DISCLAIMER: Los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co. Yo solo los tomo prestados para inventar con ellos historias de amor sin fines de lucro, solo por diversión =).

Hola amigas bellas, aquí estoy otra vez, contenta de poder seguir actualizando esta historia para ustedes que ya está próxima a su desenlace. Agradezco de corazón a Lukyta, Skarllet Northman, Corazón Salvaje, Usagihell34, Melissa Reyes, Bertgirl, Majito y Maryel Tonks por sus dejarme sus reviews, sus opiniones siempre son muy valiosas para mí chicas, me ayudan a mejorar y me inspiran a seguir adelante con mis ideas y agradezco también a todos los lectores anónimos en el lugar donde se encuentren, quiero decirles que son geniales, gracias por su interés en este humilde fanfic.

Les envío a todos un abrazo.

NOTA: A partir de ahora en adelante los capítulos presentados, tienen partes independientes de la conclusión original del manga o el anime y muestran lo que podría haber sucedido en un futuro entre Albert y Candy. He respetado el detalle de la correspondencia entre ambos narrada en las novelas posteriores de Kyoko Mizuki pero de allí el resto es exclusivamente sacado de mi imaginación.

¡Gracias por leer!

CAPÍTULO XIII

He tenido que alejarme de Candy temporalmente debido a mis múltiples ocupaciones. No veo la hora de regresar a Chicago, lo cual debería darse una vez que culmine mi gira de negocios por América del Sur dentro de dos meses, tiempo que pienso me resultaría soportable en comparación con los cuatro que hasta ahora llevo fuera, de no ser por un inconveniente inesperado.

Iré por partes. Esta ha sido una de las pruebas más duras que me ha tocado enfrentar desde que asumí mi rol como jefe del Clan Ardley, sin embargo estoy consciente de que no es la primera y con probabilidad tampoco será la última ocasión en que me toque viajar, puesto que es un deber que como representante familiar y empresarial me corresponde. Por lo tanto sé, que estar separado de ella por periodos (en ocasiones largos u otros cortos), en lo que sea que nos depare la vida (si nos quiere juntos al final o no) es algo a lo que deberé irme acostumbrando.

Por fortuna, el sincerarnos ha permitido que se destruyan todas las barreras que había entre nosotros (si es que existían) y la distancia hasta hoy solo ha servido para volvernos más cercanos... Hay tantas cosas que por correspondencia nos hemos dicho que con probabilidad hubiésemos tardado el doble en expresarlas de estar frente a frente. Confesiones que incentivan mi fe y no me permiten diferenciar bien a estas alturas si nuestra relación es de amistad o amor.

Llevo además como tesoro y consuelo el recuerdo de nuestros últimos días juntos en la propiedad de Lakewood, a donde le pedí de favor que me acompañara mientras conseguía instalarme en ese caserón inmenso y lleno de recuerdos que solo ella puede iluminar con su alegría. Estar en esa casa por muy hermosa que sea me hace sentir en parte asfixiado pero ella es mi fortaleza, toda mi fuerza encarnada en una mujer.

Me acuerdo que sonriendo aceptó de buena gana, diciendo que iba a ser como tomarse unas pequeñas vacaciones de su vida cotidiana y recalcándome además que aparte de mi amiga y pupila, todavía era mi enfermera personal y que era su deber cuidar de mi salud.

Me mostré de acuerdo en todo y comenzamos así una semana que resultó maravillosa. Retomamos nuestro alegre convivir como en los viejos tiempos y podría decirse que volvimos a sentirnos completamente libres y felices, dejando aparte las preocupaciones y dedicándonos tan solo a ser nosotros mismos.

El buen George se encargaba de supervisarnos de lejos y en su imperturbabilidad característica lo aprobaba, lo cual me resultaba en extremo importante pues sus opiniones siempre serán como las de un padre para mí.

Fueron días fantásticos, de paseos, de juegos, de cabalgatas vespertinas y de salidas a cenar, días en los que mi dulce Candy empezó a llamarme "príncipe" y yo a la vez a decirle "princesa", un lapso de tiempo que se quedaría grabado a fuego en mi alma.

No olvidé en ese entonces en ningún momento mis responsabilidades pero teniéndola a ella a mi lado se me comenzó a hacer más fácil sobrellevarlas. Candy logró volver a hacerme sonreír y yo maravillado percibí como poco a poco empezaba a sanar… Algo me decía que pronto su joven corazón iba a liberarse de verdad para estar dispuesto a volver a amar.

Antes de despedirnos, cuando aquellos mágicos días terminaron y me tocó partir, nos prometimos escribirnos dos veces por semana contándonos las anécdotas, las venturas y peripecias que nos ocurrieran en nuestro diario vivir, lo cual sería la fórmula en que nuestro lazo comenzara a fortalecerse con el pasar de los meses.

No puedo sacar de mi mente su carita triste en el puerto esa mañana, hasta donde fue a despedirme junto a la tía Elroy. Mi tía que a su vez dejó de lado a los Leagans con sus malévolas intenciones y se puso de nuestra parte, perdonándola a ella por su supuesto mal comportamiento en Chicago, al enterarse de que el hombre con el que vivía a solas sin importarle un comino lo que pudiera decir la gente y mucho menos la sociedad, no era otro que quien les escribe, cegado por la amnesia.

Les pedí ese día a ambas antes de abordar que se cuidaran la una a la otra y como último preciado recuerdo para llevarme en el corazón, acaricié la mejilla de mi princesa, quien para entonces, sentimental como siempre, ya estaba llorando.

-Volveré preciosa…- le dije en un susurro, hablándole muy de cerca para que solo ella pudiera escucharme –No llores, recuerda que luces más bella cuando sonríes. Te quiero-

Ella asintió secándose las lágrimas y levantó su cristalina mirada en la que se advertía una radiante esperanza de un reencuentro futuro

-Yo también te quiero Albert, regresa pronto- y como deseo de buena suerte, besó mis manos entre las suyas. En respuesta, conmovido, la abracé fuerte y besé su frente, aunque con la debida moderación por encontrarse la tía Elroy presente, de quien me despedí después.

Ahora cada vez que recuerdo aquella escena, siento como si una parte de mi alma se abstrajera y quisiera correr o volar hasta sus brazos, aun sabiendo que es imposible. George que a menudo se da cuenta de inmediato de mis estados de ánimo, por conocerme de toda la vida, sabe cuándo me distraigo por esa causa y con su apacible forma de ser me recuerda que tengo que poner los pies sobre la tierra y esforzarme por ser cada día mejor en vista de forjar un buen futuro para regalarle a ella.

Todo se dio bien entre Candy y yo durante los primeros largos y cansados meses, en medio de cartas cargadas de sentimientos ocultos y de preguntas coquetas, hasta que una noche en una reunión de corporaciones, no mucho después de llegar a Brasil, a mitad de mi viaje, me presentaron a la presidenta de una de las más grandes trasnacionales sudamericanas, una atractiva y distinguida mujer de mediana edad conocida como la Baronesa de Magallanes, quien al haber enviudado joven quedó a cargo de la prestigiosa compañía de su esposo, así como de su inmensa fortuna. La prensa no dudó en involucrarnos enseguida aun cuando nuestro trato se debiera con exclusividad a ámbitos comerciales y allí comenzaron los problemas.

Poco después de aquello, empecé a notar que algo cambiaba en la manera de escribir de Candy, la emoción parecía haber abandonado sus letras, podía sentir a través de sus palabras decepción, resentimiento, tristeza, cosas que intentaba ocultar entre frases pero que sin embargo se advertían con claridad. Inclusive una vez me llegó una misiva manchada con sus lágrimas, que quizás derramó atormentada por esa inquietud que entonces no se atrevía a preguntarme. Yo le respondía preocupado por saber si se encontraba bien pero siempre me contestaba que no le sucedía nada. No le creí y estaba en lo correcto.

Hoy he recibido por fin el golpe esperado. Me ha consultado en una misiva si acaso estoy flirteando con una poderosa mujer y a continuación sin esperar respuestas me solicita la anulación de su adopción, un requerimiento de que la deje libre porque quiere alejarse de mí para así encontrar su propio camino. Aquello me hiere más que nada.

Me he quedado desconcertado en mitad de la pieza de hotel donde me alojo, en el centro de Manaus, tratando de asimilar lo que acabo de leer, cuando George al ingresar percibe en mi palidez que las cosas no andan bien con Candy. Así que sin dar rodeos le cuento lo ocurrido porque necesito saber su opinión, necesito un consejo.

-Tal vez se deba joven señor al montón de artículos impresos que se publican a diario en los Estados Unidos sobre su vida privada- opina luego de que yo le relato la repentina resolución de Candy.

-¡Mi vida privada! ¡Qué sabe la prensa sobre mi vida privada!- reniego levantando la voz y lanzando con rabia el sobre y la carta encima del escritorio mientras empiezo a caminar por la habitación furioso por los chismes y mentiras que esparcen sobre mí, intentando a la vez pensar en algo para arreglar mi situación con Candy.

-Lo que no saben, lo intuyen al ser usted uno de los magnates solteros más jóvenes de Norteamérica. Razón por la cual se encuentra en la mira de todo el mundo- George me explica pero aquello no me hace sentir mejor si no que me revuelve el estómago -Debido a eso es que Mrs. Elroy siempre le escribe pidiéndole que cuide su comportamiento- le escucho agregar, más mi cabeza para entonces ya está en otra parte

-¿Quieres decir George que crees que Candy leyó algún artículo sobre mí sin sentido?- me atrevo a consultarle, solo para corroborar una razón que yo mismo en el fondo ya conozco -¿Crees que le haya importado?

George me responde de forma sencilla pero concisa

-Si me permite inmiscuirme joven señor, pienso que la Srta. Candice lo ama mucho, al igual que usted a ella y desde hace bastante tiempo… quizá deba arreglar las cosas pronto-

Guardo silencio durante algunos segundos analizándolo. Es todo lo que necesitaba saber.

-Gracias George- le digo una vez más y él desinteresado responde

-De nada-


Me lleva toda la noche tomar la decisión que doy a conocer a primera hora del día siguiente. Designo a George, mi asistente, para que me supla en mis funciones negociadoras y comunico a mis socios brasileños que regreso a Estados Unidos de inmediato debido a un imprevisto de suma importancia. Esto toma por sorpresa a mis colegas, a quienes agradezco su hospitalidad y don de gente, reiterándoles que se me hace imposible quedarme.

Ha llegado la hora de pensar en Candy y en mí, de terminar de arriesgarlo todo.

Tengo que regresar.


Continuará…