Capítulo 13.
Un enfoque diferente.
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Evan permaneció inmóvil en un rincón de la caverna, demasiado aterrado e impresionado como para huir. A su lado, el demonio Zay miraba fijamente a su amo, Calixto.
Si él también sentía miedo, no lo mostraba. Intentó imitarle, ocultando su temor, pero cuando el inmenso cofre de las Almas vibró, haciendo temblar todo a su alrededor, cayó al suelo hecho un ovillo.
Cerró los ojos y se tapó los oídos cuando una luz blanca tan potente no le dejó otra opción y los gritos le resultaron insoportables.
Conocía el infierno. Los campos de castigo, tan inmensos que llegaban mucho más allá de lo que alcanzaba la vista. Conocía los lamentos de los muertos, las súplicas de las almas que corrían por el río Aqueronte. Pero a pesar de tener esa experiencia de primera mano, lo que oía en aquel momento, en esa tétrica caverna, lo quebraba, dejándolo sin aliento.
Aquellas almas suplicantes estaban vivas, eran de una pureza absoluta y suplicaban libertad.
Evan nunca había estado en presencia de algo semejante. Un alma pura era algo único, imposible de encontrar, y allí había cientos. Almas infantiles, almas que suplicaban.
Cerró los ojos con más fuerza, pero aún podía sentir aquella luz cegadora. No solamente a través de sus párpados, sino en todo su cuerpo. Era como energía estática a su alrededor, poniéndole la piel de gallina.
En el silencio elevó una plegaria a la diosa Nyx, aunque sabía que era inútil. No supo cuanto tiempo permaneció en esa vergonzosa postura, pero una patada en las piernas lo hizo alzar la cabeza. De inmediato se incorporo, poniéndose de rodillas.
Calixto se había parado frente él. Estaba pálido y sudoroso, pero en su hermoso rostro solo había una mueca de asco. Evan solo le dio una rápida y temerosa mirada antes de llevar sus ojos al piso junto a sus manos, en una postura de completa sumisión. La ropa de Calixto estaba chamuscada y a la vez húmeda. Evan no dijo nada, pero podía oler el poder de Hades en su amo, y eso le dio aún más miedo.
—Paletico gusano—le escupió Calixto antes de seguir su camino fuera de la caverna.
Al pasar a su lado, Evan pudo ver por el rabillo del ojo, las manos de Calixto. En cada una llevaba una esfera de luz brillante, tan pura como las que guardaba el cobre de las almas.
Su amo le dio la espalda, y el joven demonio se atrevió a alzar la cabeza para ver mejor. No solo llevaba dos almas humanas puras en cada mano, sino que sus manos estaban sangrando. Una mescla de icor dorado y sangre escarlata.
Al ver aquello, una palabra estuvo a punto de escapar de su insensata boca, pero el puño de acero de Zay le quebró la quijada, regresándolo al suelo de tierra.
—Dilo en voz alta, y desearas estar dándote un chapuzón en el río Aqueronte—le advirtió Zay por lo bajo, antes de seguir los pasos de su amo.
Evan permaneció tirado, mientras las pesadas zancadas de Zay se alejaban. Ciego de dolor, comenzó a sentir el sabor metálico de la sangre en su boca.
Las manos de Calixto estaban bañadas en sangre dorada y roja. Sangre de dios y sangre de mortal…
"Mestizo", pensó en la bruma de su dolor.
Un ser único, condenado a ser rechazado por todos.
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*.*.*.*
Luna estaba agotada y al mismo tiempo aliviada. Aunque sonase absurdo, sus exámenes de la academia le habían comido parte de sus pensamientos esos días. Si, una terrible guerra se avecindado, pero ella seguía siendo una bendecida por la diosa Atenea, y aunque era estúpido, su historial académico era algo importante. Pero al menos en aquel momento, ya no era algo que debiera preocuparle. Sus vacaciones de navidad habían comenzado y al menos ya podía apartar todo eso de su cabeza.
Ahora podía enfocar toda su energía en lo que tan lentamente se estaba avecinado. Era sin duda frustrante, dado que solo podían sentarse a esperar. No sabían donde se escondía Calixto, solo sabían que era fuerte y tenía un ejército. Atacar no era una opción.
Se lamentaba con esos pensamientos al tiempo que regresaba a su habitación luego de acabar de ordenar la cocina después de desayunar. Al pasar junto a la habitación de Ginny, encontró la puerta un poco entornada, lo suficiente para ver la montonera de ropa que su pelirroja amiga había esparcido sin ningún cuidado sobre su cama. Atrapada por la curiosidad, se asomó, encontrándose a la chica con medio cuerpo metido en su armario.
—¿Está todo bien?—le preguntó metiéndose en la habitación.
Ginny se incorporó de un salto, sorprendida y con las mejillas rojas. Luna no supo si era por el esfuerzo o por el hecho de verla allí.
Por un segundo, la rubia la comparó con un niño al que descubrieron haciendo una de las suyas. No pudo evitar sonreír. Ginny era un libro abierto para ella, y en ese momento estaba guardándose un secreto de los jugosos, podía verlo tan claro como el desastre que era su cuarto.
Había comenzado a sospechar hacia unas horas, al ver que Ginny parecía no saber cómo actuar frente a Harry. Habitualmente hablaban mucho en el desayuno, pero aquella mañana ambos habían estado inusualmente callados.
La miró recelosa. Si el secreto que guardaba involucraba a Harry, Luna no estaba muy segura que pensar al respecto. Sabía que había una extraña química entre ellos, pero prefería ignorarlo.
—Yo…—pasó el peso de un pie a otro mientras se llevaba las manos detrás de la espalda. Si Luna tenía alguna duda, estas se esfumaron en ese momento. Ginny Weasley ocultaba algo.
—¿Qué ocurre? ¿Haces limpieza?—Le sonrió mientras llevaba sus ojos al desorden de ropa. Ginny siempre le contaba todo, eran confidentes la una de la otra, y aunque Luna se estaba guardando un gran secreto, intentaba ser lo más sincera que pudiera con el resto de sus cosas.
—No, buscó algo para ponerme en el cumpleaños de Taby—Respondió encogiéndose de hombros, restándole importancia a algo que por lo visto si le provocaba el suficiente interés como para revisar todo su armario.
Luna observó los únicos tres vestidos que su amiga tenía, colgados solitarios en sus perchas. Ginny nunca los usaba, siempre había preferido ir de aquí para allá con sus vaqueros gastados y sus suéteres. Luna estaba segura de no haberla avisto usar una falda desde que había dejado el colegio hacia dos años.
Verla ahora plateándose usar alguno de esos vestidos era como mínimo extraño. Pero tampoco le sorprendió tanto. Desde hacía días había notado que la pelirroja se arreglaba mucho más. No era que antes descuidara su apariencia, pero sin duda no ponía tanto empeño en verse bonita.
Y aunque Nick echara chispas y se pusiera de un humor de perros, y ella no supiera que pensar al respecto, solo había una razón por la cual Ginny Weasley había cambiado en ese aspecto.
—¿Piensas usar un vestido? — la rubia rosó con sus dedos la suave tela de un precios vestido azul oscuro que Ginny acababa de sacar de una caja. Lo reconoció en el acto, su tío Sirius se lo había regalado en su último cumpleaños. Luna solo se lo había visto puesto cinco minutos, los cuales solo lo había llevado para complacer por un momento a su tío y a la amiga de este, la señora Potter. Sin duda le quedaba perfecto, y Ginny sabia como lucirlo—Te veras hermosa con él.
Ginny miró la prenda, dudosa.
—¿No crees que es demasiado vistosa?
—Claro que no.—y era sincera. La señora Potter lo había elegido para ella. Era muy delicado y sencillo. "una chica bonita como tu debe tener un vestido que la haga ver a un más bonita" le había dicho la mujer. —Aunque si lo usas, sin duda será vistoso—le sonrió juguetona—Estoy segura que no habrá chico en el lugar que no volteara a verte.
—¡Ay espero que no!—Negó con la cabeza espantada, volviendo a meter el vestido en la caja. Cada vez que ella era el centro de atención, los pensamientos de la gente a su alrededor parecían volverse más fuertes y su capacidad para callarlos se debilitaba. Lo último que quería era que eso ocurriera estando con Harry. Seria de lo más vergonzoso quebrarse frente a él.
—Oh vamos, úsalo—tomó la caja del fondo del armario donde Ginny acababa de dejarlo y la colocó sobre la cama—Estoy segura habrá un chico en particular que no te sacara los ojos de encima.
Aunque no le gustaba del todo, al final del día era su amiga, y Luna sabía que si a tu mejor amiga le gustaba un chico, era su deber estar ahí para ella.
Ginny sonrió risueña. Últimamente lo hacía todo el tiempo. Luna no podía evitar sentirse un poco feliz al verla así. Su amiga sentía el revoloteó de las mariposas en el estomago y el pulso acelerado cada vez que Harry entraba a la habitación. Todo eso era producto de sentimientos dulces e inocentes que lograban hacerla resplandecer de alegría. Y con la gran tragedia que era su vida, aquello era un cambio inmejorable. Una brisa fresca de verano.
Pero aún así, Luna no podía evitar preocuparse. Cuando la misión acabara Harry se marcharía. Ginny acabaría con el corazón roto y su inocente enamoramiento se convertiría en otro hecho triste que se sumaría al resto.
—Ya que lo mencionas…. Luna, tengo algo que contarte. —sacó la varita y con un solo movimiento, hizo que toda su ropa regresara al placar, exceptuando la caja con el vestido azul.
Ginny se sentó en la cama, invitando a su amiga a que hiciera lo mismo. Estaba tan emocionada y feliz que no tenía tiempo para preocuparse. Luna era alguien muy querida para ella y se moría de ganas de contarle las buenas nuevas.
—¿Qué ocurre?
—Primero prométeme que no te molestaras.
Luna frunció el ceño, mirándola con los ojos entornados.
—¿Qué pasa , Weasley?
—Bueno… ¡invite a Harry al cumpleaños de Taby!
—¿Y?—no entendía porque tanto innecesario entusiasmo. Sabía que sería así, Astoria y Hermione también estaban invitadas, no era nada del otro mundo.
—Me refiero que lo invite…como una cita.
Ginny se mordía el labio por dentro mientras esperaba con ansias una respuesta por parte de su amiga.
Luna no podía creérselo. Ginny, su Ginny ¿se había atrevido a pedirle una cita a Harry? Aquello era grande, muy grande. En otras circunstancias se hubiera puesto a dar saltos por la habitación. ¿Ginny queriendo una cita? Había rezado tantas veces a Afrodita para que eso ocurriera. Ginny estaba a nada de meterse en un convento, ya que la vida casta y célibe la tenía muy bien aprendida. Pero ¿Harry? De todos los hombres en la faz de la tierra ¿porqué Harry?
Miró los ojos nerviosos de su amiga, sabiendo que si le decía que no le gustaba la idea de que saliera con su primo, ella lo aceptaría. Ellas eran más que amigas, eran hermanas, ambas habían atravesado juntas momentos muy duros. Y por esa razón ninguna haría nada que incomodara o molestara a la otra.
Si Luna le decía que no estaba de acuerdo, Ginny lo aceptaría aunque la hiciera sentir miserable. Suspiró. No podía hacerle algo semejante
Tal vez cuando Harry se marchara al acabarse todo aquello, Ginny sufriría. Pero en esos precisos momentos, ella era feliz. Y que solo tuviera sentimientos positivos en su corazón, era exactamente lo que todos necesitaban. Una Ginny enamorada no podía ser corrompida por Calixto. El amor era una fuerza poderosa, purificadora. ¡y que los dioses la perdonarán! Ese amor naciente era lo único que Luna veía seguro para mantener a su amiga lejos del lado oscuro.
—Bueno, siempre supe que me la cobrarías—rió risueña, como si todo estuviera bien.
Ginny también rió al comprender a que se refería su amiga. En primer año de colegio, Luna le había confesado que estaba enamoradísima por su hermano mayor, Fred. Por aquellos tiempos, se habían comportado como un par de niñas tontas. Ginny soñaba con una boda donde ella fuera la dama de honor y Luna con pasear con el pelirrojo en su escoba.
—Bueno, prometo que al menos no voy a escribirle un poema para que un enano disfrazado de Cupido se lo cante.—La pelirroja recibió un cojín en la cara, mientras reían con ganas, recordando aquel bochornoso San Valentín donde Fred Weasley se enteró que le gustaba a la mejor amiga de su hermanita.
—Déjate de tonterías, y dime—se acomodo en la cama como si fuera la suya, sin dejar de mostrar su sonrisa más grande—¿Se lo has pedido tu?
—Sí, no sé cómo. Estaba muerta de vergüenza.—le contó Ginny acomodándose a su lado.—Ayer en la noche, Harry me esperó a la salida de mi turno para hablar, y yo simplemente se lo pedí, casi quise ponerme a bailar cuando dijo que si—Admitió un poco abochornada.
Ginny estaba en las nubes, eso era innegable. Luna no podía tapar el sol con los dedos. Pero le preocupaba que Harry le estuviera dando demasiadas esperanzas a su amiga. Al fin y al cabo, era un guerrero de Hades, y no entendía del todo como interactuaban los humanos. ¿Y si no lograba comprender lo que significaba para una chica una cita?
Pero a su vez, tampoco podía fingir que no notaba que Harry mostraba cierto interés poco profesional en su protegida. Lo había visto en las ocasiones en que estaban todos reunidos, Harry siempre estaba al pendiente de todo lo que decía o hacia Ginny, y aunque al principio había creído que lo hacía por sencilla educación, pronto comprendió que era otra cosa, algo que hasta el propio Harry parecía no notar.
—Luna, Harry de verdad me gusta.
Lo dijo en voz baja, con los ojos fijos en su colcha de flores. Luna lo sabía, pero oírlo de su propia boca era un hecho casi histórico. Ginny, inocente, siempre había rechazado esa parte de si misma que buscaba ese tipo de cariño. Desde que la había conocido, jamás la había escuchado decir que le interesaba algún chico en específico. Si había tenido un par de citas en sus últimos años de colegio, pero nunca había mostrado genuino interés por nadie.
Nunca se había atrevido a preguntarle la razón, pero Nick pensaba que eran los poderes de Ginny lo que la hacía comportarse de ese modo. Ella podía ver las intensiones de los humanos corrientes sin necesidad de hacer ningún conjuro. Sus mentes eran libros abiertos y siempre que se había propuesto echar un vistazo, no le había gustado lo que encontraba.
Sin duda era una buena detectora de cretinos, pero había llegado a un punto donde simplemente se había asqueado de la cruda sinceridad de los pensamientos de los chicos que intentaban salir con ella. Se había cerrado…. Pero ahora Harry había cambiado eso.
—¿De verdad te gusta?
—Si… y eso me asusta un poco.
Ginny jugueteaba con un hilillo suelto de su colcha. Estaba emocionada y al mismo tiempo aterrada. Jamás había tenido una cita que esperara con tanta expectativa. En el colegio había salido con algunos chicos que al principio habían parecido dulces y caballerosos, pero que pronto habían comenzado a mostrar la hilacha. Una de sus citas había durado una hora, la otra solo cinco minutos. Ella, obviamente, había quedado como toda una histérica ante los ojos de todos en ambas ocasiones. Pero no le había importado, se negaba a tolerar que alguien la viera como un trofeo o un juguete para pasar el rato.
En aquellos momentos había agradecido su extraño poder de leer las mentes de la gente. Era muy útil para saber quien valía la pena y quién no.
Pero ahora había un problema. Con Harry todo era diferente. Cuando estaba con él solo había silencio. Era algo agradable, pero al mismo tiempo la hacía sentir desarmada.
—¿Qué te asusta?—Luna parecía preocupada.
—Aunque me esfuerce, no sé lo que piensa.
—Entiendo… ¿quisieras conocer sus pensamientos?
Ginny se sintió una tonta. La gente normal no se metía en las cabezas de sus citas. Es más, seguramente la simple idea la considerarían una completa falta de respeto hacia la otra persona.
—El es lindo y educado. Pero me preocupa que…
—¿Sea otro cretino?
—Sé que es tu primo—se apresuró a decir Ginny.—Pero es que voy a ciegas.
—¿Y es eso lo que te asusta?
—Y mucho.
Luna sonrió mientras la miraba con ternura, antes de rodearla con sus brazos para darle un pequeño abrazo.
—Mira, no sé lo que Harry piensa—dijo con sinceridad—Pero dime ¿Qué te dice tu instinto? ¿Es un buen o un mal chico?
Ginny lo pensó por un momento antes de contestar con completa seguridad.
—Es un buen chico.
—En ese caso, bienvenida al mundo de la citas sin lectura de mentes, Weasley. Tendrás que tomar riesgos.
—Arriesgarme…
—Es el único consejo que puedo darte, Ginny—se encogió de hombros, al tiempo que hacia una nota mental para no olvidarse de tener una seria charla con aquel guerrero de Hades.—Pero te prometo que si ese tonto te hace pasar mal, me aseguraré de echarle encima a Ron, a Draco y hasta a Sirius.
La pelirroja rió.
—Que malvada eres.
—La más malvada del universo—sonrió parándose de un salto y tomando un par de sandalias de taco que su amiga ni siquiera había sacado de la caja—Bueno, ese vestido con ese par de bellezas serán una combinación perfecta para dejar boquiabierta a mi primito…
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*.*.*.
Dentro de la habitación de Ginny, las dos amigas no dejaban de reír. Luna había sacado el vestido azul de la caja nuevamente, esta vez lo colgó en una percha y le sacó todas las arugas con un movimiento de varita, mientras Ginny frente al espejo de su tocador, movía su cabeza de un lado a otro, al tiempo que hablaba de posibles peinados.
Las dos reían. Se divertían como dos chicas jóvenes deberían hacerlo todos los días, felices de poder vivir. Nick las observaba desde afuera de la casa, mientras permanecía inmóvil flotando en la rama del árbol que crecía en el jardín. Las ramas estaban desnudas, ya que el otoño había hecho su trabajo, pero a pesar de eso, las dos chicas que más quería en el mundo no podían verlo ni percibir su presencia. Se había vuelto invisible para poder verlas. Sabía que Ginny seguía molesta con él. No la culpaba por eso.
La noche anterior, en un arranque de estupidez, le había dicho algo que la había lastimado. Se sentía fatal por eso, y sabía que debía pedirle disculpas. Pero en ese preciso momento quería estar solo, mirando el mundo como seguía sin él. Siempre avanzando, mientras Nick estaba estancado, congelado en sus doce años por el resto de su existencia.
Desde que había vuelto a ver al señor Muerte la otra noche, no había dejado de pensar en su muerte y en su lugar en el mundo… si era que tenía uno.
Aún recordaba, con asombrosa claridad su último día en el mundo de los humanos.
Aquella mañana de verano, el sonido de los pájaros que hacían escándalo en el árbol frente a su ventana, fue lo que lo despertó. Y el olor de huevos revueltos fue lo que lo sacó de la cama. Su madre aún llevaba su uniforme de enfermera cuando entró a la cocina y los encontró a ella y a su padre riendo y charlando.
Su papá preparaba los platos, su mamá serbia jugo en unos vasos. Ella acababa de terminar su turno en el hospital, y a pesar del cansancio estaba contenta, porque era su día libre y los tres disfrutarían de un paseo en la tarde.
Él estaba emocionado, tenía doce años e irían a la feria que habían montado a las afueras del pueblo. Subiría a todos los juegos y si su mamá no lo descubría, devoraría tanto algodón de azúcar que arruinaría su cena y hasta el desayuno.
Después de desayunar, su madre se fue a dormir, y su padre y el pasaron muchas horas en el garaje, donde tenía clases de mecánica y hasta de manejo, siempre y cuando su madre no los cachara antes.
Después del almuerzo, Billy Smith apareció en su bici roja, con su cara redonda llena de pecas. No era considerado el chico mas cool de la escuela, pero era el mejor amigo de Nick, y cuando este murió, se dedicó todo su tiempo libre a crear campañas de consentimiento con el eslogan de "si bebe no maneje". La directora del colegio le había dado una medalla como premio por su dedicación. Billy la tiró a la basura, no le interesaba, no cuando su mejor amigo se había muerto tirado en el medio de una calle.
Aunque nunca se lo hubiera dicho, Nick le quería muchísimo. Mucho más esa tarde, cuando frenó en seco su bici frente a él y le dijo que Susan Bronw estaría en la feria esa noche y esta le había comentado a su amiga Lucy Li, que le gustaba Nick y esperaba encontrarlo allí.
Cuando tienes doce y la niña más linda de la clase dice algo así, tu simplemente estas en el cielo bailando entre las nubes.
Y fue junto al puesto del tiro al blanco, donde Nick recibió su primer beso, bajo las miradas cotilla de Billy y Lucy que los espiaban desde el puesto de palomitas.
Después de su muerte horas después de aquel beso, Lucy diría a todo el mundo que esa había sido la escena romántica más bella del mundo, mientras Susan Bronw lloraría una semana e iría a su funeral con el peluche de gato azul que él había ganado para ella en el puesto del tiro al blanco.
Billy, Susan y Lucy eran los únicos cuyas vidas aún espiaba de vez en cuando. Susan se había enamorado de un jugador de futbol en su último año de prepa, y luego de graduarse se habían casado, aunque sus padres se habían opuesto al principio. Ahora tenía una casa con un bonito jardín y su bebé de tres meses que se llamaba Nicky.
Lucy había continuado con sus estudios. Quería ser abogada, y a veces pensaba en el. En su pequeño apartamento, sobre la estufa, entre la foto de graduación y la de su comunión, estaba una copia de la última foto que Nick se había tomado.
Los cuatro sonriendo, Lucy, Susan, Billy y Nick miraban a la cámara, todos con manzanas de caramelo en las manos. En ese instante eran felices, y Lucy siempre la miraba cuando estaba triste. Nick la observaba cuando lo hacía, mientras ella se preguntaba como estaría donde fuera que se encontrara.
En vida, su relación con Lucy no había sido demasiado cercana, pero después de morir, Nick había descubierto lo bondadosa y dulce que podía llegar a ser. Cada año, en fecha de su muerte, llamaba a su madre para preguntarle como estaba.
Antes de tener que abandonar el pueblo para ir a la universidad, Lucy se había encargado de llevarle flores a su tumba, a veces con su madre, algunas con Billy y otras ocasiones iba ella sola.
Lucy era buena. Y cuando Billy decidió ser honesto con sí mismo y comenzó a salir con su primer novio; fue Lucy, la dulce Lucy, quien lo había apoyado de la forma en que Nick lo hubiera hecho de no haber tenido que marcharse. Aquella chica escuálida y con sueños de princesa estuvo siempre para Billy. Desde el día del accidente, siempre se apoyaron el uno al otro, queriéndose, y a pesar de que la vida los había llevado por direcciones opuestas, aún hablaban por teléfono, una o dos veces por semana, lo hacían por horas. A veces hablan de Nick, otras no.
Ella tenía un lugar en su corazón por eso, y cada vez que podía quedarse un rato a su lado, solía hacer que cosas buenas pasaran a su alrededor, en un vago intento de agradecerle por todo.
Billy vivía en Londres, a exactamente treinta y dos minutos en coche de la casa de Luna y Ginny. Tenía un bonito apartamento en lo que hacía años había sido una fábrica de zapatos. Era un espacio luminoso con las paredes llenas de portadas de comic embarcados. Su favorita era la de un comic de Superman que el mismo Nick le había prestado. El último comic que le había prestado.
Nick lo veía mientras él como un poseso se dedicaba a dibujar. Quería ser ilustrador, y tenía mucho talento. Ya lo había tendió de niño, y Nick siempre le había dicho que algún día haría su propio comic.
Sonreía al verlo crear, acababa de terminar una novela grafica protagonizada por un chico llamado Nick, y tanta fe le tenía a su trabajo que planeaba mandarla a una editorial.
Nick esperaba que fuera publicada. No solo porque llevara su nombre, sino porque no habría cosa que hiciera a su mejor amigo más feliz.
Billy pensaba mucho en Nick. Mucho más que Susan o Lucy. Había sido el que peor había llevado su muerte. Le había costado mucho recuperarse del golpe. Y a pesar de los años que había pasado, el aún tenía al menos un pensamiento al día dirigido a Nick. Muchas veces se detenía en mitad de una tarea y se preguntaba que hubiera opinado su amigo.
Cuando comenzó a salir con su primer novio, se preguntó que hubiera pensado Nick al respecto. Cuando escribió e ilustró su primer comic se preguntó si le hubiera gustado. Cuando se mudó a Londres se preguntó si el apartamento le hubiera gustado, o hubiera elegido aquel otro con el balcón y la chimenea. Últimamente se preguntaba si su nuevo novio Kevin le hubiera agradado.
Con Billy, a Nick le costaba mucho permanecer al margen. Era su mejor amigo, y quería decirle que su primer comic era fantástico, que el apartamento del balcón y la chimenea era mucho mejor y había sido un imbécil al no elegirlo, y que Kevin era un tipo genial.
Por eso lo visitaba mucho menos. Tenerlo cerca y no poder hablarle le era insoportable. Por eso cuando lo extrañaba, solo se limitaba a aparecerse cuando daba clases.
Billy era profesor de manejo, y de vez en cuando daba clases de seguridad vial a grupos de secundaria. Nick aparecía en el fondo del auditorio y cerrando los ojos se dedicaba solo a escucharlo hablar.
Comenzaba todas sus exposiciones con la misma frase: "Cuando era niño, un mal conductor se llevó a mi mejor amigo, ahora me dedico a enseñarles a ustedes a ser buenos conductores". Y a pesar del tiempo, aún se le formaba un nudo en la garganta al decir aquello.
Nick podía recordar aquel momento, mientras veía con envidia la felicidad con la que Ginny y Luna reía en la habitación.
Recordaba a su madre diciéndole que debían regresar a casa. Se había despedido de Billy y Lucy con una sonrisa. Le dio un beso en la mejilla a Susan, su perfecta Susan, y mientras se iba hacia donde lo esperaban sus padres, Billy le había dicho que irían al muelle la tarde siguiente.
En el auto de regreso a casa, él fantaseaba con besar nuevamente a Susan Brown en el muelle, mientras su madre proponía pasar por el videoclub a retar una película para ver antes de ir a la cama.
Nick había propuesto una de terror pero su madre lo atajó con rapidez. Su padre zanjó el asunto recordándoles a ambos que era su turno de elegir.
—Tengo una que nos va a gustar a los tres….
Nick Bones nunca supo en que película pensaba su padre. Dennys Figgis de veintitrés años acababa de salir de una fiesta en la que había tomado cuanta bebida le pusieran en frente, y como si fuera el tipo más genial del mundo y todo un corredor de fórmula uno, se había pasado la señal de pare a toda velocidad, chocando con el auto de la familia Bones, destrozando principalmente la parte de atrás del vehículo, donde iba Nick.
El fantasma no recordaba haber sentido dolor o visto una luz al final del túnel. Recordaba a sus padres, en los asientos delanteros, sangrando e inconscientes.
La gente comenzaba a acercarse. La noche se iluminó de luces de colores, llegó la policía y una ambulancia. Figgis también murió esa noche.
Nick salió del coche, pedía ayuda a todo el mundo, pero el mundo lo ignoraba.
—¡El niño, el niño!—gritaba un paramédico
—¡Yo estoy bien, son mis padres los que están heridos!—gritó Nick, pero nadie lo escuchó.
—Se fue…
Había un grupo de paramédicos a un lado del auto, rodeando un cuerpo que estaba tirado en el asfalto.
Nick quiso acercarse, pero no se atrevía ¿sería su madre o su padre?
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—No es ninguno de ellos—dijo una voz en sus espaldas—Eres tú.
Al voltear se encontró a Show por primera vez. Él lo miraba de forma extraña…como si le tuviera lastima.
—¿Yo?
—Lo siento, niño.
Tendió su mano y Nick supo que no podía luchar contra él. Su vida se había detenido esa noche. Y ahora solo podía dedicarse a observar como otros vivía.
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—¿Sabes? Esto de observar a un par de chicas mientras juguetean en su cuarto en un poco pervertido ¿no crees Casper?
Si hubiera sido posible, a Nick le hubiera dado un infarto allí mismo, cuando al alzar la cabeza vio a un chico sentado cómodamente en una de las ramas del árbol. Estaba tan placido allí, que parecía no importarle esta unos cuantos metros sobre el piso, apoyado en una rama que no era precisamente muy firme. Con zapatos deportivos de un blanco inmaculado, pantalones deportivos y chándal color negro, no aparentaba llegar ni siquiera a los quince años. Su rostro de rasgos finos casi femeninos, mostraba una sonrisa picara y una mirada vivas bajo una mata de alborotados risos negros.
Por un segundo Nick temió lo peor. Pero al ver la flecha color carbón con la que jugaba distraídamente el chico, supo de inmediato quien podía ser.
—¿Señor Eros?— dijo en voz baja.
La sonrisa maliciosa del chico se acentuó, dejando ver un par de adorables hoyuelos.
—Y dime pequeño fantasmita. ¿Por qué tan triste?
—Yo no…
—Por favor, no insultes mi inteligencia, los sentimientos son mi terreno.
—Lo siento—se apresuró a decir. Podía estar muerto, pero no era lo suficientemente idiota como para mostrarse insolente con un dios.
—Tu mal humor ha lastimado mucho a esas dos jovencitas—Eros miraba la ventana que tenían enfrente. Ginny acababa de salir de su baño y llevaba el vestido azul que su tío Sirius le había regalado por su cumpleaños.
—Lo sé—se sentía un saco de estiércol—debo pedirles perdón…
—Deberías —Eros lo miró con cierta pena, y a Nick le recordó a Tanatos—Te sientes frustrado y sientes que no eres útil, pero todos son útiles en este juego.
—Sé porque razón estoy aquí.— Quería mantener un tono educado y servicial, pero el hecho que el dios creyera que todo aquello era solo un juego para su entretenimiento lo hacía temblor de rabia. Ginny y Luna no eran peones que serian usados hasta el momento correcto de ser sacrificados.
—¿Lo sabes?—Eros se inclinó hacia delante, mirándolo fijamente a los ojos— Se que piensas que el Guerrero a venido a ocupar tu lugar.
Nick miró el suelo nevado. Pensarlo era una cosa, pero que viniera alguien más a decirlo en voz alta…
—Nadie es prescindible en esta historia. Tú eres La Llave y pronto tendrás que tomar una decisión.
—¿Qué decisión?
Eros sonrió. "Otro más que se creía Yoda" se lamentó Nick. El dios desapareció antes de responder, dejando en su lugar la flecha negra con la que había estado jugando.
Dudoso al principio, Nick la tomó. Era una flecha de desamor, creada para matar el amor en el corazón de los humanos… ¿Qué diablos quería decirle?
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*.*.*
Lo malo de tener amigos era que te prestaban atención hasta cuando tu prefieres ser simplemente invisible. O al menos eso pensaba Draco, mientras comía a pedazos diminutos la hamburguesa con papas que Jack le había servido. Habitualmente siempre se salteaba las comidas, principalmente el almuerzo, pero aquel día simplemente se había sentado en la barra del bar mientras leía el periódico y antes que pudiera evitarlo, el encargado de la cocina le había puesto en frente el plato, junto a una mirada de madre sobreprotectora que no le dejaba muchas opciones.
Mientras comía, notaba como su gargantas se sentía cada vez mas rasposa. De pronto sentía el cuerpo cansado y adolorido, y la comida comenzó a darle asco. A pesar que sabía que Jack vería aquello como un insulto imperdonable, dejó de lado su hamburguesa a medio comer.
Sentía como la cabeza comenzaba poco a poco a dolerle. Cerró los ojos unos segundos mientras se llevaba una mano al rostro, notando como su piel estaba cada vez más caliente. Chasqueó la lengua, molesto. Aquello no podía estar pasándole, no con todo el trabajo que tenía pendiente.
—Draco.
Tabitha apareció a su lado y lo miraba con pena. El rubio supo en el acto que nada bueno podía estar a punto de pasar. Taby había pasado casi una hora mirándolo desde lejos cuando creía que él no se daba cuenta. Es más, había notado el escrutinio de muchas más personas de las que habitualmente se le quedaban mirando cuando salía de la oficina. Tal vez su inminente estado gripal, le había dado un aspecto horrible.
—¿Qué sucede, Taby?—le preguntó, notando su voz rara.
—Supongo que ya lo sabes ¿no?
—¿Saber qué?
Como respuesta, la chica sacó del bolsillo de su delantal la sección de sociales del diario El Profeta, haciendo que Draco se percatara que el diario que él estaba leyendo le faltaba precisamente esas páginas. En la página que Taby le tendía, se veía la inmensa fotografía de una pareja sonriente. Pansy Parkinson, con su cuerpo de perfectas curvas y largo cabello negro que parecía una cascada a su alrededor, se dejaba abrazar por un sonriente Theodoro Nott, mientras mostraba a la cámara con sutileza la enorme piedra que llevaba su anillo de compromiso. Al pie de la fotografía se anunciaba que se casarían precisamente el día de navidad.
Draco sonrió con sarcasmo. En su relación con Pansy, la fecha de navidad había sido clave. La primera vez que sus familias se habían reunido para que ellos se conocieran había sido en navidad. Con ocho años, Draco había creído que era la niña más hermosa del mundo. Años después, también su primer beso había sido bajo un muérdago… hasta la primera vez que se habían acostado, había sido luego de escaparse de la aburrida cena navideña de sus familias.
Seguramente Pansy pensaba que utilizar precisamente esa fecha era su última carta para hacerle daño… ¿Cómo era posible que en algún momento hubiera amado aquella víbora ponzoñosa?
—No me importa—le devolvió el periódico y se sintió repentinamente molesto al comprender que la chica no le creía. Seguramente pensaba que su falta de apetito y su aspecto demacrado eran por culpa de su ex. Tal vez sus amigos lo vieran, pero no podían ver más allá de lo que ellos mismos pensaban.
Resignado y sin ganas de discutir, se levantó. Regresó a la oficina donde podía pensar sin que nadie lo miraba con pena porque pensara que su ex novia le había roto el corazón. Era tan estúpido todo. Pensó mientras se dejó caer en el sillón de la oficina. Pansy estaba muy loca si creía que aquello lo había afectado de algún modo.
No negaba que lo hacía sentir poca cosa al pensar que Pansy lo había remplazado con tanta rapidez y sin ni siquiera derramar una lágrima. Al fin y al cabo habían sido muchos años juntos y él había llegado a aprender a quererla.
Pero cada acción que Parkinson hacia para herirlo, había matado poco a poco cualquier sentimiento que aún tuviera por ella a esas alturas. Esa estocada final ni siquiera la había notado.
Eso lo hacía sentir bien. Ahora solo tendría que preocuparse por la molesta actitud sobreprotectora de sus amigos con respecto a ese tema.
Echó la cabeza hacia atrás al tiempo que se masajeaba la sien. Dejando atrás todo el asunto de la boda de Pansy, centrando todo lo que le quedaba de concentración a un tema que de verdad le interesaba, al fin y al cabo su gripe era un recordatorio de lo sucedido en la mañana.
Si se había enfermado por estar apenas quince minutos en el frío exterior sin abrigo, no quería ni imaginar cómo estaría esa pobre chiquilla. Sin duda no se arrepentía de haberle dado su capa, por mucha jaqueca y dolor de garganta que tuviera.
Se preguntaba dónde estaría. ¿Tendría hambre? ¿Abría encontrado la ayuda que tan desesperadamente buscaba?
Lo dudaba. Ella buscaba a Harry Potter, pero aquel chico se había perdido hacía muchos años. Si tan solo pudiera verla nuevamente, tal vez con las palabras correctas, podría sacarle información suficiente como para comprender toda aquella locura.
Si llegaba a dar con Harry Potter…. ¡Por dios! Lily Potter, aquella mujer dulce pero triste que siempre le horneaba galletas cuando iba a visitarla, tal vez por fin volvería a sonreír.
Encontrar a Harry no haría volver a James Potter, pero poner a su hijo perdido enfrente sin duda sería el mejor regalo de navidad del mundo.
Alguien golpeó a la puerta y antes que Draco pudiera responder, esta se abrió. Astoria entró con una bandeja en las manos, y antes de el hombre pudiera protestar la colocó en una mesita que había junto al sillón.
Traía todos los elementos para preparar un té, mas una pequeña botellita con un líquido color ámbar que Draco no supo reconocer. Se arrodilló para estar a la altura de la mesita sin decir ni una palabra, y comenzó a preparar una taza de té muy oscuro, con miel y jugo de limón.
—Yo no pedí…—comenzó a decir pero Astoria negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Lo sé, pero lo necesitas—le entregó la botellita misteriosa—Tres gotas bajo la lengua y dentro de media hora tu gripe desaparecerá —le indicó mientras revolvía el té.
—¿Cómo sabías …?
—No te ofendas Draco, pero te vez fatal—le tendió la taza de té humeante con una pequeña sonrisa.
Draco tardó un momento en reaccionar. Había quedado hipnotizado mirando a la chica ante él. Había tanta sencillez en su manera de moverse, en preparar el té o simplemente sonreírle, que a Draco le costaba apartar la mirada.
—Gracias—murmuró tomando la taza intentando no rozar sus dedos. Ella permaneció allí, con las manos en el regazo y la cabeza ligeramente inclinada a un lado, mientras lo observaba con atención
Draco tomó un sorbo de té que alivio un poco el ardor en su garganta.
—Si Taby te envió…—comenzó a decir con voz ronca, pero Astoria negó con la cabeza.
—Vi que estabas enfermo y quise ayudar—le aseguró—Pero sé que algo te molesta, pero no creo que sea eso de lo que anda hablando Taby…. Creo que eso ni te duele ya.
Draco dejó su taza a un lado mirándola con el seño fruncido.
—Mira…
—La quisiste, pero ella es de las que exigen pero nunca entrega… eso mató todo lo que sentías por ella.
—¿Cómo …?
—Soy buena leyendo a las personas—se encogió de hombros, restándole importancia.
El hombre no supo que decir. En otras circunstancias similares la hubiera echado de su oficina enfurecido por atreverse a hablar de su vida privada con tanta soltura. Pero algo en la chica mantuvo sus reacciones en clama. No había malicia en ella, ni siquiera aquella molesta lastima con la que todo el mundo lo miraba cuando hablaban de Pansy.
Astoria no la impulsaba el chisme ni nada por el estilo. Era tan inocente que le era imposible enojarse con ella, mucho menos cuando se inclinó un poco hacia delante y con sincera preocupación le preguntó:
—Hay algo que te molesta ¿un problema? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
—No creo, Astoria —negó con la cabeza —Ni yo sé cómo puedo solucionarlo.
—Pues en ese caso, un punto de vista ajeno puede ayudar—insistió amablemente.
Draco se lo pensó un momento. No quería compartir con nadie sus ideas sobre Harry Potter, pero necesitaba ideas para poder recuperar y ayudar a la única pista que podía llevarlo con el chico desaparecido.
—Necesito encontrar a alguien, pero no sé por dónde empezar—le confesó.
Astoria lo meditó mientras rellenaba la taza de té de Draco.
—El primer paso es que te tomes la poción para la gripe—le indicó con un tono un poco autoritario—porque por lo visto el dolor de cabeza no te deja pensar.
—¿Eso crees?
—Estoy segura. Eres un chico muy inteligente y estoy segura que si estuvieras sano te darías cuenta de la solución—le aseguró —Aunque no se qué tan listo puedes ser, porque eso de ir por la calle desabrigado y sin capa es de lo más tonto—negó con la cabeza con frustración y Draco no pudo evitar sonreír.
—Tal vez si soy muy tonto.
—Tal vez—Astoria también sonrió—Pero en fin. ¿Quieres mi opinión? Delegar.
—¿Delegar?
—Sí, eso lo hacemos mucho de donde vengo. Mi antiguo jefe lo hacía siempre—dijo mientras se ponía de pie—Si tú no puedes encontrar a esa persona, busca a alguien que si pueda.
Lo dijo con tanta sencillez que Draco simplemente se quedó en silencio. No supo si era por el té, la poción para la gripe o la sonrisa cálida de la chica, pero el nubarrón que había sido su cabeza desde la mañana, se disipó un poco. Era tan obvio que de pronto tenía todos los nombres en su cabeza. Jacob Castle era un auror retirado que aún tenía muchos contactos dentro de la fuerza y Amy Flower era una squib que trabajaba en la policía muggle. Ambos le debían favores a Draco y no dudarían en ayudarlo si se lo pedía.
De esa forma encontraría a la niña. Alguien, ya sea en el mundo mágico o muggle, sabría quien era la pequeña y seguramente también la estaría buscando.
—Gracias Astoria.
La chica le dedicó una última sonrisa, haciendo que Draco notara el coqueto hoyuelo que le formaba en su mejilla izquierda. Mientras la veía marcharse, no pudo más que pensar en lo bonita que era cuando sonreía.
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*.*.*.*
Carrie permaneció en el umbral de la tienda cerrada, protegiéndose del aguanieve que había comenzado a caer, obligando a los pocos transeúntes que había por allí a caminar con más rapidez. Había estado ahí parada las últimas tres horas, con la mirada fija en el restaurante de hamburguesas que había al otro lado de la calle.
Para ser sincera consigo misma, no estaba del todo segura que aquello diera resultados, ya que aunque algunas costumbres no cambiaban, a veces las personas sí.
Le echó una ojeada a la calle, eran las cuatro de la mañana y todos los locales estaban cerrados excepto el restaurante de comida rápida. Había pocas personas dentro, pero ninguno era quien ella buscaba.
Años atrás, cuando aún pertenecía a su manada, Evan y ella solían escaparse todos los sábados en la madrugada para ir a comer hamburguesas y papas grasientas en aquel lugar. Su madre lo desaprobaba totalmente, dado que era asquerosa comida humana servida por inmundos humanos. Pero a Evan y a ella no les importaba, amaban esas escapadas. Por unos momentos eran normales y felices. Carrie se había enamorado de esos instantes, y habían sido ellos la semilla que comenzó su lucha por abandonar la manada y buscar su libertad.
Desagraciadamente, Evan no lo había tomado bien. Que ella se marchara había sido un insulto para toda la familia, en especial para él.
La lluvia seguía cayendo y ella solo deseaba volver a ver a su hermano. Por muchos años la manada había impedido que se vieran, ya que ella se había vuelto una traidora. Pero ahora ellos ya no existían. Los guerreros de Hades se los habían cargado a todos y Evan estaba por primera vez en la vida solo.
Un chico escuálido salió del callejón junto al restaurante, llevaba una sudadera negra con una capucha que le ocultaba el rostro, Carrie sonrió. Sabía que era él, podía sentirlo. Lo vio entrar al local y sentarse en la misma mesa que solían compartir tiempo atrás. Eso le dio esperanzas.
A paso ligero cruzó la calle y entró al restaurante choreando agua. Evan alzó la mirada de su comida grasosa al verla acercarse a él. No movió ni un musculo de su cara, como si hubiera esperado encontrarla allí.
—¿Puedo?—Carrie señaló la silla que había frente Evan. El chico se encogió de hombros sin darle importancia.
—El mundo humano es un lugar libre…o al menos eso dicen.
Carrie sonrió mientras tomaba asiento. Él la miraba de arriba abajo con indiferencia, pero ella solo podía pensar en lo mucho que quería abrazarlo. Evan era el benjamín de la familia, siempre lo había cuidado y consentido, y aunque en aquel momento su voz no mostrara sentimiento alguno, ella no podía ser más feliz por el simple hecho de tenerlo a tan solo centímetros de distancia.
—Evan...
—¿Qué quieres?— No había amabilidad en sus palabras. La odiaba, de eso no tenía dudas.
—Quiero hablar contigo... Necesitamos hablar.
—¿Eso crees? —Sonrió sin mostrar los dientes antes de rodar los ojos.
Carrie intentó permanecer calmada. Había olvidado lo muy inmaduro que podía llegar a comportarse su hermano cuando estaba molesto. Pero ya no había tiempo que perder. Sus fuentes le decían que algo grande estaba a punto de pasar. Si no actuaba rápido, Evan terminaría en fuego cruzado. Los guerreros le habían perdonado la vida una vez, no quería tentar a la suerte.
—Sé qué crees que él es muy poderoso, y que las moiras han predicho su victoria, pero te aseguro que eso no es verdad. Ellas están desaparecidas, no hacen profecías hace meses.
Evan rió sin gracia.
—Debes creerme Evan, él no es tan poderoso. Podemos contra él.
—Me imaginó que sabes lo de las moiras porque el guerrero te lo contó. ¿Ahora eres amiga de los asesinos de nuestra familia?
Furiosa se sacó las gafas de sol y las lanzó sobre la mesa. Su rostro desfigurado hizo que una de las camareras que estaba cerca diera un respingo.
—Las familias de verdad no te torturan y te destruyen solo porque no quieres seguir su mismo camino.— Le ladró.
Evan apartó la mirada hacia una de las ventanas del local, el aguanieve que no paraba de caer hacia qué el exterior se viera borroso.
—Eres el único que queda y el único que me importa.— Le susurró pero su hermano no apartó los ojos del ventanal
—¿Ahora recuerdas que tienes un hermano?
—Te recuerdo que cuando me marché te pedí que vinieras conmigo... Yo hubiera pagado el precio por los dos.
Evan la miró con desaprobación, sabía que ella lo hubiera liberado con gusto, pero no lo hubiera conseguido. Su propia libertad la había medio matado ¿qué hubiera pasado de tener que pagar el precio de dos? Se hacía la ruda, pero ningún demonio hubiera soportado tanto.
—Deberías irte.
—No hasta que me escuches.
—No, me refiero a que te vayas lejos.—apretó los dientes hasta que su quijada le dolió.—Siempre quisiste ir a Los Ángeles, pues vete. Aléjate de toda esta mierda antes que sea tarde.
—Lo haré si tú vienes conmigo.— Le aseguró pero su hermano negó con la cabeza.— Entonces no me iré a ningún lado. Me quedaré aquí, protegeré a la séptima y lucharé contra el ejército de Calixto.
Evan resopló. Su hermana siempre había tenido más valor que cerebro.
—No tienen oportunidad.
—Eso es lo que él quiere que pensemos. —Replicó tercamente.
Rodando los ojos soltó un bufido. Su estupidez la llevaría a volverse una montaña de polvo. La miró un momento. Siempre estaría intentándolo, siempre lucharía. Era demasiado estúpida como para actuar como un verdadero demonio.
—Calixto hará una reunión esta noche.— Dijo antes de devorar sus últimas papas fritas.— A media noche en el cementerio de Highgate. Ve, pero asegúrate que nadie te vea.
—¿Porque quieres que vaya? —Preguntó, tanteando el terreno.
—Ve allí, y mira a mi amo a la cara… después dime si de verdad tenemos una oportunidad.
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Hola gente hermosa de internet! Si, al fin conseguir sacar este capítulo adelante. Si alguien se aburrió en alguna parte, desde ya lo siento pero quería abordar mucho y a la vez darle un espacio a mi querido Nick. Se de buena fuente que Nick no es muy querido por su actitud, pero quería al menos defenderlo un poco en este capítulo. Yo al menos lagrimee cuando escribí su historia, más que nada la parte final de Billy. Desde que leí la novela Desde mi cielo, siempre quise escribir algo así (un muerto contando como las personas continuaron con sus vida de después de su muerte) espero haberlo hecho bien y que se haya entendido, siento que tal vez esa parte la enrede un poco.
Bueno, creo que ya no tengo más que decir. Para dejarlos con ganas, ya les dejo el titulo del próximo capítulo: La tentación de Draco. (wowojojo!)
Muchas gracias por sus comentarios y todo su apoyo! Son lo mejor del mundo!
Besos grandes!
Hasta la próxima.
