Disclaimer: J. K. Rowling
Chapter 13: Reencuentro Inesperado
Aquel día había resultado demasiado largo. Nada comparado con las semanas anteriores. Hermione estaba disminuyendo su rendimiento notablemente en la universidad y es que no conseguía concentrarse. Estaba furiosa consigo misma, había descuidado su imagen y sentía que estaba más gorda.
Sus amigos intentaban animarla pero, al fin y al cabo, cada uno tenía su propia vida. Ginny se había graduado y por fin vivía en Grimmauld Place 12. Eso significaba dos cosas: Harry estaba feliz y Hermione dormiría menos por el sonido del vaivén que la cabecera de la cama del moreno hacía cada noche por indefinido tiempo.
Estaba deprimida, se sentía más sola que nunca y seguía sin superar a Malfoy.
-Hermione, es hora de que consigas un nuevo novio- dijo Ginny, como siempre intentando sacar a la castaña de sus cabales.
-Y es hora de que tú cierres la boca-
El silencio se hizo presente en el comedor. Ron y Harry se miraron fijamente, asombrados por la agresividad de Hermione.
-Sólo quería ayudar- dijo Ginny, haciéndose la víctima.
-O estás desesperada porque me vaya de este lugar- dijo Hermione, fundiendo cada célula de su cuerpo con su dura mirada.
-Que amargada- dijo la pelirroja. Hermione se puso de pie bruscamente.
-No pienso decirte nada más, no quiero ofender a nadie- pausó, tomó su libro y su taza de té con leche y caminó hacia la salida –Buenas noches chicos-
-Chau- dijo Ron.
Ese fue tan solo uno de los tantos roces que tuvo con Ginny Weasley, obviamente celosa de que la castaña hubiese pasado tanto tiempo a solas con Harry mientras ella se encontraba en Hogwarts.
Por más que la muchacha no quería verse afectada, cada vez quería salir menos de su dormitorio. Tener riñas con la delgada pelirroja estaba agotando toda su en energía. Solía reírse entre dientes cuando la muchacha se vestía de forma sensual. Pues parecía una escoba con falda.
Una noche, como cualquier otra, cuando el frío le calaba los huesos y lágrimas le corrían por las mejillas, escuchó un estruendo escaleras abajo. El temor inundó su cuerpo y las lágrimas cesaron de golpe.
Se levantó asustada y bajó las escaleras apenas descalza y empuñando su varita.
Su corazón se aceleró cuando vislumbró una sombra gracias a la luz de la luna. Delgada, cabellos platinados y piel muy blanca. Por un momento pensó que estaba soñando así que siguió aquella sombra hasta la cocina. El muchacho no encendió la luz, solo siguió su caminar. Hermione hacía lo posible por contener los sollozos que su garganta guardaba, pero llegó a tal punto que no pudo soportarlo más.
-¿Estoy soñando? – preguntó en voz alta, su voz era gruesa a causa del llanto contenido.
El muchacho se sobresaltó y sin querer empujó varias cacerolas al suelo. Sonrió, como no lo había hecho en mucho tiempo mientras se daba vuelta y le miraba fijamente.
Ahí estaba, con su camisola de dormir y sus rizos alborotados, la mujer que le quitaba el sueño.
-No lo creo- dijo él. Con esa voz tan dulce y embriagadora. Hermione estuvo a punto de desmayarse de la emoción –Ven aquí, niña-
Hermione se apresuró a caer en sus brazos. Aquellos brazos, cálidos. El muchacho se dedicó a abrazarla, a sentir su corazón latir desbocado.
La muchacha lloró, lloró de la emoción. Jamás había estado tan feliz en su vida y no se hubiera imaginado verlo de nuevo. Aquellas inseguridades, aquellos pensamientos negativos, aquella tristeza, desaparecieron por un momento y todo parecía encajar en su lugar.
-No me dejes, no otra vez- le susurró la muchacha, con la voz entrecortada.
El muchacho la miró fijamente, directo a los ojos. Sintió como aquella mirada le transmitía todo el dolor que él había sentido.
-Tranquila, no pasará otra vez- le dijo él, calmado. Su voz disimulaba todas las emociones que recorrían su cuerpo –Te extrañé-
-Yo a ti, no te imaginas cuanto…-
El muchacho la tomó con delicadeza por la barbilla, obligándola a acercarse a su rostro y la besó. La besó delicadamente, como si fuera una figurita de porcelana muy frágil. La muchacha se amarró a su cuello con ambos brazos y acarició sus cabellos. Como si aquel beso fuera el último, tomó mucho tiempo para acabarse.
La muchacha lo detuvo y se puso de pie, mirándolo con picardía. El rubio sonrió mientras comenzaba a acariciar su muslo derecho por debajo de la camisola. Aquel muslo suave, terso. Ansiaba tocar toda su piel, ansiaba recorrerla hasta el más escondido recoveco.
Con rapidez la castaña se dio vuelta y lo llevó de la mano, como si el muchacho no supiera el camino. El dormitorio aguardaba en el piso de arriba mientras en silencio subían las escaleras, aguantando las ganas de besarse. Parecían ninjas en la noche, agentes secretos o un par de amantes escapando de algún lugar.
Muy silenciosamente giró la perilla y lo dejó pasar, la habitación estaba pintada de otros colores, había cambiado los muebles y una red de luces navideñas dentro de esferas de papel blanco decoraban la cabecera de la cama. Cerró la puerta detrás de él y luego se lanzó a sus brazos.
Los besos apasionados se hicieron presentes mientras el calor aumentaba en la habitación, la ropa comenzaba a sobrar en aquella escena. Poco a poco prendas fueron cayendo al suelo, sin el mayor cuidado. El torso del rubio, ahora más trabajado que antes, se encontraba desnudo sobre ella, para su deleite.
Admirada se dejó hacer, se dejó llevar por aquel momento. Estaba con él de nuevo, estaba conectada a él de la forma más carnal y salvaje.
Agradecía a Merlín, agradecía a Morgana y a todos los dioses griegos por aquello. Por primera vez en mucho tiempo, era feliz de nuevo. No había nada que pudiese sacarla de aquel lugar, de aquel momento. Millones de recuerdos llovieron mientras que su cuerpo procesaba imágenes nuevas.
El rubio por su lado, no podía dejar de besarla ni de recorrer su cuerpo de todas las maneras posibles. Su piel tersa y pecosa olía a duraznos. Sus cabellos rizados reposaban en la almohada mientras la llevaba a lugares que no se había imaginado. La muchacha rasgaba su espalda, con los ojos cerrados, disfrutado cada segundo.
No podía comparar a Tamara con aquello. Tamara era una Barbie más, una muñeca fabricada por el dinero y la sociedad. No tenía nada de personalidad, pero ¿Hermione?, Hermione era ella.
La perfección estaba en sus imperfecciones, era algo más allá. La amaba, tan sanamente, tan intensamente. Era algo que con palabras no podía explicarle, por ello, cada vez que estaba con ella de aquella manera, intentaba demostrarle así todo lo que sentía.
La muchacha arqueó su espalda y todos sus huesos crujieron.
Agotado de aquel encuentro, después del ansiado momento, cayó con delicadeza sobre ella, colocando su barbilla entre los senos de la muchacha.
-Te amo, Hermione-
Ella sonrió y se sonrojó mientras con ambas manos acariciaba las orejas del muchacho.
-Yo a ti-
-Eres como tinta indeleble, escribiste en mí recuerdos que son imposibles de borrar… Me manchaste- murmuró, sonriéndole, aún extasiado.
-¿Ah, sí?- preguntó ella, divertida.
-Te extrañe, ¿lo dije ya?-
-Pues…- jugó haciéndose de pensativa –Creo que no-
-Mentirosa- dijo el muchacho entre risas.
-Estás…- Hermione se sonrojó antes de decirlo –Estupendamente-
El muchacho se sonrojó esta vez.
-Tú no estás tan mal- dijo él, bromeando. La muchacha fingió sorpresa y luego soltó una risita.
-Eres un caso especial-
-¿Qué tan especial?- preguntó él, arqueando una ceja. No pretendía moverse de su posición, estaba demasiado cómodo.
-El amor de mi vida-
-El amor de tu vida… Qué lindo suena- murmuró el muchacho –Me parece haberme referido a ti de esa manera esta mañana –Somos uno-
-Somos más que eso-
-Quisiera que este momento fuese infinito- dijo ella, el muchacho la observó fijamente, nuevas pecas habían aparecido en su pecho y mejillas.
-Lo es- dijo él –Cuando estoy contigo, el tiempo se detiene. Cuando te sonrojas, el reloj da vuelta hacia atrás-
-Qué poético-
-Demasiado tiempo separados, mis momentos románticos están acumulados- dijo él, sonriéndole de medio lado.
-Ven aquí- le dijo ella, el muchacho se levantó un poco y ella se deslizó hasta que sus rostros estuvieron al mismo nivel.
Lo besó dulcemente mientras con sus dedos acariciaba su caja torácica, el muchacho se estremeció cuando los dedos de la muchacha llegaron a su espalda baja y con picardía apretaron su trasero.
-¿Lista para otra ronda?- preguntó pícaro.
-Nací lista-
