No sé cuánto tiempo llevo tumbada en mi cama. La decadencia del atardecer me indica que bastantes horas. Sin embargo, el hecho de que Katie no haya pisado el cuarto aún quiere deicr que quizá aún no hayan terminado las clases.
O quizá sí que hayan terminado y Katie esté disfrutando de los pocos minutos libres antes de la cena para estar con el montón de amigos que ha debido de hacer en su primer día. Como la gente normal que no es un desastre con patas.
Un pequeño golpecito en la puerta me saca de lleno de mis pensamientos. Pensando que será Katie o algún compañero de Slytherin, me dirijo a abrir. Me sorprende encontrar una lechuza igual de gris que lo que cruza mi cabeza. Está quieta, tranquila, paciente. Me observa atentamente, y lleva atada a su patita un pequeño sobre. Miro a los dos lados del pasillo y, cuando compruebo que no hay nadie, recojo el sobre. El animal se mantiene quieto, como si fuera un proceso que ha repetido cientos de veces. Cuando termino, levanta el vuelo de forma elegante, segura de adónde debe ir.
Cierro la puerta con suavidad y me vuelvo a tumbar en la cama. No me sorprende descubrir que el sobre es de Ashton.
La carta dice así:
Querida Harriet:
No sabes lo poco que me gusta hacer llorar a alguien. Lo odio, de hecho. Llorar es un acto tan íntimo que no demasiadas personas deberían estar autorizadas a vernos así. Yo ya te había visto llorar, pero jamás había sido el causante...y lo siento.
Solo quiero que las cosas salgan bien. He trabajado mucho en este proyecto, y no quiero que nadie lo desaproveche. Y tú, menos.
El primer día ha sido intenso. Harry Potter, la leyenda de la que te hablé, ha inaugurado la clase de Historia de la Magia. Ha contado de primera mano su experiencia salvando al mundo mágico, y tengo la impresión de que tus compañeros han quedado francamente emocionados. Por la tarde, les hemos enseñado, por grupos, todas las instalaciones del castillo. Cada cosa a su debido tiempo.
Sin embargo, no quiero que te sientas mal al leer las cosas que hemos hecho hoy. Ha sido un gran día, y me da rabia que te lo hayas perdido. Por ello, quiero darte la oportunidad de revivirlo tan intensamente como sea posible. Harry se marcha mañana, así que no será demasiado fácil repetir el encuentro, pero te prometo que, cuando vuelva, concertaremos una entrevista para que te cuente a ti lo mismo que les ha contado a los chicos. Te encantará; estoy seguro.
En cuanto a la visita por las instalaciones del castillo...si la hicéramos a plena luz del día, seguramente nos cayera una buena bronca por parte de Hermione (no le gusta que los alumnos se pierdan las clases). Por ello, te propongo lo siguiente: el viernes se os permite iros más tarde a la cama. Reúnete conmigo después de la cena en la Torre de Astronomía, en la que te encontrase con Hermione el primer día. Te enseñaré Hogwarts, mi hogar, de primera mano.
Siento lo de esta mañana. De corazón. Espero verte en la cena. Ya debes de tener el uniforme escolar en el armario: vístelo a partir de ahora.
Con cariño,
Ashton
Por muchas vueltas que dé y por muchas posturas que ponga, la imagen que me devuelve el espejo sigue siendo ridícula. La falta es demasiado larga, la tela pica demasiado y el verde nunca ha sido mi color favorito.
Finalmente, suspiro: al fin y al cabo, todos vamos vestidos igual. Y a nadie le puede quedar bien algo tan infantil. Sin embargo, cuando entro, por primera vez desde la fiesta de bienvenida, en el Gran Comedor, alguien cerca de mí grita "¡Novata!", me giro, y veo a Lola, sé que me equivocaba. Por su puesto, a ella sí que le queda bien el uniforme.
Los tres están sentados en el extremo más oscuro de la mesa de los Slytherins, que es la más silenciosa de todas. Me sorprendo al verlos allí, pero a medida que me voy acercando me doy cuenta de que, a juzgar por lo que he visto de ellos, es imposible que estuvieran en cualquiera de las otras casas.
El que me ha saludado es Mikaelo, que sonríe con alegría cuando llego. En los ojos de Jason brilla el reconocimiento: se acuerda de mí. Los dos se deslizan un poco hacia la derecha para hacerme sitio. Lola, por su parte, no se mueve un ápice. Se limita a mirarme muy atentamente, sin ninguna sutileza.
-Mírate -dice, mientras una sonrisa deslumbrante se abre paso en su boca-. Llevas el brillo en la cara del que tiene la libertad de no estar castigado. Qué pasada el salvar tu propio culo y a los demás que les den, ¿no?
-Lola -le advierte Mikaelo, evidentemente incómodo.
Su hermana se mantiene impertérrita. La deslumbrante sonrisa irónica ha sido sustituida por un ceño fruncido y amenazador. No sé cuál de las dos expresiones es peor, pero cuando Lola aprieta los labios y centra su mirada, de un azul limpio, en mí, siento que me tiemblan las piernas. Ella debe de notarlo, porque en cuestión de segundos rompe a reír, alegre y divertida ante mi expresión.
-Yo hubiera hecho lo mismo -declara.
-Además, nosotros fuimos los primeros en pasar de su culo e ir por nuestra cuenta a echarle un vistazo al bicho ese -añade Jason, hablando como si yo no estuviera aquí.
-Sí, claro.
Lola también se desliza en su asiento, sin decir nada, despreocupada, bebiendo de su copa de zumo de calabaza. Jason no se cerciora de ello, pero Mikaelo sí, que me mira, cómplice, y me invita a sentarme con ellos mediante una sonrisa.
Durante el resto de la cena, me dedico a llenar mi estómago de todo lo que le ha faltado durante el día, pues no he desayunado y apenas he comidonada salvo restos de los snacks que compré para el viaje. La comida está deliciosa, y me concentro en saborearla y en escuchar las conversaciones que mantienen los tres amigos, procurando no intervenir. Por lo visto, los chicos intercambian impresiones acerca de la supuesta profesora que les ha tocado como tutora de los castigados.
Cuando la conversación redunda una y otra vez sobre lo estirada que resulta la profesora y lo mal que les cae a todos, yo comienzo a observar al resto de comensales. La mesa más agitada es, como siempre, la de Hufflepuff, donde todos ríen y parece no haber distinción de grupos de amigos. Es como si fuera un gran grupo comiendo en una misma mesa. Pienso que quizá estaría bien formar parte de una casa así, pero cuando me imagino dentro de esa mesa, incapaz de compartir esa alegría y esas ganas de hacer amigos, me invade la sensación de jaula que tantos años me ha acompañado durante la universidad y el instituto. Imaginarme en esa mesa supone recordar cómo es la sensación de estar en una jaula que todo el mundo pinta como bonita e ideal, de la que tú solo puedes apreciar los barrotes, su suciedad y su oscuridad. Que parezca que nadie siente lo que tú y que, por lo tanto, te veas obligada a fingir de cara a los demás que para ti la jaula es el sitio de ensueño. Que ves rosa, cuando para ti es negro. Que eres como los demás, y que te encanta serlo, cuando no compartes con ellos ni el blanco de los ojos.
Vuelvo a la mesa de Slytherin, donde los que no callan hablan en susurros, o ríen, pero sin esa alegría desbordante que a veces ahoga. No destaco por mi silencio, y nadie me lo recrimina a través de la mirada. Estoy relajada, libre. Con sitio para respirar.
Cuando compruebo que la conversación de Lola, Jason y Mikaelo sigue girando alrededor de la misma persona, me fijo por primera vez en la mesa de los profesores. Son cinco en total. El director, Neville, está en el centro, y consigue mantener conversaciones animadas con todos los miembros de la mesa. A su lado derecho está Hermione, que come y ríe de manera elegante. También está la señora que se encargó de colocarnos el sombrero el primer día. Junto a ella está Harry Potter, que no para de sonreír, inundado en felicidad. Lo hace con disimulo, pero, de vez en cuando, en los momentos en los que ninguno de sus compañeros le presta demasiada atención, mira con cariño al frente, hacia los alumnos. En esos momentos su sonrisa se ilumina aún más.
Y, finlamente, en la mesa de los profesores está Ashton. Su aurea joven destaca entre todos los de su mesa, y, al igual que yo, se concentra más en atender a las conversaciones de los demás que en intervenir en ellas. Mira a todos sus compañeros con admiración, y, de vez en cuando, sonríe para sí, como si no se creyera que él está allí, junto a ellos, que forma parte de todo esto.
En un momento mira hacia nosotros y sus ojos aterrizan sobre mí. Debe de ser porque soy la única que está echada hacia atrás para ver mejor esa mesa, y porque, desde allí, seguro que soy la que más destaca. El pensamiento de que Ashton ya ha sido capaz de rescatarme a mí y solo a mí de entre varias multitudes aparece como una opción en mi cabeza, pero decido descartarla.
Sonríe, divertido, al verme con el uniforme, pero su sonrisa se tensa al darse cuenta de que estoy con Lola, Jason y Mikaelo. Me mira, interrogante. Sus ojos plantean la pregunta: ¿es que no has aprendido que esos chicos no son buena compañía? No puedo evitar poner los ojos en blanco. Puede que no sean la mejor compañía, pero son la única que tengo. Me encojo de hombros, inocente ante su mirada inquisidora. No me gusta su tono paternalista, y así se lo hago saber a través del gesto de mi cara, que es desafiante, rebelde. Él niega con la cabeza, no con decepción, sino con... asimilación de un hecho. De derrota. El camino que une nuestras miradas se desvía, y cada uno vuelve a ser invisible en su mesa.
Katie y yo nos preparamos para ir a dormir. En nuestra habitación solo se oye los crujidos del colchón, la respiración de la otra.
— A ver si mañana, con un poco de suerte, no te quedas dormida — comenta Katie, con fingida dulzura.
Decido no entrar al trapo y murmurar un leve asentimiento.
— Es que menuda faena —insiste ella—. ¿No programaste bien el despertador?
—Lo programé como cada día. Me debí de despertar, pero me quedaría dormida y no funcionó la repetición...
Katie asiente, comprensiva. Esboza una sonrisa amistosa y se encoge de hombros:
—¿Qué raro, no? Si siempre lo programas para que vuelva a sonar en cinco minutos...No sé, a lo mejor ofendiste a alguien y ese alguien, aprovechando que recién despertada tienes menos inteligencia y consciencia que un insecto, decidió darte una lección y desactivó la repetición. Para enseñarte simplemente que no soy alguien con quien te puedas meter —sonríe angelicalmente—. No te lo tomes como algo personal.
La sorpresa y la rabia me quitan las palabras durante unos segundos.
—Eres una pedazo de zorra —le suelo, finalmente, conteniendo y tragándome los gritos.
Ella hace morritos y asiente con la cabeza, como calibrando mi insulto:
—Eso dicen. Pero bueno, bueno, durmámonos ya, que es tarde.
Se tumba en su cama. Yo aún estoy en pie, sin poder creer lo que acabo de oír.
—Vamos —me urge ella, torciendo el gesto—. Métete ya; bastante amable estoy siendo ya manteniendo la luz encendida para que no te caigas.
—¿En serio, tía? ¿En serio?
Se encoge de hombros de manera inocente.
—Como quieras.
La luz se apaga por completo de repente. Enfadada, camino hacia el interruptor que está de mi lado.
—Ni se te ocurra —me advierte su voz, pinchante, fría, susurrante, peligrosa, desde la oscuridad—. Como te digo, por la mañana estás tan serena como un bicho muerto. Puedo hacer exactamente lo mismo con los mismos resultados. De hecho, que no estés ya tumbada y calladita me está animando a hacerlo. Métete ya.
Sus palabras son tan amenazadoras que comprendo que no puedo correr el riesgo de perderme también el segundo día. Me tumbo en la cama sin hacer ruido, con el enfado y el odio corriendo a doscientos por hora en mis venas.
