Eren se removió incómodo para abrir los ojos, bufando al instante mientras examinaba su entorno, confundido.

Estaba en una habitación diferente, la ventana estaba abierta, y era pequeña, de marco de madera y bisagras que rechinaban con el empuje suave de la brisa cálida de afuera. Parpadeó varias veces y se levantó de su lugar, viendo un velo blanco mecerse en compás con el viento como si fuesen alas de ángel.

Suspiró con calma y se sentó en la esquina del colchón, sobándose un poco la cabeza al sentir la ligera punzada que confundía sus sentidos.

–Ah, pero si ya despertaste –dijo una joven sonriente, con el cabello recogido bajo una pañoleta blanca y los ojos idénticos a los suyos–. ¿Qué tal estuvo la noche, hermano?

–Espera… ¿dónde estoy…?

–Sigues aturdido, entiendo –una risita similar a un canto se le escapó de la boca mientras se sentaba a su lado y le hacía volver a recostarse, acariciando su cabello con suavidad y ternura–. Ayer estuvimos en los establos del señor, porque Padre y Madre fueron invitados a una cena aburrida y muy llena de política y modales, así que nos escapamos para ver a los caballos.

–Caballos… pero si eso no tiene sentido.

–Eso fue lo mismo que me dijiste anoche, cuando llegamos allá –dijo suspirando, ladeando la cabeza–. Tomamos nuestras sillas de cabalgar y subimos a Black Jack y Frost, pero era difícil ver de noche y estabas algo preocupado por eso, así que…

–Un momento, ¿nuestras sillas? ¿Black Jack y Frost?... y… mis padres ni siquiera…

–Ya, ya. El golpe fue demasiado fuerte, lo sé –le arrulló con tono suave, sin dejar de acariciarle–. Black Jack es tu caballo, te lo regaló el señor de ojos de vidrio –la joven no pudo evitar reír ante la mención del apodo que su hermano le había puesto al dueño de la mansión que habían visitado–. Y a Frost me lo dio para que no hiciera berrinche y anduviera de celosa. Supongo que aún no te acuerdas. Bueno, como decía, llevabas una linterna de petróleo para ver mejor, pero en un momento en que evitaste un inmenso agujero, el caballo hizo un movimiento demasiado brusco y la tiraste; se prendió el suelo asustando al animal, haciendo que brincara descarriado y te hiciera comer tierra. Casi mueres, pero afortunadamente Frost mantuvo la compostura y pude controlarlo, evitando con él que Black Jack te golpeara la cabeza.

Eren parpadeó incrédulo y desubicado, no pudiendo entender nada de lo que pasaba. Miró a la joven de pies a cabeza, el pañuelo en realidad lucía muy bien hecho, pulcro, y era completado por su vestido negro y de falda ancha.

–Ah, sí. Lo olvidaba –soltó la joven poniéndose en pie–. En una semana el señor de ojos de vidrio te invitó a un baile. A mí también me preguntó, le dije que estaría con ese muchacho que conocí hace poco. Creo que he logrado un avance.

–Un baile… ¿el señor…?

–Sigues confundido –suspiró la joven, dándole un suave empujón para acomodarlo sobre el mullido colchón que olía a establo mientras le cubría con una manta densa y peluda, parecía lana pura–. Duerme. Te repondrás para cuando vayamos a buscar tu ropa de ese día.

Eren no pudo sino obedecer, dejándose llevar por la inconsciencia, cerrando los ojos para caer en un vacío denso y helado que lo confundió.

Al abrir los ojos estaba acomodado sobre el sillón de cuero de alguna habitación. Parpadeó confuso y buscó con la mirada a la joven de ojos verdes. Viendo en la distancia una figura difusa.

Se frotó los párpados, confuso para volver a ver, notando cómo el sujeto se giraba y le sonreía con simpatía, caminando hacia él.

–Vaya, buenos días, joven –murmuró la figura, agachándose para acariciar su cabello. Él solo sonrió con tranquilidad, besando la palma de la mano que le acariciaba para mirar ese par de ojos azules que le observaban.

–Siempre serán buenos al despertar viéndole –respondió levemente sonrojado, el hombre sonrió soltando una risa para acercarse y besar su frente.

–Adulador.

–Sincero –alegó, sentándose para halarlo hasta que se acomodara a su lado, acunando su rostro entre sus manos para atraerlo y besarlo con intensidad–. Es usted la mejor joya que podrían jamás obsequiarme, señor Farlan.

–Ojalá se atreviera a decir esas palabras que endulzan el oído en público.

–Oh, señor. Ya habíamos hablado de esto.

–Lo sé, pero…

–No puedo permitirme amar a otro hombre a ojos de todos. Nos tildarían de herejes y nos matarían ofreciendo nuestras cabezas degolladas como circo para el pueblo.

–Hablas muy hermoso para ser un campesino.

–He aprendido bastante.

–Debo agradecer a mi querido amigo, ¿no es así?

–A él le debo mucho –aceptó sin dejar de sonreír, acariciando la piel tersa del castaño cenizo–. No puedo entender cómo existe un alma tan amable en este mundo putrefacto.

–Eren, no hables así del mundo.

–Solo digo la verdad.

–No. El mundo no es putrefacto, la gente que lo habita puede serlo.

Soltó una risita dulce y le miró con mayor intensidad.

–Siempre tan sabio –murmuró juntando su frente para cerrar los ojos.

El vacío solo regresó con fuerza.

Otra escena, otra situación.

Estaba parado junto a una puerta que daba a una callejuela llena de lodo y suciedad. Lloraba, en silencio y amargo, escuchando claro la breve aunque acusadora conversación entre su hermoso enamorado y su adorada hermana.

Un claro "sabes que solo finjo con él" llenó su cabeza como un eco burlón, seguido de un simple "es la única forma de matarlo".

Había caído.

Una trampa que era capaz de atrapar un alma y envolverla en una nube rosa que se disolvería con rapidez para rebelar una cruda verdad era la peor y más eficaz de todas.

Habían sido pacientes, cautelosos. Su hermana por un lado "ayudándole a conseguir pareja", y ese hombre accediendo a provocarle sensaciones de burbujeo en el estómago para llegar a un final espeluznante, que arrastraría consigo la vida, inocencia, felicidad y ternura de un joven enamorado directo a la guillotina, si es que no se le propinaría una tortura mucho peor por su mal vista atracción hacia el mismo sexo.

Ya no veía una escapatoria, aún si decidía terminar la relación con ese hombre de raíz, nada garantizaba que esa misma noche lluviosa no fuese entregado a los soldados de la iglesia bajo los terribles cargos de herejía.

Sintió su respiración cortarse en seco, y no supo sino correr al carruaje que aguardaba por ellos tres rumbo al baile del hombre ojos de vidrio, quien sería el prometido de su hermana si todo seguía marchando conforme al plan de ese par.

No entendía en qué figuraba su muerte, pero debía advertirle sobre lo atroces y sucias que eran sus almas, y lo lejos que llegarían.

Podría ser que su cuerpo no tuviese salvación, que su último aliento de vida lo diera en un par de minutos, pero necesitaba verle para contarle lo sucedido, rogarle que se alejara de ellos.

Y tal vez suicidarse.

–Bien, ya estamos listos –sonrió su hermana siendo cubierta por una sombrilla rojiza mientras subía seguida de Farlan, quien se acomodó junto al castaño para tomar su mano, sonriéndole.

–… ¿tú estás listo? –Murmuró en su oído, provocándole un escalofrío lleno de desagrado.

Ahora podía ver lo que estaba detrás de sus ojos, el verdadero tono de voz que usaba. Tan falso, tan llano, sin nada.

Le sonrió de igual modo para asentir y entrelazar sus dedos.

Debía fingir hasta llegar. Sino, quién sabe qué podrían hacerle.

–Estoy listo, señor Farlan –dijo con el tono más bajo que pudo, camuflando su garganta quebrándose por un llanto que no dejaría salir, ni por sus ojos, ni por su boca.

-/-/-

La música, suave, interesante y agradable llenó sus oídos al bajar del carruaje, había muchas personas usando vestidos pomposos, máscaras extravagantes, pelucas blancas altas, abanicos y demás cosas.

Se sintió intrigado, casi olvidando el motivo por el que su corazón destilaba amargura. Caminó por el lugar entre la gente, perdiendo a su hermana quien le llamaba con afán, y a su "amado", quien hizo una ligera fuerza para mantenerlo a su lado del brazo, sin éxito.

Él solo quería huir, esconderse en medio de todo ese gentío.

Su máscara se acomodó sobre su rostro y su gabán negro le ayudó a colarse entre la gente.

Por un momento se sintió protegido, seguro, oculto. Como quien tiene el chance de empezar todo de cero, desconocido a ojos de todos.

–Evan –le interrumpió una voz, gruesa, que marcaba una presencia fuerte y capaz de helarte la piel.

Se giró sobre sus talones y le vio allí, ese par de ojos oscuros como la noche sin luna, pero con un brillo tan único, que ni el agua en su más puro estado, reflejando toda clase de colores, podría igualarle.

–Señor…

–Solo Levi –le pidió, acercándose con paso firme y las manos tras la espalda, ladeando un poco la cabeza hasta que la distancia fue poca–. Acompáñame.

Él, como un borrego solo le siguió, ciego y sordo a cualquier otra persona. Estaba asustado, de repente la adrenalina había subido a su cabeza de forma rápida y le hacía recordar la situación tremendamente riesgosa por la que pasaba. Todo era sospechoso, cada persona oculta le representaba un enemigo. Se sentía perseguido.

El hombre frente a él, en cambio, lucía tan sereno e imperturbable que hasta le provocaba huir también, como si lo supiera todo desde siempre. Como si la idea hubiese sido suya desde el principio.

–Am… Levi –vaciló una vez se supo fuera del gentío y la temperatura elevada–. Yo…

–Shh –le silenció, extendiéndole una mano para caminar hasta una pequeña fuente acompañada de un camino surcado por enredaderas.

El castaño, dubitativo, aceptó el gesto para dejarse llevar a través de él, viendo una serie de linternas encendidas iluminando el camino. La música seguía llenando sus oídos mientras caminaban, hasta que llegaron al final de ese camino, abriéndose paso a un espacio hermoso, casi de cristal, parecía un invernadero, pero no había una sola planta allí, solo la luz de la luna más blanca que antes sobre ellos. La lluvia caía suave sobre los vidrios y la música hacía un eco agradable en sus paredes.

De pronto tuvo frente a él al hombre de mirada siempre fría, impenetrable como un vidrio empañado. Ya no tenía la máscara, y le dedicaba una sonrisa que no podía creer mientras aumentaba el agarre de forma ligera, atrayéndolo contra él.

–Evan… ¿me concedes esta pieza?

Él apenas y pudo creer lo que escuchaba, abrió los ojos enormes mientras el más bajo le quitaba la máscara y le sostenía con firmeza de la cintura. Su cabellera negra atada en una coleta atrás con un par de cabellos rebeldes sueltos, su traje azul noche decorado con detalles dorados y un pañuelo en su cuello como añadidura no pudieron verse mejor en otro momento.

–Todas las que desee… –murmuró dejándose llevar por la increíble calma que todo ello transmitía.

Su mano buscó sola la del hombre, sin guantes de por medio, sintiendo finalmente su piel rozando la de su mentor. Fría aunque suave, como la nieve.

Ese minúsculo, aunque largo momento en que se dedicaron a moverse de aquí para allá en ese espacio vacío, viéndose solamente, le causó una sensación de éxtasis inmensa, que recorrió desde su pecho hasta la punta de sus dedos, confundiendo a su cerebro y todos sus recuerdos de las lecciones que le daba, cuando le miraba con dedicación y profundidad aprendiendo a hablar viendo a los ojos. Cuando el otro le sostenía desde atrás corrigiendo su postura… cada detalle saltó a su mente como una alerta que no había notado antes, como una bofetada más de la vida.

Su amado estaba frente a él. No junto a su hermana.

–Levi… –sollozó con tono quebradizo, sabiendo la muerte mucho más cercana en cuando supo que no podría nunca expresar el sentimiento que confundió en otro–. Corre peligro, señor…

–Peligro… –murmuró, no confuso o descolocado, sino tranquilo–. ¿De qué hablas?

–Mi hermana y su… pareja secreta –dijo con tono amargo, casi gruñendo–. Le dañarán. Debe alejarse de ellos lo antes posible… o le harán lo que a mí.

– ¿Qué te han hecho? –De repente el tono del más bajo se tornó más pesado, más fuerte de lo usual. Su mirada no pudo verse más oscura.

–Me sentenciaron a muerte –susurró en su oído, viendo en la distancia a los guardias eclesiásticos caminar hacia ellos con paso firme. Le soltó como si quemara y le sostuvo de los hombros para mirarle un par de segundos largos–. Me matarán por amar… –sonrió, inclinándose para colocar la máscara del otro a medio camino y besar sus labios, dejándole luego cubrir su rostro para hacerlo a un lado una vez llegaron sus verdugos.

No forcejeó, solo se giró hacia el otro, cuya identidad nunca nadie sabría gracias a que robó el pañuelo y el sello familiar en su ropa para guardarlos en la propia, y le sonrió, soportando una última vez las lágrimas mientras oía las palabras fuertes y burdas con las que el hombre le acusaba de hereje.

Lo supo. No habría mejor muerte que esa.

Tomó aire y finalmente los empujó, quitando la espada de uno de ellos para mirar de nuevo al oji azul, quien se mantenía estático, con los ojos brillando de un rojo carmesí que destilaba muerte.

–Volveré… mi amado –susurró con tono bajo, solo siendo escuchado por el vampiro quien apretó la mandíbula y presenció la forma en que el corazón del castaño dejaba de latir al clavarse en él, el filo mortuorio de la espada.

"… Lo prometo".