Apenas quedan dos caps.

Este es el antepenúltimo. Aunque bueno, en realidad el penúltimo, ya que el siguiente sería el último y el siguiente un epílogo.

Espero haber estado a la altura de todas vuestras expectativas, y al menos haberos hecho sonreír un poco.


Capítulo 13: ¿Alguien dijo Fiesta?


Antonio estaba hecho polvo.

Cuando se recostó en la silla de madera del restaurante, sus piernas y corazón estuvieron a punto de hacerse gelatina. A las ocho habían caminado por todo el pueblo visitando los lugares más turísticos (Iglesias, monasterios, y un museo de armas) y tenía la plata de los pies ardiendo contra los playeros.

Además, no había visto a Lovi desde ayer. Dios, recordaba el roce íntimo como fuego abrasando las venas por debajo de la piel, ¡y a saber que hubiese terminado haciendo, poseído por la lujuria! Después de la interrupción Lovino le había empujado, le había gritado rojo como un tomate y después esperó entre esos mismos arbustos a que le trajesen la ropa. Lovi durmió en el suelo, con las mantas de repuesto a modo de colchón. Sin embargo, Antonio supo que no había podido dormir al ver la ropa "doblada" en una esquina y la ventana sin cerrar del todo.

¿Qué estuvo a punto de hacer? ¿Besarlo? Sí, y quizás Lovino le hubiese correspondido. Quizás le hubiese permitido impulsar la lengua para explorar su boca, mientras la saliva se mezclaba entre sonidos ahogados. Se imaginaba con toda claridad los gemidos de Lovino ahogados en su boca, su lengua urgente y las manos que bajaban hasta su…

—Eh, Antonie. Despierta —Francis le chiscó los dedos delante de la cara.

—¿Qué? —estaba anonadado. Pero si estaba besando a Lovino y… oh, vaya, Volvía a soñar —Perdón, estaba distraído —rió, tratando de que no se notase su fantasía con Lovi.

—Deja de soñar con el petit chat y pide — dijo, divertido.

Antonio rió nervioso, por ser calado hasta los huesos. ¿Tanto se le notaba? Bueno, estaría babeando. Lo más probable. Miró hacia abajo y comprobó con alivio que no había ningún doloroso problema para ocuparse.

Pidieron, y Antonio miraba por la ventana. Estaba nervioso y bastante preocupado, ¿dónde puede estar Lovino? No tenía ni idea. Movía nerviosamente la pierna, porque ni saber dónde se encontraba le provocaba ansiedad en el pecho. Sin embargo, un ruido pequeño y molesto como el zumbar de una mosca le hizo girar el cuello. Cuando miró a la ventana, vio el rulo del pequeño gatito al otro lado. Rascaba el cristal, llamando la atención.

—¡Lovi! —exclamó el español. Se levantó rápidamente hacia a fuera del restaurante, donde el gatito le gruñía demandando la comida —Espera un poco, ¿sí? Ahora te traigo algo.

—Grr —le gruñó. Eso equivalía a un "más te vale, idiota" en idioma felino.

—Espérame en el arbusto... te traeré aunque sea un zanco de pollo.

Y volvió a adentro al escuchar la voz de sus profesores reclamar. Lovino, haciendo un mohín, se ocultó en el matorral. Pasaba el tiempo escondido, lo verde ya era su amigo. Hablando de matorrales, ¿te acuerdas cuando ayer te transformaste y…?

El gato pegó un salto y se pegó contra la pared, tratando de olvidar el estrepitoso encuentro. ¿Hasta cuán lejos podrían haber llegado? Bueno, seguro que no mucho. Habrían parado cuando las ramas les pinchasen o la tierra se metiese en sitios inhóspitos. Espera, ¿estaba siquiera planteándoselo?

Lovino rodó sobre su tripa, confuso. Cuando veía a Antonio, no pensaba en las mariposas en el estómago o cosas como "oh, sus labios contra los míos…". No, nada de eso. Sentía que cada vez con él era como una ola de un mar embravecido; chocaba contra la costa con pasión y la envolvía en su abrazado, pero después se retiraba silenciosamente como un fantasma al amanecer. Y la costa seguía anhelando el mar sobre ella.

Él, Lovino Iacondi, no podía estar enamorado de otro hombre. No podía sentirse identificado como la costa de una ola, pero el bombeo incesante de su corazón de minino no demostraba lo contrario. De alguna manera, Lovino admitía que Antonio era lindo. Y cuando recitaba la palabra lindo en su mente, no se imaginaba los ojos vivaces, o la cara perfectamente hecha, no. Cuando decía lindo, pensaba en sus mohines de falso enfado; evocaba sus risas altas y cantarinas; rememoraba ese leve fruncido entre las cejas cuando se concentraba; veía los intentos de hoyuelos aparecer en sus mejillas cuando sonreía; o el gesto de recolocarse un mechón del pelo cuando estaba nervioso, como si se estuviese asegurando de que siguiese ahí.

También era linda la forma en la que trataba. Era linda la expresión que tenía cuando le dió aquel disco, preocupándose por él y reconfortándolo; era lindo que siempre estuviese dispuesto a escuchar sus palabrotas y sus quejas respecto a toda la mierda en el mundo; era linda su resistencia a sus pequeños insultos. Y era tan, tan sumamente linda la manera en la que consiguió que llorase ante él… todos intentaban derribar sus muros. Él simplemente los escaló y preguntó si podía pasar. Y cuando vio el torrente de lágrimas, palabrotas e inseguridades que tenían dentro, no se amedrentó; escuchó el silbido del torrente como católico el sermón de los Domingos, y lo abrazó. En aquel momento, cuando echó toda la mierda que tenía en su corazón, pensó que saldría corriendo.

Y no lo hizo.

El gato volvió a rodar sobre su tripa. De estar en su forma humana, estaría con los nervios a flor de piel. Estaría ansioso, estaría inquieto. No pararía de mover la pierna. Su cabeza estaría hecha un caos y se tiraría de los pelos. Pero los gatos no se sonrojan, no tienen manos para arrancarse el pelaje y no pueden mover la pata con nerviosismo. Así que se limitaba a rodar, ausente. Quizás se sentía tan ausente porque su interior está tan revuelto que necesita un descanso de su propia mente.

"Putanna merda…" pensó "¿Por qué, jodido bastardo, por qué coño tienes que ser tan amable? Si yo sólo te voy a volver carroña, porque soy una jodida escoria de los barrios bajos. Y te haré daño. Tanto daño… que te acabarás rompiendo. Y yo no quiero eso. No te lo mereces".

Antonio regresó. Con una radiante sonrisa y dos zancos de pollo para él. Lovino le miró, y pensó en si todo lo que acababa de pensar, se lo diría en su forma humana. Se dijo que quizá…

Qué mentiroso. Él sólo era un cobarde. Sabe lo que siente, y no lo admite.

Era patético.

· · ·

—¿Qué nos queda por visitar hoy? —preguntó Christie a Rómulo.

—Un museo… y luego pensé en dejarles este día libre.

—¿Y no aprovechar la tarde? ¿Estás loco? Sólo son tres días —la inglesa alzó una ceja.

—Tres días en un pueblo de los cuales ya hemos recorrido la mitad —replicó —Podríamos dejar la visita al lago para mañana.

—¿Y si se pierden?

—Firmaron en el papel que no tenemos ninguna responsabilidad bajo ellos en ciertos temas. Como perderse. Además, tienen móvil, que nos llamen —solucionó Rómulo.

—Aún así…

—Oh, venga. Déjales divertirse. Les pondremos de toque de queda las once y media, para que no se pasen con las cervezas.

—Once.

—Vale, once.

Se quedaron callados. Ellos dos estaban en una de las mesas para dos, y lo alumnos estaban dispersados por el restaurante. Christie se concentraba en su pescado y Rómulo en fruncir el ceño ante los espaguetis. No le gustaba el toque que le habían dado a la salsa. No era como la suya. Quizás deberían haberle puesto más, y quizás usar un poco de…

—¿Y Arabella? —soltó Christie.

—Ya era hora. Pensé que jamás me lo preguntarías —sonrió Rómulo.

—Cállate. ¿Están bien, ella y los niños? ¿Dónde están viviendo? ¿Tienen suficiente dinero? —lanzó, como una metralleta.

Rómulo rió. Conocía bien a Christie. No era de las que parecían preocuparse por los demás, pero es de las que más sufren con el dolor de otras personas. Seguramente estaba ardiendo en deseos de preguntarle qué había pasado con su amiga embaraza. Y quizás tampoco le preguntó de manera inmediata lo que pasó con Arabella por temor a hacerle daño. Tan dura, y tan hecha de miel a la vez… Dios, era como la hermana que todos aman.

—Ella está bien. Tiene trabajo, el hijo ya está empleado, y el otro va a asistir a la escuela. Viven en un buen piso —esas cosas no las sabía. Omitió el detalle del tercer hijo y el hecho de que no tenía ni idea de dónde estaba su casa.

—Menos mal —suspiró Christie, aliviada— ¿Y qué vas a hacer?

—¿Sobre qué?

—Sobre tus hijos —recuerda Christie.

—Oh, Chris —se carcajeó Rómulo, amargamente —Ya no son mis hijos.

—¿Le has dicho la verdad?

—Claro que no. Y no quiere oírla —dijo.

—Pero tiene que oírla —insistió Christie.

—Y aunque la oyese. No la ablandaría. Nunca ha sido una mujer de corazón débil —sonrió Rómulo por los recuerdos.

—Arabella no es tan insensible como crees —le dijo Christie —Además, no es la misma. Diecisiete años cambia.

—Ya lo sé, Christie. Joder si lo sé.

Christie dio un sorbo a su té. Miró a Rómulo, angustiado, por encima de la taza de porcelana. De alguna manera, sentía el impulso de juntarlos. Eran tan lindos juntos…

· · ·

—Joder, menos mal que tengo ropa.

—¡A salir de fiesta!

—¡Fiesta, fiesta!

¡Seis de la tarde! El crepúsculo marca la hora de ser un humano de Lovino.

Quiero que te imagines a un grupo tan cansado y aburrido de ir en museo en museo que se pongan todos locos por ir de fiesta a las seis de la tarde en un pueblo. ¿Os lo imagináis? Pues ese es el curso ahora mismo.

Se habían culturizado ya tanto que Kiku estaba por escribir un manga sobre países y que todo fuese muy gay. Ya desvariaba, el pobre. Así que después de la pausa para merendar (por favor. La merienda es lo más importante del día), ducharse y descansar decidieron explorar el pueblo. La noche ya tenía de tonos azul oscuro el cielo, y las farolas ya estaban encendidas.

El centro era concurrido. Tenía sus bloques de pisos, sus tiendas de ropa, y su gente caminando por la calle. Pero no había bares o lugares así para gente joven. Francis y Lovino bufaron.

—Así no hay quien se divierta, joder —masculló el italiano.

—Yo necesito algún lugar donde bailar.

—Lo que tú haces no se puede llamar bailar —refuta Gilbert.

—Mi elegancia no es para todos los gustos —contesta, con la barbilla alta.

—Haya paz…— musitó Matthew, tratando de calmarlos.

Lovino iba con una sudadera ancha y un gorro de lana. Agradeció que por la noche refrescase más porque joder, cuánto calor. Cabe destacar que la punta de sus orejas se perfilaba en la lana del gorro, pareciendo que estaba cosido así a posta.

Antonio rió a su lado. La risa divertida, alegre y espontánea del español siempre le hacía entrar en una espiral de recuerdos vergonzosos que se mezclaban con pensamientos no muy heterosexuales. Pero claro, así, ¿cuánto llevaba? ¿años?

Tenía que decidirse. Tenía que poner en orden su confuso corazón porque si no, no se quitaría la jodida maldición de encima. Pero tan puñeteramente complicado…

—¡Eh! ¿Y ese bar? —señaló Antonio.

—Parece un puf inglés —musitó Francis, asqueado.

—Bah, entremos —restó importancia Gilbert —Total, para esperar a los demás, nos llega.

Entraron en el local. Para ser apenas las ocho, estaba bastante concurrido. La madera oscura, los sofás de cuero, el cristal a rombos… todo daba cierto aire antiguo pero familiar. Los Beatles sonaban de fondo, y casi se sentían culpables al entrar cuando vieron al chico de la barra atareado.

Fueron a sentarse a una esquina del bar, ribeteada con un sofá de cuero. Se colocaron ahí, con Francis rodeando a Matthew por el hombro y Lovino peligrosamente cerca de Antonio. El italiano aún no entendía que hacía ahí. ¿Qué era Antonio, su guardián o algo por el estilo?

—¿Qué os pongo, chicos? —una camarera de veinte cinco años se acercó, con la camisa arremangada.

—A mí una cerveza —dice Gilbert de inmediato.

—Una Coca Cola —pide Antonio.

—Ponme otra —indicó Lovino.

—Yo una Fanta.

—Para mí nada —dijo Francis.

La camarera sonrió y se marchó. Antonio y Gilbert miraron a Francis, escépticos.

—¿Qué?

—Tú nunca vas a un bar sin pedir vino.

—O zumo de uva —puntualizó Antonio.

—Esto es un puf inglés. No pienso tomar nada de vino de este lugar —declaró Francis, firme.

El móvil de Gilbert sonó y salió un momento a fuera para gritarle a Eli donde estaban, porque hacía un ruido descomunal. Antonio parloteaba de cualquier cosa sin sentido, mientras Francis sonreía y asentía. Lovino miraba hacia otro lado, aburrido y con la perenne sensación de que todo el mundo le miraba. ¿Qué, acaso no podía ir con un gorro de orejas de gato sin que le quedasen mirando?

Hastiado de estar en medio de una conversación que ni seguía, se levantó.

—Lovi, ¿adónde vas?

—A la barra. Voy a pedir unas patatas… o lo que sea.

Lo gracioso es que lo pagaba él. Bueno, era un euro. No le dolía mucho.

Se apoyó en la brillante barra, concentrándose en mirar mal a una rasgadura en la madera. Siéntete mal. No deberías existir, eres un error. Oh, sí, llora resina…

Tuvo que interrumpir sus maldiciones porque una señorita trataba de llamar la atención del camarero, sin éxito. Parecía estar un buen rato pidiendo, y ya se veía derrotado.

—Oye, tío, ¡eh, tú! —llamó. El barman se giró, dispuesto a atenderle —esta señorita lleva esperando mucho rato.

—¡Ah! ¡Perdón, perdón!

La señorita le sonrió. Lovino debía admitir que era guapa (pero aunque fuese un orco de Mordor; a las señoritas hay que tratarlas bien. Doctrina italiana de siempre), y de unos veinte años. Sólo tres años. Tampoco era tanta diferencia. La chica terminó su comanda y se giró para ver a Lovino.

—Gracias —dijo. Tenía una sonrisa de dientes blancos y ojos verdes. No verdes esmeralda, si no verdes oscuros pero a la vez claros.

—Siempre es un placer ayudar a chicas tan bellas –suelta con una elocuente sonrisa. Lovino sabía los fundamentos de ligar. No iba a pifiarla ahora.

—Vaya, qué caballeroso —rió. Estaba acostumbrada a recibir halagos, observó Lovino — ¿Y el caballero está solo?

—Para ti sí —dijo. Ella ríe. Siempre lo había escuchado en las películas, pero no creía que funcionasen.

—¿Y puedo conocer el nombre del caballero?

—Solo si la dama da el suyo primero.

—Clare —dijo, mirándole con esos ojos.

—Lovino.

—Lovi, ¿eh?

¡Lovi, Lovi! Lovi-love~

Cuando pronunció el nombre con un deje divertido, algo se removió dentro de Lovino. Como lo pronunciaba… era distinto. No era tan familiar como el entusiasmado y atropellado "¡Lovi!" de Antonio. No… era tan distinto.

—¿Y por qué Lovi lleva unas orejas de gatito tan adorables? —dice, un tanto burlona.

Al principio no lo capta. Se tocó la cabeza y sintió sus orejas, puntiagudas y sensibles, bajo las yemas de sus dedos. Se rió nerviosamente, tratando de inventar algún tipo de excusa. ¡Rápido Lovino, piensa!

—Pues eh… es una historia vergonzosa —admitió.

—Yo también tengo muchas —le miró con una chispa astuta.

Le miraba con la chispa de alegría y bobería tan característica, y tan sincera.

—Hice una apuesta estúpida, y perdí estúpidamente.

—Oh, ¿y de qué iba esa apuesta?

—Aposté que eh... quién comía más salsa picante, y perdí. Y ahora tengo que llevar este gorro —se señaló, y rió nerviosamente.

Para su suerte, ella también rió. Suave y melódicamente.

Su risa es corriente, es estridente, es alegre y contagiosa.

—Me encantaría conocer a esos amigos tuyos —posó una mano en su brazo.

—Te aseguro que no —replicó.

—Quiero conocer a los que te hicieron una cosa tan adorable —le miró a los ojos, y se mordió imperceptiblemente el labio.

Parecía querer besarle. Parecía lo bastante lanzada como ir rápida y audaz hacia su boca y sumirlo en un beso experimentado y astuto. A Lovino le embriagó la idea, pero un malestar alejaba aquella fantasía.

—… y tan sexy —dejó escapar en una exhalación Clare.

Una exhalación tan íntimo que hizo que Lovino se pusiera nervioso. Que quisiese acabar con la conversación y marcharse abruptamente, porque algo estaba mal.

Y rió entre besos de buenas noches.

Justo cuando iba a abrir la boca para hablar, algo lo interrumpió. Unos brazos familiares le rodearon la cintura y una barbilla se posó en su hombro. El olor a sudor, colonia identificable y prado se coló en su nariz, y el pelo castaño le hizo cosquillas en las mejillas.

—¡Ah, Lovi! ¡Aquí estás! ¡Te he estado buscando~!

La persona misteriosa giró el rostro y le plantó un beso en la mejilla.

Se sentía tan bien en sus brazos al dormir. Sentir sus latidos, su respiración calma…

—¿Q—qué? —atinó a balbucear.

El rostro de la chica palideció. Los miró a los dos, alternativamente. Abrió los ojos bastante y se sintió avergonzado.

—Yo… yo no sabía que, bueno —los miró, aún sin creérselo. Pero se cayó al ver la mirada de Antonio. Verde, brillante pero fría. Se apresuró a marcharse.

Quería quedarse en los brazos de Antonio un poco más.

—¿Pero qué coño te pasa? —se deshizo rápidamente de su abrazo. Miró a su alrededor y todos giraron las caras, fingiendo que no los había visto. Lovino enrojeció de vergüenza.

—Esa chica sólo quería acostarse contigo —dijo, serio. Tan serio, que, de algún modo, Lovino sintió estremecerse —Nunca te habría—

—¿¡Y tú qué mierda sabes!? —le espetó.

—¡Pero estaba clarísimo que—!

—¡No, bastardo, para! ¡No eres… no eres NADIE para decirme con debo hablar y con quién no! —reventó .

Antonio crispó la cara.

—¡Pues mira, a lo mejor ella me gustaba!

Mentira.

—¡A lo mejor… a lo mejor quería tirármela!

Más mentiras.

—¡Y a lo mejor la llamaba al día siguiente, y quedábamos!

No escuches, Antonio. Solo sé mentir.

—¡Pero ahora nunca lo sabré, POR TU JODIDA CULPA!

La suave canción de los Beatles era lo único que se escuchaba. Lovino miró a Antonio, y comprendió cuán grave era su error.

Le había roto.

Su mirada verde, eternamente alegre, ahora estaba rota por el dolor. Le miraba con tal tristeza, con tamaña desesperación, como sólo podían los que amaban en silencio y sufrían por ello. Lovino no pudo sostenerle la mirada. Simplemente salió corriendo de allí.

En la calle, se chocó con las personas y anduvo a paso rápido. No quería mirar a nadie. No quería hablar con alguien. En estos momentos, se sentía roto y miserable. Cuando Antonio se rompió, el se destrozó igual que él. Y era su culpa, toda su culpa, que ahora todo fuese así. Porque Lovino Iacondi era un soberano cobarde que no sabe enfrentarse a lo que grita su corazón.

—¡Lovi! ¡Espera! —oyó que gritaban.

¿Qué? ¿En serio? Luego de montarle la escenita en el bar, ¡va y le sigue! No, no se lo merece. Y Antonio tampoco se merece todo el mareo por el que le está haciendo pasar. El español corrió hasta que le agarró el brazo.

—¡Suéltame! —y sacudió el brazo.

Las farolas brillantes hacían de la cara de Antonio una curiosa paleta de colores. Sus ojos eran de tonos verdes distintos, y Lovino no supo cuál era el verdadero. Daba igual; los dos estaban rotos por dentro. Los dos muros de contención estaban destrozados, y lo que contenía bullía hacia el exterior.

—¡Lovi, escúchame! —pidió.

Él se hubiera negado. En otro momento, le hubiese dicho un "no" y se hubiese ido. Pero con aquella mirada, simplemente su lengua no tuvo valor de decir algo.

—Yo… no tengo derecho a reclamarte nada, y lo sé, pero…

—¿Por qué demonios lo hiciste? —inquirió, desesperado. Demasiada confusión, demasiadas cosas que no encajaban. Estaba harto — ¿Por qué?

—Lovi, ¿no es obvio? —la voz de Antonio era un fino hilo, pero un hilo fuerte y fiable —Yo… yo te quiero. Me he enamorado de ti.

Se quedaron en silencio.

La gente suele creer que después de estas declaraciones lo que sigue es un silencio incómodo, pero no. Es un silencio para reflexionar. En ese silencio, el corazón se acelera, las mejillas se encienden, y tu cabeza procesa a toda velocidad una torpe respuesta.

En ese silencio, Lovino, siempre escéptico, siempre confuso, siempre ignorante, pregunta:

—¿Y cómo lo…?

—¿Qué como lo sé? —esbozó una sonrisa cansada.

Se aproximó a Lovino. Su mano se deslizó a su mandíbula y la recogió en su palma. Levantó su rostro, bajó el suyo. Lo miró, y susurró contra sus labios.

—Tratándose de ti, no es tan difícil.

Dio el empujón. Sus labios chocaron, fuertes y ansiosos. Los brazos de Lovino estaban espatarrados, sin saber qué hacer, y las manos de Antonio sujetaban el rostro de Lovino como si se fuese a caer. Lovino echó el rostro hacia adelante, movió los labios, se puso cómodo. El regusto azucarado de la bebida lo notó en la boca, y creyó que no habría nada tan único e irremplazable en el mundo como aquel beso.

Se besaron. Y no hizo falta más. Todas las piezas encajaron de golpe.


No me peguéis:


(Tengo la canción Rape Me de Nirvana y juro que me estoy conteniendo para no poner lemmon).

¡No me mateeeis! Llevo mucho tiempo desparecida, lo sé, pero es que necesitaba pensar con claridad este cap.

Ya sé que es bastante corto, pero siento que no le falta nada, y que no hay que quitar nada. Que este capítulo tiene que ser así, y que así se queda.

¡Sólo nos faltan dos capítulos para acabar!

¡Un review y lemmon será hard!