¡Buenas! Hace mucho que no venía por aquí, ¿verdad? Siento haberos hecho esperar T^T Siento que este capítulo está algo peor escrito que los anteriores, así que me esforzaré más en el próximo.

Y una última cosa: ahora mismo lo subo in extremix, por lo que no me da tiempo a revisar las faltas de ortografía y demás, por lo que pido perdón por adelantado y espero que os guste.


Capítulo 11: Luces

Colonello abrió los ojos tan pronto como escuchó el gemido de un búho que volaba por encima de la tienda de color azul bajo la que estaba tumbado. Su cuerpo yacía sobre una modesta camilla fijada al suelo únicamente por el freno de las pequeñas ruedas que sujetan sus cuatro patas. Al principio no es capaz de aclararse la mente, como si llevara toda la vida ahí. Bastó una simple bofetada que le llegó por la derecha para hacerlo volver, en una pequeña parte, a la realidad. Se acordó al instante de lo último que vio mientras estaba consciente, se acordó de ella, de Lissandra, de sus palabras.

Se incorporó para intentar recuperarse del golpe, pero una segunda torta hizo que perdiera el equilibrio. Y la miró.

–Eres un estorbo –esa voz sonaba más fría que nunca, más molesta, se notaba en su mirada que Lal lo odiaba con toda su persona.

–Yo…

–Solo eres un estorbo, solo eso. No intentes excusarte.

Colonello se frotó la mejilla con la mano, como atesorando el impacto de su mano o como si de ese modo pudiera espantar el dolor de la quemazón.

Sí, estaba enfadada, y sí, parecía la personificación del demonio, pero él la veía de una forma muy diferente. Movió las pupilas a todas direcciones buscando la dueña de esa voz hasta que pudo dar, entre nubes en sus ojos formadas por el cansancio, la figura enfadada de su instructora, cuyos ojos estaban adornados con una sombra bajo los párpados inferiores.

–¿Cuánto tiempo he dormido? –solamente el articular palabras le resultaba demasiado esfuerzo con todas las heridas que cubrían el cuerpo del chico.

–Dos días. Has atrasado mucho la misión, y eso no es todo –a pesar de que las palabras había adoptado un tono más tenue el rostro de Lal se mantenía firme.

–¿Qué ha pasado?

Salvo por la suave brisa que movía los olmos en medio de la noche, agitando las hileras de hojas de varios tonos para diferenciarlos del negro de la noche, entre ellos dos reinaba el silencio.

Lal le contó que Christine había desaparecido al día anterior. Ella y Lau dormían en una misma tienda, y una noche Christine se levantó hablando con un tal "Doce" y salió de la tienda. Lau intentó seguirla pero, por mucho que buscaran ella, Max y Raoul, no lograron encontrarla.

–¿Tú no la buscaste?

Las mejillas de Lal se colorearon de un tono rojizo cuya intensidad solo se podía comparar con la de sus ojeras y se levantó de la silla metálica en la que estaba sentada refunfuñando. En su camino hacia el exterior se cruzó con Max, quien hizo lo posible por no tocarla ni con un dedo sabiendo de antemano que, si Colonello estaba despierto, ella no podía estar muy contenta. El hombre se acercó a la cama del rubio y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

–¿Cómo estás, chaval?

–No lo sé… –sentía como si con cada milímetro que avanzara, se le rompía un hueso diferente del cuerpo; el golpe debía de haber sido muy fuerte.

–Bueno, ya te recuperarás. La capitana Lal está tan enfadada porque no ha dormido en estos dos días…

–¿Cómo que no ha dormido?

–Se ofreció a vigilarte por si había algún cambio –Max ya estaba plegando la silla y recogiendo las aparatos básicos que llevaban para casos como aquel. – Venga, levántate y ve a por tu ropa, está fuera. Nos tenemos que ir.

En cuando salió de la tienda cargando más enseres de los que podría cargar una persona con habilidades normales, Colonello se puso en pie y no se le ocurrió sino mirar a su alrededor. Una vez asumió la situación su mente recuperó la suficiente lucidez como para darse cuenta que llevaba unos pantalones negros cortos y una camisa blanca ennegrecida por el esfuerzo desabrochada, tal vez de Max, y se notaba en sus infinitas arrugas que no había sido cuidada en meses. Se hizo paso entre la lona azul para contemplar un paisaje más oscuro que el que había en el interior de la tienda. Fuera hacía frío, mucho frío para la poca ropa que llevaba, y sacudió la parte central de su espalda subiendo en ondas por su columna vertebral hasta perforarle la nuca. Lal estaba limpiando un revólver de menor tamaño de lo que suelen ser con la manga derecha de su uniforme apoyada de espaldas sobre un árbol, oportunidad perfecta que aprovechó Colonello para acercarse a ella en busca de la ropa que ondeaba en el árbol contiguo a este.

–¿Adónde tenemos que ir?

La voz de Colonello habría pillado por sorpresa a la mujer de no ser por su constante y perseverante idea de no bajar nunca la guardia, pero a nada estuvo de que el arma se disparara en Dios sabe qué dirección.

–No es asunto tuyo –ni siquiera se molestó en dirigirle la mirada, haciendo gala así de su enfado.

–Formo parte de este equipo tanto como tú.

–Oye, idiota –arma en mano, empezó a darle golpes en el pecho con la punta de su frío dedo índice–, tú nunca has formado parte de mi equipo, ¿entendido? Has venido aquí por tu cuenta, pero no significa que vaya a aceptar que… –antes de que le diera tiempo a terminar la frase sintió cómo su piel se calentaba debido a un factor del que no se había percatado hasta ahora, ruborizándose de inmediato y apartando la mano bruscamente– ¡¿Se puede saber por qué no llevas ropa?!

–Sí llevo, kora. Iba a cambiarme y… –como recompensa se llevó una tercera bofetada que prácticamente lo dirigió a la rama de la que colgaba su uniforme.

La tensión del momento tardó un rato en disiparse hasta que Colonello volvió normalmente vestido y con el pelo mojado. Había aprovechado para refrescarse un poco con una de las botellas de agua de las que disponían antes de cambiarse de ropa. Alguno de los presentes en aquel momento había tenido la idea de encender un fuego, aunque la única presencia sentada a los pies de un árbol mirando embobada las llamas brotar de la nada hacían pensar que había sido ella la autora de su "calefacción". Sus ojos parecían enfrentarse con la furia del fuego sin ninguna posibilidad de empate. Interrumpir el momento no sería fácil; aunque Lal desprendía un aura notablemente nerviosa, cuando Colonello se sentó a un par de metros de ella ni siquiera se inmutaron el uno en la presencia del otro, o eso querían hacerse creer mutuamente.

Por un momento las chispas que saltaban revoltosas de la madera húmeda recién cogida parecían murmurar más alto de lo que lo había hecho el chico la primera vez que habló, ergo no tuvo más remedio que aclararse la voz y subir el tono.

–Lo siento.

Las pupilas de Lal giraron hacia sus labios rápidamente, como si aquellas palabras fueron un centro de gravedad más poderoso que el de un agujero negro, pero no llegó a mover la cabeza. Devolvió la vista a la hoguera mientras su mano temblaba, casi voluntariamente, se podría decir, absorta en un profundo deseo de moverse unos pocos centímetros a su lado. No le había gustado el tono de esas palabras, y no sabía si lo que quería era golpearle por ser tan sumamente inútil o, simplemente, consolarlo. Pero se quedaba en eso, en un simple deseo. Y las chispas del fuego volvieron a su ilimitada tertulia ayudando a secar los mechones dorados de Colonello y siendo testigos de un evidente intercambio de miradas, aunque estas se repelían en el momento que se encontraban la una con la otra.

Cerca de una –bastante cómoda, ha de decirse– hora, Max se presentó ante ellos con un saco de dormir al hombro y se lo lanzó en los brazos a la capitana.

–Tenemos tres sacos.

–¡¿Tres?! –aquella a la que iban dirigidas las palabras se levantó bruscamente con el objeto entre las manos.

–Christine se llevó uno y Lau y yo vamos a compartir otro.

–Pero queda uno, ¿no?

–Lo tiene Raoul, y os aseguro que no queréis compartir cama con Raoul.

Cuando se dio la vuelta, manos en la cabeza, Lal lo apuntó con su pistola y fingió que le disparaba evitando toda clase de ruido para que no se diera cuenta de su insolencia. Después miró al joven lanzándole puro odio durante unos pocos segundos para luego pisar el fuego con la gruesa suela de sus botas y ahogarlo completamente.

–Creo que ha quedado claro que tú duermes en el suelo.

–Si me haces dormir en el suelo se lo diré a Max, kora.

No podían montar las tiendas porque, en caso de tener que huir, no les daría tiempo a recogerlas y sería un problema. Odiaba tener que compartir sus cosas, y mucho más con él. Aquel día estaba demasiado enfadada para pensar con claridad, para pararse a razonar las cosas y llegar a un acuerdo, porque no había llegado a su puesto actuando a lo loco.

Colonello fue quien estiró el saco de dormir a lo largo del terreno más cómodo que encontró entre dos árboles, colocado en una posición perfecta para huir hacia el interior del bosque por la izquierda o correr hacia el saco de Max y Lau por la derecha en caso de que no se pudieran defender solos, pero habían escondido un par de pistolas en un agujero bajo tierra que se podía destapar fácilmente; no eran un par de cobardes.

–Ni se te ocurra molestarme mientras duermo –la mujer se desataba las botas sin ningún cuidado por sus agrietados y ensangrentados dedos y se metió en el extremo más pegado a la derecha del saco posible, mirando en la misma dirección.

–No tengo problema con eso –el otro se descalzó de la misma manera y colocó las botas al lado de su cabeza, tumbándose con la espalda pegada a la de Lal, pues el saco era demasiado pequeño para que se separaran más.

Ambos sentían el calor del otro, ambos luchaban por dilatar la tela para no tener que tocarse pero, por otra parte, Colonello se moría por girarse y rodear el cuerpo ajeno con el brazo, aun sabiendo que recibiría una bala en la sien si se le ocurría siquiera intentarlo. Estaban inquietos, tanto por la ausencia de Christine como por la situación en la que los había puesto ese mismo hecho, tener que dormir uno pegado al otro.

Cuando quedaba apenas un ápice de lucidez en la cabeza de Lal, al extremo de la primera fase del sueño, no tuvo mejor idea que susurrar unas palabras sin apenas darse cuenta.

–Realmente eres la personificación de todo lo que odio.

Colonello sonrió. No por el comentario, sino por ser él, y solo él la persona a la que le dedica sus últimas palabras antes de dormirse, y cuando estaba dormida daba mucho menos miedo que cuando estaba gritando.

Él también quiso dormirse, pero agudizó el oído en el momento en el que escuchó un sonido apenas inaudible, el sonido de una pequeña rama partiéndose el dos acompañado por su misma pisada sobre la hojas secas en las que se acomodaba dicha rama. Fue entonces cuando tomó consciencia de dónde estaban pero aún sin saber cómo llegaron ahí, y fue entonces cuando se dio cuenta de que unas vendas blancas sustituían su bandana. Las vendas no estaban manchadas de sangre, lo que quería decir que sería Lal la que se encargó de cambiárselas cuando tocaba; aunque le resultó raro no haberlas sentido cuando se lavó el pelo.

Se acordonó las botas dispuesto a seguir, desarmado, a la persona que había pasado por ahí. Era sigilosa, precavida, apenas hacía ruido al andar, al contrario de Colonello. Seguro que tenía un plan para no hacer ruido, seguro que era alguien experimentado. El chico notó un descenso en el que, poco a poco, las hojas se iban comiendo unas a otras hasta apenas quedar sobre la tierra. Conforme se iba acercando a unos haces de luz azul se iba escuchando el sonido de las olas romper contra lo que posiblemente sería un acantilado, pero no tenía miedo. No sabía a quién estaba siguiendo ni por qué lo llevaría a un sitio abierto, pero no tenía miedo.

Cuando los árboles se separaron entre sí, cuando el sonido del mar gritando era más intenso y la luz iluminaba más los pequeños arbustos que arropaban el acantilado pudo visualizar la diminuta figura de la persona que lo había conducido hasta allí y esbozó una tenue sonrisa al distinguir un brillo anaranjado brotando de su cabeza en finísimos cabellos trenzados entre sí. Solo podía ser la mejor estratega de Italia la que había sido tan cuidadosa a la hora de no ser descubierta, casi ganándose el apodo de "maga".

Christine siguió andando hasta el final del acantilado y se sentó con las piernas cruzadas sin dejar de moverlas arriba y abajo con un ritmo frenético. Colonello se sentó a su lado y dejó caer todo su peso sobre sus manos, apoyadas tras él. Miró el reflejo de la luna en el agua, que apenas se podía distinguir del mar y dejó que el silencio hablara por ellos, hasta que fue ella la que intervino.

–¿No crees que el destino es caprichoso?

–¿Por qué lo dices?, kora.

–Paso todas las noches a ver cómo estáis…

–Christine… –no sabía si sería adecuado sacar el tema de su fuga, pero no podía irse de allí sin una respuesta– ¿Por qué te has ido?

–Doce me dijo que tenía que ir con él a todas partes.

–¿Doce?

–Sí –la chica giró la cabeza hacia Colonello y sonrió como nunca, una curva más bonita que la de la luna que los coronaba–, es mi novio.

Hasta el tiempo pareció pararse cuando sonaron esas palabras de los delgadísimos y pálidos labios de Christine.

–¡Tu novio! ¿A qué te refieres?

–Estoy enamorada de él, y por eso es mi novio.

La conversación iba cobrando menos sentido con cada minuto que pasaba y cada palabra que pronunciaba Christine, y la luna, a juzgar por su posición horizontal, parecía reírse de ellos.

Entonces Christine procedió con su explicación.

–Estoy enamorada de Doce. Gracias a él sé muchas cosas que antes no sabía… –con los dedos entrelazados entre sí, hacía girar un pulgar sobre el otro cada vez más rápido, como si fuera una representación de los latidos de su corazón enfermizo, sin apartar la mirada de su juego– Y tú, Colonello, también estás enamorado.

El aludido se ruborizó más de lo que sentía, pero no demasiado. No era la primera vez que se encontraba en una situación así, pero Lal para él era más de lo que había sido ninguna otra chica.

–¿Qué estás diciendo?, kora…

–Sé que estás enamorado…

–¿De quién?

–¿De verdad necesitas que te lo diga?

¿Tanto se notaba? ¿Tan lista era Christine? Colonello no sabía qué decir, no podía engañarla, no a ella. Precisamente porque sabía que no tenía oportunidades con Lal no había pretendido hacerlo público; en el momento en el que empezó a pensar eso se preguntó, por primera vez, si es que estaba enamorado de Lal.

–C-Christine… yo…

–Tranquilo, no le diré nada –su sonrisa se hizo más y más amplia y sus dedos se pararon de golpe para juntar las puntas de ambos–. Ve a por ella.

Y se callaron. ¿Cómo iba a ir a por ella y ella lo odiaba?

–¿Desde cuándo la conoces?

–Desde hace más de lo que recuerdo, y te puedo asegurar que ahora mismo está despierta en el saco de dormir odiándote por no estar allí.

Una pequeña pero vivaz chispa se encendió en el pecho de Colonello y durante un momento creyó vivir esa ficción imaginada por Christine.

–¿Y dónde está ese tal Doce?

–Allí… –la chica señaló con la punta de su esquelético dedo a lo más alto de su cabeza, a la sonrisa que se balanceaba sobre el mar como queriendo llamar la atención y la responsable de darles unos pocos rayos de luz.

–¿L-la Luna…? –Colonello consideró eso como un símbolo, aunque no sabía muy bien lo que quería decir, pero decidió seguirle el juego– Hacéis buena pareja, kora.

–¿Tú crees?

Pasados unos pocos, largos minutos, el rubio se puso en pie apartando, por fin, la mirada de "Doce" y se encaminó hacia los primeros árboles del bosque, pero antes se giró hacia Christine, quien no le devolvió la mirada en ningún momento.

–Me gustaría haberte conocido mejor, kora.

Ella, ignorando sus palabras aunque halagada por ellas, respondió:

–Por favor, no le digas a nadie que estoy aquí. Es el secreto de Doce y mío.

–Guardaré vuestro secreto si tú… vosotros guardáis el mío.

Christine asintió levemente y continuó moviendo las piernas, arriba y abajo, arriba y abajo, dejando al muchacho continuar su camino.

Volvió reflexionando sobre todo aquello que le podría pasar a la estratega por la cabeza, para enamorarse de algo inerte… O mejor dicho, inmortal. Le llamaba la atención la finísima línea que separaba la extrema lucidez de la extrema locura. Envuelto en sus pensamientos no se dio cuenta de que se había perdido hasta que no vislumbró a lo lejos una luz que parpadeaba irregularmente, una luz azulada claramente artificial. Se aproximó a los últimos árboles para observar mejor de qué se trataba, de dónde estaba.

Ya iba a abrir la boca cuando quería susurrar algo para sí mismo cuando una mano más pequeña que la suya lo interrumpió, y una voz fría como el hielo exigió silencio en su oído.


Y ahora es donde intervenís vosotros. Durante todo este tiempo de "descanso" he estado pensando que tal vez le he estado dando demasiado protagonismo a los OCs. Entre la muerte de Lissandra y otras cosas que tengo preparadas para otros temo que se os haga muy pesado leerme, así que necesito que me digáis cuanto antes (y cuantas más opiniones, mejor) si os gustan los OCs, no os molestan o si preferís que no estén (tranquilos, no pienso matarlos de una a todos (?)). Así que, hasta que no me digáis esto, no puedo escribir el siguiente capítulo. Si de aquí a dos semanas no me habéis contestado, seguiré el siguiente capítulo como tengo en mente, utilizando los OCs y demás como hasta ahora hasta que reciba un número considerable de comentarios diciendo que no os gustan.

Y eso ha sido todo, vuelvo a pedir perdón si hay alguna falta. ¡Buenas noches!