Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo


13. Una canción

(Ulquiorra y Orihime)

En las altas horas de la noche lo que más llamaba la atención en esa parte de Tokio eran los anuncios. Relucientes y llamativas luces de neón invitaban a los peatones a pasar a los locales, donde seguramente los esperaba alguna embriagadora bebida o una compañía dispuesta a escuchar y consolar las penas, aunque sólo sea por un momento.

Entre los deslumbrantes anuncios se podían ver algunas personar vagar en la calle, para luego pasar a uno de esos locales. Hombres y mujeres de todo tipo de clase social y de todo tipo de profesiones iban y venían, procurando no mirarse a la cara. Entre ellos, había un joven pelinegro, que miraba con indiferencia el panorama. Su analítica mirada, de color verde oscuro, iba de un letrero a otro, hasta que por fin encontró el que buscaba.

Ulquiorra, que ejercía la profesión de psicólogo, le encontraba sentido a todo esto. A los humanos no les gusta estar solos, les agrada siempre la compañía de alguien, les gusta beber alcohol para transformar su realidad, para adormecerla y crear un mundo donde todas las cosas salen bien. Y él, por supuesto, no era la excepción, aún cuando aparentaba ser un hombre de piedra ante la sociedad.

El hombre entró a uno de los tantos locales, un bar. Al pasar la puerta pudo contemplar el sencillo inmobiliario: una barra, limpiada por un extraño tipo de pelo azul y ceño fruncido, algunos bancos, unas cuantas mesas cuadradas sin manteles y un pequeño escenario. Allí, una mujer de pelo naranja vestida con una bata y un vestido entonaba una alegre canción, apoyada de una máquina de sonido que le ayudaba con la su lugar y pista musical.

Ulquiorra ocupó una mesa, justo a tres metros del escenario. El encargado de la barra fue hasta su lugar e inmediatamente le sirvió un vaso de whisky con algunos hielos. El pelinegro le dio un lento sorbo, disfrutando el astringente líquido mientras contemplaba a la mujer en el escenario.

Y ahora, a medida que le daba pequeños sorbos al licor, sólo se dejaría guiar por la copa de alcohol que había en su mesa, hasta el final de la noche. Porque sólo cuando se llega la inminente última hora, ese pequeño bodegón libera una niebla, algo invisible y espeso que hace caer a Ulquiorra en un estado de profunda meditación.

Y además, acompañando a la soporífera niebla, el joven psicólogo podía oír, de manera inconsciente, un acordeón. Pero, en vez de dar una rica música, tocaba un sonido monótono, podría decirse que fatal, pues el triste sonsonete de ese instrumento parecía matar toda emoción positiva. Ese mismo tono envolvía a Ulquiorra, como un vapor musical que podía transmitir melancolía y alivio a la vez, y que le hacía un daño terrible a su mente, pues le confundía todas las ideas que había recolectado a lo largo de los años.

La mujer en el escenario terminó su canción. Ulquiorra le dio otro pequeño sorbo al whisky y, mientras ella se dirigía a su mesa, pensó en pedirle que cantara de nuevo esa canción, pues la voz de la mujer le daba un cierto toque. Si bien no era afinada, esa voz gangosa y de metal le alegraba un poco la noche pues se alejaba de todo lo establecido en el estético mundo de la música.

La mujer tomó asiento en la mesa de Ulquiorra, y se presentó con el nombre de Orihime. Sus grises ojos le miraban con la alegría de una niña, pese a que su bata tenía el potente olor a ron, posiblemente la bebida que tomó la mujer cuando llegó al bar. Pero el hombre podía detectar bajo esa imagen decadente un corazón bueno, podría decirse que dulce como la miel, pues ella sólo quería la compañía de alguien para poder charlar toda la noche.

¿Qué como supo eso? Fácil, por una canción. Una melodía que cada tercera noche le mata la tristeza de estar solo, que le duerme la intranquilidad que le ocasiona su oficio, que le aturde del ajetreo del mundo moderno. Para que al final de la noche, y en la fría mesa, los dos terminaran algo mareados por el alcohol y en la misma mesa, abriéndose el uno al otro, platicando y escuchando. Y así, los dos algo borrachos, se mostraran un poco sensibles gracias a la inhibición de la vergüenza y el penar que comienza a aflorar por la ingesta de licor. Y en medio de ese aturdidor estado del cuerpo, Ulquiorra se atrevería a decirle a Orihime que le cante como aquel primer día que entró en el bar y escuchó una alegre y optimista melodía. Sólo que ahora le pediría que fuera más despacio, con más cariño y sentimiento, pues su entendimiento comenzaría a fallar, pero que sea esa canción jamás la olvidaría, y le gustaría oírla una vez más.

Antes de terminar mal por el alcohol, Orihime le comenzó a contar algo de su pasado. Ulquiorra escuchó atentamente, pues parecía que ambos compartían muchas desventuras, ella por las malas vivencias con su familia, él por las dificultades que tuvo cuando quiso entrar a la universidad. Y ahora, el destino les juntó en el mismo rumbo, siempre con la igual circunstancia de sentir que las malas experiencias podían ser olvidadas al estar uno al lado de otro.

A medida que Orihime se soltaba a hablar de muchas cosas, Ulquiorra no quería que parara, ya que, aunque las palabras de la joven parecían un vendaval de ideas contra su cerebro, el viento de su voz era lo que le mantenía alerta, pero si la mujer callaba anunciaba la tormenta que era el final de la noche, esa donde es imposible escapar a los tempestuosos momentos que se viven en las jornadas nocturnas.

Ulquiorra le dio el último sorbo al whisky. Y, en un raro gesto, le pidió a Orihime más licor, esta vez ron, a lo que la chica se negó y le explicó que era peligroso mezclar bebidas en un cuerpo. Al estar escuchando, Ulquiorra pudo apreciar que la bata de Orihime estaba abierta, mostrando el prominente pecho de ella. Más tarde le diría que cerrara su bata, por ahora sólo quería estar observándola.

Y es que Ulquiorra no le había prestado atención al pronunciado escote de Orihime. A través de ese hueco de la bata, él pudo ver el corazón de ella, como si su mente y carne fueran de cristal. Gracias a los años ejerciendo su profesión, él pudo notar la diferencia entre el órgano y el conjunto de sentimientos que comparten el mismo nombre. Y ahora, Ulquiorra percibió que, a través de la voz de Orihime, el corazón de ella temblaba. Muchas podían ser las razones, pero la que más obvia le parecía al joven era la canción que hace rato ella entonaba.

¿Por qué una canción le fascina tanto al Ulquiorra? Porque eso es lo único que le puede pedir a Orihime. Sólo Ulquiorra pide una canción que le mate la tristeza, que lo duerma, que lo aturda, para que en el frío de la mesa ambos terminaran los dos borrachos. Sí, los dos borrachos, porque en la pena sensiblera que sólo da la borrachera Ulquiorra le atreve a pedirle a Orihime que le cante como antes pero ahora de manera lenta, con cariño, su canción una vez más.


Gracias por leer.