Akano 13 - Eternal Flame XII (Is this the end, my only friend?)

El camino de vuelta a casa fue demasiado duro. No por lo que pudiera suponer el viaje. Nada importaba atravesar el mar en medio de una feroz tormenta. Nada importaba atravesar el desierto bajo un sol abrasador… Nada de ello tenía la menor relevancia frente al peso que cargaba sobre mis hombros, sobre mi cabeza… sobre mi corazón.

Había vuelto a fallar. Había llegado tarde otra vez. Había vuelto a pasar. Primero había perdido a Yonas, luego a mi abuelo, a Kyo… ahora había perdido a la mujer que durante tantos y tantos años, incluso en su ausencia, había dado sentido a mi vida. ¿Por qué? ¿Por qué todo aquel que se acercaba a mi familia, a mí, parecía condenado a morir sin remedio?

Yonas había sido el cabeza de turco de una conspiración contra mi familia que me había puesto en el punto de mira como el heredero de Akano Kumaru. Nalya le había matado por venganza, porque él, eso creía, había causado mi muerte. Muchos años más tarde, su huida hacia delante se había debido a su afán por ser lo suficientemente fuerte o poderosa como para proteger a su hijo, Uchiha Kyo, amenazado por el simple hecho de que su padre, otra muerte innecesaria por el mero hecho de proteger a mi familia, fuera el Teniente de mi abuelo y él fuera mi discípulo…

¡No era justo! ¡¿Por qué ellos y no yo, que lo merecía más, que llevaba en mis venas la sangre del Gran Héroe, de su gran enemigo?! ¡¿Por qué tomarla con personas que no tenían parte en aquella guerra, personas inocentes cuyo único pecado había sido acercarse a mi familia?! Si se extinguiera mi familia, pensaba, si el clan Akano, Åska, o quien quiera que fuéramos, desapareciera… ¿no terminaría entonces todo? ¿No estaría todo el mundo seguro?

Había vuelto al principio. Todo lo que hacía, pensaba… todo lo que era constituía un peligro una amenaza para aquel que osara acercarse a mí. ¿Cuánto había hecho sufrir a mis padres adoptivos en vida? ¿Cuánto a las personas que habían intentado sacarme del pozo? Estaba claro, mi destino era la soledad, un desierto donde no pudiera herir a nadie.

No estoy orgulloso de las ideas que se me pasaban por la cabeza en aquellos momentos… pero comprendedme. La mujer a la que amaba, la única persona a la que había amado y estaba seguro que la única persona a la que amaría jamás, acababa de irse para siempre. Daba igual todo lo demás. Sin ella… Sin ella parecía que nada volvería nunca a tener sentido.

Apenas logré dormir durante el viaje de vuelta. Cada vez que lo intentaba, al cerrar los ojos, la imagen del cuerpo inmóvil de Nalya, de mi abuelo, de mi hermano… los símbolos máximos de mi impotencia y mi debilidad, se aparecían uno tras otro delante de mí para atormentarme, para recordarme mi fragilidad, para recordarme que me había hundido en el mayor de los fracasos.

Shinigami, "dios de la muerte, aquello era lo que era. Yonas, mientras enterraba por primera vez a Nalya en mi universo imaginario, había explicado el sentido profundo de aquello. Desde entonces, me haba aferrado a aquella definición, la había aceptado, la había comprendido, la había asimilado y llevado a la práctica, la había, incluso, enseñado a todos los que, creía, necesitaban oírla… Casi había llegado a amarla. Me creía por encima de ella, como si fuese algo elemental y evidente. Se había convertido en mi lema, en mi piedra de apoyo, en la máxima que me hacía superar cualquier dificultad. Incluso aquella frase parecía perder todo su significado entonces.

Llegué al Sereitei aproximadamente una semana después de abandonar el fatídico volcán y la tormenta. Parecía que, de alguna forma, todo había vuelto a la normalidad, o quizás era lo que mis ojos querían creer, porque en aquellas condiciones ni siquiera era capaz de prestar atención a aquello que estuviera a más de un metro de mí.

Recuerdo que la primera vez que había empuñado a Balmung después de morir en el examen de graduación, Db había puesto de manifiesto, voluntaria o involuntariamente, una gran contradicción entre mi antiguo y mi nuevo yo, el de mi primera y mi segunda etapa en la Sociedad de Almas. El nuevo, veía en la sempiterna e inmutable vida del Sereitei el refugio ante las continuas idas y venidas, altos y bajos del mundo mortal. El antiguo, el primer Rido, como solía decir Nalya para no liarse, comprendía el hogar de los hombres mortales, aquel, para él, gran desconocido, como el lugar donde huir de la tediosa monotonía del Sereitei. Desde que había abierto la puerta y levantado el sello, marca del proceso de reciclaje de almas, ambas tendencias chocaban en mi corazón.

Por un lado no soportaba la idea de que todo pudiera seguir igual en el cuartel o en toda la ciudadela ahora que ella ya no estaba, que le faltaba la "mujer de hielo", la "bestia de la novena División". Por otro, deseaba ardientemente que la rutina, el trabajo y la monotonía de mis ocupaciones cotidianas me distrajeran, me rescataran y me hicieran anclarme en un mundo que deseaba abandonar ante la amenaza de que se desmoronase sobre mi cabeza.

Afortunadamente, por decirlo de alguna manera, los cuerpos espirituales, y en especial aquellos de mayor poder, tardan mucho más en descomponerse de lo que suele ser habitual para los cuerpos carnales, los mortales. Por eso, a los ojos de los demás, podía parecer que Nalya aún estaba viva, inconsciente, malherida y que yo la llevaba a la enfermería tras rescatarla del nuevo lío en el que se hubiera metido.

Aquello motivaba el interés y la preocupación de muchos con los que me cruzaba, pero yo no tenía la fuerza necesaria ni siquiera para mirarles, mucho menos para encararles y explicarles qué era exactamente lo que pasaba.

Por eso, nada más llegar, me dirigí sin demora al despacho de la Capitana, sin pararme con nadie, sin dirigirme ni saludar siquiera a aquellos compañeros que mostraban su agrado por verme de vuelta en el cuartel junto con Nalya.

Henkara me invitó a entrar, detectando mi presencia mucho antes de que yo reuniera el valor necesario para expresar en palabras aquella verdad que dominaba mi vida y que aún no me había atrevido a pronunciar, ni siquiera entre sollozos, aquellas noches a solas mientras que cargaba con su cuerpo.

Tenía la impresión de que decirlo sería como darle más realidad aún a aquella pérdida, hacer que no tuviera marcha atrás. Decirlo me obligaría a aceptarlo… y eso era algo para lo que aún no estaba o no quería estar preparado.

El día que ingresé en la División, Arturo me había confesado que la especial habilidad de Henkara le resultaba un tanto intimidatoria, a pesar del carácter generalmente afable de nuestra líder. No cabía duda de que su presencia suponía una agobiante y continua amenaza a la que uno se terminaba acostumbrando, pero que seguía ahí presente. Sin embargo, en aquel momento, su capacidad de leer mentes resultó el mayor de los alivios.

Se quedó durante escasamente un minuto mirándome fijamente a los ojos. Luego posó su mirada sobre el cadáver de Nalya y, finalmente, se volvió, silenciosa, hacia la ventana que daba al gran jardín, contemplando, al otro lado del estanque, el próximo y último destino del cuerpo de mi compañera, de mi amiga, de mi amada.

– Mañana – anunció, sin darse la vuelta. – Al mediodía. En el Panteón de los Héroes de la División.

Asentí levemente mientras dos suboficiales entraban discretamente y retiraban el cuerpo de Nalya para llevarlo a la enfermería divisional, lugar en el que reposarían sus restos hasta que llegara el momento de depositarlos en su tumba que, por un azar del destino, estaría justo al lado de la de Nakajima Kyo, el último oficial de alto rango fallecido en nuestra División y el único hombre al que Nalya se había permitido amar, aunque sólo fuera durante un instante de locura.

– Iré a…

– Irás a descansar – sugirió en un tono más bien exhortativo. – Te tomarás un baño relajante, despejarás tu mente y dejarás que sean los demás los que se preocupen. Lo necesitas.

– Gracias… – acerté a decir.

– No te quiero ver entrometiéndote en asuntos del Cuartel ni de la Academia hasta que pase el funeral – ordenó claramente. – ¿De acuerdo?

Salí del despacho en dirección al jardín tras acceder a su mandato. Andaba como si en mi mente no existiera nada más que mi refugio, el árbol donde me solía sentar a leer, escribir, meditar o, simplemente, ver pasar el tiempo. Allí era donde le había confesado a Nalya mi amor, un amor que sabía que nunca sería correspondido, pero que la veneraba fielmente. Allí había recibido de ella el encargo de educar a su hijo…

Me aferré por un momento a aquellos recuerdos, consciente de que supondría retrasar el momento en que aceptara su pérdida y la dejar a irse de verdad. Me perdí en mi memoria y, de alguna forma, volví al pasado.

Me vi de nuevo entrando por primera vez en la Academia, cuando la conocí siendo ambos todavía demasiado jóvenes y sin saber lo mucho que nos había unido ya por aquel entonces el destino, como discípulos que éramos de Akano Kumaru y Nakajima Kyo. Luego los años de Academia, el examen de graduación, el entierro de mi alma, mi vuelta al Sereitei… Su presencia había marcado, de una u otra forma, completamente mi vida. ¿Qué iba a ser de mí ahora?

– Me acabo de enterar de la noticia – escuché la voz de Bone desde la base del árbol. – Lo siento…

La voz de Bone temblaba, fruto de la emoción. Me di cuenta que no era el único que había mantenido una especial amistad con Nalya. Cuando ambos éramos académicos, se rumoreaba que entre ellos dos había habido algo. Cierto es que nunca había sucedido nada, pero no menos cierto era que, a pesar de que Bone no estaba dentro de nuestro círculo más íntimo, el ahora oficial de la Novena era de las pocas personas con las que se relacionaba Nalya fuera de Db, Krunzik, Gaby, yo… y pocos más.

Pero no sólo Bone. Db, Krunzik, Gaby, Yutaru… incluso Eliaz, quien había tratado de cortejarla cuando comenzábamos nuestro servicio como shinigamis. Todos habíamos guardado en nuestras vidas un lugar de preferencia para Nalya aún a pesar de su mal genio, de su frialdad y de las muchas trabas que ponía para que alguien consiguiera de veras llegarle al corazón.

– Yo también… – respondí, con la mirada perdida en el horizonte y la voz igualmente temblorosa. – Yo también.

Como si entendiera mi estado de ánimo, o como si lo compartiera, se sentó en silencio en la base del árbol y dejó para el tiempo. Poco a poco, me fui acostumbrando a estar de vuelta en casa y decidí corresponder a su paciencia.

– ¿Cómo fue en el norte?

– La Capitana nos ha prohibido hablar de esto contigo hasta que pase todo lo del funeral.

– Algo así me ha dicho pero… ¿Es que os ha ido mal?

– No insistas…

– Pero… ¿por qué? – pregunté, comenzando a inquietarme. – Yo siempre te cuento todo… incluso lo que no debería.

Aquel burdo intento de chantaje parecía dar su fruto pero, justo cuando iba a comenzar a explicar lo que había pasado, divisé a lo lejos la figura de Gaby y de Kyo. No me explicaba cómo habían podido acceder al Sereitei ellos solos hasta que vi a mi madre, unos metros detrás, uniformada con su viejo traje de shinigami.

Me desentendí entonces de lo que fuera a decirme el subdirector de mi Departamento en la Academia y me dirigí hacia los recién llegados. Me abalancé literalmente sobre Kyo y lo abracé, disculpándome una y otra vez por mi impotencia. Ambos prorrumpimos en un desconsolado llanto. Nuestra esperanza, aquello que habíamos deseado durante los últimos seis años, se había esfumado. Ambos habíamos fracasado en nuestra espera.

– No fui capaz de cumplir mi promesa… – volví a insistir en mis disculpas.

– No… No te preocupes – dijo en un tono de madurez que nunca antes había percibido en él. – Tú no tienes la culpa.

Me separé de él y le miré fijamente a los ojos, sorprendido por lo que acababa de escuchar. No me había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que había crecido. Siempre lo había visto como un niño… y su cuerpo aún no se había desarrollado completamente, pero ya mostraba signos de una madurez impresionante. No en vano, pocas semanas después ingresaría en la Academia.

– Lo superaremos – sonrió. – Ya lo verás.

Es curioso como a veces unas simples palabras tan sencillas pueden conseguir lo que los grandes discursos y las grandes reflexiones no lograban. Nalya no se había ido para siempre. Aquella sonrisa infantil me había devuelto la esperanza. No sólo porque comenzaba a darme cuenta de que, si yo había vuelto de entre los muertos, ella también podría hacerlo… No sólo por eso. Lo más importante era que su hijo, Uchiha Kyo, su verdadero legado, estaba ahí.

Su confianza, su esperanza y su recién descubierta madurez fueron como un soplo de aire fresco que me permitió abrir por fin los ojos y darme cuenta de lo equivocado que había estado en aquellos días. Ni estaba solo, ni el mundo se desmoronaba, ni todo era un sinsentido. Ahora más que nunca todo parecía tener más sentido.

– No va a ser en vano – murmuré tratando de esbozar la misma sonrisa confiada del niño. – No va a ser en vano.

Llegó el atardecer, pasó la noche y se abrió la mañana en un ambiente luctuoso. Durante toda la noche no habían parado de llegar mensajes de condolencia al despacho de la Capitana, pero lo más sorprendente fue la gran cantidad de gente que se personó en el acto fúnebre para despedirse en persona de Nalya.

De algún modo, la mujer de hielo, famosa en todo el Sereitei por sus escasas dotes para socializar, había llegado ocupar un lugar en el corazón de muchísima gente, más de lo que hubiese esperado. Allí estábamos todos los miembros de la Novena División, pero también una nutrida representación de muchas otras divisiones.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fue que, para aquel acto, aparecieran en el Panteón de la División muchos que ya no pertenecían al Sereitei, que habían decidido hacer su vida lejos de allí. Mi familia y los Wolf, incluidos Uwe, el lugarteniente de Banisher y confidente de Kaiser, Yuki, mi madrina, y Uxío, mi padre adoptivo… pero también Kuroda, su primera capitana, Data, que en cierto modo ocupó el lugar de Kyo como su mentor en el corto periodo en que había sido maestra de Kidou en la Academia, Yutaru, compañera de fatigas estudiantiles, e incluso su némesis, Pandora, a quien le unía aquella extraña relación entre el amor y el odio, habían decidido regresar a la Sociedad de Almas para despedirla por todo lo alto.

El funeral siguió los cánones que establecía el protocolo para una ceremonia así. Allí, en el Panteón de los Héroes de la División, descansaban los más altos oficiales de nuestro Escuadrón que no habían portado sobre sus hombros la capa blanca que los acreditaba como nuestros Capitanes. El recinto era una copia, aunque en reducido, del gran mausoleo homónimo que se encontraba en el centro del Sereitei y velaba los restos de los Capitanes caídos, entre ellos los de mi abuelo.

En el centro, como en la ocasión en que habíamos acudido al sepelio de Akano Kumaru, estaba colocada Vilnya sobre un pequeño pedestal no tan ostentoso como el que había soportado a Nottung casi dos décadas atrás. La ceremonia no fue tan espectacular como aquella, pero Nalya recibió los honores merecidos, como correspondía a un oficial de su rango.

Todo el ritual transcurrió de una forma muy parecida. A una señal de la Capitana, los suboficiales de la División, entre los que se encontraba Irah, cargaron sobre sus hombros el féretro de ébano, la última morada de Nalya, y la posaron sobre un pequeño altar. Un discurso panegírico de Henkara precedió a la sepultura definitiva, junto a Nakajima Kyo.

Acabado el acto, la gente comenzó a marcharse. No fueron pocos los que pasaron ante mí para darme sus condolencias, muchos de los cuales tenían la extraña impresión de que era yo el padre del niño de cuya educación ahora era responsable. No me esforcé en aclarar ese punto, no era el momento.

– Cualquier cosa que necesites… – murmuró Kuniko cuando, acompañada por Gaijin, salía del recinto.

– Gracias, Kuni – sonreí. – Estaré bien…

Ofrecimientos como aquel se repitieron hasta que el grueso de la comitiva fúnebre abandonó el lugar. Allí permanecimos solamente los oficiales de la División, los que habían retornado al Sereitei para la ocasión, Db y Krunzik.

Noté como si, pasado el momento, comenzaran a fallarme las fuerzas. Me acerqué a una de las paredes y me dejé caer. Sentado en el suelo, mirando fijamente hacia el nicho de Nalya, me abstraje completamente de lo que pasaba a mi alrededor. Sólo volví a la realidad cuando la voz de mi madre me llamó mi atención para indicarme que se llevarían a Kyo a la mansión para que yo esta noche pudiera relajarme y tomármela a mi gusto.

Al final, bien entrada la noche, me quedé solo allí, en la penumbra. Sólo unas pocas velas concentradas alrededor de la recién estrenada lápida, iluminaban el cuarto con una titilante y mortecina esfera de luz que se difuminaba al acercarse de su fuente. Como un acto reflejo, me levanté y me senté de nuevo cerca de ella.

– Gracias – dije y mi voz sonó como un grito al romper el profundo silencio que imperaba en el lugar. – Sé que te lo he dicho tantas veces que he desgastado la palabra, pero… es lo único que sé decirte. Tú… le diste sentido a mi vida, me rescataste y me trajiste aquí… Y me dejaste ser alguien en tu vida… ¿Qué más podía pedir? Así que… eso, gracias…

Me puse en pie. Había llegado el momento de marcharse, pero no pretendía cerrar la puerta. Porque no todo había terminado, porque había mucho por lo que luchar, porque no podía dejar que aquella muerte fuera en vano, porque tenía una misión, la que ella me había encomendado.

– Es curioso – me reí. – Siempre quejándote de mis sermones y ahora… ya no sé qué decir. Pero no lo olvides… cuando sea necesario yo estaré ahí, igual que tú lo estuviste luego para mí. No lo olvides nunca.

Encaminé mis pasos hacia la salida, lentamente, reflexivo. Había muchas más cosas que querría decirle, pero no encontraba las palabras en aquel momento. Me detuve varias veces, pero los sonidos no salían de mi boca.

– Cumpliré mi promesa, no lo dudes. No olvides nunca lo mucho que te quiero – dije al fin, ya en la puerta, sin volver más que la cabeza hacia el lugar de la tumba. – Yo tampoco lo olvidaré.