El tercer lugar más seguro

-No puede ser un dragón. Dijiste que se habían extinguido - dijo Miriam, completamente despierta de repente.

Christian apretó las manos sobre la barandilla, reprimiendo el impulso de lanzarse balcón abajo en busca de la criatura alada. Todo su ser temblaba de emoción ante la idea de pelear con un dragón, después de tanto tiempo. Un dragón que no fuera Jack, y tampoco las imitaciones de mala calidad de Tanawe. Un dragón al que podría matar.

- Te puedo asegurar que lo es.

- ¿Crees que es Jack?

Christian negó.

- Conozco su olor. No es él.

Miriam se llevó la mano a la barriga, pensando en su bebé. Ahora no solo querían matarlo los Idhunitas, sino que además había por ahí un dragón suelto que captaría su olor en cuanto se le acercara. Y trataría de deshacerse de él. Christian respiró hondo, los hombros en tensión, aferrando con fuerza la barandilla del balcón hasta que los nudillos le quedaron completamente blancos. Cuando se hubo serenado, manteniendo a raya al instinto traicionero, refugiándose en el vínculo con Miriam, percibió su inquietud, y se giró. Cuando la vio, asomándose con cuidado a la terraza y mirando a todas partes con cuidado, él negó con la cabeza.

- Estaré bien. Y el dragón no podrá detectar al bebé. Tu olor le mantiene camuflado. Y aun es demasiado pequeño - la tranquilizó, llevando su mano hasta posarla sobre la de ella.

- Pero a ti puede olerte. Te rastreará.

Miriam entró en la casa, ignorando la fresca y agradable brisa que soplaba allí fuera, estremeciéndose solo de pensar que una lagartija gigante y con alas podría aparecer en su casa para matar a su marido y a su hijo. Ella podía defenderse, y sabía que Christian también, pero eso no hacía que su preocupación disminuyera. Un desliz en batalla podía tenerlo cualquiera, y no esperaba que aquello pasara. Su casa olía a shek a kilómetros a la redonda (supuso, dando que pasaban allí gran parte de su rato, y todo estaba marcado por la presencia del híbrido). Era como un faro para un dragón. Daría con ellos enseguida. Lo único en lo que podía pensar era en que allí ya no estaban a salvo.

- Vuelve a dormirte. Necesitas descansar, y no creo que intente nada esta noche -murmuró Christian, sentándose en un sofá junto a la ventana, acariciando pensativo a Haiass, apoyada a su lado. Aún llevaba los pantalones del pijama, gris oscuro holgados y cómodos, con la cintura baja. Su estómago desnudo por el calor subía y bajaba con cada respiración, iluminado por la luz de la luna.

Miriam se cruzó de brazos.

- No me vengas con los clichés. Estoy embarazada, no muriéndome. Y ni siquiera tengo tripa. El bebé debe de tener aún en tamaño de una lenteja. No supone ningún gasto extra de energía -gruñó ella, deteniéndose en medio del salón. Christian la miró un momento, impertérrito, esperando a que su mujer acabara de soltarlo todo -. Y antes de que me digas nada, esto no es cosa de las hormonas. Aquí no estamos seguros. Tú no estas seguro. El dragón se rige por el instinto, igual que tú. La diferencia está en que tú lo controlas, y él probablemente no. Y me niego a que te quedes despierto todas las noches vigilando cuando podemos estar perfectamente en otro sitio. También eres en parte humano, amigo. Necesitas descansar como todo hijo de vecino, aunque te obceques en postular lo contrario.

Christian sonrió.

- Creo que soy demasiado previsible. Voy a tener que trabajar eso.

- Christian, no es un problema tuyo, es que soy tu mujer. Yo lo sé todo.

- Ya -su sonrisa se hizo más amplia -. Nunca habías hecho ascos a mi capacidad de dormir poco.

Miriam se sonrojó.

- Nunca te quedaste despierto porque una estúpida lagartija voladora te amenazara. Al menos no conmigo. Y no vas a empezar hoy.

El shek se levantó del sillón, cogió a Haiass, y se la colgó a la espalda.

- ¿Dónde propones que vayamos, pues? Sobre todo teniendo en cuenta que son las cinco de la mañana, los hoteles están abarrotados en verano, y los Hermanos han dicho que nada de viajes con Portales hasta dentro de dos semanas. Y no podemos coger un avión.

Miriam se fue a la habitación, y, recogiendo un par de camisas tiradas en el suelo, abrió una bolsa de deporte grande y espaciosa, y empezó a meter montones de ropa de forma estratégica. Vació casi todo el contenido del tocador y el armario en el interior del saco, y consiguió, contra todo pronóstico, que aquello cerrara. Se lo iba a colgar al hombro, pero Christian se lo cogió antes. le dedicó una mirada de "te quiero, pero no soy de cristal", y él la besó en la nariz, divertido por su expresión.

- Iremos al Instituto, por supuesto.. Estás en peligro, te debemos protección. Y no deja de ser mi casa, al fin y al cabo. Pasaremos allí el tiempo que haga falta. El dragón no podrá entrar allí. Estaremos a salvo, y tu podrás descansar - ya cambiada con unos tejanos y una camiseta de tirantes, se dirigió a la puerta. Le esperó -. Vamos, cámbiate. Con un poco de suerte, alguno de los chicos estará dentro.


Cuando oyó el chasquido de la puerta del ascensor al ir a por agua en la cocina, las cejas se le arquearon, y se asomó sorprendido. ¿Quién llegaba a aquellas horas?

Dejó el vaso de cristal sobre la encimera de granito, y se apoyó en la pared, esperando a que quien fuera que había entrado al Instituto pasara por delante de la entrada de la cocina. No era que estuviera preocupado por que alguien se hubiera colado (algo casi imposible), pero no se vivían tantos años sin ser precavido. Esperó y esperó, hasta que finalmente las figuras pasaron por delante. Salió al reconocer las voces, sorprendido de encontrarlos allí.

- Miriam, ¡has despertado! ¿Cómo te encuentras? ¿Algo va mal? ¿Qué hacéis aquí tan temprano? -preguntó, preocupado.

Miriam le miró, parpadeando.

- Hola, Magnus. ¿Te hemos despertado?

- Que va. Tenía sed. ¿Va todo bien? Se os ve... tensos -dijo, mirándolos de arriba abajo. Aunque zarrapastrosos sería la palabra correcta, pensó. Christian llevaba una camiseta manchada de pintura y algo que no era pintura, y unos pantalones de pijama, y Miriam no iba mucho mejor. Los rizos morenos se le habían disparado, y se punzaban en todas direcciones, enredados. parecía como si algo los hubiera arrancado a la fuerza de la cama.

- Es largo de contar.

- Ya estoy despierto, así que...

- Hay un dragón en Nueva York, y no es Jack -explicó Christian, rápido, corto y concreto-. Capté su olor hace media hora, y presumiblemente, él el mío. Cuando cogimos el coche para venir hasta aquí, nos siguió todo el camino. Le despistamos al llegar aquí, y no he vuelto a saber de él.

Magnus meneó la cabeza. Demasiada información, y situaciones demasiado complejas para ser discutidas por la mañana a tan temprana hora.

- ¿Despierto a los demás? ¿Estamos en crisis?

Miriam negó con la cabeza.

- Por ahora estamos bien, pero por la mañana avisaremos a los demás, no vaya a ser que le abran la puerta por accidente.

El brujo asintió.

- Está bien. Marchaos a vuestro cuarto y dormid un poco- les instó-. Tenéis unas pintas...

Miriam se rió, y pasó junto al brujo, en bata, y le dio un beso en la mejilla.

- Gracias, Magnus. Y perdona por preocuparte -dijo la nefilim, con una sonrisa de disculpa.

- No se merecen, pequeña -aseguró, dándole un pequeño abrazo -. Me alego de que estés bien. Tú y tu enano -recalcó, refiriéndose a su hijo. Si había algo que ablandara tanto el corazón de Magnus Bane, eran los bebés -. Y quédate tranquilo, Christian. Si pude esconder Idhunitas de ti durante diez años puedo esconderte a ti de un dragón. Será pan comido. Y muy entretenido, la verdad. Me había cansado de jugar con Presidente Miau. Ya va viejo, el pobre.

Christian frunció el ceño.

- Magnus, con los dragones no se juega -le advirtió.

El Gran Brujo sonrió.

- No hace falta que me lo jures.


Miriam se metió en la cama, y abrazó a Christian bajo la sábana. Aunque no quisiera admitirlo, el asunto del dragón la había dejado bastante inquieta. miró el reloj digital de números verdes que todas las habitaciones tenían como elemento estándar. Eran casi las seis de la mañana. El shek se acomodó, y la apretó contra su pecho, besándole la frente.

- Estás ardiendo-observó, con cierto tono de reproche. Le había advertido que aún no estaba recuperada mientras se marchaban del apartamento, y que como enfermara, los Hermanos Silenciosos tendrían que quedarse más tiempo con ella para tratarla hasta que se recuperara. Le aseguró que estaba bien, pero no había dejado de frotarse los ojos desde que salieron, y ahora la temperatura le estaba subiendo a marchas forzadas. Empezaba a tener fiebre. La cubrió mejor con las mantas, remetiendo la sábana a su espalda, y colando una parte de la tela entre ella y su frío cuerpo -. No te preocupes. Magnus es bueno. Y esto es el Instituto. Es el tercer lugar más seguro que conozco, y está lleno de guerreros mata demonios bien adiestrados. Estamos a salvo -le aseguró.

Miriam alzó la mirada, y arqueó una ceja.

- ¿El tercer lugar más seguro? ¿Cuales son los otros dos?

Christian le puso un mechón tras la oreja, y sonrió.

- Pues el primero es mi piso, aunque tu te empecines en que no... y el segundo es Hogwarts.

Miriam se rió.

- ¿Hogwarts? ¿Consideras el Colegio de Magia y Hechicería un lugar más seguro que el Instituto, teniendo en cuenta que es ficticio?

- No sé. Eso es lo que dicen siempre en todas las películas. Y en los libros. Hay que tener en cuenta Gringotts, también.

La nefilim se carcajeó una vez más, sintiendo como la cabeza empezaba a palpitarle. Le ardían los ojos y se moría de sueño. Se estaba tan cómoda acurrucada contra Christian, y la cama era tan blanda y calentita... Bostezó.

- Nunca pensé que te convertirías al colectivo friki.

- El amor te cambia de formas extrañas -se encogió de hombros, pero sonreía ampliamente. había estado leyendo en su tiempo libre (más bien escaso), los libros que Miriam iba acumulando en una de las estanterías del apartamento, y cuando se quedaba sin estantes, en las esquinas en pilares de equilibrio imposible, sobre mesas y sillas, y hasta en el fondo del armario. Christian en algún momento llegó a plantearse seriamente la idea de hacerse con el piso de abajo y convertirlo en una biblioteca donde su mujer pudiera almacenar sin peligro de avalancha su material de lectura, que parecía no tener fin. Aún a día de hoy seguía considerándolo.

- No tienes esa pinta.

- ¿Ah, no? ¿Y qué pinta tengo? -inquirió, divertido.

Miriam se rió, casi al borde del sueño profundo.

- Pues la de un tío duro... y sexy... extremadamente sexy...

Christian la estrechó con fuerza contra su pecho.

- Descansa. Estás enferma, has dormido poco, y te has puesto de los nervios.

- Pero...

- Sin excusas. Podemos hablar por la mañana -le aseguró, apagando la luz.

- Christian...

El chico se rió, y sus carcajadas los hicieron temblar a ambos.

- Estas muy parlanchina hoy. No voy a repetírtelo. Duerme. Tienes que descansar... o llamaré al Hermano Enoch, y a ver si a él le haces caso.

Tan pronto como acabó de hablar, se dio cuenta de la ausencia de una réplica, y la besó en el pelo. Se había quedado dormida.

Bajo el sonido de la lenta respiración de Miriam, Christian se quedó mirando fijamente la ventana, vigilando, atento, esperando ver en la acera de enfrente al dragón perlino que les había seguido gran parte del camino, con las fosas nasales sacando humo, y sus enormes garras desgarrando las verjas del refugio nefilim y entrando a quemarlo todo, desquiciado por su instinto.

Por muy seguro que fuera el Instituto, seguro que no estaba preparado para el ataque de un dragón, y menos de uno con ansia de sangre.


Siento la tardanza. Es muy, muy corto, pero el siguiente será más largo para compensar.

Que tengáis buena semana!

MHG