Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


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La cena de aquella noche fue un acontecimiento prolongado, al que asistieron catorce invitados. Entusiasmados ante la perspectiva de conocer al célebre Posibilidad Smith, muchos de los burgueses de Konoha Hill lograron invitaciones, al igual que el alcalde, el párroco, los esposos Senju y las señoritas Withers, dos hermanas solteronas apasionadas por la jardinería. En el último momento, Hinata invitó también al capitán Uchiha y su señora, que acababan de alquilar una finca cerca de la aldea.

Los invitados comenzaron a llegar hacia las siete y fueron conducidos al salón, donde poco a poco se formaron grupos y conversaciones afines. Los últimos en llegar fueron el capitán Uchiha y su esposa. Daba la impresión de que los Uchiha formaban una bonita pareja, él un hombre alto ojos negros y penetrantes y cabello negro y su esposa una hermosa mujer de ojos color jade que combinaba con el exótico tono rosa de su cabello. Como no los conocía de otras ocasiones, Hinata fue de inmediato hacia ellos.

-¡Capitán Uchiha! ¡Señora Uchiha! -exclamó, saludándolos con efusión-. Bienvenidos al El Remolino.

La señora Uchiha agradeció el recibimiento con un tímido murmullo y una reverencia, mientras que el capitán, un caballero en todo el sentido de la palabra, se encargó del resto de las cortesías.

-¿Cómo está usted, lady Uzumaki? -Se inclinó con gallardía sobre la mano enguantada de Hinata -Nos sentimos muy halagados con su invitación. Fue muy amable de su parte incluirnos entre los invitados.

-Soy yo la que se siente halagada. Además, necesitamos nuevas amistades para animar el vecindario. -Inclinó la cabeza y sonrió con actitud interrogante-. He oído decir que acaba de llegar usted de prestar servicios en la India.

-Así es -reconoció Uchiha -. Es bueno volver a pisar suelo inglés.

-Entonces tendrá mucho en común con mi esposo, ya que él vivió un tiempo allí.

-Me temo que nunca tuve el placer de trabar amistad con lord Uzumaki, aunque oí hablar de él. Nos movíamos en círculos diferentes.

Aunque el rostro de Sasuke Uchiha era indescifrable, Hinata tuvo la sensación de que su último comentario contenía cierto aire de censura.

Como militar, Uchiha probablemente desaprobara el estilo de vida que Naruto había llevado allí, pues se alojó en una inmensa mansión con cerca de cincuenta sirvientes a su disposición, todos consagrados a atender a un solo hombre. Sin duda, en la India Naruto se ganó fama de libertino, alguien que no se privaba de nada en aquella tierra de mujeres hermosas y placeres sensuales. Los rumores sobre las orgías interminables de Calcuta eran moneda corriente en Londres y Hinata era totalmente consciente de que su esposo no había sido ningún santo.

No obstante, la idea de los desenfrenos sexuales de Naruto le causó una sensación amarga y desagradable que procuró disimular bajo una insulsa sonrisa cordial.

-Si todavía no conocen a lord Uzumaki, debemos corregir eso de inmediato.

Sasuke echó una ojeada a la estancia y vio a Naruto charlando con lord Otsutsuki. Ambos estaban enfrascados, sin duda, en alguna conversación referente a la caza, la bebida o algún otro pasatiempo típicamente masculino. Hinata logró captar con un gesto la atención de Naruto, que se disculpó con Otsutsuki y fue a dar la bienvenida a los recién llegados.

Engalanado con un deslumbrante chaleco blanco, con su corbata, pantalones color crema y chaqueta marrón de botones dorados, Naruto exhibía la perfecta imagen del aristócrata que tiene a sus espaldas siglos de buen linaje. Tan solo el intenso bronceado de su piel y la gracia zorruna de sus movimientos lo diferenciaban del hombre que había sido antaño.

Se acercó a ellos con la sonrisa afable del anfitrión que cumple con su papel... hasta que vio el rostro del capitán Uchiha. Entonces aminoró el paso y Hinata creyó leer en su mirada que lo había reconocido, instantes antes de que su rostro se convirtiera en una máscara inescrutable.

El capitán Uchiha exhibía la misma apariencia impasible, pero además palideció y se puso rígido.

Ambos se conocían, a Hinata no le cupo ninguna duda. Habría apostado su vida.

Pero tanto el uno como el otro se comportaron como si nunca se hubieran visto. Atónita, Hinata los presentó y fue testigo de sus fingidos intentos de sostener una conversación convencional.

El capitán Uchiha contemplaba a Naruto como si estuviera viendo un fantasma.

-Le felicito por su milagroso regreso a Inglaterra, milord. Ya es toda una leyenda -dijo.

Naruto meneó la cabeza. -La leyenda es usted, capitán, no yo. Sus logros en la India, especialmente en cuanto a la represión de los thugs, son dignos de elogio.

El capitán inclinó la cabeza. -Gracias.

Hinata miró por el rabillo del ojo a la señora Uchiha, que parecía tan desconcertada como ella. ¿Por qué fingían no conocerse, cuando era evidente que se habían encontrado anteriormente? Debían de haberse conocido en la India, o quizás tuvieran amigos comunes o estaban relacionados de forma misteriosa por algún suceso.

Hinata clavó una mirada de interrogación en Naruto, pero él no le correspondió. Se ocultó detrás de una máscara de impecable cortesía, que no revelaba ninguno de sus verdaderos pensamientos.

Los invitados fueron conducidos al comedor, donde lanzaron exclamaciones de admiración al ver la mesa dispuesta con cristal, plata, velas y flores. Sentada muy lejos de su esposo, Hinata atendió sin demasiado entusiasmo a los invitados que tenía más cerca, soportando el parloteo de las señoritas Withers sobre semillas y almácigos, así como el relato de la doctora Tsunade y su esposo Dan también médico, acerca de sus más recientes logros médicos.

El primer plato fue una deliciosa combinación de diferentes sopas y pescados. Le siguió un plato de ciervo, budines y verduras y, a continuación, otro de perdiz, pato y codorniz; de postre, tarta de queso y pasteles, además de frutas y bizcochos. El vino corrió generosamente durante toda la cena: el mayordomo abría constantemente botellas de Sauterne, Bordeaux y champán, mientras los lacayos se afanaban por mantener siempre llenas las copas de los comensales.

Hinata advirtió con creciente desaliento que Naruto estaba bebiendo mucho. Siempre había sido bastante bebedor, pero esta vez no bebía para divertirse... Esta vez, su afán por beber era deliberado. Como si tratara de mitigar algún dolor íntimo que se negaba a ceder. Alzaba la copa una y otra vez, silencioso, con excepción de algún que otro comentario mordaz que provocaba la risa de los demás comensales.

Al capitán Uchiha le habló en una sola ocasión, cuando la conversación versaba sobre la India, y Uchiha se explayó sobre la idea de que los hindúes no estaban capacitados para gobernarse solos.

-... la historia ha demostrado que todos los nativos son corruptos y que no merecen ninguna confianza -comentó con gravedad el capitán-. Solamente mediante la intervención británica llegarán en condiciones al siglo diecinueve. E incluso entonces, siempre necesitarán de la guía y la supervisión de los oficiales británicos.

Naruto dejó la copa y dirigió a Sasuke una mirada glacial. -He conocido a algunos hindúes que tenían la audacia de creer que, efectivamente, podían gobernarse solos.

-¿De veras? -Se produjo una larga pausa, y de pronto, la mirada de Sasuke adquirió un brillo malicioso-. Qué interesante. Según he oído, usted rechazó la propuesta de la autonomía provincial para los nativos.

-He cambiado de opinión -respondió Naruto.

-Los hindúes han demostrado que no están preparados para tamaña responsabilidad -contraatacó Sasuke-. Una sociedad que está de acuerdo con la incineración de las viudas, el infanticidio, el bandolerismo, la idolatría...

-La intervención británica no ha abordado ninguna de esas cuestiones, ya que no son de nuestro maldito interés -lo interrumpió Naruto, haciendo caso omiso de las exclamaciones de agitación que se alzaron en torno a la mesa.

-¿Y qué me dice usted del cristianismo? Supongo que no negará que los hindúes han salido beneficiados con él. Naruto se encogió de hombros.

-Dejemos que tengan sus propios dioses. Hasta ahora se han arreglado muy bien con ellos. Dudo que el hindú o el musulmán sean peores que muchos que conozco y que se llaman a sí mismos cristianos.

Toda la mesa quedó en silencio ante el sacrílego comentario.

Entonces el capitán Uchiha se echó a reír, aliviando la tensión, y fueron apareciendo las sonrisas cuando, tácitamente, todo el grupo decidió tomar la discusión como una broma.

El resto de la cena transcurrió sin incidentes, aunque a Hinata le resultó difícil apartar los ojos de su esposo. En muy escasas ocasiones había hablado de política con Naruto, ya que él no sentía ningún interés por la opinión de una mujer sobre aquellos temas. No obstante, en su momento, él había aprobado incondicionalmente la intervención británica en la India. ¿Por qué ahora sostenía un punto de vista diametralmente opuesto?

Pareció transcurrir una eternidad hasta que llegó el final de la cena; los rituales del oporto y del té se sucedieron lenta e interminablemente y los invitados se quedaron hasta pasada la medianoche.

Al fin, cuando se hubieron marchado todos, los sirvientes se dispusieron a retirar los platos, las copas y la cubertería. Hinata intentó escabullirse hasta su habitación, suponiendo que Naruto había bebido demasiado como para preocuparse por ella. En el preciso instante en que alcanzaba la escalera principal, él surgió por detrás y la tomó del brazo, provocándole un sobresalto.

Hinata giró sobre sus talones para encararse con él y sintió palpitar su corazón en la garganta. Naruto apestaba a oporto, tenía la mirada vidriosa y el semblante congestionado, y caminaba vacilante. «Borracho como un emperador», habría dicho el padre de Hinata. Algunos hombres, en aquel estado, eran mansos como corderos, pero otros se mostraban ruidosos y alborotadores. Naruto no se comportaba de ninguna de las dos maneras. Su boca se curvaba en un rictus adusto y su expresión ponía en evidencia su malhumor.

-¿Adónde crees que vas? -preguntó, sin soltarle el brazo.

Con una punzada de alarma, Hinata se dio cuenta de que su marido tenía la intención de pedirle que cumpliera con su parte del trato aquella misma noche. Tenía que encontrar la manera de disuadirlo. Mientras Naruto se encontrara en aquellas condiciones, no estaba dispuesta a exhibirse ante él con el deshabillé. Las peores noches de su vida habían comenzado así, con Naruto bebido y sometiéndola a sus deseos.

-Me pareció que sería mejor dejarte a solas, para que disfrutaras de una última copa de oporto -le dijo, obligando a sus temblorosos labios a esbozar un intento de sonrisa.

-Esperabas que me emborrachara hasta quedar atontado -completó él, dirigiéndole una sonrisa llena de sarcasmo-. Pues no tendrá esa suerte, señora.

Comenzó a arrastrarla escaleras arriba, como un tigre que lleva a su presa a un rincón para darse un festín. Hinata, abatida, lo siguió a trompicones.

-Esta noche no parecías tú mismo -se arriesgó a decir, pero entonces pensó que «nunca» parecía él mismo. Era imposible saber qué cabía esperar de él-. ¿Por qué te mostraste tan abiertamente en desacuerdo con el capitán Uchiha?

-Oh, sí, los Uchiha. -El tono de Naruto era suave y controlado, pero por alguna razón sonó como un latigazo-. Dime, mi amor... ¿Por qué asistieron esta noche a nuestra cena?

-Han alquilado Morland Manor -respondió Hinata, incomodada-. Me enteré de que el capitán Uchiha había servido en la India y pensé que te gustaría conocerlo.

Llegaron arriba y él la obligó a darse media vuelta. Al sentir la mirada de Naruto escudriñando su rostro, Hinata dejó escapar una mueca de confusión. Se lo veía furioso, acusador, como si ella lo hubiera traicionado.

-Naruto -dijo en tono quedo-, ¿qué he hecho mal?

Tras un breve instante, la furia de Naruto pareció evaporarse levemente, aunque sus ojos todavía conservaban un destello peligroso. Parecía librar una batalla contra recuerdos desagradables.

-Basta de sorpresas -murmuró, sacudiéndola ligeramente para enfatizar sus palabras-. No me gustan.

-Basta de sorpresas -repitió Hinata, con la esperanza de que la tormenta hubiera pasado.

Naruto aspiró con fuerza y la soltó. Se rascó la cabeza con ambas manos y se mesó los cabellos hasta que no fueron más que una desgreñada mata de reflejos dorados. Parecía fatigado y a Hinata se le ocurrió decir que debía irse a la cama y procurar dormir.

Naruto hizo añicos sus incipientes esperanzas con una sola frase: -Ve y ponte el deshabillé.

-Yo... Pe pero no puedes... -tartamudeó Hinata-. Creo que cualquier otra noche sería mejor...

-Esta noche. -Naruto sonrió ligeramente. Su rostro parecía amenazador y burlón-. He esperado todo el día para poder contemplarte. Ni un barril entero de vino podría detenerme, y mucho menos una o dos botellas.

-Preferiría esperar -insistió Hinata con mirada implorante.

-Ahora -murmuró él-. O supondré que quieres que te ayude a desvestirte.

Hinata advirtió la determinación propia del ebrio e irguió los hombros. Lo haría, aunque fuera solo para demostrarle que no le tenía miedo.

-Muy bien -dijo llanamente-. Ven a mi cuarto dentro de diez minutos.

Él soltó un gruñido por toda respuesta y ella se alejó con la espalda rígida.

Tras entrar en su habitación y cerrar la puerta, Hinata luchó contra una creciente sensación de irrealidad. Se preguntaba si de verdad podría aparecer frente a él, cubierta por una prenda especialmente diseñada para resaltar el cuerpo femenino, para excitar... Una prenda aún más provocativa que la desnudez.

Naruto nunca le había pedido nada parecido. Supuso que aquel capricho se debía a sus experiencias sexuales en la India, o tal vez fuera simplemente una manera de reafirmar su dominio sobre ella, de exponerla y avergonzarla para que no le quedara ni rastro de orgullo.

Pues bien, no le iba a funcionar. Podía humillarla cuanto quisiera, pero jamás lograría dañar en lo más mínimo el respeto que ella se tenía a sí misma. Se pondría la vulgar prenda y lo despreciaría cada minuto en que la llevara puesta.

Temblando a causa del ultraje del que se sentía víctima, Hinata se dirigió al armario en el que había guardado el deshabillé junto a otras prendas más castas. La localizó y la sacó con una mueca de desagrado dibujada en el rostro. La tenue trama de seda y encaje era tan fina que se podía hacer pasar a través de un anillo fácilmente.

Hinata se desnudó sola, con movimientos torpes, ya que no quería pedir ayuda a Natsu. Dejó su ropa y sus zapatos amontonados en el suelo. El deshabillé se deslizó sobre su cuerpo con un fresco susurro de seda que la hizo estremecer. Se ajustaba con diminutas cintas, que a duras penas sostenían el corpiño a la cintura. La falda -si así se la podía llamar- se abría al caminar, dejando a la vista sus piernas y parte de sus caderas.

¿Debía soltarse el pelo? Se sintió tentada de desabrochar la diadema que se lo sujetaba en lo alto de su cabeza y cepillarse los largos mechones, para que estos cubrieran un poco su cuerpo. Pero no lo hizo... a Naruto le divertiría su cobarde intento de recato.

Se puso tensa al oír que alguien entraba en su habitación sin llamar. Se acercó al armario y quedó parcialmente oculta por el inmenso mueble, desde donde atisbo con cautela. Su marido se dirigía hacia el sillón con una botella de vino. Se había quitado la chaqueta y la corbata y desabrochado el cuello de la camisa, lo que dejaba a la vista su bronceada garganta. Una vez repantigado en el sillón, sonrió con insolencia al ver el rostro tenso de Hinata y sus labios apretados. Sin molestarse en disimular su expectativa, bebió un largo sorbo y le indicó con un gesto que saliera de su escondite.

Aquella orden silenciosa no hizo más que aumentar los nervios y la indignación de Hinata. Después de todo, ella era su legítima esposa, no una prostituta que respondía a una señal.

-¿Qué debo hacer? -preguntó en voz baja, con resentimiento.

-Camina hacia mí.

El fuego ardía en la chimenea, pero Hinata estaba demasiado lejos como para sentir su calor. Se le puso la piel de gallina y, con los dientes rechinando, se obligó a obedecer. Dio un paso y luego otro, sintiendo el picor de la alfombra de Aubusson bajo sus pies desnudos. Se acercó más a él y la luz del fuego brilló a través de la seda negra. Sabía que Naruto la veía entera, que vislumbraba su piel de marfil, la forma de su cuerpo, el oscuro triángulo de su entrepierna...

Se detuvo frente a él con el rostro ardiendo.

Naruto permanecía inmóvil como una estatua. Su cara y su cabello resplandecían contra la luz de las llamas al danzar.

-Oh, Hinata -dijo en voz baja-. ¡Eres tan condenadamente hermosa, que yo...!

Calló y tragó saliva, como si le costara hablar. La débil sonrisa había desaparecido de su rostro. Dejó a un lado la botella de vino, como si sus dedos no pudieran sostenerla. Incluso pareció quedarse sin aliento cuando subió su mirada desde los descalzos pies de Hinata hasta sus senos, donde se entretuvo en las rosadas puntas que presionaban contra el delicado encaje.

La habitación no estaba fría, pero Hinata seguía temblando.

-Prometí que no te tocaría -dijo él con voz ronca-, pero maldita sea si logro mantener esa promesa.

Si la hubiera cogido o forzado de alguna manera, Hinata se habría resistido. Sin embargo, Naruto se acercó a ella lentamente, pasando con precaución los dedos sobre sus caderas, como si temiera asustarla con cualquier movimiento súbito. Miraba hacia abajo, por lo que resultaba imposible descifrar su expresión. Pero Hinata pudo escuchar su acelerada respiración, que parecía rasparle la garganta.

-Imaginé esto tantas veces... -susurró Naruto con voz espesa-, verte... tocarte...

Sus grandes manos se deslizaron hasta las nalgas de Hinata y sus dedos siguieron la forma de sus prietas curvas. Con una leve presión, la acercó hasta colocarla entre sus rodillas separadas. Pasmada, Hinata sintió que las manos de Naruto comenzaban una lenta y metódica travesía por su cuerpo, deslizándose por su espalda, su cintura, la plenitud de sus caderas y muslos, hasta llegar detrás de las rodillas. El ardiente calor de aquellas manos traspasó la delgada barrera de seda, como si no existiera.

El corazón de Hinata latió desbocado y entonces pensó en apartarse, pero su cuerpo la traicionó y no quiso obedecerla. Naruto la miró con ojos llenos de ardor y mantuvo aquella mirada cuando sus manos comenzaron el lento ascenso hacia sus pechos. Al llegar a ellos, las ahuecó para cobijar su suave forma y luego los alzó ligeramente, aún aprisionados en el encaje negro.

Hinata soltó un suspiro entrecortado y sintió que le flaqueaban las rodillas, por lo que tuvo que apelar a todas sus fuerzas para no caer rendida en el regazo de Naruto. Mientras tanto, él acariciaba suavemente sus pezones, que se endurecieron y se irguieron en rosados picos. Se inclinó sobre ella y su aliento pareció vapor hirviendo sobre la piel de Hinata.

Cubrió con la boca la punta de su seno, filtrando su calor y su humedad a través del encaje. La caricia de aquella lengua provocaba a Hinata oleadas de placer que recorrían su carne atormentada.

-Hinata -murmuró él con voz profunda-, te deseo tanto... Déjame besarte, saborearte...

La prisa lo volvió torpe y tiró del corpiño del deshabillé hasta que el hombro de ella quedó al descubierto y el encaje la incomodó.

Entonces Hinata se quejó, dividida entre la indecisión y la excitación.

-Es suficiente -dijo, agitando las manos sobre los hombros de Naruto-. No deberías... Esto no es lo que yo...

Pero Naruto encontró uno de los lazos de seda y lo soltó, de modo que el encaje negro se abrió y dejó sus pechos al descubierto. Llevó a ellos sus manos y llenó de ávidos besos la suave piel. Atrapó uno de los rosados pezones en su boca y lo chupó suavemente, mientras Hinata se estremecía y trataba de apartarlo.

-Dime que no te gusta -susurró él en una breve pausa.

Hinata no podía responder, con la lengua de Naruto deslizándose entre sus pechos y con aquellas manos paseando por su piel desnuda. Él le soltó el segundo lazo y el deshabillé cayó hasta sus caderas. Gruñendo de placer, Naruto le besó el vientre y jugueteó con la lengua alrededor de su ombligo, antes de deslizarla en su interior. Hinata gimió, aturdida, y dio un respingo tras la ardiente y húmeda caricia, aferrándose con dedos tensos al tupido y sedoso cabello de Naruto.

Este apretó la cabeza contra el vientre de Hinata, soltando un gemido torturado, y le pasó el brazo por la cintura.

-No me detengas -suplicó-. Por favor.

La alzó en sus brazos como si no pesara más que una niña, y fue tambaleándose hacia el lecho con vacilantes zancadas de borracho. La acostó en la cama e inmediatamente se acostó él, acomodando su larga figura sobre el colchón. Tomó su rostro entre las manos y la besó con avidez, hurgando y explorando con la lengua en su boca. Hinata soltó un gemido de temeroso placer. Tímidamente, ella le rodeó el cuello con los brazos y Naruto emitió un sonido ahogado de deleite. Le soltó la cara y se deslizó hasta el muslo de Hinata, allí donde la mata de oscuros rizos permanecía oculta por el desbabillé.

-No... Espera -pidió ella, juntando las piernas.

Para sorpresa de Hinata, él obedeció y apoyó su mano sobre el vientre. Dejó caer la cabeza junto a la de ella y hundió la frente en la almohada y, a continuación, soltó un largo y tembloroso suspiro.

Ambos yacieron en silencio, con el calor de sus cuerpos fundiéndose en uno solo. Hinata sentía a su lado el peso de Naruto, que tenía los brazos estirados sobre ella.

En otra época, mucho tiempo atrás, la habría forzado.

Colmada de sorpresa y gratitud, Hinata tocó el pesado brazo que descansaba sobre su cintura. Acarició lentamente la dura curva de sus músculos, hasta llegar al hombro. Entonces la asaltó una idea maliciosa: deseó que Naruto se quitara la camisa y dejara a la vista la cobriza piel que tanto la intrigaba.

-Gracias -le dijo en un susurro-. Gracias por no forzarme.

El silencio de Naruto la alentó a continuar y entonces ella le acarició el hombro, en lo que supuso el primer gesto de afecto que se atrevía a tener hacia él.

-No es que te encuentre poco atractivo -murmuró. Una oleada de rubor cubrió su rostro-: En realidad, pienso que eres bastante... atractivo. -Movió la cabeza hasta que su boca quedó apretada contra la ardiente piel de la garganta de Naruto-. Me alegro de que hayas vuelto. De verdad.

Un suave ronquido retumbó en su oreja.

Sobresaltada, Hinata se apartó ligeramente y lo miró. Su esposo tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, como un niño adormilado.

-Naruto -susurró con cautela.

Él emitió un chasquido de satisfacción y se arrebujó con la manta. Soltó un áspero suspiro y reanudó sus ronquidos.

Hinata se mordió el labio para que no se le escapara una súbita carcajada. Se soltó de su abrazo, se levantó de la cama y apartó el desabillé de un puntapié cuando se le enredó entre los tobillos. Fue hacia el armario, de donde sacó un camisón limpio y una bata que se puso rápidamente. Naruto seguía en la cama, con el aspecto de un pacífico bulto de largas piernas y sonoros ronquidos.

Una vez vestida, Hinata se acercó a su esposo. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios mientras le quitaba las botas y los calcetines. Vaciló antes de desabrocharle el chaleco, por temor a despertarlo bruscamente. Naruto permaneció relajado e inerte cuando le quitó aquella prenda tan bien cortada. Hinata le dejó puestos la camisa y los pantalones y lo cubrió con la manta para protegerlo del frío de la noche.

Antes de apagar la lámpara, hizo una pausa para dirigir una última mirada a su marido. Parecía una especie de magnífico animal dormido, que hubiera abandonado momentáneamente su estado de alerta y tuviera las zarpas envainadas. Pero por la mañana volvería a su estilo habitual: burlón, agresivo, encantador... Y reanudaría sus esfuerzos para seducirla.

Lo que enloquecía a Hinata era darse cuenta de que, aunque en poca medida, en realidad esperaba con ansia que llegara el momento.

Con el ceño fruncido, se dirigió al dormitorio de Naruto para pasar la noche sola.

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Continuará...