Hola chikas, aqui estoy devuelta. Les dire que me quede esperando sus reviews del capitulo anterior. Bueno de igual forma aqui les dejo el siguiente capitulo. Gracias a las que continuan leyendo y me han agregado a sus alertas y favoritos.
Capítulo 12
—No sé qué pensar ni qué hacer —se lamentó Bella, con un gemido que habría sido muy embarazoso si Jacob no hubiera alargado rápidamente un brazo para rodearla.
—Es una situación complicada —dijo el joven jardinero, apretándola antes de soltarla—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedarás aquí?
—Tengo que marcharme, pero antes debo asegurarme de que los niños se queden bien atendidos —respondió, sin fuerzas para explicar cómo se sentía por los hijos de Edward. Además, ya se había desahogado bastante en una sola tarde.
Estaban sentados junto al garaje del apartamento de Jacob. Edward se había ido a la ciudad, aunque parecía haber perdido el interés en su trabajo y en el negocio que llevaba meses preparando. Mientras, y aprovechando que los niños jugaban en la arena, Bella le había resumido a Jacob los males de su relación. Había admitido que amaba a Edward, pero declararlo en voz alta no la había hecho sentirse mejor.
Sorbió por la nariz y esbozó una temblorosa sonrisa.
—Te agradezco que me escuches, y estoy segura de que encontraré una solución. Ha sido una gran ayuda tener a alguien con quien hablar de ello.
Jacob le dio torpemente una palmadita en la espalda y apartó la mano.
—Cuando quieras. Tengo tres hermanas menores que acabarán pasando por esto algún día. Como mi padre falleció y yo soy el mayor, me vendrá bien esta práctica.
Era un chico agradable, atento y sencillo. Qué lástima que no fuera unos años mayor. Tal vez ella podría haberse enamorado de él, aunque le parecía imposible enamorarse de otra persona que no fuera Edward…
—Gracias. Será mejor que me ponga en movimiento —se levantó y se sacudió los shorts con una mano—. Te veré más tarde, supongo.
Respiró hondo mientras se dirigía hacia el foso de arena, decidida a que los niños no se dieran cuenta de que había estado llorando.
—Muy bien, chicos. Es hora de ir adentro a comer.
No hubo respuesta. Levantó la mirada y vio que el foso de arena estaba desierto. Entró en la casa y tampoco allí había nadie.
Una punzada de miedo la traspasó. Los niños estaban en la arena cuando ella empezó a hablar con Jacob, y no había estado con él más de dos minutos.
—¿Tony? ¿Matt? ¿Dónde estáis? Es hora de comer.
Buscó por la casa, el jardín y las dependencias. El pánico empezaba a invadirla cuando Jacob se unió en su búsqueda, llamando a los niños para que salieran de su escondite.
—¿Cuánto tiempo he estado hablando contigo? —le preguntó ella, agarrándolo del brazo.
—¿Cinco minutos, tal vez? —sugirió él—. No crees que se hayan perdido, ¿verdad?
—Por supuesto que se han perdido —gritó ella—. Lo siento. Estoy muy preocupada. ¿Recuerdas la última vez que los viste?
—En el foso de arena, cuando tú y yo empezamos a hablar. Después me distraje con la conversación y no presté atención.
Él no tenía que prestar atención porque ése era el trabajo de Bella. Edward la había dejado a cargo de sus hijos y ella los había perdido.
Podían estar en cualquier parte. Podían haber llegado hasta la carretera y haber sido secuestrados por algún psicópata. Podían estar en peligro en la misma granja…
El pánico la dominó y se quedó paralizada, incapaz de pensar. Pero enseguida volvió a la realidad y sintió que se le revolvía el estómago.
—Tienen que estar en algún lugar cerca de aquí, pero si no los encuentro pronto, tendré que decírselo a Edward y organizar una búsqueda más amplia.
En aquel momento, el todoterreno de Edward apareció y se detuvo frente a ellos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó al bajar del coche y ver la expresión de Bella.
—Los niños han desaparecido. No están en la casa ni en los alrededores.
El rostro de Edward se puso pálido.
—¿Cuándo los viste por última vez?
—Hace diez minutos. Iba a buscar un poco más lejos, y si no los encontraba pensaba llamarte para organizar una búsqueda con más efectivos.
Edward negó con la cabeza.
—Tendría que haber estado vigilándolos. No debería haberte dejado sola con ellos.
Sus palabras dolieron, pero Bella reconocía que tenía todo el derecho a condenarla.
—Lo siento, Edward. Sé que es culpa mía.
Edward se giró hacia Jacob y le indicó qué zonas de la finca debía registrar.
—Si no los encontramos en quince minutos, llamaré a la policía.
Echó a correr en dirección al huerto y el riachuelo, llamando a sus hijos. Bella sabía que no la quería cerca de él, pero ella también necesitaba encontrar a los niños, así que lo siguió.
Tras un par de minutos llamando y buscando, Bella vio un juguete de plástico en el suelo, junto a la valla. Estaba casi enterrado en la hierba. Corrió a examinarlo de cerca y llamó a Edward.
—Este juguete es del foso de arena, donde vi por última vez a los niños.
Edward volvió a llamarlos. No recibió respuesta, pero el juguete indicaba claramente que los niños habían pasado por allí.
Saltaron la valla y corrieron hacia el arroyo. Y allí estaban Tony y Matt, sentados como estatuas y blancos como la nieve.
Bella casi se cayó de rodillas, invadida por un alivio inmenso. Pero el alivio se desvaneció de inmediato. Algo iba mal.
—Espera, Edward… —le dijo, pero él ya se había lanzado hacia ellos.
—¡No, papá! —gritó Tony, lleno de pánico.
—Edward, hay una serpiente —le dijo Bella con voz temblorosa, y señaló a Matt, que estaba frente al reptil. El cuerpo le temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas. Bella no sabía cuánto tiempo aguantaría el niño, y la serpiente tampoco parecía muy contenta. Su lengua silbaba amenazadoramente.
—Está bien —dijo Edward en un tono sorprendentemente tranquilo, aunque su expresión distaba mucho de parecer relajada—. Los dos sois muy valientes y voy a ocuparme de esto.
Sin apartar los ojos de la escena, levantó una gran piedra y avanzó con cuidado hacia delante, advirtiendo a los niños que no se movieran. Bella se quedó observando, rezando porque todo saliera bien.
En cuestión de segundos todo hubo acabado. La cabeza de la serpiente estaba aplastada bajo la piedra, y Tony y Matt lloraban en brazos de su padre.
—¿Os ha mordido? —les preguntó Edward.
Los dejó en el suelo y les quitó la ropa para examinarlos de arriba abajo.
—No, papá —dijo Matt, subiéndose los pantalones con un bufido de indignación—. Nos hemos quedado quietos, como Bella nos dijo.
—Has tardado mucho —se quejó Tony, rompiendo a llorar de nuevo.
Edward volvió a tomarlos en brazos. Y Bella reprimió sus propios sollozos y regresó corriendo a la casa. Los niños no la necesitaban en esos momentos. Estaban con quien debían estar. Con su padre, quien sabía cómo ser responsable y cuidarlos.
Fueran cuales fueran las dudas de Edward, las había superado. Nada volvería a separarlo de sus hijos. Bella era libre para marcharse.
Y tenía que marcharse. Había fracasado en su trabajo. Y tal vez fuera lo mejor que nunca pudiese tener un hijo propio. No estaba hecha para asumir esa responsabilidad.
Una vez en la casa, preparó la comida y un baño para los niños. Luego, mientras Edward se encargaba de ellos, fue a su habitación e hizo el equipaje, y esperó con la puerta cerrada hasta que Edward los hubo acostado. Entonces respiró hondo para darse fuerzas y valor, tomó sus cosas y fue en busca de Edward. Estaba sentado en la cocina, junto a los restos de la cena de los niños. Aún parecía conmocionado, pero no tanto como antes. Bella dejó las bolsas en el vestíbulo y fue a enfrentarse a él.
—Asumo toda la responsabilidad por lo que ha pasado. Tus hijos podrían haber muerto hoy. Tenías razón al no confiar en mí desde el principio.
—Bella… —hizo ademán de levantarse, pero ella lo detuvo.
—Me merezco toda tu crítica y censura por mi egoísmo. He puesto a tus hijos en peligro. Tú los quieres, Edward. Y sé que los protegerás de todo y que les darás lo que necesiten. Lo que fuera que te estuviese reprimiendo ha desaparecido.
—Así es. Pero no quiero hablar de eso ahora —dijo él. Esa vez se levantó con decisión y se acercó a ella—. Ha sido una experiencia horrible para ellos, y también para nosotros. Fui muy duro contigo cuando llegué.
—Tenías todo el derecho a serlo.
—Admito que me resulta difícil confiar en las personas —se pasó una mano por el pelo en un gesto de frustración—. Pero confío en ti. Y lo sigo haciendo, a pesar de mi comportamiento anterior. Sólo era tensión, ¿entiendes? Tendría que haberles dedicado más atención a mis hijos. Si yo también hubiera estado aquí, tal vez esto no habría sucedido. En cualquier caso, habría sido menos probable.
—No deberías confiar en mí —dijo ella duramente—. Hoy he demostrado que no soy digna de tu confianza. Estás siendo muy benévolo, Edward, y te lo agradezco, pero no tienes que fingir. Sé lo que he hecho, y sé que la única respuesta ahora es marcharme enseguida.
—¿Qué tontería es ésa? —espetó él, como si se le hubiera acabado la paciencia.
—No podrías vivir conmigo, Edward. Los dos lo sabemos —esbozó una amarga sonrisa—. Y yo tampoco podría soportarlo. No sabiendo que he puesto a esos niños inocentes en peligro. Ya he hecho mi equipaje. Sólo quería decirte cuánto lo siento antes de irme. Le pediré a Jacob que me lleve, para que no tengas que molestarte. Dales todo mi cariño a Tony y Matt… —quería decir más, pero si intentaba seguir perdería por completo el control, y quería salir de allí con un mínimo de dignidad.
—No pienso hacerlo —declaró él, agarrándola del brazo antes de que pudiera cruzar la puerta. La giró hacia él e inclinó la cabeza, mirándola fijamente—. Escúchame, Bella.
—Pero yo… —balbuceó ella. ¿Por qué no podía entender Edward que tenía que marcharse?
—Pero nada —la interrumpió. La hizo sentarse en una silla y él se quedó de pie, por si acaso intentaba escapar.
—Por favor, Edward —odiaba suplicar, pero estaba en una situación desesperada—. Deja que me vaya antes de que las cosas empeoren.
—No van a empeorar —la agarró por los brazos y la sacudió ligeramente—. Porque vas a quedarte sentada y a escuchar lo que tengo que decirte.
—De acuerdo —aceptó ella. No tenía elección, así que decidió afrontarlo con toda la dignidad posible—. Te escucho.
—Lo que les ha pasado hoy a Tony y Matt podría haber sucedido con cualquiera.
—No…
—Cállate —ordenó él, y ella cerró la boca automáticamente—. Así está mejor. Podría haberme pasado a mí o a cualquiera —la soltó de los brazos, pero no se movió—. Tal vez Alice no te lo haya contado, pero yo la perdí en dos ocasiones cuando era niña y nuestros padres la dejaban a mi cargo.
—No lo sabía. Pero tú debías de ser sólo un crío.
—Apenas un adolescente, pero lo bastante mayor para que confiaran en mí —con la mirada le ordenó que siguiera prestándole atención—. La primera vez que sucedió, me llevé un susto de muerte y me juré que nunca volvería a pasar. Pero volvió a pasar.
—¿Cómo? —preguntó ella, sintiendo curiosidad a pesar de sí misma.
—Tan sólo me di la vuelta —dijo él encogiéndose de hombros—. Ni siquiera recuerdo lo que estaba haciendo cuando se escapó la segunda vez. Sólo recuerdo el pánico que me invadió al darme cuenta de que había vuelto a perderla.
—¿Tus padres no se enfadaron?
—No —respondió con una sonrisa torcida—. Eran conscientes de lo que podía pasar con niños pequeños.
—No veo qué tiene que ver eso conmigo y con haber perdido a tus hijos.
—Es lo mismo —la tocó ligeramente en la mejilla y dejó caer la mano—. Perdiste a los niños de vista y sí, podría haberles ocurrido algo grave, igual que le podría haber pasado a Alice las dos veces que la perdí.
—A ella no tuviste que rescatarla de una serpiente —murmuró Bella, reacia a aceptar el consuelo. Si Edward pensaba que podía perdonarla, ella no podía. Nunca podría.
—No, pero hoy hiciste lo correcto, Bella. Enseguida te diste cuenta de que habían desaparecido y empezaste a buscar de inmediato. Y seguramente fueron tus consejos los que los salvaron de algo peor.
—Oh, ¿cómo puedes decir eso?
—Lo digo porque es cierto —su expresión se suavizó—. Fuiste tú quien los enseñó a permanecer quietos si se encontraban con una serpiente.
—Podrían haberse olvidado de las reglas al estar en peligro, Edward, o haber sido mordidos igualmente —se sentía más nerviosa por momentos, a punto de desmoronarse—. Por favor, no puedo con esto.
Él guardó silencio un momento y asintió.
—De acuerdo. Dejaremos el asunto por ahora. Ha sido un día muy duro.
Le tomó la barbilla con una mano. Necesitaba tocarla y consolarla con su tacto, aunque Bella estaba lejos de perdonarse a sí misma.
Apartó la mano y resistió el impulso de tomarla en sus brazos y besarla con pasión. Algo le decía que ésa no era la respuesta adecuada en esos momentos.
—Vete a la cama. Seguiremos hablando de esto mañana.
Ella dudó durante un largo rato, pero finalmente asintió bruscamente.
—Sería una cobarde si no me despidiera de los niños… Supongo que será mejor si me marcho mañana.
Edward asintió en silencio, porque no tenía intención de apoyarla en su decisión. Aquel día, junto al arroyo, se había dado cuenta de algunas cosas. Necesitaba a Bella. Necesitaba que lo ayudara a confiar en sí mismo con sus hijos. Necesitaba su apoyo y su ánimo cuando él temiera que sus hijos no lo quisieran en sus vidas.
Y la necesitaba a ella, aunque no podía explicarse por qué. Su primer intento de comprometerse con ella había fracasado, pero no estaba dispuesto a abandonar. Al día siguiente, cuando hubiera pensado un plan de ataque, volvería a intentarlo.
—Buenas noches, Bella. Te veré por la mañana.
