Los primeros rayos del día reflejan su brillante luz sobre la abundante nieve volviéndola aún más blanca a la vista. Las ramas desnudas soportando el duro peso y las estalactitas heladas que se han formado con las temperaturas de la noche. El gélido frío de siempre.

Desde la viciada penumbra de sus estancias Ontari se fija en el pálido sol que se desdibuja en lo más lejos en el cielo volviéndose más ambarino por momentos. Le gusta verlo despuntar siempre en el cielo, más odia cuando este se debe ocultar. El frío regresa con más fuerza después de las primeras horas de la noche.

Sabe que no se debe quejar. Nunca se debe quejar o la reina Nia le hará pagar por ello de una u otra forma. Si bien su corazón es puro, está lleno de pura maldad. Cree ser una líder justa, implacable y honorable pero todos saben la verdad. El temor es el que rige su ley, el que ofrece su lealtad. Todos quieren verla muerta pero nadie tiene el valor necesario para lograr tal cosa.

Ni siquiera ella.

Debería odiarla. Debería odiarla con toda su alma pero Ontari más que ninguna otra persona en el mundo sabe lo que ocurre si la desafías. Algún día las cosas cambiaran, serán diferentes.

Algún día la Nación del Hielo no tendrá una reina, tendrá una Heda y será ella. Cuando ella comande, todo cambiara. Todo menos ella.

No puede dejar de pensar en lo que ha sucedido esa misma mañana. Podría haberle cortado el cuello a cualquiera que la doblegase de esa forma. Era rápida, era fuerte, era ágil y estaba preparada concienzudamente para pelear. Para lo que no lo estaba era para ver el miedo en los ojos de Roan frente a Nia.

La reina conocía de antemano como reaccionaría Roan si la vida de Ontari se veía amenazada por ella. El amor no tenía cabida en su corazón y por eso no podía tener cabida en el corazón del resto.

La piedad era cosa de débiles. Los sentimientos puras minucias en comparación con el poder y la voluntad. Regir con mano de hierro y ganarse el temor de sus enemigos era todo lo que un buen líder debía demostrar según ella. Incluso si quien te temía era tu propio hijo.

Se compadecía de él. Roan siempre estuvo a la altura de las circunstancias, solo que a Nia nunca le pareció suficiente. La reina hubiese querido un hijo mucho más cruel y despiadado. Alguien desalmado como ella, y como Roan no bastaba encontró en Ontari la pieza perfecta.

Ontari era inocente y dulce antes de ser capturada por Azgeda. La reina la entrenó, la corrompió y la destruyó hasta que todo signo de debilidad quedo fuera de ella. Pisoteo sus sentimientos y descartó sus emociones hasta que simplemente no quedó nada. Y cuando Ontari creció, Roan sencillamente la conquisto echando por tierra todo el trabajo logrado por su madre.

Cuando Nia se entero de ello, castigó duramente a Ontari y a Roan le desterró. Ontari sería la única Heda que la Nación del Hielo tendría y guerreros que poder defraudarla como lo hacía su hijo los tenía a millares.

No sintió remordimiento alguno al hacerlo. Es más, desterrarle de Azgeda y mostrar su vergüenza al mundo era una de las cosas de las que más se enaltecía.

Ontari ni siquiera pudo mostrar pena alguna por él. Se vio forzada a enterrar esos sentimientos y a con el tiempo hacerlos desaparecer. Se le prohibió recordarle, nombrarle. Cada falta se castigaría aún peor que la vez anterior.

Ontari dirigió la mirada hacia su lecho vacío, viendo la larga espada que se apoyaba a su lado contra la pared. Era lo único que conservaba de él. Se la había regalado cuando eran apenas niños y recién había descubierto la importancia de ser una Sangre Nocturna.

El único regalo que alguien le había hecho jamás.

Por supuesto, Nia desconocía eso. De ser así, también perdería la espada o probablemente haría matar a Roan con ella. A la única persona que Ontari debía amar, respetar y obedecer era a Nia. El resto era sencillamente prescindible.

En ocasiones le gustaba cerrar los ojos e imaginar como serían las cosas si Lexa ya estuviese muerta y ella fuese Heda. Le gustaba hacerlo hasta hoy.

Ahora lo único que quería era convertirse en Lexa para poder estar junto a Roan. Qué caprichoso destino aguardaba a ambas, se preguntó.

Un tibio sonido, apenas perceptible al oído humano captó su atención y la hizo volverse de inmediato. Cuando una oscura figura se adentró en la habitación, Ontari se desplazó rápidamente dispuesta a rescatar su espada pero en cuanto la empuño y levantó la vista para enfrentar a su atacante la dejó caer al suelo.

Roan, príncipe de Azgeda y heredero desterrado de la Nación del Hielo se retiraba la negra capucha de la abrigada capa en silencio frente a ella.

El rostro de Ontari súbitamente cambió.

—No puedes estar aquí —susurró de inmediato ella imponiendo su voz—. Si la reina se entera...

Roan que alzo la mano en señal de que callase dio algunos pesados pasos hasta quedar frente a ella. El corazón de Ontari se aceleró en una mezcla de miedo y angustia de que la reina los descubriera.

—Si los guardias... —recordó ella inquieta antes de sentir como Roan se inclinaba capturando sus labios muy lentamente con los suyos brindándole un autentico beso que la acalló.

—Llevó tanto tiempo queriendo volver a hacer esto —murmuró Roan en apenas un susurró al separar sus labios de los de ella.

Ontari prácticamente se derritió con aquel beso y a pesar de que el deseo le apremiaba el corazón, el recuerdo del dolor y la razón se oponían a ello.

—No podemos —susurró ella algo afectada viéndole a los ojos con amor.

—Shh... —la acalló él colocando un dedo sobre sus labios antes de contemplarla completamente encandilado por su belleza. Esos ojos, esos labios... su cabello, todo en ella le resultaba exquisitamente embriagador, y aunque sabía que el futuro le deparaba caminos distintos. Él necesitaba que prendarle con ese amor.

Al menos una última noche, al menos un último amanecer.

Mañana el cielo bien podría venirseles encima pero en esos instantes ella iba a ser suya y Roan iba a pertenecerle siempre.

Antes de que Ontari se pudiese lamentar, Roan acerco su cuerpo al de ella capturando nuevamente sus labios con los suyos al tiempo que deslizaba la mano por su cadera.

Ontari se estremeció, y pronto aquel frío que había sentido durante toda la noche desapareció. La temperatura pareció ascender en toda la estancia y el calor de Roan se convirtió también en su calor. Hacía tanto tiempo que ella anhelaba esto. El calor, el volver a sentirle.

El invierno eterno de Azgeda dejaba de serlo cuando Roan la acariciaba de esa manera.

Ontari pegó su cuerpo aún más al de él y pronto se descubrió besándole con la misma necesidad y pasión con la que él la besaba a ella. Una incesante voz en su cabeza le advertía del serio peligro de lo que estaban a punto de hacer, no obstante su corazón saltaba dentro de su pecho con alegría. Ella no quería nada más, no quería poder, no quería honores o fama, tan solo poder estar con Roan.

¿Acaso era demasiado pedir por años de lealtad y sometimiento?

Al parecer si...

Una parte de ella quiso rebelarse, quiso exponer la injusticia pero Ontari sabía que solo tendrían esta vez.

Una última vez para amarse. Una última vez para recordarse, e iba a deleitarse con ella porque el mañana en Azgeda no se le prometía a nadie y ninguno de ellos sería una excepción para la reina.

Sintió las manos temblarle cuando sin dejar de besarle, las acerco a sus anchos hombros despojándole de la pesada capa que cayo tras él. Los labios de Roan bajaron entonces por su cuello al tiempo que la hacia retroceder hasta la cama. Ontari no tardo en sentir el sufrido colchón hundirse bajo su espalda y el peso de Roan acaecer sobre ella. Ontari busco nuevamente su calor, sus labios. Sus manos se perdieron hasta encontrar la apertura de su pantalón y casi con obstinación ciega jalo de él hacia abajo buscando hacerle libre.

Roan exhaló en sus labios al tiempo que perdía la mano bajo su pesado vestido que hacia al tiempo de camisón. Ontari gimió y se irguió buscando sus labios con pura necesidad. No podía ni creerse que esto estuviese pasando pero cuando Roan se movió adentrándose cuidadosamente en ella y sintió todo su calor, el sueño se volvió de nuevo realidad.

Si que estaba pasando, si que la quería aunque a Nia le gustase pensar que no. Ella no era la maldita propiedad de nadie, ella era especial. Una natblida, una guerrera, Nia no podía seguir negándose a reconocerla como tal. Aunque no fuese una reina, ella también valía.

Valía para Roan, valía por y para él.

Y aunque extrañamente con eso se conformara, algún día volvería con él porque eso era lo que necesitaba creer. Y lo necesitaba porque si no lo hacía, si sucumbía a la tristeza y a la desesperación, se rendiría y seguramente...

No volvería a ver un nuevo amanecer.

Continuara...