Disclaimer: No me pertenecen ni Resident Evil ni sus personajes, si no a Capcom. Lo único mío son Roxan, Reynald, etc. Esta historia esta hecha por entretenimiento y diversión sin ánimo alguno de lucro.
Capítulo 13Wesker al rescate
La verdad era que se sentía observada. Caminaba, y tenía la extraña sensación de que había alguien detrás de ella, cerca o lejos, siguiendo sus pasos. Roselyn había ido al apartamento de mala muerte que antes ocupaba para recoger sus cosas y traerlas a casa de Roxan. Al final había decidido que Roselyn estaría con ella hasta que terminara los estudios de enfermera. Le había dejado una calle más debajo de su casa, mientras ella iba a por sus cosas restantes. Roxan andaba con ayuda de sus muletas, con la noche ya llegada, además de la pobre iluminación que aportaban las farolas de la calle. No le temía a la oscuridad, ni ahora ni de pequeña, y aquél era un barrio muy tranquilito. Nunca había robos, ni nada por el estilo, y los únicos alborotos que se podían oír en pocas ocasiones eran los de algún que otro grupo de muchachos que venían borrachines de alguna fiesta, o el llanto de algún bebe hambriento. Sí, aquél lugar podía resultar hasta anodino. Era como una zona a parte de Raccon City, que vivía despreocupada y sosegada. Roxan continuó caminando a tientas con las muletas, ligeras pero incómodas. Roxan volvió a sentir la presencia de alguien, mucho más cerca y de manera más precisa. Así que no dudó ni un instante en coger una de las muletas e intentar darle en las rodillas a quien quisiera que le estuviera siguiendo. Inmóvil seguro que le dejaba, y con un buen dolor en las articulaciones.
Su sorpresa fue que el individuo, agarró la muleta con fuerza y tiró de ella hacia atrás, atrayéndola hacia sí. Le arrebató la muleta con un simple movimiento, y le agarró suavemente de la muñeca con la mano que tenía libre.
-¿Vas dándole muletazos a todo el que se te pone por delante, Roxan?-le preguntó el hombre.
-Maldita sea, Reynald, por poco me da otro infarto más… ¿Y tú, vas siguiendo a la gente por ahí?-replicó Roxan girando el rostro y topándose con la cara de Reynald, que se mostraba divertida y extrañada a la vez.
-Es que iba al hospital a pedirte perdón, y en el camino te he visto dando trompicones con las muletas... Así que, lo siento. Tanto por haberte hablado así por teléfono como por provocarte casi otro infarto.
-Yo… Yo también te debo una disculpa. Soy demasiado impulsiva… No debí haberte tratado así. Eres la única persona que de verdad se preocupa por mí, y el único en quien puedo confiar-dijo ella.
-¿Entonces, confías en mí?
-¡Por supuesto! Si asesinara a alguien, eres la persona a la que llamaría para que me ayudara a arrastrar el cadáver.
-Es una forma algo macabra de decirlo, la verdad. ¿Quieres que te ayude a arrastrar algún cadáver?
-Oh, no estaría nada mal matar a Wesker de la forma más lenta y dolorosa que hay… Como meterle en una dama de hierro.
-¿Me estás leyendo el pensamiento?-inquirió Reynald, sonriendo, y ganándose una risa de Roxan.
Reynald se percató del sonrojo de Roxan. Llevaban un rato así, pegados el uno al otro, y él tenía la barbilla apoyada en el hombro de ella. Ya le había soltado la muñeca, pero no la muleta.
-¿Tú también sientes como si te estuvieran siguiendo?-musitó Roxan, casi sin aliento.
-La verdad es que sí… Tengo esa sensación desde hace rato.
Reynald soltó la muleta y ella comenzó a caminar de nuevo. Él le acompañó, yendo al lado de ella, en un silencio sepulcral. Lo único que se escuchaba era el silbido del viento y el crujir de las ramas de algún árbol. Reynald frunció el ceño al oír un castañeteo, que provenía de los dientes de Roxan. A ella le temblaban de manera violenta las piernas, y andaba con paso torpe. Ella elevó la vista al sentir un repentino y confortante calor: Reynald se había quitado su chaqueta y la había colocado sobre los hombros de Roxan. Ella se la acomodó y le dedicó la sonrisa más cándida que pudo. Roxan se tuvo que poner de puntillas para darle un beso en la mejilla, ya que Reynald era bastante alto, a pesar de que ella midiera un metro ochenta y tres, él medía unos diez centímetros más. A pesar de no ser mucha la diferencia de altura… Ella se sentía tan pequeñita a su lado… Pero quizás eran esos centímetros los que hacían que se sintiera protegida cuando estaba con Reynald. Él se puso más rojo de lo que ya estaba (efectos secundarios del frío), y sintió un repentino calor que le inundó el cuerpo entero. Aquél simple beso le había hecho tan feliz… Dicen que la felicidad es un instante, ¿pero acaso la vida no era un conjunto de instantes?
-Muchas gracias por evitar que me siguiera congelando por el frío, y por acompañarme a estas horas a casa…-le susurró ella al oído, sonando sin querer ligeramente sensual.
Entonces, de repente, una voz en su cabeza le dijo: "Por favor, ¡un aplauso para aquellos besos que estaban destinados a los labios y que murieron en la mejilla!" ¿Qué le estaba insinuando? Serán imaginaciones mías… La otra vocecita volvió: "No, no son tuyas, son en una parte mías. Y, sé lo que piensas. No, Roxan no se ha metido en tu sucia mente, si no yo." Oye, que yo no tengo la mente sucia, si no la imaginación sexy… ¿Y entonces quién puñetas eres y por qué te metes en mi cabeza? Si no eres Roxan… Ah, ya caigo… Phesy, querida, ¿te importaría salir de mi mente, mi cuerpo o de donde sea que estés? Me estás metiendo cosas en la cabeza que no son. ¿Cómo podía estar teniendo una discusión mental con Pheseans? "Reynald, sólo te digo esto: algunas cosas es mejor no desearlas demasiado…" Reynald se sintió aliviado de que ella hubiera salido de su cabeza. Roxan le miraba con una ceja enarcada y con los labios fruncidos. ¿Por cuánto tiempo más tendría que retener esas ganas de besarle cada vez que le veía? Roxan siguió caminando, con una pequeña sonrisa. ¿Tanto se le notaba? ¿Tan atontado estaba? Roxan, como buena amiga suya que era desde hace tiempo, había aprendido a identificar en los ojos de él lo que sus labios no pronunciaban, y esta vez podía notar un sentimiento, que desconocía, pero que se guardaba dentro de sí.
-¿Vas a quitar esa cara de bobo y vas a empezar a caminar, o te vas a quedar ahí congelándote?-le dijo ella, poniendo los ojos en blanco.
Reynald sacudió la cabeza y la elevó, mirándola a ella.
-Perdona, es que… Me ha pillado por sorpresa… Tu beso, quiero decir-respondió él, esbozando una sonrisa ladina.
-Eso es lo que hay, un beso para el que me desee el bien, y una patada en el culo al que me desee el mal… O alguna tortura china…
Reynald soltó una risa por aquél comentario.
-Estás loca… En el buen sentido, quiero decir.
-Una loca como yo necesita un tornillo como tú-objetó ella, guiñándole un ojo.
Reynald comenzó a pensar que Roxan disfrutaba poniéndole nervioso.
-Oh, está bien saber que soy una pieza de ferretería para ti-replicó él, con tono divertido.
-No, yo… A ver…
-Da igual, Roxie. Sé que es un… ¿Halago?-le dijo él, ladeando la cabeza.
Reynald y Roxan se estaban helando de frío, y al paso que iban, se congelarían. Reynald se tomó la libertad de pasar una mano tras la espalda de ella, que le miró con el ceño fruncido. En un rápido y fluido movimiento, la alzó en volandas con su brazo izquierdo.
-¿Qué… qué haces?-le preguntó ella, ruborizada.
-Íbamos muy lentos, tú te ibas a matar con las muletas y nos estábamos congelando. Así que, lo hago por el bien de ambos-le contestó él, serio y caminando con ella en su brazos.
-No… No era necesario… No quisiera resultar una carga para ti, de verdad-protestó Roxan.
-Tú jamás serás una carga para mí…
Roxan no puso más pegas. Simplemente, se acurrucó en el pecho de él, con las muletas sobre ella. Sintió un inconfundible calor invadirle, al igual que sintió como un extraño vacío se llenaba. Porque a veces, un gesto tan simple como abrazar, podía curar las heridas que no eran expresadas con palabras. Él la apretó más contra sí, ella, si fuera una persona normal se habría quejado por el dolor. Pero, de repente, se había desvanecido. Lo único que sentía en esos instantes era el calor que emanaba el cuerpo de él, y sus latidos acelerados. Era la primera vez que estaban tan cerca el uno del otro en tanto tiempo, y aunque Reynald pareciese tranquilo, sentía que las piernas se le hacían mantequilla. Había personas que decían que cobardía es amar y no ser capaz de decirlo, pero para Roxan era mucho peor decirlo y no sentirlo.
Era curioso. Aun estando a finales de marzo, hacía un frío digno de diciembre. La verdad era que hacía un día raro, bastante nublado y con el cielo encapotado: olía a humedad, así que seguramente llovería de un momento a otro.
Tras unos cinco minutos más caminando, Reynald dejó a Roxan de nuevo en tierra firme. Ella agarró de nuevo las muletas y caminó hasta la puerta de su casa, sacando de debajo del ojo de un búho de madera las llaves para abrirla. Las introdujo dentro de la cerradura, oyendo un clic. La puerta se entreabrió, y antes de poner siquiera un pie dentro, Roxan giró la cabeza para mirar a Reynald, que le observaba apoyado en la valla de madera blanca.
-¿No quieres entrar?-le preguntó ella, haciendo un gesto con la cabeza hacia el interior de la casa.
-No sé… Ya es muy tarde, y no quiero molestar. Además, si me entra la pereza o el sueño, vas a tener difícil sacarme de tu mullido sofá-le contestó él, con una pequeña sonrisa.
-Tú nunca me molestarías. Y no me importa si te quedas frito en el sofá, al fin y al cabo, te debo una-insistió ella.
Él se encogió de hombros, todavía indeciso. Roxan sabía qué decir para convencerle.
-Si entras, preparo un par de chocolates calentitos…
-Uh, chocolate…-dijo Reynald, oyendo el gruñido de su estómago hambriento. Se apartó de la valla y siguió a Roxan.
Tampoco le resultó tan difícil. Una cosa más que compartían él y Roxan, era su pasión por el chocolate. Nathan, cuando aun vivía, les hacía unos chocolates exquisitos a ambos. Ah, jamás se les olvidaría aquél exclusivo aroma que le aportaba, junto con el barquillo de galleta que le ponía para adornarlo y la hojita de menta. Si les pusieran a ambos varias tazas de chocolate, y entra ellas estuviera una preparada por Nathan, la identificarían al instante. Pero, al fin y al cabo, sabían que no podrían volver a catarlo.
Reynald entró al interior de la casa y se sentó en uno de los taburetes de la barra que dividía el salón con la cocina. En frente, Roxan se movía como se podía cogiendo cosas. Después metió dos tazas dentro del microondas y bufó, intentando apartarse un par de mechones de pelo rebeldes que le caían en la frente y le dificultaban la vista. No era la primera vez que él le veía hacer eso, ya que era una vieja costumbre de ella. Reynald sonrió, y tuvo que apartar a un lado la tentación de retirarle él mismo esos dos mechones y colocárselos tras las orejas, como en esas películas románticas que a veces echaban los fines de semana en cadenas cutres. Ella se fue a su habitación, dejando a Reynald pensando en cosas varias, y al rato reapareció con un bastón en mano, en vez de las muletas.
Cuando él se giró y le vio con aquél pijama azul de ositos, que parecía bastante abrigado, tuvo que esforzarse mucho para no sonreír o reírse. Se limitó a enarcar una ceja. Ella también llevaba unas zapatillas de andar por casa azules con un oso en la punta.
-Ni se te ocurra reírte, o te juro que te daré un bastonazo donde más os duele a los hombres…-le amenazó ella, sacando las tazas del microondas: colocó una delante de Reynald y la otra se la quedó ella.
Ahora que Reynald se fijaba, la parte de arriba del pijama le quedaba algo ajustado. Se había dejado sin abrochar tres botones, permitiendo ver un insinuante escote; también se le entreveía una parte de abdomen. Sí, ahora aquél infantil pijama le gustaba mucho más.
-Estás muy… Bien-una sonrisa burlona surcó el rostro de Reynald mientras hablaba. Se acarició inconscientemente la perilla que le habían dejado: había ido al peluquero y… Y bueno, le dijo que de paso le arreglara aun poco la barba sin llegar a quitársela toda, y le dejó eso.
-Oh, si te has dejado perilla…-comentó ella acercando el rostro un poco más.
-¿Ridícula, verdad?
-A mi no me parece ridícula para nada-le contradijo, negando con la cabeza.-Al revés, me parece muy sexy…
-¿En…serio?
-Sí, enserio. Te queda genial.
Reynald sonrió, y pensó que quizás no estaba tan mal. Vio cómo Roxan se sentaba de un salto sobre la barra y tomaba un sorbo del chocolate, dejándole un cerco en el labio superior.
-Pareces estar mejor de la pierna…-le comentó él, girándose en el taburete para encararla.
Roxan se encogió de hombros y bebió de nuevo del chocolate.
-Aun me duele un poco…-apuntó ella haciendo una mueca de dolor al intentar flexionar la pierna.
-Pues no la fuerces mucho, bruta. Que te crees que por que te duela un poco menos puedes hacer lo que te dé la gana-le regañó él. No pretendía sonar enfadado, si no divertido. Y ella se o tomó mejor de lo que él esperaba, la verdad.
-Bueno. Ya sabes que sufro de hiperactividad y no puedo estarme quieta mucho tiempo en el mismo sitio-le contestó ella, dejando la taza vacía a su lado. Se percató de que la taza de Reynald estaba casi intacta.- ¿Tan mal hago los chocolates, Svirnov? ¿O tan traumatizado te ha dejado mi discretísimo pijama?
Reynald sonrió de forma picarona y elevó la vista. Roxan no pudo predecir nada de lo que iba a hacer él; Reynald se puso en pie y la acorraló en la encimera, colocando ambos brazos a los lados de sus caderas. Roxan abrió los ojos como platos y se quedó totalmente paralizada.
-Que quede claro… Me encanta tu chocolate… Y sobre todo tu pijama…-le susurró él al oído, con un tono de voz grave y bastante… ¿Sensual? Roxan jamás le había escuchado hablar con ese tono de voz. Y lo más extraño era que le gustaba.
Ella suspiró con fuerza y le preguntó qué estaba haciendo, en un hilillo de voz apenas audible. Reynald le acarició con un dedo la clavícula, mientras que con la otra le acariciaba el muslo. Entonces, él le contestó:
-Me llevas provocando todo el día: el pijama, lo de ponerme ojitos, el beso en la mejilla, el ataque con la muleta…
-¿Cómo te voy a provocar atacándote con mi destartalada muleta?-le contradijo ella, en un leve balbuceo.
-Sabías que era yo. También sabías que agarraría la muleta, quedándonos en esa posturita…
Para qué mentir. Era cierto, supo que era él nada más oler su colonia unos cuantos metros más atrás. Lo que no sabía por qué le había estado provocando, porque no era su intención en ningún momento ponerle nervioso a él. Roxan era inocente y dócil, y jamás se le ocurriría todo lo que él decía que había estado haciendo… Pero Pheseans sí era capaz de controlarle inconscientemente para que hiciera todo aquello: ella tenía mucha más picardía, y se veía que tramaba algo con respecto a Reynald.
-Yo…-Roxan no sabía que decirle. Y, cuando Reynald estaba a punto de besarle, se fue la luz.
La habitación se sumergió en una escalofriante oscuridad, que Roxan encontró distinta a la de la calle. Reynald se despegó y miró a todos lados, con el ceño fruncido. Roxan se bajó de la encimera con cuidado de no hacerse daño, y se colocó detrás de Reynald, aferrándose a uno de sus brazos. Una repentina corriente de aire gélido les golpeó los rostros. Después, se cerró una puerta de golpe. Reynald apenas se percató, pero aun así desenfundó la pistola y le hizo un gesto a Roxan para que se quedara detrás de él.
-¿Llevabas esa pistola encima?-le preguntó ella, frunciendo el entrecejo.
-Sí. Siempre voy con ella… Por si las moscas.
-Ya, ya… ¿Por qué no vas a ver si le pasa algo a los fusibles? Y mientras compruebo si se ha sido un apagón general.
-Vale, pero no hagas nada raro.
-¿Qué iba a hacer yo?
-Pues no sé, salir por la ventana o algo.
-Ja, muy gracioso.
Roxan se fue cojeando hasta su cuarto y sacó una Samurai Edge de su mesita de noche. Encendió un tubo fluorescente que había al fondo del mismo cajón, y lo dejó sobre la cama mientras comprobaba que tuviera el cargador lleno. Había algo que le decía que no era sólo un apagón. Roxan estaba ensimismada comprobando el arma, y no se percató de que la puerta se estaba cerrando lentamente. Salió de su trance cuando oyó un golpe en el salón, y después un sonoro "¡Pum!". Tras eso, la puerta se cerró, dejándola encerrada en su dormitorio. Trató de girar el pomo o forzar la cerradura, dándole patadas y empujones a la puerta, todo en vano. Roxan comenzó a llamar a Reynald, y él no le respondía. Temió lo peor, y esperó que estuviera bien. Cogió el tubo fluorescente y se lo colocó en la cinturilla del pantalón del pijama, empuñando la pistola. La sujetaba con manos firmes, a pesar de que sentía un miedo enorme. Apuntó a la cerradura, sintiendo cierta pena por destrozar la puerta de su propia casa, pero antes de poder apretar el gatillo, algo, o más bien alguien, se lo impidió. Roxan apenas pudo girarse para ver a su agresor: él(o ella), sacó un cable y lo enrolló en el cuello de Roxan. Sujetó el cable por ambos extremos, tirando hacia sí y tratando de estrangularle. Roxan intentó quitarse el cable de sí, pero el atacante tenía una fuerza… Sobrehumana. Roxan comenzó a sopesar las posibilidades de que no fuera una persona normal y corriente, si no… Un B.O.W como ella. Como Pheseans.
Pero aun así, este tenía algo distinto. Roxan podía notar el declive en el que estaba sumergiéndose él (había determinado que era un hombre por su complexión física), y el estado de éxtasis en el que se hallaba ahora mismo. Estaba disfrutando viendo cómo ella se revolvía entre sus brazos, luchando por librarse de su final. Pero él no quería que aquél inmenso placer que estaba sintiendo se acabara tan pronto. ¿Por qué no jugar un poco más con su delicado cuerpo?
Una sonrisa perversa surcó su rostro, y en sus ojos se pudieron notar un brillo de cierta complacencia. Retiró el cable del cuello de cisne de ella, y con el mismo le ató las manos. Roxan habría gritado con todas sus fuerzas de no ser porque apenas tenía aire en el cuerpo, y le dolía hasta el respirar. Él la lanzó contra la cama, y cogió las esposas que había en el cajón entreabierto de la mesita. Enganchó uno de ellas al cabecero, y la otra al cable. Roxan al instante supuso que iba a… Le iba a violar. Sí, era eso lo que intentaba ahora. Él se puso a horcajadas sobre ella, e intentó desabrocharle los botones del ajustado pijama. Parecía ser que los botones se resistían, así que directamente rasgó la tela del pijama. Roxan se revolvía debajo de él, y en uno de sus frenéticos movimientos por salir de debajo de él, logró asestarle una patada en el abdomen. Su atacante se echó para atrás un poco y alzó la mano, asestándole un guantazo con bastante fuerza en el rostro a ella. Roxan ladeó al cabeza por inercia, y después la dejó ladi caída. Un pequeño hilillo de sangre comenzó a descender por una de las comisuras de sus labios, junto con una lágrima solitaria de pura rabia.
Él sonrió satisfecho, y cuando fue a retirarle los pantalones del pijama, ella elevó la cabeza. Sus ojos de serpiente brillaban con un rojo sangre, que logró asustar un poco a él. Una sonrisa socarrona enmarcó el rostro de Roxan, seguido de una risa grave y profunda.
-Sabes, acabas de firmar tu sentencia de muerte…-le advirtió ella.-Tengo una amiga con mucha mala leche, que quiere que la deje salir para poder matarte de una vez, y no voy a dudar en permitírselo…
Ella hizo tronar el cuello y se puso seria.
-Te presento a Pheseans, maldito desgraciado.
La susodicha enrolló ambas piernas alrededor del cuello de él, impulsando su cuerpo hacia delante y estampándolo contra la pared. Por suerte no llegó a atravesarla. Aprovechó para escabullirse hacia un lado y tirar del cable y las esposas. Se hizo un corte circular alrededor de ambas muñecas, del que emanaron unos cuantos regueros de sangre. Las heridas se cerraron casi al instante, y mientras él sacudía la cabeza aun aturdida, ella rompió lo único que le impedía moverse. Las esposas saltaron por los aires, al igual que el cable. Con una voltereta hacia delante, Pheseans se bajó de la cama sin dificultad o dolor alguno. Él se giró y emitió un gruñido, bajándose también de ésta.
-Zorra…-le insultó él, con un desprecio enorme.
Pheseans reconoció la voz, y no se sintió sorprendida.
-¿Es que no puedes morirte de una maldita vez, Víctor?-le dijo ella, respirando con fuerza.
Stracciatella se quitó el pasamontañas, revelando su rostro. Tenía una pequeña parte de la cara quemada, pillando justo la mitad de la boca, convirtiéndola en una mueca de enfado continuo. Todo empezó a encajar: Víctor recibió el disparo, pero se sanó al instante, pudiendo huir. Debió de pillarle por sorpresa alguna llamarada, que fue la que le desfiguró una cuarta parte del rostro.
-¿Qué eres?-le preguntó Pheseans, apretando los puños y frunciendo las cejas hacia abajo.
-Soy como tú. Otro producto de Umbrella. ¿Sabes qué? Tu padre, Drake, es el culpable de que yo dejara de ser humano…
-Drake no es mi padre-le replicó ella, haciendo una mueca de desagrado.
-¿Entonces qué, fuiste concebida por el Espíritu Santo?-dijo él con sarcasmo, entrecerrando los ojos.-No, perdona, quería decir Satanás…
Pheseans rodó los ojos y torció una de las comisuras de los labios hacia abajo. Resopló y entreabrió la boca, a punto de decirle algo sobre su comentario, pero cambió a lo que le incumbía en esos instantes.
-Entonces no trataste de violar a Emily. Trataste de comértela… Y ella opuso resistencia. Intentaste luchar contra la necesidad de ingerir carne humana, pero ya era demasiado tarde… Le habías mordido. Así que decidiste hacer lo necesario para que pareciera que todo había sido una mala jugada de la Hermandad. El virus que te mantiene con vida te va a acabar matando, Víctor.
-Lo sé. ¿Por qué crees que estoy empeñado en ti?
-Por el sistema inmunológico de Roxan… ¡Claro! Ella ha desarrollado unos anticuerpos que no me permiten tomar el control. Tiene las ventajas del virus, sin llegar a padecer los efectos secundarios… Pero al quedar aun un pequeño retazo de él, se están debilitando, matándola poco a poco… ¡Por eso yo aun sigo aquí! Reynald debió de hacerme algo al reactivar Proyecto P.
-Gracias a él aun sigues aquí y yo aun no te he despedazado.
-Tú lo que querías era violarme, Víctor. Y después despedazarme-apuntó ella, mirando a Víctor con asco.
-Sí, justo eso. Y si te callas de una maldita vez y te estás quietecita, podré hacerlo.
-En tus sueños, Stracciatella. Creí que eras un auténtico caballero, pero sólo eres un cobarde con complejo de superioridad con el que han experimentado. No te voy a calificar de hombre, porque no lo eres.
-¿Es que tu amado Albert lo es más que yo? Mira cómo te trata. Le importas un comino, Roxan, Pheseans o como te llames. Seguirás siendo una perra llorona y abandonada, ¿o es que crees que Wesker y el tonto ese… Reynald, te quieren de verdad? Lo que quieren es utilizarte y después tirarte, como si fueras su pañuelo personal. Y si no me equivoco, Wesker ya lo hizo, y tu amiguito ha estado a punto de hacerlo si no fuera porque he aparecido yo. Ahora que lo pienso, deberías estarme agradecida.
-¿Qué has hecho con Reynald?-le preguntó ella, con una enorme sensación de culpabilidad. ¿Y si le había… le había matado?
-Tranquila, sólo lo he dejado inconsciente. Y, no, a él si que no me lo pienso comer-le respondió Víctor, elevando las comisuras de los labios en un amago de sonrisa ciertamente amarga.
Pheseans fue a lanzarle un cuchillo a la cabeza (que había sacado de la cómoda mientras Víctor le hablaba de sus planes para ella), pero fue a parar a la pared. Víctor ya no estaba ahí.
-¿Y ahora qué, vamos a jugar a los ninjas?-dijo ella con sarcasmo, suspirando.
No recibió más respuesta además de un completo silencio. Pheseans comenzó a pensar que de verdad Víctor podía tener habilidades ninja, por muy ridículo que sonara. Sí, claro, él es un ninja italiano medio zombi y yo soy una sayayin telépata amiga de Vegeta y Goku. Ja. Menudas chorradas se me ocurren. Pheseans no pudo evitar sonreír para sí de las cosas que se le pasaban a veces por la cabeza. Y se supone que yo soy la seria y madura. Fue a recoger el cuchillo de la pared, y maldijo a Víctor por aquél calvario que le estaba haciendo pasar. Se giró con cautela, con cuchillo en mano, e intentó adaptarse a la oscuridad. El tubo fluorescente había desparecido, sumiéndola en una completa oscuridad, que no le aportaba nada de seguridad a ella. Pheseans reconocía que tenía una pizquita de miedo, tan sólo un poquito… A pesar de que podía derrotar a Víctor casi sin esfuerzos si se lo proponía. Se miró las manos, comprobando que las heridas de antes no estaban, aunque seguía doliéndole un poco el cuello y la garganta. Tenía unas ganas enormes de encajarle aquél cuchillo entre ceja y ceja a Víctor. Estaba causando demasiados males, a parte de que quería comérsela. Escucho un ruido proveniente del baño, que parecía ser el del agua corriendo en la bañera. Frunció el ceño y suspiró.
-Si lo que quieres es que me meta en la bañera contigo, lamento decirte que no estoy de humor-le dijo ella sarcásticamente y empujando la puerta del baño suavemente para abrirla.
Nada mas entrar, vio la bañera llena.
-¿No te rindes, verdad?
-Yo siempre consigo lo que me propongo, querida-le contestó él, con petulancia.
-Pues no siempre se consigue lo que uno quiere… Pero tarde o temprano la vida nos concede aquello que merecemos. Y tú lo que te mereces es ir directo al infierno, Víctor Stracciatella.
-Entonces ambos arderemos allí, princesa.
Víctor apareció detrás de ella, y le asestó una patada en las pantorrillas. Pheseans trastabilló, y él aprovechó para cogerla del pelo tirando hacia detrás. Víctor aspiró el aroma a rosas que desprendía su piel, y luego le acarició la curvatura de la espalda.
-Es una pena tener que destrozarte sin antes poder haberte disfrutado. Ah, adoro esa carita tuya de ángel…
-Tendré cara de ángel, pero espérate a ve lo que el diablo me enseñó-le respondió ella, tratando de sonar sensual.
Víctor sonrío de lado y fue aflojando la presión sobre la cabellera de ella. Bajó la otra mano hasta su abdomen y comenzó a acariciarlo de manera lasciva.
-¿Sabes una cosa, tesoro…?-susurró ella, torciendo el labio hacia abajo.-Soy demasiado pan para tan poco jamón…
Dicho esto, ella le dio un golpe con el talón en la entrepierna. Esta vez Víctor sí aulló de dolor y cayó de rodillas al suelo mientras gimoteaba. Pheseans le dio otra patada, esta vez en la mejilla. Víctor giró el rostro por el golpe, y luego escupió un poco de sangre. Pheseans oyó que Víctor soltaba algunas palabrotas e improperios en italiano, seguramente dirigidas a ella. Miró de soslayo la bañera y se acercó a ella, para cortar el grifo.
Lo último que vio fue la sonrisa perversa y sádica de Víctor antes de tomarla por el cuello y meterle la cabeza bajo agua.
Wesker no tenía noticias de Roxan desde las últimas seis horas. A pesar de que una enfermera llamó para decirle que se le había dado de alta y se había marchado junto con su hermana a casa, tenía un mal presentimiento. ¿Cómo puedes esperar que recibir una llamada suya después de lo del ramo? Wesker reconocía que no había hecho bien enviándoselo a ella. Al menos sin haberle quitado el lazo, aunque eso hubiera sido un despiste suyo. Pero nunca lo admitiría. Se recostó en la silla de cuero negro de su despacho. Encendió su ordenador, sonando de fondo la musiquita de inicio típica de las computadoras de Umbrella. El logo de la empresa apareció en pantalla y se fue dividiendo en segmentos, y después apareció el fondo de pantalla rojo y blanco junto con los iconos típicos del escritorio. Antes de poder hacer nada más, tuvo que introducir su clave y nombre de usuario. Tecleó con rapidez los datos que le pedía, y después volvió a parecer su escritorio. Pulsó un par de teclas y una ventana con archivos de vídeo ocupó la pantalla. Clicó en la carpeta que contenía los vídeos de la cámara de seguridad instalada en casa de Jones.
Sí, tenía vigilada a Roxan. Desde que se la llevaron en ambulancia del Bella Mafia, mandó instalarlas en puntos clave de la casa de ella y de manera disimulada. Ahora que estaba en ella, podía vigilarla. Por su propio bien, claro. Albert Wesker siempre cumplía con su palabra, y si le dijo que lograría que sobreviviera. Abrió la carpeta en la que ponía cocina, y seleccionó el primer y único vídeo. Miró algo aburrido los primeros cinco minutos, en los que no ocurría nada interesante. Avanzó diez minutos, y se vio desagradablemente sorprendido con la escena entre Roxan y Reynald.
-Espera… ¿Qué? ¿Pero qué hace él, con ella y manoseándola?-se dijo a sí mismo en voz alta.
¿Qué era aquél sentimiento que le estaba invadiendo en aquellos instantes? ¿Celos, quizá? No… Albert Wesker no podía tener celos de nadie ni por nadie. No… era… Era algo imposible. Pero los tenía, no sólo de lo que estaba viendo, si no de lo que se estaba imaginando que podía ocurrir. De repente, la cámara se corta y se queda en estática.
-Lo que me faltaba. Aunque no sé si agradecerlo o enfadarme...
Al menos había dejado de ver la escena. ¿Pero y si…? ¿Y si Roxan corría peligro? En parte, ella es su responsabilidad. ¿Por qué? Porque ella es lo único que uno de los peces gordos de la HCF desea, y su única condición para poder entrar. Simplemente le habían ordenado obtener muestras del Virus X y datos sobre Proyecto P, pero aquél hombre misterioso le había dicho que la trajera con él. Nunca le dice los motivos ni el por qué, pero Wesker tampoco le pregunta. Se limitaba a acatar órdenes y ganar puntos a su favor, tratando de ser discreto. Umbrella aun no se había percatado de nada de lo que estaba haciendo con respecto a la HCF. Wesker se levantó de golpe de la silla y cogió el teléfono, marcando el número de Fred.
-¡Fred! ¿Dónde estás?
-Señor… ¿Sabe usted la hora que es?
Wesker miró el reloj y vio que eran las una y media de la madrugada.
-Sí, lo sé, perdona que te llame a estas horas y te despierte, pero es urgente.
-Capitán, ¿ocurre algo?
-Creo que a la agente Jones le ha sucedido algo malo.
-Yo también.
-¿Sí?-musitó Wesker, ligeramente sorprendido.
-Sí. El agente O'Brian despareció hace tres horas. La última vez que se le vio fue entrando en la habitación de hospital donde ella estaba. No se le vio salir. Encontraron una libreta con anotaciones suyas, y en una de las páginas se encontró una nota que al parecer encontró en la habitación vacía. Era una posible amenaza de muerte hacia Jones, señor. ¿Necesita algo más?
-No estaría nada mal que me acompañaras a la casa de Roxan, a ver si está bien. Alguien le arrancó los frenos, y tardaría mucho andando.
-Estoy aparcando ahora mismo en su puerta, señor.
Wesker enarcó una ceja.
-Pues mejor entonces.
Albert colgó el teléfono y se dirigió a la habitación de Sherry. Abrió la puerta teniendo cuidado de no despertarla, y la vio plácidamente dormida. Sacó una manta azul de uno de los armarios y sacó a Sherry de la cama en brazos. Le echó por encima la manta y bajó las escaleras con cautela, con Sherry a cuestas. No se despertó. Salió por la puerta principal, descubriendo que llovía a mares. Fred apareció delante con un paraguas en mano, y lo puso sobre ellos para resguardarles de la lluvia.
-No debería traer a la niña-le advirtió Fred, mirándola a ella de soslayo.-Podría correr un peligro innecesario.
-Pues no pienso dejarla sola.
-Según me ha dicho usted muchas veces, la señorita Birkin gusta de estar sola y está acostum-
Wesker le interrumpió de manera abrupta:
-NOvoy a dejar a Sherry sola. También correría un peligro innecesario si la dejo aquí, Fred. Y yo soy el responsable de ella.
Albert le dirigió una mirada dura y seria que intimidó a Fred.
-Como quiera. Es su sobrina, no la mía-Fred se encogió de hombros.
-Pues tampoco es mía, para que lo sepas. Es hija de unos amigos-le respondió Wesker, sonando indiferente.
-No se ofenda, pero me sorprende que usted quiera hacerse cargo de un niño o quiera hacer un favor.
-Sherry no tiene a nadie más…
Wesker miró el dulce rostro dormido de Sherry y sonrió para sus adentros. La dejó tumbada con suavidad en los asientos traseros del volvo negro. Él se fue a sentar en el asiento de copiloto, pero antes le preguntó a Fred:
-¿Sabes cómo llegar a su casa?
-Pues…
Wesker rodó los ojos y terminó sentándose en el asiento del piloto. Se puso el cinturón y comprobó los espejos. Luego puso ambas manos al volante y arrancó.
No supo por qué, pero Wesker rezó en silencio por que Roxan estuviera bien.
Apenas habían aparcado y Wesker ya estaba quitándose el cinturón y abriendo la puerta. Salió lo más deprisa que pudo y se dirigió al caminillo de piedra que daba acceso a la casa. Fred se quedó vigilando a Sherry, con poca gana. Albert tocó el timbre unas cuantas veces sin respuesta alguna. Harto, sacó la llave de repuesto del búho. Había visto a Roxan usarla unas cuantas veces, y siempre le había dicho: "Úsala en caso de que no te responda los primeros quince timbrazos". Después ella sonreía de la manera tímida que a Wesker tanto le gustaba. "Y, recuerda, ésta llave es sólo para emergencias", insistía ella. Tras eso, Wesker le respondía: "Claro, dearheart. Pues entonces creo que la voy a usar mucho". Roxan fruncía el ceño y los labios. "Para mí es urgencia tener que verte… Y besarte". Y con conversaciones cómo esa, Wesker la había tenido comiendo de la palma de su mano. Pero se le había acabado el chollo, porque Roxan había reaccionado y no de buena manera. Y Wesker sabía que era posible que jamás lograra recuperar su confianza. Y Albert reconocía que echaría en falta algunas cosas de ella, como la ya mencionada sonrisa tímida; las veces en las que le ponía ojitos de corderito; sus frases con sarcasmo; sus largas piernas… Y, ya estaba desvariando. Albert, céntrate.
Entró a la casa. De primeras vio el salón con la cocina al lado. Estaba totalmente a oscuras. Encendió el móvil para poder alumbrar un poco. El sonido de un relámpago y varios truenos sonaron en la lejanía. Wesker no divisó nada.
Se exaltó un poco al oír un golpe proveniente del dormitorio de Roxan. Se dirigió hacia allí, y al intentar abrir la puerta, se dio cuenta de que había un bastón tirado en el suelo. Se agachó y lo recogió, y lo empuñó en la otra mano libre. Le dio un golpe a la cerradura de la puerta, y ésta se abrió con un chirrido bastante molesto.
Para qué mentir: Wesker temió por la vida de Roxan. El cuarto estaba patas arriba; la cama deshecha, el cabecero abollado, unas esposas rotas en el suelo, un agujero en la pared y lo que parecía ser pedazos de ropa. ¿Sería de algo que llevara puesto ella? Wesker los recogió, y el invadió aquél olor tan característico a rosas suyo. Al parecer, aquello había tenido que ser arrancado de cuajo, y no hace mucho, porque aún estaba caliente. También estaba manchada de sangre, al igual la moqueta del suelo y la colcha.
Wesker comenzó a sentir los pies húmedos. Miró al suelo con el entrecejo fruncido. De debajo de la puerta del baño salía un pequeño charco de agua. Intentó girar el pomo, pero estaba encasquillado. Le dio varios empujones a la puerta pero tampoco resultó.
-¡Roxan! ¡¿Estás ahí?!
No le respondió nadie. Al otro lado sí escuchó un grifo correr.
Wesker, ya mosqueado, le asestó varias patadas a la puerta. A la décima patada, la puerta cayó derribada. A Wesker se le encogió el corazón cuando vio a Roxan, con la cabeza metida en la bañera llena de agua, cortes en los brazos y en el torso. Tan sólo llevaba los pantalones del pijama, y el sujetador estaba hecho jirones, pero aun le cubría los pechos. Había un secador conectado a un enchufe, cuyo cable terminaba en el interior de la bañera.
-Oh Dios mío…
Wesker dio dos zancadas y sacó a Roxan del agua. Tenía varias quemaduras en el rostro y el cuello, y estaba realmente pálida. Sus labios ahora estaban de color violáceo, y tenía unas pronunciadas ojeras.
-No, no, no, nooo…
Wesker sacudió a Roxan. El pelo empapado se le pegaba al rostro y al cráneo. Le retiró los mechones de pelo de la cara y le acarició la mejilla. Le tomó el pulso, y no tenía. Tumbó a Roxan en el suelo y le trató de hacer una reanimación cardio pulmonar.
-No, Roxan, por Dios no te mueras… Ahora no, pedazo egoísta. Como te vayas, te juro que me las pagarás muy caro.
Albert le volvió a tomar el pulso. Nada.
-Espero que no te importe lo que voy a hacer…
Wesker le tapó la nariz a ella con una mano y posó sus labios sobre los de Roxan: comenzó a practicarle el boca a boca.
-Roxan… Por favor, no me hagas esto. Te… Te necesito, ¿vale? Te necesito. Sí, lo reconozco. Te necesito, aquí conmigo.
Roxan se incorporó de golpe y comenzó a toser, cogiendo bocanadas de aire.
-We-wesker…
Ella temblaba de manera violenta.
-No hables. No estás en condiciones de ello.
Roxan se acurrucó en su pecho y entre sus brazos, gimoteando.
-Gra-gracias…
-Ya me lo agradecerás después.
-¿Wesker al rescate, no?
Albert sonrió de lado y le frotó la espalda.
-Ja. Muy graciosa.
Ella sonrió débilmente.
-¿Puedo echarme una siesta? Estoy… Estoy exhausta.
-Claro, duerme lo que quieras, oso perezoso.
-No… No tengo fuerzas para replicarte… Pero ya te enterarás después…
Roxan cerró los ojos y se durmió entre los brazos de Wesker. Él le pasó un brazo tras las rodillas y le levantó. Le llevó hasta la cama, tumbándola en ella y echándole las sábanas por encima. Él salió y puso a Fred al corriente. Intentó entrar dentro de la casa, pero Wesker le dijo que no.
-¿Aviso a la policía?-le preguntó Fred, con el semblante preocupado.- ¿A la ambulancia?
-Espera a ver que nos cuenta.
Wesker dio media vuelta hacia a la casa.
-Capitán… No es por nada, pero le conozco, y sé que ahora mismo está muy preocupado por ella. Aunque usted diga lo contrario…
-Fred, ¿te has planteado buscarte una novia?
-Ehmm… ¿A qué viene eso?
-No sé. Un chico normal estaría en casa durmiendo, con su novia o de fiesta por ahí. Y… tú estás aquí.
-Pero como usted sabe, yo no soy un chico normal. Además, ¿para qué estar de fiesta o durmiendo, pudiendo estar aquí ayudándole a resolver un caso? A parte, la gente de por aquí es insoportable… Mucho politiqueo y rollos de esos.
Wesker siguió entró a la casa, y pegó un repullo al abrirse de golpe las puertas de la despensa. Cayó un… Paquete gigante, por así decirlo. Era Reynald, atado, amordazado y cabreado. Albert sonrió y le quitó de golpe la cinta que cubría su boca, recibiendo a cambio un alarido de dolor.
-¡Ostias! ¡Jodeeeerr, como duelee!-se quejó Reynald.-Un momento… ¡¿Sigue mi perilla ahí?!
-Sí, tu estúpida y ridícula perilla sigue ahí, pedazo de mequetrefe inútil.
-¡Roxan! ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien?
-Ugh, ahora que lo reconsidero, estabas mejor dentro del armario y calladito…
Reynald le dirigió una mirada fulminante. Wesker rodó los ojos y le desató. Reynald quiso ir al dormitorio de ella, pero Wesker puso una mano en el pecho de él y le detuvo.
-Te dejaré que la veas, pero te aviso una cosa: te vuelvo a ver acariciándola, toqueteándola o cualquier cosa similar… Te romperé las dos manos y terminaré de dejarte ciego-le dijo Wesker, en tono amenazador.
-¿Acaso eso que noto son celos? ¿Envidia, quizá?
-No te lo voy a repetir. Además, sería una pena que vuestra amistad se destrozara si por descuido se me escapara que estás comprometido…
-No te atreverías…
-Sí que me atrevería.
-No eres capaz.
-Por Roxan soy capaz de cualquier cosa, Reynald.
Bueno, espero hayáis disfrutado de este cap ^^ Ya véis a qué horas los subo... A las dos menos veinte de la madrugada. Creo que se me van a caer los ojos XD La proxima vez respondo los reviews, que ahora estoy a punto de desmayarme...
Ciao
