La mayoría de los muebles eran bajos, para no obstaculizar la luz. La única excepción era una gran librería que servía para separar el salón del comedor. Sólo una serie de armarios colgados de la pared delataban la presencia de la cocina tras un murete de ladrillo visto que integraba una barra de desayunos alta, que ocultaba a la vista el resto de muebles de cocina. Era de esa zona de donde provenía el agradable olor a asado que Draco había notado al entrar. Tuvo que admitir que el hogar de Harry era más acogedor de lo que había imaginado.

-Harry todavía está en el bar -explicó Severus, intuyendo que el reconocimiento visual de Draco alrededor del loft no era sólo para admirar los muebles-. Este año quería cerrar al mediodía, pero ha llamado hace unos minutos diciendo que justo empezaban a recoger.

Draco no pudo evitar el gesto de mirar su reloj. Eran las cinco y cuarto. Severus se apiadó de la apenas contenida expresión de impaciencia de su ahijado.

-Seguramente lo que tarde en entregarles los cheques a sus empleados y estará aquí.

-¿Un poco de té, muchachos?

Una sonriente Eileen apareció con una bandeja llena de tazas, una humeante tetera y un plato con pastas. La dejó sobre una larga mesa de cristal que había entre sofá y sillones, que se abrían alrededor de la chimenea redonda de chapa de acero negro, en cuyo interior ardían tres gruesos leños. Apenas diez minutos después el sonido de una aparición y, a continuación, el de alguien que tropezaba con el equipaje de Draco, hizo que todos volvieran la cabeza hacia la puerta del dormitorio, que estaba abierta.

-¡Cómo odio que haga eso! -se quejo Eileen, llevándose una mano al pecho.

Después de sobarse vigorosamente la rodilla un sonriente Harry salió de la habitación.

-¡Hola a todos!

Pero se dirigió directamente a Draco para besarle con tanta ansia que provocó algunos silbidos. El rubio se sintió ligeramente incómodo. Especialmente porque eran su hijo y Mike los que alborotaban.

-¿Un poco de té, cariño? -preguntó Eileen.

-No, gracias. He comido hace apenas un rato -respondió Harry.

Se sentó junto a Draco y alzó el brazo para pasarlo por encima de sus hombros y acercarle a él. Le había echado tanto de menos, tenía tanta hambre de su cuerpo, que si no hubiera sido por el público le habría hecho el amor en aquel mismo sofá. Inmediatamente se dio cuenta de que aquel gesto no parecía hacerle sentir muy confortable a Draco. Sus hombros estaban tensos y sostenía su taza de té con las manos algo agarrotadas. De acuerdo, nada de demostraciones demasiado obvias de afecto, se resignó Harry.

-¿Qué te ha parecido el coche de Scorp? -preguntó entonces- ¡Es una pasada! De 0 a 100 en 3,7 segundos, ¿te imaginas? Estoy deseando probarlo...

La ceja de Draco se alzó peligrosamente hasta desaparecer debajo de su flequillo. Un rápido vistazo hacia Scorp permitió a Harry ver que éste negaba discretamente con la cabeza.

-... o no -rectificó rápidamente-. De hecho correr nunca es una buena idea, ¿verdad? -fue en ese preciso momento cuando su mirada se posó en el abeto junto a la chimenea- ¿Qué le has hecho a mi árbol, Severus?

Harry estaba tan feliz de tener a Draco en Nueva York que no le importaba realmente de qué color eran los adornos del árbol de Navidad o renunciar a saber cuál era la velocidad máxima que podía alcanzar el Corvette. Y estaba dispuesto a tener toda la paciencia del mundo hasta que Draco se sintiera cómodo para recibir su efusividad en público. Era consciente de que incluso en Londres, frente a Mike y Scorpius, no le daba pie a muchas más que al beso de saludo. Excepción hecha del día que descubrió que Harry estaba en Londres y se dejó besar y abrazar de puro aturdimiento delante de Mike.

Harry había esperado estar mucho más nervioso de lo que en realidad se sentía. La cena fue maravillosa. Eileen era una excelente cocinera. Y Scorpius y Mike pusieron la nota graciosa sacando un par de botellas de Nyetimber Première Cuvée Blanc de Blancs, jurando que no eran de la cosecha que accidentalmente se había mezclado con "un poquito" de veritaserum. De eso hacía exactamente un año. Severus gruñó un poco, recordándoles que había sido a él a quien habían sorprendido esa noche; por culpa de Harry, quien le había convencido de tomar su lugar aprovechándose de su innegable bondad; y de la negligencia de Draco, por ir dejando su correspondencia privada al alcance de cualquiera. Después brindó por Scorpius Hyperion Malfoy, por haber sido un molesto grano en el culo hasta conseguir su meta. Y un buen hijo, añadió después.

A medianoche a los pies del abeto aparecieron los regalos, causando una entusiástica agitación en Eileen. Estaban otra vez sentados alrededor de la chimenea, tomando una copa mientras charlaban animadamente.

-Nunca entenderé cómo Severus es capaz de hacer aparecer mi regalo, por mucho que lo esconda -afirmó la mujer-. La primera vez que lo hizo, hace tres años, pensé que había estado revolviendo en el armario -confesó un poco avergonzada a Draco, que estaba sentado frente a ella.

-¿Hace tres años? -preguntó éste, extrañado.

Ella asintió, poniéndose de pronto un poco seria. Triste, más bien.

-Laurie nunca supo que Harry era mago -le confió bajando la voz, observando al mentado, que volvía de la cocina con más hielo para las bebidas-. Así que nuestras Navidades siempre fueron muy tradicionales.

Dos horas después, con un vaso de whisky todavía en la mano, Draco daba un tranquilo paseo por el loft mientras Harry recogía vasos y botellas de la sala a golpe de varita. Sus invitados se habían marchado hacía apenas diez minutos. Draco se detuvo frente a la librería y observó la fotografía que había en el tercer estante. Reconoció inmediatamente a Harry, más joven. Debía tener alrededor de treinta años, si es que los alcanzaba. No obstante, los brazos que le rodeaban eran los de un hombre que ya había llegado a los cuarenta. De pelo incluso más negro que el de Harry y piel muy bronceada. Era atractivo. Sus labios esbozaban una sonrisa tan cálida como seductora. Entonces Draco sintió la presencia de Harry tras él, sus brazos rodeándole con cariño.

-Supongo que es Laurie -dijo señalando la fotografía con el vaso.

Harry asintió sobre su hombro.

-Era mayor que tú -comentó, mostrando su sorpresa.

-Casi doce años -corroboró Harry.

Draco siempre había imaginado a Laurie como un hombre de su misma edad. Y ahora que por fin le conocía a través de aquella fotografía, le era fácil comprender lo que Harry había visto en él. Lo que había encontrado entre aquellos brazos fuertes que una vez le rodearon. Y al mismo tiempo, le era igual de fácil darse cuenta de que Laurie estaba en el pasado de Harry y que era legítimo que éste guardara un lugar para él en su corazón.

-¿Por qué nunca le dijiste que eras mago? -inquirió con verdadera curiosidad.

Harry no respondió enseguida. Su silencio hizo que Draco volviera un poco el rostro para mirarle. Los ojos de Harry estaban fijos en la fotografía y Draco pensó que tal vez no tenía derecho a preguntar.

-Supongo que porque quería olvidar que lo era -confesó, no obstante, Harry-. Guardé mi varita con las pocas cosas que había querido conservar de mi vida anterior y no la utilicé durante mucho tiempo. En realidad lo he hecho pocas veces durante todos estos años.

Harry volvió a guardar silencio durante un rato y Draco esperó pacientemente a que hablara de nuevo o le diera alguna señal de que no tenía nada más que decir.

-Después, pensé que las cosas eran perfectas tal como estaban -continuó el moreno-. Laurie formaba parte de la nueva vida que tenía y no quería involucrarlo en mi pasado. Hubiera tenido que explicar demasiadas cosas que simplemente quería olvidar, ¿comprendes?

Draco asintió, apoyando la cabeza en el hombro de su amante. Cerró los ojos y se dejó mecer durante unos instantes, sintiendo la cálida respiración de Harry contra su mejilla.

-Me alegro -dijo.

-¿De qué? -preguntó Harry, casi en un susurro.

No había esperado tener un momento tan íntimo con Draco frente al retrato de su fallecida pareja.

-De que le encontraras -admitió Draco, susurrando a su vez-. De que tuvieras a alguien que te amara tanto como él lo hizo.

Harry le estrechó con fuerza contra sí.

-Estoy seguro de que, esté donde esté -la voz de Harry se rompió un poco y Draco apretó cariñosamente su mano-, Laurie se alegra mucho de que yo te haya encontrado de nuevo a ti.

Los días siguientes se dedicaron a hacer lo que se habían prometido que harían, antes de que Harry dejara Londres: aprender a vivir juntos. Harry descubrió que Draco era un "pelín" maniático con sus cosas. Y Draco descubrió que Harry no lo era lo suficiente. Por ejemplo, el rubio no estaba acostumbrado a compartir el cuarto de baño. Le incomodaba que Harry entrara para ducharse o cualquier otra cosa, mientras él estaba vaciando su vejiga; o que revoloteara a su alrededor mientras se afeitaba. Harry hubiera deseado que Draco no fuera un despertador humano, programado para ponerse en pie a las siete de la mañana, y le despertara cada día con el ruido de la ducha, en lugar de quedarse un poquito más en la cama para gandulear con él, bien juntitos y calentitos. A Draco no le gustaba que Harry siempre llevara bolsitas de maíz tostado en sus bolsillos, o que hubiera un cajón lleno de ellas en la cocina, porque le gustaba picar ese aperitivo a cualquier hora, dejando en su boca un fuerte olor que al rubio le molestaba. Y a Harry no le gustaba encontrar en la boca de Draco sabor a tabaco. Aunque lo que le fastidiaba más era que fumara sabiendo lo poco que le convenía hacerlo. Draco no podía entender por qué Harry trataba de una forma tan familiar a sus empleados. Porque eran sus empleados, no sus amigos. Y a Harry le irritó un poco que Draco le dijera cómo tenía que tratar a su gente. Y el día que Draco se metió en la pequeña oficina del bar y encontró los libros de contabilidad, fue el acabose.

-¿Me estás diciendo que no sé cómo llevar mi negocio?

Los ojos de Harry despedían indignadas chispas verdes después de media hora de aguantar las serias recriminaciones de Draco. Éste se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa, dispuesto a tener paciencia para hacerle comprender a Harry dónde se equivocaba.

-Estás perdiendo dinero, Harry -dijo, tratando de sonar razonable-. ¿No te das cuenta? Hace dos años cerraste ya bastante justo -señaló uno de los libros que había esparcidos por encima de la mesa-. Y por lo que he visto, el pasado no te irá mucho mejor. Tienes que controlar los gastos. Deberías hacer previsiones para las declaraciones del impuesto sobre ventas y así no te descalabrarían los cierres de mes. Además...

Harry cerró de golpe el libro que Draco tenía frente a él, quien salvó por poco sus dedos.

-¿Te digo yo cómo manejar tus malditos negocios? -preguntó, encrespado.

-Merlín no lo permita, porque ya estaría arruinado -respondió Draco con ironía.

Apoyado sobre la mesa, con una de sus manos todavía sobre el libro, Harry miró a Draco como si quisiera hacerle desaparecer.

-Si me disculpas, voy a ver si todavía recuerdo cómo ordenar a mis empleados que preparen las mesas.

Harry dejó el despacho con un portazo. ¿Esa había sido su primera pelea de convivencia? Draco se puso de nuevo las gafas y sonrió. La reconciliación sería mucho mejor. No salió en toda la mañana del pequeño despacho, revisando las cuentas del bar. Cabreado o no, Harry acabaría comprendiendo que lo estaba haciendo por su propio bien. Hacia el mediodía, una de las camareras le interrumpió para preguntarle qué quería comer. Draco sobreentendió que Harry no pensaba acompañarle, así que pidió lo que deseaba y continuó con su minucioso trabajo.

A media tarde la puerta del despacho volvió a abrirse. Harry llevaba una inequívoca cara de arrepentimiento, además de una botella de vino en una mano y dos copas en la otra. Las dejó encima de la mesa y las llenó. Después le tendió una a Draco y tomó la otra.

-Vengo a hacerte una proposición -dijo, sentándose frente al rubio.

Éste alzó una ceja, intrigado.

-Deshonesta, espero.

Entonces Harry dejó asomar una sonrisa, que hizo sonar una pequeña alarma en la cabeza de Draco.

-Reconozco que los números no son lo mío -admitió el moreno-. Y reconozco también que antes he sido un poco... territorial -Harry volvió a sonreír y Draco sintió la imperiosa necesidad de tomarse media copa de vino-. Así que estoy dispuesto a hacerte caso y dejar que me ayudes, si tu estas dispuesto a que yo te ayude a ti.

-¿Ayudarme? -la alarma sonó un poco más fuerte.

-A dejarte llevar...

Harry extendió su mano con la copa y esperó unos instantes a que Draco finalmente se decidiera a entrechocar suavemente con la suya.

o.o.o.O.o.o.o

Debía estar loco por haber dejado que Harry le convenciera y le arrastrara a "ese lugar". Primero, le mosqueó la familiaridad de su compañero con el tipo de la entrada. Y una vez dentro, se encontró con que la música estaba endiabladamente alta y la gente era desagradablemente... obscena. Firmemente agarrado de la mano, Harry le guió entre cuerpos sudorosos y frenéticos, que se agitaban a un ritmo enloquecedor, como si a todos les hubieran lanzado un hechizo Tarantallegra. Algunos de esos tipos ni siquiera llevaban una simple camiseta, exhibiendo lascivamente sus torsos desnudos. Besándose. Restregándose. Manoseándose. Reprimió su primer impulso, que fue el de aparecerse directamente fuera de allí, porque le había prometido a Harry abrirse a nuevas experiencias. Que en modo alguno pasarían por frotarse públicamente contra nadie. Ni aunque ese nadie fuera Harry, se dijo a sí mismo con determinación.

-¿Qué quieres tomar? -preguntó Harry, hablando muy cerca de la oreja de Draco para que éste pudiera oírle.

-Acaban de sobarme el culo -gruñó Draco, mirando furiosamente a su alrededor.

-Es que lo tienes muy bonito -sonrió Harry con humor-. ¿Qué quieres tomar? -repitió.

Draco se encogió de hombros mientras dejaba espacio a un tipo que vestía unos llamativos pantalones amarillos y un chaleco de piel.

-¡Merlín, arráncame los ojos! -masculló.

El tipo le obsequió una sonrisa la mar de insinuante mientras le miraba de arriba abajo.

-Yo te arranco a ti lo que quieras, cariño. No suelo liarme con maduritos, pero puedo hacer una excepción contigo...

Harry detuvo el movimiento de la mano de Draco antes de que éste pudiera sacar su varita y montar un estropicio. El moreno se arrepintió de no haberle obligado a dejarla en casa, tal como le había sugerido antes de irse.

-Me lo has prometido -dijo, entregándole a su compañero un vaso largo con un líquido oscuro en su interior.

-No puedo creer que te guste... ¡esto! -farfulló Draco.

-Pero si todavía no lo has probado -se rió Harry.

-No me refería a la bebida.

Harry encerró a Draco entre sus brazos y la barra.

-Prometiste abrir tu mente -susurró, lamiéndole el cuello y notando inmediatamente su incomodidad-. Mira a tu alrededor, Draco. Hombres a los que les gustan los hombres. No se esconden. No se reprimen -la lengua alcanzó la barbilla de Draco y lamió hasta llegar a sus labios-. Nada de lo que hagamos va a llamar la atención de nadie -los labios de Harry sonrieron sobre los de Draco-. Aunque, a lo mejor, tendré que decirle cuatro cosas al de los pantalones amarillos para que deje de desnudarte con la mirada...

Apenas le dio tiempo a que en sus labios asomara una sonrisa un poquito presuntuosa, cuando Draco respingó al sentir la pierna de Harry introducirse entre las suyas, empujando levemente su cuerpo contra el suyo. Draco tomó aire mientras, tal como le había sugerido Harry, miraba a su alrededor. Considerándolo fríamente, o con toda su sangre agolpándose traidoramente en la misma parte de su cuerpo, el espectáculo era bastante sugerente. Si bien algunos de esos hombres demostraban una evidente falta de buen gusto, otros... bien, había otros que realmente no eran tan desagradables. Luchó contra el sentimiento de culpabilidad que le embargaba cada vez que, encontrándose en un lugar público, sus ojos se perdían observando a algún hombre especialmente atractivo. Draco no había visto tanto torso desnudo desde su época de Hogwarts, que era lo único que se atrevía a mirar en las duchas sin resultar demasiado obvio. Dio un sorbo a su bebida mientras Harry seguía entretenido adorando su garganta, y él trataba de concentrarse en no demostrar lo caliente que le estaba poniendo su amante en particular y la situación en general. Tal vez había llegado el momento de apartar definitivamente el sentimiento de culpabilidad por entregarse a lo que le gustaba, sin esconderse ni avergonzarse. Por lo que podía ver, Harry tenía razón y allí cada cual iba a lo suyo, sin juzgar ni señalar. Draco se llevó el vaso a los labios nuevamente. Realmente en el mundo mágico todo el mundo iba demasiado vestido, ¿verdad? Exceso de túnicas, se dijo mientras observaba a un tipo abrirle la bragueta al jovencito con el que estaba bailando y meter la mano dentro. Draco se sintió extrañamente excitado. Seguramente influía bastante la lengua que seguía paseándose por su cuello y la mano que se había apalancado sobre su trasero de forma descarada; o esa bebida dulzona que entraba como si nada y empezaba a marearle un poco; o tanto estímulo visual que, después de todo, ahora no le resultaba tan obsceno...

-Bésame -susurró entonces la voz de Harry, erizándole todos los pelitos de la nuca.

-Pero no creas que voy a sobarte en público, Potter -advirtió, tratando de sonar como si la cosa no fuera con él.

Harry soltó una risita que no tranquilizó en lo más mínimo el cada vez más disoluto estado de ánimo de Draco.

-No es lo que pretendo -aseguró Harry, mordisqueando su oreja-. Pero sí que seas capaz de abrazarme y besarme sin tener que hacer un reconocimiento del perímetro para asegurarte de que nadie esté mirando.

-Estás exagerando -musitó Draco, empezando a olvidarse de que aparte de ellos dos, había quinientas personas más a su alrededor.

-Entonces, bésame.

La mirada de Draco se concentró en los chispeantes ojos de Harry, mágicamente iluminados por los haces de luz multicolores que se movían por todo el local. Después en sus labios y en la lengua que los humedecía de forma insinuante, provocándole. Finalmente, en que la entrepierna de Harry contra su muslo se sentía demasiado abultada y rígida para su salud mental. Y que él mismo iba camino de conseguir una perforación de calzoncillo si la suya seguía endureciendo de la forma en que lo estaba haciendo. Todo el mundo sabía que la seda era muy delicada...

Más que un beso fue un asalto a la boca de Harry. Draco acunó su nuca con los dedos un poco crispados, sin darse cuenta de que se los estaba clavando como si fueran garfios. Harry no se quejó, plegándose a la lengua nerviosa y algo ruda que invadió su boca. Gimió ahogadamente mientras sus caderas empujaban de nuevo contra las de Draco, esta vez de forma mucho más metódica, buscando rozar con absoluta precisión su erección contra la de su compañero. No había esperado que Draco se pusiera duro tan rápido. A decir verdad, no había esperado conseguir que Draco se pusiera duro. Harry se habría conformado con que aceptara besos y carantoñas sin que lo que se tensara fueran los músculos de su cuello y hombros. Pero en ese momento, maravillosamente, Draco parecía a punto de perder la compostura, ese férreo auto control que siempre mantenía fuera de la intimidad de su habitación. Con los ojos brillantes y la respiración perdida, le envió a Harry una mirada cargada de deseo y reproche.

-Eres un cabrón, Potter -jadeó con muy poca determinación.

Harry se rió suavemente, devolviéndole una mirada satisfecha y a la vez tan intensa, que Draco se sintió extrañamente eufórico. Dejó escapar el aire que estaba reteniendo sin apenas darse cuenta, y lo contuvo otra vez cuando Harry hundió la cara de nuevo en su cuello.

-Necesitamos resolver esto -susurró el moreno con esa voz gruesa que Draco podía identificar perfectamente-. A no ser que prefieras correrte dentro de tus pantalones...

Draco dejó escapar un ofendido bufido.

-Ya no somos un par de adolescentes para volver a casa con los calzoncillos pegajosos.

Harry se rió contra la pálida mejilla.

-Tienes razón. Ahora somos un par de "maduritos".

Draco le dio un picado empujón, para enfrentar la expresión risueña de Harry con los ojos amenazadoramente entrecerrados.

-Antes de soltar más sandeces, recuerda que yo SÍ llevo varita...

La sonrisa de Harry se convirtió en alegre carcajada, mientras dejaba su vaso en la barra y le quitaba después el suyo a Draco para dejarlo también allí. A continuación, tomándole de la mano, le guió a través del gentío que bailaba en el centro del local hasta una zona más apartada, envuelta en íntima penumbra. De los sofás que había esparcidos por aquel sector provenían todo tipo de sonidos sugerentes y, por un momento, Draco temió que Harry fuera a tumbarle en uno y a follárselo allí mismo. A pesar de la dolorosa necesidad que apretaba sus pantalones, el rubio agradeció que su compañero tuviera la cordura de pasar de largo. Sin embargo, al segundo siguiente no estuvo muy seguro de no haber preferido un sofá. Todavía sin soltarle, Harry le adentró en otra zona igualmente umbrosa pero en la que, a pesar de todo, Draco pudo distinguir perfectamente las parejas diseminadas aquí y allá, contra las paredes del lugar. Y realmente no quería pensar en por qué el suelo se sentía algo resbaladizo bajo sus pies. El hecho de comprender que Harry estaba buscando un lugar para ellos dos hizo que el estómago de Draco se encogiera un poco. Que no su erección, empeñada en batallar tozudamente contra sus pantalones. Por fin Harry se detuvo en un rincón apartado y bastante más oscuro, empujándole suavemente contra la pared. Mientras Draco trataba de apartar de su cabeza contra qué se estaría restregando su camisa, descubrió que Harry se había arrodillado en el suelo frente a él y le estaba abriendo la bragueta. Un segundo después, tenía los pantalones a la altura de los tobillos junto a su ropa interior.

-¡Merlín bendito! -murmuró con un pequeño suspiro, a pesar de todo, incapaz de demostrar una completa disconformidad.

Con la cara de Harry a nivel de su entrepierna, Draco podía sentir el cálido aliento que éste exhalaba sobre su piel. La traviesa nariz restregó unos segundos entre el rubio vello, oliéndole como si fuera la primera vez que se entregaba a esa práctica, y después resiguió lentamente con la lengua la ingle hasta el principio del muslo. Con ese movimiento, la apurada erección de Draco frotó la rasposa mejilla del moreno, provocándole un fuerte jadeó y que sus manos bajaran sin pensarlo a la negra melena de su compañero, agarrándola con fuerza para señalarle dónde necesitaba urgentemente su boca en ese preciso momento. A pesar de la penumbra, Draco supo que Harry sonreía y le maldijo en silencio. Porque, obviando el cariz perturbador de la situación, Draco quería que Harry se lo comiera hasta golpear el fondo de su garganta. Tras depositar un pequeño beso sobre la blanca piel de su muslo, la lengua de Harry acarició cuidadosamente la sensible punta de su pene para después rodearla con sus labios, y apretar ligeramente mientras le engullía muy despacio.

Un gemido que no era suyo distrajo por un momento la atención de Draco. Volvió ligeramente la cabeza hacia la izquierda para notar la presencia de una pareja que había tenido la maleducada elección de situarse a pocos pasos de ellos. Un particular apretón de los labios de Harry hizo que se olvidara por unos segundos de sus vecinos y se concentrara en no correrse todavía. Le hubiera gustado poder ver el rostro de Harry. Ese tono rojo sofocado que siempre teñía su piel en esas circunstancias, y la forma en que el humedecido flequillo se le pegaba a la frente, en pequeños remolinos. Pero sólo alcanzaba a observar su cabeza moviéndose rítmicamente contra él. Su boca húmeda y caliente cerrándose cada vez de forma más apretada alrededor de su erección. Draco sentía sus piernas a punto de hacerse gelatina, pero se negaba a abandonar el pelo de Harry y a apoyar las manos en la pared. Aunque, a pesar de intentar mantenerla erguida, su cabeza golpeó varias veces hacia atrás, atravesándole el fugaz pensamiento de que en cuanto volvieran a casa, se metería en la ducha para lavarse cuidadosamente el cabello.

Draco sintió la tensión de sus testículos y el familiar hormigueo que señalaba el punto de no retorno. Entonces la mano izquierda de Harry se enterró con más fuerza en su cadera, mientras la derecha se movía enérgicamente sobre su propia erección, masturbándose con furia. Draco fue apenas consciente de cómo Harry succionaba con fuerza un par de veces más antes de que, a pesar de todo su empeño, lanzara su cabeza hacia atrás con un grito nada elegante, sacudiéndose sin recato mientras eyaculaba con fuerza en la boca de su compañero. Durante unos instantes sólo se concentró en respirar y en mantenerse erguido para no irse de culo al suelo. No en ese suelo. No obstante, admitió que se sentía extrañamente confortable. Liberado. No en el sentido orgásmico de la liberación, sino más bien como si hubiera redimido años de contención y auto condena.

-¿Draco?

Sintió la suave presión de las manos de Harry sobre sus muslos y entonces Draco miró hacia abajo. Sus manos estaban todavía enredadas en el negro cabello, y por lo que pudo darse cuenta, de forma no demasiado amable. Sin embargo, ahora que sus ojos se habían acostumbrado a esa penumbra, vio que la mirada de Harry no era de molestia, sino que más bien expresaba una mezcla de culpa e incertidumbre. Draco peinó suavemente las desordenadas hebras con los dedos y después tendió la mano para ayudarle a levantarse. Los ojos de Harry, enormemente abiertos, siguieron posados en él, esperando. Draco esbozó entonces una sonrisa arrogante, y tras echarle un rápido vistazo a la pareja que en ese preciso momento gritaba su propio orgasmo, dijo con fingido fastidio:

-Seguramente voy a tener que quemar esta camisa. Y mis pantalones-masculló dándose cuenta de que todavía seguían enredados en sus tobillos-. Y probablemente queme los tuyos también.

El rostro de Harry se iluminó con una gran sonrisa mientras, gentilmente, le subía los pantalones, procurando acariciar cuanta piel tuvo a su alcance en el camino.

-¿Te apetece bailar un rato? -preguntó Harry después.

-¿Te refieres a que nos restreguemos obscena e impudorosamente en medio de esa depravada multitud medio desnuda?

Harry dudó unos instantes, no muy seguro de si el tono de Draco era de tanta incredulidad como había sonado.

-Er... ¿sí?

Draco le miró sin parpadear.

-¿Por qué no? -dijo sin el menor atisbo de indecisión, echando a andar hacia la sala desde la que llegaba el amortiguado sonido de la música-. De todas formas planeaba librarme de esta camisa...

Harry se quedó aturdido durante unos segundos, tratando de procesar lo que su compañero acababa de decir.

-¡Eso tengo que verlo! -le retó.

Draco volvió apenas la cabeza, con una sonrisa maliciosa en los labios.

-Pues date prisa, Potter. Porque será la primera y última vez...

Continuará...