Twilight pertenece a Stephenie Meyer y The Keepsake a Windchymes, quien me ha dado el permiso de traducir su historia.

Capítulo beteado por FungysCullen13. Muchas Gracias.

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Me despertó el toque de una pierna fría deslizándose suavemente entre las mías.

Sonriendo, con los ojos todavía cerrados, me acurruco aún más dentro de los brazos que me sostienen. Me presiono contra el pecho que se ha convertido en mi almohada.

—Buenos días —susurra Edward. Arrastra suavemente sus dedos entre mi cabello, presiona los labios en mi frente y yo lo beso sobre su corazón. Suspira. Su pie se presiona suavemente sobre el mío.

Abro los ojos y soy recompensada con una brillante sonrisa de desgarradora belleza y la maravilla me golpea como el resplandor de la luz del sol.

Nos miramos uno al otro, un momento de perfecta paz, sonrisas y dedos acariciando piel desnuda.

—¿Anoche realmente sucedió? —susurro.

—Anoche realmente sucedió —susurra él de vuelta y me besa suavemente antes de acercarme. Arrastra su mano a lo largo de mi columna vertebral, con un patrón lento, arriba y abajo, arriba y abajo…—. ¿Cómo te sientes esta mañana? —pregunta.

Rio, me estiro y veo sus ojos observarme.

—Cómo si me volviera demente.

Hay un destello de confusión y preocupación en sus ojos.

—¿Eso es bueno?

—Se siente como algo bueno.

Su sonrisa brillante está de regreso una vez más.

—Cambiaste de parecer —murmuro y me acurruco contra él de nuevo.

—No fue una decisión consciente —su voz retumba suave en su pecho, debajo de mi mejilla. Suspira y su mano continúa en el medio de mi espalda mientras espero por su respuesta—. Simplemente pasó. Yo quería estar contigo, pero parecía ser demasiado pronto, había cosas… —sacude la cabeza—. Pero cuando dijiste que confiabas en mí… —inclina la cabeza para así poder ver mis ojos—. No puedo explicar cómo me sentí.

—Creo que me lo mostraste —sonrío y él se ve magnífico cuando me sonríe con timidez y se muerde el labio.

Rodando sobre su espalda, él mete un brazo detrás de su cabeza, mientras el otro me mantiene cerca, y mira fijamente las grietas del techo.

—Entonces, ¿cómo te sientes esta mañana? —pregunto.

Sacude la cabeza y sonríe.

—Demente —susurra. Luego la sonrisa se desvanece, su rostro se vuelve serio—. Anoche superó todo lo que podría haber imaginado. Estar tan cerca… —hace una pausa, bajando la vista a mis ojos—. Ser parte de ti de esta manera, sin saber dónde terminaba yo y donde tú comenzabas. Deseaba poder decirte como me sentía allí —toma mi mano y la aprieta sobre su corazón—, pero no pude. —Levanta mi mano y besa mi palma—. Fue la mejor noche de mi existencia.

No creo que mi corazón pueda estar más lleno, el amor, la felicidad que siento casi duelen. Parpadeo rápido para retener algunas lágrimas porque no quiero perderme la hermosa sonrisa en su cara, o la alegría brillar en sus ojos.

—¿Entonces no estabas preocupado por hacerme daño?

—Cada segundo —susurra sin dudarlo y sus ojos viajan a la cabecera por encima de nosotros—. Te compraré una nueva —dice en tono de disculpa.

Desconcertada, levanto la cabeza para ver y miro sorprendida el armazón de madera; los surcos profundos que obviamente coinciden con los dedos de Edward, el quebrado irregular del poste de la cama y las astillas dispersas por el suelo. Luego miro a Edward, sin entenderlo del todo. Él se sienta, la sábana cae libremente alrededor de sus caderas, y eso me distrae sólo por un instante.

—Era demasiado… —frunce el ceño y se pasa una mano por el cabello—. ¿Exceso de energía? —sacude la cabeza—. Exceso de sentimiento; creo que esa es la única manera de describirlo —sus ojos se desvían a la cabecera de la cama de nuevo—. Era todo, todo a la vez…

Lo interrumpo allí, tomo su cara entre mis manos y lo beso con fuerza. Cuando me alejo, él me mira sorprendido… y un poco deslumbrado.

—Gracias —susurro, aun ahuecando su rostro entre mis manos—. Por mantenerme a salvo.

Él niega, sin palabras al parecer, y miro otra vez la cabecera y me río.

—¿Cómo es que no me di cuenta de qué pasaba?

Él encoge un hombro y la comisura de su boca insinúa una sonrisa.

—Estabas distraída —dice. Pero la sonrisa se desvanece rápidamente y vuelve a fruncir el ceño—. Así no era como lo tenía planeado —repasa con la mirada mi pequeña habitación con la ropa tirada encima de la silla, los libros apilados en desorden en mi mesita de noche y otro montón en mi tocador. Mi bolso colgando del pomo de la puerta. La cómoda que no combina con mi cama. Por un momento creo que estoy viendo un destello del antiguo Edward, la melancolía se arrastra, mi corazón comienza a apretarse… y luego él sonríe y su mirada queda en mí. Sentados frente a frente, entre sabanas arrugadas, también comienzo a sonreír.

—¿Qué?

—Me alegro de no tener la oportunidad de planificar las cosas —dice—. Porque esto ha sido perfecto.

Se abalanza sobre mí y me rodea en sus brazos para lanzarme de nuevo a la cama. Rio y pataleo cuando sus dedos me hacen cosquillas y besa mi cuello y pecho.

—Cualquier parte contigo es perfecta —ríe cuando comienzo a chillar, a retorcerme y sacudirme—. Todo es perfecto contigo.

Después, de pronto él se echa hacia atrás y ladea la cabeza.

—¿Eres feliz? —pregunta.

—Fue la mejor noche de mi existencia —sonrío y lo atraigo de vuelta hacia mí.

—¿En serio?

—Tú sabes que sí. Y habrá noches mucho mejores, ¿verdad?

—Yo espero que sí —besa mi garganta.

—¿Tal vez algunas mañanas mucho mejores? —paso los dedos de mis pies sobre su pierna, hacia el muslo, y él gime bajito.

—¿Y la universidad?

—No hay universidad hoy —murmuro—. Hoy declaro que es día feriado. Pero ahora tú me das curiosidad… ¿Qué tenías planeado?

Edward detiene sus besos y se apoya con un codo a mi lado.

—El conjunto romántico cliché. Un lugar cálido, para empezar. Tal vez una chimenea. Velas, sábanas de seda, flores.

—Yo no necesito eso —susurró.

—Lo sé.

—Sólo te necesito a ti.

—Eso también lo sé.

—Es por eso que anoche fue perfecto, Edward. Porque simplemente sucedió. Y conociendo mi suerte, probablemente golpearía una vela durante la agonía de mi pasión y quemaría el lugar, o me deslizaría fuera de las sabanas de seda y me rompería la cabeza al golpear el suelo.

Edward ríe al besarme de nuevo.

—Sabes que nunca dejaría que te pasaran esas cosas.

—Lo sé —le devuelvo el beso—. Encendiste la calefacción anoche, ¿no?

—Lo hice. ¿Tienes frío? Mantuve la manta entre nosotros durante la mayor parte de la noche.

—No sentí frío —pero, por supuesto, tan pronto como digo eso, aparece la piel de gallina. Inmediatamente, Edward está fuera de la cama y caminando desnudo hacia mi baño. Un segundo más tarde oigo correr el agua de la ducha.

—Tienes que entrar en calor —dice sacando la cabeza por la puerta.

—No quiero salir de la cama.

—Entonces tendré que bañarme solo —dice casualmente y estoy fuera de la cama y en el baño como si fuera un disparo de cañón.

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El agua es cálida contra mi piel, pero Edward se siente aún más caliente. Sosteniéndome cerca, me besa y su lengua besa y lame lentamente el agua de mis labios, garganta, hombros y pechos. Puedo sentirlo duro y pesado contra mi cadera, y gime cuando lo tomo en mi mano. Él entierra la cara en mi cuello a la vez que mi nombre sale de sus labios. Es una revelación, la forma en que mi contacto puede dejarlo desecho; veo sus músculos tensarse y temblar bajo su piel con cada golpe. Su cabeza cae hacia atrás sobre sus hombros, el agua fluye por su cara y los gruñidos retumban desde lo profundo de su ser. Se prepara a sí mismo y apoya una mano contra las baldosas. La otra mano me aprieta contra él, abre los labios, sus ojos ruedan hacia tras y verlo hace que mi necesidad por él se empareje con la suya.

—Edward… —gimo y no vacila. Me levanta y me toma con él de pie. Me pierdo en él y él se pierde en mí, hasta que gritamos y colapsamos en una maraña sin aliento de extremidades en suelo de la ducha, tirando de alguna manera la cortina de plástico con nosotros.

Envueltos en estrellas y conchas marinas, me tomo un momento para recuperar el aliento y luego comienzo a reír junto con Edward.

—Oops —dice, y mi risa se convierte en carcajadas.

—¿Esto es disfrutar el placer post coital? —pregunta, y reímos de nuevo.

—Creo que sí.

—Ahora también te debo una cortina de ducha. Perece que estoy destruyendo lentamente tu departamento.

—Entonces es algo bueno que te ame.

—Es algo muy bueno —dice sonriendo.

—No puedo esperar a ver qué haces en la sala de estar. Y todavía está la cocina.

Él ríe en voz baja para después desenroscar con cuidado su cuerpo del mío y cerrar las llaves. Se pone de pie. Sobre mí. Húmedo y desnudo. Y esta es la primera vez que lo miro con atención. Él es magnífico.

—¿Qué? —pregunta y es claro que no tiene ni idea y ni siquiera puedo imaginar la expresión en mi cara cuando me tiende la mano y me ayuda a ponerme de pie—. ¿Qué pasa? —me pregunta de nuevo cuando estoy de pie. Baja la cara y pasa su nariz sobre la mía. Sus ojos están llenos de alegría—. ¿Qué pasa? —susurra, sonriendo.

—Yo… solía imaginar cómo sería estar… como serías tú, así…

—Oh —él parece sorprendido y aunque espero que mi cara esté roja como una remolacha ante mi admisión, no lo está. Me acerco y toco el rostro de Edward. Toco el rostro de mi amante. Estamos de pie desnudos en un destartalado baño, con nuestros pies enredados en una cortina plástica de ducha, y nunca me he sentido más segura y hermosa en mi vida.

—Creí pensar que tenía una buena imaginación. Pero no es así.

Edward me envuelve con sus brazos que aún están calientes por el agua.

—Sé que tengo buena imaginación —susurra—. Y aun así siento que me he quedado corto.

Me toma en sus brazos, coge las toallas de la barandilla y me lleva de vuelta a la cama.

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Sentado entre las mantas y almohadas, Edward sólo usa sus jeans y yo tengo puesta su camiseta. Él pasa el cepillo por mi cabello húmedo, sus dedos aflojan expertamente cualquier enredo.

—Estás mucho más relajado de lo que hubiera esperado —murmuro.

El cepillado se detiene por un momento.

—Me siento muy relajado a tu alrededor —dice—. Esto se siente bien. Aunque hay una pequeña parte de mi cerebro que me dice que mi comportamiento aquí ha sido menos que caballeroso.

Termina de cepillarme el cabello y me acuesto.

—Creo que has sido un perfecto caballero.

No responde, pero alcanza la cinta roja atada alrededor del poste de la cama sobreviviente. Sus largos dedos tiran de un extremo, y ésta se desenrolla y desciende hasta la almohada a mi lado. Edward arrastra la cinta sobre la almohada, a través de mi hombro y baja por mi cuerpo, sobre la piel desnuda de mis piernas y muslos. Se acuesta a mi lado y hace a un lado la camiseta, exponiendo mi estómago y un poco de mis costillas, y arrastra la cinta allí ahora, haciendo patrones en espiral, provocando piel de gallina y risitas.

—Te gustó cuando me lo puse en el pelo, ¿no?

—Sí.

—¿Por qué?

La cinta se detiene por un momento, una rodaja de un rico rojo contra mi piel, y luego la cinta sigue su camino, rodeando mi ombligo.

—Cuando era humano, las mujeres llevaban cintas en el pelo. Si la cinta era el regalo de un hombre y ella lo usaba, eso tenía un significado.

—¿Qué tipo de significado?

Se encoge de hombros.

—Que a ella le gusta él.

Mi corazón se contrae, se aprieta en mi pecho y me acerco a tocarle la mejilla.

—¿Eso es lo que pretendías?

—No —él sonríe y arrastra la cinta por mi cadera—. Era sólo para decorar el globo de nieve. Pero cuando lo vi en tu cabello… —sonríe antes de inclinarse a besarme.

—Antes no acostumbrabas a hablar mucho sobre tu vida humana —murmuro cuando él se aleja—. Pero entonces, yo nunca preguntaba tampoco —ahora su rostro está a centímetros del mío, compartiendo mi almohada. Hay tantas cosas de él que no sé. Hay cosas que he leído en libros de historia que Edward ha visto y vivido—. ¿Me contarás ahora?

—¿Qué quieres saber?

—No sé. Es mucho. Um, ¿tuviste una mascota? —ruedo los ojos; parece una pregunta estúpida, pero Edward sonríe.

—Tuve un perro por un tiempo. Se llamaba Duke. Se tragaba todo lo que le daba.

Mi cara se ilumina con ese pequeño vistazo del pasado de Edward.

—¿Qué le pasó?

—Murió. De viejo, creo. O podría haber sido un percance con un caballo o un auto… —deja de hablar para pensar—. Sé que hubo un accidente, pero no puedo recordar si eso fue lo que lo mató.

—¿Tienes fotos?

—No de Duke. Tengo un par de mis padres. Una mía usando el uniforme de béisbol.

—¿Me las mostrarías alguna vez?

Edward parpadea hacia mí con sorpresa en el rostro. Luego la sorpresa se funde en una sonrisa.

—Me gustaría —dice.

—¿Te ves como eres ahora?

—Probablemente no soy el mejor juez para decir eso. Creo que me veo totalmente diferente, Carlisle opina lo contrario.

—¿Entonces Carlisle opina que te ves igual?

—Muy similar, sin las gafas.

—¿Gafas? —abro mucho los ojos y Edward asiente—. ¿Usabas gafas?

—Para hacer la tarea y leer, eso es todo. ¿No te lo conté antes?

—No.

Me incorporo y lo estudio, tratando de hacerme una idea en la cabeza de Edward con gafas.

—Te lo estás tratando de imaginar, ¿no es así?

—Sí —asiento—. ¿Usas las gafas en la foto?

—No en la foto de béisbol. Pero hay una en la que estoy junto a un piano y las estoy usando.

Muevo la cabeza para un lado y luego al otro, y él me mira divertido.

—¿Qué otra cosa era diferente? —mis ojos escanean toda su longitud y estoy muy ansiosa por información.

—Tenía los dientes torcidos.

—¿En serio?

Me da una sonrisa amplia y perfecta.

—Sólo un poco —dice—. Un leve solapamiento en la fila inferior. Nada demasiado feo.

Sacudo la cabeza.

—No me lo puedo imaginar… tú con gafas y los dientes torcidos. ¿Qué más? ¿Cómo era tu cabello?

—El mismo largo, pero un peinado diferente. Plano —se pasa los dedos a través del cabello—. Sabes, es probable que no me hayas mirado dos veces si nos topábamos en la calle.

—Oh, yo creo que sí. Habría dicho: "Mira este chico de gafas, dientes torcidos y cabello engominado".

Edward echa la cabeza hacia atrás y ríe, y es tan bonito de ver. Río con él, sólo porque estoy muy feliz.

—Ya sabes, Edward, apuesto que las gafas te hacían ver muy sexy.

—Me hacían ver como un idiota. Quizás no te muestre la foto; quedarías decepcionada. O peor aún, eso te haría irte para siempre.

—Nunca —rio—. Eso nunca va a suceder. Quiero saber más.

—¿Qué más quieres saber?

—Todo.

Pasamos el resto de la mañana y parte de la tarde acurrucados en la cama, hablando de los cien años de Edward. Quiero saber dónde ha estado y lo que ha hecho. Qué ha visto. Me sorprende la cantidad de recuerdos humanos que aún mantiene, aunque él dice que son brumosos y vagos, pero algunos son más claras que otros.

Escucho, fascinada, cuando me cuenta de la farmacia a dos cuadras de su casa que tenía una fuente de soda real, aunque no puede recordar su sabor favorito. Me cuenta del béisbol y de construir carros de cajas de detergente con sus amigos; recuerda el nombre de algunos, pero no de otros. Sonríe cuando me cuenta de ir con sus padres a ver el barco de árboles de Navidad en el puerto, trayendo los muchos árboles destinados a las salas de estar de las familias de Chicago.

—Era una tradición ir a ver el braco llegar —Edward sonríe—. Siempre había un árbol atado al mástil principal, los demás estaban atados alrededor de la cubierta y era como el inicio de la temporada de Navidad, así que podía sentirme oficialmente emocionado.

Trato de imaginar a Edward como un niño pequeño con gorro plano y pantalones sostenidos por suspensores. Y las gafas.

—Apuesto a que eras lindo.

Me acerco a él, lo envuelvo con mis brazos y los beso con todo lo que tengo. Me tumba sobre las almohadas, pero mi estómago hace ruido; y eso significa que todo se detiene.

Diez minutos más tarde estamos sentados en el sofá mientas comienzo a morder mi sándwich.

—No tengo tanta hambre.

—Tienes que comer. No desayunaste.

—Eres muy mandón a veces.

—Aun así necesitas comer

—Hay sólo una cosa de la que estoy hambrienta.

Edward abre la boca un poco, luego la cierra. Sonríe.

—Insaciable —dice sin sonido y me rio.

—Sí. Esa soy yo.

Rueda los ojos.

—Come y veré lo que puedo hacer.

Sus palabras encienden algo dentro de mí y la sonrisa que le sigue aviva las llamas.

Estoy devorando el resto de mi sándwich cuando Jake llama, y feliz lo dejaría ir al buzón de voz, pero Edward se va a la habitación para que pueda hablar en privado; a pesar de que los dos sabemos que aun así oirá.

—Acción de Gracias —Jake declara—. ¿Iras a casa para Acción de Gracias?

—No sé, aún no he pensado en ello. Aún falta un mes —lamo algunas migas de mis dedos mientras veo la puerta del dormitorio.

—Bueno, te incluyo. Beth ya lo está planeando, todos iremos. Y también Charlie; no se sentirá bien si no estás allí también —hace una pausa—. Beth y yo estamos planeando hacer un anuncio —dice en voz baja—. Significaría mucho para mí si puedes estar ahí.

Por un segundo quito mi atención de la puerta.

—¿Cuál anuncio?

—Vas a tener que ir para Acción de Gracias y ver.

La sonrisa se extiende en mi cara. Mi conjetura es que mi mejor amigo se va a casar y estoy muy contenta por él.

—Oh, Jake… por supuesto que voy a estar allí. No puedo esperar.

—Gracias Bells —puedo oír que está sonriendo—. Va a ser bueno estar en casa por un tiempo.

En casa.

La palabra rebota en mi cabeza.

Ya no pienso en Forks como mi hogar; y eso de hace un tiempo. Florida no se siente como mi casa. Por un segundo me pregunto dónde está mi hogar, y luego me doy cuenta…

Ahora mismo mi hogar está de pie al otro lado de puerta de mi habitación. O tal vez está sentado. Tal vez acostado en mi cama contando las grietas del techo. O mirando por la ventana. Mi hogar.

—Va a ser bueno verte, Jake —sonrío—. Saluda a Beth.

Cuando cuelgo, la puerta de la habitación se abre y Edward aparece con la cortina de la ducha en la mano.

—Está más allá de la reparación —frunce el ceño—. Completamente rasgada. Te compraré una nueva.

Corro hacia él y deja caer la cortina y me atrapa, balanceándome, con el rostro lleno de sorpresa.

—¿Qué es eso? —pregunta, sonriendo.

—Sólo que se siente muy bien estar en casa.

—¿Qué?

—Estoy siendo cursi, no importa —ríe y me pone de vuelta sobre mis pies—. ¿Has oído mi conversación con Jake?

Él sonríe tímidamente y asiente.

—¿Te importa?

—Tú debes estar allí para tu amigo —dice serio mientras me acaricia con el pulgar mi labio inferior—. Sé que tienes una vida aparte de mí, Bella. Sería un error de mi parte tratar de alejarte de él. —Aún no lleva la camisa y beso su pecho.

—Pero este será nuestra primer Acción de Gracias.

—Y tendremos mil más.

¡Mil más! Mi corazón da saltos mortales y Edward sonríe cuando lo oye. Baja los labios hacia los míos.

—Si decides convertirte, entonces debes tomar cada oportunidad que tengas para ver a tu familia y amigos mientras puedas —me besa lentamente, despacio, antes de retroceder y empujar suavemente mi mejilla con la nariz—. Tal vez pueda llevarte y quedarme en la casa de Forks mientras tú te quedas con tu padre.

—Suena como un plan —sonrío y beso mi camino a lo largo de su mandíbula. Suspira.

—¿Bella?

—¿Mm?

—¿A qué hora entras a trabajar esta tarde?

Miro el reloj y frunzo el ceño. Mierda.

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Edward visita The Drum dos veces durante mi turno. Cada vez compra una pila de CDs y DVDs. En el segundo viaje trae una armónica.

—¿Para qué es esto? —le pregunto.

—Por diversión —dice encogiéndose de hombros—. Nunca tuve una.

Me da una sonrisa deslumbrante cuando se va y aunque Alison parece somnolienta por la noche anterior, se las arregla para echar una apreciativa ojeada en dirección de Edward.

—¿Quién es él? —me pregunta cuando puerta se cierra detrás de él, pero antes de que pueda responder, Amaranthe habla más fuerte.

—Solo por la forma en que se ven uno al otro, yo diría que él es el novio de Bella.

Cuando sonrío, a Alison se le abre la boca.

—¿En serio? Lo mantuviste muy callado. Deberías haberlo llevado anoche.

—Lo llevé

—Oh.

Se frota las sienes.

—Hay muchas cosas que no recuerdo. ¿Lo pasaron bien? La cuenta de la limpieza va a ser una fortuna. ¿Alguien ha sabido de Scott?

Le aseguro que fue una gran fiesta y no le menciono que sólo estuve allí por quince minutos. Luego le recuerdo que Scott había llamado esta mañana diciendo que estaba enfermo.

—Enfermo mi trasero —murmura ella y se va a la trastienda a la vez que Amaranthe me guiña un ojo.

—Anoche y hoy he visto más caras de Alison de las que sabía que existían.

Amaranthe ríe.

—Es una sorpresa, ¿no? ¿Cómo se llama tu novio?

—Edward.

Amaranthe asiente.

—Ya sabes, con una piel como la suya y esos ojos, Edward sería un gótico genial.

-0-

Por supuesto, Edward me espera cuando termino mi turno. Me besa, pero parece más tranquilo ahora, distraído incluso, cuando caminamos de la mano hacia su auto.

—¿Todo está bien? —pregunto, él sonríe y dice que sí, pero es eso todo lo que dice.

El viaje de regreso a mi departamento lo hacemos en su mayoría en silencio. Sonríe de nuevo cuando le pregunto por la armónica y me dice que va tocarla para mí más tarde.

Él se sienta en la mesa de la cocina mientras me cocino la cena, recogiendo utensilios y examinándolos, mirándome con cuidado cuando hago la Bolognese, pero todavía parece estar lejos. Me pregunto si tal vez hemos ido demasiado rápido y se ha puesto al día con todo y me preparo mentalmente para frenar las cosas. Puede que no quiera quedarse esta noche, pero eso está bien; nos moveremos a su ritmo.

Cuando me quejo de que no tengo ajo, él se ofrece a ir a buscarlo.

—¿Qué? —pregunta cuando resoplo.

—El vampiro va a comprar ajo.

Él sonríe y eso me hace feliz.

—Las maravillas nunca cesan, ¿verdad?

Lo dirijo a la tienda de conveniencia a dos cuadras de distancia y me sorprendo cuando lleva casi media hora de haberse ido.

—No tenían fresco, sólo polvo en frascos —me dice cuando regresa. Se quita la chaqueta y se vuelve a sentar en el mostrador, inclinándose para darme un beso en la frente mientras presenta una sola cabeza de ajo. —Fui al supermercado mejor. Es asombroso el número de personas que no entienden el concepto de la fila para pagar de ocho articulo o menos.

Su observación me hace reír y él observa de cerca como rompo un par de dientes con la parte ancha de un cuchillo.

—Sé que ustedes compran para guardar las apariencias, pero, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que estuviste en un supermercado?

—Un rato.

Le tiendo el tarro de salsa de tomate con una tapa obstinada y lo observo abrirlo con apenas un toque de sus dedos. Y luego el silencio cae de nuevo; siento el cambio en su estado de ánimo. A veces él me observa. A veces mira hacia los estantes en donde están mis globos de nieve. Juguetea con algo en su bolsillo. ¿Las llaves? ¿El teléfono? Edward nunca se mueve con nerviosismo. En mi estómago se comienza a formar y apretar un nudo.

—¿Es algo malo, Edward?

—No.

Me da una sonrisa rápida y se pasa la mano por el pelo.

—¿Debes irte? —me obligo a hacer la pregunta, y cuando la hago tomo su atención y él me mira, parece casi alarmado.

—¿Quieres que me vaya?

—No —le digo rápidamente—. Pero pareces… inquieto.

—Oh —no lo niega y baja la mirada a su regazo.

—Entonces, ¿te quieres quedar? —los dos sabemos lo que realmente estoy preguntando.

—Me gustaría —dice.

—Pero algo anda mal, ¿no? —el nudo se aprieta y viaja a mi garganta.

—No es malo, no —él dice y mira como el sartén chisporrotea en la estufa—. ¿Eso puede esperar un momento?

Bajo el fuego y Edward toma mi mano y me lleva hasta el sofá. Él acerca la mecedora para poder tomar mis manos y así estar uno frente al otro.

—He hecho algo impulsivo —dice en voz baja—. Y ahora no estoy seguro de si es correcto.

Sus ojos estudian los míos, buscando algo que no sé qué es.

—En realidad, no es malo —frunce el ceño—. El acto fue impulsivo, la idea detrás de él no.

Habla con acertijo y trato de mantenerme al corriente, pero es imposible.

—¿Qué pensabas? ¿Qué has hecho? —pongo mi cerebro en espera y ni siquiera me permitiré pensar en este momento.

Edward toma una respiración profunda y sus pulgares acarician los míos. Luego suelta mis manos y busca algo en su bolsillo. Con el corazón desbocado y la boca seca, no tengo ni idea de a dónde va con esto.

—No entres en pánico —murmura cuando extrae una caja plana de terciopelo rojo. Mi corazón se detiene cuando abre la tapa.

—Oh, Edward —me llevo una mano a la boca al mirar.

—Bella, lo que compartimos anoche y esta mañana, es lo más correcto que he hecho. Fue correcto y fue perfecto. Pero todavía soy lo suficientemente anticuado como para que una pequeña parte de mí piense que pude haber empezado la casa por el tejado —sonríe un poco—. Y soy lo suficiente anticuado como para que quiera que tengas algún símbolo de mis sentimientos. Un símbolo de mi compromiso hacia ti.

Todavía está nervioso, pero el rostro se le ilumina brillante con alegría cuando extiendo mi temblorosa mano hacia él y asiento. Y Edward toma el brazalete de su refugio de satín color crema.

Hubo un tiempo en que no habría querido un regalo suyo. Hubo un tiempo en que habría dicho que él ya me estaba dando a sí mismo y algo más sería demasiado. Ahora, casi me estremezco al pensar en cómo insistí en no querer regalos para mi cumpleaños. Cómo me quejaba por cada cosita que él traía para regalarme; como le tiraba su amor y generosidad a la cara. Pero ahora soy mayor y mucho más sabia, y no puedo esperar para usar su regalo.

Los dedos de Edward tiemblan cuando abrochan la pulsera alrededor de mi muñeca.

—Es hermosa —le susurro.

—Se ve hermosa en ti —dice él y se sienta a mi lado en el sofá. Sus brazos se curvan a mi alrededor y me acerca a él mientras examino su regalo. La cadena de plata antigua es fina y delicada. El cristal en forma de corazón que cuelga de ella suelta destellos y arcoíris alrededor de la habitación—. Era de mi madre —dice Edward, tocando el cristal y haciéndolo girar suavemente—. Regresé a la casa para conseguirlo, justo antes de venir a recogerte del trabajo. Ahí no sabía si era demasiado. O demasiado pronto. He estado tratando de resolverlo. Todavía no lo sé.

—Es perfecto —susurro, mirando como el cristal hace rebotar la luz alrededor de la habitación—. Gracias —luego sonrío—. Me recuerda a ti a la luz de sol.

Ríe bajito.

—¿Me has visto al sol muy seguido?

—Sólo un puñado de veces.

Besa mi cabeza.

—¿Vas a usarlo?

—Sí.

Me inclino para volver a besarlo, pero Edward se aleja y arruga la nariz.

—Humo —murmura, se pone de pie y va rápidamente a la cocina. Parece que en mi estado nervioso no había bajado el fuego como había pensado. Edward apaga el fuego de la sartén y lo cubre con la tapa, extinguiendo el humo que ni siquiera puedo oler, pero al parecer los detectores en el techo son tan sensibles como la nariz de un vampiro. La alarma comienza a sonar un segundo más tarde.

Pero la alarma no se limita únicamente a mi cocina; está vinculada a todo el edificio y al siguiente segundo las sirenas de los pasillos están gimiendo y hay sonidos de pies corriendo y portazos.

—¿Es un sistema de aviso a emergencias? —Edward pregunta sin ganas.

—Sí.

Él ladea la cabeza, escuchando, y luego asiente.

—Y aquí vienen.

Son dos camiones de bomberos y el edificio es evacuado mientras los bomberos hacen lo suyo. Trato de explicar a uno de ellos que solo era una Bolognesa recalentada en mi cocina. Me dice que ellos no pueden irse hasta que estén seguros de qué es lo que sucede.

Edward mantiene sus brazos a mi alrededor cuando estamos en la calle con los otros residentes de mi edificio y me disculpo profusamente y todos me dicen que no me preocupe; no es la primera vez que sucede.

—Yo fui la última vez —sonríe el chico del 4B—. Carbonicé mi carne.

Sólo media hora después nos dan el visto bueno, pero cuando cruzamos la calle el teléfono de Edward suena y lee un mensaje de Alice. Veo su rostro cuando frunce el ceño.

—¿Qué dice?

—Sabía que tu cena se arruinaría y te iba a ofrecer salir a comer fuera —murmura Edward—. Pero al parecer Alice lo tiene todo cubierto —levanta la vista del teléfono—. Me ruega para que te lleva a la casa. Y tiene un surtido de menús para llevar para que puedas elegir.

Comienzo a reír, pero Edward frunce el ceño.

—¿Qué pasa? —pregunto y me abraza. Entierra la nariz en mi pelo, inhalando profundamente y suspira.

—No estoy dispuesto a compartirte todavía —besa mi cuello suavemente—. Pero también me doy cuenta de que no puedo tenerte sólo para mí por más tiempo, por lo que supongo… —se aleja y sonríe con timidez—. ¿Quieres ir a casa y conocer a mi familia?

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Sostiene mi mano mientras conduce. El corazón de cristal se balancea en mi muñeca y observo el balanceo del ir y venir con el ritmo del auto.

—¿Está todo bien con tu familia? —pregunto, porque parece tenso y nervioso.

—Todo está perdonado —dice él rápidamente y me aprieta la mano.

—¿Ellos saben de la pulsera?

Asiente.

—Cuando fui a buscarla esta tarde, estaban muy contentos de saber que estábamos de nuevo juntos.

—¿No lo sabían? Creí que Alice podría haber…

—Alice ha estado muy callada estos días —se acerca y me besa—. ¿Cómo te sientes por verlos de nuevo?

—Emocionada. Nerviosa. Los he extrañado.

Edward asiente otra vez, pero no habla. Su mano se estrecha alrededor de la mía.

Los Cullen están reunidos en la sala de estar cuando llegamos.

Hubo tantas veces en las que había imaginado una reunión y siempre esta había estado llena de abrazos y sonrisas, pero ahora la realidad es diferente. Todos están tensos. La mandíbula de Edward está rígida.

—Bella —Esme sonríe y pasa al frente, tomando mis manos con cuidado entre las suyas—. Estoy tan contenta de verte de nuevo.

—Yo también, Esme. Te he extrañado mucho.

Casi caen las lágrimas de mis ojos cuando ella me abraza.

—Lo sentimos mucho, Bella —susurra y da un paso atrás—. Lo sentimos por lo que pasó, por la forma en que nos fuimos —mira a Edward—. Por esconderte la verdad —se muerde el labio—. Los últimos dos años no han sido fáciles para ninguno de nosotros. Espero que podamos llamar a esto un nuevo comienzo.

—Por supuesto —sonrío y Edward se inclina para besar la mejilla de Esme. El alivio se propaga por sus hermosas facciones. Ella se alza y le toca la mejilla mientras asiente y sonríe, y luego da un paso atrás cuando Carlisle nos saluda con una sonrisa y toma mi mano—. Es muy bueno verte aquí —dice y le doy las gracias.

—Estás toda crecida —Emmett sonríe desde el otro lado de la habitación—. Tu cabello está diferente.

—Son sólo unas capas —murmuro, sorprendida de que él se dé cuenta.

—Se ve bien. Bienvenida.

—Gracias —le sonrío.

Rosalie me guiña un ojo y una pequeña sonrisa, que de ella lo dice todo. Alice rebota sobre sus pies, sonriéndome, y entonces finalmente se adelanta y me envuelve en un abrazo.

—Me alegra tanto que estés de regreso —sonríe.

—También me alegro.

No es hasta que ella se hace a un lado que veo a Jasper de pie detrás de todos los demás. La última vez que lo vi, sus dientes chasqueaban a centímetros de mi cara. No quise ponerme tensa, pero lo hago y Edward me acerca él.

Jasper inclina la cabeza, pero no se acerca más.

—Bella, no puedo decirte cuanto es que lo siento —dice con mucha formalidad a la vez que el resto de los Cullen comienzan a irse a otras partes de la casa. Qué extraño, realmente no los vi salir. Sólo se queda Alice, sosteniendo con fuerza la mano de su marido—. Si hay una cosa que me gustaría cambiar de los últimos ciento cincuenta años, sería esa noche.

—Está bien. Sé que no fue personal —decir eso suena tan estúpido y frunzo el ceño—. Quiero decir… lo entiendo. Siempre supe que salir con vampiros era un riesgo —río con torpeza y las palabras que sonaban tan bien en mi cabeza suenan trilladas y ridículas cuando las digo. Sacudo la cabeza—. Creo que lo que trato de decir es que no me gustó lo que pasó, pero entiendo por qué lo hiciste. Y acepto tus disculpas.

Jasper inclina la cabeza de nuevo.

—No quiero que te asuste el venir aquí —dice. Noto cuan claros están sus ojos; frescos por la caza, diría yo. Preparación para mi llegada, sin duda.

—No me asusta —sonrío.

Jasper me devuelve la sonrisa y mira a Edward, quien asiente.

Alice me abraza de nuevo y pregunta si quiero tailandés, chino o mexicano.

—Um, ¿tailandés?

—¡Hecho! —ella sonríe y saca su teléfono para realizar el pedido—. ¿Pastel de pescado? ¿Dim sum? ¿Cordero picante con curry rojo? —recita lo que pedí cuando fuimos a comer antes de un concierto en Seattle en ese perfecto verano.

—¿Lo recuerdas?

—Por supuesto —ella sonríe de nuevo.

Los otros Cullen aparecen gradualmente y nos sentamos en la sala de estar mientas cae la tensión poco a poco y comenzamos a ponernos al día.

En muchos sentidos, esta casa es similar a la de Forks; está escondida en el bosque y es toda ventanas y espacios abiertos. El piano de Edward está en un extremo de la habitación. Él se queda en silencio, su mano nunca suelta la mía, pero poco a poco comienza a relajarse; siento como su cuerpo se suelta cuando descanso contra él. Mi mano cubre su muslo. De vez en cuando me besa en la frente, en la mejilla.

Jasper va a la calle para recibir al repartidor y regresa con mi cena, y no me siento incomoda al ser la única en comer. Se siente un poco como en los viejos tiempos, con Emmett haciendo bromas sobre mi comida y bromeando de vuelta. Y Rosalie rodándole los ojos a su marido y Esme diciéndole a Emmett que no sea grosero.

Después de la cena, Edward toma mi mano.

—¿Quieres ver mi cuarto? —sonríe y subimos mientras Emmett silba y Rosalie le da un golpe en la nuca.

—Hay cosas que no cambian —sonrío y aunque Edward sonríe, está tenso. Me lleva hasta el familiar sofá de cuero negro y casi lloro cuando me hundo en él a su lado. A lo lejos oigo una puerta golpear, y un motor de automóvil.

—¿Tu familia salió?

—Están siendo discretos —sonríe y doblo las piernas debajo de mí.

—Solíamos sentarnos aquí y escuchar música —le susurro y paso los dedos sobre la costura del borde de sofá, sintiendo los nudos familiares aquí y allá en la costura. La copa de Edward está en el estante. Están sus filas de filas de CDs y discos. No hay una pared de cristal, pero hay una enorme ventana de umbral bajo que encara hacia la oscuridad del bosque.

Edward se pasa la mano por el cabello.

—¿Quieres escuchar algo ahora?

—Claro.

Pone algo suave y clásico, y vuelve a sentarse a mi lado. Con los pies firmemente plantados en el suelo, se frota los muslos revestidos de mezclilla con las manos.

—¿Estuvo bien esta noche? —pregunta, mirándose los pies, no a mí.

—Estuvo bien —tomo una de sus manos con las mías—. He extrañado a tu familia. Y las cosas fueron un poco incomodas al principio, pero no paso mucho tiempo para que me sintiera más o menos como antes.

Edward asiente, pero el ceño fruncido nubla su rostro. Lo toco en la barbilla y me mira. Iba a preguntarle si podía ver sus fotos, pero tengo la sensación que este no es el momento adecuado.

—¿Qué pasa? —pregunto con suavidad—. Has estado tenso desde que llegamos. ¿Todavía estás enojado con tu familia?

—No realmente —niega—. Sé que sus decisiones nuca fueron para hacerme daño.

—Entonces, ¿qué pasa?

Se encoge de hombros y mira hacia la ventana.

—Es una estupidez —murmura.

—Ahora suenas como un chico de diecisiete años —sonrío y sus labios tiemblan en una casi sonrisa—. ¿Me dirás?

Suspira y se encoge de hombros.

—Mi familia tiene una historia compartida contigo, y yo no.

Sus palabras son dichas con simpleza, pero puedo escuchar el dolor y por un momento no sé qué decir.

—También compartimos esa historia —susurro.

Abraza una pierna contra su pecho. Su otra mano se curva alrededor de la mía y me enfrenta.

—No, no la compartimos. Emmett sabe que tu cabello está diferente. Alice recuerda la comida que te gusta. No puedo recordar de la noche que Jasper habla. Para mí, esta noche sentí como si yo fuera presentado a mi familia. Para ti, fue como un reencuentro. Una reconciliación. Yo era el tercero en discordia.

Se ve tan perdido y quiero decirle que está equivocado, pero sé que tiene razón.

—Lo siento —susurro.

—No —dice rápidamente—. No lo sientas. Estoy siendo… un llorón —suspira y se hace hacia tras, apoyando la cabeza contra la pared—. ¿Es extraño que esté celoso del Edward de Forks? Porque él consiguió el primer beso. Te llevo al prado. Lo viste a él al sol.

—Ese fuiste tú.

—He intentado fuertemente recordar —susurra. Sus ojos son profundos y tristes en este momento, y me arrastro a su regazo y lo abrazo tan fuerte como puedo. Sus brazos me rodean—. Dices que nos sentábamos en este sofá a escuchar música, pero no sé qué canciones.

—Esta era una de ella.

—¿Sí?

Pasa una mano por mi espalda.

—A veces te ponías retro y elegías una época. El Glam Rock fue muy divertido.

—¿Glam?

—Tienes los discos de David Bowie.

—¿Los tengo?

—Sí.

Me pongo muy contenta cuando ríe bajito, pero un momento después su estado ánimo cambia de nuevo.

—También lo odio —dice y después de una pausa, las palabras salen rápidamente de sus labios—. No por tener las primeras veces, sino por lo que te hizo. A veces casi espero no recordar. Las cosas que me has dicho que hice… no creo que las quiera en mi cabeza. No puedo ni pensar en lo que fue dejarte. ¿Eso me hace un cobarde?

—Creo que te hace humano —acuno su mejilla en la mano. Cierra los ojos y se apoya en mi palma.

—Pero es tan conflictivo, porque quiero los malos recuerdos. Sin ellos nunca podré reconciliarme con lo que hice…

—Ya lo has hecho —paso el pulgar por la curva de su pómulo—. Estás aquí y no irás a ninguna parte.

—A ninguna parte —susurra, abriendo los ojos.

—Y eso es todo lo que necesito. A ti. Aquí. Ahora. Para siempre.

Él asiente con la cabeza lentamente.

—Para siempre.

Nos acostamos en su sofá, envueltos uno en el otro y cuando paso mis labios sobre su cuello, él recorre mis muslos con sus manos. Le quito el jersey por la cabeza; desliza mi jeans por mis piernas. Cuando él se hunde en mí, me cierro en torno a él y le doy un nuevo recuerdo que podemos compartir.

-0-

Edward prácticamente vive en mi departamento. Durante las siguientes semanas apenas nos separamos, su brazalete nunca sale de mi muñeca y nunca lo he visto tan feliz, ni siquiera incluso durante ese verano en Forks cuando solo éramos nosotros dos, el mundo exterior no existía y el futuro no se avecinaba.

Me compra una cama nueva; una de hierro con refuerzo extra. Y una nueva cortina de baño; azul brillante con caballitos de mar.

Estudiamos juntos. Hacemos el amor. Visitamos mucho a su familia y la tensión se desvanece. Me cuenta chistes y aprende a tocar la armónica. También aprende a cocinar, pero la armónica le resulta mejor que la Bolognese.

Se pasa horas estudiando con detenimiento mi álbum de fotos, pero sus recuerdos no regresan. Ahora no parece luchar; estamos enfocados en el futuro, y en mi decisión de que después de la graduación nos iremos lejos y me convertirá. Hablamos mucho acerca de lo que eso significará, las dificultades, las limitaciones y de que estar separados no funciona para nosotros.

Mientras se acerca Acción de Gracias, pienso en Jake y su anuncio, y en mi viaje de regreso a Forks. Hubo un tiempo en que habría pensado que mi amigo estaba loco al comprometerse tan joven. Yo creía que el matrimonio era algo que sólo falló con mis padres, y con casi el cincuenta por ciento de las parejas. Este tipo de unión nunca estuvo en mi radar, pero una noche estudiando en el sofá, miro a Edward y comienzo a pensar. Frunciendo el ceño, lucha contra una receta de frittata, y no creo que lo pueda amar más de lo ya lo hago. Y de pronto entiendo por qué Renne lo intentó de nuevo con Phill. Por qué estoy muy segura de que Jake se lo va a pedir a Beth. Por qué toda la familia de Edward ha caminado por el pasillo.

—Te amo —susurro, él levanta la vista y sonríe.

—También te amo.

Se quita un poco de cabello de la cara y rio. Quiero a este hombre para toda la eternidad. Lo amaré hasta la eternidad y comprendo, con repentina certeza, que quiero unirme a él en todos los sentidos que pueda.

Él vuelve a la receta. Regresa el ceño fruncido. Mi corazón comienza a acelerarse cuando un nuevo mundo se abre para mí y me da la bienvenida.

—¿Edward?

—¿Mm?

—Um, ¿qué piensas del matrimonio?

Estuvo a punto de tirar el rallador de queso.

—¿Matrimonio?

—Uh huh.

Mis apuntes se deslizan hasta el suelo. Los ojos de Edward se traban en los míos.

—Yo creo en el matrimonio —dice en voz baja—. Si eso es lo que ambos quieren.

—Oh.

Mi corazón se acelera, golpeando mis costillas como si quisiera liberarse y correr hacia el hombre que en este momento se encuentra hasta las muñecas en masa frittata y queso. Lentamente, Edward baja el rallador y se limpia las manos en el paño de cocina. Deja la encimera de la cocina y viene hacia mí, se agacha frente a mí y me toma las manos.

—Creía que el matrimonio era algo que tú no querías.

—En realidad, nunca hablamos de eso.

—Lo sé. Pero supe de tus puntos de vista sobre el tema. No fueron muy positivos.

Sacudo la cabeza, no sé a qué se refiere.

—¿Cuándo fue eso?

—El día después de que me atendiste en The Drum por primera vez. Reías con Alex en uno de los pasillos del edifico de Artes.

—Oh. —Ahora recuerdo. En mi rama de antropología. Estábamos estudiando como la relevancia del matrimonio había cambiado a lo largo de los siglos. Después, en el pasillo había debatido con Alex. Dije algo sobre que el matrimonio era arcaico e innecesario.

—¿Escuchaste eso?

—Me tenías intrigado y estaba prestándote atención, sí —se encoge de hombros y miro hacia el cristal que se balancea en mi muñeca.

—Esto no es un cristal, ¿verdad?

—No, no lo es.

Levanto la vista y casi me ahogo en la suya.

—¿Es un diamante?

No responde, pero toca el brillante corazón. Ahora me doy cuenta de que él pensaba que probablemente esto era lo más cerca que alguna vez llegaríamos al matrimonio.

—Edward, estaba equivocada.

—¿Sobre qué?

—De lo que dije en el pasillo.

Jadea tan bajo que apenas lo oigo.

—Es bueno saberlo —dice en voz baja, casi casualmente, al pararse—. Ahora será mejor que termines tu tarea antes de que la masa se aglomere.

Su propuesta llega sólo cuatro días después, en una alfombra delante de una chimenea en una cabaña cera de Hood River. Una escapada sorpresa, él la llamó. Sólo por diversión.

Caminamos por el bosque, seguimos el río y admiramos las espectaculares vistas. Cuando llega la noche, el fuego es cálido y bienvenido, envueltos en suaves batas, me acurruco en el regazo de Edward. Sus brazos me acercan a él, metiéndome debajo de su barbilla mientras vemos las llamas bailar y saltar. El recuerdo de la tina de hidromasajes todavía hormiguea en mi piel.

Edward se inclina hacia mi rostro y me besa lentamente, con ternura. Retuerzo mis manos en su cabello, acercándolo más.

—Cásate conmigo —susurra contra mis labios.

Mis manos se quedan quietas. Me alejo para verle la cara. Las llamas se reflejan en sus ojos cuando su mirada busca la mía.

—Cásate conmigo, Bella.

Mi corazón salta, mi estómago cae en caída libre. No sé si reír o llorar, o ambos. Soy atravesada por la alegría y las ganas de gritar mi respuesta, pero todo lo que puedo manejar es un susurro.

—Sí. Sí.

Su sonrisa se ensancha, se extiende por su cara y es como si él de pronto se iluminara desde el interior mientras mete la mano en el bolsillo de la bata.

Saca un anillo, un diamante oval, y lo desliza suavemente en mi dedo. Me queda perfecto y se ve tan bien, como si perteneciera allí. Rápidamente me seco las lágrimas que se han acumulado en mis ojos.

—Gracias —Edward dice y me besa la mano. Al levantar la vista, quedo atrapada no sólo por la profundidad del amor que veo, sino también por la promesa que brilla más que las llamas. Le digo que lo amo y me responde con un beso.

—Lo tenías planeado.

—Desde el momento en que me dijiste que tus opiniones habían cambiado —murmura, presionando la frente con la mía—. Pensaba arrodillarme y dar todo un discurso…

—Yo no necesito eso.

—Lo sé.

Me acerca él de nuevo.

—Bella —respira—. No sabía que este tipo de felicidad fuera posible.

Con su nariz empuja la bata de mis hombros, y los diamantes de mi muñeca y dedo resplandecen y brillan ante la luz del fuego a medida que descubrimos una nueva y completa felicidad frente a las llamas.

-0-

—Conduce con cuidado —Edward dice con firmeza cuando subo a mi camioneta.

—Sí.

—Nos vemos allá mañana.

—Mañana.

Cierro la puerta y saco la cabeza por la ventana abierta para besarlo.

—Ten cuidado —susurra.

—Te llamaré cuando llegue.

—Te amo.

—También te amo.

Hay otro beso, y luego Edward da un paso atrás y asiente. Enciendo el motor y, aunque no quiero irme sin él, me obligo a poner primera en la camioneta y soltar el freno de mano.

—Mañana —sonrío.

—Mañana —él dice sin sonido y se despide con un gesto de la mano cuando me alejo por la acera y avanzo por la calle. En el espejo retrovisor lo veo de pie en la vereda, con las manos tomadas sobre su cabeza, viendo como me voy. Enciendo la radio a todo volumen para distraerme y me recuerdo que en cuarenta y ocho horas vamos a estar juntos de nuevo.

Mañana es Día de Acción de Gracias y regreso a Forks para pasar las vacaciones con Charlie, Jacob y todos los de La Push. Los Cullen lo celebrarán a su manera mañana; cazando en familia y luego Edward manejará hasta Forks para unirse a mí. Esta noche me quedo con Charlie. El resto del fin de semana me quedo con Edward en su antigua casa en las afueras de la ciudad, y es entonces cuando le contaremos nuestras novedades a Charlie.

Pensamos mucho sobre si decirle a mi papá. Pensé que tal vez podríamos mantenerlo en secreto, si voy a desaparecer en pocos años de todos modos. Pero al final, Edward dijo que habría muchas mentiras, y si Charlie sabía que yo era feliz, cuidad y amada, entonces quizás no se preocuparía tanto cuando dejara de ir a las fiestas de navidad, cumpleaños y otras Acciones de gracias. Aunque la reacción inicial de Charlie podría ser un problema; sé que no será feliz con el regreso de Edward a mi vida. Y no quiero pensar en lo que Jacob dirá cuando se entere.

La familia de Edward, por otro lado, está muy contenta por nuestro compromiso. Si dejamos a Alice hacer todo a su manera, estaríamos haciendo reserva en el Plaza Hotel y yo usaría accesorios Vera Wang. Pero estamos haciendo las cosas a nuestra manera, a nuestro propio ritmo. Vamos a ver la reacción de Charlie primero, y seguir desde ahí. Me gustaría que mi papá me llevara por el pasillo. Quiero que sea uno de los recuerdos que compartamos y me concentro en eso mientras dirijo mi camioneta lejos de Edward.

El viaje desde Portland a Forks es de casi cinco horas. La lluvia comienza a caer a las dos horas de mi viaje. Se hace constante y más y más pesada. El tráfico de vacaciones retrasa el viaje aún más y decido tomar algunas carreteras secundarias.

Estoy a sólo media hora de Forks, unos cuarenta minutos, cuando la lluvia cae como cubos de agua tan fuerte que los limpiaparabrisas no pueden seguirle el ritmo. Me detengo a un lado de un tranquilo camino que serpentea las afueras del parque nacional y espero. Sin el sonido del motor, la lluvia torrencial suena fuerte sobre el techo de la camioneta. Y está helado con la calefacción apagada. Me aprieto el abrigo, tomo mi gorro de la mochila y me lo pongo.

La lluvia sigue cayendo.

Bebo la botella de agua que traje conmigo. Me como el paquete de papas fritas.

Mis dedos comienzan a entumecerse.

Tarareo y muevo los pies. Estoy a mitad de un paquete de mentas y un capítulo de El Jinete de Bronce cuando la lluvia finalmente afloja y se detiene. Por fin.

Dejo a un lado el libro, arranco el motor y escucho los neumáticos girar salvajemente mientras la camioneta se queda quieta.

—Mierda.

El costado de la carretera se había convertido en un estanque de barro y cuando salgo trepando descubro que mis neumáticos están profundamente hundidos. Trato de desenterrar los neumáticos con mis manos y un palo, pero es inútil.

Mi teléfono suena en el interior de mi bolsillo y es el tono de llamada de Edward. Estará preocupado, lo sé, porque me doy cuenta de que ya debería haberlo llamado, pero mis dedos están resbaladizos a causa del barro y el teléfono se desliza por mis dedos, rebota con fuerza en la pisadera y aterriza con un plop en el barro.

—¡Mierda!

El sonido se detiene. Me apuro a sacarlo del barro y con los dedos entumecidos intento quitarle el barro del teclado. La pantalla está quebrada, la carcasa separada en poco en la parte inferior y lo junto, pero creo que solo estoy apretando el barro que está dentro.

Marco el número de Edward y espero ver qué pasa. Suena una vez y luego se detiene; la pantalla se vuelve negra. Intento una y otra vez, pero no hay nada. El teléfono está muerto. Y ahora sé que él va a entrar en pánico.

Gimiendo, subo al asiento y enciendo el auto. Si puedo moverme y llegar a casa de Charlie, podré llamar a Edward antes de que se asuste demasiado. Así que acelero a fondo. Y veo el barro caer sobre las ventanas.

Golpeo mi cabeza contra el volante.

Pero mi determinación aún no me abandona y salgo otra vez a hacer una inspección minuciosa. Tiene que haber una salida.

Pero el barro es espeso y profundo, cuando hago el recorrido por la parte delantera de la camioneta, me resbalo de nuevo y me corto la mano con el guardabarros cuando me apoyo en él. La sangre mana roja por mi palma y el olor me marea. Me siento en la pisadera, pongo la cabeza entre las rodillas y mantengo la mano alejada de mí. Inhalo el aire frío a mis pulmones, contengo la respiración y luego subo a la camioneta para buscar pañuelos de papel.

Lo mejor que puedo encontrar una servilleta de la estación donde compré el almuerzo, así que la presiono fuerte sobre el corte y contengo la respiración de nuevo. Cuento hasta veinte y luego quito la servilleta. El flujo parece haberse detenido, pero mi estómago se tambalea. Noto que hay sangre en el asiento. Y también en el suelo. Bajo la ventana y saco la cabeza para respirar profundamente otra vez.

No estoy segura de qué hacer ahora. Sé que probablemente Edward vendrá a buscarme. Tal vez Charlie también; le dije que estaría en su casa a tiempo para la cena. Lo intento una vez más con el teléfono…

Nada.

Suelto una palabrota, me hecho sobre el asiento de al lado y espero.

Busco en mi mochila un curita para reemplazar la servilleta, y al menos algo me sale bien cuando encuentro una y la pego en mi palma.

Cuando oigo un auto que viene salgo para detenerlo… tal vez me deje usar su teléfono; pero no se detiene. Pasan veinte minutos antes de que pase otro auto.

Ha transcurrido una hora

Cierro los ojos y trato de ignorar el frío que se filtra en mis huesos.

Dos horas.

No debería haberme tomado la botella de agua, porque ahora quiero hacer pis.

Mi mano palpita. Tengo hambre y tanto frío que estoy temblando desde el cuero cabelludo hasta los pies. Y la urgente necesidad de mi vejiga es fuerte. Miro la botella de agua vacía y por el momento parece ser la respuesta, hasta que tomo nota de lo estrecha que es la boquilla y el vigoroso temblor de mis manos. No, no hay forma de que termine limpio y ordenado. Así que salgo de la camioneta de nuevo.

Me abro paso a través del denso bosque, en busca de un espacio suficientemente grande para satisfacer mi necesidad y para cuando encuentro un pequeño claro de unos pocos metros cuadrados, ya no puedo ver la camioneta y mis dedos están entumecidos cuando intento bajar el cierre de mis pantalones.

—¡Bella!

Edward brama mi nombre. Su pánico se hace eco a través del bosque y me atraviesa como un cristal roto. Y comprendo que para ahora él debe haber encontrado mi sangre en el asiento y el piso de la camioneta, sin verme por ninguna parte.

—¡Estoy aquí! —grito y me subo los jeans lo más rápido que puedo—¡Edward, estoy aquí!

A la distancia, comienza a retumbar un trueno.

—¡BELLA!

—Estoy aquí.

Él corre. Lo oigo estrellarse contra el bosque; hay un destello de color y de pronto, soy llevada a sus brazos antes de que siquiera realmente lo vea. Es como ser golpeado por una ola y me aplasta con tanta fuerza que casi es doloroso.

—Oh, Dios mío, Bella —llora y su cuerpo tiembla.

—Estoy bien, estoy bien, estoy bien.

Él se aleja lo suficiente como para poder verme. Una mano recorre frenéticamente mi cuerpo, mi cara, comprobando antes de descansar sobre mi corazón. Inclina la cabeza, cierra los ojos y presiona la frente en la mía.

—Estás bien —respira.

—Sí. Sólo tenía que hacer pis.

—Había sangre...

—Me corté la mano con el guardabarros —le muestro la palma de mi mano con el curita.

Exhala fuertemente; dolor y alivio cruzan su rostro, y me basa la mano.

—¿Es profundo?

—Sólo un rasguño. Estoy bien.

Edward me abraza otra vez, su cuerpo aún tiembla.

—Creí que te había perdido —susurra quebrado y sus brazos me aprietan contra él una y otra vez—. Corriendo por el bosque, escuchando tu corazón, pensé…

El cambio es sutil pero repentino. El ya duro cuerpo de Edward se pone rígido cuando sus palabras salen. Parece comenzar en las piernas y avanzar hacia arriba hasta que siento como si fuera abrazada por una estatua. Incluso su pecho se queda quieto y deja de respirar.

—¿Edward?

Él no responde. Me alejo, pero es difícil, su abrazo es inflexible, pero cuando forcejeo, me suelta. Sus brazos se balancean sin fuerzas a los costados.

—Edward, ¿qué pasa? —pero lo sé tan pronto como lo miro. Su cuerpo aún está quieto, pero sus ojos son salvajes y están asustados cuando veo los últimos dos años volver a su lugar y sé que… él está recordando.

-0-

—Estabas corriendo por el bosque buscándome —Edward susurra—. Me llamabas, podía oír tus pasos sobre las hojas cuando corrías —da un paso lejos de mí, pero me lanzo hacia él, atrapando su mano, sosteniéndola con fuerza.

—No te vayas —susurro y mi propio miedo equipara el suyo—. No corras.

Me mira como si fuera la primera vez que me ve y creo que esto es peor que esa tarde en que vio mi cicatriz.

Me aferro a él, sé que mi contacto es su línea de vida en este momento y de pronto, sus piernas flaquean y cae de rodillas, y estoy en el barro con él, sosteniendo su mano.

—No te vayas —susurro de nuevo. Es como tratar de calmar a un animal asustado y por un momento es como si no me hubiera oído hablar, pero luego hace un gesto casi imperceptible con la cabeza.

—No me iré —susurra él, con los ojos muy abiertos y fijos en los míos—. No voy a correr.

Su respiración es fuerte y superficial. Lo tomo más fuerte cuando ladea la cabeza y gime.

—Oh, Dios mío, ¿qué he hecho?

—Edward, no pasa nada. Estamos bien. Estoy aquí.

Su mano aprieta con suavidad la mía, la otra mano es un puño que frota contra su pecho. Su cuerpo se estremece y sacude. De pronto, se pone pie soltándome, y comienza a retroceder.

—Te dije que no te quería —el dolor en su voz se extiende en mí.

—Es pasado, Edward. Los dos sabemos por qué lo hiciste.

—No era bueno para ti.

—No, no… —sacudo la cabeza, tratando de no llorar—. Eres lo mejor que me ha…

—¿Cómo puedes decir eso? —ruge y se toma la cabeza—. Fui cruel —susurra—. ¿Por qué quieres estar conmigo?

—Porque te amo —ahora estoy llorando—. Y tú me amas.

Es como si mis palabras le causasen un dolor físico real, contrae la cara y se aleja. Me aguanto las lágrimas.

—No lo hagas —extiendo una mano hacia él—. Por favor, no hagas esto. Dijiste que no correrías —tengo miedo que él siga retrocediendo y mi alivio es casi aplastante cuando toma mi mano de nuevo. El dolor y la tristeza en su rostro es desgarrador y prácticamente me subo sobre él, envolviéndolo con mis brazos, abrazándolo, susurrándole cuanto lo amo. Él no habla. Su cuerpo sigue temblando cuando pasa sus brazos a mi alrededor.

—Por favor, no te vayas. Por favor, quédate.

Levanta la vista; ojos abiertos y asustados, pero asiente.

—No me iré —susurra—. Por favor, no me dejes.

—Nunca —le digo más fuerte—. Nunca te dejaré.

Nos hundimos en el barro y lo abrazo, su cabeza está sobre mi pecho y es de noche antes de que deje de temblar. Cuando levanta la cabeza el dolor en sus ojos es crudo, casi me mata y las lágrimas aparecen de nuevo.

—Lo siento mucho —mueve los labios—. Te lastimé y lo siento mucho.

Quiero decirle que se detenga. Quiero decir que entiendo por qué lo hizo. Pero no lo hago. A medida que la luna brilla sobre nosotros, me doy cuenta que ahora mismo, en este instante, sólo hay una forma de sacar a Edward de esto.

—Gracias —sonrío a través de las lágrimas—. Gracias por disculparte. Te perdono.

Su alivio es palpable. Resbala entre mis brazos como una marioneta cuyos hilos han sido cortados y su cabeza cae de nuevo contra mi pecho. Toma mis manos y puedo sentir como se comienza a levantar su carga. Este no será el final, lo sé, pero el perdón es el principio.

Nos quedamos sentados en la oscuridad, sólo yo y el hombre en mis brazos. Él se queda en silencio, muy quieto, aferrado a mí, pero de vez en cuando se estremece cuando algún nuevo recuerdo regresa, y cuando eso sucede le susurro que lo amo. Con mis manos hago círculos detrás de su cuello, le gusta. Dejo besos en su cabeza y le digo que todo va a estar bien. Parecen horas, pero quizás no, antes de que levante la cabeza y mire en dirección de la carretera.

—¿Qué es? —también miro, pero por supuesto no puedo ver nada.

—Es tu padre —murmura Edward.

—¿Charlie? —Mierda. Lo había olvidado. Por supuesto que estaría buscándome y ahora no es el mejor momento para volver a presentarle a Edward. Mierda—. ¿Puedes oír la patrulla?

—No —Edward contesta y me mira con una nueva emoción—. Puedo leer su mente.

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Todo de una! Disculpame por demorarme en subir este capítulo tan intenso.

Muchas gracias por leer, a los nuevos y a los que siguen. Por ya comentarios y daba.

Muchos cariños