Los personajes le pertenecen a Meyer.

Gracias a mi beta Jo, quien es un amor.

Mi Edward, ¿cómo lo llamaremos? ¿Dickward? ¿Fuckingward? Yo lo quiero llamar Lonelyward.


Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD

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Capítulo 13

Había soñado con ella durante dos noches…

Soñé con sus ojos castaños mirándome desde sus espesas pestañas, soñé con la luz que de ellos se desprendía.

Había soñado con ella… con esa mujer misterio… con esa mujer que se deslizaba entre la oscuridad; mis delirios y fiebres.

Dos días,

Dos noches…

Y había soñado con ella.

Soñé con su cabello de seda, una cascada oscura con visos rojos, cabello que cubría su espalda y que pesadamente se movía entre los espacios.

Soñé con su cuerpo, con la luz que se deslizaba entre una puerta y un territorio oscuro, soñé con su boca, de sabor mentolado, la cual había hecho que mi regla de no besar se rompiera… que hizo que el deseo dormido por tocar sus labios de textura durazno, me enloqueciera.

Soñé con ella.

Sí.

Soy de esos casos raros de hombres que nunca recordaron que soñaban; durante años, dormir era sumergirme en lugares oscuros, en un letargo pesado donde mi cuerpo, mis músculos y mis sentidos eran absorbidos por un caer lento hacia la nada. Todo empezó cuando mi madre enfermó. Esa época donde, durante el día, verla agotada por el dolor y la enfermedad hizo que mi vida consciente girara en esos momentos donde yo existía junto a ella y el caminar lento y rotundo de su cáncer. Me concentraba en estar allí, en hacerme el fuerte, en ir hacia la noche y follar como un maldito animal, en ganarme el dinero para que ella pudiese tener dignidad y luego, cuando el cansancio tomaba mi cuerpo, me tumbaba en cualquier parte y sólo deseaba irme y no despertar. Todo empeoró con la locura de mi padre, cerrarme, oscurecer mi mente, perderme.

Soñar era para mí el alargamiento de mi vida; soñar era una mierda donde los rostros de mis padres me atormentaban; soñar sabiendo que la muerte, la demencia y el asco tomaban mi existencia.

Después cuando ella se fue, mi mente agotada y muda, se acostumbró a la oscuridad.

Poco a poco dejé de preguntarme por qué no soñaba, de manera tranquila acepté que —un hombre como yo, que se había entregado a su vida de sexo maquinal y depravado, a su vida de noche, a su cinismo, al fluir entre la rutina de un hombre sin futuro en el día, y de coños lúbricos, coitos teatrales y pieles diferentes en la noche—, yo, Edward Cullen, acepté que no soñaba, tan sólo porque soñar era para hombres que sentían.

Y yo, no sentía una mierda.

Pero dos días atrás, yo soñé.

Y soñé con ella.

Puedo decir chicas que, mis sueños con aquella mujer misterio no sólo era recreando sus ojos, cabello o boca. No niñas, mis sueños eran lo que en esencia represento ¿qué le piden a un tipejo como yo que dejó que su pene fuese el centro de su existencia? No mis bombones… yo soñé con mucho más.

Relamo mis labios y recuerdo mis alucinaciones.

Vi su coño rosado abierto como flor para mí, vi como palpitaba como una flor pulposa, y me vi con mi lengua circundado cada uno de sus pliegues.

Soñé con sus senos, los mordí hasta endurecerlos y lastimarlos, derramé mi saliva en sus pezones y me vi follando entre ellos.

Parado frente a ella, mis ojos dementes, fueron hasta el momento en que aquel ángel tomaba mi verga y la llevaba hasta el fondo.

¡Mierda! ¡Qué lindura!

Estuve allí, en un momento, en que aquella anudaba sus piernas en mi cintura y yo golpeaba duramente su centro, ¡qué dolor! ¡Qué jodido éxtasis! Me enterraba dentro de su cuerpo pequeño, el ritmo de mis embestidas eran rotundas, sin tregua, mis caderas animadas por el deseo de penetrar hasta el fondo me hicieron cruel. Escuché el bofetear de nuestras carnes, de su espalda golpeando la pared, la cama, pude sentir el calor, la humedad, la presión y la sujeción de su sexo sobre mi verga dura y famélica.

Ella…

Sus ojos abiertos.

Sus senos en movimiento siguiendo mi ritmo.

Su boca. ¡Joder! Su boca que me enloquecía, su boca que no dejaba de morder, besar, acariciar y penetrar, yo y mi verga la sometían, yo y mi lengua entre su boca que anunciaban mi rendición.

Me tensaba, no quería llegar, quería prolongar aquel maldito sueño, quería estar dentro de ella, en el sueño una furia absoluta me inundaba, ella pedía piedad, se abalanzaba hacía el final y yo la sometía, retrasaba su placer, porque yo —malditamente egoísta—, sólo quería aquel penetrar, aquel besar, aquel momento en que me perdía entre su coño y matriz.

Una felicidad demente, una paz quemante, un ardoroso deseo de no despertar.

Y lo hacía.

Y me odiaba.

Y la odiaba a ella.

Y quería dormir de nuevo.

Me levanté de la cama, el semen corriendo por mis piernas, ese era yo… siempre erecto y vacío.

Intenté dormir… intenté volver, mas mi cuerpo y mi mente se negaban.

Me di una ducha larga y prolongada con la imagen borrosa de aquella mujer en mi cabeza.

¿Qué mierdas me pasaba?

¿Qué hizo que aquella puta media hora con ella en aquel cuarto de hotel y yo estuviese así?

Cerré los ojos y permití que el agua helada entumeciera mi cuerpo.

Repasaba la vida onírica y plena que en sólo dos días tuve, pensé en la geografía de aquella mujer.

En las imágenes de su cuerpo anudado al mío, en sus gemidos, contorsiones y movimientos.

Todo era tan perfecto y todo era tan asquerosamente irreal, porque yo sé, que aquel coño rosado y pulposo no era el de ella, porque sé que aquel cuerpo desnudo pidiendo ser violado por el mío no era su cuerpo, porque sus senos no eran los de mi mujer sin nombre…. ¡No soy idiota! Sé que los sueños son recuerdos y deseos de mi subconsciente, mi mente no puede crear imágenes de algo que no conoce, de algo que no ha sentido, de algo que le fue negado.

Un rugido de rabia se agolpó en mi garganta y me di de topes contra la fría y dura pared de la ducha.

¡Eres un imbécil!

Aquel sexo.

Aquel cuerpo.

Los gemidos.

La piel.

El calor…

Todo, era el resumen de todas mis amantes, todo aquello que eran ellas, coños jugosos, senos que se balanceaban, pieles dispuestas, nada de ella en aquel sueño eran reales.

Nunca la vi desnuda.

Y no la vería.

Nunca vi su sexo palpitar y contraerse, nunca vi más allá de aquel vestido oscuro que cubría su cuerpo, algo de piel, algo de nada.

Solo el beso era real, solo su boca y su lengua, sólo su cabello castaño rojizo, sólo sus ojos grandes y misteriosos… solo mi deseo, solo mi curiosidad.

Una mujer que vino a mí una noche, quince minutos y con su presencia difusa y silenciosa hizo que yo, un puto de porquería entendiese el significado de la palabra codicia.

¡Demonios! Dormir, dormir… dormir.

Me puse mis pantalones de ejercicio y me largué al gimnasio, caminé entre la gente con la capucha negra cubriendo mi cara, aun así todos se volteaba a mirarme, quizás un halo de oscuridad y peligro se desprendía de mí, quizás era como Aro me enseñó un día:

Chico, cuando llevas años en esto, sabrás que cada paso que des será sexo, y que cada respiración que hagas será sexo, poco a poco te convertirás en un animal peligroso.

No, yo me había convertido en un ser humano solitario y cuando la gente volteaba a mirarme, solo veía un hombre de un metro noventa de estatura que tácitamente gritaba: ¡no me toquen!

Me detuve en el cajero y allí en mi cuenta bancaria tres mis dólares más, Jasper era un tipo honrado, hizo que el viejo padrote de Aro pusiera el dinero en la cuenta. El informe de ingresos mostraba cuánto dinero había allí… demasiado para mi gusto, demasiado para gastar, repasando cada número entendí que ya ni siquiera sabía en qué gastarlo, pero no importaba, lo tiraría como un cretino, sin importarme nada más.

Al llegar al gimnasio me encontré con Emmett y con James, gruñimos en saludo de reconocimiento, nunca hablábamos cuando estábamos en lugares públicos, era lo mejor para todos, no hacernos a la ilusión de ser amigos en momentos donde aparentábamos ser seres anodinos de una sociedad.

Le di una mirada a Emmett quien trataba día a día ser más musculoso, él era el tipo gladiador que le gustaba a las mujeres, las follaba duro, casi de manera sádica, les daba a sus "clientas" la fantasía de un guerrero descorazonado que las tomaba como si ellas fuesen doncellas deseosas de ser violadas y desfloradas, pero todos sabíamos que era un chico tierno, amante de los video juegos y de la música country y cursi. Al principio hablaba de su sueño, poner una tienda de juegos o de revistas para geeks de súper héroes de la Marvel, pero con el tiempo dejó de hablar de aquel deseo. Vi como Emmett recorría la vía de todo puto, al final los sueños se iban y solo se vivía en función de la noche y de las fantasías de las mujeres que nos necesitaban, sí, Emmett estaba en ese punto aterrador en que ya no era inocente.

No sentí pena, era su única manera de sobrevivir.

Luego vi a James, cabello rubio y ojos azules, parecía dudar en cada paso y hacer un gesto de dolor mientras hacía cardio, volteé hacia Emmett, nos conectamos y ambos en silencio entendimos que James había tenido una sesión con la "dulce" Victoria y sus amigos.

James, algún día estaría pudriéndose en una carretera.

Dos horas en aquel estúpido lugar.

Corrí, alcé pesas, castigué mi cuerpo y dejé que todas las mujeres de aquel gimnasio me observaran.

¡Mírenme bombones! ¿No soy un jodido juguete? ¡Cómprame! ¡Valgo cada puto dólar!

Fui el último en irme.

Ninguno de mis compañeros se despidió.

Sábado.

Visita a Carlisle, ese día ni siquiera me preocupé por hacer la ilusión frente a sus ojos del hijo bueno que trabajaba en un decente hospital. Estaba demasiado cansado de fingir, demasiado cansado para hablar y demasiado cansado de la parodia que durante años representé para él; mi padre era un jodido demente. ¿Qué diferencia tendría para él saber que su niño bonito era un prostituto? Respiré, la diferencia existía para mí; aún demente, él era mi padre y yo lo amaba; él era mi padre y yo necesitaba su aprobación; él era mi padre y fue y será siempre el mejor ser humano de este jodido mundo.

Los ojos de la enfermera —jódeme fuerte en cualquier parte—,me recibió con sus risitas condescendientes y en vaivén de su culo respingón, como siempre mi actitud fue de —quizás chica, cuando dejes de ganar ese sueldo de miseria—. Sí, bombones, no pidan demasiado de mí, este soy yo, nada más y nada menos. Caminé con desgano hacia el jardín donde seguramente mi papá estaría en sus mundos del pasado. Mientras me acercaba a él, sus hermosos ojos azules se alegraron al verme, ¡demonios papá no me mires así! Cuando él fijaba su mirada nostálgica sobre mí inmediatamente me instalaba en esos tiempos en Forks cuando mi vida era tan simple, cuando mi vida era cándida. Sin embargo, Carlisle Cullen estaba peor, instalado en el pasado y desesperado por mantenerse allí sólo habló de una fecha que yo odiaba: el cumpleaños de mi madre.

— ¿Crees que le gustará ir a Seattle a un buen restaurante?

Oh papá…

Recordé su treinta y seis cumpleaños. En secreto Esme, mi madre, preocupada por las sorpresas de mi viejo, me decía que no sabía cómo decirle que ahorrara el dinero de los regalos costosos, pues siempre mi padre gastaba más de lo que debía y se veía en apuros para pagar la hipoteca o tenía que hacer trabajos que no le pagaban lo suficiente.

—Le encantará Pa —yo respondí tristemente—. Le va a fascinar —bajé mi cabeza, recordé el dinero en el banco, en ese momento yo tenía el dinero para regalarle a mi madre lo que quisiera, lo que ella se merecía.

— ¿Qué le darás tu chico? Ella ama tus tarjetas, son muy hermosas —Oh sí, siempre le hacía tarjetas con mis creyones y lápices de colores y ella los pegaba a la nevera, diciendo que yo tenía más talento que cualquier Da Vinci.

Mis tarjetas:

"Te amo mami…"

"Eras la mejor mamá del mundo…"

"Te amo hasta la luna y de vuelta dos veces…"

"Gracias por ser mi mamá…"

—Ya le hice la tarjeta papá —ojos de Carlisle se iluminaron— y le compré algo bonito.

—Eres un buen chico —levantó su mano hacia mi cabello y lo revolvió un poco—. Tu cabello Edward siempre fue tan hermoso hijo, pero necesitas un corte, espero que para el cumpleaños de Esme vengas un poco mejor presentado, no le gustará verte así, ella inmediatamente se preocupara y no queremos ver a mamá preocupada ¿no es así chico? —De pronto su voz, en un segundo, tuvo una inflexión extraña, algo se ahogó en su interior. ¡Dios! ¡No! Esos segundos donde Carlisle Cullen entreveía que mi madre estaba muerta.

¡No!

Odiaba su locura, pero más odiaba su cordura, mi madre muerta para él e inmediatamente él moriría también, yo no lo soportaría, mi familia era aquel loco, lo único que me sostenía.

Entonces yo hacía lo único que podía hacer:

—Ya hice la reservación en el restaurante papá, será una bella sorpresa, y no te preocupes viejo, todo está pago, no tienes que preocuparte por nada.

—Entonces, ¿Cuál será mi regalo? —Un gesto ansioso se dibujó en su rostro y supe que lo había lanzado al pasado—. No puedo llegar con las manos vacías.

Sonreí.

Fingí.

—Tú serás su regalo Pa, siempre lo dice, tú serás su regalo.

Dulcificó su rostro.

Y lo hice feliz.

Diez minutos después yo me escondía en los baños del sanatorio llorando como un niño pequeño.

Era un idiota y estaba completamente solo.

Mis pies eran de piedra, llegué a mi apartamento cansado, hambriento y agobiado, ocho de la noche, sábado en la noche y yo era un hombre viejo que sólo deseaba dormir.

Y volví a soñar con ella…

La volví a ver.

Sus ojos, su pelo, su cuerpo, su presencia.

La follé de una y mil maneras, las castigué y la hice rogar, la mordí, penetré, la olfateé, la devoré y la besé.

Pero al final del sueño la geografía del espacio sexual había cambiado, la vi caminando por un enorme pasillo de cristal, caminaba solitaria, yo seguía sus pasos como perro faldero, ella en un momento paró su trasegar, volteó hacia mí y su mirada era quieta, vacía y sin vida. Quería tocarla, le grité hasta que mi garganta ardió, pero ella seguía allí, sorda, mirando a ninguna parte, atrapada entre cristales y una luz blanca, de pronto la mujer reanudó sus pasos y con gesto misterioso me hizo saber que no deseaba mi presencia… quería estar sola.

Y aquello desgarró mi corazón.

Me desperté, excitado y lleno de una furia sin nombre, ocho de la mañana y el maldito espacio de mi apartamento era una jodida cárcel, donde una rata como yo se pudría ante el hecho asqueroso de soñar con algo que no podía tener.

—Hola precioso —odiaba esa voz.

—Carmen cariño —sin embargo a medida de mi asco yo le ofrecía mi depravación—, ¿me extrañas?

—Tú sabes que sí hermoso.

— ¿Cómo está tu gatito nena? —le contesté mientras me miraba al espejo, mientras observaba mi rostro cínico e indiferente.

—Ansioso por ti.

— ¿Húmedo?

—Sí —gemía.

— ¿Apretado?

— Sí… sí.

— ¿Quieres que lo folle como solo yo sé hacerlo? —tragué saliva, sabía lo que aquello representaba.

—Como tú sólo sabes Dylan, quiero tu enorme verga en mí muñeco, com-ple-ta-men-te —y su voz se deslizaba como una serpiente a punto de atacar.

Oh sí bombones, Carmen Thompson, una dama, una verdadera arpía. La mujer que comandaba los ejércitos de la buenas señoras de la sociedad de Chicago, la de los grandes banquetes de caridad, la que salía en las fotos cargando un niño desahuciado en el hospital de la beneficencia, la que hablaba de la decencia en un aburrido programa en la televisión. ¡Loca ella! Sí, mi mejor cliente, la que amaba que yo le jodiera su trasero hasta dilatarlo y hacer que por su muy decente y prístina boca saliera la porquería más depravada que ni una ramera de cinco dólares conocía.

Poco a poco y con los años la "señora" en cuestión iba volviéndose más arriesgada y exigente, durante el último año le gusta ser follada en lugares donde alguien pudiese verla. Llegué a la conclusión de que aquella mujer era una suicida y que a gritos pedía ser descubierta, quizás estaba harta del patético teatro de su vida, una mujer, cincuenta años, casada con un viejo de polla pequeña, atada a los convencionalismos de la vida, vomitando la hartura de su vida de mujer sin mancha.

Me vestí con el Armani oscuro que ella me había comprado, Carmen soñaba ser follada por un caballero de una no muy honorable manera.

Me escabullí en el club, caminé por los enormes jardines, ella me esperaba deseosa y salivante, mis tripas se encogieron, pero mi verga quien parecía amaestrada por lo años en que necesitó estar erecta ante cualquier necesidad, simplemente, hizo el jodido trabajo.

Bombones, bombones, la mujer me mordió y yo la mordí más fuerte, ella me exigía dolor, y yo se lo tripliqué.

Mi culo entre la hierba, aplastando su cuerpo en un árbol, arrancándole sus bragas, siendo el animal que ella deseaba, Armani de seis mil dólares y modales de campesino brutal.

Le daba lo que deseaba.

¿Te gusta duro no es así perra?

Le gustaba las bajezas, las palabras fuertes Apuesto que no te han follado así Carmen, mi verga hasta reventarte linda y ella respondía como una potra sin freno.

— ¡Dame por el culo! ¡Quiero que me duela! —sentí su aliento, sentí su deseo, sentí su desprecio hacia todo… ella era una mujer histérica con ansias de muerte, ella veía mi polla como esa cosa asquerosa que la hacía sentir viva, ella era de esas mujeres animadas por el sentimiento de repulsión hacia esos hombres que hacían que su todo su jodido plan de pureza y dignidad se fuera a la porra, ella me odiaba, ella me deseaba, ella me necesitaba.

La volteé sin más, sin lubricación, sin preparación y simplemente, hundí mi verga en su trasero sin que importara el dolor, sin que importara el placer, sin importarle nada.

Asco absoluto, asco… y en el asco sentir como ella liberaba su propia aberración.

Al final, Carmen caía en el maldito juego de todas, aún desde su propia repulsión ella deseaba ser besada, un beso que la reconciliara con su vacío y con aquella niña que quizás algún día fue y que solo deseaba el cochino romance en su vida.

¡Já!

Jalé su cabello, embestí con más fuerza, hasta hacerla olvidar de mi boca en su boca, penetraba hasta que sentí como ella me ordeñaba, sentí como su cuerpo desaparecía, como su alma se partía en dos, como Carmen Thompson era simplemente un gemido bajo mi cuerpo, una cosa sin nombre apuñalada hasta la muerte por mi verga.

Cayó sobre la hierba, la vi frente a mí como una muñeca de trapo, respiraba como si sus pulmones fuesen a reventar, abierta, con su vestido recogido sobre su cintura, allí era más sucia y vulgar, aún más que en el momento en que se mecía con mi sexo en su trasero.

Yo me recosté en el árbol, sólo quería salir de allí, beberme una jodida cerveza, quizás ir con James por un poco de hierba e ir al club de Aro a dejar que una nenita chupara mi verga hasta que yo solamente quisiera vomitar en los baños.

Carmen retozó por unos minutos, abrió los ojos y se quedó observándome. Yo debía ser todo un espectáculo, mi polla flácida, mi cabello revuelto y mi gesto de cínico sin medida.

Sus ojos denotaban desprecio y fascinación.

Agarró su cartera, sacó su chequera y perfectos cuatro mil dólares a nombre de Aro Vulturi que, en una semana, robustecerían mi cuenta bancaria.

Se acercó hacia mí con un gesto de superioridad y metió el cheque en mi pantalón.

—Nunca me fallas corazón —acarició mi rostro y de manera automática sonreía, mas dentro de mi todo era una mierda— nunca me darás un beso, ¿no es así querido?

—No puedes pagarlo Carmen.

—Todo se compra nene.

—Menos mi boca bombón —le di una palmada a su trasero—. Ve donde tus amigas, finge que eres un buen ser humano.

Ella me brindó una sonrisa, seis años entre ella y yo, y ambos ya estábamos en ese territorio donde podíamos decir quién éramos.

—Algún día nene, no seré tan tolerante.

—Algún día bombón, mi polla no estará dispuesta.

Respiró sobre mi cara, se alejó, arregló su lápiz labial y sin mirar atrás salió hacia el club.

Esperé.

Tenía sed y hambre, arreglé mi ropa, y traté de que mi cabello salvaje se viera de buena manera, quizás me escabulliría hacia el bar y allí podría tomar una deliciosa cerveza importada.

¡Me la merecía!

Salí de los jardines.

Alisé mi ropa.

Respiré el aire helado de todo el lugar.

Fijé mi mirada hacia el edificio, hacia los alrededores.

Algo se movió en mi panorama, una pequeña cosa difusa en mi visión, una corriente eléctrica que calentó mis poros.

¡Una mujer!

Unos ojos castaños.

Y los hilos rojizos de seda moviéndose en el viento.

Empequeñecí mis ojos, la cosilla aquella me miraba, la recorrí, vestido blanco, zapatos marfil.

El aire trajo con el su perfume.

La luz me dio la visión completa.

Mi instinto de nuevo al cien por ciento.

Mi sueño.

Mi pesadilla.

Dos jodidos días entre la rabia y la impotencia.

Y jodidos dioses, ella frente a mí.

Nos conectamos, un gesto de miedo vi en su cara, seguramente en la mía había un gesto de maldad y de victoria.

Dos pasos.

Tres pasos.

Me carcajeé.

Ella corrió.

Ella gritó.

Y a mí no me importo nada….

Yo la seguí, solo un toque, solo una mirada…. ¡y al diablo todo lo demás!

Caminé tras ella, su pequeño cuerpo trataba de alejarse de mí, pero mis zancadas triplicaban sus pasos de pequeño conejillo asustado.

No se escaparía, debía tocarla de nuevo, en ese momento el mundo podría derrumbarse y nada sería más importante que volver a tener a aquella mujer entre mis manos.

Era necesario.

La odiaba.

Aceleré mis pasos, escuché su pequeña respiración, ella volteó a mirarme en medio de su huida, por un momento nos conectamos.

Alargué mi mano, y sin piedad la agarré de su brazo y al segundo la arrastré hasta mi pecho.

— ¡Por favor no!

Oh su voz.

Yo no atinaba a hablar, me deleité en su rostro frente a mí, a la luz era hermosa, con esa belleza que se contiene de inquietante manera.

—Me dejaste solo en un maldito hotel bombón —su cuerpo palpitaba junto al mío, su mano en mi pecho tratando de alejarse de mí.

—No tenemos de que hablar Dylan, Thomas o como te llames.

Bufé, por un segundo intenté descifrar sus palabras. ¿Dylan? ¡Diablos! Una sonora risa salió de mi garganta.

—Me escuchaste, ¿no es así bombón? —acerqué mi nariz a su cabello, un minuto antes mi pene flácido me decía que el trabajo del día había terminado. Ahora, ¡Dios! volvía, volvía exigente, animal y deseoso.

Un susurró ininteligible salió de su pecho, ella miraba a todas partes, tenía miedo que nos vieran, estábamos a un paso del edificio del club. ¡Joder! alguien podía vernos, alguna de aquellas mujeres. ¡Carmen! Cualquiera y sobre todo mi mujer misterio podría escapar, y yo sólo deseaba retenerla, recorrí su figura, me detuve en su boca, ella se movía tratando de zafarse, pero la retenía, un momento linda… ¡maldición! su boca a la luz era regordeta y bonita, temblaba ante mi mirada, una pequeña grieta en su labio inferior signo de una sexualidad soterrada, quería morderla, deseaba besarla, me moría por ver como aquella boca rodeara mi verga y verme hundir en ella hasta su garganta, llevándome hasta lo profundo, llevándome hasta la locura y hasta el olvide.

Un sonido agónico salió de mí, y a la vez una rabia contenida.

— ¿Me escuchaste? —grité entre dientes, mientras la arrastraba hasta una parte posterior del edificio. Era pequeña y delicada, aún resistiéndose con todas sus fuerzas no era capaz contra mí y mi deseo de conocerla, de auscultarla, de saber quién carajos era—. ¿Me escuchaste?

—Sí.

—Niña mala —me burlé.

— ¡Déjeme por favor!

Me pegué a su cuerpo, su espalda chocó contra la pared y yo choqué contra su pecho ¡Mierda!, sentí sus senos apretando mi pecho.

— ¿Qué demonios haces aquí? —me empiné sobre ella, era tan pequeña que con un leve movimiento parecía que yo podría fracturarla.

—Lo mismo le pregunto —su voz pequeña fue retadora y rival.

—Vaya gatita, soy yo el que te tiene aquí —dibujé mi sonrisa torcida—. Además, es un estúpida pregunta, me escuchaste follar con la vieja Thompson.

—Es asqueroso —sus pequeñas manos pellizcaron mi pecho.

—No se oía así bombón, ¿recuerdas?

—Eres un animal, voy a gritar.

—Hazlo y diré que quien soy y diré que me contrataste gatito, yo no tengo nada que perder —puse mi pierna entre sus piernas, dentro de mi yo estallaba, dentro de mí me carcomía, sentí el calor que fluía desde su centro, sentí una intimidad dulce con mi pierna entre las suyas.

—No lo haría.

—Rétame.

— ¿Qué quiere? —su barbilla parecía sostener su miedo, yo podía sentir el pum pum de su corazón en mi pecho.

—Un beso.

— ¿Está loco?

—Oh niña tonta —la apreté hasta dejarla sin espacio—, no puedes ir a un hotel un viernes en la noche, sabiendo que un puto como yo te está esperando, no puedes ir a un lugar donde un jodido hombre desnudo te espera —respiré sobre su piel— no puedes ir vestida como una maldita diosa y pensar que no te van a desear —posé mi nariz sobre su mejilla—, no puedes besar un hombre como yo, hacer que se corra sobre ti y después dejarme con el maldito deseo de follarte hasta perder la razón.

Y así nos quedamos, ambos unidos, respirando el uno sobre el otro, jadeando, ella con su miedo y yo con mi verga punzando su cadera, y yo con mí deseo a punto de morderla.

—No pude —al fin ella habló.

— ¿Por qué? Fueron cinco mil dólares.

— ¡No puedo!

—No tengas miedo bombón —mi mano recorrió su cuello—, puedo darte y enseñarte cosas que desconoces.

¡Acepta!

—No soy como esas mujeres, no soy como las mujeres que conoces.

Mi deseo se mezcló con mi rabia. ¿Ella no era como una de esas mujeres? ¡Por amor de Dios! Ella era como todas esas mujeres, igual.

—No seas tonta gatita —me negaba a despegarme de su cuerpo—, todas esas mujeres vienen a mí por lo mismo que tu viniste esa noche, deseo de cambiar, algo de pasión, un poco de cariño, una mentira, sexo sin culpa.

—No soy así —trató de gritar, pero su voz se ahogó en su garganta, no supe muy bien si era porque mi cuerpo la apretaba o porque simplemente ella escuchó su conciencia hablándole de una realidad negada.

—Eres así bebé —tomé su barbilla y la moví lentamente hacia mi rostro, me incliné hacia ella, lentamente, fijé mi mirada en su boca regordeta y sexual ¡carajo! Sus pequeños dientes se adivinaban entre aquellos labios de peluche rosa, estaba ciego, anhelante y dolorido—, tú eres como todas —deslicé mis dedos por aquella maravilla de coral— una mujer —me acerqué y con la punta de mi lengua delinee sus contornos, gemí fracturado— eres tan hermosa, tan pequeña —mis manos recorrieron su torso—, no tengas miedo de mí.

—Eres peligroso —habló entre mi boca.

—Lo soy.

—Eres un hombre que se vende a las mujeres.

—Soy endemoniadamente costoso gatita —mordí su boca—, pero valgo cada maldito dólar.

—No soy como esas mujeres —su voz se rendía ante mi lengua, se rendía ante mis manos, se rendía ante el sucio hecho de que yo sabía cómo pulsar cada uno de los botones de tentación que las traían hacia mí.

Yo era el lobo del bosque y conocía cada jodido secreto.

—Vamos nena, quizás la próxima vez no te cobre, ven conmigo al hotel —susurré— me siento culpable ante el hecho de que no se me permitió darte el servicio completo —la halé un poco— dime que sí, nunca lo olvidarás —la besé con ternura, las puntas de nuestras lenguas bailaron como serpientes, yo la besaba desde mi ansiedad y ella quizás me besaba desde su miedo y curiosidad… algo había allí, algo inquietante se deslizaba entre nosotros, algo aterrador. Me despegué de su boca, un momento y sentí como se me quitaba un dulce— dime tu nombre.

Ella sollozó, ¿es por mi boca gatita? O ¿es tu jodido miedo? —Dime tú nombre.

—No puedo —intentó irse, la retuve con mi cuerpo, la puncé con mi sexo, la obligué con mi maldita presencia de hombre dispuesto a todo.

—Tu nombre, gatito —mi voz fue calmada y contenida.

—Isa… —sus labios, mi delirio tiritaron— Isabella, me llamo Isabella.

Oh sí.

Isabella cascabel.

Isabella ardiente.

Dulce y follable Isabella.

—Qué lindo nombre gatita, que lindo nombre. Tú y yo nos vamos a divertir, te lo aseguro —y ya me veía con ella, dentro de ella, corriéndome en ella y haciéndola mía.

Mi nueva cliente, quizás en mis manos este conejillo asustado se convertiría en mi pequeño deleite. Tremendo manjar, yo estaba dispuesta a convertirla, dispuesto a destrozarla, dispuesta a diseccionarla, dispuesto a hacer de ella una mujer de verdad.

La haría una amante perfecta.

Mi jodido regalo.

Quizás el único.

— ¡Isabella! —una voz a lo lejos, una voz chillona y barata.

— ¡Dios no! ¡Vete por favor! —Isabella, cómo me gustaba su nombre. Me empujó con fuerza, yo volteé y vi a lo lejos una mujeruca vulgar de tetas plásticas y labios de silicona—. Vete Thomas, te lo ruego.

Di dos pasos hacia atrás.

—Vas a llamarme.

— ¡Por favor!

—Vas a llamarme.

—Déjame tranquila.

—Vas a llamarme, gatito —la amenacé con mi mano levantada—. Vas a llamarme y haré que veas jodidos fuegos artificiales, ¡vas a llamarme! ¡Lo harás!

—Sí, si lo haré —dos lágrimas corrían por sus mejillas—. Lo haré.

— ¡Júralo!

—Lo juro.

Y no me importó, a unos segundos de que la cosa chillona nos viera me abalancé hacia la boca peluche coral y la mordí con fuego y con deseo voraz.

—Te espero —y corrí como loco a esconderme tras un auto y ver como ella se alejaba de mí dejándome en el abismo, dejándome excitado y en coma.

Oh sí.

Isabella cascabel.

Isabella ardiente.

Dulce y follable Isabella.

No te vas a arrepentir, seré lo que tú quieras, lo que tú desees… lo que me pidas.


¡Demonios! Santos bóxer robertpattinsianos ¡si bombones! La palabra si existe *_*

Hoy me escapé del sanatorio, dos enfermeras drenadas por mi hambre, pero todo sea por el bien de escribir para todas.

Gracias por leer.