A las barricadas

Capítulo 13 - Esta noche

El resto del camino se lo pasó pensando. Escapaba a su entendimiento qué haría Francis para encontrar un momento para los dos. En ese momento se sorprendió él solo al encontrarse internamente emocionado ante la idea. Miró hacia delante, unas cuantas filas más allá, y se fijó en Francis, caminando despreocupadamente mientras charlaba con Eusebio. Entonces su mirada empezó a descender lentamente: primero examinando su espalda, ancha y bien formada, enfundada por esa camiseta blanca. Sobre el hombro llevaba apoyada la chaqueta de color verde militar que vestía cuando iban a combatir. Su cabello rubio, el cual había ido creciendo con el paso de los meses, se amontonaba sobre su nuca y parte de su espalda, recogido en una coleta. Después se detuvo unos segundos a observar su trasero, ni impresionante ni inexistente, simplemente un trasero enfundado en unos pantalones verdes. Luego las piernas y finalmente las botas de color negro manchadas de barro. Volvió a repasarlo hasta arriba. Vale, Francis estaba bueno. Era una realidad que no podía negar por más tiempo. Si estaba así de impresionante con ropa, no quería imaginar cómo estaría sin ella. Esperaba no llevarse ninguna decepción.

- Esas botas le hacen piernas de bailarina, ¿verdad? Yo siempre se lo he dicho, pero me he llevado hostias por hacerlo. -dijo de repente Pierre.

Antonio se sobresaltó al escuchar la voz del otro francés. ¡Lo había pillado comiéndose a Francis con la mirada como si fuese un perro en celo! Dios mío... Pero es que el celibato era duro y él se sentía sobreexcitado ante cualquier cosa... y lo que se ponía duro era entonces otra parte. Aunque ese era otro tema. Finalmente llegaron a Teruel y buscaron un lugar en el que les ofreciesen alojamiento. Hacía cosa de semanas que la ciudad había sido liberada por los republicanos y esa era la primera parada que tenían. Allí iban a ayudar a proteger los territorios recuperados. Un hombre con un motel bastante bonito, que estaba enormemente agradecido a los republicanos por haberle salvado cuando los nacionales le tenían capturado con intenciones de matarle posteriormente, les ofreció alojamiento a cambio de que trabajasen. Unos cuantos se habían ido a preparar las habitaciones que ocuparían y las camas. Francis había desaparecido y nadie sabía dónde se encontraba. A Antonio le tocó ir junto a su hermano a preparar la cena que tomarían.

En la otra punta del edificio, Francis seguía al dueño por el pasillo mientras éste le negaba su petición por enésima vez. El galo sopló indignado ante la insistente negativa. ¿Por qué no podía ponerle las cosas fáciles?

- ¿Pero qué le cuesta dejarme una habitación más? Le prometo que para mañana la dejaré más limpia de lo que está ahora. Tampoco parece que vaya a llenarse esta noche. Estoy seguro de que no perdería dinero.

- ¿Es que hablo en chino, rubito? Te he dicho que no. Me da igual que llene o no, son mis habitaciones y yo decido cómo quiero gestionarlas. Si querías traerte a alguna putita, me temo que no va a poder ser.

Francis se detuvo y le miró con el ceño fruncido. Oh, qué desfachatez... Llamar putita a Antonio. Ese hombre era desagradable y le caía como una patada en la entrepierna. Vio que cada vez se alejaba más.

- ¡No es ninguna putita! -vociferó indignado.

Era el hombre al que quería y no permitía que nadie se metiese con él. Sólo él lo podía hacer. Bueno, él y quizás el hermano de su hombre. ¡Pero nadie más! Viendo su plan frustrado, decidió que necesitaba tomar medidas de emergencia. Se fue a dar un paseo por el pueblo y buscó en su cartera algo de dinero. Se paró en un total de cuatro tiendas y tras eso regresó al hostal.

La hora de cenar estaba próxima. En el comedor se apelotonaban los integrantes de su grupo, hambrientos como un grupo de hienas. Por más que lo buscó entre la gente, no vio a Francis y Antonio empezaba a preguntarse dónde se había metido. Fue a dejar un plato especial a una de las mesas y cuando pasaba por la puerta en dirección a las cocinas, ésta se abrió y una mano le agarró del brazo. Tiraron de él hacia fuera y ya se preparaba para dar un puñetazo épico cuando se dio cuenta de que se trataba del francés que había estado ocupando sus pensamientos hasta el momento.

- Francis... ¿Dónde estabas? La cena está siendo servida. Como no vengas ya, te vas a quedar sin.

- No voy a cenar aquí y ya puestos tú... -en ese momento se detuvo ya que había visto ese modelito de delantal y gorro de cocina- Te ves raro con esa rejilla en el pelo.

- En la cocina no se trata de verse estético o no, se trata de que los pelos no caigan en lo que se cocina.

- Bueno, a lo que iba. -dijo Francis aparentando que dejaba atrás el tema pero entreteniéndose mientras hablaba en quitarle la rejilla del pelo y el delantal- Tú tampoco vas a cenar aquí. He preparado algo para ti. -le tendió la mano- ¿Me acompañas?

Los ojos verdes de Antonio observaban el rostro del francés: el azul de los suyos, después la manera en la que sus cejas se curvaban y le hacían tener una expresión seductora, esa sonrisa y esos dientes blancos que asomaban tímidamente entre sus labios. Había preparado algo sólo para él, ¿cómo decirle que no le acompañaba? Extendió el brazo y apoyó la mano sobre la del francés, la cual estaba calentita y en cuanto sintió el peso se cerró de manera cariñosa a su alrededor. La sonrisa de Francis se acentuó y tiró de él, escaleras arriba. Finalmente llegaron a la puerta de la terraza. Antes de salir, el rubio agarró algo que había a un lado y que resultó ser una chaqueta de las suyas. Dejó que le ayudase a ponérsela y tuvo que darle un golpecito en las manos porque el tío iba dispuesto a abrochársela. A veces le trataba como si fuese un niño pequeño que no podía hacer nada por sí mismo. No es que le molestara que lo mimase de ese modo pero es que luego, en ocasiones, se pasaba un poco. Tras ponerse él una chaqueta, se apresuró a abrirle la puerta e hizo un gesto para que pasara. Allí, solitaria, en medio de la nada, se encontraba una vieja mesa de madera cubierta por un mantel de plástico a cuadros rojos y blancos y con el borde de color rojo también. Dos sillas un poco enclenques estaban dispuestas a cada lado de la mesa redonda. Sobre ella se encontraba una botella de lo que parecía vino, dos platos tapados y una vela en el centro que era toda la iluminación que había. Estaban a 11 de enero y hacía un frío que pelaba. El año 1938 había iniciado siendo uno de los más fríos que recordaba. Sin embargo, en ese momento, Antonio no podía sentirlo. Su rostro estaba adornado con una sonrisa feliz e incrédula al mismo tiempo.

- No he podido encontrar un sitio con estufa. -dijo Francis sonriendo con apuro- Sé que hace frío y-

Cortó la frase ya que el hispano se había girado hacia él y le besó sin dejarle terminar. No duró demasiado rato pero fue suficiente para dejarle medio atontado. Antonio le había acallado besándole y eso le parecía rematadamente sexy. Tuvo que despertar de su momento ausente. Aún no había terminado su cita y no era el momento de dormirse en los laureles. Le guió hasta la mesa y retiró su silla para que se sentara. El hispano se había reído ante aquello y después había levantado la cabeza para ver las estrellas. Gracias a la falta de luz en la terraza, se podían ver bastante bien. La cena fue de lo mejor que había hecho en mucho tiempo y eso que resultó un completo desastre. Tiraron el vino sin querer, la comida se quedó fría en escasos minutos debido al gélido clima, una racha de viento repentina apagó la vela; al intentarla encender de nuevo, Francis se había quemado con una cerilla y no había logrado que prendiese, por supuesto. A pesar de que todo eso hubiese echado por los suelos el ánimo de cualquiera, no había ocurrido con ellos. Francis sí estaba algo desanimado, pero se negaba a rendirse y se lo demostraba diciéndole que se arrimara, que le daría calor corporal. Antonio no había dejado de reír ante la serie de catástrofes de las que habían sido víctimas. En aquel mismo momento reía, tras haber acercado su silla a la del francés ya que éste le había rodeado con sus brazos y le susurraba palabras cursis. Francis se sorprendió más tarde con su conocimiento sobre las estrellas: Antonio no parecía el típico aficionado a ellas. A mitad de una explicación, el rubio estornudó casi sobre el hispano.

- ¡Me has llenado de babas! -exclamó riendo.

- Es que hace demasiado frío. -murmuró medio temblando Francis- Se acabó la cena. A recoger y nos vamos dentro.

Mientras amontonaban los cacharros, por supuesto, otra calamidad ocurrió. Sin querer, Antonio golpeó con la chaqueta la botella de vino y ésta cayó hacia Francis. El grito que pegó cuando vio su preciosa camisa blanca manchada de vino fue tremendo. Seguro que se había podido escuchar desde Madrid.

- ¡Lo siento! Vamos al baño, te ayudaré a limpiarla antes de que se seque. Quizás quede bien.

Una mano se cerró sobre su brazo y empezó a tirar de él. Sus ojos seguían sobre la mancha de vino. Aquella era la única camisa medio arreglada que se había traído de casa. Ya en París, Francis sabía apreciar la calidad de sus muchas prendas de vestir. Sin embargo, allí, su vestuario estaba muy limitado y cada camisa y pantalón tenía un valor considerable. El lavabo era muy grande ya que era común. Los azulejos de la pared eran del color lapislázuli, al igual que el suelo. A la izquierda había una fila de cuatro picas y sus respectivos espejos. Al lado derecho puertas con los pequeños cuartitos con los lavabos. Al fondo, tras un muro sin puertas, la zona de duchas con lugar donde dejar la ropa y las duchas propiamente dichas. Antonio se fue para una de las picas y le dio al grifo. Francis, por inercia, iba a cerrar la puerta cuando se dio cuenta de la situación. El hispano y él, solos, en ese lugar. También iba a tener que quitarse la camisa para que la lavara. De repente la camisa empezó a importarle bien poco. Cerró la puerta y además puso el pequeño seguro que tenía. Había otro baño, si alguien quería orinar que lo buscase. Se acercó a Antonio tranquilamente. Éste ladeó el rostro, claramente ajeno a lo que había ocurrido con la puerta.

- Venga, pásame la camisa y la lavo.

El francés sonrió sutilmente y empezó a desabrocharse los botones con lentitud. Fue decepcionante ver que Antonio seguía con la mano tendida hacia él, esperando a que le pasara la prenda de ropa. Suspiró, para desconcierto del hispano, y se la terminó de desabrochar a ritmo normal. Antonio la cogió y se dio la vuelta para meterla en el agua. El rubio se acercó a él por detrás y le abrazó, entrelazando sus manos en su cintura.

- ¿Qué haces? -preguntó el de cabellos castaños al sentir el repentino acercamiento, pero sin mirarle ni detenerse.

- Te abrazo para tenerte bien sujeto y que no te me caigas.

- ¿A dónde quieres que me caiga? Estamos en plano y estoy quieto.

- Entonces digamos que únicamente te estoy metiendo mano. -confesó Francis mientras sus labios empezaban a dejar besos por su cuello. Las manos empezaron a acariciar su torso hacia arriba.

- Te recuerdo que la vida de tu camisa está en juego y así no me ayudas. Estás estorbando y además me desconcentras.

- Me da exactamente igual la camisa. -dijo Francis en un tono de voz suave y seductor. Lamió el lóbulo de la oreja y sintió el estremecimiento débil y fugaz que recorrió el cuerpo del hispano. Le había parecido de lo más excitante.

- Te recuerdo que hace nada has pegado un grito horrendo cuando te he hecho la mancha sin querer.

- Pero no podía apreciar bien tu cuerpo y tenía muchísimo frío entonces. Ahora sólo puedo pensar en ti. Siempre puedo comprar otra camisa en otro sitio. O puedo prescindir de las camisas y de la ropa en general para siempre.

- Te detendrían por ir exhibiéndote sin pudor alguno, ¿lo sabes?

Francis no estaba quieto mientras hablaba, no. En ese rato había subido las manos lo que podía y después las había hecho descender hasta el borde de la camiseta blanca que Antonio llevaba. La subió un poco con un movimiento de la mano y rozó su vientre con ella. Ese contacto le produjo un cosquilleo que pudo disimular perfectamente. Suspiró resignado cuando Francis le obligó a levantar los brazos y le sacó la camiseta. Dirigió la mirada al espejo y se dio cuenta de que el rubio hacía exactamente lo mismo, le examinaba como si estuviese estudiando qué calificación darle.

- Ni que fuese la primera ver que me ves sin camiseta... -dijo sonriendo con vergüenza.

- Claro que no es la primera vez que veo ese bonito torso tuyo. Sin embargo... -besó su cuello, sujetando con su mano izquierda su mentón y haciendo que mirase hacia un lado para poder rozar con más facilidad la piel. Fue subiendo hasta llegar a su mentón, el cual mordisqueó suavemente- Sí que es la primera vez que lo veo sabiendo que te quiero y no puedo evitar emocionarme por lo bueno que está mi novio-no-novio.

- Estamos en un baño.

- He cerrado la puerta.

- ¿Y si se nos escucha desde fuera? -dijo Antonio girándose para tener a Francis de frente y quizás aquella no fue la mejor de las ideas. Verle directamente le hizo sentirse flojo. Estaba guapo con el pelo recogido y con esos dos mechones sueltos que le rozaban los hombros. Además podía ver su piel, algo más blanca que la suya si la comparaba. No es que Francis estuviera blanco, había pasado el verano en la península así que había cogido más color que el que tenía cuando llegó a España tiempo atrás.

- Entonces tendremos que mirar de no ser muy ruidosos, ¿no crees? -le replicó sonriendo con picardía.

Le movió hasta que le hizo chocar contra una pared, la cual separaba la zona de duchas. El hispano exclamó una maldición al sentir el frío intenso contra su espalda, pero pronto el cuerpo del Francis se acercó al suyo y eso distrajo su mente. Volvió a centrarse en besar y mordisquear su cuello.

- Sigue siendo un baño... -dijo Antonio inseguro. Deseaba todo aquello casi tanto como lo temía.

- He cerrado la puerta. Además, vengo preparado. No era mi intención que este fuese el lugar, pero el del hotel no ha colaborado. Pero aunque no sea el sitio más cómodo y romántico, estoy preparado... -mordisqueó su oreja deleitándose por aquellos movimientos por reflejo. Habló sobre esa zona sensible, en un susurro- Tengo condones, también lubricante y ganas. Muchas ganas. ¿Tú no las tienes?

Sus dientes mordieron la parte interna de su labio inferior. Francis se había apartado repentinamente y le observaba casi con tristeza al pensar que Antonio no le deseaba con la misma fuerza. Él no podía dejar de pensar en que quería tocarle. Sintió un cúmulo de sensaciones que se asemejó a la rabia cuando vio que le observaba así.

- Ni se te ocurra mirarme así, como si no te quisiera en absoluto. -dijo con una sonrisa algo molesta. Rodeó con sus brazos su cuello y lo atrajo hacia él, hasta estar a escasos centímetros de su rostro- Claro que tengo ganas. Y si no te lo crees...

De repente le besó y aunque era lo que estaba esperando desde que sus caras quedaron a poca distancia, le sorprendió. No era tanto acerca de la acción, más bien era sobre la manera en que estaba hecha. El modo en el que sus labios se habían presionado contra los suyos con necesidad desbordante, como si fuesen lo único que lo mantenía vivo y la sorprendente forma en la que sus labios se movieron y le hicieron entreabrir los propios sin ser siquiera consciente de ello. Entonces sus lenguas se encontraron con desespero y ahogaron jadeos en aquella boca que tanto querían a pesar de haberla catado tan poco. Francis rodeó su cintura con los brazos y lo arrimó aún más contra la propia, haciendo que sus entrepiernas rozasen. Las manos se deslizaron de las lumbares hacia el trasero bien formado del hispano. Le sorprendió el tacto que sus glúteos tenían y no pudo detenerse y los estrechó con suavidad de manera posesiva. Se separaron escasos centímetros del beso, jadeantes, obviamente necesitados.

- Hace semanas que ni me toco. -dijo Antonio sinceramente- No sé si voy a aguantar mucho.

Los ojos azules del rubio le observaban con sorpresa tras esas declaraciones. Bueno, no esperaba ese arrebato tan sincero. Sonrió y besó sus labios de manera breve.

- A mí también me pasa lo mismo. -de repente rió al ver la alegría que el rostro del hombre que tenía en frente había demostrado- ¿Nos manoseamos un poco primero y luego vamos al tema? Un primer asalto sin previos.

Antonio asintió un par de veces, con decisión. Le parecía una idea bastante buena. De este modo también podría descubrir si eso era lo que quería. Si solamente con eso que le había propuesto sentía disgusto, entonces no tenía sentido siquiera que se plantearan lo que seguía. Sus labios no tardaron mucho en volver a encontrarse. No sabían cómo habían podido vivir todo este tiempo sin besarse de ese modo. Una vez visto que ambos estaban de acuerdos en eso, no tuvieron reparo alguno en llevar sus manos directas al pantalón del otro. El que primero terminó fue el francés, el cual desabrochó el par de botones, apartó la tela hacia los lados dejando ver la ropa interior y pegó un tironcito de ésta última hasta que el miembro del hispano estaba descubierto y erguido. Francis dibujó una sonrisilla.

- No estás muy seguro, pero este amiguito -pasó el dedo índice de la mano derecha por encima de la piel caliente y pulsante- no parece estar de acuerdo con esa indecisión~

Antonio se rió. Menudos comentarios hacía en esa situación. En ese momento sus manos estaban apartando la tela del pantalón del francés y por lo que había dicho se detuvo.

- ¿Tienes algún problema con mi "amiguito"?

- Ninguno, ninguno. Me alegra que se levante únicamente para saludarme a mí~

- Creo que llegados a este punto, se levantaría por cualquiera.

- No me quites la ilusión de esa manera... -dijo con tono frustrado el galo- ¿Me quieres hacer creer que incluso por tu hermano se pondría tiesa? -Antonio negó mirándole con horror- ¿O por Pierre? -volvió a negar- Ya está, lo hace por mí.

El hispano le miró curiosamente por unos segundos y entonces se percató de que era cierto. Si estaba excitado no era porque estuviese tan necesitado, era simplemente porque Francis le excitaba. El modo en que le besaba, acariciaba y hablaba le encendía.

- Tienes razón, es por ti. -dijo ahora mirándole serio.

Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro y usó sus manos para descubrir su propio miembro, que estaba en iguales condiciones.

- Esto también es por ti.

Primero miró su entrepierna y sintió un tirón de excitación al verle igual que él. Subió la vista por su torso, hacia arriba, admirando su piel. Le daba la impresión de que cuanto más le miraba, más neuronas se le morían. A Francis le estaba pasando exactamente lo mismo, examinando al hispano. Era como si ambos hubiesen establecido un alto. Necesitaban un tiempo en el que no se tocaran para ver si aquello era lo que deseaban y a cada segundo que pasaba, la necesidad crecía. Tres segundos, dos, uno. Entonces Francis agarró la mano de Antonio con su izquierda, la levantó y la apoyó en la pared con fuerza al mismo tiempo que se apoderaba de su boca con tanta ansia que ambos se quedaron sin aliento por un momento. Sus manos fueron hasta tomar entre sus dedos el miembro del hombre delante de él y empezó el movimiento a un ritmo que era de todo menos lento. En un momento, sus frentes quedaron juntas, sus labios separados aunque a escasa distancia, jadeando cálidamente sobre ellos. Se miraron fijamente, sin sentir pudor alguno. A Francis se le murió todo por dentro cuando escuchó el primer gemido de Antonio. Era un sonido espectacular que desearía poder oír siempre, la prueba que demostraba lo mucho que disfrutaba, algo que ocurría por él y que clamaba lo que le deseaba. Perdió los nervios y volvió a atacar su cuello, dejando algún mordisco suave y chupetón tras succionar con ganas la piel bronceada. La izquierda seguía agarrando la derecha del español contra las baldosas. La diestra propia no dejaba de moverse buscando el placer ajeno. No se daba cuenta de que él estaba más o menos igual y que aquellas caricias que cada vez adoptaban un ritmo más acelerado le tenían jadeante. También había gemido, aunque en su mente no fuese consciente de ello.

El placer, cada vez más intenso, les tenía nublados los sentidos y la parte racional del cerebro de ambos. Llegaron a mover su propia cadera contra la mano, gimiendo no muy fuerte aunque audible para ambos, cosa que no hacía más que aumentar su excitación. Mientras, sus rostros se movían constantemente, ya fuera para besarse o morderse cualquier rincón de la cara y cuello. Empezaron a hablarse en susurros: informando de que no iba a aguantar. Eso hacía que el que había sido avisado redujese un poco el ritmo. En realidad no pasó demasiado tiempo para que ambos se vinieran sobre la mano que les estimulaba de aquella manera, con sus sienes juntas y sus gemidos chocando directamente contra sus orejas. La pesada respiración de ambos daba la impresión de que resonaba ruidosamente por toda la estancia. Francis ladeó el rostro y se deleitó viendo la expresión del rostro de su pareja. Le dio un breve beso en los labios.

- ¿Aún crees que no tienes ganas de que te toque? ¿Te queda la menor duda?

- Ninguna duda al respecto. Lo tengo todo muy claro. -dijo Antonio tras reír por un momento.

- Así me gusta. Cuando estás convencido pones una cara muy sexy... -dijo sonriendo con malicia.

Soltó la mano de Antonio, la que presionaba contra las baldosas, y la puso sobre el pantalón. Se fue agachando, bajando con ritmo lento esa prenda. Aunque al principio parecía bastante avergonzado, dejó que hiciera aquello. Levantó los pies, uno cada vez, para dejar que le sacara las botas y con ellas acabó de irse la ropa interior y el pantalón. Francis aprovechó para quitarse las botas, incorporarse y mirarle apreciativamente.

- Me gustas un montón. Tienes un cuerpazo de infarto. -admitió sonriendo.

- Gracias. Tú tampoco estás nada mal.

Dicho eso, Antonio se acercó para quitarle el pantalón. Antes de que lo hiciera, Francis metió la mano en el bolsillo y sacó un condón y un tubito de lubricante con una sonrisa triunfal. El hispano hizo una mueca resignada. Qué descaro tan natural. Se acercó, le dio un beso suave y al contrario de lo que imaginó, se apartó.

- Voy a buscar un buen sitio. Un segundo.

Mientras Francis paseaba por el baño, Antonio se entretuvo leyendo las instrucciones del tubo de lubricante e intentado imaginar qué papel es el que jugaba en lo que iba a venir a continuación. Sin duda, uno muy importante. En ese momento el galo regresó mientras se frotaba la cabellera rubia. Se le fueron los ojos y observó su cuerpo sin demasiado pudor.

- Malas noticias, el banco que hay en el vestíbulo de las duchas es muy incómodo y te va a dejar el cuerpo marcado como te tumbes en él, aí que queda descartada esa zona.

- ¿Y entonces? -preguntó el hispano arqueando una ceja

- No creas que voy a rendirme tan fácil con esto. Estoy muy decidido. Ese previo no va a ser en vano. -dijo al mismo tiempo que sus manos se deslizaban por su cintura y lo apretaban más contra su torso. Las manos de Antonio aún sujetaban el lubricante. Estiró los dedos y alcanzó el condón. Soltó una, llevó el plástico entre sus dientes y sonrió- Ahora lo tengo todo.

Las cejas de Antonio se arquearon con incredulidad cuando escuchó eso. Francis no tardó en arrastrarlo consigo hasta uno de los lavabos y cerrar la puerta. El sitio no era demasiado grande. Tenía un retrete de color blanco y estado impoluto. Con la mano cogió el condón que sujetaba entre sus piezas blancas para así poder hablar mejor.

- Bueno, el plan es que me siente y que tú, bien guapo y sexy, te pongas encima de mí. ¿Qué te parece?

- Un plan de locos en el que no voy a formar parte.

- ¿¡Por qué no!?

- Nunca lo hemos hecho antes y no pienso montarme en ti. Es vergonzoso y no tengo tanta confianza como para moverme de esa manera ahí, bien expuesto ante ti.

- Con esta descripción sólo me das más ganas de que ocurra. No seas injusto~

- No seas tú imbécil. Si de verdad quieres hacerlo no va a ser conmigo encima de ti, Bonnefoy. -le dijo sonriendo molesto y algo sonrojado. Es que le proponía unas cosas que eran demasiado osadas para el punto en el que estaban.

- Pues como no te medio recuestes contra el lavabo... Pero entonces vas a estar incómodo también. No sé si será mejor que el banco en el vestidor.

- ¿Y si me apoyo de cara a la pared contra él?

- ¡NO! -exclamó con una decisión que hizo que Antonio pegara un respingo. Luego arqueó una ceja.

- ¿Por qué no? Si te soy sincero no comprendo por qué de repente te pones a gritar por mi propuesta. No es mucho peor que las que tú has hecho...

- Es la primera vez. Debes entenderlo, quiero poder ver tu cara mientras lo hago. Apreciar cómo tu gesto se transforma cuando sientas el placer. Así podré controlar también que no te hace daño. Como no lo hagamos de pie... ¿Seguro que no prefieres hacerlo sobre mí?

- Ahora, la puerta. -dijo Antonio casi interrumpiéndole. Se negaba en rotundo a la propuesta y creía haber expresado suficientemente claro que la idea no le atraía.

Se hizo el silencio. Los ojos del francés le observaban de manera fija. Él tampoco se echaba atrás y le miraba del mismo modo. Cinco segundos pasaron y de repente le empujó contra la puerta y de este modo la cerró del todo. El sentimiento volvió a desbordarse. Entre besos hambrientos y algo bruscos se manosearon a gusto, explorando el cuerpo y de paso enfundaron el miembro de Francis en el condón. Una cosa menos de la que ocuparse. No paraban ni un segundo para darse tregua. Sus bocas batallaban, sus lenguas pugnaban por el poder y sus jadeos eran la herramienta que usaban para recuperar el aliento y seguir luchando. El brazo izquierdo de Francis se encargó de levantar y cargar la pierna derecha de Antonio.

Decir que cuando sintió el primer dedo presionar para vencer la resistencia de los músculos no fue incómodo, sería mentir. Sin embargo el galo se esforzaba bastante en distraer su atención llamándole, besándole y acariciando como podía su cuerpo. Lo curioso, al menos para él, era que a medida que seguía moviendo los dedos, la incomodidad se marchaba y dejaba paso a algo soportable y no demasiado desagradable. Sintió vergüenza al descubrir que le parecía tremendamente excitante saber que aquello que sentía dentro de su cuerpo eran los dedos de Francis y aún más excitante saber que pronto sería su miembro el que los reemplazara.

Bendito autocontrol el que tenía el francés, si no ya estaría empujando contra él contra la puerta para oírle gritar. Pero como no quería que esto fuera de algún modo una experiencia traumática para él y que no quisiera que volviese a ocurrir, el autocontrol fue su mejor arma. Le enseñaría cuánto le quería con la paciencia con la que su miembro se adentraba en su cuerpo. A pesar de todo aquello, el galo adoraba la manera en que los ojos verdes le miraban y cómo sus labios entreabiertos y algo humedecidos tras los besos se apretaban ante un nuevo movimiento. Le hacía estremecerse sentir esa calidez y estrechez contra su miembro. Era también un gran esfuerzo el de no ceder ante todas esas sensaciones tan placenteras.

Rato después estaba dentro. El hispano se asombraba de que hubiese podido meterla entera, la verdad. Siempre le había parecido algo extraordinario que tan estrecha como era esa parte del cuerpo, ésta pudiera dilatarse para albergar un pene. Poco a poco los movimientos empezaron a sucederse. Al principio eran incómodos y se sentían un poco secos aunque no lo eran. Francis también se dio cuenta de eso y pronto echó más lubricante. Aquella acción lo hizo más sencillo. En un momento dado, empezó a sentir que aquellos movimientos le producían placer.

Aunque al principio la puerta le había parecido la superficie sólida más fría que habían podido escoger en ese momento, ya no era así. Su piel, que parecía arder de la misma excitación que le invadía, se había encargado de calentar la madera barnizada que se encontraba tras él. Le avergonzaba cómo sus gemidos resonaban con más fuerza de lo que imaginaba entre aquellas cuatro paredes y nunca fue consciente de que aquello en realidad encendía aún más a Francis si es que era posible. La manera en que su voz pronunciaba cada gemido, cada jadeo, cómo su rostro se contraía tratando de reprimir aquel placer que segundos después le dejaba una expresión extasiada y relajada, todo aquello era tremendamente deleitante. Por no hablar del movimiento de vaivén que no cesaba, que a cada rato que pasaba se volvía más acelerado contra la cintura del español. Se acercó a su cuello y después de besarlo, gimió sobre su piel, más sensible de lo normal.

- M-más r-rápido... -dijo Antonio de repente, tartamudeando por culpa de las pequeñas descargas placenteras que recorrían su cuerpo.

Y aquello le dejó totalmente desarmado. No hubiese pensado que la primera vez que lo hicieran le iba a pedir más velocidad. En todo caso hubiese esperado que no hablara y que simplemente experimentase todo lo que sentía sin atreverse a pedir nada más que pudiera romper aquella estabilidad. Todo esto hubiese sido quizás lo normal, pero Antonio seguía sintiendo su cuerpo necesitado. La falta de sexo de repente le hacía comportarse de aquel modo irracional. Quería que fuese más rápido. Aquello no estaba mal, era bastante agradable aunque no iba ser suficiente para que se viniese. Quizás si iba más rápido dolía, pero quizás sería más placentero. La expectativa de esa última casuística le hizo estremecerse por un momento. Abrió los labios y entonces fue cuando había pronunciado aquello. Se arriesgaría y que pasara lo que tuviese que pasar. Francis no tardó en embestir contra su cuerpo con más rapidez y fuerza. El primer movimiento fue tan intenso que realmente no supo si había sido molestia o placer. Tras el segundo y tercer volvió a sentir aquella estimulante sensación aún más fuerte que antes. Se aferró más a él y jadeó pesadamente mientras maldecía en voz alta. No hizo falta aclaración, Francis supo que lo que sentía no era dolor. Notó que apoyaba su cabeza contra la suya y podía escuchar su voz y sus jadeos directamente contra su oreja. Le penetró un par de veces con aún más fuerza, sólo por el gusto de ser testigo de primera mano de ese gemido que le estaba fundiendo las neuronas por completo. Mordió el lóbulo de su oreja y luego su cuello, con pasión y desenfreno, satisfecho al notar como su cuerpo se estremecía aún más cuando sus dientes rozaban aquella piel morena. Antonio, con los ojos entrecerrados y a rato completamente cerrados, había levantado la cabeza para dejarle que le mordiese todo lo que quisiera. Se sentía demasiado bien como para quejarse de aquello ya que no le dolían, tan sólo le producían placer.

Era irónico saber que hacía minutos estaban quejándose del frío en la terraza y que en ese momento sentían hasta calor. La mano derecha del rubio viajó desde las lumbares hasta el miembro de su compañero y empezó a estimularlo al mismo ritmo frenético con el que se movía hacia dentro y fuera de su cuerpo. Bajó entonces el rostro y lo escondió torpemente en su cuello y hombro, gimiendo casi con desespero, siempre sin alzar demasiado la voz. Se sintió morir cuando el hispano empezó a llamar su nombre con aquel mismo tono. La mano izquierda agarró mejor su trasero, con fuerza y ya aprovechó para dar dentro de él con intensidad, cosa que terminó por llevarle a su orgasmo y poco después al del hispano. Se quedaron quietos tras eso. Sus pechos subían y bajaban rápidamente tratando de recuperar el oxígeno. Entonces sus miradas coincidieron y dos segundos fue lo que tardaron en besarse de manera cariñosa.


No sé muy bien qué comentar del capítulo, creo que se explica por sí solo XDU Finalmente ya han tenido tema xD. Nos vamos hacia la recta final del fic. Quedan 3 capítulos más y un epílogo pequeño, espero que os guste a los que quedéis leyéndolo. Paso a comentar los reviews, gracias mil.

Misao Kurosaki, hombre el plan era sorprenderle desde un principio y él lo logró :D xD como todo un campeón xDDD Les interrumpieron pero esta vez ya por fin pudieron demostrarse sus sentimientos con acciones. Gracias, espero que a ti te esté yendo bien ouo

Anooonimo P, seeeh, sé que lo llevabais esperando XD igual que este mismo xDDD. Como he dicho, Francis quería sorprenderle y si le hubiera dicho que sabía no hubiera logrado el mismo efecto que bailando con él directamente. Antonio es amor =u= a mí también me gusta mucho.

Y esto es todo por esta vez.

Nos leemos en el próximo capítulo.

Miruru.