Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.

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Trato Hecho

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Beteado por Isa :)

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Capítulo Trece: El cuento del tío

—¡Isabella! —rugió una voz en la planta alta y estuve a punto de escupir toda mi leche chocolatada.

Okay, parece que la linda —nótese el sarcasmo— de mi hermanastra se había despertado y todo indicaba que no de muy buen humor. Ugh. Ahora me esperaba una linda escenita, seguro. Edward y Bruno me miraron con sospecha, seguramente porque sabían que no me había quedado de brazos cruzados y daría batalla. Me limité a encoger mis hombros, poniendo carita de niña buena. Como si de un rayo se tratase, Marlene bajó las escaleras y tuve que taparme la boca para no comenzar a reír como loca desquiciada al verla.

Su rostro estaba mucho peor de lo que imaginé.

«¡Bendita Fofi y benditos pelos de perro!».

—Maldita loca desgraciada, ¡mira lo que me hiciste! —chilló con los ojos llorosos.

—Ups… —dije, con una mueca de tranquilidad—. Quizás mi ropa cayó encima de tu almohada. —Repetí sus mismas palabras cuando mostró el odioso video de mi culo al aire.

Entrecerró sus ojos y jaló con fuerza sus cabellos. Si las miradas matasen, yo estaría encaminada para ser momificada.

—¡Achú! —estornudó, atajando su hinchada nariz—. Hoy tengo una entrevista de trabajo ¡mira lo que soy! ¡Achú! ¡Tendré que cancelarla por tu culpa, idiota!

Bueno, la verdad, el muñeco de Chuky daba menos miedo que ella. Su ojo izquierdo estaba violeta y ligeramente hinchado y, ahora, se le sumaba las ronchas de alergia que le salieron por toda la cara y también la hinchazón causada por los pelos de Fofi que puse en su almohada. El resultado, un cuco andante, capaz de asustar a cualquier niño e, incluso, algún que otro adulto sensible a los monstruos.

«Quien ríe último, ríe mejor. Maldita perra».

—Perra —dijo, manteniendo sus ojos, o bueno, ojo y medio fijos en mí.

—Arpía.

—Víbora —retrucó.

—Amargada.

—Loca.

—Bruja.

—Bicho raro.

—Mitad mapache.

Enarcó una ceja.

—Aburrida —contraatacó.

—Chucky.

—¡Ya basta! —gritó Bruno, poniéndose entre medio de las dos—. ¿Pueden comportarse como personas adultas y civilizadas? ¿Cuántos años tienen? Tú, Marlene ya deja de molestar a Bella… lo que le hiciste ayer no tiene perdón. —La miré con una sonrisita de suficiencia—. Y, tú, Bella… ya párale, ¿quieres? Sabes que Marlene es alérgica a los pelos de mascotas, y que su cara parece un pez globo cada vez que le agarra el ataque.

Marlene lo fulminó con la mirada.

—¿Qué? —preguntó Bruno—. Lo siento, Mar… pero, das miedo. Esa es la verdad.

Le gruñó a mi petizo favorito y él se encogió en su lugar. Por mi parte, bufé y me concentré en mi taza de leche con chocolate a medio tomar, intentando calmar mis nervios. Edward me tomó de la mano, podía sentir su mirada puesta en mí y, aunque no lo miré, le devolví el gesto con agradecimiento. Creo que él era el único que lograba tranquilizarme en tan poco tiempo.

Marlene rodeó toda la cocina con tal de no pasar por mi lado para prepararse su desayuno; cosa que agradecí, ya que de lo contrario, le hubiese puesto la traba. Tenía que intentar aplacar mis ganas de provocarla, puesto que era mejor mantener las aguas lo más calmadas que se pudiera; para que no volviera a estallar la tercera guerra mundial entre las dos, por supuesto.

«Siempre y cuando ella se comporte, sino… ¡Zas!».

—Hija, hoy vendrá el… ¡Ah! ¿Qué te pasó? —chilló Renée con horror mirando a Marlene con los ojos como platos—. Cielo, tu rostro es un desastre.

No me contuve más y comencé a reír. Bruno siguió mis risas y Edward escondió su boca dentro de la taza, simulando estar bebiendo de ella para que no lo vieran reír. Renée soltó algunas risitas y dejó las bolsas que traía en sus manos sobre la mesada y se acercó a su hijastra. Marlene nos miró con la cara desencajada y me hubiera gustado sentirme un poco culpable; pero no, la culpa nunca llegó. ¿Era una mala persona por pensar así?

«Nah, se lo merece. ¿Ves lo que siente que todos se rían de ti, perra?».

—Deberías preguntarle a tu hija y a la maldita bola de pelos que tiene en su casa. —Escupió con ira—. ¡Mira lo que me hizo tu horrible rata!

Aquí vamos otra vez.

—¡No insultes a Fofi! —le grité. Edward apoyó su mano con fuerza en mi pierna para que me calmara. Lo miré y se lo agradecí, ya no quería pelear más con Marlene, estaba cansada de este círculo vicioso.

—Bella… —me reprendió mi madre; suspiré pesado—. Ven, Marlene… tengo algo para la alergia que te calmará.

Ella pasó por mi lado y, a propósito, manoteó mi taza e hizo que se me cayera toda la bebida en mi regazo.

—¡Oh! Eres muy madura, ¿sabes? Si tienes un puto problema conmigo, ven y dímelo en la cara ¡estúpida! —le grité con furia. Bufé al ver toda mi ropa manchada. Maldita Marlene—. Genial, ahora tendré que bañarme otra vez —agregué, mientras me limpiaba con el trapo que Edward me pasó.

—¿Estás bien? —me preguntó preocupado.

—Sí, es bebida fría… —respondí de mal humor—. Me bañaré otra vez, ya regreso.

—Dos veces en menos de dos horas —comentó Bruno, sonriendo de oreja a oreja—. Bueno, si no hubiesen madrugado para hacer cosas raras e indebidas en la playa, sería la primera vez que te bañarías en el día, ¿no?

Edward comenzó a toser nerviosamente y yo le revoleé el trapo por la cabeza a mi petizo —ahora no tanto— favorito. Palmeé la espalda de Edward para ayudarlo con su ataque de tos y fulminé con la mirada a Brunito.

—Por favor, Bruno… —rogué con la voz pausada y contenida—. Un poco de piedad.

Mi hermanito suspiró y me guiñó su ojo izquierdo. Sonreí sin poder contenerme, y los dejé solos, corriendo escaleras arriba para ir hacia la habitación de Bruno y buscar una nueva muda de ropa, así iba a darme una ducha rápida. La segunda del día. ¡Qué viva la limpieza, señores!

«Puta Marlene».

Todavía tenía la imagen mental de lo que había ocurrido en la playa impresa en mi cabeza. Ninguno de los dos había dicho nada al respecto, pero no era tonta y sabía que las cosas habían cambiado. Ni para bien, ni para mal… pero entre los dos hubo un quiebre innegable. Eso cualquiera lo sabía. O sea, no es normal andar besándose con la gente por puro gusto, o confusión, o lo que mierda sea. Jamás me había pasado algo así. Realmente, estaba en blanco, pues no entendía bien qué me estaba pasando. No tenía ninguna respuesta, no estaba acostumbrada a tener mi cabeza hecha un lío, ni tampoco estaba preparada para sentirme tan abrumada como me sentí en la playa, o como me siento ahora cuando vuelve a mi cabeza aquella escena. Siquiera cuando me embobé con Riley estaba así de confundida. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Por qué me sentía tan rara pero feliz a la vez?

Sabía que había una respuesta concisa para todo esto que estaba ocurriendo. Pero aún no quería encontrar esa respuesta; quizás sea miedo a lo desconocido, quizás deseo de seguir en la ignorancia. No lo sé con exactitud. Quería dejar mi cabeza fría para poder analizar la situación como debía hacerlo, como realmente la circunstancia lo ameritaba. Es decir, tener que estar con Edward las veinticuatro horas del día no me ayudaba a analizar mi accionar; no con él junto a mí todo el tiempo.

«Y su respuesta. No olvides que te devolvió el beso».

Ese era otro punto. Es verdad, me había devuelto el beso, igual o con más confusión que yo. Pero que me besó de vuelta, me besó. Era horrible no saber con certeza qué fue lo que pasó por su cabeza, cómo reaccionó en sus adentros cuando una loca como yo se le colgó del cuello y lo besó sin más. Quizás la situación misma nos confundió. En los libros siempre pasa que cuando una pareja juega en la playa o con cosquillas, por alguna extraña razón, concluye con un beso. Tal vez, nosotros no fuimos la excepción a la regla. ¿Es muy descabellado pensar de esa forma?

De todos modos, a pesar de este extraño e indefinido caos, la relación con Edward no había cambiado. Quizás había un poco de incomodidad entre nosotros y también nos sentíamos algo raros. Pero, más allá de eso y a pesar de que todavía no tocamos el tema de lo que pasó en la playa, estábamos igual que antes. Bromeábamos, nos reíamos y seguíamos con esa complicidad que tanto me gustaba tener con él. De cualquier manera, me encantaba que sigamos igual que antes —no como que nada pasó, porque pasó y no éramos tontos—, pero de alguna manera me sentía bien al saber que nada se había arruinado. Eso era realmente bueno.

«Estás tomando esto con bastante racionalidad y eso me gusta».

«Cuando sepa la respuesta, creo que a mí también me gustará».

«No es muy difícil llegar a ella; la respuesta vendrá cuando menos lo esperas. Sólo analiza bien las cosas, no dejes que todo te abrume y luego te arrepientas de tus actos».

Vaya, al fin un consejo profundo de la sólo-pienso-en-sexo-con-ojitos de Amanda. En este momento mi cabeza era un embrollo, sí; no podría pensar con claridad aunque me obligara a hacerlo. Supongo que era cuestión de tiempo saber qué fue lo que nos orilló a accionar de esa manera. Sinceramente, no lo sabía o quizás en el fondo sí lo hacía, pero necesitaba un poco espacio para poder analizar bien la situación. Lo mejor era seguir con el trato en vigencia y dejar que mi cabeza volviera a su lugar —o bueno, algo de la cordura que quedaba en ella—. Ya entendería toda esta cosa rara y nueva, y vería qué tendría que hacer. Sin tener que arrepentirme o lamentarme nada después.

Froté mi piel mojada con el jabón y sonreí cuando recordé el rostro de mi madre y Phil cuando nos vieron llegar de la playa. Seguramente pensaron que fuimos atacados por una pandilla, o jugamos a revolcarnos en la arena hasta hartarnos. Nuestra apariencia dejaba mucho que desear y ni hablar de los dobles significados que eran muy fáciles de imaginar; ambos volvimos mojados, llenos de arena, despeinados, sudados y todas las características que se puedan agregar. Al vernos, nos miraron con picardía, y no había que ser una persona muy inteligente para saber qué era lo que se les cruzaba por la cabeza. Sus palabras habían sido:

—La juventud y el amor joven. Qué tiempos aquellos, te sientes el rey del mundo y sólo quieres experimentar en cada rincón —fueron las palabras de Phil, mirándonos con picardía—. Espero que no les haya entrado arena en lugares que no tienen que entrar, luego es incómodo.

Obviamente mi rostro se había iluminado como un foco de luz y Edward no había estado muy distinto a mí.

—Confío en que se han acordado de lo que hablamos ayer. Precauciones, ¿recuerdan? ¡Precauciones! —dijo Renée con voz maternal—. Nada de hacerme abuela a tan corta edad, ¿entendido?

Sip, una escena terriblemente embarazosa a primeras horas del día. Sin embargo, así eran ellos y no podíamos hacer nada para poder remediarlo; terminabas acostumbrándote a las locuras. Luego, se unió Bruno, así que toda la familia supuso que Edward y yo habíamos tenido una larga maratón de sexo en la playa. Jodidamente genial.

«Y jodidamente mentira. ¡Rayos!».

Apagué la ducha y me sequé rápidamente. Me coloqué mi pollera a cuadros amarilla y mi remera blanca, con mis zapatillas negras. Dejé mi cabello suelto para que se secara y salí del cuarto de baño. Al hacerlo, me encontré con el rostro de Marlene cubierto con alguna crema blanca en la puerta, al instante me puse a la defensiva. ¿Cuál sería su ataque ahora?

—No vengo a pelear, así que puedes tranquilizarte —dijo con voz monótona, casi aburrida.

La miré con desconfianza.

—¿Qué quieres?

—Vengo a decirte que, por esta vez, saco bandera blanca —bufó—. Ya me cansé de pelear contigo, esta vez nos excedimos; yo con lo de tu habitación y el video y tú, con desfigurarme el rostro.

—¿Me estás diciendo que no me molestarás más? —enarqué una ceja.

—Siempre y cuando tú hagas lo mismo —respondió—. A la primera que quieras hacerme algo, te decreto la guerra otra vez.

—Lo mismo va para ti.

—Supongo que es justo —rascó su frente y recordó que tenía crema untada en ella; se limpió la mano con su remera—. ¿Tregua?

—Tregua —respondí.

Me echó un último vistazo y salió por el pasillo. Vaya, eso había sido extraño, sólo esperaba que fuese verdad todo lo que dijo, pues yo también me había aburrido de estar al pendiente de lo que me haría y de lo que no. Sólo quedaba un día, podríamos mantenernos a raya. O eso espero.

La miré desaparecer en su habitación y me dirigí hasta la sala. Al llegar a mi destino, me encontré con Bruno y Edward jugando a la Xbox. Pensándolo bien, era la primera vez que veía a Edward en esa faceta. Al parecer mi falso novio iba ganando y eso a Bruno no le gustaba para nada; odiaba perder. Me quedé unos minutos allí, viéndolos jugar. Pregunté dos veces quién iba ganando, pero parecía que ninguno de los dos notó mi presencia.

Mi madre me llamó desde la cocina y casi corro hasta allí, total ni iban a notar mi ausencia. Al llegar allí, me encontré con Renée rodeada de distintos ingredientes sobre la mesada de la cocina y en su mano me esperaba con un delantal y algunos vegetales.

—¿Me ayudas a preparar las cosas para la cena?

—¿Hay fiesta y no me enteré? ¿Por qué empiezas tan temprano? —le pregunté, mientras tomaba los vegetales que me pasaba para las ensaladas.

—¿Estás bromeando? —Me devolvió la pregunta—. Será la última noche que estarán acá, y vendrá el tío Mark; te quiere saludar y conocer al hombre misterioso.

Oh, genial. El tío Mark. ¿Alguien se ofrece a matarme, por favor?

Comencé a pelar algunas patatas y vi bajar a Marlene, con la extraña crema untada en su rostro. Nos miramos pero no dijimos nada, supongo que por temor a que alguna de las dos echara a perder esa débil tregua entre nosotras. Se sentó en la mesa de la cocina y comenzó a dibujar algunas cosas, según me había dicho Renée debía presentar sus últimos trabajos para recibirse de diseñadora gráfica.

—Vine aquí porque hay mejor iluminación —dijo, sin mirarme—. Avísame si te molesto.

«Tú molestas siempre».

—No, no molestas —respondí. Creo que esta era la charla más civilizada que teníamos desde que llegué—. Me dijo mi madre que te falta poco para que te gradúes.

Levantó su mirada.

—Si ya lo sabes, ¿para qué me preguntas? —dijo, casi con molestia.

Enarqué mis cejas. Esta chica era imposible.

—¿Lo escuchaste en forma de pregunta? Porque que yo sepa, no te lo pregunté —siseé, sin poder contener mi mal humor.

Ella suspiró y sacudió su cabeza.

—Sólo me faltan dos trabajos finales —respondió en tono tranquilo—. A ti no te falta mucho, ¿verdad?

La miré con las cejas alzadas. ¿Se interesaba de verdad o sólo era cortesía porque yo había sacado el tema?

—Bueno, en realidad, tengo que aprobar las últimas tres materias y luego comenzar con mi tesis —encogí mis hombros—. Relativamente no falta mucho, sí.

Nos quedamos en silencio y miré por la ventana a mi madre y a Phil, limpiando la parrilla.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Marlene nuevamente.

Me giré y la miré. Su rostro estaba suavizado, nada de ceños fruncidos ni mirada de furia. Asentí.

—¿Qué color utilizarías para una marca de zapatillas?

Lo pensé.

—Bueno… creo que el rojo es lindo, ¿no te parece?

Ella dudó un poco pero luego sonrió ligeramente. Cuando lo hizo fue como si veinte años se le hubiesen salido de encima.

—Me gusta —volvió a mirarme—. Gracias, Isabella.

Sólo me encogí de hombros, siguiendo con mi tarea de pelar las patatas y ponerlas a hervir. Supongo que sacarle un «gracias» de su parte era un gran avance entre las dos; ni hablar de tener una charla medianamente civilizada. Tampoco esperaba que me llamara «Bella», pues yo a ella tampoco la llamaba «Mar» como lo hacía el resto de la familia.

—Creo que se viene el apocalipsis —murmuró Phil, entrando a la cocina. Lo miré con gracia—. Están compartiendo un mismo espacio, sólo las dos, y todavía no empezaron con la Tercera Guerra Mundial.

—Papá… —protestó Marlene.

—Nada de papá —sonrió mi padrastro—. ¡Anotaré este día en el calendario como un acontecimiento importante!

No pude evitarlo y comencé a reír con ganas. Creo que Marlene hizo lo mismo, aunque intentó pasar desapercibida. Muy en el fondo, podía ser una muchacha simpática.

«Muy, muy, muy en el fondo».

Las horas fueron pasando, y nos mantuvimos muy ocupados: mi madre y yo preparando la cena de esta noche y los muchachos seguían jugando a los videojuegos; todavía no entiendo la necesidad de pasar tantas horas frente a un televisor. Sólo cuando se escuchó un grito de victoria proveniente de Edward y las quejas de Bruno, supe que mi falso novio le había ganado y, por fin, terminó esa larguísima partida de Xbox. Al poco tiempo se acercaron a la cocina, discutiendo de las cosas que habían estado mal en el juego.

—A veces se gana y a veces se pierde, Bruno —me regocijé, pues cada vez que me tocaba jugar junto a él perdía siempre. Era malísima para los videojuegos.

—Eso lo dices porque fue tu novio el que ganó —me sacó la lengua y reí—. ¿Mamá, hay algo para comer?

—¿Sólo piensas con tu estómago? —preguntó mi madre riendo—. Si sigues así nos quedaremos sin comida.

—No exageres —rodó sus ojos—. Además, estoy en etapa de crecimiento… debo alimentarme bien.

Miré a Edward y sonreímos de las ocurrencias de Bruno.

—Bien chico hambriento, acompáñame y ayúdame a alistar el jardín, así dejas de pensar con tu barriga —le dijo mi madre revolviendo la crema para el postre—. Bella, ¿sigues con esto por favor?

—Claro —respondí, tomando el bol de crema para agregárselo al pastel que había para el postre.

Mi madre y Bruno salieron hacia el jardín para terminar de alistar la mesa, Marlene había subido a su habitación hace algún tiempo, y Edward comenzó a ayudarme a cortar las frutillas que le agregaríamos al postre. Miré por el rabillo del ojo que no me estuviera prestando atención y metí mi dedo índice en el recipiente con la crema, para degustarla.

—Eso es jugar sucio… —me dijo, pescándome in fraganti.

Sonreí como niña buena y tomé otra buena cantidad y lo llevé a mi boca. Cerré mis ojos y saboreé el gusto. Verdaderamente, exquisito.

—¿Quieres un poco? Nadie se enterará.

Edward largó una fuerte carcajada y enterré mi dedo índice otra vez en el bol. Me acerqué a él con el dedo repleto de crema y lo miré; me devolvió la mirada con el ceño fruncido, aunque no dejé que pensara más, pues mi dedo chocó con su nariz, bañándola con crema. Se quedó momentáneamente sorprendido con mi accionar y no pude evitar reírme con ganas al verle el pompón blanco en la punta de su nariz. Parecía todo un payasito. Demasiado tierno.

—Eres una tramposa —me acusó, limpiándose la nariz con su dedo. Luego, metió el índice lleno de crema a su boca y degustó el sabor, cerrando momentáneamente sus orbes verdes.

Rodé los ojos y me di la vuelta para seguir mezclando lo que quedaba en el recipiente. Claro que no vi venir su venganza. Sus manos actuaron rápido, su dedo robó una buena porción de crema y la enterró en mi nariz, aunque me moví bruscamente para tratar de alejarme y una buena parte colapsó a lo largo de mi mejilla.

Me di la vuelta mirándolo con los ojos entrecerrados y me di cuenta que quedé encerrada entre él y la mesada de la cocina. Sus ojos chispearon de diversión, y tomó un poco de la crema que decoraba mi rostro y lo llevó a su boca; haciendo un sonido de satisfacción cuando lo saboreó.

«Puto dedo, ¡quiero ser él!».

—Exquisito —medio susurró, medio gimió mirándome directamente a los ojos.

Tomó una de mis manos e hizo que sacara con mi dedo la crema untada en mi mejilla. Luego, obligó a ese dedo entrar a mi boca para que yo misma lo saboreara. Algo en mi interior se removió; tuve que morder mi labio cuando Edward quitó mi dedo de la boca y ya hube saboreado la deliciosa crema. Sus ojos brillaron y los notaba un poco más oscuros que lo normal. Momento… ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué, de repente, se percibía una electricidad rodearnos?

«Se llama tensión sexual, duh».

—No sabía que la crema fuera afrodisiaca —dijo la voz de Phil entrando a la cocina.

Tanto Edward como yo nos sobresaltamos y pegamos un brinquito del susto. Rápidamente, Edward se separó de mí y se apoyó a mi lado, descansando su peso sobre la encimera de la cocina. Tragué pesado e intenté recomponer mi compostura, alisé mi pollera —sin sentido alguno— y miré a Phil con las mejillas coloreadas, aunque él estaba más preocupado por hurgar en el refrigerador que en nosotros.

—Pueden seguir, sólo buscaba unas cervezas… —Nos mostró las botellas y, luego de guiñarnos un ojo, se dio la media vuelta para marcharse.

Cerré los ojos, y volví a abrirlos para mirar a Edward.

—Lo siento —dijimos al unísono; sonreímos como dos tontos por hablar al mismo tiempo.

—No sé lo que me pasó, lo siento… Bella. —Realmente se notaba muy apenado, aunque en mayor proporción, confundido. Y no era para menos, yo también lo estaba; seguramente el calor de Florida nos estaba afectando más de lo que debería.

«Claaaaro. Ahora échale la culpa al calor de Florida».

Sacudí mi cabeza y tomé una bocanada de aire.

—No, está bien… —musité—. Yo también lo siento… ¿Me pasas las frutillas?

Y parece que con eso, volvimos a la normalidad.

Afuera, ya todo estaba preparado para recibir al tío Mark. Mientras esperábamos que él diera su estelar aparición, nos quedamos en el jardín disfrutando de unas bebidas heladas y de distintas conversaciones.

Los días en Florida habían pasado volando. Realmente siquiera fui capaz de darme cuenta cuando pasó el tiempo. Ya mañana era hora de partir, pues hoy era nuestra última noche en esta bella, cálida y linda cuidad. Iba a extrañar mucho a todos y a Florida en sí, la playa, los días cálidos, la comida de mamá, a Bruno, Phil… supongo que a Marlene también —o al menos mi creatividad para inventar buenas venganzas—. Pero ahora mi vida estaba en Nueva York, y debía volver con mi rutina de siempre.

—¡Hola familia! —exclamó el único hermano de mi madre, saliendo al jardín para encontrarse con nosotros.

El tío Mark era unos años menor que mi madre; aunque se mantenía muy bien. Era de esos hombres que se parecen al vino, mientras más pasa el tiempo, más lindos se ponen. Sus ojos era lo primero que llamaba la atención, eran de un impresionante celeste que parecían transparentes si te lo quedas mirando un largo tiempo. Su cabello estaba recién cortado, casi al ras de su cabeza, y parece que hace unos días no se afeitaba, pues su rostro estaba cubierto de una fina pero cuidada barba.

—¿Dónde está mi nena? —dijo, buscándome entre los demás—. ¡Oh, ahí estás! —añadió.

Le sonreí con ganas y me acerqué a él para colgarme a su cuello. Mi tío Mark era lo más parecido a un héroe que tenía en mi vida. Cuando ocurrió la separación de mis padres, él había sido un gran sostén para mí y había encontrado las palabras correctas para hacer que entendiera, pese a mi corta edad, lo que significaba ya no vivir con mis padres en una misma casa y tener que mudarme al otro lado del país. Le debía mucho; sobre todo, el aprender a no derramar más lágrimas por ese hecho.

—Te extrañé, tío —me apreté más a él y rió.

—Yo también te extrañé a ti, nena linda —besó mis cabellos y me miró de arriba abajo—. La maternidad te asienta muy bien.

¿Eh?

—¡¿Estás embarazada, Bellita?! —chilló mi petizo favorito, con sorpresa.

«¿Qué carajos?».

Mi boca se desencajó y se instaló un silencio entre todos, salvo por el ataque de tos que le agarró a Edward, lo que hizo que todas las miradas se posaran en él. Luego, mi madre comenzó a reír como loca, desviando la atención de un vergonzoso Edward.

—Oh, Mark… —dijo Renée, entre medio de risas—. No habrá bebé.

—¿Cómo que no? —preguntó con el ceño fruncido—. Pero tú me dijiste que…

—Sí, sí… sé lo que te dije —le respondió su hermana—. Me confundí, no hay bebé… ni habrá por algunos años. ¿Verdad, cariño?

Comencé a reír sola, todos me miraron raro, pero qué más da. Estos dos eran realmente unos locos. Mi tío Mark me acompañó en las risas y me abrazó con fuerza.

—Okay, no bebé… —rodó sus ojos—. ¿Dónde está el hombre misterioso? —Buscó con la vista a Edward y elevó una ceja—. Tú debes ser Edward, ¿verdad? Da un paso al frente, muchacho.

Miré a mi tío con las cejas alzadas, ¿qué le pasaba? Edward, algo incómodo y confundido, dio un paso adelante y miró fijamente a Mark. Por su parte, mi tío lo escaneó de arriba abajo, detallando cada parte de su cuerpo. Fruncía los labios de una manera muy graciosa, ¿qué estaba tramando?

—Nada mal, Bella —dijo tras un momento—. Es un chico guapo, sin dudas por alguien que me convertiría en gay. —Reí una vez más, rodando mis ojos—. Un gusto en conocerte, Edward.

Le pasó la mano y Edward se la estrechó, aunque mi tío fue más rápido y lo abrazó con fuerza, dándole dos palmadas en la espalda. Edward me miró con los ojos abiertos, sólo me limité a encoger mis hombros. En mi familia, la locura era una cosa de sangre.

—Oh, pero qué pasó ahí —preguntó horrorizado mirando hacia el amoratado ojo de mi hermanastra—, ¿qué mierda le pasó a tu ojo, Mar?

Marlene gruñó y refunfuñó hasta dejarse caer en la silla.

—Las chicas y sus síntomas pre menstruales —mi tío se encogió de hombros—, jamás lo entenderé.

La cena ya estaba servida, así que luego de las presentaciones y que mi tío terminara de saludar a todos los demás, nos sentamos en la mesa del jardín, disfrutando de la deliciosa barbacoa que mi madre y Phil habían preparado para nosotros.

—Entonces… ¿Cuándo es la boda, nena?

Escupí toda la Sprite que tenía en la boca, bañando del líquido a todo mi plato. Comencé a toser sin parar y hasta llegué al punto en donde la bebida sube a la nariz. Sentí a Edward darme algunas palmadas, aunque él también se notaba incómodo.

—¿Qué dije? —volvió a preguntar mi tío, riéndose de mí—. ¡Vamos, Bella! ¿Aún no tienen fecha de boda? No tendrías que esperar más tiempo, nena. Por fin alguien te da bola, deberías aprovechar el momento.

Lo miré pidiendo piedad. ¿Por qué sólo decía cosas incómodas?

—¿De dónde sacaste eso, tío? —dije, una vez que encontré la voz. Mi nariz se sentía rara, de una forma molesta.

—Bueno, lo supuse —tomó un trago de vino y nos miró—. Es decir, él es el único hombre que llamó tu atención y que presentas en sociedad. Ya sabes que todos pensábamos que serías la próxima tía Lola. Por suerte, no seguirás sus pasos. Creo que es tiempo de pisar el acelerador, ¿no crees?

Rodé mis ojos. «La tía Lola» —el apodo cariñoso que le habían puesto los vecinos—, era una de las vecinas más entrada en años que tenía el vecindario; todos bromeaban diciendo que ella ya existía en la época de los dinosaurios. Lo real es que la mujer siempre se mantenía igual; es decir, desde que la conocí tenía el mismo aspecto y eso que ya habían pasado unos buenos años desde aquel entonces. Se caracterizaba por ser la solterona del barrio, jamás, jamás de los jamases, se le conoció a alguna pareja, ni a alguna familia o algo parecido… era algo antisocial, aunque buena persona. A mí me pasaba el balón cuando saltaba la medianera, no podía quejarme. Lo único malo de la mujer, era ese olor nauseabundo que le dejaban sus cuatrocientos gatos. Supongo que convivir con un alto número de felinos te hacía apestar a cagada y meo de gato. Ugh, algo asqueroso.

—Por eso… —siguió mi tío—. Yo, en tu lugar, haría un desvío en el viaje de vuelta. No sé… ¿quizás bajar en Las Vegas?

«¡Qué gran idea!».

«En tus mejores sueños, Amanda».

«Eres mala, yo hasta comenzaba a fantasear con Elvis».

Edward sonrió, apretando mi mano que descansaba en su muslo, por debajo de la mesa.

—Debes planteártelo, nena. —¿Es qué no podía limitarse sólo a comer?—. Edward, quizás no lo sabías, pero ya hasta comenzábamos a ahorrar para comprarle el traje de monja. ¿Qué persona espera tanto sin presentar a algún noviecito? Mi nena es muy rara, jamás hizo la vida de una adolescente normal. Prefería leer antes que una buena fiesta; prefería leche chocolatada antes que una cerveza; prefería mirar películas de amor en vez de una porno. O sea, ¿de qué país saliste?

—Eso habla bien de ella, tonto —retrucó mi madre. Yo me encogí en mi lugar, quería salir de allí—. Además, no todos los adolescentes hacen lo tú hacías.

—La juventud de hoy en día es aburrida —comentó seguro—. ¿Cuántos años tienes, Edward?

—Veintiocho —respondió el aludido al instante.

—Yo a tu edad… —se quedó pensando un momento—. Nah, sigo siendo un desastre.

Todos en la mesa reímos, hasta vi a Marlene hacer lo mismo. Vaya, después de todo, muy en el fondo, sí tenía sentido del humor.

—Tío… —Bruno llamó la atención de los presentes; por la sonrisa que traía en sus labios, no era muy difícil imaginarse lo que vendría ahora—. ¿No te estás olvidando algo?

Todos pusieron cara de derrota; salvo el tío Mark, claro. Sus ojos brillaron y miró a Edward con admiración, pues si él no hubiera estado aquí, no tendría la oportunidad de contar su icónica historia.

—Muchacho —sostuvo su mirada celeste en Edward—. Tú no conoces «el cuento del tío».

Oh, no… no el cuento del tío. No otra vez.

—¿El cuento del tío? —preguntó Edward, levantando ambas cejas.

Mi tío apoyó su espalda en el respaldo de la silla y miró a Edward con una radiante sonrisa.

«Aquí vamos… ¡Mierda!».

—¿Sabes que mi nena es claustrofóbica? —le preguntó y luego me miró—. ¿Se lo dijiste?

Asentí.

—Lo hizo, sí —respondió Edward.

—Yo soy el héroe de esta niña y estoy muy feliz de serlo… —infló su pecho con orgullo; aguanté las ganas de reír—. Aquel día estuvo lluvioso, triste… es como si anticipara la tragedia que sucedería durante su curso. —Hizo una pausa dramática—. Mi nena, mi hermosa nena de sólo siete años tuvo la desafortunada necesidad de ir al baño; todos estuvimos tranquilos porque la vimos pasar. Bella siempre fue hermosa, aventurera, inquieta… —¿Ah, sí? —. El punto es que, pasaban los minutos y ella no salía, al principio pensamos que podían ser cólicos, pues se escuchaban quejas inaudibles. Pero luego, supimos que no.

Imitó una cara teatral. Edward lo miraba con diversión, yo sólo me limité a jugar con sus dedos por debajo de la mesa; intentando, de alguna manera, no tener que soportar el bochorno que la historia me causaba.

—Una monstruosa puerta se interpuso en su camino; malo, malvado pedazo de madera —tomó una bocanada de aire—. Comenzó a gritar, su voz aguda se escuchaba por toda la casa, jamás la habíamos escuchado gritar de esa manera. Recuerdo que Renée se puso a llorar sin saber porqué —miró a mi madre, ella asintió con pena; hasta creo que se secó una lágrima. Uh, jodidamente genial—. Toda la familia estuvo detrás de la puerta malvada y supimos lo que ocurrió… —volvió a hacer una pausa dramática y, luego, añadió—: Mi nena se quedó encerrada.

Puto encierro. Si eso no hubiese ocurrido, no tendría problemas en montar un elevador y mi infancia no hubiese sido algo traumática.

—Estuvimos bastante tiempo intentando liberarla de esa puerta maldita que la privó de su libertad por más de media hora —sacudió su cabeza y me sonrió con nostalgia—. Luego, una fuerza implacable me golpeó y supe que tenía que utilizarla para salvar a mi nena hermosa. Fue por eso que, este vil y valiente hombre, sometió su hombro para romper al enemigo de la historia: la puerta. Lo pude hacer como al cuarto intento, pero no por eso dejé de luchar y luchar, con todas mis fuerzas. El saldo fue romperme el hombro y una escayola por más de dos semanas, pero valió absolutamente la pena porque mi hermosa nena volvió a recobrar su libertad. —Agachó su cabeza, dando por finalizada la historia y añadió—: Pueden aplaudir.

«Huh, me tiraré de la terraza. ¿No existe nadie normal en esta jodida casa?».

Mi madre comenzó a hacerlo, luego nos vimos todos correspondiendo el aplauso que mi tío pidió. Los ojos de Edward lloraban por la risa y yo no pude evitar quedarme seria; ver a Edward reír era maravilloso y muy, muy contagioso.

—Así que… —siguió—. Si bien ahora ya no es tan claustrofóbica como lo era antes, aún quedan secuelas. ¿Tú trabajas en una empresa, verdad?

—Sí —respondió Edward al instante.

—Supongo que tienen elevadores. —Edward asintió—. Bien, lamento la decepción, pero si tenías alguna fantasía caliente con mi nena en un elevador no podrás hacerlo. Lo más probable es que se desmaye antes de que puedas quitarle el corpiño y tocarle una teta.

«¡Eso es verdad! ¡Puta claustrofobia!».

—¡Tío! —protesté, con la cara iluminada.

—Sólo digo la verdad, cariño —se encogió de hombros.

Rodé los ojos y volví a reír. ¿Alguna vez tendría algún día normal?

Momentos después, Phil se levantó de la mesa y ayudamos a sacar los platos sucios. Mi tío Mark seguía bombardeando de preguntas a Edward, la mayoría no eran incómodas, pero era imposible que mi tío no te hiciera pasar momentos embarazosos.

—¿Alguien quiere postre? —ofreció mi madre trayendo el pastel que habíamos decorado a la tarde.

A todos se nos iluminó el rostro.

—Oh, debe tener algo que te enciende… —murmuró Phil mirando hacia nuestra dirección—. Si no, pregúntenle a Edward y Bella.

Genial.

Jodidamente genial.

Miré hacia abajo, y supe que haciendo eso, me delaté sola; pues todos comenzaron a reír, incluido Edward. Maldito traidor.

Pese a la vergüenza del momento, el pastel quedó delicioso y lo pude comer tranquilamente, a pesar de los comentarios con triple sentidos —sí, no se limitaron solamente al doble— que todos daban. Hasta vi que Marlene se divertía mucho con todo este asunto. Sólo lo dejé pasar y comencé a reírme, ¿qué otra cosa podía hacer, de todos modos?

—Fue un gusto conocerte, Edward —mi tío palmeó la espalda de Edward—. Realmente presiento que te mereces a mi nena, si le llegas a hacer algo malo… te juro que soy capaz de romperte las bolas tan fuerte que tendrás la misma voz aguda de mi sobrina.

La nuez de Adán de Edward subió y bajó con pesadez. Intenté no reír.

—Mi nena, espero verte pronto —me abrazó con fuerza—. Recuerda lo que te dije, hay una buena capilla en Las Vegas, hasta aparece Elvis.

Rodé los ojos.

—No habrá boda, tío —respondí—. De todos modos, ¿cómo sabes qué capilla recomendar?

Él abrió y cerró la boca varias veces, sin saber qué decir. Me reí por su incomodidad.

—Un buen mago no revela sus trucos, señorita —picó mi nariz—. Te quiero y cuídate, como dice Renée, todavía soy joven para ser tío abuelo.

Volví a rodar los ojos. Mi tío Mark era todo un caso.

Algunas horas después, ya cuando la cena terminó y mi tío Mark se marchó a su casa, me encontraba en la habitación de Bruno terminando de alistar mi bolso. Nuestro vuelo salía a primera hora de la mañana, pues el lunes debíamos cumplir con nuestras rutinas y volver a la normalidad —en ambos sentidos—; la tranquilidad volvería a nosotros, puesto que estos días habían sido una completa locura. La puerta del cuarto se abrió e ingresó Edward con su short y remera de dormir; por mi parte, ya me había cambiado. Nada de camisones o ropas que me dejaran en culo en medio de la noche. Ahora era precavida.

«Aburrida».

—¿Qué parte de la cama prefieres? —preguntó.

Miré el colchón vacío que se sostenía contra la pared. Por alguna razón, no quise mencionarlo.

—¿Yo, izquierda, tú, derecha? —repetí las palabras que dijimos la primera vez que dormimos juntos. Y única, cabe agregar.

Él asintió, colocando su bolso a un lado de la cómoda cerca de la puerta. Luego, se subió a la cama, en el lado derecho. Cerré mi bolso y lo agrupé con el de Edward. Me di la vuelta y vacilé en subirme a la cama junto a él. Todavía no podía dejar de sentirme algo incómoda por compartir la cama con Edward. Sólo por el hecho de que podría lastimarlo; y que no estaba acostumbrada a compartir la cama, claro.

«Déjate de joder y acurrúcate en su pecho».

Suspiré y jugué con mis pies desnudos en la alfombra. La cama de Bruno era bastante grande —de plaza y media, creo—, mucho más chica que la de Edward, pero bastante más grande que la mía. Si bien el espacio no importaba, pues debía dormir abrazada a mi falso novio si no queríamos incidentes a mitad de la noche, me sentía algo rara por compartir la cama con él. No sería la primera vez, pero no podía evitarlo.

—¿Te quedarás toda la noche allí? —me preguntó, cruzando sus brazos detrás de su cabeza.

—¿Estás seguro que quieres volver a compartir la cama? —cuestioné—. No quiero lastimarte.

Rodó sus ojos y me sonrió.

—Ya sabemos cómo hacer para que no amanezcas en una posición extraña, ni que yo me despierte con tu dedo gordo en la nariz. —Me reí—. Pues bien, deja de dar vueltas y métete en la cama. Ahora.

«Uy, ojitos dando órdenes. ¡Me gusta!».

Le rodeé los ojos tanto a Amanda como a Edward. Apagué la luz, dejando solo un velador prendido y me olvidé de la vacilación para subirme a la cama, en el lado izquierdo; aunque mantuve una cierta distancia, mirando hacia el techo, con mis brazos cruzados sobre mi estómago.

—Jamás me había divertido tanto en un viaje —murmuró Edward interrumpiendo el cómodo silencio que se instaló entre nosotros—. Gracias por esto.

—¿Me agradeces por traerte a una casa de locos? —pregunté con incredibilidad—. Realmente eres raro, amigo.

Se rió.

—Todo lo que tiene que ver contigo es interesante —respondió.

Me callé, mirándolo con extrañeza.

—Interesante… —repetí—. Lo que menos tiene la familia Dwyer es interesante. ¡Están chiflados! —abrí mis ojos y reí—. Les faltan muuuchos tornillos.

Escuché la risa de Edward y, luego, un suspiro pesado. ¿Qué estaría pensando?

«Ojalá sea una propuesta indecente».

«¿Siempre tienes que pensar en sexo, Amanda?».

«No siempre, pero alguien debe hacerlo. ¿Verdad?».

Rodé los ojos y disimulé mis risitas.

—Uhm… Bella… —Giré un poco mi rostro y me encontré con el suyo mirándome fijamente—. Sobre lo de esta mañana…

Cerré mis ojos; claro, era obvio que querría sacar el tema. Suspiré pesado y volví a mirarlo.

—Creo que el momento nos confundió, Edward —le dije, era la única hipótesis válida que tenía por el momento, y era la primera vez que hablábamos de esto. No sabía qué decir con exactitud—. Es decir, la situación, el calor, no lo sé realmente… No quiero que nada cambie por eso.

Él asintió.

—Yo menos —contestó rápidamente—. Es sólo que… no sé, fue muy extraño. Tú, yo, el amanecer… —sacudió su cabeza—. Parecía la primera vez que te besaba, ¿sabes? Fue… raro.

Lo entendía perfectamente, me había ocurrido lo mismo.

—Es que la playa me pone romántica… —rodé los ojos; y rogué para que ya no habláramos más de eso. No ahora que no sabía qué me pasó para actuar de esa forma.

Edward rió y supe que si faltaba algo para volver a la normalidad, ya lo habíamos conseguido. Gracias a Dios.

—Bien, voz de pito… —ahogó un bostezo, unos instantes después—. Muero del sueño, ven aquí… vamos a dormir —añadió, mientras abría sus brazos.

«¡Otra vez el plural! Mi corazón no aguantará».

Le sonreí y me acerqué a él para posar mi cabeza en su pecho; aspiré su perfume y cerré mis ojos al mismo tiempo que sus brazos me rodeaban para estrecharme contra él. Parecían pasos sincronizados, como si estuviésemos acostumbrados a hacerlo todo el tiempo; pensar que sólo era la segunda vez que dormíamos juntos.

Solté un suspiro y me acurruqué mejor; no sabía si había una almohada más cómoda que el pecho de Edward, aunque dudo que lo haya. Agradecí que el aire acondicionado estuviese prendido, y Edward nos cubrió con una fina sábana, mientras estiraba su otro brazo para apagar el velador de la mesa de noche.

—Métodos inteligentes para derrotar al kamasutra de Bella —murmuró gracioso, estrechándome más a él.

Me reí y ahuequé mejor mi cabeza en su fuerte pecho.

—Supongo que esta vez, nuestra noche será menos desastrosa —respondí en un murmullo.

«La práctica hace la perfección. ¡Múdate a su departamento!».

Puse a Amanda en modo mute y me terminé de acomodar. Creo que Edward tenía razón aquella vez que me comparaba con Cid el perezoso. Daba muchas vueltas para dormir.

—¿Ya acabaste de acomodarte? —preguntó con burla; gruñí pero, finalmente, asentí con la cabeza—. Bien, buenas noches, voz de pito —añadió, besando mi frente.

«¿Aparecerá el cuarto en discordia otra vez hoy?».

«Ay, Amanda… duérmete ¿quieres?».

«Junto a mi ojitos, ¡el glorioso paraíso!».

Sonreí contra su pecho.

—Buenas noches, tonto.

Cerré mis ojos intentando dormir, pero parecía que el sueño se había ido a trasnochar por allí. Me quedé en la oscuridad con los ojos abiertos aunque no podía ver nada, los rayos de la luna eran muy débiles como para que entrara un poco de claridad en la habitación. La respiración de Edward era acompasada, signo que ya había quedado profundamente dormido.

Dejé que mi mente vagara y me pregunté qué se sentiría compartir la cama todos los días con un hombre como Edward. Él realmente era todo lo que una mujer deseaba, a pesar que su creencia fuera que no estaba hecho para el amor. Yo sabía que se equivocaba, pues en estos meses, fingir como uno le salía estupendamente bien. Podría hacer feliz a cualquier mujer que eligiera para estar junto a ella; y esa mujer, sería muy afortunada.

Largué todo el aire de mis pulmones pesadamente y sentí cómo los brazos de Edward me estrechaban con más fuerza aún estando dormido, también me pareció escuchar un suspiro salir de sus labios. Sonreí con ganas y entrelacé nuestras piernas, acercándome más a él; bostecé ligeramente y volví a acurrucarme en él.

Todo el cansancio del día vino por mí, cerré mis ojos y dejé de existir.

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La mañana estaba igual o más calurosa que el día que llegamos. Agradecía infinitamente que el auto de Phil tuviera el hermoso aparato de aire acondicionado trabajando a toda máquina. Mi madre venía en el asiento del conductor, tarareando una canción que pasaban por la radio, mientras Edward, Phil y Bruno comentaban sobre las ventajas de un auto ecológico. Por mi parte, creo que aún estaba durmiendo, o dormitando, que es más o menos lo mismo. Sólo me limité a mantener mi cabeza apoyada en el hombro de Edward, mientras él jugaba con mis dedos apoyados en su regazo.

Finalmente, el día de decir adiós había llegado.

Podía notar que mi madre estaba triste por despedirse de nosotros y la entendía, pues yo también estaba nostálgica por volver a alejarme de ella. La extrañaría mucho; aunque estuviese loca, la extrañaría horrores. Marlene se había quedado en la casa, no me saludó y tampoco esperaba que lo hiciera, pese que ayer tuvimos una charla bastante decente —la única, creo—. Quizás sí hubo un pequeño cambio, al menos con Edward, pues se comportó un poco mejor con él. «Buen viaje, Ken», le había dicho. En su dialecto era un: «Fue un placer conocerte, pero eres el novio de la loca de mi hermanastra, entonces me caes mal». Su cerebro era un tanto retorcido. Incluso más que ella.

El aeropuerto estaba atestado de personas, supongo que no había ni un solo día que estuviesen desiertos. Fuimos hacia la sala de abordaje, nuestro avión estaba a poco de salir. Al despachar los bolsos, ya podía ver las lágrimas en los ojos de mi madre. Sin pensarlo dos veces, me abracé a ella con fuerza, hundiendo mi rostro en su hombro, como acostumbraba a hacerlo.

—Te voy a extrañar mucho, pimpollito —aseguró, besando mis cabellos una y otra y otra vez—. Estás tan grande, mi niña. Me niego a pensar que creciste tanto.

La miré con una sonrisa; detrás de mí, Edward se despedía de Bruno y Phil.

—Me gusta Edward para ti —picó mi nariz con su dedo—. Hacen una muy bonita pareja, aunque presiento que me estoy perdiendo de algo. —No dije nada y evité quitar mis ojos de los suyos, pues ese gesto me delataría—. Sin embargo, no quiero que te dé miedo el amor. Pues, es el salto al vacío más lindo que pueda haber… no tengas miedo de equivocarte, muchas veces las inseguridades hacen que nos perdamos los momentos más felices de nuestras vidas; confía en mí, hija.

La miré pestañando más de lo normal. ¿A qué venía todo esto?

—¿Lo tendrás en cuenta?

Asentí, un poco confundida.

—Que tengan un buen viaje, cielo —besó mi mejilla—. Espero que nos veamos pronto y recuerda, ¡precauciones!

Sacudí mi cabeza, rodando los ojos y la abracé ligeramente, los altavoces ya comenzaban a llamarnos. Saludé a Phil y a Bruno con grandes abrazos y la promesa que no pasaría un año para que viniera a visitarlos otra vez. Edward llevó mi mochila y su mano bajó por mi brazo hasta detenerse en mi palma, me sonrió y entrelazó nuestros dedos.

—¿Lista para volver a casa, compañera?

Lo miré y luego volteé mi vista hasta mi madre y su familia. Sus palabras aún resonaban en mi cabeza, sobre todo el hecho de darme cuenta que Renée sabía el caos que pasaba por mi mente. Quizás hubiese sido fácil preguntarle qué estaba mal conmigo y pedirle ayuda, si supiera todo el enredo del trato, claro. No podía decirle nada de aquello, pues sería una total decepción para ella y no quería que desilusionara de mí por haberle mentido. Tendría que encontrar esa respuesta por mi cuenta.

Mi madre me sonrió cálidamente y le devolví la sonrisa a los tres. Entrelacé mis dedos con los de Edward fuertemente y suspiré. Ya era tiempo de volver a nuestros hogares.

—Regresemos a casa, compañero —respondí, al mismo tiempo que emprendíamos camino hacia la puerta de embarque.

Los días de locura en Florida, ya acabaron, y podíamos estar tranquilos porque superamos una alocada y caótica prueba más.

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¡Hola a todos! :), nuevamente es viernes y vengo con un nuevo capítulo ^^. Florida ya quedó atrás, y ahora vuelven a Nueva York. Sé que muchas ya los quieren ver enamorados, pero estos dos loquillos son muy inexpertos en ese tema, pues nunca antes les había pasado a ninguno de los dos. Es por ello que la confusión sólo está comenzando entre ellos, pero no se preocupen porque todo sucederá a su debido tiempo (de todas formas, no es mucho lo que falta, en serio). Ya comenzaron con la tensión sexual, y eso sólo fue un comienzo *guiño, guiño* xDDD

Chicas no tengo palabras para agradecerles todo el apoyo, cada vez me sorprenden más :3. GRACIAS por los alertas, favoritos, por leer y por tomarse el tiempito de decirme qué les pareció el capítulo, pues eso es sumamente importante para mejorar y ajustar algunos tornillos en la historia. Isa, como siempre, un millón de gracias por tu ayuda, eres asombrosa (L)

Les recuerdo que tienen el grupo en Facebook de la historia, los links están en mi perfil de FF. Pidan unirse que todos son bienvenidos al "grupo de ojitos" jajajaja.

Ahora sí, hasta el próximo viernes. Buena semana para todas. Muchos, muchos besos :*

Alie~