Capítulo 13. Los calabozos
Nunca llegaba la luz del día a aquel lugar al que le habían llevado. El hedor a humedad y suciedad hacían casi imposible respirar. Tenía las muñecas algo entumecidas debido a las esposas, oxidadas y pesadas, que le sostenían. Los días iban y venían y él no tenía ni idea de cuánto había pasado desde que aquellos dos le secuestraron, probablemente no volvería a ver a ningún ser querido… No, aquello no podía ser… su familia no era una familia cualquiera. Tenía al elenco completo de los Charming por no hablar, claro está, de su madre: Regina.
Aquella mujer había sido capaz de mover cielo y tierra siguiendo a su corazón, que en aquel momento gobernado por un odio que la cegaba, pero ahora estaba completamente seguro que el amor sería lo que la guiase y que le encontraría. Su familia era especialista en encontrarse mutuamente en las peores situaciones y aquello no iba a ser una excepción. Sonrió ante aquel pensamiento. Él debía aguantar y esperarles.
Sabía el motivo por el que le habían traído a aquel lugar, había escuchado conversaciones entre Greg y Tamara. Al parecer ambos estaban bajo las órdenes de "La sombra". No tenía muy claro quién o qué era, lo único que sabía es que le estaba buscando perdidamente durante decenas de años y que, incluso, había intentado capturar a su padre sopesando la posibilidad que le sería útil. Todos los intentos habían sido en vano hasta que le encontraron a él, a Henry. Por lo que pudo descifrar, aquel ser encarnaba el odio puro… era todo lo contrario a lo que Henry personificaba y quizás ese era el motivo por el cual le requería. Al menos esa era la conclusión más lógica de todas las que habían ido sucediéndose en su cabeza desde que llegó a Nunca Jamás.
Suspiró, agotado. Se intentó acomodar, recostando la espalda en la pared de la celda, pero las pocas fuerzas que tenía le impidieron hacer el menor movimiento. Cansado, se dejó caer en el frio y húmedo suelo, notando leves pinchazos en su mejilla ante la bajada de temperatura. Cerró los ojos, dejando que varias imágenes recorrieran su mente: veía a Emma, sacando de quicio a Regina y a Snow y James intentando que su madre calmara los instintos de asesinar a la rubia, que sonreía con diversión. Echaba de menos tenerlos a todos cerca, ahora que parecía que todo había pasado y que podrían formar una familia… "Pero el destino no dejará las cosas así, el bien siempre vence", cerró los puños por unos instantes y después desplegó los dedos, acariciando el suelo.
Estaba a punto de quedarse dormido cuando escuchó dos golpes secos. Después de aquello oyó cómo alguien introducía la llave en la cerradura de la puerta. Se quedó mirando aquel portón de madera, curioso por saber qué querrían ahora sus captores. El chirrido de la entrada fue lo primero que le sorprendió, obligándole a cerrar los ojos con fuerza. Segundos después, la luz cegadora del exterior le dejó medio aturdido pero reconoció perfectamente la silueta que se acercaba, corriendo con gran desesperación, hacia él. Era una mujer morena, con el cabello corto y despuntado, tenía unos agradables ojos marrones que siempre le miraban con cariño y amor. Era, posiblemente, la personificación de la belleza y era… ante todo, su madre.
- ¡Henry! – gritó ella entre sollozos mientras al fin se agachaba para abrazarle con una fuerza sobrehumana.
El pequeño no respondió, no dijo nada, se limitó a lanzar un suspiro de alivio y a dejarse llevar por el calor del regazo de su madre. Henry estaba agotado, sentía demasiada pesadez en el cuerpo. Los ojos se le iban cerrando lentamente, pero pudo apreciar cómo otra persona más entraba en la celda. Esta vez se trataba de unos destellos dorados y una mirada de valentía y determinación, Emma… su otra madre. La rubia se acercó a ambos y, entre lágrimas, dejó escapar un suspiro para después abrazarles y continuar llorando de felicidad. Al fin volvían a estar los tres juntos. El pequeño sonrió.
- Henry, tu madre y yo vamos a sacarte de aquí – le dijo Emma mirándole fijamente, con los ojos llenos de lágrimas.
Con aquella promesa y una sonrisa en los labios, se desmayó.
- ¡Henry, Henry, Henry! – Regina gritaba completamente histérica mientras zarandeaba con delicadeza al pequeño. El pánico sacudía su mente y en lo único que podía pensar era que tenía a su pequeño entre los brazos, completamente desfallecido.
- Regina… - la voz de Emma era dulce e intentaba ser calmada – solo se ha desmayado, está bien… ¿no le ves? Está sonriendo…
La morena se fijó en el rostro de su hijo. La sheriff tenía razón, sonreía. Respiró hondo y se entregó a abrazarle de nuevo. Sabía que aquello no podía durar eternamente, debían salir de los calabozos lo antes posible. Le cogió en brazos, con delicadeza, y se encaminó hacia la salida seguida por los pasos de Emma.
- ¿Quieres que te ayude? – le sugirió.
- Es mi hijo, señorita Swan, creo que podré yo sola – espetó sin ningún miramiento.
- Lo sé, pero da la casualidad que también es mío – respondió la rubia con el tono de voz algo afectado.
Regina dejó a un lado su afán maternal, la sheriff tenía razón y se estaba comportando de forma egoísta.
- Lo… yo… lo… - respiró hondo – lo siento.
Emma sonrió aliviada por las palabras de la alcaldesa y le acarició con ternura los hombros, mientras ambas mujeres salían de la celda. Fuera se encontraban Neal, James y Mulán sujetando a Greg. Lo cierto es que agradecía no haber matado de una paliza a aquel energúmeno. Gracias a Greg llegaron al camino que, entre el bosque, conducía a los calabozos.
- Regina, déjamelo coger a mí… debemos escapar rápido y yo tengo más fuerza – sugirió Neal con el tono más benévolo posible.
- Y yo tengo magia – respondió secamente la morena – así que tu ayuda no será necesaria.
Liberó una de las manos con las que sujetaba a su pequeño y se dispuso a lanzar un hechizo que le permitiese hacer su peso más llevadero. Para su sorpresa, el movimiento de mano no obtuvo ningún resultado. Ninguno excepto la risa de Owen. Aquel desgraciado sabía algo.
- ¿¡De qué cojones te ríes!? – antes que pudiese abrir la boca para cuestionarle lo mismo, Emma se le había adelantado.
- No puedes hacer magia ¿verdad? – dijo entre carcajadas.
La sheriff se giró hacia ella, mirándola con confusión y Regina se limitó a asentir, pesadamente.
- ¿Qué has hecho…? – Emma se volteó de nuevo hacia aquel hombre, con la mirada ardiendo de rabia.
- Yo no he hecho nada – contestó tranquilamente – vosotras mismas lo habéis hecho, habéis entrado en la celda sin daros cuenta que las paredes están hechas con material que aísla la magia.
Regina abrió los ojos de golpe. Recordó el momento en que Hook le había dado la muñequera de su madre y ella se la había puesto, sin percatarse que estaba rellena de algo que repelía la magia, pero en aquel caso el efecto se pasó en cuanto se deshizo de la prenda.
- ¿Si ya no estamos en el calabozo por qué sigo sin poder usar mi magia?
- Porque este es un nuevo material en el que estuvimos trabajando… el poder aislante una vez penetra en tu cuerpo no desaparece hasta pasadas 24 horas – sentenció Greg con una sonrisa ladeada.
Mulán golpeó a aquel hombre, haciéndole caer al suelo y le miró fijamente.
- ¿¡Por qué no nos has avisado de esto antes!? – exigió.
- Porque es obvio que yo no soy de vuestro bando, además esa bruja se lo merece – los ojos de Owen se centraron en la alcaldesa, escrutándola con desprecio.
¿24 horas? Aquello era demasiado tiempo sin magia, iba a ser muy vulnerable… Cierto era que tenían a Gold pero, de todos modos, él no iba a ayudarles siempre e incondicionalmente. Necesitaba su magia, la magia era poder y en aquellos momentos ella más bien una carga pesada. El miedo la invadió por dentro, no sabía qué es lo que haría sintiéndose tan desprotegida y en una situación tan hostil. Sin que pudiera reaccionar, alguien empezó a arrebatarle el peso de Henry.
- Este cambio de sucesos requiere que yo me ocupe de él… - la voz de Neal volvió a interrumpir sus pensamientos, a la par que cargaba al pequeño en sus brazos – se que no te hace ninguna gracia pero es lo más sensato.
Regina se mordió los labios, con rabia. No tan solo debía soportar que el hijo de Gold tontease con la mujer que amab… que le gustaba, sino que también debía aguantarle ahora llevando en brazos a su pequeño. Pero no podía hacer otra cosa que resignarse, indicándole con un leve gesto de cabeza que estaba de acuerdo con su punto de vista.
Empezaron a avanzar entre los pasillos del calabozo, aquellos estrechos y laberínticos pasillos que conducían a una infinidad de salas. Debían admitir que sin la ayuda de Greg jamás hubieran conseguido llegar hasta Henry, claro está que aquel hombre colaboraba debido a la presión que ejercía en él Mulán.
- Al fin le hemos encontrado… - Emma se puso a su altura, hablándole con alegría.
- Señorita Swan… yo no estaría tan alegre hasta que no hayamos salido de este infierno.
