Bueno, espero que éste nuevo capítulo también les guste. Olvidé la nota de autor en el capítulo pasado, pero no pasará en este. Les deseo todo lo mejor posible y una feliz semana.

También, una feliz lectura.

•Capítulo 13: Oh Snape, ¡Oh! Parte II

Cualquier cosa que intentara hilar en su mente, como respuesta, se vio interrumpido con el enfadado crepitar del fuego tras ella en la chimenea, terminando con el contacto visual entre ella y el profesor de pociones.

La angustiosa voz de Ginny podía oírse al otro lado. Se puso en pie de inmediato y caminó hasta sentarse de vuelta en el sofá, para entender mejor sus palabras.

- ¡Hermione, Ron ha enloquecido totalmente! No hace otra cosa que beber, gritar y golpear todo a su paso. Ha permanecido encerrado por horas, en su habitación, y tememos que cometa una locura. ¡Tienes que hacer algo!

- Matarme. - la voz de Snape apenas podía oírse, pero era clara y firme con sus deseos. Sacudió la cabeza como si intentara alejarse de una pesadilla, aunque el hombre insistía con esa ridícula idea.

- ¿Qué se supone que haga? ¡No puedo asesinar al profesor e huir con él!

- ¡Podría intentar suicidarse! ¡Podría herirse de gravedad! - aseguró Ginny, con un gemido ahogado. - ¡Deberías ver cómo ha quedado!

Lo sintió como una acusación y por un momento, su angustia disminuyó y se convirtió en enojo. ¿Qué culpa tenía? ¿Qué había hecho ella, para merecerse semejante destino cruel? Pero... Ron había sido y era su mejor amigo, aunque pasara lo que pasara entre ellos. No podía quedarse de brazos cruzados.

- ¡Pixie puede ir, puede intentarlo! - la chillona voz de la elfa, silenció por sobre ambas voces y la discusión entre las dos jóvenes. Después de todo, había sido su culpa y si ese chico Weasley terminaba suicidándose...

Jamás se lo perdonaría. Nunca.

Se derrumbó de regreso en el sofá, tras Pixie marcharse y romperse la conexión con Ginny, al escuchar fuertes ruidos que debían provenir de la habitación de Ron, frotando sus ojos con dos de sus dedos y cierta insistencia. Sin poderlo evitar, las lágrimas recorrieron sus mejillas sin piedad.

- Por favor no llore, señorita Granger. - escuchó el eco de su voz, apenas, entre sollozos. - no puedo soportar cuando las mujeres lloran por mi culpa.

- No creo que pueda siquiera llegar a comprender, lo grave de ésta situación. - fue su única respuesta, mientras que Severus rodaba los ojos con hastío.

- ¿Que Weasley intente suicidarse? Vaya, ¡pero qué maduro de su parte!

- ¿¡Y qué otra cosa cree usted que debería hacer!? ¿¡Cumplir sus amenazas y matarlo!? Ni siquiera eso vale la pena como para pasar un par de años en la cárcel.

El profesor Snape guardó silencio y lo único que podía escucharse en la habitación, era el suave crepitar del fuego a un lado de ella y su propia respiración entrecortada.

La respuesta del hombre en la cama, fue tan mordaz, que no le tomó mucho tiempo el comprender que había sido un golpe demasiado bajo. Aún para ella y la situación tan agitada en la que se encontraba.

- Si me matara, Weasley no iría preso. ¿Se le olvidó que se supone que soy un ex mortífago con posibilidades de recaer?

Se levantó imperiosamente, maldiciendo al aire y caminando de un lado al otro, con las manos sobre su cadera. Tras verla caminar por largos y silenciosos minutos, el profesor Snape cerró los ojos con cierta parsimonia y cansancio, negando con la cabeza.

- Weasley no se suicidará, no es tan estúpido. O al menos espero que lo sea mucho menos en su vida diaria, que lo que demostraba ser en las clases de pociones.

- Por nuestro bien, espero que tenga razón. - fue lo único que contestó ella, dándole la espalda y abrazándose a sí misma, como si sintiera un gran dolor. - No podría vivir con la culpa, ni el peso de una muerte sobre mis hombros.

- Tendrá que acostumbrarse porque espero morir pronto.

- No sea ridículo, profesor Snape. - dijo Hermione en voz baja, finalmente dándose la vuelta y caminando de vuelta a la cama, para sentarse al pie de ésta y cruzarse de brazos. - y cómo se supone que piensa hacerlo. Yo no pienso participar en sus retorcidos planes.

- No tiene por qué, con que deje de tomar las medicinas debería bastar.

- ¿Y acaso no pensó en todo el dolor que podría causar con ello?

- ¿¡Dolor!? - se percató de que Severus había hecho un gran esfuerzo por alzar la voz. La herida en su cuello se veía cada vez peor y se imaginó que le costaba más y más, el poder hablar o tener algún movimiento con sus mandíbulas. - ¿¡A quién demonios podría dolerle mi muerte!?

Hermione negó con la cabeza, una vez más y tras dejar escapar un largo suspiro. ¿Acaso aquel hombre se hacía más estupido con el paso de los segundos?

- La profesora McGonagall. Harry, Ginny. Quizá todos aquellos que sabemos la verdad y que también sabemos todo lo que arriesgó por nosotros.

- No me venga con eso ahora, Granger. Media comunidad mágica ni siquiera me acepta y se alegraría si estuviéramos en la época de la inquisición y mi cabeza estuviera servida en bandeja de plata.

- ¡Los demás no lo comprenden como nosotros! ¡Además, Pixie...!

- ¿Qué con ella? - preguntó tras arquear una de sus cejas con curiosidad.

- ¿No ha pensado acerca de cómo se sentiría ella?

- ¿De verdad, señorita Granger? La respeto, pero no creo que la opinión de una criatura...

- ¡Tiene tanto valor como la nuestra! Además... ella en verdad lo estima. Se preocupa tanto que a veces llora en silencio y ora por su salud.

- Lo que me faltaba. No me diga que soy el objeto de atracción de una elfina doméstica.

- Yo tampoco lo comprendo, créame. - respondió Hermione, de manera despectiva, poniéndose en pie y mirando la chimenea con cierta zozobra. ¿Acaso Pixie había tenido éxito? Pero...

- Estoy seguro de que... Pixie lo resolverá.

Se mordía el labio inferior con insistencia y rogaba interiormente que tuviera razón. Si Pixie no podía convencerlo, ¿cómo podría ella misma? Aunque por alguna extraña razón que todavía no podía comprender, la pequeña elfa parecía muy estresada por salvarle la vida a Ronald Weasley. Como si se sintiera comprometida de alguna forma, quizá culpable.

- Señorita... Granger. - Severus había dicho su nombre con una voz más agitada de lo normal, mientras estaba de espaldas y mirando el fuego con impaciencia.

- ¿Qué? - preguntó sin volverse y también sin prestar mucha atención, sumida en sus propios pensamientos.

Pero no escuchó más que silencio y se imaginó que tal vez el hombre había cambiado de parecer y simplemente continuaba sentado, mirándola y divirtiéndose con su dolor.

Y no iba a darle el gusto de que viera sus lágrimas.

O... tal vez...

Se dio la vuelta tan rápido como pudo y en el mismo momento que su mente hizo clic y le trajo un par de terribles opciones para su silencio.

Con horror y los ojos bien abiertos, pudo confirmar una de ellas.

El profesor se contenía la herida en su cuello, de la mejor forma que podía, mientras un hilo de sangre escapaba del espacio entre sus largos dedos y otro salía disparado, manchando una de las perfectas y blancas almohadas de su cama. Hacía grandes esfuerzos por respirar y se veía tan pálido como una hoja de papel. Aún más pálido de lo usual.

- ¡Por Merlín! - exclamó, prácticamente abalanzándose sobre la cama e intentando soportar el peso del profesor que muy pronto caía inconsciente entre sus brazos. Tratando de esquivar la sangre que brotaba de la herida y parpadeando al recibir un par de gotas en los ojos y en la mejilla que estaba más cerca. Intentaba sostener su varita y también su cuerpo, pero le resultaba prácticamente imposible hacer ambas cosas y lidiar con su propia desesperación.

Apenas y podía sentir su pulso, tenía que parar el sangrado de alguna manera y ni siquiera podía pensar en un hechizo. Conocía libros y libros de memoria, pero no dejaba de maldecirse por no poder pensar con claridad.

Miró a su alrededor y tomó lo primero que encontró a la mano, una funda de almohada, rasgándola lo mejor que sus temblorosas manos podían y amarrándola a su cuello con firmeza. No funcionaría por mucho, pero quizá lo suficiente para llegar al hospital.

- Tonto castillo y sus estúpidos hechizos anti apariciones. - maldijo en voz alta, mirando la chimenea y luego, al inconsciente cuerpo del profesor con la cabeza en su pecho.

Un hechizo de levitación debía bastar.

Jamás se había sentido tan sola, rodeada de personas, como en San Mungo. Apenas lo había conseguido y no tardó en vivir en carne propia, el desprecio del que tanto hablaba Pixie. Completamente ignorada, aunque pidiera ayuda, todos parecían reconocerlo y cómo no, si su rostro había aparecido en una página completa, con una desagradable biografía escrita por la también desagradable Rita Skeeter.

Severus Snape, santo o demonio. Saquen sus propias conclusiones.

Prácticamente había tenido que hacerlo todo por sí misma. Sentía la garganta seca de tanto pedir ayuda y la presión de las lágrimas que intentaba no derramar, sosteniendo el cuerpo del profesor Snape en una esquina y mirando a los medimagos que le arrojaban miradas que interpretaba como de asco y enfado. Salvador del mundo mágico y sus confines o no, seguía siendo un ex mortífago y ello era lo que más odiaba.

La terquedad del mundo para no olvidar y continuar enfrascados en el pasado.

- ¡Demonios! ¿Acaso alguien podría ayudarme para que así, al menos, esté en una cama? - exclamó, sentada en el suelo y mirando el trozo de funda ensangrentada en su cuello. La mancha se hacía cada vez más grande y su pulso cada vez más débil.

- Bueno, profesor Snape, creo que su deseo se cumplió. Si nadie se digna a ayudarnos, creo que podrá morir como quería.

Detalló su rostro por unos segundos y se dijo que aunque se llevaran mal, la mayor parte del tiempo, no era el destino que quería para alguien como él. Fuese repelente, insultante, cualquier adjetivo despectivo que se le ocurriera.

No pudo soportarlo más, echándose a llorar y humedeciendo su rostro con la salpicadura de sus lágrimas, enjuagando la sangre en sus mejillas. Toda su ropa era un desastre, con manchas aquí y allá. Su cabello enredado, mojado también con la sangre del profesor.

Qué otra cosa podía hacer, no era tan fuerte como Pixie.

Hasta que sintió un pequeño toque en uno de sus hombros. Alzó la cabeza con lentitud, esperando escuchar otra tonta queja sobre que debía dejarlo morir, arrojarlo a la basura como si nada.

Pero se trataba de aquella mujer que había conocido y detestado a primera vista. La medi bruja Brie Sorensen.

Su mirada decía una sola cosa y procuró obedecer antes de que pudiera cambiar de parecer. Jamás se había sentido tan inútil y tan asustada como en aquel momento. Quizá en aquel día en el que Bellatrix Lestrange había dejado su marca en su brazo.

Marca que contemplaba mientras la medimaga finalmente había dispuesto al amargado profesor de pociones en una cama y corrido las cortinas a su alrededor, para más privacidad.

- Se lo agradezco, por lo que sea que haya cambiado de idea y decidido ayudarnos. Al parecer sucede muy a menudo, ya que la herida permanece abierta. Verá, hoy no es un buen día. Mi antiguo prometido quería suicidarse, estaba muy ebrio y deprimido. Todo esto nos ha tomado por sorpresa. - respiró pesadamente y trazó su propia marca tenebrosa con un par de dedos. - Ya sé lo que parece, pero él no es como los demás mortífagos. Jamás haría una cosa así. - indicó, levantando aún más su túnica y enseñándole las palabras sangre sucia. - quisiera que pudiera creerme.

La mujer permaneció en un silencio sepulcral, mientras Hermione sentía que debía sentarse. Que estaba por desmayarse en cualquier momento. Sin embargo y antes de que pensara que al fin tenía un poco de paz, sentada junto a la cama donde el jefe de Slytherin permanecía inconsciente, su cuerpo se contorsionó de pronto y una cantidad considerable de sangre, escurrió de su boca, como un escupitajo.

- ¿¡Qué está sucediendo!? ¡Pero cómo es posible! - exclamó, levantándose y tumbando la silla en el proceso.

- Está entrando en shock. - observó la mujer, parpadeando rápidamente y al parecer tan tomada de sorpresa como Hermione. - ¡Retírese ahora mismo, si espera que pueda ayudarle!

- ¡Pero...!

- ¡Ahora! - le reclamó la mujer, intentando contener los fuertes espasmos del cuerpo del hombre en la cama.

Se encontró fuera, prácticamente empujada por otro par de sanadores que ni pudo registrar cómo llegaron tan rápido, temblando tras la cortina y con un sin fin de pensamientos en su mente. ¿Debía contactar a Pixie? ¿A McGonagall? O acaso debía dejarlo allí y marcharse.

Pero no podía hacer eso, no. Sucedía todo el tiempo. Su herida prácticamente no se cerraba. Sólo que aquella vez quizá había sido un poco más violento y difícil de controlar. Pero iba estar bien.

Si no se movía de allí, claro. Aunque sus piernas lo pidieran a gritos, sentarse por un momento. Al igual que su cabeza.

Poner orden en sus pensamientos.

Y tras un par de horas de caminar de un lado al otro, pero en el mismo lugar, finalmente las cortinas se apartaron y los sanadores abandonaron la habitación, uno por uno.

Excepto su medimaga tratante.

- Hemos hecho todo lo que hemos podido. Ha perdido mucha sangre, estará muy débil para cuando despierte y necesitará muchas pociones para restituir todo lo que ha perdido. No puedo entenderlo, pero de alguna forma se las ha arreglado para resistir semejante caos y aún así, sobrevivir. La herida está empeorando, ha comenzado la necrosis en el tejido y el veneno pronto habrá destruido la mayor parte de su cuerpo.

- ¡Todo eso podría evitarse, si le salvaran la vida finalmente! O entonces... entonces haré mi propia investigación y... ¡encontraré una forma!

- Es todo lo que podemos hacer por ahora. Traiga una orden del ministerio, una solvencia de culpas, y procederemos según lo acordado.

Antes de que pudiera marcharse, se detuvo con una pregunta que Hermione sentía que debía arrancarse del pecho.

- Por favor dígame de una buena vez... ¿¡por qué le ayudó de nuevo, si no piensa hacer nada más!?

La mujer se dio la vuelta apenas tres cuartos, meditando la respuesta con cuidado. Sus ojos eran apenas dos pequeñas rejillas. Podía notar la tensión, en cada una de las líneas de su frente.

- Supongo que ya es un reflejo, un instinto que tenemos como medimagos. No sé.

Quería ser ella quien muriera.

- ¡Maldición! - exclamó de nuevo, dejándose caer en la silla junto a la cama y sollozando de manera incontrolable, cubriéndose el rostro con las manos.

Tenía que derramar aquellas lágrimas. Sólo así podría armarse de valor y continuar con su vida. Así fuera con el profesor Snape.

- Muy bien, Hermione, te han retado. ¿Quieren que demuestres su inocencia? ¿Que tú misma le salves la vida? ¿Que te cases con él? - preguntó a sí misma, secándose las lágrimas y las marcas de sangre seca.

Escuchó un suave movimiento en la cama y alzó la cabeza para mirar. La medi bruja tenía razón y a pesar de que Snape quería morir, se aferraba a la vida.

Quizá de forma inconsciente.

Pero en aquel momento, su expresión de dolor y su palidez, su debilidad, parecían poder ablandar todas las opiniones personales que tuviera al respecto de su persona.

Llevándole a alzar una de sus temblorosas manos y apartar un par de grasientos cabellos de su frente.

- Está bien, ya lo peor ha pasado. Tiene que descansar, trate de dormir un poco. Va a necesitar mucha energía para recuperarse. - tragó un desagradable nudo en su garganta, al escuchar una especie de gemido atenuado, proveniente de sus resquebrajados labios. Su quijada se encontraba rígida, apenas y podía oírlo. Claro.

- No trate de hablar, podría empeorar. ¡Costó tanto medio cerrar la herida en su cuello!

Perdió la noción del tiempo mientras acariciaba su cabello, tratando de recuperar el aliento.

- Volveré en un minuto, lo prometo. Sólo necesito un poco de agua, quizá un poco de té. También debería intentar contactar a la profesora McGonagall y a Pixie. Aunque ya ellas deben suponer en dónde estamos.

No se atrevía a levantarse, pero necesitaba hacerlo. Contactarse con Hogwarts, cuanto antes.

- Lo prometo... - repitió, como si el profesor pudiera oírle y fuese a recriminarle que se pusiera en pie.

Tras intentarlo un par de veces y regresar a la silla, con temor de dejarlo solo y que algo peor pudiera suceder, finalmente pudo ponerse en pie. Sin embargo no había apartado su mano de sus cabellos sobre su frente.

- Por favor... trate de descansar y resista. - susurró en voz baja, dándose cuenta de que se encontraba prácticamente inclinada sobre él. Con sus labios lo bastante cerca de su rostro, como para besar una de sus mejillas.

Y en medio de su desesperación, del cansancio, quizá de forma automática, eso fue lo que hizo. Un pequeño beso en su mejilla.

- Voy a volver, lo prometo.

N/A: No sé qué les va a parecer. Yo lo soñé de ésta forma y no estoy muy segura de que les guste así. De todas formas, comenten y háganmelo saber .