Capítulo 12: adiós

Se habían despertado cuando los primeros rayos del sol penetraron en la habitación. Sin esperar un solo segundo e incapaces de aguantar, habían vuelto a hacer amor. Kagome se sonrojó recordando ese momento. Lo más bonito de todo fue como la miraba Inuyasha. Lo primero que vio nada más abrir sus ojos fue la mirada de adoración de Inuyasha y al hacerle el amor esa mañana Inuyasha había ido muy despacio y con delicadeza haciéndole sentir que tocaba el cielo. No se habían cubierto de ninguna forma, ni habían mostrado la más mínima timidez. Sólo hubo un único momento de tensión cuando Inuyasha sintió un calambre en la pierna herida pero nada preocupante. Para estar herido, estaba demostrando ser muy capaz de aguantar el dolor.

Estaban tumbados de lado, acariciándose cuando Inuyasha se vio obligado a romper la magia de esa maravillosa mañana.

- Tenemos que irnos de aquí… - murmuró Inuyasha.

- Pero aquí no estamos en peligro, ¿no?

Sus palabras la asustaron y él le dio un suave apretón para intentar calmarla.

- Eso no podemos saberlo- suspiró- además tengo que encontrar a Miroku y a los demás para llevarte a un lugar seguro.

- Miroku…

Inuyasha la miró inmediatamente cuando le escuchó pronunciar el nombre de su mejor amigo. No le había gustado nada oírla murmurar de esa manera su nombre. ¿Después de cómo habían hecho el amor por la noche y esa mañana ella seguía pensando en él?, ¿de verdad estaba colada por él?, ¿por qué hizo el amor con él, entonces?, ¿estaría imaginándose a Miroku mientras la acariciaba?

Gruñó furioso por el rumbo de sus pensamientos y se levantó del sofá bruscamente, sorprendiendo a Kagome por su mal humor. Cojeando por la herida se colocó el pantalón de chándal y se coló por la cabeza el niqui negro. Kagome se quedó mirándolo asombrado y con incertidumbre. ¿Qué demonios le pasaba?

Dejando de lado el pudor por estar desnuda mientras que él estaba vestido, gateó hasta el final del sofá y se puso de rodillas apoyándose contra la fuerte espalda de Inuyasha.

- ¿Qué te pasa? – murmuró- ¿he hecho algo mal?

Inuyasha respiró con hondamente para tranquilizarse y se dio la vuelta para mirarla. Se quedó pasmado mirando su rostro: los labios hinchados por los besos, la mirada penetrante, el cabello revuelto, las mejillas sonrojadas…

Ella era demasiado para él, a lo mejor si era bueno que se la quedara Miroku. Así tendría un hombre a su altura, un hombre que se la merecía y que la cuidaría bien. Frustrado se la apartó empujándola sobre el sofá y se dio media vuelta para ocuparse de las armas por si aún quedaba algún asesino.

Kagome apretó con fuerza la sábana delante de su pecho y permitió que algunas lágrimas surcaran su rostro avergonzado.

….

Ya eran las once de la mañana y habían salido a las nueve de la mansión. El bosque no podía ser tan grande como para tirarse dos horas andando. Tenía la sensación de que Inuyasha no tenía ni idea de a dónde iban y estaban dando vueltas en círculos.

Se llevó las manos al estómago cuando le volvió a gruñir por el hambre. No comía nada desde el día anterior a la hora del tés y no es que un té con un par de galletas se considere una comida en condiciones.

- ¿Tienes hambre? – le preguntó Inuyasha sin mirarla.

- ¿Tú qué crees?

- Que tienes tanta hambre como yo… - murmuró sin ganas- agárrame esto.

Kagome cogió el fusil que Inuyasha le tendía con desagrado y estuvo a punto de caerse por la impresión al cogerlo. No esperaba que se arma pesara tanto. ¿Cómo podía llevarlo tan fácilmente Inuyasha?, ¿de verdad era tan fácil? Cuando hacían el amor era tan delicado con ella que no podía ni imaginarse que su cuerpo en realidad albergara tanta fuerza. Se sonrojó al pensarlo mejor. Mientras hacían el amor se había fijado en los músculos tan maravillosamente masculinos que lucía su cuerpo. Probablemente se pasaría horas en el gimnasio.

- ¿Qué vas a hacer? – corrió hacía él- ¡no seas crío, por el amor de Dios!

- No creo en Dios- puso un pie sobre una rama- soy ateo.

Kagome se llevó una mano a la boca mientras que con la otra apretaba con fuerza el fusil. Le daba pánico ver a Inuyasha trepando por aquel árbol de frutas. Estaba punto de chillar cuando él se balanceó por unos momentos debido a que la rama no soportaba su peso.

Finalmente, Inuyasha se tuvo que bajar. Le dio un puñetazo al tronco del árbol y se dio la vuelta para mirarla. Estaba planeando algo, lo veía en su mirada.

- Peso demasiado… - miró a Kagome- ¿sabes escalar?

- ¿Te has vuelto loco? – le reprochó- ¡no pienso subirme ahí arriba!

Inuyasha puso los ojos en blanco y se quedó callado esperando a que el hambre pudiera con ella. Por suerte, no tardó apenas unos minutos. Necesitaba meterse algo en el estómago o caería desmayada y ésa era su única opción.

- ¿Me agarrarás?

- Pues claro.

Levantó la cabeza para mirar al árbol con desconfianza.

- ¿Y si me caigo?

- Te cogeré- le aseguró.

Sin estar todavía segura del todo dejó el fusil en el suelo y se acercó al árbol. Ojala no se raspara demasiado las piernas ya que la corteza de ese árbol estaba demasiado áspera. Se agarró al tronco del árbol y empezó a trepar mientras que Inuyasha la ayudaba un poco agarrándole la cintura.

Inuyasha la ayudó agarrándole las piernas hasta que ya no llegaba a alcanzarla. Miró hacía arriba y apartó la vista sonrojado al darse cuenta de que se le veían las bragas. Entonces reaccionó sintiendo ganas de abofetearse. ¿Cómo podía avergonzarse de mirarle las bragas cuando en esa noche había visto muchísimo más? Estaba pensando en tonterías.

- ¡Ay! – gimió al hacerse otra arañazo.

- ¿Estás bien?

Si Kagome sufría algo una herida grave por culpa de ese maldito árbol y de su insistencia en que subiera, mataría a alguien.

- ¡Sí, solo es un arañazo!- le respondió desde arriba.

Kagome se impulsó una vez más y entonces llegó al final del árbol. Así que era tan alto, era un platanero. Agarrando con fuerza el tronco estiró un brazo y empezó a forcejear con los plátanos para poder arrancar todo un racimo, pero se lo ponía bastante difícil.

Finalmente, tuvo que agarrarse del tronco solo con sus piernas y agarrar el racimo con ambas manos.

- ¡Ya lo tengo!

Sintió que lo celebraba demasiado pronto al perder el soporte de sus piernas del árbol y comenzar a caer de espaldas hacía el suelo. No podía morir de una manera tan estúpida, ¿no? ¡Claro que no! Inuyasha la agarró cayendo el mismo hacía atrás y recibiendo la mayor parte del golpe.

- ¡Inuyasha!

- Tranquila estoy bien… - suspiró- me imaginaba que te acabarías cayendo… en el colegio eras muy mala trepando…

Se sonrojó al recordar como Inuyasha iba a observarla hacer gimnasia cuando estaba en el instituto. Le daba tanta vergüenza tenerle allí mirando que le salía todo mal. Le enseñó sonriente los plátanos y ambos comenzaron a comer. Estaban algo verdes aún, pero les llenaban el estómago y eso era lo que contaba.

- ¿Inuyasha?

- ¿Qué? – le respondió algo borde.

- ¿Te has enfadado porque me he preocupado por Miroku?

Inuyasha bajó el plátano que se estaba llevando a la boca y la miró. Ella estaba preocupada por su enfado.

- Son cosas de hombres, Kagome.

- Eso no significa que no me importe- le contestó- si te molesta que me preocupe por él, no lo haré…

- Déjalo, Kagome- mordió el plátano- haz lo que quieras.

Kagome sonrojada y completamente decidida tiró el plátano que se estaba comiendo y tiró también el de Inuyasha.

Inuyasha la miró sorprendido a punto de echarle la bronca, pero en ese instante ella se apoderó de sus labios en un apasionado beso. Inuyasha sonrió durante un instante en el beso, pensando que ella sabía mejor que nadie cómo apaciguarlo. Rodeó con sus brazos su estrecha cintura y la acercó más a él, intensificando el beso. Ella no le amaba a él, pero le consolaba saber que a Miroku tampoco.

- ¿Falta mucho?

- Tranquila, ya casi llegamos.

Kagome sonrió y miró su mano agarrada a la de Inuyasha. Desde que habían vuelto a comenzar a andar, él no le había soltado la mano y había sido de lo más considerado con ella. Tal vez aún había tiempo para olvidar el pasado, exactamente aquella fatídica noche, y vivir el presente. Vivir junto a él. Nunca se podría haber alegrado más de que Inuyasha la secuestrara. De repente Inuyasha se detuvo y Kagome agudizó el oído escuchando el ruido de gente. ¿Serían Miroku y todos los demás?

- Sal ahí, te están buscando.

- ¿Qué dices?

No entendía lo que le estaba diciendo Inuyasha.

- Ahí está el FBI instalado. Vinieron hasta aquí a buscarte- le sonrió- no les hagas esperar demasiado.

No se podía creer lo que estaba oyendo. Primero la secuestraba porque supuestamente la quería y ahora estaba dispuesto a entregarla así sin más. ¿Qué coño se le estaba pasando por la cabeza a ese hombre?

Le miró con el ceño fruncido y los labios apretados por la furia que estaba sintiendo en ese instante. No podía coger y abandonarla, simplemente, no podía.

- ¿Qué te pasa?

- ¿Vas a entregarme así? – controló como pudo sus ansias por gritarle- ¿no se suponía que me amabas?, ¿qué me habías secuestrado para poder tenerme?

- Sí, pero no quiero forzarte a nada… - murmuró- tú no me amas y lo entiendo. Vuelve a casa Kagome.

- Cómo que no te…

- No me discutas, Kagome.

- ¿Y si yo prefiero quedarme contigo?

- No me digas que ahora tienes el síndrome de Estocolmo- rió- anda, vete.

Kagome no le iba a permitir que la dejara de esa manera. No iba a enamorarla de él y tirarla de esa manera, no señor. Se colgó de su brazo impidiéndole marcharse y le miró con lágrimas en los ojos.

- Inuyasha…

- No me lo hagas más difícil, ¿vale?

Inuyasha se soltó de ella y le hizo darse la vuelta. Durante unos instantes se quedó allí parado agarrándola y pensando que probablemente ése sería el mayor error de su vida y luego, la empujó fuera de los matorrales.

Kagome sollozó y gimió de dolor cuando Inuyasha la empujó mandándola hacía el FBI. Miró al frente con la vista aún algo borrosa y vio que unos agentes corrían hacía ella. Todos le preguntaban algo, todas las preguntas eran prácticamente la misma, pero ella no respondió a ninguna. El hombre al que amaba acababa de abandonarla, ¿qué había más doloroso que eso?

Continuará…