(De vuelta en el loft. Castle no sabe que corre peligro de muerte)

Beckett entró en la casa con una falsa sonrisa en el rostro, su hijastra y su suegra siguiéndola, abatidas. Al verlas Castle las saludó desde la cocina, alegre:

-¡Aquí están mis chicas! ¿Ya tenéis vuestros vestidos?

-Pues…

-Vamos –dijo la inspectora, animada -. Decidle lo bonitos que son los vuestros.

-Sí, sí… preciosos.

-Únicos –añadió Martha -. ¿Eso es vino? –Le quitó a su hijo la copa de la mano y se la bebió, sin respirar. Castle frunció el ceño e interrogó a su hija, que desde atrás de Beckett gesticulaba "lo sabe", señalándola. El escritor tragó saliva.

-¿Y el tuyo? ¿Cariño?

Ella dejó su abrigo en el armario de la entrada y se acercó, despacio.

-¿De verdad quieres saber cómo es mi vestido, mi amor? ¿No prefieres que sea una sorpresa?

-Bueno, como tú quieras –intentó sonreír, caminando hacia atrás a medida que ella avanzaba, hasta chocar con la barra de desayunos. Martha se sirvió otro vino; Alexis se rascaba la espalda, histérica, el vestido de dama de honor picaba, muchísimo y aún lo sentía en su piel.

Beckett se acercó lo suficiente como para que su boca estuviera pegada a la de él; en cualquier otro momento Castle hubiera disfrutado de la vista, pero no entonces, cuando la inspectora parecía un gato enfadado. Un horrible gato enfadado. De esos que no tienen pelo.

-¿Cariño? –musitó, aterrorizado.

-Desde hoy –susurró ella -. Todas y cada una. Cada. Una –repitió –de las decisiones que haya que tomar para nuestra boda –bajo aún más la voz –las tomaré yo. ¿Me. He. Expresado. Con. Claridad?

-Sí, mi amor –murmuró, pidiendo ayuda con la mirada su hija que lo fulminó con la mirada.

-La boda se celebrará en los Hamptons –continuó su prometida en el mismo tono. Castle hubiera preferido que le gritase, aquella voz ronca y susurrante le daba miedo. Mucho miedo.

-Sí, mi amor.

-La tarta será de merengue, el relleno de mousse de naranja.

-Creía que habíamos decidido que sería de cerezas…

-Naranja.

-Lo que tú digas.

-Bien –se apartó de él, sonriendo -. Y ahora, ¿qué hay para cenar?

-Salmón al pesto.

-Genial. ¿Te quedas a comer, Alexis? –preguntó, volviéndose hacia la pelirroja, quien miró su reloj.

-Pues creo que es muy tarde y Pi me está esperando. Ya te veré otro día, Kate. No, mejor te llamo. O me llamas tú, bueno ya veremos. Adiós.

Castle rogó a su madre; cenar a solas con su prometida sería como atizar con palo a un león enfurecido, pero Martha se limitó a coger la copa y la botella de vino y murmurar un "estaré en mi cuarto". Beckett empezó a sacar los platos, su sonrisa asesina grabada en la cara. Castle gimió cuando la vio coger los cuchillos. Esta noche duermo en el sofá, si sobrevivo…